Categoría: El camino

  • Correspondencia: Recuerdos del fracaso

    Correspondencia: Recuerdos del fracaso

    Fue mi mayor fracaso. Del que no me repongo ni me repondré jamás. Creí tenerlo todo y el tiempo me enseñó que no tuve nada. Porque el tiempo, mejor dicho, el paso del mismo, es un verdadero hijo de puta. Te seduce, te embriaga, hasta hacerte olvidar su fuerza, esa que determina la mortalidad de todo aquello que existe. Después de aquel mayo de 2014 sé y acepto que fracasé.

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    Sobre el final, todo había cambiado. Los enemigos y traidores brillaban por su ausencia. Parecía que teníamos barra libre. Éramos, lo que ya es una gran victoria. Y en ese poder ser, sin planificarlo, torcimos el rumbo, dimos una vuelta más a la gastada y oxidada tuerca. Introducimos la voluntad de educar. Tocamos la periodización táctica, el juego de posición, las estructuras que componen al ser humano deportista y hasta pinceladas del pensamiento complejo. No lo escondo, sentí que podíamos hacer una diferencia. Sin embargo, todo muere, todo desaparece.

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    Hace unas horas, un impertinente comentario me hizo recordar aquella época. Gabriel García Márquez dijo aquello de que «la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.«. La referencia bien podría hacerme creer que aquello no ha desaparecido, que vive en el recuerdo de algunos pocos. Sin embargo, en esa trampa no vuelvo a caer. Es el mayor fracaso de mi vida porque, once años después, nada de lo que se expuso en aquellos programas quedó. Este fútbol se comporta como el perro que persigue su propia cola: da vueltas sobre sí mismo, sin avanzar ni atrapar su rabo. Los vicios, los errores, las carencias y las miserias están ahí. Maquilladas y tapadas, pero vivas al fin.

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    Ese naufragio es mi vida. Lo tengo presente cada día. me acompañará hasta mi muerte. Recordarlo me fortalece, me motiva y sostiene esta inmunda e insignifcante trinchera que habito orgullosamente. Desde ella alzo mi voz. Alimenta la resistencia y evita que sea el próximo rehén de la cultura del entretenimiento.

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    Aquel 26 de mayo terminó un sueño. Explotó en mil pedazos. Once años después sigo recogiendo los pedacitos de aquel estallido. Lo hago para recomponer el rompecabezas, para intentar aprender las lecciones. Pero también, para no olvidar jamás que el tiempo es un verdadero hijo de puta

  • Segunda correspondencia de un náufrago

    Segunda correspondencia de un náufrago

    El tipo dice una cosa y hace lo contrario. El discurso, cuidado y planificado para seducir mentes histéricas, se cae a pedazos cuando hasta el más tonto de la clase se anima a cuestionarlo. No hay nada que lo sostenga. Los ideales, mejor dicho, sus ideales, son tan frágiles como una hoja en un temporal.

    Todo vale, todo suma. Una mentira tras otra, una raya más para un tigre.

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    Al artista lo conocemos por medio de sus obras. En este caso, el protagonista, más que artista, es lo que en Argentina se conoce como chanta. El diccionario de americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, define al chanta como aquella “persona que destaca sus propias virtudes o presume de algo que no posee o posee en bajo grado..

    Hay otras acepciones.“Chanta viene de Chantapufi que es la castellanización de una palabra del dialecto genovés: ciantapuffi, clava clavos. Y un clava clavos puede dar para varias interpretaciones, entre ellas un inútil que cobra por algo que no tiene sentido.” Así lo define Nicolás Lucca en su artículo titulado La Chantocracia.

    El chanta supone tontos a todos aquellos que le escuchan. Se ha acostumbrado a lidiar con necios, memos y mentecatos que le ríen las gracias. Nada es más económico en la industria del entretenimiento que un sí, y el chanta ha aprendido que son muchos los militantes del elogio barato y la adhesión sin crítica.

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    También argentino fue José Ingenieros. Su libro, El Hombre Mediocre, fue anterior a La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset. También más punzante: “El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando con sus palabras”.

    Puede que el chanta y el hombre mediocre se parezcan. No obstante, el primero es más peligroso que el segundo. “(El hombre mediocre) Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales.

