Categoría: Apuntes del Camino

  • Bienvenidos al mundo real

    Bienvenidos al mundo real

    El modelo ha muerto. Que nadie se engañe: cualquier referencia a Cruyff es un acto de fariseísmo con claras intenciones electorales. Los gestores harán todo y más con tal de asegurar su permanencia en el poder más allá del ciclo actual. Hay fuerzas y ganas de seguir hundiendo el barco.

    De allí las alabanzas al Padre, al Hijo y a la idea madre. De allí que ahora recuerden al gran maestro y pretendan sacarle del cuchitril al que le confinaron hace mucho tiempo. Lo harán para que el respetable crea que todo cambió. No se engañe el lector: no les interesan las lecciones del viejo profesor, solamente pasearlo cual trofeo de caza.

    Todo es muy florentinesco. Tanto odio por el Flaco y los suyos los ha llevado a imitar al hábil y oscuro constructor. Son plagiadores profesionales; su copia resalta y magnifica lo repugnante: de tener un equipo pasaron a coleccionar cromos. Todo, sépase y recuérdese por siempre, con la venia de una conducción nefasta que nunca pensó en triunfar sino en salvarse. Pasar desapercibido; no se recuerda tanta mediocridad desde tiempos inmemoriales.Hombre de club le llaman.

    Ganarán porque los cromos son muy buenos y tienen, como si fuera poco, al dueño de la pelota. Pero ningún triunfo podrá disimular la putrefacción natural de un cuerpo al que ya se le ha ido la vida y que solamente espera por la diligencia habitual de los gusanos. La basura, aunque la rocíen con perfume, sigue siendo basura.

    Bienvenidos al mundo real.

  • Gracias, Iniesta

    Gracias, Iniesta

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    Lo más jodido de hacerse viejo es llenarse de recuerdos. Los recuerdos son imágenes de algo que fue y que nunca más será.

    El futuro es incierto, inexistente, mientras que el presente es tan actual que lo vivimos sin tener consciencia de cuánto de ello se convertirá en recuerdos, y cuánto desecharemos. En la inmediatez del momento, la actualidad es maravillosa, agobiante y conmovedora, sencillamente por la dinámica histérica de nuestra existencia.

    Con Andrés Iniesta aprendí a ver el fútbol de otra manera. No fue con Pep Guardiola, a quien tuve de ídolo. Tampoco a través de Michel Platini o de Marco van Basten. Iniesta me obligó a entender que para jugar había que darle continuidad a una dinámica colectiva, y que aquello requería diferentes respuestas, dada la imposibilidad de encontrarnos con dos situaciones totalmente idénticas.

    Lo que el eterno número 8 del FC Barcelona construyó fue magnífico y contracultura. Al lado de Xavi, su socio de siempre, destruyó todos los renacidos mitos de la mal llamada modernidad, aquellos según los cuales los futbolistas de poca estatura, o de físico aparentemente débil, no podían competir al más alto nivel. Patrañas, mentiras y mucha ignorancia militante.

    Iniesta compitió y vaya si lo hizo. Perdone si esto le parece exagerado, pero no encuentro, en los últimos veinte años, a dos mediocampistas tan influyentes como Andrés y Xavi. Los habrá con más pases gol y con mayores registros anotadores; pero sobre ninguno se construyó un equipo de leyenda como con ellos.

    El FC Barcelona de Xavi e Iniesta, de Messi y Busquets, de Puyol y de Alves, de Valdés y de Piqué compitió no con sus rivales actuales sino con “La Máquina” de River Plate, con los “Magiares Mágicos” húngaros, con Brasil de 1970, con el Ajax de finales de 1960, y, si me permite una licencia, con el AC Milan de Arrigo Sacchi. Compitió desde los conceptos que estos grandes equipos construyeron y vaya si los mejoró. Y, aunque a ese equipo lo hayan integrado maravillosos jugadores, incluido Lionel Messi, ninguno, salvo Andrés, englobaba en su ser todas las virtudes de aquel conjunto.

    Claro está que un equipo es mucho más que la suma de sus partes, por lo que intentar entender a Iniesta fuera de su “contexto” sería un ejercicio inútil, sin sentido. Aquel “Pep Team” fue de todos, hasta de los que menos jugaron. Sin embargo, Iniesta fue la elegancia y el pragmatismo hecho jugador. Ahora que tanto se habla de jugar simple o de ser práctico, lo mejor sería que se intentara jugar de manera sencilla, como lo hizo Andrés. No hubo nadie más efectivo que Iniesta, siempre que entendamos a esa virtud como la capacidad de conseguir el resultado buscado. El 8 siempre intentó que su equipo jugara mejor y, salvo alguna tarde que nadie recuerda, lo consiguió.

    El pase, el control, el giro, el recorte, el freno, el cambio de ritmo y el supremo dominio de los espacios. Eso ha sido el de Fuentealbilla. Su silencio fue la pausa necesaria para tomar un último suspiro, comprender que se ha perdido una gran parte de nuestro ser, y creer, porque nada más se puede hacer que soñar con un futuro que valdrá la pena. Su futbol fue así, un intento de progreso sostenido siempre por un primer paso que ya era pasado.

    Todos jugamos al fútbol, y en mi caso, fui extremo. Tenía gol y era bastante rápido. El fútbol era, en mi día a día, una gigantesca posibilidad de ocupar, por medio de la carrera, los espacios que dejaba la defensa rival. Entendía que corriendo llegaría rápidamente al arco. Gol, saque desde el medio y otra vez a correr (no hace falta aclarar que nunca tuve las condiciones para ser más de lo que fui), así comprendía este juego, hasta que el juego me acompañó.

