Categoría: Fútbol

  • Los socios que necesitan Messi y el Barça

    Los socios que necesitan Messi y el Barça

    Yo lo había pedido al Checho Batista cuando él llegó a Napoli. Pero el brasileño (NR: Alemao) después me demostró todo lo que valía. Un jugadorazo”. Diego Armando Maradona, “Yo soy el Diego”.

    En el fútbol no existen los salvadores. Puede que, ante determinadas situaciones, aparezca algún futbolista que resuelva, siempre según lo que nos enseña la última imagen, un atasco. Pero esta es una mirada equivocada, oportunista, parte de un reduccionismo malintencionado. Los grandes futbolistas de la historia fueron parte de grandes conjuntos; fue la interrelación con sus compañeros, en esa dinámica que conocemos como “equipo”, lo que los hizo mejores. Al grupo y a sus futbolistas de forma individual.

    El fútbol, como lo definió el profesor Francisco Seirul·lo, es el juego de juegos, entre otras cosas porque necesita de la adaptación constante del futbolista a las necesidades del colectivo al que pertenece, así como a las emergencias que surgen de la interacción con el rival y sus intenciones.

    No voy aburrirle con un pesado repaso sobre grandes e inolvidables selecciones, tales como la Hungría de los años 50, el Brasil de finales de la década del 50 hasta 1970, la Holanda y la Alemania de los años 70, o cualquier otra manifestación futbolística ajena a la memoria del lector. La única referencia que voy hacer, por un tema de proximidad, es sobre el Barcelona de Pep Guardiola.

    En aquel equipo se hizo estrella Lionel Messi. A partir de un funcionamiento y una identidad colectiva, que nunca fue la misma sino que se mantuvo en constante evolución, el argentino mostró al mundo cualidades muy particulares, unas que lo convirtieron un protagonista constante en las discusiones futboleras.

    Sin embargo, Guardiola no le transfirió a Messi capacidades que este no tuviera. Pero lo ayudó. Mejor dicho, lo acompañó a encontrar un contexto ideal para que esas cualidades brillaran aún más. Siempre en favor del equipo y cualquier lucimiento personal sería consecuencia de un trabajo colectivo, a diferencia de lo que se sugiere constantemente desde los medios, que no es otra cosa que una calle de una sola vía: la construcción individual del juego para que el colectivo saque provecho.

    Desde el momento en que la dirección deportiva del Fútbol Club Barcelona creyó que su modelo era Messi, equivocó el rumbo y personalizó una forma de jugar. Hizo lo mismo que la selección argentina desde los tiempos del Diego Maradona seleccionador. Esto no es un cuestionamiento a las capacidades del 10 blaugrana, sino un recordatorio vital de que en este juego, ni el propio Maradona tenía poderes para salvar a todo un equipo

    Tras ganar la UEFA Champions League (2010-2011) por segunda ocasión en tres años, Guardiola sugirió que a Messi había que mantenerlo contento, y que ello pasaba por rodearlo de futbolistas que lo ayudaron a retarse constantemente compitiendo:

    El técnico catalán no planteó en ningún momento que la felicidad estaba en complacer caprichos o en personalizar el modelo; la clave era encontrar futbolistas que mantuvieran al equipo como un colectivo competitivo, con personalidad propia, y que no se entregara al brillo de su máxima figura.

    Al igual que todo lo que huele a Guardiola en el Barça, el aviso fue despreciado. El proyecto, o el modelo si se prefiere decir de esa manera, pasó a ser Messi y se edificó una especie de adoración a su aporte, a la contribución individual de un deportista en un juego colectivo. La contradicción se explica por sí sola.

    Los proyectos en el fútbol deben originarse en ela aceptación de que este es un juego colectivo y no una simple suma de individualidades. Por ello, es probable que para el crecimiento de un proyecto sea mucho más importante la aportación de un futbolista menos mediático que la de uno de esos que se promocionan como “top”.

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    La superficial suma de virtudes que hacen los especialistas no tiene en cuenta valores del juego, tales como las interacciones, interrelaciones, la convivencia, el entendimiento y todo aquello que explica el Profesor Seirul·lo Vargas en cuanto a la estructura socio-afectiva.

    En aquel equipo dorado de Guardiola confluyeron muchos futbolistas educados en el idioma Barça. Es importante recordar que ninguno de ellos tuvo un camino tranquilo hacia el primer equipo, y que todos, de una u otra forma, tuvieron rivales en la institución catalana, en el público, y por supuesto, en el entorno. Si lo desea, el lector puede hacer una rápida consulta sobre cuánto les costó a Víctor Valdés, Carles Puyol, Gerard Piqué, Xavi y/o Iniesta encontrar la confianza para asentarse en su club. Sólo Pedro Rodríguez y Sergio Busquets, casualmente promovidos por el hoy entrenador del Manchester City, tuvieron una inserción mucho más natural.

    Este relato no tiene otra intención que reflexionar sobre la aparición de los nuevos “barçaparlantes”: Carles Aleñá, Riqui Puig, Juan Miranda, Palencia, Oriol Busquets, Abel Ruiz, etc. No hay en el mercado internacional jugadores que interpreten mejor ese “Lenguaje Barça” que ellos.

    Acompañados por los Mascherano, Abidal o Keita de turno, el club blaugrana está ante una oportunidad magnífica: volver a ser lo que antes fue, desterrando el frívolo postulado de que aquel equipo que enamoró a un alto porcentaje del mundo futbolístico fue consecuencia de una generación dorada.

    Frenar, mirarse a sí mismo, revisar los por qué de la “muerte futbolística” de Hungría u Holanda, y volver a las fuentes. Estos son algunos de los pasos que debe dar el FC Barcelona si realmente desea sostener su personalidad. No es tan complicado, aunque luego del cruel adiós a Joan Vilà esto suene más a utopía que a una realidad posible.

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda.

  • Detalles de Rusia 2018

    Detalles de Rusia 2018

    Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.

    Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.

    Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.

    Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.

    1.- Transiciones:

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    El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.

    César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.

    La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.

    Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.

    Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.

    Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.

    En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.

    Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.

    Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).

    Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.

    Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.

    2.- El pase

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     La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.

    El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.

    El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.

    Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.

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    Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.

    Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.

    Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.

    No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.

    Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.

    3.- Acciones a balón parado

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    Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.

    Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.

    Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.

    No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.

    Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.

    Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.

    4.- Juego con los pies de los porteros

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    Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.

    Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.

    El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.

    Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:

     

    Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.

    En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.

    Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quienes correspondan

  • El talento y el reduccionismo

    El talento y el reduccionismo

    Le pido al lector que haga un poco de memoria y recuerde cada selección que a continuación le presento. Entre paréntesis está la edición mundialista a la que pretendo remitirle: Brasil (1982); Colombia (1994); España (1998); Argentina (2002); Francia (2002); Serbia y Montenegro (2006); Francia (2010); Italia (2010); España (2014); Croacia (2014); Italia (2014); Portugal (2014).

    Una vez hecho el repaso, le pregunto, ¿acaso esas selecciones no poseían futbolistas talentosos? Entonces, si aquellos equipos poseían futbolistas talentosos, de los mejores de su tiempo, ¿cómo se explica que no triunfaran?

    Podría hacer una larga y pesada enumeración de los factores que influyen en el rendimiento de un colectivo. Además de incompleta, esa lista tampoco gozaría de total credibilidad, debido a que cada episodio es único e irrepetible; sus componentes, así como el grado de influencia que ejercen en cada muestra, nunca podrán reproducirse o copiarse sin que sean modificados.

    Pero el punto a discutir es el talento.

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    Talento tiene que ver con las posibilidades innatas, naturales, de conseguir algo. Se nace con determinado(s) talento(s) y es el poseedor de esa(s) virtud(es) quien decide si cultivarlo o dejarlo morir. No existe mérito alguno en la sola posesión de cualidades.

    Todo lo contrario sucede con quienes toman la decisión de multiplicar aquello que la naturaleza, la genética o el azar les dio. Pero quien no tiene en su ser esas facultades jamás podrá obtenerlas. Se mejora lo que se posee, pero el talento es intransferible.

    Corren versiones, en medio de la insoportable idiotez que obliga a elegir entre Cristiano Ronaldo o Lionel Messi, de que el portugués es trabajo y el argentino talento. Nada más alejado de la realidad; cada uno ha explorado y explotado virtudes propias, no potencialidades compradas o traspasadas.

    Así mismo, el talento se ha convertido en una respuesta rápida, casi automática, para justificar o hacer que explicamos lo que desconocemos. Estos expertos en lo divino, al verse imposibilitados de justificar lo que no comprenden, como la eliminación de la selección alemana en el mundial ruso, recurren, con una sospechosa agilidad, a la ausencia de talento de su entrenador o de alguno de sus futbolistas.