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    Pensándolo bien, tengo la impresión de que el chanta que protagoniza estas líneas ha sabido rodearse de hombres mediocres, hambrientos de protagonismo y notoriedad. Analizando aún más, ¿cómo negar el triunfo de este chanta? Al fin y al cabo, ocupa hoy un espacio que no se ajusta a sus (in)capacidades mientras es venerado por los más extravagantes mediocres de la corte.

    Salud, maestro, usted ha triunfado. Sin embargo, cuando se mire en el espejo en búsqueda de nuevas formas para engañar a la masa, le recomiendo tener en consideración a Miguel de Unamuno y sepa que usted «vencerá, pero jamás convencerá…»

  • Un naufragio que vuelve a ser palabra

    Un naufragio que vuelve a ser palabra

    No busquen en el poder las razones del desaguisado. Tampoco en la no-respuesta de aquellos que, en medio de la vorágine propia de la supervivencia, apenas tienen tiempo para atiborrarse con las migajas que se reparten cual espejitos en tiempos de la Conquista y la Colonia.

    Existe un grupo que hace de nexo entre esos polos aparentemente opuestos. Un colectivo organizado, mal intencionado y servil. Una banda que actúa como las viejas familias del Nueva York de la posguerra. Esas que, gracias a la magia del cine, idolatramos y hasta idealizamos.

    Ese colectivo es bastante más que la simple agrupación de personas con un objetivo en común. Son una orden, un culto, un rebaño. No permiten la disidencia: siguen al pie de la letra las órdenes del líder sin tan solo cuestionar hacia dónde los está guiando este burdo gurú.

    Tampoco reparan en que el líder ya se ha cargado a varios de sus antiguos colaboradores.

    El iluminado los convoca cada semana para que lo escuchen gritar a los cuatro vientos cuánto ama lo que hace y cuánto le deben por ejercer su oficio. Predica un amor que no acepta debate, aunque éste no sea otra cosa que la celebración de la mediocridad. La masa, temerosa y cautivada, sabe que debe aplaudir y callar; están en juego las cuatro monedas que algún día llegarán.

    Son tiempos violentos que suponen el triunfo del hombre mediocre descrito por José Ingenieros. Caminan sordos y ciegos hacia el precipicio. Juntos, tomados de la mano, darán el paso final, sin chistar, convencidos de que es mejor morir como borregos que luchar por una pizca de dignidad.

    Esta es la más vieja historia de la humanidad. La de los cuerdos que acusan de locos a todo aquel que reniegue la sumisión. Unos adoran a la divinidad, otros, más terrenales, hincan su rodilla ante el rey de la banalidad y la vulgaridad.

    Continuarán los gritos y la ordinariez. También lo hará este hermoso y silencioso naufragio que hoy, por cosas de la hora y la bronca, ha vuelto a ser palabra escrita.

  • La Superliga, no el whisky, los desnuda

    El enfrentamiento es total y descarnado. Por un lado aquellos que defienden su posición como receptores de las inversiones cataríes (1, 2, 3, 4, 5), y por el otro aquellos que responden a las intenciones de Florentino Pérez y de sus socios (1, 2). Todo es negocio, nada es deporte. La Superliga, no el whisky, los desnuda

    En medio de este conflicto, que entretiene a la masa tanto como los seriados de las distintas plataformas de streaming, nadie se ha percatado de un pequeño detalle: al aficionado del fútbol ya no se le trata como tal; hoy son consumidores, clientes, usuarios, o inversores, algo que se confirmó en tiempos del confinamiento, en los que el fútbol, o mejor dicho, aquellos que dirigen al fútbol, llevaron al deporte a cumplir su función de “consolador social”, Juan Manuel Lillo dixit.

    La creación de nuevas competiciones y el desproporcionado aumento de partidos por año define una hipertorfia que atiende exclusivamente a las necesidades del mundo del espectáculo y los negocios (1, 2, 3). Estos fueron invadiendo al fútbol hasta casi convertirlo en un producto de primera necesidad. Dicho de otra manera, le han hecho creer al espectador que este juego es indispensable para su vida.

    Lo mismo sucede con comunicadores y «analistas». Es moneda común encontrar en las distintas redes sociales afirmaciones en las que destacan haber visto diez o más juegos por fin de semana.

