Autor: Ignacio Benedetti

  • Telegrama 3: El Barça y la idea

    Telegrama 3: El Barça y la idea

    El mejor Barça no se construyó en torno a un futbolista. Fue la consecuencia de la ejecución de una idea. Las ideas no son estáticas sino que tienen vida propia. Por ello es clave pensar en la gestión.

    Aquel modelo murió, la idea no. Esta sigue viva y vigente. Se puede volver a ella pero no bajo la conducción de quienes la fusilaron mientras brindaban por el exilio del penúltimo guardián del credo blaugrana.

    El concepto nunca fue la posesión ni jugar para Messi. La primera era una herramienta, fundamental, pero herramienta al fin; Messi era la guinda del pastel, no el alfa y omega del ser azulgrana.

    Las ideas nunca mueren. Aunque se les envíe al más frío de los confinamiento, estas siempre están. Solamente es necesario que algún valiente tenga la humildad suficiente para rescatarlas.

  • Telegrama 2: Simeone, un gran comunicador

    Telegrama 2: Simeone, un gran comunicador

    Nadie, salvo aquellos que esconden objetivos oscuros, compite por otra cosa que no sea la victoria. El debate que se plantea entre la búsqueda del triunfo o el sostenimiento de una idea es tan banal como nuestros tiempos. Por ello ha ganado tanto espacio en los medios y en la masa. Diego Simeone, un gran comunicador, ha sacado provecho de esta particularidad.

    El argentino hace tiempo que reconoció cuál es su audiencia y qué mensaje espera de él. Sabe que al hablar de lucha, garra, intensidad y otros conceptos la seduce hasta convertirla en su ejército. Es probable que esta forma de predicar se vuelva en su contra hasta empequeñecer su obra y sus capacidades.

    El entrenador del Atlético de Madrid «vive» el juego tanto como los entrenadores que transitan diferentes vías filosóficas. Estudia y se prepara como aquellos. Sin embargo, entendió que su mensaje fascina a un público, su público y que éste es un escudo protector de grandes dimensiones.

    Sus frases no están dirigidas hacia quienes se interesan por el juego sino a su tropa, aquella que se comió el pescado podrido de que el fútbol es una guerra en la que triunfa aquel que es más intenso o más valiente.

    Cuando declara que ganar es lo único deja de lado aquello que se conoce como proceso. Lo rico de este juego es que existen un sinfín de fórmulas para aspirar al triunfo, que no hay una verdad excluyente. Por ende, es esencial adentrarse en cada muestra para comprenderla y valorarla en su justa medida. La pluralidad ideológica necesita eso más que al resultado o a la exaltación a la testosterona. Su discurso limita el análisis y convierte al fútbol en una representación bélica.

    Reducir todo a ciertos condicionantes no le hace justicia al gran entrenador que es; cuando llega la derrota, se esfuman las posibilidades de cambiar la prédica: la masa, educada en la cultura de la intensidad, no hará más que castigar a los suyos por falta de esfuerzo, garra, etc.

    Comprendamos que perder, pierden todos. En la competencia la primera regla que existe es reconocerse vulnerable. Sin embargo, hay derrotas que transmiten una sensación de vació y otras que por lo menos dejan al espectador con la panza llena de fútbol.

    Cada quién elige como perder…
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  • Telegrama 1: El hombre masa

    Telegrama 1: El hombre masa

    No debe olvidarse que fue la prensa y algún otro tonto quienes instauraron la costumbre de llamar filósofo a entrenadores que piensan el juego. Pensar como un atentado en contra de la comodidad.

    Consumado el hecho, la masa aplaude y repite aquello que sus líderes vomitan.

    El hombre masa, descrito a la perfección por José Ingenieros en “El hombre mediocre”, no desea pensar; la reflexión atenta contra su condición de rebaño; integrante de la manada, éste necesita que lo conduzcan. No importa si es hacia el precipicio o hasta su propia extinción. Sigue al líder y se enorgullece de acompañar a sus colegas suicidas.

    Pertenecer le hace feliz. Ser del montón le llena, le hace pleno; ha logrado su objetivo de fundirse dentro en una multitud que apenas aspira a eso. Su mayor aspiración es estar antes que ser y la consigue.

    Ese es el gran mérito de los pastores de la medianía y de lo obsceno: identificar las necesidades de las hordas y conducirles, cual Flautista de Hamelin, fuera de la civilización hasta llegar a los estados más primarios y reaccionarios de la existencia humana.

    La masa niega su propia individualidad y con ello reduce el valor de su existencia. Es la masa que vive el fútbol, la que va sin mascarilla en tiempos de Covid-19, esa que en las redes sociales hace pública su imbecilidad. La misma que se rebela ante el acto de pensar porque aquello le hace dudar y ella, compuesta por borregos orgullosos, solamente desea ser llevada hasta el final de sus días.