    El mismo argumento se emplea para definir las carencias de todos los demás eliminados.

    Por alguna razón que desconozco, y que probablemente tenga que ver más con la educación que hemos recibido y que nos ha llevado a ser grandes reduccionistas, el aficionado explica el deporte, el éxito y/o la derrota, como la consecuencia natural y lógica de la acumulación de talento o la falta del mismo, dejando de lado la influencia de factores tan determinantes como el estudio, el entrenamiento, la preparación, la suerte, el error propio y del contrario, el contexto, etc. Reducimos una actividad colectiva a lo mínimo, es decir, a cuotas de talento que por cierto, nadie puede medir.

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    Julio Velasco, entrenador argentino de vóley, exponía su propia versión sobre la inclinación a justificar y explicar los triunfos a partir de esas cuotas de talento:

    Ese mundial (NR: de vóley de 1982) dejó cosas muy positivas, pero dejó alguna negativa… La negativa es que se empezó a usar una palabra, demasiado para mi gusto, en la Argentina, que es la palabra talento. Una de las conclusiones fue que parecía que ese equipo había nacido del descubrimiento casi azaroso de seis, siete u ocho talentos que nadie sabía de dónde habían salido, y que con el genio de un entrenador extranjero habían logrado una medalla de bronce por primera vez… En realidad, ese equipo estuvo por dos años (los jugadores) a disposición exclusiva de la selección nacional. ¿Con qué dinero? Con el dinero de los padres de los jugadores, porque no les pagaban nada. No les pagaban ni el viaje en micro (bus). ¡Cero! Los padres pagaban”.

    El crecimiento exponencial de tribunas y el aprovechamiento de estas por pseudo especialistas no ha hecho más que desvirtuar la figura del observador hasta convertirlo en analista. Hoy nadie habla del juego, mucho menos de la complejidad del mismo. Complejidad hoy es asumida como un sinónimo de dificultad, de la misma manera que talento es el causante del éxito.

    Es muy jodido hacer comprender que no existe, en los procesos de los sistemas dinámicos abiertos, esa causa=efecto con la que hemos crecido. Sin embargo, la pelea hay que seguir dándola, así sea desde esta insignificante trinchera.

    Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quién corresponda

  • ¿Defender o atacar? ¡Jugar!

    ¿Defender o atacar? ¡Jugar!

    Durante muchos años, diría décadas, se nos ha hecho creer que en el fútbol existen dos conductas: atacar y defender. El discurso casi oficial es el de que son dos manifestaciones totalmente aisladas, sin nada que las una más que los jugadores, cuando en realidad no son dos sino un solo comportamiento, uno que se conoce como jugar y que no puede ser disociado en partes.

    Claro que existen otros deportes colectivos en los que, por su naturaleza, o por las distintas interrupciones que permite el reglamento, sí que podemos divisar una separación que permite hablar de ataque y defensa como dos facetas. Pero no en el fútbol.

    Me explico: en el fútbol americano (NFL), las normas establecen que cada equipo tendrá en fase de ataque hasta cuatro oportunidades para superar una distancia de diez yardas. A su vez, el equipo que defiende podrá, una vez que el ovoide se ponga en movimiento, interrumpir ese avance, hacer retroceder al rival y hasta quitarle la posesión del ovoide, caso en el cual podrá, incluso, anotar. Pero si los cuatro intentos antes mencionados pasan sin que el atacante avance el mínimo de diez yardas, el equipo que estaba a la ofensiva pasará a la defensiva, lo que supondrá un cambio total de jugadores; no olvidemos que en ese juego hay equipos ofensivos, equipos defensivos y equipos especiales. Lo mismo sucede con el equipo que defendía y que ahora hará de atacante.

    Además, el fútbol americano posee pausas entre cada jugada, tiempos fuera y alguna que otra interrupción que hacen más lento su desarrollo. Lo mismo sucede con el baloncesto, deporte mucho más dinámico que el fútbol, pero que goza de substituciones indefinidas, tiempos muertos y hasta tiempos de televisión.

    En cambio, en el fútbol se puede decir que los veintidós futbolistas que están en el campo atacan y defienden en cada acción, por lo que de nada sirve, si realmente se pretende entender el espíritu de este deporte, hacer una separación entre ataque y defensa.

    Podría decirse que parte de la confusión -llamémosla así para no alimentar la presunción de mala intención sobre aquellos que promueven un fútbol dividido en fases- nace de otro gran error: pensar al futbolista en puestos antes que en roles.

    Si al futbolista le asignamos un puesto, por ejemplo, el de lateral derecho, cada vez que éste se atreva a salir de esa demarcación para proyectarse por su banda, o para hacer de volante interior, estaremos ante un alejamiento peligroso de su zona. Pero si al futbolista se le asignan roles, tendrá la libertad de pensar y ejecutar siempre según lo que la jugada exige. La posición somete y tiraniza; el rol es libertad a partir del conocimiento y la interpretación.

    Volvamos al tema en cuestión.

    La primera reacción cuando vemos a un equipo avanzar en el campo hacia el arco contrario es pensar que está “atacando”. Si pensamos en el concepto de atacar como la intención de conquistar territorio rival, la visión no es del todo incorrecta, pero, y aquí es donde le planteo al lector que acompañe esta reflexión, si entendemos que con cada avance, ese equipo dispone del balón y se aleja de su propia portería, nos daremos cuenta de que, atacando también está defendiendo.

    Pero hay más. Si los ataques de ese equipo se organizan de tal manera de que participen la mayoría de sus integrantes, con la intención de empujar al rival hasta su propio arco, es, salvo excepción que confirme la regla, una manera de promover la organización defensiva en caso de que pierda la titularidad del balón. Intentaré ser muy claro: si cuando nos quitan la pelota, estamos todos cerca del rival y de nosotros mismos, ese contrario, ahora con la titularidad del balón, encontrará menos oportunidades de pase, y eso, cortar las vías de comunicación es una maravillosa forma de defender. Pero ello dependerá de cómo se ataque.

    Ahora bien, si un equipo es atacado por el contrario y pretende robarle el balón, el éxito de la recuperación de la pelota dependerá de las distancias de relación entre cada uno de sus integrantes. Si se dedica simplemente a rechazar con pelotazos, el rival rápidamente recuperará el balón y la iniciativa, pero si en cambio, al recuperar la titularidad del balón, el equipo se adapta inmediatamente a la situación, podrá salir, en corto o en largo, de una manera más efectiva.

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    César Luis Menotti repite permanentemente que en el fútbol hay cuatro acciones del juego: defender, recuperar la pelota, gestar jugadas y definir, y no miente. Lo que quizá nos falta a todos es intentar explicarle al público que estas acciones no pueden darse de manera separada o individual.

    En conclusión, ni atacar ni defender ganan mundiales u otros torneos. Para salir victorioso es necesario jugar mejor que el adversario, y, como esto es fútbol y no baloncesto o fútbol americano, para lograrlo hay que rendirse a la evidencia de que jugar es una sola conducta y no la suma de facetas.

    Imágenes encontradas en internet. Créditos a quiénes corresponda

     

  • A propósito del Mundial Rusia 2018

    En mi canal de Youtube estaré subiendo algunas reflexiones sobre el juego y algunos de sus condicionantes. Le advierto al lector que no aspiro a nada más que compartir estas opiniones, y que la militancia en aparentes verdades absolutas constituye lo más alejado del espíritu de este intento.

    En esta ocasión dejo dos videos, uno sobre la construcción de un equipo antes de un torneo como el mundial, y el segundo, sobre la adaptabilidad como valor fundamental.

    1.- Video sobre la construcción:

     

    2. Video sobre la adaptabilidad:

  • Argentina y la fatiga cognitiva

    Argentina y la fatiga cognitiva

    El fútbol es un juego que en apariencia se juega con los pies. Pero realmente es una actividad en la que el mayor desgaste se produce en otro órgano: el cerebro. Como cualquier actividad, el fútbol requiere de una constante toma de decisiones, y ellas generan un desgaste importante, un cansancio. A eso se le conoce como fatiga cognitiva.

    La «Fatiga Cognitiva» es precisamente el desgaste natural que trae consigo el hacer. El cerebro necesita descanso, de la misma manera que las piernas, los brazos o un pie. De lo contrario, su actividad se verá influenciada negativamente por ese agotamiento, y costará aún más tomar las mejores decisiones.

    En lenguaje fútbol, cuando un futbolista sufre este desgaste se producen situaciones como que no encontrará a sus compañeros con la misma facilidad que si estuviese fresco; sus pases no tendrán la misma ejecución o intención, y le será muy difícil determinar la solución a cada situación que emerja del juego, esto es, por ejemplo, cuándo correr, cuándo pasar, cuándo quedarse, etc.

