Categoría: Fútbol

  • Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos»

    Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos»

    Esta semana converso con el historiador, escritor y profesor universitario Ángel Iturriaga en «Mí fútbol, con mis amigos». El fútbol español, la selección ibérica y su éxito pasado; el Barcelona y la pérdida de identidad, su próximo libro sobre futbolistas históricos de la Copa de Europa.

     

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  • Lo que no dicen los esquemas

    Lo que no dicen los esquemas

    ¿Qué nos asombra más, la aparente novedad de algunas conductas o la individualidad del ser humano en la reproducción y puesta en escena de las mismas? Lo que no dicen los esquemas es que cada conducta, dentro de un terreno de juego, tiene mucho de individual y el ser humano es un ente único e irrepetible.

    Me explico: sobre el “Equipo de Oro” húngaro se ha escrito mucho. Quienes deseen entrar en las páginas de los libros encontrarán que aquella selección mostró unos postulados futbolísticos muy definidos sin que su juego fuese un producto acabado, rígido o inalterable. Juan Manuel Lillo sostiene que «al fútbol se juega desde el puesto y no en el puesto«, confirmando que las posiciones más que describir limitan

    Alex Couto, en su libro “Los estrategas que han cambido la historia”, relata la goleada húngara a Turquía, un gol por siete, en la semifinal de los Juegos Olímpicos de Helsinski 1952. En su narración se lee:

    Completaron la goleada Palotás, Bozsik y el defensa lateral izquierdo Lantos, quien en una de sus habituales subidas supo culminar la acción y elevar al macador una aportación que por costumbre se convertiría en habitual”. (Fúbol total. Los estrategas que han cambido la historia. Pág. 79).

    Es harto difícil afirmar que la conducta del lateral húngaro constituyese una novedad. No obstante, siendo el fútbol un juego cuyo reglamento establece que vencerá aquel que marque un tanto más, es probable que Lantos no haya sido el primero en ejecutar ese tipo de acciones. Aún así, la evolución de los esquemas posicionales, así como la importancia que le han dado desde algunas tribunas, sugiere que lateral húngaro efectivamente fue uno de los intérpretes de ese rol que marcaron el camino, gracias a sus cualidades innatas y, como no, al atrevimiento y la visión de Gustav Sebes, el director de aquella incomparable orquesta.

    El paso del tiempo ha confirmado la influencia de los laterales en la construcción de juego. Brasil, por ejemplo, ha sido el país que más ha sacado provecho de ellos en los últimos años. Ahí están Carlos Alberto, Nelsinho, Roberto Carlos, Branco, Jorginho, Cafú y Dani Alves, sólo para nombrar a los más reconocidos, como prueba irrefutable de ello. No es casual que el país amazónico haya sido uno de las escuelas futbolísticas más “tocadas” por el legado de los entrenadores húngaros que llegaron al continente americano a finales de la primera mitad de siglo XX.

    Ahora bien, aunque los jugadores mencionados anteriormente hayan sido fieles representantes y continuadores de una idea, esto no significa que su jugar fuese idéntico. No se olvide nunca: cada uno es siempre según sus características, sus relaciones y sus oposiciones.

    Para adentrarse en las profundidades del fútbol hay que rendirse ante una de las más potentes evidencias que éste nos enseña: los roles son unos en la pizarra mientras que el individuo, en el campo, es mucho más que eso. Aceptar que el futbolista es un ser humano que cumple con el oficio de futbolista es el primer paso hacia la comprensión de este juego de juegos (Paco Seirul•lo dixit).

    Cafú y Dani Alves interpretaron los requerimientos de ese rol, siempre en consonancia con los compañeros, los rivales y las circunstancias. Este ejemplo no hace más que confirmar que detrás de cada referencia al esquema posicional inicial no hay más que pereza o temor. Sí, miedo a reconocer que este es un juego humano, demasiado humano, en el que son pocas las verdades absolutas.