    Este tipo de sentencias cooperan con lo anteriormente expuesto y no hacen más que agradar a aquellos que jamás escucharán las necesidades fisiológicas del ser humano deportista ni a los pedidos de entrenadores, jugadores y otros expertos para que se modifiquen los calendarios.

    En el año 1986 se jugó uno de los campeonatos mundiales más recordados. El torneo mexicano, según publicaba el diario El País de España, atraería una audiencia global de 12.000 millones de espectadores. Este número fue ampliamente superado, ya que el público que siguió las instancias de aquella Copa superó los 13.000 millones.

    Queda demostrado que el fútbol es, desde hace mucho tiempo, una actividad que cautiva a una enorme masa de personas. La UEFA Champions League, año tras año, genera cifras espectaculares también, entonces ¿por qué el enfrentamiento entre estos dos poderosos grupos? La respuesta es sencilla: asegurarse el control de este gigantesco negocio

    A ambos les unen la misma preocupación e idéntica solución. La apuesta es clara: más partidos, es decir, ahondar en la pérdida de calidad del juego mientras aumenta la oferta. Estos grupos de interés no se ocupan de la mejora cualitativa del producto que se disputan sino de aumentar las posibilidades de ingresos.

    Los grandes restaurantes fueron y son reconocidos por la naturaleza artesanal de sus cocineros al momento de preparar cada plato. No producían en masa sino que convertían la experiencia gastronómica en algo sublime. Sin embargo, nuestros tiempos son los de las cadenas gastronómicas que hacen posible que una hamburguesa en París sea idéntica a otra en Nairobi, y cuya preparación no supere los cinco minutos.

    Los bandos enfrentados en la novela de la Superliga Europea descubrieron hace mucho tiempo que el negocio-espectáculo se sustenta en la hipertorfia anteriormente citada, por sobre un mayor cuidado de los ingredientes que convierten al fútbol en un espectáculo conmovedor.

    El panorama actual es idéntico al de la comida rápida. No hay tiempo para entrenar, para descansar ni para recuperarse. Todo debe ser inmediato, y mientras menos tiempo disponga el espectador entre episodio y episodio, mejor aún; una de las características de los tiempos de la prontitud y la precocidad es que no hay espacio ni tiempo para la contemplación.

    Así está montado el negocio. A la masa le conmueven las razones de los dependientes del dinero catarí o los argumentos de Pérez y sus subordinados mucho más que las quejas, los lamentos y las advertencias de quienes protagonizan esta actividad. Es la consecuencia de haber corrompido la esencia del hincha y del observador hasta convertirlos en suscriptores y consumidores, incapaces de rebelarse ante tamaña atrocidad.

    Panem et circenses. Es todo tan humano como el deporte que han deformado. Distraen a la masa que, ocupada en defender la trinchera de su preferencia, no pone atención en la vulgar devaluación de aquello que alguna vez le hizo feliz…

    P.S.: Muchos vivimos del fútbol y su pertenencia al mundo de los negocios y el espectáculo. La crítica va enfocada a la deshumanización de la actividad y hacia quienes de fútbol no entienden nada, menos aún de las estructuras del ser humano deportista.

    Imágenes encontradas en internet. Créditos a quiénes correspondan

     

  • La miseria

    La miseria

    El «Capitán Barbarie» aplaude y exige al auditorio que haga lo mismo. Todos de pie, emocionados, conmovidos. Chocan sus manos mientras sonríen. Celebran que el respetable ha dejado de ser tal: apenas si sobrevive a los avatares de la vida moderna. Que viva la miseria, parecen corear los mercachifles, para satisfacción del hombre que a nada le teme.

    Que nadie olvide la frase: «Votar sí a la moción es votar no a Cruyff«. El Edward John Smith blaugrana, responsable de toda la porquería que lanzan en contra de la más gloriosa generación de futbolistas que haya visto el FC Barcelona, se esfuerza por hacerle creer a la concurrencia que todo estaba acordado, que presentar un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) es algo natural en una empresa que obtuvo, durante el período 2018-2019, ingresos por 990 millones, récord en la historia del club.

