-. Las eliminatorias sudamericanas son crueles. No deseo entrar en el debate de si son o no las más difíciles del mundo porque tengo amigos que han disputado las clasificatorias africanas y las historias que me han contado todavía me persiguen. No obstante, recordemos algo: la selección Vinotinto disputará seis partidos en tres meses y después tendrá una prolongada pausa hasta el mes de Marzo de 2024, fecha de ventana para partidos internacionales según el calendario FIFA.
-. Asimilado esto, deseo centrarme en esos seis cotejos que se juegan este año. Para cada doble jornada, los seleccionadores tendrán a su disposición entre siete y nueve días para practicar y entrenar con sus dirigidos de cara a dos compromisos oficiales. En el caso que nos ocupa, Fernando Batista, a diferencia de sus colegas europeos, recibe a los futbolistas convocados luego de que estos realicen largos y tediosos viajes. Esta circunstancia resta horas de ensayo. Lo mismo sufren sus pares de América del Sur. ¿Cuánto puede el entrenador modificar en un lapso de tiempo que no le ofrece margen para el ensayo?
-. Esta es la razón por la que el fútbol que observamos no es idéntico al que aspiramos. Juan Pablo Varsky contó, hace años, una anécdota con Marcelo Bielsa en Venezuela. En esa ocasión, y mientras Varsky esperaba abordar el avión que lo llevaría de vuelta a su país, Bielsa se le acercó y, palabras más, palabras menos, le dijo que era evidente que el periodista sabía de fútbol, sin embargo, debía concentrarse más en lo que el partido comunicaba que en aquello que él deseaba ver. Desde mi perspectiva, y teniendo a la complejidad como punto de sostén, agregaría que hay muchas circunstancias que desconocemos que influencian lo que luego observaremos en el campo de juego.
-. La Vinotinto venció a Paraguay y con ello encontró mucho más que tres puntos. El equipo y la Federación Venezolana de Fútbol necesitaban un triunfo. Los futbolistas, entre otras cosas, porque deseaban sacarse de encima toda la bronca acumulada; el ente federativo porque hay un trabajo invisible, destinado a atacar falencias en procesos de formación, que requiere de una institución fuerte, en paz, para sostenerlo y alimentarlo.
-. El duelo contra Paraguay dejó mucho. Sin embargo, no seré yo quien aburra al lector exponiendo todas aquellas que mi limitada capacidad atesoró. Aún así, compartiré algunas que me parecen primordiales.
-. Alexander González es un futbolista muy válido cuando puede jugar de él. En Colombia, tuvo que concentrarse en el duelo que protagonizó contra Luis Díaz, lo que impidió salir del estado de concentración y pasar a la atención. Por el contrario, ante Paraguay mostró lo que realmente puede ofrecer en el rol de lateral derecho. Recorrió su banda, formó sociedades con los futbolistas que se acercaban a su zona de influencia y no perdió de vista sus responsabilidades en fase de recuperación de pelota. Quedó claro, tanto en su caso como en otros, que saber de fútbol es reconocer las capacidades del jugador puestas en el contexto de un juego colectivo de oposición-cooperación como el fútbol.
-. Una vez recuperado el balón, queda pendiente hacerse fuerte en el juego interior, por el centro del campo. La Vinotinto apostó en estos partidos por una estrategia en la que prevalecían los desbordes por las bandas, pero si algo nos enseña el fútbol es que, para lograr superioridades por fuera, hay que crearlas primero por dentro. Los volantes centrales tuvieron pocos apoyos para construir esa fortaleza, lo que alimentaba la impresión de que la estrategia inicial no contaba con los pilares suficientes para ser tan potente como se imaginó. La amplitud y la profundidad se sostienen en el centro del campo.
-. Le pregunté a Batista sobre las distancias entre jugadores cercanos cuando el equipo recuperaba el balón y, también, acerca de los largos recorridos de algunos futbolistas tras retomar la disposición de la pelota. Su respuesta fue esclarecedora: hay una intención de ser un bloque corto, de cuarenta metros, pero el partido muchas veces cambia esa voluntad inicial. Esta afirmación reafirma lo expuesto anteriormente: no hay mucho espacio y tiempo para ensayar distintas maneras de reorganizarse, por lo que estos episodios solamente se corregirán con el paso de los partidos.
-. Salomón Rondón y Tomás Rincón no ceden ante la histeria colectiva. Ambos son víctimas del paso del tiempo, ese enemigo despiadado e invencible que nos jode a todos y nos acerca a nuestra única verdad: recuerda que morirás. Este tipo de futbolistas son indispensables en un proceso que la Vinotinto pretende escribir en la historia de nuestro fútbol. Marcelo Salas en Chile o Álex Guinaga constituyen dos ejemplos que debemos revisar antes de sumarnos a la masa que exige renuncias, despidos y demás atrocidades sin mayor sustento que la pasión.
-. Queda mucho por destacar. El compromiso de Soteldo; la versatilidad de Herrera; la valentía de Miguel Navarro; la sobriedad de los defensores centrales, etc. De todo ello se ha hablado y se seguirá conversando, pero el lector debe recordar que los futbolistas que integran la selección han vuelto a sus equipos, a su vida regular y que en un mes, serán llamados nuevamente para repetir el cruel ciclo que describí al inicio. Téngase en cuenta para que en los momentos oscuros, mantengamos la discusión en los márgenes que ofrece el juego antes de caer en la tiranía de la histeria y las soluciones mágicas.
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Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.
Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.
Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.
Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.
1.- Transiciones:
El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.
César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.
La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.
Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.
Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.
Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.
En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.
Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.
Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).
Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.
Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.
2.- El pase
La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.
El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.
El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.
Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.
Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.
Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.
Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.
No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.
Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.
3.- Acciones a balón parado
Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.
Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.
Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.
No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.
Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.
Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.
4.- Juego con los pies de los porteros
Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.
Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.
El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.
Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:
Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.
En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.
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Durante muchos años, diría décadas, se nos ha hecho creer que en el fútbol existen dos conductas: atacar y defender. El discurso casi oficial es el de que son dos manifestaciones totalmente aisladas, sin nada que las una más que los jugadores, cuando en realidad no son dos sino un solo comportamiento, uno que se conoce como jugar y que no puede ser disociado en partes.
Claro que existen otros deportes colectivos en los que, por su naturaleza, o por las distintas interrupciones que permite el reglamento, sí que podemos divisar una separación que permite hablar de ataque y defensa como dos facetas. Pero no en el fútbol.
Me explico: en el fútbol americano (NFL), las normas establecen que cada equipo tendrá en fase de ataque hasta cuatro oportunidades para superar una distancia de diez yardas. A su vez, el equipo que defiende podrá, una vez que el ovoide se ponga en movimiento, interrumpir ese avance, hacer retroceder al rival y hasta quitarle la posesión del ovoide, caso en el cual podrá, incluso, anotar. Pero si los cuatro intentos antes mencionados pasan sin que el atacante avance el mínimo de diez yardas, el equipo que estaba a la ofensiva pasará a la defensiva, lo que supondrá un cambio total de jugadores; no olvidemos que en ese juego hay equipos ofensivos, equipos defensivos y equipos especiales. Lo mismo sucede con el equipo que defendía y que ahora hará de atacante.
Además, el fútbol americano posee pausas entre cada jugada, tiempos fuera y alguna que otra interrupción que hacen más lento su desarrollo. Lo mismo sucede con el baloncesto, deporte mucho más dinámico que el fútbol, pero que goza de substituciones indefinidas, tiempos muertos y hasta tiempos de televisión.
En cambio, en el fútbol se puede decir que los veintidós futbolistas que están en el campo atacan y defienden en cada acción, por lo que de nada sirve, si realmente se pretende entender el espíritu de este deporte, hacer una separación entre ataque y defensa.
Podría decirse que parte de la confusión -llamémosla así para no alimentar la presunción de mala intención sobre aquellos que promueven un fútbol dividido en fases- nace de otro gran error: pensar al futbolista en puestos antes que en roles.