    ¿1-4-3-3? Mejor hablemos de futbolistas, que como afirma Lillo, “para saber de fútbol primero hay que saber de futbolistas”.

    Fotografía encontrada en internet. Crédito a quién corresponda

  • La miseria

    La miseria

    El «Capitán Barbarie» aplaude y exige al auditorio que haga lo mismo. Todos de pie, emocionados, conmovidos. Chocan sus manos mientras sonríen. Celebran que el respetable ha dejado de ser tal: apenas si sobrevive a los avatares de la vida moderna. Que viva la miseria, parecen corear los mercachifles, para satisfacción del hombre que a nada le teme.

    Que nadie olvide la frase: «Votar sí a la moción es votar no a Cruyff«. El Edward John Smith blaugrana, responsable de toda la porquería que lanzan en contra de la más gloriosa generación de futbolistas que haya visto el FC Barcelona, se esfuerza por hacerle creer a la concurrencia que todo estaba acordado, que presentar un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) es algo natural en una empresa que obtuvo, durante el período 2018-2019, ingresos por 990 millones, récord en la historia del club.

    Horas después de que Lionel Messi y Gerard Piqué expusieran ante el mundo su disconformidad con quienes conducen al club («No deja de sorprendernos que desde dentro del club hubiera quien tratara de ponernos bajo la lupa e intentara sumarnos presión para hacer algo que nosotros siempre tuvimos claro que haríamos»), el «Capitán Barbarie» hizo su ronda habitual para exponer su versión al mundo: no hay conflicto porque el acuerdo con los futbolistas es total («Messi me dijo desde el primer día: ‘Esta rebaja hay que hacerla’»). Esto, acompañado por los habituales trascendidos y rumores sobre fichajes imposibles e imaginarios cuyo objetivo es anestesiar aún más a la masa.

    Sepa el respetable que acá nadie descansa. Ni si quiera en tiempos de pandemia. El Titanic mantiene su ruta y la música continua sonando. El barco se acerca al temido Iceberg, al tiempo que el «Capitán Barbarie» invita a brindar por la muerte de la idea, por el fin de aquello que alguna vez fue ejemplar. Fiesta, velorio y cajón.

    Cosas de la miseria entremezclada con la barbarie. Cosas del empresario que hizo campaña en contra el padre del modelo.

     

  • El poder, la masa y el odio

    El poder, la masa y el odio

    El poder requiere del entretenimiento como herramienta para narcotizar a la masa. Lo que en Roma fue el círculo romano hoy es el fútbol. Nada ha cambiado.

    El poder lo tiene todo. Quienes creen que la fuerza de este reside en el dinero no hacen más que pegarse tiros en los pies. El poder determina roles, oficios y relaciones; todo aquello que en apariencia funciona, lo que en muchos casos no hace más que separarnos, es lo que sostiene al poder.

    Aquellos grupos resultantes de estas divisiones tienen como muy propio la aspiración a imponerse a quienes ahora son sus rivales, sus enemigos. Mientras unos y otros combaten por un par de centímetros más, el poder se sostiene y crece. Los griegos inventaron la fórmula de “divide y reinarás”(διαίρει καὶ βασίλευε); nosotros, los habitantes actuales de esta tierra, apenas si nos enteramos de la vigencia de aquel mandato.

    El poder, ya se ha dicho, requiere del entretenimiento para que la masa desatienda sus necesidades básicas. Gracias a los efectos del entretenimiento, y vaya si el fútbol encarna todo lo que este es, el hombre-masa aparca su inconformidad para con la autoridad y la redirige hacia quienes ahora le representan. Futbolistas, entrenadores y dirigentes, esos son los nuevos blancos de la furia colectiva. El poder nunca estuvo tan cómodo en su sitio.