    Aun así, nunca dejé de pensar en el fútbol. Todos los que alguna vez jugamos al fútbol seguimos soñando con fútbol, con aquel gol imposible, o con el pase que debimos dar. Y pensamos en fútbol porque creemos que haberlo jugado nos hace conocedores del juego. Por ello le agradezco a Andrés Iniesta que, mientras yo imaginaba piques eléctricos y un fútbol casi individual, él abrió mis ojos para recordarme que este juego tiene una velocidad propia, un espíritu colectivo y colectivista, y que sin los compañeros moriremos en la más triste soledad. Eso fue Iniesta, un continuador y un multiplicador de probabilidades. Siempre en equipo; siempre para el equipo

    Iniesta se retira del FC Barcelona y se irá quién sabe a dónde. Su fútbol forma parte de mis recuerdos, de las imágenes que espero nunca me abandonen. Es una de las tantas memorias que ayuda a seguir caminando hacia adelante al tiempo que voy aceptando que me estoy haciendo viejo…

     

    Fotografías cortesía de Getty Images y AFP

  • Pensar en código fútbol

    Pensar en código fútbol

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    Vivimos con miedo. Aunque a través de las distintas versiones del “Contrato Social” se ha establecido una relación de protección del Estado para con sus habitantes, el ser humano sigue teniendo muchos temores, algunos de ellos relacionados con aquello que poseen. Sea mucho o poco lo que es propio, el hombre teme que le arrebaten aquello que es suyo. El fútbol, una actividad humana que describe casi a la perfección la vida en sociedad, no podía alejarse de esa manera de sentir, ya que el juego es obra de los mismos seres que perciben que sus bienes nunca están del todo a salvo, que viven en estado de alarma.

    Es importante recordar brevemente la historia de las formaciones que han dominado este juego para comprender que no exagero. Es necesario también acordarse que un elemento fundamental en la constitución del juego, tal como lo conocemos, fue la redacción de la regla del fuera de juego.

    Aquella norma, aprobada en primera instancia en 1863 (la primera, la “antigua”, determinaba que “un jugador en fuera del juego si se situaba por delante del balón, esto es entre el balón y la portería contraria”) tuvo su primer gran cambio en 1866, cuando se definió que “un jugador estaba en fuera de juego si se encontraba más cerca de la línea opuesta que el balón y el antepenúltimo adversario”. Esta versión de la regla es conocida como la regla clásica.

    A partir de esta disposición reglamentaria, los equipos debían tener en consideración un nuevo aspecto del juego: evitar posicionalmente que el rival encontrara variantes para llegar al arco. Si antiguamente el juego era el de las conducciones individuales, con la versión clásica de esta ley y la aparición del juego de pases (el Scottish Passing Game), el fútbol cambió para convertirse en un maravilloso juego estratégico.

    Debo aclarar que si bien es cierto que el aspecto defensivo siempre estuvo presente, la aparición de esta norma lo llevó a eso que se conoce como el plano estratégico; el camino al gol encontraba más obstáculos que debían ser resueltos por algo más que una conducción individual del balón. Ya no se trataba únicamente de llevar el balón hasta la portería contraria sino que también había que ocuparse de evitar que el rival llegara hasta la nuestra.

    Al principio, tras la aprobación de esta normativa, las formaciones iniciales seguían mostrando un claro espíritu ofensivo. Las primeras que se utilizaron fueron el 1-1-1-8 y posteriormente, como consecuencia de la aparición del pase, se instauró el 1-1-2-7.

    Antes de continuar permítame aclarar algo: las formaciones iniciales determinan parte de una intención, pero no la definen en su totalidad. Son, como llegó a decir Ricardo La Volpe, “la fotografía desde el helicóptero”. No explican, por ejemplo, si el lateral derecho es uno que se proyecta y se asocia bien en ataque, o si por el contrario, es de vocación defensiva y no se siente seguro al cruzar el centro del campo. Por ello hay que insistir en que las formaciones iniciales carecen de lo que mejor explica a este juego: la dinámica. Aún así hay que tenerlas en cuenta para comprender la intencionalidad del equipo.

    Continuemos entonces con la exposición.

    Tras esas primeras formaciones son muchas las que han ido apareciendo en este deporte. Con la “Pirámide” (1-2-3-5) se reforzó la zona defensiva y el centro del campo; con la WM (hija de una nueva modificación en la ley del fuera de juego, ahora conocida como la Regla Actual”, según la cual “un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario”) se intentaba aprovechar mejor la amplitud del campo.

    Tras ellas, han sido muchas las que han aparecido. Nació el “Cerrojo Suizo” en los años 30 del siglo XX; el 1-4-2-4 y el 1-4-3-3; se hizo fuerte el Catenaccio; se populariza el 1-4-4-2 y su variación en rombo 1-4-3-1-2; Holanda maravilló al mundo con su versión de “El Giro” de Willy Meisl, cuya versión neerlandesa es conocida como “Fútbol Total”; aparecieron el 1-3-5-2 y el 1-5-3-2, y así estamos todavía en estos momentos, tratando de encontrar que formación inicial es la adecuada para cada equipo.

    Lo que este breve repaso ayuda a comprender (son muchos los trabajos que profundizan sobre estas variaciones, uno de ellos es http://www.efdeportes.com/efd53/futbol.htm) es que, además de intentar aprovechar más y mejor los espacios que se producen gracias a la dinámica del juego, también se fue haciendo palpable que al juego lo conquistaron, poco a poco, nuestros miedos, ya que, con el paso de los años, se sumaban futbolistas a la defensa o a la zona de volantes.

