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  • Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Rafael Dudamel consiguió con esta selección un hito en la historia futbolística de Venezuela: cumplir exitosamente con sus ciclos en las selecciones nacionales sub-17 y sub-20. La historia dirá que su paso por las categorías juveniles criollas fue un acierto pocas veces visto en un país en el que los procesos no son apoyados, respetados ni comprendidos. Con sus más y sus menos, el ex arquero derrumbó mitos. Su llegada a la conducción de la sub-20 es una historia que algún día contaré.

    Esta selección pudo haber tenido un final más plácido, pero, tal cual se divisó en la primera fase, es desde el suspenso que se puede entender el paso criollo por este torneo. Puede que sea una característica propia de nuestra sociedad -vaya si hace falta un sociólogo para que aclare esto- pero son pocos, muy pocos, los éxitos colectivos en nuestra historia que hayan sido contundentes, sin ligar ni rezar.

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    Ante Argentina, con pocas posibilidades de comprometer el triunfo, el equipo criollo estuvo muy cerca de rozar la tragedia. El rival, sin mucho fútbol ni una actuación memorable, se las arregló para que nuevamente Wuilker Faríñez fuese la figura criolla. No había necesidad de entregarse a la ansiedad argentina, pero insisto, a nuestros equipos les cuesta definir las tareas en tiempo y forma. Los goles albicelestes y las apariciones del arquero del Caracas FC así lo demuestran, así como dos jugadas dudosas en el área criolla que el árbitro principal no señaló como pena máxima, lo que debería calmar por un momento a los fundamentalistas de las teorías conspirativas.

    Pero más que el partido, que no fue un trámite ni dejó indiferente a nadie, lo importante es resaltar la clasificación venezolana a su segundo mundial de la categoría, tercero para el fútbol masculino. Esta versión comandada por Dudamel tuvo tres futbolistas sobre los que supo sostenerse cuando el colectivo no apareció: Faríñez, Yangel Herrera y Yeferson Soteldo.

    El portero fue quizá el jugador más importante, o quien más influencia tuvo en los resultados. Venezuela no tuvo durante todo el torneo el funcionamiento defensivo que algunos señalan, entendido esto como una serie de conductas llamadas a evitar las llegadas de los rivales al arco de Faríñez. Durante el torneo, los rivales dispararon, dentro de los tres palos, hasta treinta y un veces, pero sólo en siete ocasiones lograron vencer la resistencia del guardameta, lo que trajo como consecuencia que los criollos abandonen suelo ecuatoriano con la valla menos vencida. La lección que debe repetirse mil y una vez es que el correcto arte de defender es mucho más que una fría estadística.

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    Herrera fue sin lugar a dudas, hasta el partido final, el sostén táctico de la selección. Según su ubicación en el campo, la Vinotinto fue un equipo claramente parado al contragolpe o un bloque corto. Tuvo apariciones importantísimas, como ante Perú, demostrando el carácter suficiente para no dejarse ir por el penal fallado. Su crecimiento no admite dudas, a pesar de que debe corregir aspectos como el correcto manejo de las emociones, pero para eso es joven y tiene muchos minutos competitivos que le ayudarán a ajustar esos pequeños detalles. Da la impresión de que, salvo alguna desgracia o distracción, Herrera está preparado para asumir riesgos superiores, como pelear el puesto de acompañante de Tomás Rincón en la selección mayor.

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    Soteldo, por su parte, tuvo un campeonato sencillamente maravilloso. Hasta en los episodios en los que tuvo que resolver por sí sólo se mostró superior a todos sus rivales. Quizá bajo otra idea de juego pueda brillar más, pero su personalidad es otra fantástica noticia. Basta observar sus reacciones en el partido más complicado, ante Argentina en el Hexagonal, para concluir que, aun en la más amarga soledad, supo aguantar la pelota. Que muchas veces perdiese cuando le hacían 2×1 no es consecuencia de excesos sino de ese aislamiento que muchas veces sufrió. Pocos futbolistas en nuestro país han quemado las etapas competitivas con tanto éxito como el 10.

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    Por último, hay que volver a Dudamel. El seleccionador supo agregar pequeñas variantes a su equipo durante el torneo, evitando que este fuese previsible y, al mismo tiempo, promoviendo más y mejores respuestas. Esta influencia puede observarse en el comportamiento de los laterales: en los primeros partidos se proyectaban con cierta timidez, pero con el paso de los duelos, estos adelantaron su posición en el campo. También construyó un nuevo contexto para que Soteldo fuese más influyente en la zona de definición, adelantando su posición hasta llevarlo a jugar de delantero. Es una pena que no haya podido celebrar en el campo con sus muchachos, pero su rueda de prensa, tras el bochornoso episodio arbitral del Brasil-Venezuela, debe ser comprendida como un acto de motivación impresionante. Tras una derrota dolorosa, el entrenador defendió a los suyos ante todos los poderes, dejándoles la mesa servida para que fueran ellos, y solamente ellos, los encargados de responder a las agresiones con juego y goles.