    Este viejo esquema libera a quienes han fracasado sostenidamente en sus intentos de conducir al rebaño hacia mejores estadios. Los protagonistas del fútbol hacen de escudo protector, de cortina que sostiene su anonimato; las frustraciones y el odio apuntan al perdedor de turno gracias a que lo episódico se fue imponiendo, hasta encontrar en el fútbol su refugio.

    El poder conoce las miserias y las aspiraciones del hombre-masa. Por ello ideó hombres funcionales a su causa. Uno de ellos es el “Capitán Disfraz”, el reflejo de los ídolos que requiere la masa actual: el hombre-espectáculo.

    Este Frankenstein futbolístico es el oponente perfecto para enfrentar a los Pep Guardiola de turno. Mientras el entrenador catalán representa al deportista que cultiva su cuerpo y su espíritu, el “Capitán Disfraz” es el futbolista que cumple con las exigencias impuestas por el poder para sostener al fútbol-espectáculo en su rol de consolador social. Hablo del hombre-deportista convertido en hombre-espectáculo que renuncia a su condición de ciudadano y que no se interesa en nada que no sea su beneficio personal. Es el perfecto idiota aristotélico: el supremo egoísta, aquel que no estaba interesado más que en su asunto.

    Aquello que representa el “Capitán Disfraz”, es decir, la perversión definitiva del hombre que vive en sociedad, se aplaude hasta la veneración porque no pone en riesgo al statu quo. No supone un riesgo ni un ataque al poder: es él quien atrae y convoca a la masa hacia los espacios que el poder sugiere.

    Retorno a Guardiola como representante de todo lo opuesto al “Capitán Disfraz”. Su condición de hombre-futbolista no impidió que cultivase su espíritu. Lo hizo según sus necesidades y acorde a sus emociones. A su manera y no según los intereses de quienes mueven los hilos. En el siglo de la información no le debaten sino que le condenan, probablemente porque acusar es una conducta natural de la masa y pensar es un hecho contracultural. Caminar por veredas opuestas no debería ser causa de odio, sin embargo, en los tiempos de la política del espectáculo, basta y sobra.

    Kike Marín siempre regresa a unas sabias palabras de Juan Manuel Lillo: «No voy a opinar sobre las opiniones. Eso es lo bonito del fútbol, opinar”. Lillo, otro expulsado por la masa reaccionaria, desnuda con su reflexión las formas cómo el poder, a través del entretenimiento, se hace fuerte y conduce a esa masa a seguir siendo masa: opinar sobre opiniones es un hecho reaccionario, tanto como el espíritu del fútbol actual. Opinar sobre opiniones no requiere más que la exhibición de nuestro costado más primario, ese que nos lleva a defender cómo sea la pequeña parcela que ocupamos.

    La grandiosidad del ser humano reside en su capacidad para escuchar, aprehender y debatir planteamientos e ideas. Esto, por supuesto, de la mano de emociones y sensaciones que condicionan tanto como lo anterior, una circunstancia que le hace convivir con el error como ninguna otra especie. Opinar sobre opiniones invalida el proceso antes descrito y lleva a la masa a creer que la feroz defensa de algo que cree correcto se sostiene en la violencia de la misma.

    El poder, promotor del fútbol-espectáculo como herramienta narcotizante, nunca antes estuvo tan cómodo en la lucha por sostener su condición. El rechazo de la masa hacia lo distinto, que sigue vigente y se sostiene gracias a la ausencia de mentes claras que inciten algo distinto a la simple pertenencia, cuenta hoy con altavoces más fuertes y más potentes, capaces de contagiar a esa masa de plagas que no acaban con la vida pero sí con el espíritu humano.

    Bienvenidos al fútbol-espectáculo. Prepárese para odiar.