    Horas después de que Lionel Messi y Gerard Piqué expusieran ante el mundo su disconformidad con quienes conducen al club («No deja de sorprendernos que desde dentro del club hubiera quien tratara de ponernos bajo la lupa e intentara sumarnos presión para hacer algo que nosotros siempre tuvimos claro que haríamos»), el «Capitán Barbarie» hizo su ronda habitual para exponer su versión al mundo: no hay conflicto porque el acuerdo con los futbolistas es total («Messi me dijo desde el primer día: ‘Esta rebaja hay que hacerla’»). Esto, acompañado por los habituales trascendidos y rumores sobre fichajes imposibles e imaginarios cuyo objetivo es anestesiar aún más a la masa.

    Sepa el respetable que acá nadie descansa. Ni si quiera en tiempos de pandemia. El Titanic mantiene su ruta y la música continua sonando. El barco se acerca al temido Iceberg, al tiempo que el «Capitán Barbarie» invita a brindar por la muerte de la idea, por el fin de aquello que alguna vez fue ejemplar. Fiesta, velorio y cajón.

    Cosas de la miseria entremezclada con la barbarie. Cosas del empresario que hizo campaña en contra el padre del modelo.

     

  • El poder, la masa y el odio

    El poder, la masa y el odio

    El poder requiere del entretenimiento como herramienta para narcotizar a la masa. Lo que en Roma fue el círculo romano hoy es el fútbol. Nada ha cambiado.

    El poder lo tiene todo. Quienes creen que la fuerza de este reside en el dinero no hacen más que pegarse tiros en los pies. El poder determina roles, oficios y relaciones; todo aquello que en apariencia funciona, lo que en muchos casos no hace más que separarnos, es lo que sostiene al poder.

    Aquellos grupos resultantes de estas divisiones tienen como muy propio la aspiración a imponerse a quienes ahora son sus rivales, sus enemigos. Mientras unos y otros combaten por un par de centímetros más, el poder se sostiene y crece. Los griegos inventaron la fórmula de “divide y reinarás”(διαίρει καὶ βασίλευε); nosotros, los habitantes actuales de esta tierra, apenas si nos enteramos de la vigencia de aquel mandato.

    El poder, ya se ha dicho, requiere del entretenimiento para que la masa desatienda sus necesidades básicas. Gracias a los efectos del entretenimiento, y vaya si el fútbol encarna todo lo que este es, el hombre-masa aparca su inconformidad para con la autoridad y la redirige hacia quienes ahora le representan. Futbolistas, entrenadores y dirigentes, esos son los nuevos blancos de la furia colectiva. El poder nunca estuvo tan cómodo en su sitio.

    Este viejo esquema libera a quienes han fracasado sostenidamente en sus intentos de conducir al rebaño hacia mejores estadios. Los protagonistas del fútbol hacen de escudo protector, de cortina que sostiene su anonimato; las frustraciones y el odio apuntan al perdedor de turno gracias a que lo episódico se fue imponiendo, hasta encontrar en el fútbol su refugio.

    El poder conoce las miserias y las aspiraciones del hombre-masa. Por ello ideó hombres funcionales a su causa. Uno de ellos es el “Capitán Disfraz”, el reflejo de los ídolos que requiere la masa actual: el hombre-espectáculo.

    Este Frankenstein futbolístico es el oponente perfecto para enfrentar a los Pep Guardiola de turno. Mientras el entrenador catalán representa al deportista que cultiva su cuerpo y su espíritu, el “Capitán Disfraz” es el futbolista que cumple con las exigencias impuestas por el poder para sostener al fútbol-espectáculo en su rol de consolador social. Hablo del hombre-deportista convertido en hombre-espectáculo que renuncia a su condición de ciudadano y que no se interesa en nada que no sea su beneficio personal. Es el perfecto idiota aristotélico: el supremo egoísta, aquel que no estaba interesado más que en su asunto.

    Aquello que representa el “Capitán Disfraz”, es decir, la perversión definitiva del hombre que vive en sociedad, se aplaude hasta la veneración porque no pone en riesgo al statu quo. No supone un riesgo ni un ataque al poder: es él quien atrae y convoca a la masa hacia los espacios que el poder sugiere.

    Retorno a Guardiola como representante de todo lo opuesto al “Capitán Disfraz”. Su condición de hombre-futbolista no impidió que cultivase su espíritu. Lo hizo según sus necesidades y acorde a sus emociones. A su manera y no según los intereses de quienes mueven los hilos. En el siglo de la información no le debaten sino que le condenan, probablemente porque acusar es una conducta natural de la masa y pensar es un hecho contracultural. Caminar por veredas opuestas no debería ser causa de odio, sin embargo, en los tiempos de la política del espectáculo, basta y sobra.

