Lo más jodido de hacerse viejo es llenarse de recuerdos. Los recuerdos son imágenes de algo que fue y que nunca más será.
El futuro es incierto, inexistente, mientras que el presente es tan actual que lo vivimos sin tener consciencia de cuánto de ello se convertirá en recuerdos, y cuánto desecharemos. En la inmediatez del momento, la actualidad es maravillosa, agobiante y conmovedora, sencillamente por la dinámica histérica de nuestra existencia.
Con Andrés Iniesta aprendí a ver el fútbol de otra manera. No fue con Pep Guardiola, a quien tuve de ídolo. Tampoco a través de Michel Platini o de Marco van Basten. Iniesta me obligó a entender que para jugar había que darle continuidad a una dinámica colectiva, y que aquello requería diferentes respuestas, dada la imposibilidad de encontrarnos con dos situaciones totalmente idénticas.
Lo que el eterno número 8 del FC Barcelona construyó fue magnífico y contracultura. Al lado de Xavi, su socio de siempre, destruyó todos los renacidos mitos de la mal llamada modernidad, aquellos según los cuales los futbolistas de poca estatura, o de físico aparentemente débil, no podían competir al más alto nivel. Patrañas, mentiras y mucha ignorancia militante.
Iniesta compitió y vaya si lo hizo. Perdone si esto le parece exagerado, pero no encuentro, en los últimos veinte años, a dos mediocampistas tan influyentes como Andrés y Xavi. Los habrá con más pases gol y con mayores registros anotadores; pero sobre ninguno se construyó un equipo de leyenda como con ellos.
El FC Barcelona de Xavi e Iniesta, de Messi y Busquets, de Puyol y de Alves, de Valdés y de Piqué compitió no con sus rivales actuales sino con “La Máquina” de River Plate, con los “Magiares Mágicos” húngaros, con Brasil de 1970, con el Ajax de finales de 1960, y, si me permite una licencia, con el AC Milan de Arrigo Sacchi. Compitió desde los conceptos que estos grandes equipos construyeron y vaya si los mejoró. Y, aunque a ese equipo lo hayan integrado maravillosos jugadores, incluido Lionel Messi, ninguno, salvo Andrés, englobaba en su ser todas las virtudes de aquel conjunto.
Claro está que un equipo es mucho más que la suma de sus partes, por lo que intentar entender a Iniesta fuera de su “contexto” sería un ejercicio inútil, sin sentido. Aquel “Pep Team” fue de todos, hasta de los que menos jugaron. Sin embargo, Iniesta fue la elegancia y el pragmatismo hecho jugador. Ahora que tanto se habla de jugar simple o de ser práctico, lo mejor sería que se intentara jugar de manera sencilla, como lo hizo Andrés. No hubo nadie más efectivo que Iniesta, siempre que entendamos a esa virtud como la capacidad de conseguir el resultado buscado. El 8 siempre intentó que su equipo jugara mejor y, salvo alguna tarde que nadie recuerda, lo consiguió.
El pase, el control, el giro, el recorte, el freno, el cambio de ritmo y el supremo dominio de los espacios. Eso ha sido el de Fuentealbilla. Su silencio fue la pausa necesaria para tomar un último suspiro, comprender que se ha perdido una gran parte de nuestro ser, y creer, porque nada más se puede hacer que soñar con un futuro que valdrá la pena. Su futbol fue así, un intento de progreso sostenido siempre por un primer paso que ya era pasado.
Todos jugamos al fútbol, y en mi caso, fui extremo. Tenía gol y era bastante rápido. El fútbol era, en mi día a día, una gigantesca posibilidad de ocupar, por medio de la carrera, los espacios que dejaba la defensa rival. Entendía que corriendo llegaría rápidamente al arco. Gol, saque desde el medio y otra vez a correr (no hace falta aclarar que nunca tuve las condiciones para ser más de lo que fui), así comprendía este juego, hasta que el juego me acompañó.