Si al futbolista le asignamos un puesto, por ejemplo, el de lateral derecho, cada vez que éste se atreva a salir de esa demarcación para proyectarse por su banda, o para hacer de volante interior, estaremos ante un alejamiento peligroso de su zona. Pero si al futbolista se le asignan roles, tendrá la libertad de pensar y ejecutar siempre según lo que la jugada exige. La posición somete y tiraniza; el rol es libertad a partir del conocimiento y la interpretación.
Volvamos al tema en cuestión.
La primera reacción cuando vemos a un equipo avanzar en el campo hacia el arco contrario es pensar que está “atacando”. Si pensamos en el concepto de atacar como la intención de conquistar territorio rival, la visión no es del todo incorrecta, pero, y aquí es donde le planteo al lector que acompañe esta reflexión, si entendemos que con cada avance, ese equipo dispone del balón y se aleja de su propia portería, nos daremos cuenta de que, atacando también está defendiendo.
Pero hay más. Si los ataques de ese equipo se organizan de tal manera de que participen la mayoría de sus integrantes, con la intención de empujar al rival hasta su propio arco, es, salvo excepción que confirme la regla, una manera de promover la organización defensiva en caso de que pierda la titularidad del balón. Intentaré ser muy claro: si cuando nos quitan la pelota, estamos todos cerca del rival y de nosotros mismos, ese contrario, ahora con la titularidad del balón, encontrará menos oportunidades de pase, y eso, cortar las vías de comunicación es una maravillosa forma de defender. Pero ello dependerá de cómo se ataque.
Ahora bien, si un equipo es atacado por el contrario y pretende robarle el balón, el éxito de la recuperación de la pelota dependerá de las distancias de relación entre cada uno de sus integrantes. Si se dedica simplemente a rechazar con pelotazos, el rival rápidamente recuperará el balón y la iniciativa, pero si en cambio, al recuperar la titularidad del balón, el equipo se adapta inmediatamente a la situación, podrá salir, en corto o en largo, de una manera más efectiva.
César Luis Menotti repite permanentemente que en el fútbol hay cuatro acciones del juego: defender, recuperar la pelota, gestar jugadas y definir, y no miente. Lo que quizá nos falta a todos es intentar explicarle al público que estas acciones no pueden darse de manera separada o individual.
En conclusión, ni atacar ni defender ganan mundiales u otros torneos. Para salir victorioso es necesario jugar mejor que el adversario, y, como esto es fútbol y no baloncesto o fútbol americano, para lograrlo hay que rendirse a la evidencia de que jugar es una sola conducta y no la suma de facetas.
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En mi canal de Youtube estaré subiendo algunas reflexiones sobre el juego y algunos de sus condicionantes. Le advierto al lector que no aspiro a nada más que compartir estas opiniones, y que la militancia en aparentes verdades absolutas constituye lo más alejado del espíritu de este intento.
En esta ocasión dejo dos videos, uno sobre la construcción de un equipo antes de un torneo como el mundial, y el segundo, sobre la adaptabilidad como valor fundamental.
El fútbol es un juego que en apariencia se juega con los pies. Pero realmente es una actividad en la que el mayor desgaste se produce en otro órgano: el cerebro. Como cualquier actividad, el fútbol requiere de una constante toma de decisiones, y ellas generan un desgaste importante, un cansancio. A eso se le conoce como fatiga cognitiva.
La «Fatiga Cognitiva» es precisamente el desgaste natural que trae consigo el hacer. El cerebro necesita descanso, de la misma manera que las piernas, los brazos o un pie. De lo contrario, su actividad se verá influenciada negativamente por ese agotamiento, y costará aún más tomar las mejores decisiones.
En lenguaje fútbol, cuando un futbolista sufre este desgaste se producen situaciones como que no encontrará a sus compañeros con la misma facilidad que si estuviese fresco; sus pases no tendrán la misma ejecución o intención, y le será muy difícil determinar la solución a cada situación que emerja del juego, esto es, por ejemplo, cuándo correr, cuándo pasar, cuándo quedarse, etc.
¿Qué ayuda a que esta fatiga cognitiva sea superior o vaya en aumento? La complejidad de la tarea, las emociones, el entorno y el contexto, en fin muchas cosas.
Para este caso imaginemos que toca correr cincuenta metros. Seguramente cada uno de nosotros lo haría sin mayor dificultad. Ahora imaginemos hacer ese mismo recorrido llevando una bandeja con copas de cristal. Seguramente, tras varios intentos, muchos podrán perfeccionar su andar. Por último, sumemos a ese recorrido la intervención de rivales que desean interrumpir el camino. A medida que sea más compleja la tarea, mayor será el desgaste cognitivo.
El ejemplo no me pertenece, así que créditos a quién lo haya creado.
Probablemente lo mejor que se ha escrito sobre el tema en el fútbol pertenezca a Dani Fernández, entrenador español. En él hay, además del aspecto teórico, algunas formas de combatirla en los entrenamientos, por ello, mi intención no pasa por aconsejar “futbolísticamente” sino otorgar una visión al público en general.
Jorge Sampaoli y su cuerpo técnico han tomado una valiente decisión: darle el día libre a los futbolistas. Conocedores del agotamiento que sufren la gran mayoría de sus futbolistas tras el año futbolístico, se han adaptado a la realidad, siendo esta que lo primero que deben hacer es recuperar a sus jugadores. Esto supone disminuir la intensidad de las sesiones de entrenamiento, así como darles herramientas para que la fatiga cognitiva disminuya. Sin duda que hay un componente físico en el juego, pero el mismo no puede separarse del cognitivo. No olvidemos que el juego es un todo.
Estas medidas van de la mano con las cuotas de libertad que hoy se critican. Por ejemplo, que los futbolistas puedan salir a pasear, sin la supervisación de nadie, y con su profesionalismo como único consejero, es una opción fantástica: libera estrés, mejora la relación conductor-seguidores, y como si fuera poco, permite a estos futbolistas sacarse presión.
Podría citarle muchos ejemplos que tienen como protagonistas a Pep Guardiola, a José Mourinho, a Luis Enrique, a Zidane o a otros, pero no quiero aburrirle. Lo invito a que busque cómo el propio Sampaoli gestionó este tema cuando conducía a la selección chilena. Nadie podrá olvidar el episodio con Arturo Vidal durante la Copa América de Chile, pero una excepción no invalida la herramienta.
En el año 2018, y tras los apabullantes logros de los entrenadores antes mencionados, es cuando menos sorprendente que el periodismo, tan a gusto tomando partido por alguno de estos grandes directores técnicos, no haya reparado en sus métodos, o tan si quiera en qué los acerca. Supongo que vende más hablar sobre lo que los aleja, o por lo menos lo que el periodismo cree que lo hace.
Este es el periodismo que sigue pensando en el futbolista como un trabajador incapaz de reconocer las obligaciones de su labor, por ello exigen medidas que dificultan un buen rendimiento, y que ellos, sus promotores, no cumplen ni cumplirían.
Sé que es una batalla perdida, pero de igual manera le recomiendo investigar sobre el pensamiento y la obra de estos nombres que daré, ya que son ellos los vanguardistas del entrenamiento y de juego que han estado trabajando por más de 20 años para hacer de este juego un juego más humano y menos estúpido.
Francisco Seirul.lo Vargas; Joan Vilà; Juan Manuel Lillo; Vítor Frade; Julio Garganta; Natalia Balagué; Carlota Torrents. Ellos y muchos más, con su comprensión de que la actividad deportiva es protagonizada por seres humanos, le han dado al fútbol mejores herramientas. Valdría la pena que expertos y analistas se informaran y dejaran de lado viejos lugares comunes.
El fútbol sigue siendo el mismo de siempre. Lo juegan once jugadores y se enfrentan a otros once por la disposición de una pelota y con la intención de hacer un gol más. Lo que ha cambiado es la manera de entrenar, de hacerlo más humano.
Fotografías cortesía de EFE y de la web. Créditos a quienes corresponda
“Cada vez se dispone de más información, pero de menos asesoramiento sobre lo que es útil. Sin poder discernir, disponer cada vez de más información no hace sino confundir”. Joseph O’Connor e Ian McDermott
A raíz de la publicación de las listas de futbolistas que acudirán al mundial de Rusia 2018, los seleccionadores nacionales han sido objeto de cuestionamientos, la gran mayoría de ellos sustentados en estadísticas, cifras, y, cuando no, suposiciones alejadas de la realidad de los procesos.
