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  • La Vinotinto según Johan Cruyff

    -. “¿Qué es bien y qué es mal?”, se preguntaba Johan Cruyff ante la atenta mirada de Xavi Hernández, para luego responderse “es distancia”.

    La Vinotinto sub-23 ha mejorado notablemente durante la celebración del Preolímpico. Uno de los pilares sobre los que se sostiene ese progreso está en la distancia. Basta con observar los primeros partidos y compararlos con los dos más recientes, ante Brasil y Argentina, para identificar que el equipo ha reducido el espacio entre las diferentes líneas hasta convertirse en un conjunto que viaja unido. Más cerca equivale a una mejor comunicación.

    El concepto de “distancias de relación” está referido, cómo no, a lo geográfico. No en vano, cuando hacemos referencia a él inmediatamente pensamos en la longitud y la separación que existen entre los futbolistas de un equipo. No obstante, esta noción trae consigo una mayor profundidad.

    Estar cerca de un compañero no garantiza absolutamente nada si no existen otros factores que alimenten esa relación espacial, tales como la confianza en el (los) socios, la socio-afectividad (relaciones entre los protagonistas en función de un objetivo común), la comprensión del juego y la identificación de semejanzas entre quienes están próximos al futbolista, entre muchas otras.

    Reconocer y adaptar esas distancias permite mejores sociedades entre los jugadores, así como la identificación de qué pueden o qué deben hacer en cada circunstancia de partido.

    La Vinotinto se mantiene en la disputa por uno de los cupos a los Juegos Olímpicos de París 2024 en parte a esa progresión que aquí se narra. Vale la pena resaltar el oficio del entrenador, Ricardo Valiño y su staff técnico, para promover esta evolución en medio de la tensión de un episodio competitivo de tal envergadura. Seguramente hay un sinfín de elementos que conspiran a favor del avance futbolístico de la selección, pero la reducción de las distancias de relación, sin que esto suponga una rendición del espacio, es un hecho que debe valorarse en su justa medida.

    -. Algunos recordarán el film “Un domingo cualquiera” (Any given sunday) de Oliver Stone. En él, Al Pacino (Tony D’Amato) interpreta, de manera magistral a un entrenador de fútbol americano que intenta navegar la tormenta de la inestabilidad deportiva junto a su equipo. De los muchos diálogos que valen la pena escuchar en bucle, está la famosa charla previa a un partido definitorio que a continuación se reproduce:

    “No sé qué decir, en realidad. Quedan tres minutos para la mayor batalla de nuestras vidas profesionales, y todo se reduce a curarnos como equipo o a desmoronamos, jugada a jugada, pulgada a pulgada hasta el final. Ahora estamos en el infierno, caballeros, créanme; o nos quedamos aquí dejándonos que nos aplasten o luchamos por regresar a la luz para salir del infierno, pulgada a pulgada. Yo no puedo hacerlo por ustedes, soy muy viejo.

    Miro alrededor y veo esas jóvenes caras y pienso que he cometido todos los errores que un hombre de mediana edad puede cometer, he despilfarrado todo mi dinero, ¿pueden creerlo?, he sacado de mi vida a todo aquel que me ha amado y últimamente ni siquiera soporto ver la cara que veo en el espejo.

    Cuando te haces mayor en la vida, hay cosas que se van, eso es parte de la vida, pero solo los comprendes cuando empiezas a perderlas, y descubres que la vida es cuestión de pulgadas. Así es el futbol, porque en cada juego, la vida o el futbol, el margen de error es muy pequeño, medio segundo más rápido o más lento y no llegas a pasarla (la pelota), medio segundo más rápido o más lento, y no llegas a atraparla.

    Las pulgadas que necesitamos están a nuestro alrededor, están en cada momento del juego, en cada minuto, en cada segundo. En este equipo luchamos por ese terreno, clavamos las uñas por esa pulgada, en este equipo dejamos el pellejo por cada uno de los demás, por esa pulgada que se gana, porque cuando sumamos una tras otra, eso es lo que va a marcar la p… diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir.

    En cada lucha, aquel que va a muerte es el que gana ese terreno, y sé que si queda vida en mí, es porque quiero luchar y morir por esa pulgada, porque vivir consiste en eso, las seis pulgadas frente a sus caras. Yo no puedo convencerlos de que lo hagan, tienen que mirar al que tienen a su lado y creo que van a ver a un compañero dispuesto a ganar con ustedes, que se sacrificará por este equipo, porque sabe que cuando llegue la ocasión, ustedes harán lo mismo por él. Eso es un equipo, caballeros, o nos curamos como equipo o morimos como individuos. Ese es el futbol, muchachos, eso es todo lo que es. ¿Qué van a hacer?”.

