
En este nuevo episodio trato dos temas de actualidad: la superficial polémica alrededor de Lionel Messi, y, a propósito del partido entre Emiratos Árabes Unidos y Venezuela, la nueva tendencia de los medios en examinar lo que no se ve.


En esta nueva video columna, opino sobre la construcción de una selección, poniendo la atención en el caso de Venezuela. En tiempos en los que se habla de rotaciones o de onces fijos, creo que es importante tener en cuenta otra mirada.
Fotografías Agencia EFE.
Videos cortesía Directv Sports y diario El País

Primer episodio de Fútbol con Ignacio Benedetti, temporada 2018-2019.
La pelota, qué hacer con ella, la disposición del balón y otras cosas más

Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.
Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.
Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.
Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.
1.- Transiciones:

El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.
César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.
La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.
Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.
Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.
Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.
En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.
Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.
Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).
Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.
Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.
2.- El pase

La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.
El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.
El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.
Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.

Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.
Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.
Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.
No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.
Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.
3.- Acciones a balón parado

Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.
Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.
Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.
No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.
Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.
Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.
4.- Juego con los pies de los porteros

Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.
Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.
El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.
Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:
Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.
En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.
Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quienes correspondan

El fútbol es un juego que en apariencia se juega con los pies. Pero realmente es una actividad en la que el mayor desgaste se produce en otro órgano: el cerebro. Como cualquier actividad, el fútbol requiere de una constante toma de decisiones, y ellas generan un desgaste importante, un cansancio. A eso se le conoce como fatiga cognitiva.
La «Fatiga Cognitiva» es precisamente el desgaste natural que trae consigo el hacer. El cerebro necesita descanso, de la misma manera que las piernas, los brazos o un pie. De lo contrario, su actividad se verá influenciada negativamente por ese agotamiento, y costará aún más tomar las mejores decisiones.
En lenguaje fútbol, cuando un futbolista sufre este desgaste se producen situaciones como que no encontrará a sus compañeros con la misma facilidad que si estuviese fresco; sus pases no tendrán la misma ejecución o intención, y le será muy difícil determinar la solución a cada situación que emerja del juego, esto es, por ejemplo, cuándo correr, cuándo pasar, cuándo quedarse, etc.
¿Qué ayuda a que esta fatiga cognitiva sea superior o vaya en aumento? La complejidad de la tarea, las emociones, el entorno y el contexto, en fin muchas cosas.
Para este caso imaginemos que toca correr cincuenta metros. Seguramente cada uno de nosotros lo haría sin mayor dificultad. Ahora imaginemos hacer ese mismo recorrido llevando una bandeja con copas de cristal. Seguramente, tras varios intentos, muchos podrán perfeccionar su andar. Por último, sumemos a ese recorrido la intervención de rivales que desean interrumpir el camino. A medida que sea más compleja la tarea, mayor será el desgaste cognitivo.
El ejemplo no me pertenece, así que créditos a quién lo haya creado.
Probablemente lo mejor que se ha escrito sobre el tema en el fútbol pertenezca a Dani Fernández, entrenador español. En él hay, además del aspecto teórico, algunas formas de combatirla en los entrenamientos, por ello, mi intención no pasa por aconsejar “futbolísticamente” sino otorgar una visión al público en general.
Jorge Sampaoli y su cuerpo técnico han tomado una valiente decisión: darle el día libre a los futbolistas. Conocedores del agotamiento que sufren la gran mayoría de sus futbolistas tras el año futbolístico, se han adaptado a la realidad, siendo esta que lo primero que deben hacer es recuperar a sus jugadores. Esto supone disminuir la intensidad de las sesiones de entrenamiento, así como darles herramientas para que la fatiga cognitiva disminuya. Sin duda que hay un componente físico en el juego, pero el mismo no puede separarse del cognitivo. No olvidemos que el juego es un todo.
Estas medidas van de la mano con las cuotas de libertad que hoy se critican. Por ejemplo, que los futbolistas puedan salir a pasear, sin la supervisación de nadie, y con su profesionalismo como único consejero, es una opción fantástica: libera estrés, mejora la relación conductor-seguidores, y como si fuera poco, permite a estos futbolistas sacarse presión.
Podría citarle muchos ejemplos que tienen como protagonistas a Pep Guardiola, a José Mourinho, a Luis Enrique, a Zidane o a otros, pero no quiero aburrirle. Lo invito a que busque cómo el propio Sampaoli gestionó este tema cuando conducía a la selección chilena. Nadie podrá olvidar el episodio con Arturo Vidal durante la Copa América de Chile, pero una excepción no invalida la herramienta.