    ¿Qué ayuda a que esta fatiga cognitiva sea superior o vaya en aumento? La complejidad de la tarea, las emociones, el entorno y el contexto, en fin muchas cosas.

    Para este caso imaginemos que toca correr cincuenta metros. Seguramente cada uno de nosotros lo haría sin mayor dificultad. Ahora imaginemos hacer ese mismo recorrido llevando una bandeja con copas de cristal. Seguramente, tras varios intentos, muchos podrán perfeccionar su andar. Por último, sumemos a ese recorrido la intervención de rivales que desean interrumpir el camino. A medida que sea más compleja la tarea, mayor será el desgaste cognitivo.

    El ejemplo no me pertenece, así que créditos a quién lo haya creado.

    Probablemente lo mejor que se ha escrito sobre el tema en el fútbol pertenezca a Dani Fernández, entrenador español. En él hay, además del aspecto teórico, algunas formas de combatirla en los entrenamientos, por ello, mi intención no pasa por aconsejar “futbolísticamente” sino otorgar una visión al público en general.

    Jorge Sampaoli y su cuerpo técnico han tomado una valiente decisión: darle el día libre a los futbolistas. Conocedores del agotamiento que sufren la gran mayoría de sus futbolistas tras el año futbolístico, se han adaptado a la realidad, siendo esta que lo primero que deben hacer es recuperar a sus jugadores. Esto supone disminuir la intensidad de las sesiones de entrenamiento, así como darles herramientas para que la fatiga cognitiva disminuya. Sin duda que hay un componente físico en el juego, pero el mismo no puede separarse del cognitivo. No olvidemos que el juego es un todo.

    Estas medidas van de la mano con las cuotas de libertad que hoy se critican. Por ejemplo, que los futbolistas puedan salir a pasear, sin la supervisación de nadie, y con su profesionalismo como único consejero, es una opción fantástica: libera estrés, mejora la relación conductor-seguidores, y como si fuera poco, permite a estos futbolistas sacarse presión.

    Podría citarle muchos ejemplos que tienen como protagonistas a Pep Guardiola, a José Mourinho, a Luis Enrique, a Zidane o a otros, pero no quiero aburrirle. Lo invito a que busque cómo el propio Sampaoli gestionó este tema cuando conducía a la selección chilena. Nadie podrá olvidar el episodio con Arturo Vidal durante la Copa América de Chile, pero una excepción no invalida la herramienta.

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    En el año 2018, y tras los apabullantes logros de los entrenadores antes mencionados, es cuando menos sorprendente que el periodismo, tan a gusto tomando partido por alguno de estos grandes directores técnicos, no haya reparado en sus métodos, o tan si quiera en qué los acerca. Supongo que vende más hablar sobre lo que los aleja, o por lo menos lo que el periodismo cree que lo hace.

    Este es el periodismo que sigue pensando en el futbolista como un trabajador incapaz de reconocer las obligaciones de su labor, por ello exigen medidas que dificultan un buen rendimiento, y que ellos, sus promotores, no cumplen ni cumplirían.

    Sé que es una batalla perdida, pero de igual manera le recomiendo investigar sobre el pensamiento y la obra de estos nombres que daré, ya que son ellos los vanguardistas del entrenamiento y de juego que han estado trabajando por más de 20 años para hacer de este juego un juego más humano y menos estúpido.

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    Francisco Seirul.lo Vargas; Joan Vilà; Juan Manuel Lillo; Vítor Frade; Julio Garganta; Natalia Balagué; Carlota Torrents. Ellos y muchos más, con su comprensión de que la actividad deportiva es protagonizada por seres humanos, le han dado al fútbol mejores herramientas. Valdría la pena que expertos y analistas se informaran y dejaran de lado viejos lugares comunes.

    El fútbol sigue siendo el mismo de siempre. Lo juegan once jugadores y se enfrentan a otros once por la disposición de una pelota y con la intención de hacer un gol más. Lo que ha cambiado es la manera de entrenar, de hacerlo más humano.

    Fotografías cortesía de EFE y de la web. Créditos a quienes corresponda

  • Sampaoli y Argentina, una unión que se nutre del caos

    Sampaoli y Argentina, una unión que se nutre del caos

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    Cada vez se dispone de más información, pero de menos asesoramiento sobre lo que es útil. Sin poder discernir, disponer cada vez de más información no hace sino confundir”. Joseph O’Connor e Ian McDermott

    A raíz de la publicación de las listas de futbolistas que acudirán al mundial de Rusia 2018, los seleccionadores nacionales han sido objeto de cuestionamientos, la gran mayoría de ellos sustentados en estadísticas, cifras, y, cuando no, suposiciones alejadas de la realidad de los procesos.

    La selección que he tomado en cuenta para esta entrega es Argentina, la Argentina de Jorge Sampaoli. La razón por la cual seleccioné al conjunto sudamericano es porque no creo que exista, en estos momentos, un equipo con mayores cuotas de angustia, y tal cual nos ha educado el cine y el teatro, no hay nada más atractivo que todo aquello que tiene su origen en el drama o en el caos.

    Antes de continuar es pertinente recordar que un sistema es un grupo de elementos que se relacionan entre sí. Cada una de esas piezas posee características propias, y cuando se integran a la dinámica de ese sistema, agregan a su naturaleza otras características que emergen precisamente de la interacción de todos los componentes.

    Pongamos como ejemplo un auto. Cada uno de sus componentes tiene un sentido siempre que estén interconectadas. Un motor, sin combustible, sin aceite, aislado del radiador o del sistema de aceleración, no es más que un motor, y su utilidad es menor, por no decir nula. En cambio, como parte de ese sistema que conocemos como automóvil, el motor cumple una función indiscutiblemente trascendental.

    Es por ello que se afirma con contundencia que un sistema es más que la suma de sus partes. Un equipo de fútbol es, como queda claro, un sistema, que además es dinámico y abierto; es un ente susceptible a la influencia de miles de factores externos e incontrolables. Le pido al lector que recuerde esta máxima, con la intención de comprender que la incertidumbre es parte de los procesos.

    Sin embargo, y a pesar de que el pensamiento sistémico y las teorías de la complejidad hace tiempo que intentan derribar las resistencias del pensamiento convencional, ese de la relación causa y efecto, la enorme mayoría de analistas insiste en pensar al fútbol a partir de las estadísticas y los números, despreciando factores tan básicos y a la vez tan importantes como las relaciones, las interrelaciones, las interdependencias y las interacciones.

    El éxito o el fracaso no pueden ser anticipados. Un torneo como el mundial de fútbol ofrece espacio y tiempo para que cada integrante de un sistema absorba todo lo que el sistema tiene para darle, y, cómo no, agregue lo que es a esa comunión de características que es un sistema.

    Sampaoli y sus circunstancias

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    La nominación de los veintitrés futbolistas argentinos convocados para el mundial ruso zanjó gran parte de la discusión. Es por ello que lo que debe concentrar la atención es qué intentará hacer Argentina con esos elementos que compondrán el sistema.

    Hace poco más de un año, cuando estaba al mando del Sevilla, Sampaoli expuso que prefería jugar con un solo volante central, ya que ello ayudaría a tener una mayor presencia cerca del área rival:

    No es un detalle menor que en aquella etapa, el hoy seleccionador albiceleste contaba con la asesoría de Juan Manuel Lillo. El entrenador español muchas veces ha dicho aquello de “dime con qué mediocentro juegas y te diré qué equipo eres”, una máxima que parece determinar a qué intentará jugar la selección argentina.

    Por ello es que, contrario a la afirmación totalitaria de que los equipos se arman desde atrás hacia delante, lo primero que vale la pena revisar es cuáles futbolistas capaces de jugar en esa zona del campo ha convocado Argentina.

    La primera opción, salvo que su estado físico lo impida, es para Lucas Biglia. El del AC Milan no es precisamente un jugador que se destaque en la distribución del balón. Aunque cuente con la compañía de Ever Banega o de Giovani Lo Celso, Biglia, en la gran mayoría de los casos, intentará ordenar al equipo geográficamente dependiendo de donde se mueva el rival. Esto, que parece una obviedad, no lo sería si el equipo argentino contara con un futbolista más dado a la construcción del juego a través del balón. Fernando Gago se adapta a ese perfil, pero su convocatoria no era posible, dada la larga inactividad que vivió en el último tiempo.