Aun así, nunca dejé de pensar en el fútbol. Todos los que alguna vez jugamos al fútbol seguimos soñando con fútbol, con aquel gol imposible, o con el pase que debimos dar. Y pensamos en fútbol porque creemos que haberlo jugado nos hace conocedores del juego. Por ello le agradezco a Andrés Iniesta que, mientras yo imaginaba piques eléctricos y un fútbol casi individual, él abrió mis ojos para recordarme que este juego tiene una velocidad propia, un espíritu colectivo y colectivista, y que sin los compañeros moriremos en la más triste soledad. Eso fue Iniesta, un continuador y un multiplicador de probabilidades. Siempre en equipo; siempre para el equipo
Iniesta se retira del FC Barcelona y se irá quién sabe a dónde. Su fútbol forma parte de mis recuerdos, de las imágenes que espero nunca me abandonen. Es una de las tantas memorias que ayuda a seguir caminando hacia adelante al tiempo que voy aceptando que me estoy haciendo viejo…
El adiós de Cruyff me pilló en medio de la preparación de un partido por las Eliminatorias Sudamericanas. Recuerdo haberme despertado e ir al gimnasio del hotel en el que nos hospedábamos en Lima, con la intención de trotar un rato, ya se sabe, para drenar un poco la presión y la ansiedad.
A pesar que mi cargo era el de Jefe de Prensa de la Selección Venezolana de Fútbol, la intensidad con la que asumo cada tarea hacía que soñara con miles de variantes para el juego ante los peruanos, por lo que la zozobra era insoportable: no podía desconectar. Por ello trotaba. 40 minutos. 50 minutos. Por lo menos sentía que algo dejaba en esa cinta y me ilusionaba con la posibilidad de dormir mejor.
Vaya si la vida es una constante ironía. Aquella mañana, a eso de las 6:45, cuando apenas empezaba a rondar una pobre velocidad de nueve kilómetros por hora, supe del fallecimiento de Johan. Trotando. Corriendo. Lo contrario a como el «Holandés Volador» comprendía el juego al que tanto le dio. Insisto, la vida no es más que un compendio de incoherencias.
Terminé como pude la rutina. No recuerdo tan siquiera haber completado el tiempo que había marcado en la máquina. Subí a bañarme y escribir un par de líneas para el Magazine de Martí Perarnau. Cuatro párrafos. Desechables y olvidables, pero necesarios. Sepa usted, mi estimado visitante, que la verdadera razón por la que uno escribe es el egoísmo, drenar emociones, sin importar mucho el destino de esas letras. Por ello es tan gratificante cuando alguien disfruta con mis contradicciones. Correr y escribir, así más o menos puedo equilibrar mi velocidad con la dinámica del mundo.
Luego vino el almuerzo y el partido. Recuerdo que durante todo ese tiempo pensaba que, más que una victoria en Lima, me emocionaría aún más que la selección tuviese algún rasgo del cruyffismo. Cualquiera. Quería terminar el partido con la panza llena de fútbol.
Aquella noche no pudimos vencer a Perú, y, aunque nadie lo confirme, entendí que nos íbamos de la selección. No recuerdo si jugamos bien; las emociones me pudieron y nos tocó vivir un incidente que no me corresponde narrar. Al día siguiente, el staff técnico estaba tranquilo, aliviado, como si el episodio de la noche anterior hubiese servido para confirmar mil cosas que espero mueran conmigo. Pero cuando probé bocado (no acostumbro a comer mucho los días que exigen mi total dedicación), dije en voz alta, como si me estuviese cayendo la locha, «¡puta madre, se murió Johan!»
Y es que Cruyff siempre fue Johan para aquellos que lo admiramos. Su obra fue de tal magnitud que superó los límites naranja y los blaugrana; el mejor Real Madrid que vi, aquel que llamaron La Quinta del Buitre, tenía mucho de su ideario; la mejor España, la mejor Alemania, la mejor Holanda, la mejor Argentina, el mejor Milan y, como no, el mejor Barcelona, fueron, todos, de una u otra manera, hijos de su pensamiento.
