El tipo dice una cosa y hace lo contrario. El discurso, cuidado y planificado para seducir mentes histéricas, se cae a pedazos cuando hasta el más tonto de la clase se anima a cuestionarlo. No hay nada que lo sostenga. Los ideales, mejor dicho, sus ideales, son tan frágiles como una hoja en un temporal.
Todo vale, todo suma. Una mentira tras otra, una raya más para un tigre.
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Al artista lo conocemos por medio de sus obras. En este caso, el protagonista, más que artista, es lo que en Argentina se conoce como chanta. El diccionario de americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, define al chanta como aquella “persona que destaca sus propias virtudes o presume de algo que no posee o posee en bajo grado..”
Hay otras acepciones.“Chanta viene de Chantapufi que es la castellanización de una palabra del dialecto genovés: ciantapuffi, clava clavos. Y un clava clavos puede dar para varias interpretaciones, entre ellas un inútil que cobra por algo que no tiene sentido.” Así lo define Nicolás Lucca en su artículo titulado La Chantocracia.
El chanta supone tontos a todos aquellos que le escuchan. Se ha acostumbrado a lidiar con necios, memos y mentecatos que le ríen las gracias. Nada es más económico en la industria del entretenimiento que un sí, y el chanta ha aprendido que son muchos los militantes del elogio barato y la adhesión sin crítica.
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También argentino fue José Ingenieros. Su libro, El Hombre Mediocre, fue anterior a La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset. También más punzante: “El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando con sus palabras”.
Puede que el chanta y el hombre mediocre se parezcan. No obstante, el primero es más peligroso que el segundo. “(El hombre mediocre) Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales.”
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Pensándolo bien, tengo la impresión de que el chanta que protagoniza estas líneas ha sabido rodearse de hombres mediocres, hambrientos de protagonismo y notoriedad. Analizando aún más, ¿cómo negar el triunfo de este chanta? Al fin y al cabo, ocupa hoy un espacio que no se ajusta a sus (in)capacidades mientras es venerado por los más extravagantes mediocres de la corte.
Salud, maestro, usted ha triunfado. Sin embargo, cuando se mire en el espejo en búsqueda de nuevas formas para engañar a la masa, le recomiendo tener en consideración a Miguel de Unamuno y sepa que usted «vencerá, pero jamás convencerá…»

