Como cowboy en el rol de héroe de los «Spaghetti Westerns», Christian Stuani construye sociedades temporales que le ayudan a enfrentarse a formidables enemigos y batirlos sin importar la fiereza ni la fama que les precede. Stuani es un vaquero solitario que saca provecho de esas relaciones y luego las reemplaza por otras que beneficien más a su causa.
El delantero uruguayo es mañoso, sabe que el fútbol es una serie de duelos que requieren estrategia, picardía y mucha maña. Juega desde el reglamento y casi siempre triunfa, aunque a veces, como en aquellos viejos films, cae ante un oponente que se rehúsa a ser víctima del coraje del charrúa. Ahí, tal cual viejo campeón, se retira a su descanso, mientras se pone el sol e imagina su próxima batalla.
Stuani juega con el guión de los films de Sergio Leone. Nos recuerda también las maravillosas composiciones de Ennio Morricone.
En este nuevo episodio trato dos temas de actualidad: la superficial polémica alrededor de Lionel Messi, y, a propósito del partido entre Emiratos Árabes Unidos y Venezuela, la nueva tendencia de los medios en examinar lo que no se ve.
En esta nueva video columna, opino sobre la construcción de una selección, poniendo la atención en el caso de Venezuela. En tiempos en los que se habla de rotaciones o de onces fijos, creo que es importante tener en cuenta otra mirada.
“Yo lo había pedido al Checho Batista cuando él llegó a Napoli. Pero el brasileño (NR: Alemao) después me demostró todo lo que valía. Un jugadorazo”. Diego Armando Maradona, “Yo soy el Diego”.
En el fútbol no existen los salvadores. Puede que, ante determinadas situaciones, aparezca algún futbolista que resuelva, siempre según lo que nos enseña la última imagen, un atasco. Pero esta es una mirada equivocada, oportunista, parte de un reduccionismo malintencionado. Los grandes futbolistas de la historia fueron parte de grandes conjuntos; fue la interrelación con sus compañeros, en esa dinámica que conocemos como “equipo”, lo que los hizo mejores. Al grupo y a sus futbolistas de forma individual.
El fútbol, como lo definió el profesor Francisco Seirul·lo, es el juego de juegos, entre otras cosas porque necesita de la adaptación constante del futbolista a las necesidades del colectivo al que pertenece, así como a las emergencias que surgen de la interacción con el rival y sus intenciones.
No voy aburrirle con un pesado repaso sobre grandes e inolvidables selecciones, tales como la Hungría de los años 50, el Brasil de finales de la década del 50 hasta 1970, la Holanda y la Alemania de los años 70, o cualquier otra manifestación futbolística ajena a la memoria del lector. La única referencia que voy hacer, por un tema de proximidad, es sobre el Barcelona de Pep Guardiola.
En aquel equipo se hizo estrella Lionel Messi. A partir de un funcionamiento y una identidad colectiva, que nunca fue la misma sino que se mantuvo en constante evolución, el argentino mostró al mundo cualidades muy particulares, unas que lo convirtieron un protagonista constante en las discusiones futboleras.
Sin embargo, Guardiola no le transfirió a Messi capacidades que este no tuviera. Pero lo ayudó. Mejor dicho, lo acompañó a encontrar un contexto ideal para que esas cualidades brillaran aún más. Siempre en favor del equipo y cualquier lucimiento personal sería consecuencia de un trabajo colectivo, a diferencia de lo que se sugiere constantemente desde los medios, que no es otra cosa que una calle de una sola vía: la construcción individual del juego para que el colectivo saque provecho.
Desde el momento en que la dirección deportiva del Fútbol Club Barcelona creyó que su modelo era Messi, equivocó el rumbo y personalizó una forma de jugar. Hizo lo mismo que la selección argentina desde los tiempos del Diego Maradona seleccionador. Esto no es un cuestionamiento a las capacidades del 10 blaugrana, sino un recordatorio vital de que en este juego, ni el propio Maradona tenía poderes para salvar a todo un equipo
Tras ganar la UEFA Champions League (2010-2011) por segunda ocasión en tres años, Guardiola sugirió que a Messi había que mantenerlo contento, y que ello pasaba por rodearlo de futbolistas que lo ayudaron a retarse constantemente compitiendo:
El técnico catalán no planteó en ningún momento que la felicidad estaba en complacer caprichos o en personalizar el modelo; la clave era encontrar futbolistas que mantuvieran al equipo como un colectivo competitivo, con personalidad propia, y que no se entregara al brillo de su máxima figura.