    El reglamento determina que para ganar hay que convertir un gol más que el adversario, pero ese mismo código dice, sin decirlo, que un equipo que no recibe goles no podrá ser derrotado. Por ende, al comienzo de los partidos, cada equipo tiene “garantizado” al menos un empate.

    Herbert Chapman, ideólogo de la WM, dijo alguna vez que “Si logramos evitar que el rival nos marque tendremos un punto asegurado. Si además conseguimos anotar un gol, tendremos los dos puntos”. En los tiempos de Chapman y su Arsenal, las victorias valían dos puntos.

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    Esa igualdad, que otorga un punto a ambos contendores, alimenta la sensación de no perder y la voluntad de jugar a no perder. Un punto siempre es mejor que ninguno, por lo que muchos equipos entienden que, aunque no hayan conseguido el triunfo, no tienen nada de que lamentarse porque no se perdió nada. Comenzaron con un punto y se van del encuentro con ese mismo punto.

    Y es aquí dónde se sustenta aquello de que las formaciones son apenas un primer paso, pero jamás podrán, por sí solas, explicar las intenciones de un equipo.

    Más allá de esas alineaciones, entendidas casi como numeraciones telefónicas, al fútbol hay que pensarlo más por la ocupación posicional de los equipos que por esas recetas numéricas. Y es gracias a este enunciado que podremos divisar con mayor claridad el temor al que hacía referencia al inicio de estas líneas.

    Cada vez más cerca de casa

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    Quizá el momento colectivo más interesante en el fútbol sea, a mi entender, observar hacia dónde corre un equipo cuando pierde la pelota. Los hay aquellos que van hacia atrás, dejando la iniciativa al rival mientras ellos se reorganizan pensando en su arco, y los hay los que corren hacia delante, porque las distancias son más cortas, y porque comprenden la función defensiva como “atacar el ataque del oponente”, que es reorganizarse con el arco rival como meta.

    En esto no hay buenos ni malos sino ideas diferentes. Lo que determinará la validez de cada propuesta es su comunión con los futbolistas que la interpretarán.

    Con cada nueva modificación, la tendencia fue acercarse cada vez más al arco propio, alejándose, como consecuencia de esta corriente, de la portería rival. El sentimiento preventivo no es cosa de estos años y son muchos los textos que hacen referencia a equipos que primero se amontonaban en los límites de su propia área, sin embargo, lo que puede asociarse a las últimas décadas es el aumento de esa tendencia.

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    Las razones son muchas, pero la que más fuerza parece tener es aquella cultura del “safety first” (primero la seguridad) que denunció Willy Meisl en su libro Soccer Revolution: “Los británicos se empeñaron en eso de ‘la seguridad primero’, en prevenir que el oponente convirtiera goles. Los europeos continentales, por su parte, intentan anotar goles”. El manual de Meisl fue publicado en 1955, y desde entonces, la corriente británica que señalaba parece haber triunfado sobre el estilo continental.

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    En febrero de este año tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con los profesores Francisco Seirul·lo Vargas y Joan Vilà Bosch. A raíz de una afirmación de Meisl –según él, las palabras de Chapman citadas anteriormente “contenían el espíritu y la esencia del ‘nuevo fútbol’, el posterior a 1926, y que rápidamente creó la mentalidad de ‘seguridad primero’ tan trágicamente típica de la Gran Bretaña de las entre guerras”-, quería conocer qué pensaban ellos sobre esa mentalidad conservadora, y la respuesta fue precisamente que esto no es una conducta extraña a la vida del ser humano en sociedad.

    De hecho, el profesor Seirul·lo llegó a sugerirme que visualizara a los castillos medievales, con sus fortalezas, muros y lagos como dispositivos defensivos, cómo ejemplo para comprender que desde tiempos ancestrales, el hombre se ha concentrado en cuidar lo propio primero, y luego intentar el asalto a las fortalezas rivales.

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    No hay recetas infalibles

    Existe una corriente de pensamiento (sin mayor sustento que las propias sensaciones de sus promotores) que sugiere que defender mejor es hacerlo cerca del propio portero. Esa premisa es la que ha dominado a este deporte en los últimos tiempos, no en vano la gran mayoría de los equipos, cuando pierden la titularidad del balón, lo primero que hacen es correr hacia atrás, en vías hacia su propia portería.

    Esto que aquí señalo es definido como la prevención de riesgos, pero se olvida que en ese retroceso, en esa transición ataque-defensa, se le entrega mucho tiempo y mucho campo al rival para que este gestione la construcción de su avance. Claro que, en muchos casos, ese rival prefiere lanzar rápidamente a sus atacantes, desaprovechando el obsequio espacio-temporal que antes mencionaba.

    En los últimos años son muchos los equipos que cuando recuperan el balón prefieren eso que llaman “ataque directo”, que no es más que intentar la rápida resolución de una situación ofensiva. Esto trae como consecuencia que se “ataque” el área rival con tres o cuatro futbolistas, nada más. Solamente los equipos que construyen sus avances con algo más de paciencia pueden sumar más futbolistas a esa maniobra.

    Ahora bien, como sugiere el título de este pequeño e inexacto ensayo, al fútbol hay que pensarlo. Antes, durante y después de jugarlo. De lo contrario, este maravilloso juego seguirá anclado en conceptos que ya han debido superarse, como aquello de creer que ataque y defensa son actividades disociadas, o que existen recetas exactas para ganar un partido. Y la realidad nos dice que el fútbol no se piensa.