A quienes llegaron hasta aquí debo pedirles disculpas por mezclar las emociones «cruyffistas» con aquella aventura peruana. Le aclaro que no es ventajismo; desde aquella mañana, en cada partido que veo, me pregunto ¿qué pensaría Johan? Lamento profundamente no haberlo conocido, era mucho lo que deseaba escucharlo, leerlo y verlo. Hay tanto sinvergüenza en el fútbol que se me complica entender como uno de los buenos, quizá el más, se fue tan rápido, dejándonos a merced de los idiotas que predican que hay que ganar como sea, como si la sola voluntad fuese suficiente.
De nuevo pido sepan disculpar mi confusión. La idea de estas líneas era promover algunas reflexiones de su libro 14. La Autobiografía. Pero me duele la ausencia de Johan, casi como la de un familiar, o mejor dicho, la de un amigo, al que siempre se podía acudir para encontrar un buen consejo.
En fin…
«Para mí todo empezaba en la calle. La zona en la que yo vivía era conocida como la «aldea de cemento», un experimento de casas baratas realizado tras la Primera Guerra Mundial. Era una zona obrera y los niños pasábamos tanto tiempo fuera de casa como nos era posible; desde que puedo recordar jugábamos al fútbol donde podíamos. Ahí fue cuando empecé a pensar en cómo convertir las desventajas en ventajas. Descubrí que el bordillo puede no ser un obstáculo, sino que podía convertirlo en un compañero de equipo para el uno-dos. De modo que gracias al bordillo pude trabajar mi técnica. Cuando el balón rebota sobre superficies diferentes con ángulos extraños, tienes que reajustarte al instante. A lo largo de mi carrera la gente se ha sorprendido a menudo de verme chutar o pasar desde un ángulo inesperado, pero eso se debe a cómo me crie. Lo mismo ocurre con el equilibrio. Cuando te caes sobre cemento, duele y, por supuesto, no quieres que te pase. Así que juegas al fútbol procurando no caerte. Fue jugar así, intentando reaccionar ante la situación en todo momento, lo que desarrolló mis habilidades como futbolista. Por eso soy muy partidario de que los jóvenes jueguen al fútbol sin tacos».
«Lo que aprendí es que el fútbol es un proceso que consiste en cometer errores, analizarlos para aprender la lección y no frustrarse».
«El buen jugador es el que toca el balón una vez y sabe a dónde correr; en esto es en lo que se basa el fútbol holandés».
«Yo digo: no corráis mucho. El fútbol se juega con el cerebro. Hay que estar en el lugar preciso en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde».
«La defensa se basa en darle la menor cantidad de tiempo al contrario, o que cuando tienes la posesión del balón debes asegurarte de que dispones de la mayor cantidad posible de espacio mientras que cuando lo pierdes hay que minimizar el espacio que tiene el oponente».
«Continuamente, diez jugadores deben anticipar lo que va a hacer el que lleva la pelota».
«Aparte de la calidad de los jugadores, el Fútbol Total es, sobre todo, cuestión de distancia y posicionamiento. Esa es la base de todo el pensamiento táctico. Si aciertas con la distancia y la posición, todo encaja. También requiere mucha disciplina. Nadie puede ir por su cuenta. Eso no funciona. Si alguien empieza a presionar a un contrario, el equipo entero tiene que unírsele».
«El Fútbol Total, en cualquier caso, es cuestión de distancias en el terreno y entre las líneas. Si juegas así, incluso el portero tiene que entenderse como una línea. Como el portero no puede coger el balón con las manos si se lo pasan, él también tiene que ser capaz de jugarlo. Tiene que asegurarse de que los defensas reciben el balón en el momento exacto. A menudo tiene que quedarse en el borde del área de penalti, para convertirse en una opción para sus compañeros de más adelante. En nuestro estilo de juego en el Mundial de Alemania, no había sitio para un portero que no saliera nunca de debajo de los palos».
«Mucha gente piensa que la defensa consiste en despejar el balón. Pero el arte de la defensa también consiste en saber cuándo le tienes que dar al portero la oportunidad de detener un balón».
«El acertijo de si el jugador A encaja bien con el jugador B siempre me ha parecido fenomenalmente interesante».