    P.D: Ahora que se descalifica a Messi como capitán y se le oponen las actuaciones del Capitán Disfraz se hace necesario recordar que este último tiene más expulsiones que el mismísimo demonio y que acumula ya dos ausencias por sanción en la eliminación de su club en la UEFA Champions League. Cosas de la memoria…

    Fotografía encontrada en internet y etiquetada para su reutilización

  • La barbarie apunta a Zidane

    La barbarie apunta a Zidane

    Los ataques desproporcionados a Zinedine Zidane, un tipo que encarna sensatez pura y dura, son el símbolo de nuestros tiempos: la vigencia del ser apenas subsiste las horas siguientes a un triunfo. Los mercenarios y mercachifles necesitan la caída de todos. Incluso la de un hombre moderado como el francés para mostrarse ante la masa como los guardianes de algo que ni ellos pueden ni quieren definir. Ese algo es la barbarie, la misma del circo romano y del pulgar del César. Es más productivo destruir que intentar encontrar razones.

    Tras la derrota del Real Madrid ante el Manchester City, y hasta que llegue la próxima victoria, Zidane será el blanco fácil de los parásitos del fútbol. Le acusarán de incapaz, de no saber conducir y hasta de no escuchar a los expertos, aquellos que nunca se equivocan.

    A diferencia de la crítica alrededor del juego del FC Barcelona, al marsellés solamente se le juzga por si su equipo ganó o perdió. Las formas nunca importaron al entorno, ya se sabe, por aquello de que «en el Madrid sólo vale ganar». Este atentado en contra del conocimiento es posible gracias al apoyo e impulso de potentes altavoces y sus bufones funcionales. Los de ayer y los de hoy.

    La masa, adueñada de los espacios que antes estaban reservados para el análisis, huele sangre, desea ver rodar cabezas y requiere culpables. Todo esto como consecuencia de una derrota. Luego, si el Madrid lograse superar al mismo rival que les venció hace apenas unas horas, Zidane volverá a ser “uno más de los nuestros”, o, peor aún, afirmará, sin temor al ridículo, que Zidane “escuchó el clamor de los expertos y de la grada”. Nunca antes tuvo la masa tanta fuerza y tanta incidencia en la inmundicia.

    El fútbol nos retrata. No a Zidane ni a Pep sino a todos nosotros, los hombres-masa destructores y odiadores seriales. El Übermensch de Nietzsche, aquel hombre que alcanza su libertad creativa y espiritual y que, por ende, supera su condición inicial de hombre-masa, nunca estuvo tan lejos de ser posible.

    El fútbol desnuda nuestras miserias. El fútbol no es una razón para ser optimistas. Es una herramienta para observarnos a nosotros mismos y hasta vomitar por toda la mierda que alimentamos gracias a nuestras inseguridades y nuestro desprecio.

    Que los ingenuos enciendan la tele y aplaudan a los vengadores de la oscuridad. El espectáculo destructor les ha narcotizado hasta el punto de que no ven fútbol sino que se ven y se celebran a ellos mismos. Pobres ilusos, pobre juego… pobres de nosotros.

  • Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Luego de perder un partido y no encontrarle una explicación racional a muchas cosas, un grupo de amigos nos vimos las caras y nos conjuramos en mandar todo al carajo. No obstante, el menos reflexivo de aquel grupo pronunció unas palabras que hasta el día de hoy me acompañan: nunca hay que tomar decisiones trascendentales en la madrugada.

    Aquella frase hizo que interrumpiésemos el plan inicial. Valió la pena porque lo que vivimos posteriormente fue inolvidable. Sin embargo, mientras creíamos que podíamos continuar con lo soñado, perdimos de vista que a nosotros ya nos habían madrugado.

    La madrugada es aquel período que sucede a la noche y antecede a la mañana. Sirve de refugio para ladrones y mal vivientes, como también para las más intensas pasiones. Por eso, salvo que uno sea un malhechor o esté sumergido en determinados placeres de esta vida, mejor dejar la madrugada para el descanso y la paz.