    Es por todo esto que creo que al fútbol se le ha entendido, mayoritariamente, como a un juego reaccionario, lleno de temores, en el que aquel que espera para luego reaccionar es tildado de inteligente. Se ha confundido el concepto de riesgo, y todos hemos contribuido a ello. Podría incluso afirmarse que en el fútbol no se piensa en defender mejor; el objetivo de estos retrocesos despavoridos es crear la falsa sensación de que mientras más cerca estemos de nuestro arco más difícil será para el rival marcar un gol.

    Le pregunto al lector si no sería más adecuado evitar que el rival llegue a esa zona. Y es que si, contrario a ese repliegue urgente y desesperado, el equipo que defiende lo hace conquistando las zonas de construcción de juego rival (defensa-medio campo), es muy posible que desmantele ese ataque y recupere con mayor facilidad la titularidad del balón.

    Todo lo que aquí planteo no es original ni revolucionario. Tampoco contiene este escrito verdades absolutas. La única intención es hacer de su título, Pensar el fútbol, una realidad. Hay que dejar de lado la venda que nos pone el resultado de turno y profundizar en las razones del juego, para así promover una verdadera evolución de este hermoso juego.

    Manuel Sérgio, en su libro Filosofía del Fútbol, escribió lo siguiente:

    ¿Qué es el juego? Una actividad que da placer. ¿Quién juega? El hombre. ¿Por qué? Porque tiene necesidad de placer (…). Pero hagamos una ultima pregunta: ¿Para qué juega el hombre? La respuesta sólo puede ser ésta: para vencer. En una palabra, el hombre juega por el placer que el juego le da, pero el placer implica una finalidad, sin la cual deja de serlo. Esa finalidad es la ‘victoria’”.

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    Lo que nos atañe a todos los que hacemos vida en este juego es descifrar el cómo se puede obtener esa victoria que tanto promovemos, así como hacer del fútbol un juego que no se repita, que no convierta en un hecho indiscutible aquel eterno retorno de Nietzsche.

    Fotografías encontradas en Internet. Créditos a quienes corresponda

  • Balón para jugar, comunicar y vencer

    Balón para jugar, comunicar y vencer

    El fútbol es un juego sumamente generoso. Además de las inmensas probabilidades que ofrece –no confundir con posibilidades porque en la vida todo es posible pero no probable- también permite que se discuta hasta lo más elemental. No en vano se ha puesto en duda la importancia de poseer el balón. Científicos de lo absurdo dicen, y se creen semejante bobada, que lo importante no es tener la pelota sino ganar. ¡Han descubierto el agua tibia!

    Militantes de la obviedad, estos pseudo analistas se apoyan en que la posesión del balón por sí sola no significa nada. No advierten que ningún equipo del mundo tiene como estrategia, mucho menos como objetivo, eso que ellos condenan. La titularidad de la pelota no es más que una herramienta, un apoyo en la búsqueda de la victoria. Harta seguir recordando esto, pero la estupidez, al igual que el viento, no pierde su fuerza con el paso de los años.

    Los equipos de fútbol entrenan y practican con el objetivo de, una vez  en fase de titularidad del balón, hacer todo lo posible por marcar un gol. Los hay aquellos que prefieren que su relación con la pelota sea menos duradera, evitando la promoción de otros métodos de construcción de juego distinto a las rápidas transiciones. Pero al fin y al cabo, si no disponen de la pelota, ¿cómo carajo pueden anotar un gol? Lo que cambia, en estos equipos con respecto a otros, es su relación con la pelota.

    Si mi equipo tiene el balón, el rival no la tiene. Esto, que debería pertenecer a la más pura lógica del juego, se discute hasta con pasión. Una de las razones para ello es que, desde mediados de la década de los 90, las transmisiones televisivas han impuesto aquello de los porcentajes de posesión. Y los estudiosos de la nada, afiliados a la imbecilidad, siendo que ella los ayuda a pertenecer, dejaron, si es que alguna vez lo hicieron, de ver el juego para ver la pantalla; se decantaron por la opinión de otros eruditos de la falsedad porque, insisto, asumieron que repetir bobadas aumentaba sus probabilidades de pertenecer. Repetir antes que pensar, esa fue su estrategia. No pusieron la lupa en qué hace cada equipo cuando se encuentra en fase de posesión sino que repitieron, cual loros entrenados, que tenerla era insuficiente.

    Hago énfasis en la expresión “tener el balón” porque es otro de los grandes pescados podridos que esta gente vende y que debe ser desmontado. Nadie tiene el balón, salvo el portero cuando lo toma con las manos o aquel futbolista que está por ejecutar un saque de banda. Esto no les interesa, porque ellos, con tal de simular sabiduría y convencer a sus jefes y empleadores de ella, repiten y repiten lo que otros, tiempo atrás, también expusieron equivocadamente.

    En una entrevista que acaba de hacerse pública, el periodista Juan Pablo Varsky, sabedor de estas miserias que aquejan al juego, quiso aprovechar la fuerza del altavoz que le proporciona el canal para el que labora (Directv Sports), para intentar que fuese Pep Guardiola el que le pusiera, de una buena vez por todas, fin a semejante debate.