    Kike Marín siempre regresa a unas sabias palabras de Juan Manuel Lillo: «No voy a opinar sobre las opiniones. Eso es lo bonito del fútbol, opinar”. Lillo, otro expulsado por la masa reaccionaria, desnuda con su reflexión las formas cómo el poder, a través del entretenimiento, se hace fuerte y conduce a esa masa a seguir siendo masa: opinar sobre opiniones es un hecho reaccionario, tanto como el espíritu del fútbol actual. Opinar sobre opiniones no requiere más que la exhibición de nuestro costado más primario, ese que nos lleva a defender cómo sea la pequeña parcela que ocupamos.

    La grandiosidad del ser humano reside en su capacidad para escuchar, aprehender y debatir planteamientos e ideas. Esto, por supuesto, de la mano de emociones y sensaciones que condicionan tanto como lo anterior, una circunstancia que le hace convivir con el error como ninguna otra especie. Opinar sobre opiniones invalida el proceso antes descrito y lleva a la masa a creer que la feroz defensa de algo que cree correcto se sostiene en la violencia de la misma.

    El poder, promotor del fútbol-espectáculo como herramienta narcotizante, nunca antes estuvo tan cómodo en la lucha por sostener su condición. El rechazo de la masa hacia lo distinto, que sigue vigente y se sostiene gracias a la ausencia de mentes claras que inciten algo distinto a la simple pertenencia, cuenta hoy con altavoces más fuertes y más potentes, capaces de contagiar a esa masa de plagas que no acaban con la vida pero sí con el espíritu humano.

    Bienvenidos al fútbol-espectáculo. Prepárese para odiar.

    P.D: Ahora que se descalifica a Messi como capitán y se le oponen las actuaciones del Capitán Disfraz se hace necesario recordar que este último tiene más expulsiones que el mismísimo demonio y que acumula ya dos ausencias por sanción en la eliminación de su club en la UEFA Champions League. Cosas de la memoria…

    Fotografía encontrada en internet y etiquetada para su reutilización

  • La barbarie apunta a Zidane

    La barbarie apunta a Zidane

    Los ataques desproporcionados a Zinedine Zidane, un tipo que encarna sensatez pura y dura, son el símbolo de nuestros tiempos: la vigencia del ser apenas subsiste las horas siguientes a un triunfo. Los mercenarios y mercachifles necesitan la caída de todos. Incluso la de un hombre moderado como el francés para mostrarse ante la masa como los guardianes de algo que ni ellos pueden ni quieren definir. Ese algo es la barbarie, la misma del circo romano y del pulgar del César. Es más productivo destruir que intentar encontrar razones.

    Tras la derrota del Real Madrid ante el Manchester City, y hasta que llegue la próxima victoria, Zidane será el blanco fácil de los parásitos del fútbol. Le acusarán de incapaz, de no saber conducir y hasta de no escuchar a los expertos, aquellos que nunca se equivocan.

    A diferencia de la crítica alrededor del juego del FC Barcelona, al marsellés solamente se le juzga por si su equipo ganó o perdió. Las formas nunca importaron al entorno, ya se sabe, por aquello de que «en el Madrid sólo vale ganar». Este atentado en contra del conocimiento es posible gracias al apoyo e impulso de potentes altavoces y sus bufones funcionales. Los de ayer y los de hoy.

    La masa, adueñada de los espacios que antes estaban reservados para el análisis, huele sangre, desea ver rodar cabezas y requiere culpables. Todo esto como consecuencia de una derrota. Luego, si el Madrid lograse superar al mismo rival que les venció hace apenas unas horas, Zidane volverá a ser “uno más de los nuestros”, o, peor aún, afirmará, sin temor al ridículo, que Zidane “escuchó el clamor de los expertos y de la grada”. Nunca antes tuvo la masa tanta fuerza y tanta incidencia en la inmundicia.

    El fútbol nos retrata. No a Zidane ni a Pep sino a todos nosotros, los hombres-masa destructores y odiadores seriales. El Übermensch de Nietzsche, aquel hombre que alcanza su libertad creativa y espiritual y que, por ende, supera su condición inicial de hombre-masa, nunca estuvo tan lejos de ser posible.