    Madrugar es anticiparse; a alguien lo madrugan cuando se le gana el tiempo. Quienes pretendan madrugar a sus oponentes necesitan cumplir con varios requisitos. Algunos de ellos variarán según la circunstancia mientras que otros son imprescindibles. Podría decirse que estos últimos forman parte del manual de la anticipación y entre ellos está el conocimiento del campo de batalla: sólo quien domina los espacios podrá triunfar. Y los espacios contienen personas, seres humanos, por ende, esto se trata de geografía y de antropología.

    La más que probable asunción de José Peseiro como seleccionador nacional descubre un panorama que algunos han ignorado: nadie se sostiene en el ejercicio del poder por mera casualidad. Lamento informarle al lector desprevenido que, aunque exista el azar y este influya a niveles insospechados en todas las áreas de nuestra existencia, también es imprescindible conducir a la fortuna para que esta nos favorezca.

    Hay en la Federación Venezolana de Fútbol algo mucho más sustancial que una guerra de poderes, que puede que exista y sea a cuchillo, pero esta no explica casi nada. En la FVF conviven personas que conocen el terreno a la perfección; funcionarios que son expertos en contemplar e identificar conductas, lo que les ayuda no a sobrevivir sino a mantener el poder. No es necesario apuntar nombres: si usted ha llegado hasta acá es porque conoce un poco de la realidad del fútbol venezolano. Son gente del fútbol venezolano, que no se desviven por el balompié extranjero sino que han construido lo que hoy es el fútbol venezolano. Esto que para muchos es un desastre es para otros su obra de vida.

    Recuerdo que tras visitar la residencia presidencial argentina y cantar para Carlos Menem, a Charly García, autor de un sinfín de melodías que ya son universales, le cuestionaron sobre las razones que motivaron su visita al mandatario, a lo cual respondió, con su acostumbrada genialidad, que le interesaba conocer al poder desde dentro.

    Quienes de alguna u otra forma han interactuado con quienes dominan realmente al fútbol venezolano pueden dar fe de lo que aquí se escribe. No podrán decir lo mismo quienes se inmovilizan ante el brillo que emana de la autoridad. Tampoco los necios que producto de un ataque de soberbia se creen capaces de manipular a la experiencia y al conocimiento. Estos papanatas, animados por el terrible afán de hacerse notar, cumplen a la perfección con el rol que el poder les ha asignado: ser altavoces de la confusión que el poder instaló hace más de cuarenta años y que solamente le beneficia a él.

    Ni que hablar de los recién llegados mercaderes que aspiran a aprovecharse de la sonrisa cómplice y circunstancial de quién tiene todo y lo maneja todo. Sepan de una buena vez que el poder es poder porque otros no tienen cómo llegar a serlo. Solamente los idiotas niegan una realidad tan potente. Además, el poder sabe cómo garantizarse su subsistencia mientras que los aspirantes y sus alcahuetes apenas si pueden ponerse de acuerdo en su reconocimiento existencial.

    Kaiser Soze, el mítico personaje interpretado por Kevin Spacey en el inolvidable film, dijo aquello que “el mayor truco del diablo fue hacerle creer a la humanidad que él no existía”.

    Todo sigue igual en el fútbol venezolano. Y no hay hasta ahora señal alguna para creer que el poder se debilita. Porque para atacar al poder hay que saber algo más que de números. Es necesario saber de personas, conocer sus vidas y sus debilidades, y en eso nadie le gana al poder.

  • Vodevil vinotinto

    Vodevil vinotinto

    No hay proyecto, porque el plan es un nombre. El que sea. Primero fue José Pekerman, en el intermedio sonó César Farías y ahora es Jorge Sampaoli. La idea es que no hay idea.

    En los tiempos de lo posible y el rendimiento inmediato, el fútbol no se queda por fuera de esta desenfrenada carrera hacia el abismo que desde hace tiempo protagoniza nuestra especie. El idiota afirma que ganar es lo único que vale, o en este caso, llegar a un mundial. Lo dice sin entender nada de la vida y de sus procesos; lo grita como si la única razón para alimentarnos fuera saciar el hambre.