    Esto tiene una consecuencia añadida, y es que los defensores centrales, ante el pressing rival, encontrarán muy pocas opciones para salir jugando en corto, algo que puede facilitar la actuación de los contrarios. No debe olvidarse que este es un juego de variantes, por lo tanto hay que recordar aquella instrucción de Dante Panzeri: «Ni todas cortas, ni todas largas. Todas cortas es fulbito. Todas largas es rugby«.

    Biglia no tiene incorporado en su juego esa pausa necesaria para que el equipo sea un bloque más corto, y tampoco con los socios que sientan propia esa forma de jugar. Esto, que aparenta ser una desventaja, es un valor para esta selección, y ya veremos por qué.

    Sin laterales, pesarán más las transiciones que el juego posicional

     En noviembre de 2017, Sampaoli expuso un concepto que le ocupa desde que asumió la conducción del equipo argentino:

    «Si Argentina tuviera a Dani Alves y a Marcelo seguro jugaríamos con dos laterales. Estamos buscando una alternativa que nos haga un equipo no predecible. Me preocupa mucho la forma y el estilo con que Argentina encare esta Copa del Mundo. Con un protagonismo desmedido y una búsqueda del arco rival todo el tiempo«.

    Recordar aquella declaración ayuda a comprender por dónde puede pasar la idea de juego argentina.

    Ante la ausencia de laterales de largo recorrido como los mencionados, el seleccionador intentó reconvertir a futbolistas, incluso modificando sus alineaciones para jugar hasta con tres defensores centrales. Marcos Acuña y Eduardo Salvio fueron quizá los mayores exponentes de esa adaptación que pretendía Sampaoli, ya que por su condición de volantes externos el seleccionador pretendió ubicarlos como “carrileros», pero este experimento no dejó buenas conclusiones. La convocatoria de Cristian Ansaldi, casi a última hora, es una señal de esa insatisfacción del DT, lo que probablemente le lleve a proponer un equipo más cauteloso, con menor participación de los laterales en la construcción de juego.

    Esta posibilidad parece englobarse dentro de un pensamiento coherente: el fútbol es un matrimonio entre las cualidades de los futbolistas y las ideas del entrenador. Sin laterales de largo recorrido ni volantes centrales expertos en la circulación del balón, las intenciones de acercarse al juego de posición (o de ubicación) parecen haber sido veladas y enterradas.

    Con pelota y sin pelota

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    Le propongo al lector que piense en el juego de una manera diferente a como lo ha hecho siempre. En vez de pensar en defensa y ataque, imagine el accionar de un equipo en función de cómo se comporta cuando dispone de la pelota y cómo cuando pretende recuperarla.

    Partiendo de esa premisa, y de que este trabajo no es más que un ensayo, una serie de especulaciones, puede pensarse que la Argentina de Jorge Sampaoli encontrará mayores cuotas de éxito a partir de los espacios que deje el rival que los que ella misma se genere.

    En cada partido de fútbol hay momentos para el contragolpe, para el contraataque y para el ataque posicional. Las probabilidades de éxito aumentarán cuando un equipo sepa promover y aprovechar esas situaciones que más le beneficien.

    Debo aclarar que entiendo al contragolpe y al contraataque como dos conductas diferentes. El primero lo asemejo al intercambio de golpe por golpe, algo parecido al concepto de ida y vuelta que muchos utilizan para describir la Premiere League inglesa. El contraataque, más que el golpe por golpe, me parece similar a la vieja estrategia de aguantar hasta que se pueda lanzar un ataque: cede el protagonismo al rival y cree posible aprovechar las pocas oportunidades que ofrecerá el partido para hacer daño.

    La primera impresión tras revisar la lista de Sampaoli es que, tras los ensayos previos, el casildense dejó de lado la idea de que su equipo dispute los partidos cerca del área rival, y que trasladará esa zona de acción al centro del campo. Por ello el término “disputar” podría ser clave para comprender dónde están las fortalezas de su equipo.

    Sus mayores virtudes no están en el juego asociado sino en las rápidas transiciones. Di María, Messi, Agüero y Pavón, los posibles titulares en el debut ante Islandia, son especialistas en aprovechar esos espacios que deje el contrario. Es muy distinto el control a la disputa, y esta versión argentina me parece que dependerá mucho de lo que le “gane” al contrario.

    Aún así, no se extrañe el lector cuando en la mayoría de los partidos Argentina se vea obligada a construir un juego de pases, un juego asociativo, dado que los rivales, conscientes de esto que aquí señalo, seguramente optarán por cederle la iniciativa del partido. Basta revisar el encuentro ante Venezuela, en Buenos Aires, por las eliminatorias, o repasar el pasado mundial, para tener una idea de cuánto le cuesta a esta selección construir avances en juego posicional.

    Entonces, no sería una locura pensar que, en fase de disposición del balón, Argentina prefiera una salida en velocidad, y esta, si se origina en el centro del campo, o en tres cuartos de cancha propios, le ofrecerá a sus atacantes, dadas sus cualidades, mayores probabilidades de éxito.

    Esta manera de jugar le permite a Sampaoli la posibilidad de que su equipo logre constituirse en un bloque corto, sin mayor espacio entre sus líneas. En principio no habitará la zona que inicialmente ideó para su selección (tres cuartos de cancha, en territorio rival) pero ayudará a que las carencias de Biglia, Banega, Lo Celso y Javier Mascherano (anunciado en la lista como mediocampista) sean contrarrestadas por las ayudas de los compañeros.

    Este dispositivo ayudará a limitar los espacios de acción a los contrarios y promoverá las respuestas que mejor interpretan los Di María, Pavón, Messi, Agüero y compañía. No es casual la ausencia de un experto en goles al primer toque (Mauro Icardi) ni de Batistuta 2.0 (Lautaro Martínez).

    Otro elemento a considerar es el llamado de Franco Armani.

    El portero de River Plate no parece ser un convidado de piedra sino alguien que peleará por la titularidad del arco albiceleste.

    Además de ser un portero intimidante, conocedor de su área y con una actualidad inigualable, el ex Atlético Nacional de Colombia posee un juego de pies envidiable. Esto  no se circunscribe exclusivamente a los pases en corto; Armani, si la circunstancia así lo requiere, puede promover con pases largos, al vacío, la aparición de sus atacantes en zonas olvidadas por el contrario.

    En pocas palabras, Armani entiende perfectamente lo que el juego le exige y puede hacer, sin mayor problema, lo que Jasper Cillesen en la final de Copa del Rey ante el Sevilla:

    Ausencias sistémicas

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    El deporte sólo puede estudiarse, salvo mejor opinión, con fundamento en una ciencia social y humana, donde el ser humano es un complejo organizacional abierto, en permanente simbiosis con el medio, en un ininterrumpido flujo dinámico”. Manuel Sergio

    El pensamiento tradicional invita a pensar que quienes ofrecen un determinado rendimiento en cierto contexto reproducirán ese rendimiento en otros entornos. Por ello, muchos interpretan al fútbol a partir de la acumulación de estadísticas, obviando de manera intencionada el componente humano, es decir, todo lo que emerge de las relaciones, las interacciones, las sinergias, etc.

    Aunque parezca una obviedad, el fútbol es un juego interpretado por seres humanos, en oposición directa con otros seres humanos por el control del balón. El carácter humano y su verdad antagonista hacen que su desarrollo sea incertidumbre pura y dura. Quienes mejor se adapten a las dinámicas colectivas y del juego son los que mayores aportes darán a los colectivos que integran.

    La ausencia de Mauro Icardi, líder goleador de la Serie A, igualado con Ciro Immobile con 29 tantos, puede tener muchas explicaciones, y, sin embargo, las razones para su convocatoria, o por lo menos las que muchos han hecho públicas, se reducían casi siempre a la cantidad de goles marcados con su club en el difícil fútbol italiano.

    No será en este escrito en dónde usted encuentre críticas al juego del delantero del Inter de Milán. La propuesta de estas líneas es sugerirle al lector que el fútbol es mucho más que números; recordar que los contextos y las relaciones influyen, por lo que un magnífico futbolista puede no serlo en un entorno diferente. Basta recordar las diferencias futbolísticas entre el Messi que juega en el FC Barcelona y el que “sufre” con Argentina para comprender esto.

    La labor de los seleccionadores, dado el poco tiempo que tienen para experimentar y ensayar, se sustenta en ser muy afilados a la hora de seleccionar con quienes ir a una competencia. Alguna vez, en un diálogo íntimo, César Luis Menotti defendió a un colega suyo, a quien algún soberbio quiso menospreciar tildándolo de ser “solamente” un buen alineador. Menotti, respetuoso y conocedor como pocos del oficio, le respondió a su interlocutor, preguntándole si saber elegir le parecía tan simple.