En el año 2018, y tras los apabullantes logros de los entrenadores antes mencionados, es cuando menos sorprendente que el periodismo, tan a gusto tomando partido por alguno de estos grandes directores técnicos, no haya reparado en sus métodos, o tan si quiera en qué los acerca. Supongo que vende más hablar sobre lo que los aleja, o por lo menos lo que el periodismo cree que lo hace.
Este es el periodismo que sigue pensando en el futbolista como un trabajador incapaz de reconocer las obligaciones de su labor, por ello exigen medidas que dificultan un buen rendimiento, y que ellos, sus promotores, no cumplen ni cumplirían.
Sé que es una batalla perdida, pero de igual manera le recomiendo investigar sobre el pensamiento y la obra de estos nombres que daré, ya que son ellos los vanguardistas del entrenamiento y de juego que han estado trabajando por más de 20 años para hacer de este juego un juego más humano y menos estúpido.

Francisco Seirul.lo Vargas; Joan Vilà; Juan Manuel Lillo; Vítor Frade; Julio Garganta; Natalia Balagué; Carlota Torrents. Ellos y muchos más, con su comprensión de que la actividad deportiva es protagonizada por seres humanos, le han dado al fútbol mejores herramientas. Valdría la pena que expertos y analistas se informaran y dejaran de lado viejos lugares comunes.
El fútbol sigue siendo el mismo de siempre. Lo juegan once jugadores y se enfrentan a otros once por la disposición de una pelota y con la intención de hacer un gol más. Lo que ha cambiado es la manera de entrenar, de hacerlo más humano.
Fotografías cortesía de EFE y de la web. Créditos a quienes corresponda


“Cada vez se dispone de más información, pero de menos asesoramiento sobre lo que es útil. Sin poder discernir, disponer cada vez de más información no hace sino confundir”. Joseph O’Connor e Ian McDermott
A raíz de la publicación de las listas de futbolistas que acudirán al mundial de Rusia 2018, los seleccionadores nacionales han sido objeto de cuestionamientos, la gran mayoría de ellos sustentados en estadísticas, cifras, y, cuando no, suposiciones alejadas de la realidad de los procesos.
La selección que he tomado en cuenta para esta entrega es Argentina, la Argentina de Jorge Sampaoli. La razón por la cual seleccioné al conjunto sudamericano es porque no creo que exista, en estos momentos, un equipo con mayores cuotas de angustia, y tal cual nos ha educado el cine y el teatro, no hay nada más atractivo que todo aquello que tiene su origen en el drama o en el caos.
Antes de continuar es pertinente recordar que un sistema es un grupo de elementos que se relacionan entre sí. Cada una de esas piezas posee características propias, y cuando se integran a la dinámica de ese sistema, agregan a su naturaleza otras características que emergen precisamente de la interacción de todos los componentes.
Pongamos como ejemplo un auto. Cada uno de sus componentes tiene un sentido siempre que estén interconectadas. Un motor, sin combustible, sin aceite, aislado del radiador o del sistema de aceleración, no es más que un motor, y su utilidad es menor, por no decir nula. En cambio, como parte de ese sistema que conocemos como automóvil, el motor cumple una función indiscutiblemente trascendental.
Es por ello que se afirma con contundencia que un sistema es más que la suma de sus partes. Un equipo de fútbol es, como queda claro, un sistema, que además es dinámico y abierto; es un ente susceptible a la influencia de miles de factores externos e incontrolables. Le pido al lector que recuerde esta máxima, con la intención de comprender que la incertidumbre es parte de los procesos.
Sin embargo, y a pesar de que el pensamiento sistémico y las teorías de la complejidad hace tiempo que intentan derribar las resistencias del pensamiento convencional, ese de la relación causa y efecto, la enorme mayoría de analistas insiste en pensar al fútbol a partir de las estadísticas y los números, despreciando factores tan básicos y a la vez tan importantes como las relaciones, las interrelaciones, las interdependencias y las interacciones.
El éxito o el fracaso no pueden ser anticipados. Un torneo como el mundial de fútbol ofrece espacio y tiempo para que cada integrante de un sistema absorba todo lo que el sistema tiene para darle, y, cómo no, agregue lo que es a esa comunión de características que es un sistema.
Sampaoli y sus circunstancias