La selección que he tomado en cuenta para esta entrega es Argentina, la Argentina de Jorge Sampaoli. La razón por la cual seleccioné al conjunto sudamericano es porque no creo que exista, en estos momentos, un equipo con mayores cuotas de angustia, y tal cual nos ha educado el cine y el teatro, no hay nada más atractivo que todo aquello que tiene su origen en el drama o en el caos.
Antes de continuar es pertinente recordar que un sistema es un grupo de elementos que se relacionan entre sí. Cada una de esas piezas posee características propias, y cuando se integran a la dinámica de ese sistema, agregan a su naturaleza otras características que emergen precisamente de la interacción de todos los componentes.
Pongamos como ejemplo un auto. Cada uno de sus componentes tiene un sentido siempre que estén interconectadas. Un motor, sin combustible, sin aceite, aislado del radiador o del sistema de aceleración, no es más que un motor, y su utilidad es menor, por no decir nula. En cambio, como parte de ese sistema que conocemos como automóvil, el motor cumple una función indiscutiblemente trascendental.
Es por ello que se afirma con contundencia que un sistema es más que la suma de sus partes. Un equipo de fútbol es, como queda claro, un sistema, que además es dinámico y abierto; es un ente susceptible a la influencia de miles de factores externos e incontrolables. Le pido al lector que recuerde esta máxima, con la intención de comprender que la incertidumbre es parte de los procesos.
Sin embargo, y a pesar de que el pensamiento sistémico y las teorías de la complejidad hace tiempo que intentan derribar las resistencias del pensamiento convencional, ese de la relación causa y efecto, la enorme mayoría de analistas insiste en pensar al fútbol a partir de las estadísticas y los números, despreciando factores tan básicos y a la vez tan importantes como las relaciones, las interrelaciones, las interdependencias y las interacciones.
El éxito o el fracaso no pueden ser anticipados. Un torneo como el mundial de fútbol ofrece espacio y tiempo para que cada integrante de un sistema absorba todo lo que el sistema tiene para darle, y, cómo no, agregue lo que es a esa comunión de características que es un sistema.
Sampaoli y sus circunstancias
La nominación de los veintitrés futbolistas argentinos convocados para el mundial ruso zanjó gran parte de la discusión. Es por ello que lo que debe concentrar la atención es qué intentará hacer Argentina con esos elementos que compondrán el sistema.
Hace poco más de un año, cuando estaba al mando del Sevilla, Sampaoli expuso que prefería jugar con un solo volante central, ya que ello ayudaría a tener una mayor presencia cerca del área rival:
No es un detalle menor que en aquella etapa, el hoy seleccionador albiceleste contaba con la asesoría de Juan Manuel Lillo. El entrenador español muchas veces ha dicho aquello de “dime con qué mediocentro juegas y te diré qué equipo eres”, una máxima que parece determinar a qué intentará jugar la selección argentina.
Por ello es que, contrario a la afirmación totalitaria de que los equipos se arman desde atrás hacia delante, lo primero que vale la pena revisar es cuáles futbolistas capaces de jugar en esa zona del campo ha convocado Argentina.
La primera opción, salvo que su estado físico lo impida, es para Lucas Biglia. El del AC Milan no es precisamente un jugador que se destaque en la distribución del balón. Aunque cuente con la compañía de Ever Banega o de Giovani Lo Celso, Biglia, en la gran mayoría de los casos, intentará ordenar al equipo geográficamente dependiendo de donde se mueva el rival. Esto, que parece una obviedad, no lo sería si el equipo argentino contara con un futbolista más dado a la construcción del juego a través del balón. Fernando Gago se adapta a ese perfil, pero su convocatoria no era posible, dada la larga inactividad que vivió en el último tiempo.
Esto tiene una consecuencia añadida, y es que los defensores centrales, ante el pressing rival, encontrarán muy pocas opciones para salir jugando en corto, algo que puede facilitar la actuación de los contrarios. No debe olvidarse que este es un juego de variantes, por lo tanto hay que recordar aquella instrucción de Dante Panzeri: «Ni todas cortas, ni todas largas. Todas cortas es fulbito. Todas largas es rugby«.
Biglia no tiene incorporado en su juego esa pausa necesaria para que el equipo sea un bloque más corto, y tampoco con los socios que sientan propia esa forma de jugar. Esto, que aparenta ser una desventaja, es un valor para esta selección, y ya veremos por qué.
Sin laterales, pesarán más las transiciones que el juego posicional
En noviembre de 2017, Sampaoli expuso un concepto que le ocupa desde que asumió la conducción del equipo argentino:
«Si Argentina tuviera a Dani Alves y a Marcelo seguro jugaríamos con dos laterales. Estamos buscando una alternativa que nos haga un equipo no predecible. Me preocupa mucho la forma y el estilo con que Argentina encare esta Copa del Mundo. Con un protagonismo desmedido y una búsqueda del arco rival todo el tiempo«.
Recordar aquella declaración ayuda a comprender por dónde puede pasar la idea de juego argentina.
Ante la ausencia de laterales de largo recorrido como los mencionados, el seleccionador intentó reconvertir a futbolistas, incluso modificando sus alineaciones para jugar hasta con tres defensores centrales. Marcos Acuña y Eduardo Salvio fueron quizá los mayores exponentes de esa adaptación que pretendía Sampaoli, ya que por su condición de volantes externos el seleccionador pretendió ubicarlos como “carrileros», pero este experimento no dejó buenas conclusiones. La convocatoria de Cristian Ansaldi, casi a última hora, es una señal de esa insatisfacción del DT, lo que probablemente le lleve a proponer un equipo más cauteloso, con menor participación de los laterales en la construcción de juego.
Esta posibilidad parece englobarse dentro de un pensamiento coherente: el fútbol es un matrimonio entre las cualidades de los futbolistas y las ideas del entrenador. Sin laterales de largo recorrido ni volantes centrales expertos en la circulación del balón, las intenciones de acercarse al juego de posición (o de ubicación) parecen haber sido veladas y enterradas.
Con pelota y sin pelota
Le propongo al lector que piense en el juego de una manera diferente a como lo ha hecho siempre. En vez de pensar en defensa y ataque, imagine el accionar de un equipo en función de cómo se comporta cuando dispone de la pelota y cómo cuando pretende recuperarla.
Partiendo de esa premisa, y de que este trabajo no es más que un ensayo, una serie de especulaciones, puede pensarse que la Argentina de Jorge Sampaoli encontrará mayores cuotas de éxito a partir de los espacios que deje el rival que los que ella misma se genere.
En cada partido de fútbol hay momentos para el contragolpe, para el contraataque y para el ataque posicional. Las probabilidades de éxito aumentarán cuando un equipo sepa promover y aprovechar esas situaciones que más le beneficien.
Debo aclarar que entiendo al contragolpe y al contraataque como dos conductas diferentes. El primero lo asemejo al intercambio de golpe por golpe, algo parecido al concepto de ida y vuelta que muchos utilizan para describir la Premiere League inglesa. El contraataque, más que el golpe por golpe, me parece similar a la vieja estrategia de aguantar hasta que se pueda lanzar un ataque: cede el protagonismo al rival y cree posible aprovechar las pocas oportunidades que ofrecerá el partido para hacer daño.
La primera impresión tras revisar la lista de Sampaoli es que, tras los ensayos previos, el casildense dejó de lado la idea de que su equipo dispute los partidos cerca del área rival, y que trasladará esa zona de acción al centro del campo. Por ello el término “disputar” podría ser clave para comprender dónde están las fortalezas de su equipo.
Sus mayores virtudes no están en el juego asociado sino en las rápidas transiciones. Di María, Messi, Agüero y Pavón, los posibles titulares en el debut ante Islandia, son especialistas en aprovechar esos espacios que deje el contrario. Es muy distinto el control a la disputa, y esta versión argentina me parece que dependerá mucho de lo que le “gane” al contrario.