Al igual que todo lo que huele a Guardiola en el Barça, el aviso fue despreciado. El proyecto, o el modelo si se prefiere decir de esa manera, pasó a ser Messi y se edificó una especie de adoración a su aporte, a la contribución individual de un deportista en un juego colectivo. La contradicción se explica por sí sola.
Los proyectos en el fútbol deben originarse en ela aceptación de que este es un juego colectivo y no una simple suma de individualidades. Por ello, es probable que para el crecimiento de un proyecto sea mucho más importante la aportación de un futbolista menos mediático que la de uno de esos que se promocionan como “top”.
La superficial suma de virtudes que hacen los especialistas no tiene en cuenta valores del juego, tales como las interacciones, interrelaciones, la convivencia, el entendimiento y todo aquello que explica el Profesor Seirul·lo Vargas en cuanto a la estructura socio-afectiva.
En aquel equipo dorado de Guardiola confluyeron muchos futbolistas educados en el idioma Barça. Es importante recordar que ninguno de ellos tuvo un camino tranquilo hacia el primer equipo, y que todos, de una u otra forma, tuvieron rivales en la institución catalana, en el público, y por supuesto, en el entorno. Si lo desea, el lector puede hacer una rápida consulta sobre cuánto les costó a Víctor Valdés, Carles Puyol, Gerard Piqué, Xavi y/o Iniesta encontrar la confianza para asentarse en su club. Sólo Pedro Rodríguez y Sergio Busquets, casualmente promovidos por el hoy entrenador del Manchester City, tuvieron una inserción mucho más natural.
Este relato no tiene otra intención que reflexionar sobre la aparición de los nuevos “barçaparlantes”: Carles Aleñá, Riqui Puig, Juan Miranda, Palencia, Oriol Busquets, Abel Ruiz, etc. No hay en el mercado internacional jugadores que interpreten mejor ese “Lenguaje Barça” que ellos.
Acompañados por los Mascherano, Abidal o Keita de turno, el club blaugrana está ante una oportunidad magnífica: volver a ser lo que antes fue, desterrando el frívolo postulado de que aquel equipo que enamoró a un alto porcentaje del mundo futbolístico fue consecuencia de una generación dorada.
Frenar, mirarse a sí mismo, revisar los por qué de la “muerte futbolística” de Hungría u Holanda, y volver a las fuentes. Estos son algunos de los pasos que debe dar el FC Barcelona si realmente desea sostener su personalidad. No es tan complicado, aunque luego del cruel adiós a Joan Vilà esto suene más a utopía que a una realidad posible.
Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda.
Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.
Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.
Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.
Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.
1.- Transiciones:
El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.
César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.
La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.
Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.
Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.
Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.
En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.
Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.
Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).
Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.
Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.
2.- El pase
La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.
El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.
El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.
Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.
Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.
Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.
Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.
No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.
Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.
3.- Acciones a balón parado
Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.
Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.
Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.
No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.
Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.
Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.
4.- Juego con los pies de los porteros
Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.
Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.
El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.
Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:
Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.
En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.
Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quienes correspondan
Le pido al lector que haga un poco de memoria y recuerde cada selección que a continuación le presento. Entre paréntesis está la edición mundialista a la que pretendo remitirle: Brasil (1982); Colombia (1994); España (1998); Argentina (2002); Francia (2002); Serbia y Montenegro (2006); Francia (2010); Italia (2010); España (2014); Croacia (2014); Italia (2014); Portugal (2014).
Una vez hecho el repaso, le pregunto, ¿acaso esas selecciones no poseían futbolistas talentosos? Entonces, si aquellos equipos poseían futbolistas talentosos, de los mejores de su tiempo, ¿cómo se explica que no triunfaran?
Podría hacer una larga y pesada enumeración de los factores que influyen en el rendimiento de un colectivo. Además de incompleta, esa lista tampoco gozaría de total credibilidad, debido a que cada episodio es único e irrepetible; sus componentes, así como el grado de influencia que ejercen en cada muestra, nunca podrán reproducirse o copiarse sin que sean modificados.
Pero el punto a discutir es el talento.