    Esto fue lo que le dijo el entrenador catalán ante el cuestionamiento hecho por el gran periodista argentino sobre la razón por la cual nos pasamos la pelota en el fútbol:

    Nos pasamos la pelota porque los chicos, cuando decidieron jugar al fútbol, decidieron jugar con la pelota… Un equipo que genera que todos participen de esa cosa por la cual se hicieron futbolistas, que es el balón, es la cosa que une más a un equipo, dentro y fuera del campo. Tácticamente, en cada pase tiene que haber una intención. El tiki taka… Yo amo que nos pasemos el balón pero ese término fue peyorativo, pasarse el balón por pasárselo. Yo digo: pasarse el balón con una intención, para mover una estructura defensiva y atacarlos dónde nos conviene. Es decir, el balón se mueve para tú hacer mover a esa estructura y decir ‘yo te muevo aquí para atacarte en otro sitio. Eso pasa en el baloncesto, en el balonmano, ¡en todos los deportes de grupo! Se mueve el balón para mover al otro. Cuando el balón está parado, el mimetismo de control defensivo es muy fácil; cuando el balón está en continuo movimiento el mimetismo defensivo del oponente no sabe dónde está, y en ese momento, en esa estructura que se mueve, que en función de si salen los de afuera o los de adentro, ahí es cuando uno puede atacar. Por eso se tiene que entrenar más y más, y siempre y siempre con el balón, porque es lo que da eso al juego”.

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    La exposición de Guardiola es sencilla, que no simple, porque explica la razón por la cual se intenta disponer de la pelota y evitar que el rival la tenga.

    Aún así, hay quienes, aupados por la necesidad de sentirse y presentarse diferentes, siguen gritando a lo loco que lo importante es ganar y no tener la pelota. ¿Cómo gana un equipo que no disponga del balón? No me refiero a porcentajes sino a disponer de ella.

    Guardiola y Mourinho sí que son parecidos. Mientras los medios de comunicación han construido una rivalidad que no es tan profunda, únicamente sostenida en maneras de ser o “porcentajes de posesión”, el público, víctima y victimario, ha olvidado que ambos entrenadores buscan lo mismo que cualquier otro deportista: vencer. A ellos, que hacen vida en el fútbol, los diferencia su concepto sobre construcción del juego, es decir, cómo interpretan que sus equipos se acercarán más a esa victoria. Y eso es lo que debe discutirse, no el resultado, porque el resultado ya está, ya es, no se puede modificar.

    Me explico: la relación con el balón determinará el comportamiento de cada equipo. Pongamos el ejemplo de la recuperación de la pelota. Para muchos, un gran recuperador es aquel que hace lo posible por quitar el balón al rival, mientras que para otros, los que entienden al juego como un continuum y no lo disgregan ni separan en jugadas, comprenden que una recuperación no es tal si quien retoma la titularidad del balón hace un mal pase; retomar la conducción exige que se de un buen pase, uno que deje en situación de ventaja al compañero. Si por el contrario, una vez recuperada la conducción de la pelota se elige hacer un envío largo para que un compañero dispute pelota y espacio con un rival en igualdad de condiciones, eso más que recuperar es rifar, y en una rifa, es decir, en igualdad de condiciones, la lucha, la batalla, es para cualquiera.

    Basta con observar los comportamientos de Ederson, portero del Manchester City, para comprender que, al poseer una noción profunda del juego, su labor, además de detener los disparos del rival, es la de un continuador del juego: alguien, que al igual que sus compañeros, entiende al pase como una forma de comunicación, de relación. Es un continuador, y al mismo tiempo, un generador de situaciones favorables. Cada pase suyo tiene una intención, por ello, salvo en casos de extrema emergencia, el brasileño no despeja la pelota, no la rechaza, sino que a través de ella conecta con sus compañeros y les ayuda a encontrar situaciones de superioridad.

    Ganar o perder no depende de porcentajes de posesión sino de qué hacer cuando se dispone del balón. Todos ansían la victoria, algunos prefieren reducir los márgenes de influencia del azar –jamás será posible expulsarlo del todo- mientras que otros se decantan por jugarle unas fichas al talento individual y a la eventualidad. Pero sin el balón no hay viaje hacia la portería contraria, mucho menos probabilidad de anotar un gol.

    Todo es tan lógico que los mercachifles han conseguido que nos olvidemos que al fútbol se juega con una pelota y que a esta, para ganar, hay que meterla en la portería contraria.

    Fotografías cortesía diario Marca y http://www.weloba.com/

  • En defensa del Deporte

    En defensa del Deporte

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    Vivimos tiempos en los que la adoración por lo superficial es la regla. Las grandes masas han sido instruidas y convencidas para idolatrar a quienes consiguen objetivos, imposibles para esos colectivos, sin reparar en las cualidades o valores que realmente definen la actividad deportiva.

    La prensa, alejada de su función educativa, se ha erigido en la principal promotora de la exposición de fortunas, bienes y vicios. Ser nuevo rico ya no es un peso si quien interpreta ese triste papel rompe marcas deportivas. Nos hemos rendido al como sea, de allí que el retorno a la decencia parezca una utopía.

    Marcelo Bielsa, el 30 de mayo de 2013, daba un ejemplo perfecto de la perversión a la cual hago referencia:

    Cuando yo era chico, y vivía en un barrio, la gran novedad o logro era tener un auto, y cuanto más lujoso era el auto más reconocimiento para la familia que lo había obtenido. Pero había una distinción para nosotros, el reconocimiento a la familia era en función de qué había hecho para conseguir ese auto. Había familias que trabajan padres e hijos y se compraban un Seat. Y había familias que se ganaban la lotería y se compraban un Mercedes Benz. Y nosotros valorábamos al que trabajaba mucho y se había comprado el Seat. Le doy ese ejemplo porque a partir de ahí aprendí que no se evalúa lo conseguido sino lo merecido. Primero hay que ver si el medio está de acuerdo con que se evalúe lo merecido y no lo conseguido, la respuesta es no”.