    Por ello quienes conducen al fútbol lanzan apellidos con la facilidad  de quien pide números en una venta de lotería: alguno, alguna vez, saldrá; lo importante es mantener entretenida a la masa. Reconocen la medianía y la vulgaridad de sus interlocutores, así como lo fácil que es satisfacer las necesidades de aquellos mezquinos con tribuna.

    Cuando eso suceda, cuando por fin alguien, algún día diga que sí, los títeres mirarán aliviados a sus titiriteros, con una media sonrisa y un sabor agridulce en sus bocas: tras mil intentos dieron con su anhelada primicia pero, aunque la masa apenas tenga tiempo y fuerzas para recordar los ridículos recientes, las marionetas saben que han quedado, otra vez, con el culo al aire.

    Los grandes populistas reconocen en la desesperanza colectiva el combustible que nutre su existencia. Identifican, en cuestión de segundos, todo aquello que añora ese colectivo que les mira y les sigue para así servirse de ello; la masa, desesperada y sin aliento, necesita una limosna que ayude a olvidar su desgracia. Unas monedas que hagan de sedante, y que en el caso del fútbol, como ha afirmado Juan Manuel Lillo, sea un consolador social.

    La masa, urgida de algo que atenúe su angustia, no está interesada -ni puede interesarse- en el bosque: le vale con el árbol para intentar la difícil misión de sobrevivir a tantas injusticias. Tampoco a los voceros, necesitados como están de la consideración de los poderosos y de rascar una pizca de notoriedad. Esas profundidades sobre las que se sustenta cualquier proceso de cambio son cosa para “filósofos”, el novedoso insulto(¿?) de la barbarie hacia aquellos que piensan.

    Como no se ve más allá del pan para hoy, el hambre de mañana se afianza hasta convertirse en una realidad ineludible. Prueba de ello es que el baile de apellidos mantiene su estridencia inicial y las justificaciones que lo mantienen son tan inverosímiles como quienes las promueven. No hay pudor en comerciar con las necesidades emocionales de esa masa olvidada por la divinidad que tanto adoran. El mediocre vodevil que ahora protagonizan no es distinto a los anteriores salvo en que los herederos del recluso aspiran a un reconocimiento que les hace más vulnerables.

    El objetivo es Catar 2022. Llegar a un mundial, creen, servirá para disimular todo aquello de lo que son responsables. No hay ni hubo enemigo externo. Como tampoco planificación alguna. Los títeres y sus titiriteros son eso que Hannah Arendt definió como “La Banalidad del mal”: funcionarios que, concentrados en sobrevivir acorde a las reglas del sistema, se muestran incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

    Que no, que esto no va de Sampaoli, Pekerman, Bielsa o Farías. Tampoco de clasificar a un mundial. Lo que dejó aquel sub-20 de 2017 ha debido servir para separar casualidad de causalidad. No fue así y por ello, este cronista se mantiene en la insoportable tarea de enemistarse con todo y con todos, ya sea por hacer un poco de ruido o por defender el juego que le da de comer a estos aprendices de mercachifles.

    Don Rafael (¿?) hace tiempo que no está. Su ausencia y el presente invitan a recordar a Seneca: “Echarás de menos los males a los que hoy buscas remedio”.

  • Laterales, ubicación y posición

    Laterales, ubicación y posición

    Una de las primeras instrucciones que se dan en el fútbol formativo es que los jugadores deben “cerrar” cuando se está jugando por el costado opuesto al que ocupan. Es por ello que normalmente se puede observar que, tanto laterales como extremos, centralizan su posición cuando el balón recorre espacios contrarios a su ubicación. Sin embargo, este tipo de instrucción se fue convirtiendo en una verdad absoluta, eso que llaman un «automatismo», y que apenas sirve para alejar al jugador de la comprensión del juego: cuándo y por qué deben realizarse determinadas conductas.