La nominación de los veintitrés futbolistas argentinos convocados para el mundial ruso zanjó gran parte de la discusión. Es por ello que lo que debe concentrar la atención es qué intentará hacer Argentina con esos elementos que compondrán el sistema.
Hace poco más de un año, cuando estaba al mando del Sevilla, Sampaoli expuso que prefería jugar con un solo volante central, ya que ello ayudaría a tener una mayor presencia cerca del área rival:
No es un detalle menor que en aquella etapa, el hoy seleccionador albiceleste contaba con la asesoría de Juan Manuel Lillo. El entrenador español muchas veces ha dicho aquello de “dime con qué mediocentro juegas y te diré qué equipo eres”, una máxima que parece determinar a qué intentará jugar la selección argentina.
Por ello es que, contrario a la afirmación totalitaria de que los equipos se arman desde atrás hacia delante, lo primero que vale la pena revisar es cuáles futbolistas capaces de jugar en esa zona del campo ha convocado Argentina.
La primera opción, salvo que su estado físico lo impida, es para Lucas Biglia. El del AC Milan no es precisamente un jugador que se destaque en la distribución del balón. Aunque cuente con la compañía de Ever Banega o de Giovani Lo Celso, Biglia, en la gran mayoría de los casos, intentará ordenar al equipo geográficamente dependiendo de donde se mueva el rival. Esto, que parece una obviedad, no lo sería si el equipo argentino contara con un futbolista más dado a la construcción del juego a través del balón. Fernando Gago se adapta a ese perfil, pero su convocatoria no era posible, dada la larga inactividad que vivió en el último tiempo.
Esto tiene una consecuencia añadida, y es que los defensores centrales, ante el pressing rival, encontrarán muy pocas opciones para salir jugando en corto, algo que puede facilitar la actuación de los contrarios. No debe olvidarse que este es un juego de variantes, por lo tanto hay que recordar aquella instrucción de Dante Panzeri: «Ni todas cortas, ni todas largas. Todas cortas es fulbito. Todas largas es rugby«.
Biglia no tiene incorporado en su juego esa pausa necesaria para que el equipo sea un bloque más corto, y tampoco con los socios que sientan propia esa forma de jugar. Esto, que aparenta ser una desventaja, es un valor para esta selección, y ya veremos por qué.
Sin laterales, pesarán más las transiciones que el juego posicional
En noviembre de 2017, Sampaoli expuso un concepto que le ocupa desde que asumió la conducción del equipo argentino:
«Si Argentina tuviera a Dani Alves y a Marcelo seguro jugaríamos con dos laterales. Estamos buscando una alternativa que nos haga un equipo no predecible. Me preocupa mucho la forma y el estilo con que Argentina encare esta Copa del Mundo. Con un protagonismo desmedido y una búsqueda del arco rival todo el tiempo«.
Recordar aquella declaración ayuda a comprender por dónde puede pasar la idea de juego argentina.
Ante la ausencia de laterales de largo recorrido como los mencionados, el seleccionador intentó reconvertir a futbolistas, incluso modificando sus alineaciones para jugar hasta con tres defensores centrales. Marcos Acuña y Eduardo Salvio fueron quizá los mayores exponentes de esa adaptación que pretendía Sampaoli, ya que por su condición de volantes externos el seleccionador pretendió ubicarlos como “carrileros», pero este experimento no dejó buenas conclusiones. La convocatoria de Cristian Ansaldi, casi a última hora, es una señal de esa insatisfacción del DT, lo que probablemente le lleve a proponer un equipo más cauteloso, con menor participación de los laterales en la construcción de juego.
Esta posibilidad parece englobarse dentro de un pensamiento coherente: el fútbol es un matrimonio entre las cualidades de los futbolistas y las ideas del entrenador. Sin laterales de largo recorrido ni volantes centrales expertos en la circulación del balón, las intenciones de acercarse al juego de posición (o de ubicación) parecen haber sido veladas y enterradas.