    El fútbol desnuda nuestras miserias. El fútbol no es una razón para ser optimistas. Es una herramienta para observarnos a nosotros mismos y hasta vomitar por toda la mierda que alimentamos gracias a nuestras inseguridades y nuestro desprecio.

    Que los ingenuos enciendan la tele y aplaudan a los vengadores de la oscuridad. El espectáculo destructor les ha narcotizado hasta el punto de que no ven fútbol sino que se ven y se celebran a ellos mismos. Pobres ilusos, pobre juego… pobres de nosotros.

  • Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Luego de perder un partido y no encontrarle una explicación racional a muchas cosas, un grupo de amigos nos vimos las caras y nos conjuramos en mandar todo al carajo. No obstante, el menos reflexivo de aquel grupo pronunció unas palabras que hasta el día de hoy me acompañan: nunca hay que tomar decisiones trascendentales en la madrugada.

    Aquella frase hizo que interrumpiésemos el plan inicial. Valió la pena porque lo que vivimos posteriormente fue inolvidable. Sin embargo, mientras creíamos que podíamos continuar con lo soñado, perdimos de vista que a nosotros ya nos habían madrugado.

    La madrugada es aquel período que sucede a la noche y antecede a la mañana. Sirve de refugio para ladrones y mal vivientes, como también para las más intensas pasiones. Por eso, salvo que uno sea un malhechor o esté sumergido en determinados placeres de esta vida, mejor dejar la madrugada para el descanso y la paz.

    Madrugar es anticiparse; a alguien lo madrugan cuando se le gana el tiempo. Quienes pretendan madrugar a sus oponentes necesitan cumplir con varios requisitos. Algunos de ellos variarán según la circunstancia mientras que otros son imprescindibles. Podría decirse que estos últimos forman parte del manual de la anticipación y entre ellos está el conocimiento del campo de batalla: sólo quien domina los espacios podrá triunfar. Y los espacios contienen personas, seres humanos, por ende, esto se trata de geografía y de antropología.

    La más que probable asunción de José Peseiro como seleccionador nacional descubre un panorama que algunos han ignorado: nadie se sostiene en el ejercicio del poder por mera casualidad. Lamento informarle al lector desprevenido que, aunque exista el azar y este influya a niveles insospechados en todas las áreas de nuestra existencia, también es imprescindible conducir a la fortuna para que esta nos favorezca.

    Hay en la Federación Venezolana de Fútbol algo mucho más sustancial que una guerra de poderes, que puede que exista y sea a cuchillo, pero esta no explica casi nada. En la FVF conviven personas que conocen el terreno a la perfección; funcionarios que son expertos en contemplar e identificar conductas, lo que les ayuda no a sobrevivir sino a mantener el poder. No es necesario apuntar nombres: si usted ha llegado hasta acá es porque conoce un poco de la realidad del fútbol venezolano. Son gente del fútbol venezolano, que no se desviven por el balompié extranjero sino que han construido lo que hoy es el fútbol venezolano. Esto que para muchos es un desastre es para otros su obra de vida.

    Recuerdo que tras visitar la residencia presidencial argentina y cantar para Carlos Menem, a Charly García, autor de un sinfín de melodías que ya son universales, le cuestionaron sobre las razones que motivaron su visita al mandatario, a lo cual respondió, con su acostumbrada genialidad, que le interesaba conocer al poder desde dentro.

    Quienes de alguna u otra forma han interactuado con quienes dominan realmente al fútbol venezolano pueden dar fe de lo que aquí se escribe. No podrán decir lo mismo quienes se inmovilizan ante el brillo que emana de la autoridad. Tampoco los necios que producto de un ataque de soberbia se creen capaces de manipular a la experiencia y al conocimiento. Estos papanatas, animados por el terrible afán de hacerse notar, cumplen a la perfección con el rol que el poder les ha asignado: ser altavoces de la confusión que el poder instaló hace más de cuarenta años y que solamente le beneficia a él.