Aún así, no se extrañe el lector cuando en la mayoría de los partidos Argentina se vea obligada a construir un juego de pases, un juego asociativo, dado que los rivales, conscientes de esto que aquí señalo, seguramente optarán por cederle la iniciativa del partido. Basta revisar el encuentro ante Venezuela, en Buenos Aires, por las eliminatorias, o repasar el pasado mundial, para tener una idea de cuánto le cuesta a esta selección construir avances en juego posicional.
Entonces, no sería una locura pensar que, en fase de disposición del balón, Argentina prefiera una salida en velocidad, y esta, si se origina en el centro del campo, o en tres cuartos de cancha propios, le ofrecerá a sus atacantes, dadas sus cualidades, mayores probabilidades de éxito.
Esta manera de jugar le permite a Sampaoli la posibilidad de que su equipo logre constituirse en un bloque corto, sin mayor espacio entre sus líneas. En principio no habitará la zona que inicialmente ideó para su selección (tres cuartos de cancha, en territorio rival) pero ayudará a que las carencias de Biglia, Banega, Lo Celso y Javier Mascherano (anunciado en la lista como mediocampista) sean contrarrestadas por las ayudas de los compañeros.
Este dispositivo ayudará a limitar los espacios de acción a los contrarios y promoverá las respuestas que mejor interpretan los Di María, Pavón, Messi, Agüero y compañía. No es casual la ausencia de un experto en goles al primer toque (Mauro Icardi) ni de Batistuta 2.0 (Lautaro Martínez).
Otro elemento a considerar es el llamado de Franco Armani.
El portero de River Plate no parece ser un convidado de piedra sino alguien que peleará por la titularidad del arco albiceleste.
Además de ser un portero intimidante, conocedor de su área y con una actualidad inigualable, el ex Atlético Nacional de Colombia posee un juego de pies envidiable. Esto no se circunscribe exclusivamente a los pases en corto; Armani, si la circunstancia así lo requiere, puede promover con pases largos, al vacío, la aparición de sus atacantes en zonas olvidadas por el contrario.
En pocas palabras, Armani entiende perfectamente lo que el juego le exige y puede hacer, sin mayor problema, lo que Jasper Cillesen en la final de Copa del Rey ante el Sevilla:
Ausencias sistémicas
“El deporte sólo puede estudiarse, salvo mejor opinión, con fundamento en una ciencia social y humana, donde el ser humano es un complejo organizacional abierto, en permanente simbiosis con el medio, en un ininterrumpido flujo dinámico”. Manuel Sergio
El pensamiento tradicional invita a pensar que quienes ofrecen un determinado rendimiento en cierto contexto reproducirán ese rendimiento en otros entornos. Por ello, muchos interpretan al fútbol a partir de la acumulación de estadísticas, obviando de manera intencionada el componente humano, es decir, todo lo que emerge de las relaciones, las interacciones, las sinergias, etc.
Aunque parezca una obviedad, el fútbol es un juego interpretado por seres humanos, en oposición directa con otros seres humanos por el control del balón. El carácter humano y su verdad antagonista hacen que su desarrollo sea incertidumbre pura y dura. Quienes mejor se adapten a las dinámicas colectivas y del juego son los que mayores aportes darán a los colectivos que integran.
La ausencia de Mauro Icardi, líder goleador de la Serie A, igualado con Ciro Immobile con 29 tantos, puede tener muchas explicaciones, y, sin embargo, las razones para su convocatoria, o por lo menos las que muchos han hecho públicas, se reducían casi siempre a la cantidad de goles marcados con su club en el difícil fútbol italiano.
No será en este escrito en dónde usted encuentre críticas al juego del delantero del Inter de Milán. La propuesta de estas líneas es sugerirle al lector que el fútbol es mucho más que números; recordar que los contextos y las relaciones influyen, por lo que un magnífico futbolista puede no serlo en un entorno diferente. Basta recordar las diferencias futbolísticas entre el Messi que juega en el FC Barcelona y el que “sufre” con Argentina para comprender esto.
La labor de los seleccionadores, dado el poco tiempo que tienen para experimentar y ensayar, se sustenta en ser muy afilados a la hora de seleccionar con quienes ir a una competencia. Alguna vez, en un diálogo íntimo, César Luis Menotti defendió a un colega suyo, a quien algún soberbio quiso menospreciar tildándolo de ser “solamente” un buen alineador. Menotti, respetuoso y conocedor como pocos del oficio, le respondió a su interlocutor, preguntándole si saber elegir le parecía tan simple.
“Hay en el fútbol más caosalidad (de caos) que causalidad (de causa). ¿Cómo puede haber exactitud en el fútbol? Por eso, en é, los grandes jugadores son aquellos que reinventaron el fútbol y no los que se limitaron a responderle”. Manuel Sergio.
El tiempo dirá si Sampaoli se equivocó en la elección de futbolistas, pero aún así, no debe olvidarse que a un entrenador, a un conductor de grupos, se le paga para tomar decisiones.
Tras la primera de las más importantes que determinarán su paso por el equipo argentino, el seleccionador parece haber dado un giro importante en post de darle un poco de estabilidad al movedizo y angustioso proceso argentino. Sampaoli ha apostado por un núcleo duro que ya conoce este tipo de torneos, y que siente la necesidad muy propia de finalizar su ciclo con una victoria de esas que no se olvidan.
Por ahora da la impresión de que para ello se ha promovido la vuelta a la esencia que caracterizó a la versión que condujo Alejandro Sabella en el pasado mundial: un equipo corto, de potentes descargas eléctricas y con Messi como símbolo. La dinámica de estos torneos, así como lo incierto que es este juego, invita a pensar que de tanto caos puede nacer algo importante.
Es fútbol, y cualquier cosa puede pasar
Fotografías cortesía de Diario Uno, Líbero, Goal.com, Futbolred, Sport24
El Barcelona batió 6-1 al PSG y coronó una remontada histórica que lo sostiene como el equipo dominador de los últimos años. El gol de Edison Cavani casi destruye loas intenciones catalanas, pero si algo quedó claro en el Camp Nou de Barcelona es que nunca hay que dar por muertos a los grandes campeones. Paliza y lágrimas para los de Emery.
¿Cuántas veces se ha escrito que el fútbol es lo que es y no lo que queremos que sea? La sencillez de la frase no es contraria a la naturaleza de este juego, actividad compleja como pocas. Y es que el fútbol tiene su propia lógica; sin importar episodios pasados, cada puesta en escena es una versión única e irrepetible. No juega la historia, aunque para muchos sea esta la que explique algunos de los fenómenos que ofrece este deporte.
Se dijo hasta el cansancio que en el recorrido del Barcelona no hay grandes remontadas, y que esa es una cualidad que define al Real Madrid y no a los catalanes, estos últimos embajadores de un juego más sutil, mejor elaborado y menos propenso a los arrebatos emocionales. No eran injustos los pronosticadores en cuanto a las referencias históricas; quizá el lance más fresco es aquel de los cuartos de final ante el Chelsea, en la temporada 1999-2000, cuando tras caer tres goles por uno en la ida, en Londres, los blaugranas superaron al equipo blue cinco por uno en el Camp Nou, certificando su pase a la semifinal continental. Son más recientes los intentos infructuosos ante el propio Chelsea (2011-2012) o frente al Bayern Múnich (2012-2013). En ambos casos, a pesar de la diferencia de rendimiento, los culé quedaron eliminados de la Liga de Campeones.
Hay muchas otras muestras más que condenaban anticipadamente las intenciones del equipo dirigido por Luis Enrique, pero como le decía anteriormente, la historia no juega ni hace goles.
Los primeros minutos fueron todo menos lo esperado. Es casi imposible adivinar a qué salió a jugar el Paris Saint Germain. En esos primeros compaces, los franceses se entregaron a las intenciones de los catalanes, quienes pudieron avanzar en el campo sin mayor oposición. Gerard Piqué, Samuel Umtiti y Javier Mascherano, los tres defensores centrales elegidos por el entrenador blaugrana, se anclaron hasta cinco metros más adelante del medio del campo, haciendo del Barça un bloque corto y compacto, perfecto para atacar el ataque del PSG.