Talento tiene que ver con las posibilidades innatas, naturales, de conseguir algo. Se nace con determinado(s) talento(s) y es el poseedor de esa(s) virtud(es) quien decide si cultivarlo o dejarlo morir. No existe mérito alguno en la sola posesión de cualidades.
Todo lo contrario sucede con quienes toman la decisión de multiplicar aquello que la naturaleza, la genética o el azar les dio. Pero quien no tiene en su ser esas facultades jamás podrá obtenerlas. Se mejora lo que se posee, pero el talento es intransferible.
Corren versiones, en medio de la insoportable idiotez que obliga a elegir entre Cristiano Ronaldo o Lionel Messi, de que el portugués es trabajo y el argentino talento. Nada más alejado de la realidad; cada uno ha explorado y explotado virtudes propias, no potencialidades compradas o traspasadas.
Así mismo, el talento se ha convertido en una respuesta rápida, casi automática, para justificar o hacer que explicamos lo que desconocemos. Estos expertos en lo divino, al verse imposibilitados de justificar lo que no comprenden, como la eliminación de la selección alemana en el mundial ruso, recurren, con una sospechosa agilidad, a la ausencia de talento de su entrenador o de alguno de sus futbolistas.
El mismo argumento se emplea para definir las carencias de todos los demás eliminados.
Por alguna razón que desconozco, y que probablemente tenga que ver más con la educación que hemos recibido y que nos ha llevado a ser grandes reduccionistas, el aficionado explica el deporte, el éxito y/o la derrota, como la consecuencia natural y lógica de la acumulación de talento o la falta del mismo, dejando de lado la influencia de factores tan determinantes como el estudio, el entrenamiento, la preparación, la suerte, el error propio y del contrario, el contexto, etc. Reducimos una actividad colectiva a lo mínimo, es decir, a cuotas de talento que por cierto, nadie puede medir.
Julio Velasco, entrenador argentino de vóley, exponía su propia versión sobre la inclinación a justificar y explicar los triunfos a partir de esas cuotas de talento:
“Ese mundial (NR: de vóley de 1982) dejó cosas muy positivas, pero dejó alguna negativa… La negativa es que se empezó a usar una palabra, demasiado para mi gusto, en la Argentina, que es la palabra talento. Una de las conclusiones fue que parecía que ese equipo había nacido del descubrimiento casi azaroso de seis, siete u ocho talentos que nadie sabía de dónde habían salido, y que con el genio de un entrenador extranjero habían logrado una medalla de bronce por primera vez… En realidad, ese equipo estuvo por dos años (los jugadores) a disposición exclusiva de la selección nacional. ¿Con qué dinero? Con el dinero de los padres de los jugadores, porque no les pagaban nada. No les pagaban ni el viaje en micro (bus). ¡Cero! Los padres pagaban”.
El crecimiento exponencial de tribunas y el aprovechamiento de estas por pseudo especialistas no ha hecho más que desvirtuar la figura del observador hasta convertirlo en analista. Hoy nadie habla del juego, mucho menos de la complejidad del mismo. Complejidad hoy es asumida como un sinónimo de dificultad, de la misma manera que talento es el causante del éxito.
Es muy jodido hacer comprender que no existe, en los procesos de los sistemas dinámicos abiertos, esa causa=efecto con la que hemos crecido. Sin embargo, la pelea hay que seguir dándola, así sea desde esta insignificante trinchera.
Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quién corresponda
Durante muchos años, diría décadas, se nos ha hecho creer que en el fútbol existen dos conductas: atacar y defender. El discurso casi oficial es el de que son dos manifestaciones totalmente aisladas, sin nada que las una más que los jugadores, cuando en realidad no son dos sino un solo comportamiento, uno que se conoce como jugar y que no puede ser disociado en partes.
Claro que existen otros deportes colectivos en los que, por su naturaleza, o por las distintas interrupciones que permite el reglamento, sí que podemos divisar una separación que permite hablar de ataque y defensa como dos facetas. Pero no en el fútbol.