    Ni que hablar de los recién llegados mercaderes que aspiran a aprovecharse de la sonrisa cómplice y circunstancial de quién tiene todo y lo maneja todo. Sepan de una buena vez que el poder es poder porque otros no tienen cómo llegar a serlo. Solamente los idiotas niegan una realidad tan potente. Además, el poder sabe cómo garantizarse su subsistencia mientras que los aspirantes y sus alcahuetes apenas si pueden ponerse de acuerdo en su reconocimiento existencial.

    Kaiser Soze, el mítico personaje interpretado por Kevin Spacey en el inolvidable film, dijo aquello que “el mayor truco del diablo fue hacerle creer a la humanidad que él no existía”.

    Todo sigue igual en el fútbol venezolano. Y no hay hasta ahora señal alguna para creer que el poder se debilita. Porque para atacar al poder hay que saber algo más que de números. Es necesario saber de personas, conocer sus vidas y sus debilidades, y en eso nadie le gana al poder.

  • Vodevil vinotinto

    Vodevil vinotinto

    No hay proyecto, porque el plan es un nombre. El que sea. Primero fue José Pekerman, en el intermedio sonó César Farías y ahora es Jorge Sampaoli. La idea es que no hay idea.

    En los tiempos de lo posible y el rendimiento inmediato, el fútbol no se queda por fuera de esta desenfrenada carrera hacia el abismo que desde hace tiempo protagoniza nuestra especie. El idiota afirma que ganar es lo único que vale, o en este caso, llegar a un mundial. Lo dice sin entender nada de la vida y de sus procesos; lo grita como si la única razón para alimentarnos fuera saciar el hambre.

    Por ello quienes conducen al fútbol lanzan apellidos con la facilidad  de quien pide números en una venta de lotería: alguno, alguna vez, saldrá; lo importante es mantener entretenida a la masa. Reconocen la medianía y la vulgaridad de sus interlocutores, así como lo fácil que es satisfacer las necesidades de aquellos mezquinos con tribuna.

    Cuando eso suceda, cuando por fin alguien, algún día diga que sí, los títeres mirarán aliviados a sus titiriteros, con una media sonrisa y un sabor agridulce en sus bocas: tras mil intentos dieron con su anhelada primicia pero, aunque la masa apenas tenga tiempo y fuerzas para recordar los ridículos recientes, las marionetas saben que han quedado, otra vez, con el culo al aire.

    Los grandes populistas reconocen en la desesperanza colectiva el combustible que nutre su existencia. Identifican, en cuestión de segundos, todo aquello que añora ese colectivo que les mira y les sigue para así servirse de ello; la masa, desesperada y sin aliento, necesita una limosna que ayude a olvidar su desgracia. Unas monedas que hagan de sedante, y que en el caso del fútbol, como ha afirmado Juan Manuel Lillo, sea un consolador social.

    La masa, urgida de algo que atenúe su angustia, no está interesada -ni puede interesarse- en el bosque: le vale con el árbol para intentar la difícil misión de sobrevivir a tantas injusticias. Tampoco a los voceros, necesitados como están de la consideración de los poderosos y de rascar una pizca de notoriedad. Esas profundidades sobre las que se sustenta cualquier proceso de cambio son cosa para “filósofos”, el novedoso insulto(¿?) de la barbarie hacia aquellos que piensan.

    Como no se ve más allá del pan para hoy, el hambre de mañana se afianza hasta convertirse en una realidad ineludible. Prueba de ello es que el baile de apellidos mantiene su estridencia inicial y las justificaciones que lo mantienen son tan inverosímiles como quienes las promueven. No hay pudor en comerciar con las necesidades emocionales de esa masa olvidada por la divinidad que tanto adoran. El mediocre vodevil que ahora protagonizan no es distinto a los anteriores salvo en que los herederos del recluso aspiran a un reconocimiento que les hace más vulnerables.

    El objetivo es Catar 2022. Llegar a un mundial, creen, servirá para disimular todo aquello de lo que son responsables. No hay ni hubo enemigo externo. Como tampoco planificación alguna. Los títeres y sus titiriteros son eso que Hannah Arendt definió como “La Banalidad del mal”: funcionarios que, concentrados en sobrevivir acorde a las reglas del sistema, se muestran incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

    Que no, que esto no va de Sampaoli, Pekerman, Bielsa o Farías. Tampoco de clasificar a un mundial. Lo que dejó aquel sub-20 de 2017 ha debido servir para separar casualidad de causalidad. No fue así y por ello, este cronista se mantiene en la insoportable tarea de enemistarse con todo y con todos, ya sea por hacer un poco de ruido o por defender el juego que le da de comer a estos aprendices de mercachifles.