    Hay en el fútbol más caosalidad (de caos) que causalidad (de causa). ¿Cómo puede haber exactitud en el fútbol? Por eso, en é, los grandes jugadores son aquellos que reinventaron el fútbol y no los que se limitaron a responderle”. Manuel Sergio.

    El tiempo dirá si Sampaoli se equivocó en la elección de futbolistas, pero aún así, no debe olvidarse que a un entrenador, a un conductor de grupos, se le paga para tomar decisiones.

    Tras la primera de las más importantes que determinarán su paso por el equipo argentino, el seleccionador parece haber dado un giro importante en post de darle un poco de estabilidad al movedizo y angustioso proceso argentino. Sampaoli ha apostado por un núcleo duro que ya conoce este tipo de torneos, y que siente la necesidad muy propia de finalizar su ciclo con una victoria de esas que no se olvidan.

    Por ahora da la impresión de que para ello se ha promovido la vuelta a la esencia que caracterizó a la versión que condujo Alejandro Sabella en el pasado mundial: un equipo corto, de potentes descargas eléctricas y con Messi como símbolo. La dinámica de estos torneos, así como lo incierto que es este juego, invita a pensar que de tanto caos puede nacer algo importante.

    Es fútbol, y cualquier cosa puede pasar

    Fotografías cortesía de Diario Uno, Líbero, Goal.com, Futbolred, Sport24

  • Gracias, Iniesta

    Gracias, Iniesta

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    Lo más jodido de hacerse viejo es llenarse de recuerdos. Los recuerdos son imágenes de algo que fue y que nunca más será.

    El futuro es incierto, inexistente, mientras que el presente es tan actual que lo vivimos sin tener consciencia de cuánto de ello se convertirá en recuerdos, y cuánto desecharemos. En la inmediatez del momento, la actualidad es maravillosa, agobiante y conmovedora, sencillamente por la dinámica histérica de nuestra existencia.

    Con Andrés Iniesta aprendí a ver el fútbol de otra manera. No fue con Pep Guardiola, a quien tuve de ídolo. Tampoco a través de Michel Platini o de Marco van Basten. Iniesta me obligó a entender que para jugar había que darle continuidad a una dinámica colectiva, y que aquello requería diferentes respuestas, dada la imposibilidad de encontrarnos con dos situaciones totalmente idénticas.

    Lo que el eterno número 8 del FC Barcelona construyó fue magnífico y contracultura. Al lado de Xavi, su socio de siempre, destruyó todos los renacidos mitos de la mal llamada modernidad, aquellos según los cuales los futbolistas de poca estatura, o de físico aparentemente débil, no podían competir al más alto nivel. Patrañas, mentiras y mucha ignorancia militante.

    Iniesta compitió y vaya si lo hizo. Perdone si esto le parece exagerado, pero no encuentro, en los últimos veinte años, a dos mediocampistas tan influyentes como Andrés y Xavi. Los habrá con más pases gol y con mayores registros anotadores; pero sobre ninguno se construyó un equipo de leyenda como con ellos.

    El FC Barcelona de Xavi e Iniesta, de Messi y Busquets, de Puyol y de Alves, de Valdés y de Piqué compitió no con sus rivales actuales sino con “La Máquina” de River Plate, con los “Magiares Mágicos” húngaros, con Brasil de 1970, con el Ajax de finales de 1960, y, si me permite una licencia, con el AC Milan de Arrigo Sacchi. Compitió desde los conceptos que estos grandes equipos construyeron y vaya si los mejoró. Y, aunque a ese equipo lo hayan integrado maravillosos jugadores, incluido Lionel Messi, ninguno, salvo Andrés, englobaba en su ser todas las virtudes de aquel conjunto.

    Claro está que un equipo es mucho más que la suma de sus partes, por lo que intentar entender a Iniesta fuera de su “contexto” sería un ejercicio inútil, sin sentido. Aquel “Pep Team” fue de todos, hasta de los que menos jugaron. Sin embargo, Iniesta fue la elegancia y el pragmatismo hecho jugador. Ahora que tanto se habla de jugar simple o de ser práctico, lo mejor sería que se intentara jugar de manera sencilla, como lo hizo Andrés. No hubo nadie más efectivo que Iniesta, siempre que entendamos a esa virtud como la capacidad de conseguir el resultado buscado. El 8 siempre intentó que su equipo jugara mejor y, salvo alguna tarde que nadie recuerda, lo consiguió.

    El pase, el control, el giro, el recorte, el freno, el cambio de ritmo y el supremo dominio de los espacios. Eso ha sido el de Fuentealbilla. Su silencio fue la pausa necesaria para tomar un último suspiro, comprender que se ha perdido una gran parte de nuestro ser, y creer, porque nada más se puede hacer que soñar con un futuro que valdrá la pena. Su futbol fue así, un intento de progreso sostenido siempre por un primer paso que ya era pasado.

    Todos jugamos al fútbol, y en mi caso, fui extremo. Tenía gol y era bastante rápido. El fútbol era, en mi día a día, una gigantesca posibilidad de ocupar, por medio de la carrera, los espacios que dejaba la defensa rival. Entendía que corriendo llegaría rápidamente al arco. Gol, saque desde el medio y otra vez a correr (no hace falta aclarar que nunca tuve las condiciones para ser más de lo que fui), así comprendía este juego, hasta que el juego me acompañó.

    Aun así, nunca dejé de pensar en el fútbol. Todos los que alguna vez jugamos al fútbol seguimos soñando con fútbol, con aquel gol imposible, o con el pase que debimos dar. Y pensamos en fútbol porque creemos que haberlo jugado nos hace conocedores del juego. Por ello le agradezco a Andrés Iniesta que, mientras yo imaginaba piques eléctricos y un fútbol casi individual, él abrió mis ojos para recordarme que este juego tiene una velocidad propia, un espíritu colectivo y colectivista, y que sin los compañeros moriremos en la más triste soledad. Eso fue Iniesta, un continuador y un multiplicador de probabilidades. Siempre en equipo; siempre para el equipo

    Iniesta se retira del FC Barcelona y se irá quién sabe a dónde. Su fútbol forma parte de mis recuerdos, de las imágenes que espero nunca me abandonen. Es una de las tantas memorias que ayuda a seguir caminando hacia adelante al tiempo que voy aceptando que me estoy haciendo viejo…

     

    Fotografías cortesía de Getty Images y AFP

  • Pensar en código fútbol

    Pensar en código fútbol

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    Vivimos con miedo. Aunque a través de las distintas versiones del “Contrato Social” se ha establecido una relación de protección del Estado para con sus habitantes, el ser humano sigue teniendo muchos temores, algunos de ellos relacionados con aquello que poseen. Sea mucho o poco lo que es propio, el hombre teme que le arrebaten aquello que es suyo. El fútbol, una actividad humana que describe casi a la perfección la vida en sociedad, no podía alejarse de esa manera de sentir, ya que el juego es obra de los mismos seres que perciben que sus bienes nunca están del todo a salvo, que viven en estado de alarma.

    Es importante recordar brevemente la historia de las formaciones que han dominado este juego para comprender que no exagero. Es necesario también acordarse que un elemento fundamental en la constitución del juego, tal como lo conocemos, fue la redacción de la regla del fuera de juego.

    Aquella norma, aprobada en primera instancia en 1863 (la primera, la “antigua”, determinaba que “un jugador en fuera del juego si se situaba por delante del balón, esto es entre el balón y la portería contraria”) tuvo su primer gran cambio en 1866, cuando se definió que “un jugador estaba en fuera de juego si se encontraba más cerca de la línea opuesta que el balón y el antepenúltimo adversario”. Esta versión de la regla es conocida como la regla clásica.

    A partir de esta disposición reglamentaria, los equipos debían tener en consideración un nuevo aspecto del juego: evitar posicionalmente que el rival encontrara variantes para llegar al arco. Si antiguamente el juego era el de las conducciones individuales, con la versión clásica de esta ley y la aparición del juego de pases (el Scottish Passing Game), el fútbol cambió para convertirse en un maravilloso juego estratégico.

    Debo aclarar que si bien es cierto que el aspecto defensivo siempre estuvo presente, la aparición de esta norma lo llevó a eso que se conoce como el plano estratégico; el camino al gol encontraba más obstáculos que debían ser resueltos por algo más que una conducción individual del balón. Ya no se trataba únicamente de llevar el balón hasta la portería contraria sino que también había que ocuparse de evitar que el rival llegara hasta la nuestra.

    Al principio, tras la aprobación de esta normativa, las formaciones iniciales seguían mostrando un claro espíritu ofensivo. Las primeras que se utilizaron fueron el 1-1-1-8 y posteriormente, como consecuencia de la aparición del pase, se instauró el 1-1-2-7.