«Y, como ya he dicho, me gustaba hacerlos cuestionar el pensamiento tradicional diciéndoles que el delantero era el primer defensa, haciendo que el portero comprendiese que él es el primer atacante y explicando a los defensas que ellos determinaban la longitud del campo. Con la idea central de que las distancias entre las líneas nunca pueden ser superiores a los diez o quince metros. Además, todos tenían que interiorizar que, cuando se tiene la posesión del balón, hay que crear espacio, y que sin él hay que reducirlo. Eso lo consigues siguiendo de cerca visualmente a todos los demás. En cuanto uno echa a correr, el otro le sigue».
«Tomemos la combinación de Ronald Koeman, a quien fiché en 1989, y Pep Guardiola, a quien ascendí al primer equipo en 1990, como dúo de defensa central en el Barcelona. Ninguno de los dos era rápido, y tampoco eran defensas. Pero nosotros siempre jugábamos en campo del oponente. Calculé las probabilidades basándome en los tres pases que podía realizar el equipo contrario. En primer lugar, un pase en profundidad que supera nuestra última línea. Si el portero era bueno y estaba situado lejos de la portería, siempre podría hacerse con la pelota. A continuación, un pase cruzado. Para eso tenía defensas rápidos que estaban entrenados como extremos. Siempre llegaban a tiempo de interceptar el balón. Y la última opción era un pase corto por el centro. Guardiola y Koeman eran tan fuertes en el plano posicional que siempre los interceptaban, a pesar de que, claramente, no eran los defensas centrales ideales. Seguramente era ese el motivo por el que funcionaba. Porque el portero estaba en la posición correcta y los defensas hacían lo que había que hacer».
«De modo que trabajábamos constantemente con los defensas para encontrar esas soluciones. Como presionar al contrario no mediante sprints de treinta metros, sino a base de moverse unos pocos metros en el momento justo».
«Se necesitaron más de diez mil horas de entrenamiento para alcanzar el nivel del Dream Team , nombre que recibía a menudo la plantilla de esa época».
«El dominio del terreno de juego se estaba convirtiendo en un problema cada vez mayor cuando, en realidad, es muy sencillo: cuando tienes la posesión del balón, agrandas el campo; cuando lo pierdes, lo vuelves a hacer pequeño».
«Todo el mundo sabe que me gusta el fútbol cuando se juega al ataque, pero para poder atacar antes tienes que defender presionando, y para poder hacer eso debes saber presionar el balón. Con el fin de hacerlo lo más fácil posible para todos los jugadores, hay que crear tantas líneas como sea posible. De modo que quien lleva el balón siempre tenga alguien delante y alguien al lado. El espacio entre quien lleva la pelota y esos otros compañeros no debería ser nunca superior a diez metros. Cuando hay mucho espacio, aumenta el riesgo».
«A mí me gusta usar cinco líneas sin contar el portero: los cuatro defensas, un centrocampista central atrasado, dos centrocampistas extremos a ambos lados de este presionando hacia delante, un delantero jugando en profundidad o adelantado y dos delanteros en los extremos. En un despliegue de ataque, el terreno de juego va desde la mitad inferior del círculo central hasta el área de penalti del contrario. Esto crea un campo de 45 metros de longitud y 60 metros de anchura. Con un espacio de unos nueve metros entre líneas».
El entrenador italiano comandó la versión más maravillosa del AC Milan. Tras su paso por el Rimini y el Parma, llegó al club rossonero en 1987 y se mantuvo hasta 1991, año en que tomó las riendas de la selección italiana.
Aquel Milan tuvo grandes jugadores como Frank Rijkaard, Ruud Gullit, Marco van Basten, Franco Baresi, Paolo Maldini o el propio Carlo Ancelotti. Pero por encima de esas individualidades, aquel Milan se hizo eterno gracias a que entendía el fútbol de manera contracultural: no jugaba para defenderse sino para protagonizar los partidos. El ataque al arco contrario comenzaba por «atacar» el ataque rival. Fue una sinfonía inolvidable que llevó al extremo aquello de que un sistema es mucho más que la simple suma de sus partes.
Para recordar a Sacchi vale leer algunas de sus mejores frases:
“El fútbol es lo más importante de lo menos importante” .