    Somos rehenes. Por varias razones, entre las que están nuestro conformismo y nuestra pereza, la banalidad ha ganado todos los enfrentamientos en contra de la decencia. Ese ejército compuesto por borregos y negociantes sometió con éxito los verdaderos valores hasta sepultarlos; nos han hecho creer que lo único que es susceptible de admiración es el éxito final.

    La llegada de un nuevo año supone una nueva oportunidad para corregir y enderezar el rumbo, pero para ello hay que dejar de lado el ego y el miedo y hacer que pasen cosas. Quienes hacemos vida dentro del deporte tenemos la obligación de aprovechar esta pausa y cuestionarnos, examinarnos, vernos al espejo. La vida ofrece el chande de preguntarnos si cuidamos de la actividad, el deporte, o cuidamos de nosotros mismos.

    La cuestión que planteo no es romántica ni lírica. Si al deporte se le deja solo y desamparado ante los fusiles de la superficialidad, con la excusa de que, cobijados por el silencio y la complicidad, el periodismo garantizará su supervivencia, más temprano que tarde, el deporte mismo, probablemente derrotado y sin fuerzas, empujará a estos mercaderes hacia el vacío, y allí se quedarán, pagando en soledad su traición a la actividad que alguna vez dijeron querer.

    Quienes utilizan al deporte para delinquir odian estas manifestaciones de disconformidad; estas recuerdan que sus trasgresiones son precisamente un atentado en contra de la actividad que dicen defender. Panzeri lo escribió en 1971:

    El Barón de Coubertin, llamado padre del olimpismo moderno, pronunció señeras palabras que siempre se interpretaron como indicativas de prescindencia del triunfo en los fines del deporte. Dijo aquello de… `lo importante es competir`. Pero hoy, en esta alteración de conceptos y subversión de ideas, nos encontramos con que los periodistas deportivos llegamos a retorcerla para exponerla como razón de poder `seguir compitiendo` con piadoso olvido todos los delitos que agrietaron los cimientos de nuestro deporte, con perdón en masa para todos quienes delinquen en el deporte. Lo que Coubertin pontificó para despreciar la victoria como fin, es utilizado para admitir al indeseable en un pie de igualdad con el decente”.

    La actividad deportiva tiene valores muy claros (respeto, cooperación, relación social, amistad, competitividad, trabajo en equipo, participación de todos, expresión de sentimientos, convivencia, lucha por la igualdad, responsabilidad social, justicia, preocupación por los demás, compañerismo), pero estos están siendo dinamitados por los enemigos que únicamente piensan en cifras y fama. No importa cuánto hayan cambiado los tiempos –la excusa perfecta para los principales vividores que utilizan al deporte para saciar sus urgencias de dinero y notoriedad-, los principios seguirán siendo los mismos.

    Al deporte no se le protege gritando ni besando escudos. Mucho menos formando alianzas con aquellos que necesitan de la exposición mediática para hacer cada vez más notorias sus mentiras y sus engaños. El cuidado de la actividad comienza a través de la protesta, de la derrota del silencio y del correcto empleo de los medios de comunicación, que no fueron inventados para ejercer de agencias publicitarias, menos aun para hacer ejemplar al campeón, callarle sus faltas e inventarle virtudes que no existen.

    En tiempos de internet, páginas web, podcasts, youtube y redes sociales ya no es necesario acceder a las grandes corporaciones. Cada quien desde su trinchera está capacitado para luchar contra tanta trampa. Que luego no se diga que el final nos tomó por sorpresa.

     

  • El pasado no hace goles

    El humorista español Jaume Perich Escala decía que “la experiencia sólo sirve para recordarnos que la experiencia no sirve para nada”. Esa afirmación hay que entenderla como lo que realmente es, un recordatorio de que es imposible tomar decisiones objetivas influenciadas únicamente por lo vivido. En cada determinación que tomamos hay muchas emociones que nos alejan de la tan cacareada imparcialidad que algunos pregonan sin darse cuenta de que es imposible de conseguir.

    En los momentos previos al partido del pasado domingo entre Zamora y Mineros era común escuchar que la experiencia del equipo negriazul podía inclinar la balanza a su favor, sin reparar en que esta no había sido conseguida como equipo. Cada uno de los integrantes de ese conjunto ha adquirido una serie de lecciones que los convierten en una especie de veteranos, pero no todas esas enseñanzas han sido parte del camino minerista sino del camino particular de sus integrantes, por ello se hace imposible que esa sabiduría sea contagiada a un colectivo que no la vivió, y que no la puede sentir como propia.

    El filósofo francés Edgar Morín, en una de sus muchas intervenciones explicando el pensamiento complejo, nos recuerda que “cada célula es una parte de un todo – el organismo global – pero el todo está en sí mismo en la parte; la totalidad del patrimonio genético está presente en cada individuo, en tanto que un todo a través de su lenguaje, su cultura, sus normas”. Pensando en el fútbol, la afirmación del francés nos ayuda a comprender que el futbolista es parte de un grupo y sus conductas expresan y describen a ese colectivo. Pero lo que no se vive no se puede expresar.

    Cada recuerdo y cada hábito individual condicionará las acciones de cualquier futbolista y la del combinado al que pertenece, pero un valor intangible como la experiencia no puede jamás contagiarse ni prestarse. Desde ella puede reaccionar únicamente quien haya protagonizado esos episodios, ya que, como decía José Antonio Marina, “lo que hacemos nos hace”. Ambos equipos pueden fomentar un crecimiento interno a partir de episodios que hayan experimentado como grupo, no como una serie de ingredientes que cada quien, de manera separada, le agrega a la vida grupal.