Debo insistir en que, aunque la intención del local fue esa, los de Unai Emery, quien sabe si por instrucciones o por voluntad propia, se agruparon a escasos metros de su portería. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, por lo que crucificar al entrenador español es desconocer las dinámicas grupales, o como bien lo recuerda Alejandro Abilleira, creer que «los jugadores resuelven en acuerdo con lo impuesto«. Más adelante, el mismo autor cita a Crozier y a Friedberg para recordar que se sobrevalora «demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones«. ¡Pum! Golpe bajo para los defensores de los automatismos…
La defensa por acumulación en espacios reducidos que puso en práctica el equipo francés no limito al Barcelona, aunque el gol de Luis Suárez fue todo menos estético, ítem que abordaré más adelante. Ese tanto, tan hijo del juego del Barça como de los temores parisinos no modificó el guion, y no fue sino hasta el minuto diez que los visitantes se animaron a cruzar la mitrad del campo. Sin embargo, y a pesar de esa tímida reacción, los blaugranas dominaban el partido, aprovechando la superioridad que generaban Rafinha y Neymar en sus respectivas bandas. Ambos ensancharon el campo, y si el Barça no tuvo mayores ocasiones de gol fue porque su juego interno, ese en el que debían mandar Lionel Messi y Andrés Iniesta, no estuvo fino como en otras ocasiones.
La enorme respuesta del Barcelona se debe en gran parte a la intervención de su entrenador. Luis Enrique, subestimado por muchos y señalado como apenas un gestor del tridente, volvió al “Cruyffismo” más ortodoxo, con la intención de sacudir a los suyos tras la pesadilla vivida en el Parque de los Príncipes, y vaya si lo consiguió. Su dispositivo 1-3-4-3 agitó y espantó fantasmas, y hasta se atrevió a variar dentro del mismo módulo: en algunas ocasiones lo puso en práctica con Jordi Alba y en otras, como ante el PSG, lo hizo sin laterales, dejando el recorrido por las bandas a Neymar y a Rafinha.
Cambiar no es sencillo. El último entrenador que intentó por necesidad pasar del 1-4-3-3 al 1-3-4-3 en Can Barça fue Frank Rijkaard, en la temporada 2006-2007. En aquella ocasión, el míster holandés comandó la victoria ante el Zaragoza, para avanzar a la semifinal de la Copa del Rey, aunque los suyos se quedaron cortos en la Liga de Campeones frente al Liverpool. Bajo las órdenes de Pep Guardiola, este equipo hizo bueno el módulo “Cruyffista” pero por creencia propia y no por necesidad de un resultado.
Es por ello que vale rescatar la capacidad de Luis Enrique y su staff. Nada de lo puesto en escena hoy en el Camp Nou hubiese sido posible sin las correctas sesiones de entrenamiento, tanto en pretemporada como en los días posteriores al duelo en París. Se va un enorme entrenador, a la espera de saber si su próximo destino lo tiene de camiseta roja o si debe buscarse la vida en otras latitudes.
Para intentar un ascenso tan complicado como el que coronaron los blaugranas hace falta algo más que capacidades futbolísticas. Por ello, cuando hacía referencia al primer gol del Barça, señalaba que, a pesar de haber sido el principal defensor de un juego que conquistó al mundo por resultados y estética, el primer tanto culé no fue el típico avance blaugranas. Puede que ahora, cuando ya pasaron los más emocionantes noventa minutos que recuerde, ese gol, nacido del caos y el espíritu indomable del uruguayo Suárez, haya sido el prólogo de un partido inolvidable. Que Iniesta construyera el segundo gol, mezclando su categoría con esa voluntad de no dar una sola pelota por perdida, fue la continuación perfecta al argumento que trato de hacer bueno.
No puede obviarse que Cavani marcó un gol que aniquilaba la esperanza de muchos, y que estuvo a centímetros y segundos de acabar con todo, pero este PSG, en su versión más pobre que muchos recuerdan, no podía triunfar con tantos temores; jugar así por voluntad propia merece un castigo, y el fútbol, ente al que muchas veces le adjudicamos conductas de entes vivos, hoy no permitió semejante afronta en contra de su propio espíritu.
El tanto francés obligaba a los blaugranas a convertir tres goles más, y, de la mano de un Neymar pletórico, convertido en el jugador decisivo que muchos prefieren no ver, consiguieron el ascenso a la más alta montaña. El brasileño lleva más de dos meses en un estado de forma insoportable para sus rivales, pero la banalidad, reacia a reconocer su evolución, se enfocaba en la falta de gol del 11 para desacreditar su juego. Hoy se llevaron un golpe de aquellos que hacen época.
Hay un dato que no es menor: esta hazaña fue posible aun cuando Messi no brilló. Marcó de penal, pero el argentino tuvo una de esas noches grises, melancólicas, en las que la mitad de sus intenciones fueron a parar en las botas rivales. Con el tiempo, este episodio histórico cobrará su verdadera dimensión cuando se revise que el 10 no fue determinante como muchos esperaban.
Pero permítame volver al trabajo de Luis Enrique, de Juan Carlos Unzué, Robert Moreno, Rafel Pol, Joaquín Valdés, Joan Barbarà, José Ramón de la Fuente y los demás integrantes de este cuerpo técnico. Este staff llegó a un equipo que quizá no estaba en la mierda (Piqué dixit) pero sí venía de dos años muy duros. El panorama actual los tiene peleando los tres torneos, como en cada año de su estancia en Can Barça, pero más allá de cuánto ganen o cuánto pierdan, estos nombres, junto a otros compañeros, dieron una vuelta de tuerca impensable; su capacidad y el hambre un grupo de futbolistas insaciables consiguieron lo que antes, e incluso durante el partido parecía imposible: derrotar a todos los fantasmas. Una remontada como la de hoy no se sostiene en cuatro gritos sino en un trabajo confiable.
Luis Enrique se perdió aquella inolvidable noche ante el Chelsea en el año 2000. Sus por entonces compañeros lograron, en plena Semana Santa, un resultado que nadie pensaba posible. Hoy “Lucho” sí fue protagonista, y los suyos le respondieron a los inconformes que cuestionaban la grandeza de este equipo, sólo porque no tenía en su historial de la última década un episodio emocional como el de hoy.
Bofetada a los críticos y a seguir adelante, como siempre ha hecho el fantástico entrenador que hoy volvió a celebrar a costa de la tristeza de París y de Qatar.
El fútbol se ha convertido en la principal vitrina de nuestras miserias. Gracias a él no se sostienen las mentiras ni las poses; sesudos analistas que se desviven por mostrarse en la piel de la racionalidad quedan desnudos. El fútbol no perdona.
La increíble e inexplicable derrota del PSG ante el Barcelona es quizá una de las muestras más claras de lo que expreso. El sincericidio cometido por estos mentirosos y oportunistas de turno podría servirle al público para identificar a estos malos actores. Pero las preferencias del «respetable» hace tiempo que dejaron se ser ejemplares.
Tras el episodio vivido en el Camp Nou, lo más sencillo era señalar a Unai Emery como el único responsable de semejante catástrofe, al fin y al cabo, nos han educado a que rápidamente debe identificarse un culpable. De nada sirve recordar que ese equipo, el francés, ya supo perder partidos de vuelta, tras obtener importantes ventajas, ante el mismo Barcelona o el Chelsea, episodio este último en el que alguno de sus jugadores celebró anticipadamente la clasificación a la otra ronda, al igual que en esta ocasión frente a los catalanes.
Antes de continuar debo aclarar que mi intención no es establecer una defensa al conductor del equipo parisino, sino demostrar que en este mundillo del fútbol todo vale y todo sirve siempre que se acomode a las necesidades de los expertos.