    Hombre-masa. Hombre-espectáculo. Todo es muy moderno

  • Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos»

    Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos»

    Esta semana converso con el historiador, escritor y profesor universitario Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos». El fútbol español, la selección ibérica y su éxito pasado; el Barcelona y la pérdida de identidad, su próximo libro sobre futbolistas históricos de la Copa de Europa.

     

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  • Lo que no dicen los esquemas

    Lo que no dicen los esquemas

    ¿Qué nos asombra más, la aparente novedad de algunas conductas o la individualidad del ser humano en la reproducción y puesta en escena de las mismas? Lo que no dicen los esquemas es que cada conducta, dentro de un terreno de juego, tiene mucho de individual y el ser humano es un ente único e irrepetible.

    Me explico: sobre el “Equipo de Oro” húngaro se ha escrito mucho. Quienes deseen entrar en las páginas de los libros encontrarán que aquella selección mostró unos postulados futbolísticos muy definidos sin que su juego fuese un producto acabado, rígido o inalterable. Juan Manuel Lillo sostiene que «al fútbol se juega desde el puesto y no en el puesto«, confirmando que las posiciones más que describir limitan

    Alex Couto, en su libro “Los estrategas que han cambido la historia”, relata la goleada húngara a Turquía, un gol por siete, en la semifinal de los Juegos Olímpicos de Helsinski 1952. En su narración se lee:

    Completaron la goleada Palotás, Bozsik y el defensa lateral izquierdo Lantos, quien en una de sus habituales subidas supo culminar la acción y elevar al macador una aportación que por costumbre se convertiría en habitual”. (Fúbol total. Los estrategas que han cambido la historia. Pág. 79).

    Es harto difícil afirmar que la conducta del lateral húngaro constituyese una novedad. No obstante, siendo el fútbol un juego cuyo reglamento establece que vencerá aquel que marque un tanto más, es probable que Lantos no haya sido el primero en ejecutar ese tipo de acciones. Aún así, la evolución de los esquemas posicionales, así como la importancia que le han dado desde algunas tribunas, sugiere que lateral húngaro efectivamente fue uno de los intérpretes de ese rol que marcaron el camino, gracias a sus cualidades innatas y, como no, al atrevimiento y la visión de Gustav Sebes, el director de aquella incomparable orquesta.

    El paso del tiempo ha confirmado la influencia de los laterales en la construcción de juego. Brasil, por ejemplo, ha sido el país que más ha sacado provecho de ellos en los últimos años. Ahí están Carlos Alberto, Nelsinho, Roberto Carlos, Branco, Jorginho, Cafú y Dani Alves, sólo para nombrar a los más reconocidos, como prueba irrefutable de ello. No es casual que el país amazónico haya sido uno de las escuelas futbolísticas más “tocadas” por el legado de los entrenadores húngaros que llegaron al continente americano a finales de la primera mitad de siglo XX.

    Ahora bien, aunque los jugadores mencionados anteriormente hayan sido fieles representantes y continuadores de una idea, esto no significa que su jugar fuese idéntico. No se olvide nunca: cada uno es siempre según sus características, sus relaciones y sus oposiciones.

    Para adentrarse en las profundidades del fútbol hay que rendirse ante una de las más potentes evidencias que éste nos enseña: los roles son unos en la pizarra mientras que el individuo, en el campo, es mucho más que eso. Aceptar que el futbolista es un ser humano que cumple con el oficio de futbolista es el primer paso hacia la comprensión de este juego de juegos (Paco Seirul•lo dixit).

    Cafú y Dani Alves interpretaron los requerimientos de ese rol, siempre en consonancia con los compañeros, los rivales y las circunstancias. Este ejemplo no hace más que confirmar que detrás de cada referencia al esquema posicional inicial no hay más que pereza o temor. Sí, miedo a reconocer que este es un juego humano, demasiado humano, en el que son pocas las verdades absolutas.

    ¿1-4-3-3? Mejor hablemos de futbolistas, que como afirma Lillo, “para saber de fútbol primero hay que saber de futbolistas”.

    Fotografía encontrada en internet. Crédito a quién corresponda

  • La miseria

    La miseria

    El «Capitán Barbarie» aplaude y exige al auditorio que haga lo mismo. Todos de pie, emocionados, conmovidos. Chocan sus manos mientras sonríen. Celebran que el respetable ha dejado de ser tal: apenas si sobrevive a los avatares de la vida moderna. Que viva la miseria, parecen corear los mercachifles, para satisfacción del hombre que a nada le teme.

    Que nadie olvide la frase: «Votar sí a la moción es votar no a Cruyff«. El Edward John Smith blaugrana, responsable de toda la porquería que lanzan en contra de la más gloriosa generación de futbolistas que haya visto el FC Barcelona, se esfuerza por hacerle creer a la concurrencia que todo estaba acordado, que presentar un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) es algo natural en una empresa que obtuvo, durante el período 2018-2019, ingresos por 990 millones, récord en la historia del club.