    Don Rafael (¿?) hace tiempo que no está. Su ausencia y el presente invitan a recordar a Seneca: “Echarás de menos los males a los que hoy buscas remedio”.

  • Marcelo Bielsa, pasado y futuro en el presente

    Marcelo Bielsa, pasado y futuro en el presente

    Los seres humanos tenemos una extraña relación con el tiempo. Hay quienes opinan que el pasado nos condena mientras que otros, los más optimistas, sienten que nuestra vida es la constante búsqueda de un futuro. No seré yo quien defina esa conexión, sin embargo, tras leer diferentes corrientes de pensamiento, cada día me convenzo más de que el pasado corre hacia el futuro y éste hacia el pasado, como dos trenes dispuestos a chocar. De esa colisión nace aquello que tenemos como el tiempo presente.

    Marcelo Bielsa ha dedicado buena parte de su vida al fútbol. Es un juego que le emociona y le motiva. Aquellos que hayan seguido con atención su carrera encontrarán que sus reflexiones, más allá del acierto o no de las mismas, invitan a pensar en fútbol. Ese, en mi opinión, es su mayor logro.

    A Bielsa le han interesado, desde tempranas etapas de su recorrido, todas las facetas del juego. Una de ellas, los saques de meta, no podía quedar fuera de su observación. Es una acción de la que poco se habla y que la gran mayoría tiene asumida como un hecho automatizado: el portero debe sacar en largo. Sin embargo, como algunas herramientas lo demuestran, desde el saque de meta se sustenta parte de la construcción del juego.

    Le pido al lector que, antes de continuar, observe el siguiente video, correspondiente al primer gol del partido entre el Stoke City y el Leeds de Bielsa, por la quinta jornada de la EFL Championship:

    Aunque el pase de Pablo Hernández a Stuart Dallas es de por sí una preciosidad, sugiero que veamos el bosque y no nos quedemos con el árbol: todo nace de un saque de meta del arquero, que lanza en largo, como la gran mayoría, creyendo que esa conducta le releva de otras responsabilidades futbolísticas.

    Marcelo Scoponi, antiguo arquero de Newell’s Old Boys, contó una anécdota fabulosa que luego reprodujo Federico Lareo en su blog Frases Bielsistas y que, en  honor al periodista argentino, reproduzco en su totalidad.

    “En un partido él (Scoponi) tiraba, en todos los saques de meta, la pelota directamente a la tribuna a la altura de media cancha, provocando el abucheo general del público. Bielsa le había dado la orden, explícitamente, de tirarlos todos afuera, pues decía que del saque lateral del rival recuperaría la pelota más rápido”.

    Aquella acción, que muchos podrían emparentar con la picardía, fue el resultado de esas consideraciones tan propias de Bielsa. Es indiscutible que la ejecución de un saque de banda deja con un hombre menos a quien lo realiza, lo que de una u otra manera limita su avance hacia campo contrario. Sin embargo, el mundo del fútbol, entregado a lo que Byung-Chul Han ha denominado como «el infierno de lo igual», desecha constantemente a quienes lo piensan, porque pensar es el acto más contestatario de todos y el fútbol, hoy negocio más que juego, requiere de operadores pusilánimes y conformistas antes que guerrilleros de la evolución.

    Quisiera volver a aquello que narraba en el inicio de esta exposición y que se centra en nuestra relación con el tiempo. A Bielsa, como a cada uno de nosotros, le persigue su pasado y su futuro. Corren hacia él hasta enfrentarse. Combaten hasta la muerte y allí nace el presente. La honestidad intelectual del entrenador del Leeds permite que tras ese choque no se divisen grandes contradicciones sino la continuidad y la validez de sus procesos reflexivos. Y es esto lo que confirma la magnitud del estudio de nuestro pasado: si el futuro es incertidumbre pura y dura, el ayer, ese tiempo que recuerda lo que alguna vez fuimos, ofrecerá pistas sobre si realmente somos o simplemente estuvimos.

    La verdadera identidad de las personas son los recuerdos”.