    Antes de continuar permítame aclarar algo: las formaciones iniciales determinan parte de una intención, pero no la definen en su totalidad. Son, como llegó a decir Ricardo La Volpe, “la fotografía desde el helicóptero”. No explican, por ejemplo, si el lateral derecho es uno que se proyecta y se asocia bien en ataque, o si por el contrario, es de vocación defensiva y no se siente seguro al cruzar el centro del campo. Por ello hay que insistir en que las formaciones iniciales carecen de lo que mejor explica a este juego: la dinámica. Aún así hay que tenerlas en cuenta para comprender la intencionalidad del equipo.

    Continuemos entonces con la exposición.

    Tras esas primeras formaciones son muchas las que han ido apareciendo en este deporte. Con la “Pirámide” (1-2-3-5) se reforzó la zona defensiva y el centro del campo; con la WM (hija de una nueva modificación en la ley del fuera de juego, ahora conocida como la Regla Actual”, según la cual “un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario”) se intentaba aprovechar mejor la amplitud del campo.

    Tras ellas, han sido muchas las que han aparecido. Nació el “Cerrojo Suizo” en los años 30 del siglo XX; el 1-4-2-4 y el 1-4-3-3; se hizo fuerte el Catenaccio; se populariza el 1-4-4-2 y su variación en rombo 1-4-3-1-2; Holanda maravilló al mundo con su versión de “El Giro” de Willy Meisl, cuya versión neerlandesa es conocida como “Fútbol Total”; aparecieron el 1-3-5-2 y el 1-5-3-2, y así estamos todavía en estos momentos, tratando de encontrar que formación inicial es la adecuada para cada equipo.

    Lo que este breve repaso ayuda a comprender (son muchos los trabajos que profundizan sobre estas variaciones, uno de ellos es http://www.efdeportes.com/efd53/futbol.htm) es que, además de intentar aprovechar más y mejor los espacios que se producen gracias a la dinámica del juego, también se fue haciendo palpable que al juego lo conquistaron, poco a poco, nuestros miedos, ya que, con el paso de los años, se sumaban futbolistas a la defensa o a la zona de volantes.

    El reglamento determina que para ganar hay que convertir un gol más que el adversario, pero ese mismo código dice, sin decirlo, que un equipo que no recibe goles no podrá ser derrotado. Por ende, al comienzo de los partidos, cada equipo tiene “garantizado” al menos un empate.

    Herbert Chapman, ideólogo de la WM, dijo alguna vez que “Si logramos evitar que el rival nos marque tendremos un punto asegurado. Si además conseguimos anotar un gol, tendremos los dos puntos”. En los tiempos de Chapman y su Arsenal, las victorias valían dos puntos.

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    Esa igualdad, que otorga un punto a ambos contendores, alimenta la sensación de no perder y la voluntad de jugar a no perder. Un punto siempre es mejor que ninguno, por lo que muchos equipos entienden que, aunque no hayan conseguido el triunfo, no tienen nada de que lamentarse porque no se perdió nada. Comenzaron con un punto y se van del encuentro con ese mismo punto.

    Y es aquí dónde se sustenta aquello de que las formaciones son apenas un primer paso, pero jamás podrán, por sí solas, explicar las intenciones de un equipo.

    Más allá de esas alineaciones, entendidas casi como numeraciones telefónicas, al fútbol hay que pensarlo más por la ocupación posicional de los equipos que por esas recetas numéricas. Y es gracias a este enunciado que podremos divisar con mayor claridad el temor al que hacía referencia al inicio de estas líneas.

    Cada vez más cerca de casa

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    Quizá el momento colectivo más interesante en el fútbol sea, a mi entender, observar hacia dónde corre un equipo cuando pierde la pelota. Los hay aquellos que van hacia atrás, dejando la iniciativa al rival mientras ellos se reorganizan pensando en su arco, y los hay los que corren hacia delante, porque las distancias son más cortas, y porque comprenden la función defensiva como “atacar el ataque del oponente”, que es reorganizarse con el arco rival como meta.

    En esto no hay buenos ni malos sino ideas diferentes. Lo que determinará la validez de cada propuesta es su comunión con los futbolistas que la interpretarán.

    Con cada nueva modificación, la tendencia fue acercarse cada vez más al arco propio, alejándose, como consecuencia de esta corriente, de la portería rival. El sentimiento preventivo no es cosa de estos años y son muchos los textos que hacen referencia a equipos que primero se amontonaban en los límites de su propia área, sin embargo, lo que puede asociarse a las últimas décadas es el aumento de esa tendencia.

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    Las razones son muchas, pero la que más fuerza parece tener es aquella cultura del “safety first” (primero la seguridad) que denunció Willy Meisl en su libro Soccer Revolution: “Los británicos se empeñaron en eso de ‘la seguridad primero’, en prevenir que el oponente convirtiera goles. Los europeos continentales, por su parte, intentan anotar goles”. El manual de Meisl fue publicado en 1955, y desde entonces, la corriente británica que señalaba parece haber triunfado sobre el estilo continental.

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    En febrero de este año tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con los profesores Francisco Seirul·lo Vargas y Joan Vilà Bosch. A raíz de una afirmación de Meisl –según él, las palabras de Chapman citadas anteriormente “contenían el espíritu y la esencia del ‘nuevo fútbol’, el posterior a 1926, y que rápidamente creó la mentalidad de ‘seguridad primero’ tan trágicamente típica de la Gran Bretaña de las entre guerras”-, quería conocer qué pensaban ellos sobre esa mentalidad conservadora, y la respuesta fue precisamente que esto no es una conducta extraña a la vida del ser humano en sociedad.

    De hecho, el profesor Seirul·lo llegó a sugerirme que visualizara a los castillos medievales, con sus fortalezas, muros y lagos como dispositivos defensivos, cómo ejemplo para comprender que desde tiempos ancestrales, el hombre se ha concentrado en cuidar lo propio primero, y luego intentar el asalto a las fortalezas rivales.

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    No hay recetas infalibles

    Existe una corriente de pensamiento (sin mayor sustento que las propias sensaciones de sus promotores) que sugiere que defender mejor es hacerlo cerca del propio portero. Esa premisa es la que ha dominado a este deporte en los últimos tiempos, no en vano la gran mayoría de los equipos, cuando pierden la titularidad del balón, lo primero que hacen es correr hacia atrás, en vías hacia su propia portería.

    Esto que aquí señalo es definido como la prevención de riesgos, pero se olvida que en ese retroceso, en esa transición ataque-defensa, se le entrega mucho tiempo y mucho campo al rival para que este gestione la construcción de su avance. Claro que, en muchos casos, ese rival prefiere lanzar rápidamente a sus atacantes, desaprovechando el obsequio espacio-temporal que antes mencionaba.

    En los últimos años son muchos los equipos que cuando recuperan el balón prefieren eso que llaman “ataque directo”, que no es más que intentar la rápida resolución de una situación ofensiva. Esto trae como consecuencia que se “ataque” el área rival con tres o cuatro futbolistas, nada más. Solamente los equipos que construyen sus avances con algo más de paciencia pueden sumar más futbolistas a esa maniobra.

    Ahora bien, como sugiere el título de este pequeño e inexacto ensayo, al fútbol hay que pensarlo. Antes, durante y después de jugarlo. De lo contrario, este maravilloso juego seguirá anclado en conceptos que ya han debido superarse, como aquello de creer que ataque y defensa son actividades disociadas, o que existen recetas exactas para ganar un partido. Y la realidad nos dice que el fútbol no se piensa.

    Es por todo esto que creo que al fútbol se le ha entendido, mayoritariamente, como a un juego reaccionario, lleno de temores, en el que aquel que espera para luego reaccionar es tildado de inteligente. Se ha confundido el concepto de riesgo, y todos hemos contribuido a ello. Podría incluso afirmarse que en el fútbol no se piensa en defender mejor; el objetivo de estos retrocesos despavoridos es crear la falsa sensación de que mientras más cerca estemos de nuestro arco más difícil será para el rival marcar un gol.

    Le pregunto al lector si no sería más adecuado evitar que el rival llegue a esa zona. Y es que si, contrario a ese repliegue urgente y desesperado, el equipo que defiende lo hace conquistando las zonas de construcción de juego rival (defensa-medio campo), es muy posible que desmantele ese ataque y recupere con mayor facilidad la titularidad del balón.

    Todo lo que aquí planteo no es original ni revolucionario. Tampoco contiene este escrito verdades absolutas. La única intención es hacer de su título, Pensar el fútbol, una realidad. Hay que dejar de lado la venda que nos pone el resultado de turno y profundizar en las razones del juego, para así promover una verdadera evolución de este hermoso juego.