    Horas después de que Lionel Messi y Gerard Piqué expusieran ante el mundo su disconformidad con quienes conducen al club («No deja de sorprendernos que desde dentro del club hubiera quien tratara de ponernos bajo la lupa e intentara sumarnos presión para hacer algo que nosotros siempre tuvimos claro que haríamos»), el «Capitán Barbarie» hizo su ronda habitual para exponer su versión al mundo: no hay conflicto porque el acuerdo con los futbolistas es total («Messi me dijo desde el primer día: ‘Esta rebaja hay que hacerla’»). Esto, acompañado por los habituales trascendidos y rumores sobre fichajes imposibles e imaginarios cuyo objetivo es anestesiar aún más a la masa.

    Sepa el respetable que acá nadie descansa. Ni si quiera en tiempos de pandemia. El Titanic mantiene su ruta y la música continua sonando. El barco se acerca al temido Iceberg, al tiempo que el «Capitán Barbarie» invita a brindar por la muerte de la idea, por el fin de aquello que alguna vez fue ejemplar. Fiesta, velorio y cajón.

    Cosas de la miseria entremezclada con la barbarie. Cosas del empresario que hizo campaña en contra el padre del modelo.

     

  • El poder, la masa y el odio

    El poder, la masa y el odio

    El poder requiere del entretenimiento como herramienta para narcotizar a la masa. Lo que en Roma fue el círculo romano hoy es el fútbol. Nada ha cambiado.

    El poder lo tiene todo. Quienes creen que la fuerza de este reside en el dinero no hacen más que pegarse tiros en los pies. El poder determina roles, oficios y relaciones; todo aquello que en apariencia funciona, lo que en muchos casos no hace más que separarnos, es lo que sostiene al poder.

    Aquellos grupos resultantes de estas divisiones tienen como muy propio la aspiración a imponerse a quienes ahora son sus rivales, sus enemigos. Mientras unos y otros combaten por un par de centímetros más, el poder se sostiene y crece. Los griegos inventaron la fórmula de “divide y reinarás”(διαίρει καὶ βασίλευε); nosotros, los habitantes actuales de esta tierra, apenas si nos enteramos de la vigencia de aquel mandato.

    El poder, ya se ha dicho, requiere del entretenimiento para que la masa desatienda sus necesidades básicas. Gracias a los efectos del entretenimiento, y vaya si el fútbol encarna todo lo que este es, el hombre-masa aparca su inconformidad para con la autoridad y la redirige hacia quienes ahora le representan. Futbolistas, entrenadores y dirigentes, esos son los nuevos blancos de la furia colectiva. El poder nunca estuvo tan cómodo en su sitio.

    Este viejo esquema libera a quienes han fracasado sostenidamente en sus intentos de conducir al rebaño hacia mejores estadios. Los protagonistas del fútbol hacen de escudo protector, de cortina que sostiene su anonimato; las frustraciones y el odio apuntan al perdedor de turno gracias a que lo episódico se fue imponiendo, hasta encontrar en el fútbol su refugio.

    El poder conoce las miserias y las aspiraciones del hombre-masa. Por ello ideó hombres funcionales a su causa. Uno de ellos es el “Capitán Disfraz”, el reflejo de los ídolos que requiere la masa actual: el hombre-espectáculo.

    Este Frankenstein futbolístico es el oponente perfecto para enfrentar a los Pep Guardiola de turno. Mientras el entrenador catalán representa al deportista que cultiva su cuerpo y su espíritu, el “Capitán Disfraz” es el futbolista que cumple con las exigencias impuestas por el poder para sostener al fútbol-espectáculo en su rol de consolador social. Hablo del hombre-deportista convertido en hombre-espectáculo que renuncia a su condición de ciudadano y que no se interesa en nada que no sea su beneficio personal. Es el perfecto idiota aristotélico: el supremo egoísta, aquel que no estaba interesado más que en su asunto.

    Aquello que representa el “Capitán Disfraz”, es decir, la perversión definitiva del hombre que vive en sociedad, se aplaude hasta la veneración porque no pone en riesgo al statu quo. No supone un riesgo ni un ataque al poder: es él quien atrae y convoca a la masa hacia los espacios que el poder sugiere.

    Retorno a Guardiola como representante de todo lo opuesto al “Capitán Disfraz”. Su condición de hombre-futbolista no impidió que cultivase su espíritu. Lo hizo según sus necesidades y acorde a sus emociones. A su manera y no según los intereses de quienes mueven los hilos. En el siglo de la información no le debaten sino que le condenan, probablemente porque acusar es una conducta natural de la masa y pensar es un hecho contracultural. Caminar por veredas opuestas no debería ser causa de odio, sin embargo, en los tiempos de la política del espectáculo, basta y sobra.