Éstos analistas no solamente colocaban al español como uno los grandes entrenadores del mundo tras los resultados conseguidos al mando del Sevilla, sino que además aseguraban que sus métodos superaban largamente a los entrenadores que había tenido el equipo parisino anteriormente. En ninguno de esos postulados, los expertos invocaban sus estudios sobre los métodos del entrenador ni mucho menos profundas conversaciones con el protagonista; amparados por los resultados, los llamados analistas hacían bueno o malo el proceder de cualquier entrenador. Ignoraban además que los verdaderos protagonistas de esta actividad son los jugadores, y, como bien avisó Juan Manuel Lillo, para saber de fútbol hay que saber de futbolistas. Nadie tiene una varita mágica que pueda transformar en héroes a simples mortales.
Voy a contar una anécdota, lejana el caso que nos refiere, pero que vivida en primera persona ayuda a comprender el origen de todas las mentiras y todos los juicios.
Antes de un partido trascendental, un entrenador se acercó a dos de sus jugadores más inteligentes, aquellos que tenían un mejor manejo de la pelota y de las emociones, con la intención de recordarles cómo los iba a presionar el rival para quitarles la pelota. Esta instrucción era simplemente un recordatorio, ya que esa escena había sido practicada antes del duelo. A los 30 segundos del partido se produjo lo anticipado y uno de los futbolistas no reaccionó adecuadamente, lo que derivó en un gol del rival. Treinta segundos fueron suficientes para que un entrenador fuera crucificado por los llamados expertos, los mismos que hoy liberan de responsabilidad a otros entrenadores que son más de su gusto. En esa mala costumbre de buscar un responsable lo más sencillo era señalar al entrenador, porque además, esta conducta no implica una investigación, sino que es aceptada por la sociedad futbolera como única y válida respuesta a cualquier crisis.
El futbolista que hago mención tampoco fue el único responsable de esa derrota. El fútbol es una actividad compleja, en la que no solamente intervienen un sinfín de elementos y factores, sino que, además, es dinámica, está en permanente movimiento; las sinergias producto de esa dinámica terminan siendo más influyentes aún que cualquier esquema, instrucción, o módulo táctico.
Futbolistas y sistemas
Como explicaron Michel Crozier y Ernhard Friedberg (El actor y el sistema, 1990), “sobrevaloramos demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones”.
Convenientemente se olvida que un equipo de fútbol está compuesto por seres humanos, y que por más que cualquier dictadorzuelo de cuarta lo crea posible, los humanos sienten y reaccionan, jamás podrán comportarse como frías máquinas. Lo planificado siempre se enfrentará a lo que vaya surgiendo dentro de ese duelo conocido como partido de fútbol. Pasa lo mismo con nuestra existencia, pero el miedo a la incertidumbre impide que nos demos cuenta.
Según Natàlia Balagué y Carlotta Torrents (Complejidad y Deporte, 2011), la complejidad se sostiene, entre otros principios generales, en el Principio de la Interdependencia:
“El funcionamiento de cada elemento depende del de los demás y cualquier modificación afecta a todo el conjunto. Los elementos no están aislados, siempre se relacionan con el nivel que les precede, con el que les sigue y con su entorno global… Por ejemplo, de la misma manera que una táctica deportiva surge por la interacción del juego desarrollado por los miembros de un equipo, dicha táctica se impone a su vez sobre los jugadores constriñendo su comportamiento individual”.
Son muchos, quizá demasiados, los llamados especialistas que hacen mención a la complejidad para explicar fenómenos futbolísticos, pero una vez confrontados con la inmediatez que exigen y promueven las redes sociales, reaccionan como cualquier tertuliano de bar, que, dicho sea de paso, se comportan como aquellos que se autodenominan especialistas. Hablan de táctica y de estrategia, como si el jugador no fuese en sí mismo un productor de respuestas a las emergencias del juego.
Insisto, no intento desligar a Emery de su responsabilidad. Vale revisar este video que subí a Twitter para entender que el entrenador español equivocó la estrategia:
Aun cuando lo que más daño le ha hecho al Barcelona este año ha sido la presión alta, esto hizo el PSG ayer: pic.twitter.com/v24rQeUXtd
“Siempre hay jugador y persona, y la persona va por delante. El fútbol es más sentimiento, complicidad, que pizarra o estrategia”. Pep Guardiola
El gol de Sergi Roberto acabó con las aspiraciones del PSG. Neymar Jr., figura indiscutible del triunfo catalán, aseguró que antes de cobrar las faltas sugirió a su compañero a que fuera al área porque iba a convertir un tanto. Esta instrucción no convierte al brasileño en un visionario; sirve exclusivamente para que de una vez por todas se acepte que dentro del campo pasan cosas que quienes, desde afuera, entrenadores incluidos, no entenderemos. Sergi confió en el 11 y desafió las instrucciones de su entrenador, quien le pedía que se quedara en una posición más retrasada, preparando la pérdida del balón.
Es por ello que debemos rendirnos ante una evidencia que contradice a las verdades absolutas que se promueven desde la TV, la radio y los espacios escritos: el jugador es el único intérprete del juego, porque el juego es dinámico y sólo quien lo protagoniza puede definirlo y actuar según las emergencias que nazcan durante los compases del juego mismo.
Rosa Coba y Francisco Cervera, en su magnífico libro titulado “Fútbol: el jugador es lo importante”, plantean lo siguiente:
“Vigilamos movimientos, no personas que se mueven; formulamos repliegues, acosos, pérdidas de balón sin observar la voluntad de hacerlos. Y como nada es más práctico que una consistente teoría, ésta tiene visos de aunar bastante fuerza”.
¿Cuántas teorías, títulos, afirmaciones y supuestas certezas que aparecen en los medios se apoyan exclusivamente en la necesidad de algunos pocos de hacerse visibles a partir de hacer buena cualquier hipótesis, por más inverosímil que esta sea?
Estando en Múnich pude comprobar que la relación de Pep Guardiola con sus futbolistas no era tirante ni se parecía a lo que los medios alemanes describían. Pero de nada valía todo lo que observé en los entrenamientos del equipo bávaro: a mi retorno a mí realidad, todo auello fue puesto en duda porque contrariaba lo que los expertos balbuceaban. Las mentiras tapan hechos reales: de haber sido real aquel cúmulo de afirmaciones que describían a una plantilla totalmente desligada de su entrenador, hubiese sido imposible que estos mismos futbolistas compitieran como lo hicieron.
El fútbol da para todo
Unai Emery equivocó el análisis previo del partido, así como su planteamiento inicial. Aunque la ventaja de cuatro goles parecía casi irreversible, en frente estaba una de las delanteras más potentes del momento, el mismo equipo que ha dominado la última década del fútbol europeo. Por ello sorprendió a propios y extraños que la estrategia inicial partiera de semejante desprecio por la naturaleza propia del PSG, la misma que los llevó a dominar al mismo equipo catalán, apenas tres semanas atrás.
Ahora bien, ¿acaso no se juegan varios partidos dentro de los partidos?
Dentro de los noventa minutos que dura un duelo de fútbol son muchas las modificaciones que se suceden. Algunas de ellas producto de la reflexión del cuerpo técnico y otras, la gran mayoría, hijas de las sinergias que se producen entre todos los protagonistas. El avance de Sergi Roberto a posiciones de gol, aconsejado por su compañero, confirma lo expuesto. No fue un acto de rechazo a las instrucciones del entrenador sino una respuesta a una emergencia inmediata del juego.
César Luis Menotti incluso afirmó, en defensa de la capacidad resolutiva del futbolista, que cuando un entrenador aísla al jugador de la dinámica del juego para darle alguna instrucción, no hace sino hacer énfasis en algo que ya pasó mientras ese futbolista de aleja de lo que está pasando.
Tras el gol de Luis Suárez, el PSG reaccionó e identificó que el juego del Barcelona no los había empujado a esa inexplicable defensa por acumulación: ellos mismos liberaron al club catalán hasta el punto de permitir que sus defensores centrales jugaran casi en tres cuartos de cancha. Pero, así como no parece haber existido una notable intervención de Emery para cambiar lo propuesto, tampoco pudo identificarse en los futbolistas del club francés un acto de rebeldía, algo que hiciera pensar que podían recordar la victoria en el Parque de los Príncipes, no ya como un resultado, sino como un mapa, una hoja de ruta que les señalara cómo jugar ante el Barça.