Con pelota y sin pelota
Le propongo al lector que piense en el juego de una manera diferente a como lo ha hecho siempre. En vez de pensar en defensa y ataque, imagine el accionar de un equipo en función de cómo se comporta cuando dispone de la pelota y cómo cuando pretende recuperarla.
Partiendo de esa premisa, y de que este trabajo no es más que un ensayo, una serie de especulaciones, puede pensarse que la Argentina de Jorge Sampaoli encontrará mayores cuotas de éxito a partir de los espacios que deje el rival que los que ella misma se genere.
En cada partido de fútbol hay momentos para el contragolpe, para el contraataque y para el ataque posicional. Las probabilidades de éxito aumentarán cuando un equipo sepa promover y aprovechar esas situaciones que más le beneficien.
Debo aclarar que entiendo al contragolpe y al contraataque como dos conductas diferentes. El primero lo asemejo al intercambio de golpe por golpe, algo parecido al concepto de ida y vuelta que muchos utilizan para describir la Premiere League inglesa. El contraataque, más que el golpe por golpe, me parece similar a la vieja estrategia de aguantar hasta que se pueda lanzar un ataque: cede el protagonismo al rival y cree posible aprovechar las pocas oportunidades que ofrecerá el partido para hacer daño.
La primera impresión tras revisar la lista de Sampaoli es que, tras los ensayos previos, el casildense dejó de lado la idea de que su equipo dispute los partidos cerca del área rival, y que trasladará esa zona de acción al centro del campo. Por ello el término “disputar” podría ser clave para comprender dónde están las fortalezas de su equipo.
Sus mayores virtudes no están en el juego asociado sino en las rápidas transiciones. Di María, Messi, Agüero y Pavón, los posibles titulares en el debut ante Islandia, son especialistas en aprovechar esos espacios que deje el contrario. Es muy distinto el control a la disputa, y esta versión argentina me parece que dependerá mucho de lo que le “gane” al contrario.
Aún así, no se extrañe el lector cuando en la mayoría de los partidos Argentina se vea obligada a construir un juego de pases, un juego asociativo, dado que los rivales, conscientes de esto que aquí señalo, seguramente optarán por cederle la iniciativa del partido. Basta revisar el encuentro ante Venezuela, en Buenos Aires, por las eliminatorias, o repasar el pasado mundial, para tener una idea de cuánto le cuesta a esta selección construir avances en juego posicional.
Entonces, no sería una locura pensar que, en fase de disposición del balón, Argentina prefiera una salida en velocidad, y esta, si se origina en el centro del campo, o en tres cuartos de cancha propios, le ofrecerá a sus atacantes, dadas sus cualidades, mayores probabilidades de éxito.
Esta manera de jugar le permite a Sampaoli la posibilidad de que su equipo logre constituirse en un bloque corto, sin mayor espacio entre sus líneas. En principio no habitará la zona que inicialmente ideó para su selección (tres cuartos de cancha, en territorio rival) pero ayudará a que las carencias de Biglia, Banega, Lo Celso y Javier Mascherano (anunciado en la lista como mediocampista) sean contrarrestadas por las ayudas de los compañeros.
Este dispositivo ayudará a limitar los espacios de acción a los contrarios y promoverá las respuestas que mejor interpretan los Di María, Pavón, Messi, Agüero y compañía. No es casual la ausencia de un experto en goles al primer toque (Mauro Icardi) ni de Batistuta 2.0 (Lautaro Martínez).
Otro elemento a considerar es el llamado de Franco Armani.
El portero de River Plate no parece ser un convidado de piedra sino alguien que peleará por la titularidad del arco albiceleste.
Además de ser un portero intimidante, conocedor de su área y con una actualidad inigualable, el ex Atlético Nacional de Colombia posee un juego de pies envidiable. Esto no se circunscribe exclusivamente a los pases en corto; Armani, si la circunstancia así lo requiere, puede promover con pases largos, al vacío, la aparición de sus atacantes en zonas olvidadas por el contrario.