    La ubicación del futbolista en el campo de juego obedece, idealmente, a una serie de factores. Se pueden contar entre ellas a la intención de su equipo, a la incidencia que tiene la interacción del oponente, a la distancia entre él y la pelota y, como si fuera poco, a la dinámica misma de un juego que es incontrolable en su totalidad. Es por ello que la ubicación, un concepto definido como “lugar en el que está ubicado algo” es circunstancial; el fútbol, estimado lector es circunstancia.

    Este concepto ha ayudado además para que Juan Manuel Lillo diese una vuelta de tuerca a la idea que se conoce como “Juego de Posición”. Lillo, en el libro “Pep Guardiola, la metamorfosis” de Martí Perarnau, aclara que ubicación es un término que engloba a otros dos, fundamentales para entender el “JdP”, como son posición y situación. El lector puede reconocer inmediatamente la mención a la palabra situación y no debe sorprenderle, ya que estamos hablando de fútbol: tanto la pelota como los futbolistas están siempre en movimiento, creando y generando nuevas realidades. Nada es igual y nada será lo mismo.

    Sirva esta introducción para hablar de los laterales del Atlético de Madrid. Tras observar al equipo de Diego Simeone se puede exponer que las conductas y respuestas de Kieran Trippier son totalmente opuestas a las de Renan Lodi. Con esto, debo aclarar, no me refiero a sus perfiles ni a las formas que tienen de finalizar sus avances. La vista la he puesto en su ubicación en el campo de juego, especialmente en la fase en la que el equipo colchonero dispone del balón.

    El lateral británico no muestra, hasta los momentos, un patrón fijo. En sus proyecciones alterna cerrar su posición con mantenerla. Esta última variante ayuda a su equipo a “descomprimir” la reorganización defensiva del oponente, ya que, cuando menos, obliga a uno de los futbolistas contrarios a dividir su atención entre dos objetivos: la ubicación de la pelota y la de Trippier.

    Por su parte, Lodi cierra hacia el centro constantemente, creyendo que de esa manera se acerca a “la jugada”, descuidando la posibilidad de que ese movimiento de aproximación a un compañero atrae a un oponente a la zona en dónde está el balón. Al mismo tiempo, esta acción del brasileño, una que se puede observar en jugadores cono Isco Alarcón, reduce el campo de juego para los suyos y para el rival.

    No me atrevería a afirmar si estas conductas tan opuestas son parte de una estrategia o responden primordialmente a las características y el sentir de cada jugador. Sin embargo, no me parece una osadía sugerir que, ya que al Atleti le cuesta tanto construir situaciones reales de gol -con ello me refiero a aquellas en las que la defensa o el portero rival sean realmente exigidos-, quizá deba observar con mayor ahínco el juego de sus laterales para encontrar una posible solución a su juego.

    Cuando Trippier elige no cerrar sino sostener su posición le da su equipo dos probables ventajas: a) la disyuntiva entre quedarse o cerrar haría de su marcador un futbolista que, ante la vacilación, llegaría tarde a cualquier situación; y b) la ubicación del británico sugiere una ampliación del espacio de ataque. No se olvide que, tal como sostiene constantemente Marcelo Bielsa, a los equipos de fútbol les es ideal atacar en espacios amplios y defender en espacios reducidos.

    Hace unos días publiqué un episodio de mi podcast (https://open.spotify.com/episode/5fpz3mlo8iYMdU1pSEy56D?si=2FDUd5lhSH2tXvfSMe9XPQ) en el que planteaba que el juego de los laterales era una de las tantas variables que ayudan al intento de comprender la identidad de un equipo. Sirva este post para alargar la discusión y agregar lo que en estas líneas expreso, agregando además otro ítem: si el fútbol es circunstancia, ¿por qué nos empeñamos en hacer del futbolista una especie de ejecutor de ordenes?

    Seguimos..