Olvidamos que en un equipo no existe la autonomía de sus integrantes. Todos y cada uno de los organismos que lo componen conviven en una relación de dependencia que promueve sinergias y respuestas casi inimaginables. Acusar a Emery de miedoso, señalar a Thiago Silva como un “contaminador” o a Di María de provocador es, cuando menos, limitar el análisis para favorecer una certidumbre que no es tal, pero que seguramente nos hace sentir bien. El reduccionismo hace bien para el ego pero disminuye nuestras capacidades cognitivas.
Permítame que insista: el fútbol es incertidumbre, pura y dura. Con ello quiero decir que cada episodio, cada partido, debe revisarse como una muestra total y global, no por espacios ni recortes. Pero, además, hay que hacerlo con el convencimiento de que aun cuando creamos acercarnos a la conclusión, son demasiados los factores que no vemos, no comprendemos o ni tan siquiera sabemos que existen. El fútbol es de los seres humanos, y como tal, aceptémoslo, es, al fin y al cabo, dinámica de lo impensado
“¿Quién puede indicar previamente, con exactitud, el producto de una cantidad innumerable de interacciones, si estas están en continuo dinamismo?”. Óscar Cano Moreno
Fotografías encontradas en distintas webs, cortesía de la Agencia EFE
En psicología existe un fenómeno llamado “miedo al éxito”, el cual se define como “una condición caracterizada porque el individuo, ante la posibilidad de alcanzar el éxito en un área determinada, realiza esfuerzos, conscientemente o no, por arruinar dicha posibilidad”.
Es imposible determinar si la selección Vinotinto sub-20 padeció esa condición en el debut del Hexagonal final del Sudamericano, pero queda la impresión de que le grupo sufrió una especie de parálisis en el momento que debía dar un paso al frente. No supo o no pudo replicar lo hecho en la primera etapa y Colombia, aun con diez futbolistas tras la expulsión de Carlos Cuesta, terminó más cerca del triunfo.
El partido mostró a una Venezuela más calmada, con un traslado de pelota mucho más pensado y menos reaccionario. Esto trajo como consecuencia que el ritmo fuese más pausado, evitando que los futbolistas estuviesen en un insoportable ida y vuelta cual pelota de en partido de tenis. Ronaldo Lucena y Yangel Herrera jugaron más cerca de los centrales cuando estos tenían posesión de la pelota en la salida, permitiendo que el equipo manejara mejor la construcción. Gracias a que la misma era en corto, el equipo fue, por muchos momentos del primer tiempo, un bloque más compacto de lo habitual, mejorando así la elaboración y aumentando las posibilidades de recuperación del balón cuando este se perdía por alguna imprecisión.
Aun así faltó velocidad en la circulación de pelota. Esto no quiere decir que los pases han debido ser más violentos sino que los futbolistas, al momento de recibir la pelota, perdían un segundo perfilándose, por lo que terminaban jugando a dos o hasta tres toques. Colombia nos hizo recordar que muchas veces, para poder avanzar, es mucho mejor dar un paso hacia atrás que forzar una entrega hacia adelante.
Y es que la selección cafetera mostró un oficio que debe servir de inspiración. Fue un equipo que no rifaba la pelota y en la gran mayoría de sus avances aplicó la vieja fórmula de comenzar por el centro, avanzar por las bandas hasta regresar al centro para definir. Muchas veces se subestima la importancia del juego por los costados, pero es gracias a este que se puede aprovechar la totalidad del campo, evitando además que el contrario acumule defensores en pequeños espacios de terreno. Decía un entrenador que para ser fuertes en el juego central había que promover el juego por fuera.
No se ha hecho justicia con el rol de Wuilker Faríñez. El arquero criollo es mucho más que sus atajadas, y es que su capacidad de anticipación lo convierte en un arquero atrevido y protagonista. No se queda bajo los tres palos y por ello puede achicar o atacar cualquier avance del rival sin que ello suponga un largo recorrido. Además, cada vez que ha tenido que desviar un remate lo ha hecho hacia los costados, cumpliendo con las obligaciones referentes a su puesto.
El golazo de Yeferson Soteldo es un acto de justicia para el futbolista portugueseño. No puede olvidarse que su fútbol se ha visto afectado por la ausencia de un lateral que haga las veces de cómplice, lo que ha dejado al volante 10 en una soledad casi insoportable. Sólo cuando se ha trasladado hacia el centro del campo es que ha encontrado socios que le permiten desarrollar lo mejor de sus características. Por ello su golazo es justicia, justicia poética.
Pero Soteldo fue más que el gol. La ubicación de Ronaldo Peña en el costado derecho liberó al volante de Huachipato, permitiendo que aumentara su influencia en la generación de juego. Ante Colombia fue la versión más constante del 10 en lo que va de torneo. Rafael Dudamel parece haber encontrado la estrategia ideal para potenciar al futbolista más habilidoso de su plantilla.
Tras el gol apareció el escenario ideal para esta selección. A pesar de los gustos, hay que aceptar que este es un equipo que se preparó para jugar al fútbol de transiciones, partiendo siempre desde el repliegue defensivo. Con la anotación de Soteldo, la Vinotinto encontró la posibilidad de volver a su zona de confort, y obligó a Colombia a asumir conductas más ofensivas, suponiendo, quien sabe, que con esto aparecerían espacios que podían ser explotados gracias a la velocidad de Antonio Romero, quien a pesar de no entrar en contacto muchas veces con el balón durante la primera etapa, cumplió con el difícil rol de mantener la amplitud del equipo.
Pero todo ese trabajo desgasta y mucho, porque nada cansa más a un futbolista que correr y correr detrás de la pelota sin llegar a tener contacto con ella, y es que en el segundo tiempo la selección criolla, sorpresivamente, cedió mucho terreno al rival, a quien le costó aprovechar semejante obsequio de los venezolanos. Su entrenador sumó volantes con la intención de multiplicar las situaciones de gol.
Atento a ello. Dudamel sacó del terreno a Romero y dio entrada a Luis Ruiz. El cambio llevó a Peña a asumir nuevamente el rol de centro delantero y a Soteldo a alejarse de sus compañeros. El problema con esta modificación es que no solucionaba el principal problema vinotinto sino que lo acentuaba; la selección no tenía control del partido y aceptaba el rol de ser un equipo reaccionario. Aquello constituyó un riesgo innecesario, ya que aupó a que Colombia se instalara en territorio criollo. Es inexplicable que desde el minuto 60 la selección se haya tirado tan atrás y le haya regalado tanto protagonismo al rival, más aún cuando no existió una expulsión que invitara a tomar esa decisión.
Tras la salida de Romero, Peña quien se encargó de luchar cada pelota frente a los centrales rivales. Ha sido característico de este equipo que el delantero sea más luchador que futbolista. Si bien es cierto este es un deporte de oposición directa en el que se pelea por la titularidad del balón, se echa en falta que los atacantes criollos sean más atacantes que luchadores.
Guste o no, el empate se ajusta al guion del partido. Queda la impresión de que Faríñez no comete infracción y que el penal no fue tal, pero sin duda que el rendimiento cafetero, aun en inferioridad numérica, hacía pensar que la igualdad era posible, una esperanza que se sostenía en el juego neogranadino y la timidez venezolana. Esos son los riesgos de ceder tanto protagonismo y tanto terreno al rival.
El empate no es negativo, sobre todo porque todavía faltan cuatro partidos y el torneo otorga cuatro cupos al mundial. Pero debe examinarse muy bien el por qué una selección que jugaba de igual a igual decidió irse del partido, asumiendo la postura de víctima, y permitiendo al rival jugar a su voluntad. El futuro es incierto y puede que de esta manera se consiga el objetivo, pero resulta cuando menos llamativo que la estrategia elegida sea aquella que renuncia al protagonismo y se entregue a los arrebatos de la suerte.