En pocas palabras, Armani entiende perfectamente lo que el juego le exige y puede hacer, sin mayor problema, lo que Jasper Cillesen en la final de Copa del Rey ante el Sevilla:
Ausencias sistémicas
“El deporte sólo puede estudiarse, salvo mejor opinión, con fundamento en una ciencia social y humana, donde el ser humano es un complejo organizacional abierto, en permanente simbiosis con el medio, en un ininterrumpido flujo dinámico”. Manuel Sergio
El pensamiento tradicional invita a pensar que quienes ofrecen un determinado rendimiento en cierto contexto reproducirán ese rendimiento en otros entornos. Por ello, muchos interpretan al fútbol a partir de la acumulación de estadísticas, obviando de manera intencionada el componente humano, es decir, todo lo que emerge de las relaciones, las interacciones, las sinergias, etc.
Aunque parezca una obviedad, el fútbol es un juego interpretado por seres humanos, en oposición directa con otros seres humanos por el control del balón. El carácter humano y su verdad antagonista hacen que su desarrollo sea incertidumbre pura y dura. Quienes mejor se adapten a las dinámicas colectivas y del juego son los que mayores aportes darán a los colectivos que integran.
La ausencia de Mauro Icardi, líder goleador de la Serie A, igualado con Ciro Immobile con 29 tantos, puede tener muchas explicaciones, y, sin embargo, las razones para su convocatoria, o por lo menos las que muchos han hecho públicas, se reducían casi siempre a la cantidad de goles marcados con su club en el difícil fútbol italiano.
No será en este escrito en dónde usted encuentre críticas al juego del delantero del Inter de Milán. La propuesta de estas líneas es sugerirle al lector que el fútbol es mucho más que números; recordar que los contextos y las relaciones influyen, por lo que un magnífico futbolista puede no serlo en un entorno diferente. Basta recordar las diferencias futbolísticas entre el Messi que juega en el FC Barcelona y el que “sufre” con Argentina para comprender esto.
La labor de los seleccionadores, dado el poco tiempo que tienen para experimentar y ensayar, se sustenta en ser muy afilados a la hora de seleccionar con quienes ir a una competencia. Alguna vez, en un diálogo íntimo, César Luis Menotti defendió a un colega suyo, a quien algún soberbio quiso menospreciar tildándolo de ser “solamente” un buen alineador. Menotti, respetuoso y conocedor como pocos del oficio, le respondió a su interlocutor, preguntándole si saber elegir le parecía tan simple.
“Hay en el fútbol más caosalidad (de caos) que causalidad (de causa). ¿Cómo puede haber exactitud en el fútbol? Por eso, en é, los grandes jugadores son aquellos que reinventaron el fútbol y no los que se limitaron a responderle”. Manuel Sergio.
El tiempo dirá si Sampaoli se equivocó en la elección de futbolistas, pero aún así, no debe olvidarse que a un entrenador, a un conductor de grupos, se le paga para tomar decisiones.
Tras la primera de las más importantes que determinarán su paso por el equipo argentino, el seleccionador parece haber dado un giro importante en post de darle un poco de estabilidad al movedizo y angustioso proceso argentino. Sampaoli ha apostado por un núcleo duro que ya conoce este tipo de torneos, y que siente la necesidad muy propia de finalizar su ciclo con una victoria de esas que no se olvidan.
Por ahora da la impresión de que para ello se ha promovido la vuelta a la esencia que caracterizó a la versión que condujo Alejandro Sabella en el pasado mundial: un equipo corto, de potentes descargas eléctricas y con Messi como símbolo. La dinámica de estos torneos, así como lo incierto que es este juego, invita a pensar que de tanto caos puede nacer algo importante.
Es fútbol, y cualquier cosa puede pasar
Fotografías cortesía de Diario Uno, Líbero, Goal.com, Futbolred, Sport24