    Así como Zamora quedó eliminado de la Copa Libertadores por fallos propios y virtudes de sus rivales, Mineros perdió el juego del pasado domingo justo por lo mismo. ¿Sirve de algo el pasado ? Sí, para recordarnos justamente un tiempo que no volverá, y que el futuro, por más hijo que sea del ayer, nunca será igual.

    Columna publicada el domingo 25 de Mayo de 2.014 en el diario Líder

  • Noel no tiene quien le escriba

    Mi muy estimado lector, le voy a confiar una verdad que muchos conocen y que debe saberse: a Noel Sanvicente no lo quieren como DT de la Vinotinto. No me refiero a la mayoría de ustedes ni a un par de directivos de la FVF. Quienes no quieren a Noel son los mismos que no se atreven a tomar decisiones trascendentales para que nuestro fútbol dé un salto de calidad que nos permita competir en igualdad de condiciones que nuestros rivales; medidas como reducir la cantidad de equipos que participan en primera división o revisar las categorías formativas de esos conjuntos. Es que en la vida no basta con hacer lo correcto: hay que estar convencido de ello, por eso, como no creen en él, nadie le escribe ni un mensaje de texto a Noel.

    ¿Por qué no lo quieren? Tan sencillo porque Noel no es alcahuete; no se casa con nadie, no va a cenas clandestinas en yates y, por encima de todo, no forma parte del círculo vicioso que se encarga de “sugerir” jugadores a la selección. Noel tiene únicamente dos pasiones: el fútbol y su familia. Por ello choca con la conducción de esta federación.

    Por esa forma de ser ha sido víctima de ataques, algunos provenientes de la anterior conducción de la selección, tales como que Noel es un gran entrenador de campo pero no puede sentarse con los representantes de las empresas que patrocinan a la selección. Es decir, desprecian al actual entrenador del Zamora acusándolo de dedicarse únicamente a sus equipos. Ese concepto nace, no olvidemos, de alguien que no pudo clasificar a la Vinotinto al mundial, situación que muy a su pesar lo hermana con TODOS los ciclos anteriores, en especial con aquellos en los que el equipo nacional jugaba a cualquier cosa.

    El nombramiento de los entrenadores de las categorías juveniles de la FVF es la última trampa que le han puesto a Noel para que reaccione y así los directivos puedan decir que «se bajó sólo» de la carrera vinotinto. Estos señores no aguantarían trabajar con alguien tan exigente, para quien el éxito sólo sirve como el combustible necesario para buscar mayores triunfos. A Noel sólo le interesa trabajar, pero hasta en los organismos en los que el chauvinismo es una manera de vida se olvidan que la evolución en la vida no se consigue con discursos sino con esfuerzo y sacrificio. Eso, como demuestra su Zamora en estos últimos dos años, es lo que ofrece Noel. Aún no le escriben y pienso que no lo harán, pero ya usted me conoce, mi estimado lector, en milagros no creo y mi labor es convertirme en el aguafiestas de siempre.

    Columna publicada en el diario Líder el jueves 01 de Mayo de 2.014

  • Mi posibilidad de una isla

    De entrada le pido disculpas a Michel Houlebecq por apoderarme del título de su obra favorita. Y también debo hacer referencia a Dante Panzeri que a través de su obra me ha hecho entender que no estoy enfermo. Según Panzeri, lo que usted y yo tenemos, mi estimado lector, es un enorme rechazo a lo decadente, o como él mismo dijo: “una inadaptación a un medio socialmente enfermo».

    Le soy sincero, amigo mío; no encuentro razón alguna que justifique el desbarajuste que es nuestro fútbol. Pongamos un ejemplo: el fin de semana pasado, el delegado del partido que se jugaba en el estadio Metropolitano de Cabudare detuvo el juego entre Lara y Carabobo para que retiraran un trapo que hacía referencia a una persona fallecida recientemente. En ella no se hacía referencia a la incapacidad de la FVF ni había ningún mensaje que pudiese ser considerado ofensivo o con tintes violentos. Era un recordatorio, nada más.

    Este tipo de conductas son contradictorias pero no sorpresivas. Si el «trapo» no es del agrado de algún dirigente, el encuentro debe detenerse. Pero de lo contrario, si no molesta al ente federativo se juega a como de lugar, así sea violentando principios tan sagrados del fútbol como es el cambio de cancha. No se ría, haga memoria y recuerde que hace un par de temporadas eso sucedió.

    Esta dirigencia es capaz de esto y de mucho más. Ya son incontables las veces en que algún directivo ha dejado claro que sólo les importa cumplir con el calendario y sumarse a la tómbola que reparte cupos a torneos continentales sin importar el ridículo que vienen haciendo desde hace años, con la reciente excepción del Zamora de Noel Sanvicente.

    Me niego a sucumbir ante la indiferencia de quienes se toman fotografías o miran hacia otro lado; creo que todo puede mejorar y que en algún momento, sin dejarme llevar por las utopías, esta dirigencia encontrará la madurez para comprender que el tiempo que se está perdiendo en la elección del seleccionador nacional es irrecuperable, o que su verdadero poder no radica en la posibilidad de detener un juego por una pancarta sino en suspenderlo cuando se considere que la vida humana está en riesgo.