Marcelo Bielsa patentó la idea de «Parálisis por exceso de análisis» para referirse a cuestiones del juego que implicaban profundas reflexiones. Venezuela tiene dos días antes de su próximo duelo, los suficientes para evitar esa situación a la que hizo referencia el entrenador argentino.
Fotografía cortesía de Caracol.com.co y Agencia EFE
El aprendizaje es un proceso continuo, que no se detiene aun cuando creemos que hemos superado etapas. Cada situación vivida es una experiencia que almacenamos y que, en algún momento dado, cuando la situación así lo requiera, nos servirá de apoyo, sin importar que la búsqueda de esa referencia sea consciente o inconsciente.
En ese complejo proceso que antes mencionaba existe un contribuyente especial: las situaciones límite. El ser humano, ante un panorama que se presenta decisivo, se enfrentará a la urgencia de tomar decisiones trascendentales, cuyas consecuencias no son sólo inmediatas. Me explico: para enfrentarse Argentina en la búsqueda de un resultado que asegurara la consecución del primer objetivo, la selección sub-20 adoptó una estrategia que idealmente lo acercaría a esa meta; hubo una respuesta, que más allá del éxito de la misma, se constituyó en parte importante del crecimiento y la formación de los futbolistas que la pusieron en práctica. Esto define el verdadero valor de la competencia en la formación del deportista.
Puede sonar a lugar común, pero ante la dificultad que significa quedar alejado de la meta o el objetivo, el ser humano normalmente saca lo que se conoce como el instinto de supervivencia. Una muestra de ello es la alineación titular con la que salió Venezuela para enfrentarse Argentina, buscando repetir lo mejor que ha producido el equipo como tal.
La alineación fue una declaración de intenciones. Más allá de los gustos y todo lo que se pueda discutir en cuanto a las alternativas, Rafael Dudamel se decidió por los mediocampistas que más han rendido en este torneo: Ronaldo Lucena, Luis Ruiz y Yangel Herrera, tres volantes con notorias capacidades para conectar a todo el equipo. Los jugadores antes mencionados son especialistas en promover sociedades, por lo que juntarlos desde el inicio suponía una apuesta por el control del partido y una construcción de juego acorde a lo que el equipo mostró ante Bolivia.
El retorno de Yeferson Soteldo a la titularidad vino acompañado de una modificación táctica. Ronaldo Peña, quien había hecho de delantero más adelantado durante todo el torneo se ubicó como mediapunta por el costado derecho, cediendo el puesto de punta de lanza a Antonio Romero, un futbolista más veloz y mejor capacitado para explotar los espacios que dejaba la defensa rival. El cambio alejó a Peña del área pero lo acercó a sus compañeros; se hizo parte del circuito de construcción de fútbol y sumó en situaciones defensivas.
La entrada de Nahuel Ferraresi permitió que la selección contara con un central capacitado para salir jugando. Es muy importante hacer referencia a que esa cualidad no es excluyente; los grandes defensores centrales son aquellos que identifican correctamente cuando es necesario salir en corto, cuando se debe jugar largo, cuando hay apoyarse en el portero o cuando hay que reventar la pelota. Es imposible aislar o fraccionar el juego en etapas o secciones: un defensor hace más que defender y un delantero no se dedica exclusivamente a atacar; cada futbolista tiene la capacidad para jugar, esto es decir, para adaptarse y actuar según lo que requiera el momento.
El entrenador José Hernández, quien estuvo en la transmisión de TLT, habló sobre un concepto que vale la pena rescatar. El seleccionador nacional sub-17 explicó que este es un equipo, el Vinotinto, que se puede ver beneficiado por la dinámica propia del torneo, e ir de menos a más. La impresión de Hernández se basa seguramente en que la acumulación de minutos competitivos favorece al desarrollo de los modelos de juego. Son pocos los seleccionados que logran sostener altas cuotas de rendimiento en torneos como este. Esa es la apreciación de uno de los entrenadores que mejor conoce los procesos de enseñanza en nuestro país.
La conexión entre Peña y Ronald Hernández probó ser muy positiva, invitando a reflexionar el por qué no se explotó más. A la habilidad de Hernández se le sumaba la capacidad táctica de Peña, que reconocía los movimientos del lateral y jugaba en función de ellos: se acercaba o se alejaba según beneficiara el recorrido de su compañero. Debo insistir en el viejo concepto que sugiere que, ante la ausencia de extremos, son los laterales quienes con sus proyecciones deben hacer profundo y amplio al equipo, lo que se traduce en la utilización total del campo de juego.
Hay que hablar también de la falta de gol el seleccionado criollo. Desde el partido ante Bolivia el conjunto nacional ha generado un buen número de ocasiones peligrosas, las suficientes como para pensar que la victoria era más que posible. Pero se falló, no hubo eso que llaman contundencia, virtud que algunos equivocadamente creen que se puede entrenar. Y es que por más que los futbolistas pasen largas sesiones rematando el arco, desde distintas posiciones y con diferentes grados de dificultad, los partidos requieren respuestas que no son idénticas a las practicadas, por el simple hecho de que el partido es como un examen final, y el rival ofrece respuestas imposibles de programar. Claro que hay que entrenar, siempre con la intención de que esa sesión preparatoria tenga el mayor parecido posible a un partido de fútbol, pero aceptando que los partidos tienen situaciones condicionantes muy distintas a lo que ensaya.
El gol es hijo del juego y de los estados anímicos; en el caso venezolano fue apenas ante Bolivia que empezó a verse la mejor versión criolla, y en cuanto al estado anímico, queda claro que este no pasa por su mejor momento. Por ello es tan importante lo que mencionaba el seleccionador Hernández en cuanto al formato del torneo y como este puede ayudar al crecimiento de una selección.
Parece que no hay solución al caso de Yeferson Soteldo. Ante Bolivia fue el revulsivo porque encontró muchos compañeros cercanos. Pero ante Argentina volvió ver el Soteldo pegado a la banda izquierda, solitario, sin ayudas, casi dependiente de algún milagro propio que lo ayudara a sortear los hasta tres marcadores que lo acechaban. Da la sensación de que falta algo en este equipo, porque si al 10 lo marcan tres futbolistas, esto significa que en otro sector del campo se produce una superioridad numérica venezolana que no fue aprovechada. Soteldo, salvo cuando se tiró hacia el centro, no tuvo en el lateral Edwin Quero una vía de oxígeno. No fue sino hasta el minuto 67 que Quero recorrió su banda hacia el área rival.
Es evidente que a la selección criolla le cuesta mucho la construcción de juego. Cada una de las situaciones de gol que produjo en los cuatro partidos tuvo su origen en jugadas a balón parado o ataques sustentados en rápidas transiciones. Pero cuando el rival defendía acerca de su propia área, a los venezolanos se le hizo casi imposible crear peligro. Esto no va a cambiar en la segunda etapa el torneo porque son comportamientos propios de una idea de juego desarrollada en más de treinta módulos de entrenamiento, pero, aun así, no deja de sorprender que durante todo ese tiempo no se desarrollaran variantes al plan de la selección. No hay respuestas ante defensas organizadas.
Es igual de sorprendente que, jugando contra diez, a Wuilker Fariñez se le exija, sin tener rivales cerca que lo presionen, que lanzar un pelotazo antes que promover secuencias que muevan y desordenen al contrario. No está en el ADN de esta selección otra cosa que el juego de transiciones.
Al principio hablaba de las situaciones límites y cómo estas comprometen la respuesta de quienes las viven. Me da la impresión de que la selección nacional sub-20 no sintió el partido como tal, sino como un episodio más de un tránsito que, según los cálculos, no terminaba hoy. Es cierto que el primer objetivo (clasificar al Hexagonal final) se consiguió, pero no puede decirse que los criollos arrollaron a sus rivales. Insisto, se avanza de fase, pero el balance de un gol en cuatro partidos, así como la ausencia de alternativas al juego largo son alarmantes. Puede que todo mejore, como también es posible que esta sea la manera a través de la cual se intente la consecución del siguiente objetivo: la clasificación al mundial. Pero que no se olvide que el gol es hijo del juego, y por ahora, de juego, esta selección, ha mostrado muy poco.