    En el fútbol, mi estimado lector, lo que está bien o lo que está mal es distancia…

  • Proyectos o divinidad

    Hay quienes van por la vida sin reparar en las consecuencias de sus actos, olvidando que ésta, en algunas ocasiones, nos trata como un quinceañero caprichoso, dejándonos pequeñas trampas diseñadas para castigar a quienes se desvíen del camino marcado por el esfuerzo y la dedicación. Yo no involucraría a Dios en esta reflexión como sí hizo John Milton, personaje principal del film El abogado del Diablo y que fue interpretado por el interminable Al Pacino.

    En aquella cinta, Pacino ensaya un extraordinario monólogo acerca de la supuesta culpabilidad de Dios en el desastre que él entiende se ha convertido nuestra sociedad. Asegura que se ha sobrestimado la inteligencia humana y que la divinidad había otorgado libertades innecesarias a nuestra especie. A pesar de lo maravilloso de aquel discurso, yo prefiero creer que somos padres de nuestros errores y desde esa suposición buscar soluciones. Pensar que lo sobrehumano interviene de esa manera es para mí una excusa que justifica la ausencia de reflexión.

    Ese rechazo por la pausa y la introspección es moneda corriente en el fútbol, disciplina en la que, a diferencia de la vida, no se combate la precocidad sino que mas bien se la motiva. Se asume que en este juego se puede ser rápido y furioso –me refiero a la dirigencia– y que con un puñado de dólares (o barriles de petróleo, da lo mismo) se puede armar un equipo campeón casi de manera inmediata.

    Fíjese mi estimado lector que no hablo de competitividad sino de trofeos, y es que estos notables ejecutivos o jeques que se acercan a este juego no entienden que el dinero ayuda pero no juega, o puede que sí lo haga (jugar), pero lo hace en contra, porque su prodigalidad genera tal rechazo que los equipos rivales se sienten más motivados para ganarle al nuevo rico de turno.

    En Venezuela quizás no hayan existido grandes gastos de la talla de los Mónaco, Manchester City, PSG o Chelsea, pero sí han existido ejemplos que promueven la inmediatez y el derroche. El campeonato que recién termina debería servir para reforzar mi idea, pero mucho me temo que estas reflexiones caerán en saco roto.

    El campeonato obtenido por Zamora y el segundo lugar del Deportivo Anzoátegui deberían llamar la atención de gobernadores, alcaldes y los pocos directivos que existen para que de una vez se entienda que el éxito es una circunstancia y que el verdadero trofeo en un fútbol como el venezolano se halla en la continuidad. Me refiero a que los equipos deben ocuparse en crecer como instituciones, desarrollar planes de captación de talento, generar recursos para la construcción de sus propios estadios y desechar los consejos que nacen a partir de las urgencias.

    En la vida, a pesar de las afirmaciones políticas y publicitarias, no existen fórmulas mágicas que garanticen la gloria. Claro que el camino ofrecerá algún señuelo que le hará creer al iluso de turno lo contrario y por ello, transcurrido el tiempo, comenzará su decadencia. En cambio, la enseñanza es que trabajo y dedicación son los pilares más fuertes sobre los que se debe edificar cualquier proyecto que desee ser autosustentable y perdurable en el tiempo.

    Hoy, mientras el Deportivo Anzoátegui y el Zamora diseñan estrategias para mejorar su trabajo de formación como única herramienta fiable en la búsqueda de la continuidad, los otros equipos siguen comprando jugadores siquiera sin darse cinco minutos de reflexión y analizar el triunfo de los humildes. Para ellos todo es suerte o, mejor dicho, intervención divina, sin darse cuenta que no fue Dios sino ellos mismos quienes han desperdiciado miles de oportunidades para pensar y crecer.

    Lanzar los dados –como sugería Pacino en su fantástico monólogo– sin asumir las consecuencias ocasiona grandes frustraciones, entre las que se encuentra la desaparición de los equipos que fueron dirigidos con poca razón y mucho misticismo. Lo ideal en el caso de estos irrecuperables creyentes sería recordarles aquella vieja frase que dice “a Dios rogando y con el mazo dando”.

    Columna publicada en http://www.martiperarnau.com el 15 de junio de 2.013