    Pero las oportunidades no vuelven, y luego de casi 30 años en el poder, mi anhelo es tan posible como creer que algunos se despertarán mañana pensando en el bien colectivo y no en el personal. Mientras eso sucede seguiré quejándome, alimentando mi inconformidad y sumando millas para acercarme hasta una isla un poco menos tumultuosa que alimente mi optimismo.

  • Competición desvirtuada

    18 equipos. No fue un capricho expandir la primera división en el año 2.007 sino una maniobra para aumentar las cuotas de poder. 18 equipos en un fútbol que aún no comprende el valor de la formación y prefiere aplicar medidas sin la debida reflexión. 18 equipos que deberían tener como objetivo formar jugadores desde las categorías infantiles pero que, en contra de cualquier lógica, sólo tienen equipos juveniles para cumplir con las exigencias federativas. 18 equipos en primera división irrespetando nuestro contexto.

    Me preguntan a través de Twitter si conozco por qué hay tanta diferencia entre el Zamora local que goleó al Táchira el pasado sábado y aquel que le cuesta hacer un gol en Copa Libertadores. No creo que sea la inexperiencia de sus futbolistas o planteamientos equivocados. De hecho, el equipo de Sanvicente sale a jugar todos los partidos con la misma intención de protagonizar los duelos y someter al rival. El problema está en la diferencia de nivel de las competiciones y en el fútbol esto se nota. Por ello, nuestro torneo está en el sótano del continente. ¿Cómo solucionarlo? Friedrich Nietzsche nos enseña el camino: «al pensar se debe estar ya en posesión, mediante la fantasía, de lo que se busca; sólo entonces puede juzgar la reflexión».

    ¿Quienes pueden hacer algo al respecto? La dirigencia, es decir, los representantes de esos 18 equipos que hacen vida en la primera división. Aplicando el consejo del filósofo alemán pudieran encontrar respuestas en la ponderación. Si piensan en su beneficio personal entonces todo quedará como está y seguiremos sumando excusas ante cada fracaso de nuestros equipos.

    El panorama es sumamente oscuro. La FVF responde siempre de la misma manera: son los equipos quienes pueden llevar el torneo a un número de equipos acorde a nuestra realidad. Esa explicación es correcta pero esconde una pequeña trampa: en un país en el que sólo se transmiten un puñado de encuentros por fecha, en el que además se premia a la mediocridad con posibles participaciones en copas internacionales y la segunda división es prácticamente inexistente para los medios, ¿quien en su sano juicio va a aprobar una reducción de la primera división? O peor aún ¿nos sentamos a esperar muestras de planificación de parte de quienes sólo piensan en ganar hoy?

    Volvamos al consejo de Nietzsche y prioricemos la meta de un fútbol mejor que sólo se podrá conseguir a través de la aceptación de que el beneficio colectivo siempre será mayor que cualquier logro individual. De lo contrario, nuestra competición seguirá regalando virtudes y tristezas.

    Columna publicada en el diario Líder el jueves 13 de Marzo de 2.014

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  • Patadas a la lógica

    El amistoso del pasado miércoles ante Honduras parecía ser una oportunidad ideal para ensayar variantes de cara al futuro. Si además recordamos que dicho encuentro fue concebido por la FVF como un partido homenaje a Manuel Plasencia, no se entiende entonces cómo se perdió una valiosa oportunidad de sumar opciones que se diferenciaran del pasado reciente. Por ello, no podemos callar ante las muestras que certifican un gran desprecio por la lógica.

    La negativa del cuerpo técnico para mostrar jugadores no habituales fue sorprendente. Tampoco se puede obviar la alarmante reiteración de fórmulas que ya fracasaron en el pasado. El ejemplo perfecto lo encontramos en la ubicación de Roberto Rosales como lateral izquierdo, un puesto que ocasionalmente puede ocupar, pero siempre con las limitaciones típicas de quien es utilizado en una posición contraria a su naturaleza.

    Siendo un encuentro preparatorio y parte de un interinato, ¿cómo se justifica que las primeras modificaciones en el campamento vinotinto se hayan producido en el minuto 67? Al igual que las declaraciones pospartido, esto chocó con la intenciñon inicial de pensar más en el futuro que en el presente. Por ejemplo: ¿no merecía Pedro Ramírez algo más que los 23 minutos que jugó? Las declaraciones del seleccionador hacen pensar que la provisionalidad puede transformarse en algo más.

    Repasemos la alineación titular: Leo Morales; Alexander González, Oswaldo Vizcarrondo, Grenddy Perozo y Roberto Rosales; Edgar Jiménez, Agnel Flores, Luis Seijas, Yohandry Orozco y Rómulo Otero; Fernando Aristeguieta. Salvo el caso de Jiménez, todos los jugadores que saltaron desde el inicio al terreno de juego han tenido períodos de continuidad en la selección. Incluso los más jóvenes como Otero, Orozco y González gozaron de una buena cantidad de minutos en el ciclo Farías. Entonces, ¿fue este partido un banco de pruebas o una muestra de continuidad?  El discurso oficial y los hechos parecen transitar vías distintas.

    William Shakespeare escribió una obra universal que tituló La Tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, o simplemente Hamlet. En el primer acto, Marcelo, uno de los personajes de la obra, pronuncia una frase que ha quedado en el subconsciente colectivo: «algo está podrido en el estado de Dinamarca». Vistas las últimas decisiones de la dirigencia, no parecería exagerado afirmar que el gran escritor inglés hubiese encontrado en la FVF una enorme fuente de inspiración, sobre todo porque su pluma no hubiese callado nunca aquello de lo que no se puede hablar.