Me explico: en el fútbol americano (NFL), las normas establecen que cada equipo tendrá en fase de ataque hasta cuatro oportunidades para superar una distancia de diez yardas. A su vez, el equipo que defiende podrá, una vez que el ovoide se ponga en movimiento, interrumpir ese avance, hacer retroceder al rival y hasta quitarle la posesión del ovoide, caso en el cual podrá, incluso, anotar. Pero si los cuatro intentos antes mencionados pasan sin que el atacante avance el mínimo de diez yardas, el equipo que estaba a la ofensiva pasará a la defensiva, lo que supondrá un cambio total de jugadores; no olvidemos que en ese juego hay equipos ofensivos, equipos defensivos y equipos especiales. Lo mismo sucede con el equipo que defendía y que ahora hará de atacante.
Además, el fútbol americano posee pausas entre cada jugada, tiempos fuera y alguna que otra interrupción que hacen más lento su desarrollo. Lo mismo sucede con el baloncesto, deporte mucho más dinámico que el fútbol, pero que goza de substituciones indefinidas, tiempos muertos y hasta tiempos de televisión.
En cambio, en el fútbol se puede decir que los veintidós futbolistas que están en el campo atacan y defienden en cada acción, por lo que de nada sirve, si realmente se pretende entender el espíritu de este deporte, hacer una separación entre ataque y defensa.
Podría decirse que parte de la confusión -llamémosla así para no alimentar la presunción de mala intención sobre aquellos que promueven un fútbol dividido en fases- nace de otro gran error: pensar al futbolista en puestos antes que en roles.
Si al futbolista le asignamos un puesto, por ejemplo, el de lateral derecho, cada vez que éste se atreva a salir de esa demarcación para proyectarse por su banda, o para hacer de volante interior, estaremos ante un alejamiento peligroso de su zona. Pero si al futbolista se le asignan roles, tendrá la libertad de pensar y ejecutar siempre según lo que la jugada exige. La posición somete y tiraniza; el rol es libertad a partir del conocimiento y la interpretación.
Volvamos al tema en cuestión.
La primera reacción cuando vemos a un equipo avanzar en el campo hacia el arco contrario es pensar que está “atacando”. Si pensamos en el concepto de atacar como la intención de conquistar territorio rival, la visión no es del todo incorrecta, pero, y aquí es donde le planteo al lector que acompañe esta reflexión, si entendemos que con cada avance, ese equipo dispone del balón y se aleja de su propia portería, nos daremos cuenta de que, atacando también está defendiendo.
Pero hay más. Si los ataques de ese equipo se organizan de tal manera de que participen la mayoría de sus integrantes, con la intención de empujar al rival hasta su propio arco, es, salvo excepción que confirme la regla, una manera de promover la organización defensiva en caso de que pierda la titularidad del balón. Intentaré ser muy claro: si cuando nos quitan la pelota, estamos todos cerca del rival y de nosotros mismos, ese contrario, ahora con la titularidad del balón, encontrará menos oportunidades de pase, y eso, cortar las vías de comunicación es una maravillosa forma de defender. Pero ello dependerá de cómo se ataque.
Ahora bien, si un equipo es atacado por el contrario y pretende robarle el balón, el éxito de la recuperación de la pelota dependerá de las distancias de relación entre cada uno de sus integrantes. Si se dedica simplemente a rechazar con pelotazos, el rival rápidamente recuperará el balón y la iniciativa, pero si en cambio, al recuperar la titularidad del balón, el equipo se adapta inmediatamente a la situación, podrá salir, en corto o en largo, de una manera más efectiva.
César Luis Menotti repite permanentemente que en el fútbol hay cuatro acciones del juego: defender, recuperar la pelota, gestar jugadas y definir, y no miente. Lo que quizá nos falta a todos es intentar explicarle al público que estas acciones no pueden darse de manera separada o individual.
En conclusión, ni atacar ni defender ganan mundiales u otros torneos. Para salir victorioso es necesario jugar mejor que el adversario, y, como esto es fútbol y no baloncesto o fútbol americano, para lograrlo hay que rendirse a la evidencia de que jugar es una sola conducta y no la suma de facetas.
Imágenes encontradas en internet. Créditos a quiénes corresponda
En mi canal de Youtube estaré subiendo algunas reflexiones sobre el juego y algunos de sus condicionantes. Le advierto al lector que no aspiro a nada más que compartir estas opiniones, y que la militancia en aparentes verdades absolutas constituye lo más alejado del espíritu de este intento.
En esta ocasión dejo dos videos, uno sobre la construcción de un equipo antes de un torneo como el mundial, y el segundo, sobre la adaptabilidad como valor fundamental.