“Nunca entendí que, para poder ser jinete, se necesitase ser primero un caballo”.
“Hoy en día se valoran los resultados antes que la capacidad de trabajo. Pero no se puede construir un rascacielos en un día y, en su lugar, los presidentes se conforman con una chabola”
“Un grupo solamente se forma si todo el mundo habla el mismo idioma y todos están capacitados para el juego colectivo. No se consigue nada en solitario o, si acaso, sólo resultados efímeros. Con frecuencia me refiero a lo que decía Miguel Ángel: ‘el espíritu guía la mano’”.
“El fútbol italiano es un fútbol con miedo. Se ataca con dos y se defiende con diez; los jóvenes se quedan en el banquillo y la gente ya no viene al estadio”.
“El otro día estaba viendo a los chavales sub-15, y los defensas no hacían otra cosa que marcar a su delantero. Ya son especialistas en eso, no disfrutan del juego. Pero eso es sufrimiento, no alegría, y el fútbol no consiste en eso. Si alguien hace lo mismo todo el rato, será muy bueno en eso. ¿Pero el fútbol se reduce a una sola cosa?”.
«Para mí, el fútbol se basa en saber hacer una buena lectura de la situación; los once jugadores deben responder a la vez. Todo partía de un equipo compacto y organizado que se movía como un cilindro compresor en la fase de no posesión para luego extenderse y ensancharse en la fase de posesión. El movimiento estaba en la base de mi juego, como también el posicionamiento que facilitaba la conexión, la técnica y la fantasía cuando teníamos el balón. Mientras que en la fase de no posesión agilizaba los dobles marcajes, la presión y la colaboración entre los futbolistas. Tenían que moverse todos en bloque, en armonía y con sinergia. El equipo debía permanecer unido y no dejar de moverse».
«En mi fútbol, los líderes eran la idea del juego y el colectivo. ¿Es más importante el motor o el piloto en una carrera automovilística? Pues ambos, pero si no tienes el motor a punto, ni siquiera arrancas».
«Los bloqueos y las colocaciones preventivas en la fase sin balón aún no se conocían, eran una gran novedad. En la fase de no posesión la referencia primordial es el balón, luego el compañero y, por último, el adversario; mientras que en Italia el orden era inverso: primero el adversario y luego el balón. «Pero, muchachos —decía—, si seguís al adversario, nunca formaréis un bloque y nunca seréis un equipo, jugaréis siempre uno contra uno.»
«Se hablaba de ejercicios para desarrollar la psicocinética, que exigían un pensamiento por parte de cada jugador, que desarrollaban las capacidades de atención y concentración. Nos entrenamos de inmediato con el balón, desde el primer día; tenía prisa por hacer entender lo antes posible lo que quería. Miguel Ángel decía que los cuadros se pintan con la mente, no con las manos. Yo pensaba que el fútbol debía jugarse con la mente, los pies son solo un medio que facilita el aprendizaje. Si tienes una buena técnica, pero te faltan capacidad interpretativa y lógica, pasas la pelota adelante cuando debes pasarla atrás, retienes la pelota cuando debes tocarla de primera, la juegas antes cuando debes retenerla. No basta la técnica, es funcional, pero no suficiente».
«Para mí, los jugadores del Milan eran los mejores del mundo, ¡pero fue el juego el que los llevó a realizarse completamente! ¡Todos mejoraron!»
«Nos ejercitábamos también en la fase de no posesión para los bloqueos y las colocaciones preventivas, además de para la presión, algo casi desconocido en nuestro campeonato. La presión exige un equipo compacto y organizado, tiempos de ataque y marcaje escalonados; a la vez, por otro lado, es preciso deslizarse y cubrir con diagonales. El problema consistía en hacer correr hacia delante a futbolistas que desde siempre corrían hacia detrás. Hacia delante solo se corre si se está organizado y se sabe cuándo y cómo hacerlo. El objetivo era estar siempre en superioridad numérica cerca de la pelota».
Frases recogidas del libro «Arrigo Sacchi: Fútbol Total» así como de internet.