    Manuel Sérgio, en su libro Filosofía del Fútbol, escribió lo siguiente:

    ¿Qué es el juego? Una actividad que da placer. ¿Quién juega? El hombre. ¿Por qué? Porque tiene necesidad de placer (…). Pero hagamos una ultima pregunta: ¿Para qué juega el hombre? La respuesta sólo puede ser ésta: para vencer. En una palabra, el hombre juega por el placer que el juego le da, pero el placer implica una finalidad, sin la cual deja de serlo. Esa finalidad es la ‘victoria’”.

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    Lo que nos atañe a todos los que hacemos vida en este juego es descifrar el cómo se puede obtener esa victoria que tanto promovemos, así como hacer del fútbol un juego que no se repita, que no convierta en un hecho indiscutible aquel eterno retorno de Nietzsche.

    Fotografías encontradas en Internet. Créditos a quienes corresponda

  • Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

    Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

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    La goleada ante España despertó todos los temores: a falta de 80 días para el mundial, la selección albiceleste parece tener muchas más dudas que certezas. Sin embargo, hay algo que debe tenerse en cuenta antes de comenzar cualquier intento de vislumbrar lo que será el futuro, aceptando además que todo tiempo por venir es incierto y poco tendrá que ver con las aspiraciones, sentencias y afirmaciones de aquellos que dicen conocer y saberlo todo de un juego tan imprevisto como el fútbol.

    La manera, o mejor dicho, el estado de forma futbolístico cómo un equipo llegue al mundial no es vinculante a lo que será su participación en la competencia; es durante el propio torneo, dentro de su propia dinámica, que una selección encontrará las oportunidades para desarrollarse y encontrar su identidad competitiva.

    No es un proceso lineal; en la historia hay ejemplos como el de España en 2010 (llegaba como favorita, cayó en el primer partido y se ajustó a partir de esa derrota), el de Argentina en 2002 (favorita como nunca antes y fue eliminada en primera rueda), Brasil en 2002 (llegó tras clasificarse en la última jornada, con alguna deserción previa al viaje al torneo y con la presión de no haber convocado a Romario) y el mismo Brasil, pero en 1994 (llegó con Raí como titular y capitán, hasta que el torneo le exigió a Carlos Parreira, entrenador del equipo, sustituirlo por Mazinho a partir de los octavos de final).

    Como estos hay mil ejemplos más. Es por ello que a los equipos de fútbol hay que comprenderlos como sistemas vivos, abiertos, en continuo proceso de cambio. Si existe una actividad en la que se puede comprender la fuerza del “Efecto Mariposa” es justamente en el fútbol. Pequeños cambios en las condiciones iniciales, a veces hasta imperceptibles para el ojo humano, conducen a grandes modificaciones. Y quizá eso sea a lo que apuesta Jorge Sampaoli, seleccionador argentino.

    “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

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    La frase se le ha atribuido equivocadamente a Albert Einstein, pero se desconoce, a ciencia cierta, quien la pronunció. Sin embargo, esto no ha impedido que forme parte de cualquier discusión, futbolera o no, en la que se pretende acusar a alguien de no promover las modificaciones que se creen necesarias.

    Al casildense se le ha acusado de querer propiciar una revolución futbolística en poco tiempo y con los mismos intérpretes que ya eran protagonistas del equipo argentino. Ese señalamiento se apoya en la linealidad, esa característica con la que nos han educado desde nuestro nacimiento y que nos lleva a creer que existe una relación infalible, esa de causa-efecto, según la cual, los mismos causantes (el producto de las relaciones entre los protagonistas, bien sean rivales o compañeros) propiciaran siempre un mismo resultado.

    De ser así, y retorno al fútbol para que la explicación sea más sencilla de comprender, el FC Barcelona que condujo Pep Guardiola, para muchos el mejor equipo de toda la historia, no hubiese perdido un solo partido. Esta es la magia del fútbol: todo es posible.

    Pero en el fútbol, un juego en el que dos colectivos humanos se enfrentan por el control del balón, y en ello cada futbolista es influenciado y ente capaz de influenciar a sus compañeros y a sus rivales, de la misma manera que es influenciado por esos mismos actores, no hay verdades ni nada que se le parezca. No en vano para hablar del juego lo hacemos basados en lo que acaba de pasar y no en lo que sucederá.

    Perdone que insista, pero si hay alguna característica que defina a este juego es la incertidumbre que nace precisamente de todo lo que anteriormente señalé.

    A poco más de dos meses del inicio del campeonato mundial da la sensación de que lo que el entrenador argentino debe promover es la adaptabilidad de sus futbolistas a las distintas emergencias que nazcan durante cada partido del torneo. Esto es, siempre según lo practicado, identificar cuándo, cómo, por qué y para qué llevar a cabo conductas colectivas durante un partido.

    Esto no es sencillo. Sampaoli no goza de tiempo para ensayar, lo que sugiere elegir muy bien los pocos conceptos que desea para encontrar la identidad e intentar ponerlos en práctica cuando comience la concentración previa al torneo ruso. No se trata de cambiar nombres por nombres, que eso lo podemos hacer usted y yo, sino de discutir la validez de ideas y planes.

    En una charla para la edición 13 de la revista Club Perarnau, Jorge Luis Pinto me explicó cómo planificó la llegada de su Costa Rica al mundial de Brasil:

    Antes del mundial le dije al grupo una frase que puede ser histórica. Les dije: ‘He visto ocho mundiales, y al mundial van equipos desbaratados, sin preparación y sin estructura. Si nosotros construimos una breve estructura táctica y nos preparamos bien, no físicamente corriendo sino físicamente en dinámica de juego, con la pelota, entonces nosotros podremos hacer cosas buenas’… Yo hoy puedo decirle al mundo que el equipo que vaya bien preparado, con un gran comportamiento táctico y con un equilibrio en sus jugadores, puede dar la sorpresa que sea”.

    La fórmula de Pinto no es más que la suya, y por ello no vale la pena ahondar en la profundidad de sus trabajos. Sí hay en ella una clave que puede ayudar a Sampaoli de cara al torneo ruso, y es aquella que tiene que ver con la construcción de una breve estructura táctica.

    Rasgos de la conducción Sampaoli

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    A dónde quiera que ha ido, el seleccionador argentino ha promovido que su idea es la de protagonizar los partidos. Sin embargo, hay ocasiones en las que el discurso y los hechos no van de la mano, bien sea porque el rival condiciona y obliga a una reorganización momentánea o porque cada partido supone una constante renovación de ideas e intenciones.

    Cada cuerpo técnico estudia al oponente con la intención de encontrar cómo contrarrestarlo y atacarlo, y Sampaoli y su equipo de trabajo no son distintos. Prueba de ello es que su Chile, ese que salió campeón de una Copa América por primera vez en su historia, jugó la final de una manera totalmente opuesta a lo que venía haciendo. En aquella ocasión, fue más lo que se hizo por desactivar a Lionel Messi que por atacar a Argentina.

    No es casual que, cuestionado por las posibles similitudes entre ambos, Marcelo Bielsa, uno de los referentes de Sampaoli, haya dicho que el actual seleccionador argentino era mejor que él “porque es más flexible”. La verdadera intención de la frase de Bielsa da para otro artículo que quien sabe si valga la pena.

    Es probable que Sampaoli, aún cuando desee comandar esa revolución futbolística que tanto lo motiva, deba volver a ese episodio y preguntarse, casi en un modo Jorge Luis Pinto, qué estructuras tácticas quiere y puede desarrollar. Y aquí está la verdadera razón de este escrito.

    Con la llegada de Sampaoli a la conducción de la selección albiceleste mucho se habló de un cambio radical, tanto de futbolistas como de estilo. Sin embargo, esto no ha sido posible. En el tema de jugadores no deseo entrar porque es arena de chismes, pero en la del estilo vale la pena rescatar dos rasgos y un par de interrogantes.

    1.- Relación con el Balón

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    Llama poderosamente la atención que en estos tiempos se hable más de la recuperación del balón que de qué hacer cuando se dispone de él. ¿Para qué quiero recuperar la pelota si luego no sé qué hacer con ella? Esto es algo en lo que esta versión argentina ha fallado.

    Sampaoli debe definir cómo quiere que sea la relación de su selección con el balón. Este aspecto es fundamental, tanto que determinará hasta qué futbolistas serán titulares y cuales serán descartados.

    Si el entrenador, que ya avisó no tener los laterales deseados, se inclina por un centro del campo protagonizado por Javier Mascherano y Lucas Biglia, la construcción pausada de juego, con la intención de que el avance hacia campo contrario sea casi como una conducta coral, no es más que una utopía.