    Kike Marín siempre regresa a unas sabias palabras de Juan Manuel Lillo: «No voy a opinar sobre las opiniones. Eso es lo bonito del fútbol, opinar”. Lillo, otro expulsado por la masa reaccionaria, desnuda con su reflexión las formas cómo el poder, a través del entretenimiento, se hace fuerte y conduce a esa masa a seguir siendo masa: opinar sobre opiniones es un hecho reaccionario, tanto como el espíritu del fútbol actual. Opinar sobre opiniones no requiere más que la exhibición de nuestro costado más primario, ese que nos lleva a defender cómo sea la pequeña parcela que ocupamos.

    La grandiosidad del ser humano reside en su capacidad para escuchar, aprehender y debatir planteamientos e ideas. Esto, por supuesto, de la mano de emociones y sensaciones que condicionan tanto como lo anterior, una circunstancia que le hace convivir con el error como ninguna otra especie. Opinar sobre opiniones invalida el proceso antes descrito y lleva a la masa a creer que la feroz defensa de algo que cree correcto se sostiene en la violencia de la misma.

    El poder, promotor del fútbol-espectáculo como herramienta narcotizante, nunca antes estuvo tan cómodo en la lucha por sostener su condición. El rechazo de la masa hacia lo distinto, que sigue vigente y se sostiene gracias a la ausencia de mentes claras que inciten algo distinto a la simple pertenencia, cuenta hoy con altavoces más fuertes y más potentes, capaces de contagiar a esa masa de plagas que no acaban con la vida pero sí con el espíritu humano.

    Bienvenidos al fútbol-espectáculo. Prepárese para odiar.

    P.D: Ahora que se descalifica a Messi como capitán y se le oponen las actuaciones del Capitán Disfraz se hace necesario recordar que este último tiene más expulsiones que el mismísimo demonio y que acumula ya dos ausencias por sanción en la eliminación de su club en la UEFA Champions League. Cosas de la memoria…

    Fotografía encontrada en internet y etiquetada para su reutilización

  • La barbarie apunta a Zidane

    La barbarie apunta a Zidane

    Los ataques desproporcionados a Zinedine Zidane, un tipo que encarna sensatez pura y dura, son el símbolo de nuestros tiempos: la vigencia del ser apenas subsiste las horas siguientes a un triunfo. Los mercenarios y mercachifles necesitan la caída de todos. Incluso la de un hombre moderado como el francés para mostrarse ante la masa como los guardianes de algo que ni ellos pueden ni quieren definir. Ese algo es la barbarie, la misma del circo romano y del pulgar del César. Es más productivo destruir que intentar encontrar razones.

    Tras la derrota del Real Madrid ante el Manchester City, y hasta que llegue la próxima victoria, Zidane será el blanco fácil de los parásitos del fútbol. Le acusarán de incapaz, de no saber conducir y hasta de no escuchar a los expertos, aquellos que nunca se equivocan.

    A diferencia de la crítica alrededor del juego del FC Barcelona, al marsellés solamente se le juzga por si su equipo ganó o perdió. Las formas nunca importaron al entorno, ya se sabe, por aquello de que «en el Madrid sólo vale ganar». Este atentado en contra del conocimiento es posible gracias al apoyo e impulso de potentes altavoces y sus bufones funcionales. Los de ayer y los de hoy.

    La masa, adueñada de los espacios que antes estaban reservados para el análisis, huele sangre, desea ver rodar cabezas y requiere culpables. Todo esto como consecuencia de una derrota. Luego, si el Madrid lograse superar al mismo rival que les venció hace apenas unas horas, Zidane volverá a ser “uno más de los nuestros”, o, peor aún, afirmará, sin temor al ridículo, que Zidane “escuchó el clamor de los expertos y de la grada”. Nunca antes tuvo la masa tanta fuerza y tanta incidencia en la inmundicia.

    El fútbol nos retrata. No a Zidane ni a Pep sino a todos nosotros, los hombres-masa destructores y odiadores seriales. El Übermensch de Nietzsche, aquel hombre que alcanza su libertad creativa y espiritual y que, por ende, supera su condición inicial de hombre-masa, nunca estuvo tan lejos de ser posible.

    El fútbol desnuda nuestras miserias. El fútbol no es una razón para ser optimistas. Es una herramienta para observarnos a nosotros mismos y hasta vomitar por toda la mierda que alimentamos gracias a nuestras inseguridades y nuestro desprecio.

    Que los ingenuos enciendan la tele y aplaudan a los vengadores de la oscuridad. El espectáculo destructor les ha narcotizado hasta el punto de que no ven fútbol sino que se ven y se celebran a ellos mismos. Pobres ilusos, pobre juego… pobres de nosotros.