    Ambos futbolistas no se caracterizan por hacer de la recuperación de la pelota una conducta total. Me explico: al igual que Juan Manuel Lillo, creo que quitarle la pelota al rival necesita de que, una vez recuperado el balón, este sea entregado, en situación ventajosa, a un compañero. De lo contrario no se puede hablar de quite sino de interrupción.

    No quiere decir esto que estos futbolistas sean mejores o peores que sus competidores sino que poseen distintas virtudes. Tampoco son jugadores que juegan a lo mismo sino que hablan una misma lengua, de la misma manera que Xavi e Iniesta poseían un lenguaje en común.

    Esa dupla seguramente será mucho más productiva si el equipo juega un estilo propenso a las transiciones, algo así como su versión del pasado mundial.

    Si por el contrario, Sampaoli decide que su selección construya juego a partir de un estilo más asociativo, siendo un bloque corto que no se separe, la dupla Banega-Paredes parece ser la más adecuada para ese estilo, dado que ambos son futbolistas más acostumbrados a una relación constante y fluida con el balón.

    Llegados a este punto le pido disculpas al lector por no haber aclarado con anterioridad un ítem muy importante: en estas líneas no encontrará referencias a los términos ataque y defensa. Sin proponer que este concepto sea una verdad absoluta, quien escribe entiende al fútbol como una totalidad, un continuum inseparable, por lo que todo en el juego se reduce a jugar.

    Pasemos a otro aspecto, este innegociable en el ideario de Sampaoli: la presión tras pérdida del balón.

    2.- Pressing o presión tras pérdida

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    Se hace referencia a esta herramienta como si esta definiese un estilo. Un estilo de juego puede ser protagonista o reaccionario, el resto de definiciones no son tales, son las herramientas utilizadas para llevar a cabo ese plan. Y la presión es eso, un instrumento.

    Sin embargo, como cualquier mecanismo, y a pesar de no explicar una idea, el pressing o presión debe ser ejecutado de manera colectiva; cualquier despiste de un futbolista traerá como consecuencia inmediata la aparición de espacios que pueden ser aprovechados por el contrincante. Si por ejemplo, solamente los delanteros atacan el avance del rival, de ninguna manera se puede hablar de presión; un escenario semejante es afín a la confusión, al desorden.

    En estos tiempos se habla demasiado de esta herramienta, como si recuperar el balón fuese más importante que conducirlo. Recuperarlo es una conducta posterior a la pérdida de la titularidad del mismo, pero ya le decía que estos son tiempos confusos en los que cualquier frase nos hace parecer expertos en ciencias ocultas, y el público, atorado y apurado, compra estos pescados podridos.

    Para recuperar la titularidad del balón hay que tener en cuenta, nuevamente, la definición de Lillo, porque en ella se encierra que recuperar no es una tarea exclusivamente física sino de ubicación: si los futbolistas están bien posicionados esta recuperación será eso y no la interrupción del avance rival. Pero, y perdone que machaque, hay que primero desarrollar la relación con la pelota para luego desarrollar las conductas sin ella.

    Messi: su rol y sus sociedades

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    El Messi del FC Barcelona obliga a pensar que más que un definidor, Lionel es un promotor del juego. Desde hace unos años, el 10 ha desarrollado una dualidad futbolística maravillosa, la misma que lo acerca al legado de Johan Cruyff como nunca nadie lo hizo: es iniciador y finalizador.

    Más allá de su innumerable arsenal de virtudes, esto que describo ha sido posible porque las relaciones con sus compañeros así lo han permitido y promovido. Desde los tiempos de Xavi e Iniesta, Messi fue poniendo en práctica los valores del juego posicional, aprendidos desde su llegada a La Masía, y que hoy le permiten ser el futbolista más determinante de la actualidad. Aunque las promociones digan lo contrario, muy pocas veces el juego de su equipo fue suyo y de nadie más. Basta observar la relación que existe entre Busquets, Iniesta y él para comprender que un futbolista, por más genial que sea, necesita siempre de sus compañeros.

    La vida en sociedad es eso, la aceptación del vecino como parte fundamental, como apoyo, como un ser vivo con el que se comparten metas y objetivos. En el fútbol, esa relación no puede ser lineal, es decir, no siempre un volante derecho debe alejarse cuando Messi tenga la pelota; habrán ocasiones en las que valdrá el toco y me voy, otras en las que será el toco y me quedo, y otras en las que la participación será exclusivamente posicional o testimonial. Lo que sí debe quedar claro es que aquella postal de la Copa América de Chile, en la que Messi no tiene un socio cercano, es lo que debe evitar el seleccionador.

    El discurso de los distintos entrenadores de la selección argentina ha puesto la lupa en dónde debe recibir la pelota Messi, cuando en realidad, lo más importante es quienes y cómo deben acompañarlo. El gol de Maradona a los ingleses no hubiese sido posible sin el acompañamiento de sus compañeros, algunos cercanos y otros lejanos, que impidieron un escenario como el de la fotografía que anteriormente menciono. Distintas alturas y distintas distancias, eso debe preocuparle al seleccionador.

    Además, al futbolista, sea Messi o Ignacio Benedetti, no hay que limitarle a una zona, a una posición, sino que hay que permitirle desarrollar diferentes roles, para que así, siempre según las emergencias que nacen del juego mismo, sea un factor continuador y mejorador del colectivo. La posición pone frenos, mientras que los roles son camaleónicos, necesitan la adaptabilidad propia del intérprete.

    Cuando Messi es el factor diferencial en su club lo hace sin la atadura de la posición. Muchas veces la dinámica del partido le invita a asociarse con Busquets en el inicio del avance; con Iniesta en la continuidad o la regeneración del mismo, y así con el resto de sus compañeros. Pero no se trata de una cualidad excluyente; el futbolista, cuando es invitado a jugar y protagonizar roles tendrá esa libertad, de lo contrario, cuando se le asigna la defensa de una posición, tendrá fronteras y alcabalas que respetar. No es anarquía sino un caos ordenado.

    Eso, sorpresivamente, ha costado entenderse en Argentina. Digo que llama la atención porque existen pocos países en el mundo con la cultura futbolística de los argentinos. En la órbita de su selección, Messi ha sido siempre encasillado, y por ende, limitado a la estéril discusión de si hay que dejarle ser el finalizador, que si la pelota debe llegarle a tres cuartos de cancha, o si debe ser el conductor. No se habla del juego sino de fronteras.

    El portero

    2651775w1033 Puede que para Sampaoli esta sea la cuestión que mayores dudas le genera. Porque en un buen día, no hay mayores diferencias entre lo que hacen Sergio Romero y Wilfredo Caballero bajo los tres palos. Lo que los diferencia es un recurso que sigue siendo subvalorado por aquellos que etiquetan y premian sin mayor soporte que el valor comercial: el juego en su totalidad.

    Si bien es cierto que en 1992 la International Board prohibía que el portero tocara deliberadamente con las manos un balón que un compañero le hubiera lanzado hacia atrás con los pies, los porteros de los grandes equipos de la historia supieron, por necesidad y adaptación, sacar provecho de su juego con los pies para promover o darle continuidad a la construcción del juego de sus equipos.

    Gyula Grosics, portero del “Equipo Dorado” húngaro, y hasta ochenta y seis veces internacional con su selección, explicó hace tiempo atrás que, debido al juego de aquel equipo, muchas veces debió actuar como líbero para adelantarse a los atacantes rivales. Algunas veces ganó y otras perdió, pero ello no le impidió desarrollar el juego de pies que todavía es visto casi como una herramienta accesoria.

    Sampaoli cree y siente que su portero debe darle continuidad al juego de su equipo, ayudando a crear superioridades detrás de la línea de presión del rival. Eso no se hace con el típico pelotazo que caracteriza el juego de los porteros. Es por ello que no parece descabellado, a pesar de la goleada sufrida ante España, que el seleccionador argentino esté meditando seriamente que su golero en el debut mundialista sea Caballero. No tiene la claridad de Ederson, Manuel Neuer o Marc André Ter Stegen, pero sin duda le ofrece a su equipo una prestación superior que la de su competidor.

    Una vez llegados a este final vale la pena aclarar que lo expuesto acá es una visión, no la verdad. Probablemente el seleccionador tenga muchos más elementos para considerar y para decidir, sin embargo vale la pena volver al inicio de este trabajo para recordar que este es un juego incierto y que la linealidad existe únicamente en las húmedas fantasías de quienes desean aparecer como expertos en la nada.

    La goleada ante España es un aviso, pero nada más.

    Fotografías: Antonio Díaz Madrid y Fernando Massobrio (Diario La Nación)