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    Mucho podemos discutir sobre si se podía jugar mejor, es decir, que desde la conducción técnica se diseñaran estrategias que ayudaran a potenciar aún más las virtudes de sus jugadores -no debe olvidarse que hacer esos exámenes es la razón de ser del analista- pero el resultado final determina que este equipo, jugando a su manera, logró apenas la segunda clasificación de una selección sub-20 al mundial Corea 2017, lo que los posiciona, sin lugar a dudas, en la historia del deporte venezolano. Y eso, más allá de cualquier reflexión, debe celebrarse.

    ¡Enhorabuena!

    Créditos fotografías: Prensa Vinotinto, EFE y AFP 

  • Mucho suspenso y poco juego

    Mucho suspenso y poco juego

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    El aprendizaje es un proceso continuo, que no se detiene aun cuando creemos que hemos superado etapas. Cada situación vivida es una experiencia que almacenamos y que, en algún momento dado, cuando la situación así lo requiera, nos servirá de apoyo, sin importar que la búsqueda de esa referencia sea consciente o inconsciente.

    En ese complejo proceso que antes mencionaba existe un contribuyente especial: las situaciones límite. El ser humano, ante un panorama que se presenta decisivo, se enfrentará a la urgencia de tomar decisiones trascendentales, cuyas consecuencias no son sólo inmediatas. Me explico: para enfrentarse Argentina en la búsqueda de un resultado que asegurara la consecución del primer objetivo, la selección sub-20 adoptó una estrategia que idealmente lo acercaría a esa meta; hubo una respuesta, que más allá del éxito de la misma, se constituyó en parte importante del crecimiento y la formación de los futbolistas que la pusieron en práctica. Esto define el verdadero valor de la competencia en la formación del deportista.

    Puede sonar a lugar común, pero ante la dificultad que significa quedar alejado de la meta o el objetivo, el ser humano normalmente saca lo que se conoce como el instinto de supervivencia. Una muestra de ello es la alineación titular con la que salió Venezuela para enfrentarse Argentina, buscando repetir lo mejor que ha producido el equipo como tal.

    La alineación fue una declaración de intenciones. Más allá de los gustos y todo lo que se pueda discutir en cuanto a las alternativas, Rafael Dudamel se decidió por los mediocampistas que más han rendido en este torneo: Ronaldo Lucena, Luis Ruiz y Yangel Herrera, tres volantes con notorias capacidades para conectar a todo el equipo. Los jugadores antes mencionados son especialistas en promover sociedades, por lo que juntarlos desde el inicio suponía una apuesta por el control del partido y una construcción de juego acorde a lo que el equipo mostró ante Bolivia.

    El retorno de Yeferson Soteldo a la titularidad vino acompañado de una modificación táctica. Ronaldo Peña, quien había hecho de delantero más adelantado durante todo el torneo se ubicó como mediapunta por el costado derecho, cediendo el puesto de punta de lanza a Antonio Romero, un futbolista más veloz y mejor capacitado para explotar los espacios que dejaba la defensa rival. El cambio alejó a Peña del área pero lo acercó a sus compañeros; se hizo parte del circuito de construcción de fútbol y sumó en situaciones defensivas.

    La entrada de Nahuel Ferraresi permitió que la selección contara con un central capacitado para salir jugando. Es muy importante hacer referencia a que esa cualidad no es excluyente; los grandes defensores centrales son aquellos que identifican correctamente cuando es necesario salir en corto, cuando se debe jugar largo, cuando hay apoyarse en el portero o cuando hay que reventar la pelota. Es imposible aislar o fraccionar el juego en etapas o secciones: un defensor hace más que defender y un delantero no se dedica exclusivamente a atacar; cada futbolista tiene la capacidad para jugar, esto es decir, para adaptarse y actuar según lo que requiera el momento.

    El entrenador José Hernández, quien estuvo en la transmisión de TLT, habló sobre un concepto que vale la pena rescatar. El seleccionador nacional sub-17 explicó que este es un equipo, el Vinotinto, que se puede ver beneficiado por la dinámica propia del torneo, e ir de menos a más. La impresión de Hernández se basa seguramente en que la acumulación de minutos competitivos favorece al desarrollo de los modelos de juego. Son pocos los seleccionados que logran sostener altas cuotas de rendimiento en torneos como este. Esa es la apreciación de uno de los entrenadores que mejor conoce los procesos de enseñanza en nuestro país.

    La conexión entre Peña y Ronald Hernández probó ser muy positiva, invitando a reflexionar el por qué no se explotó más. A la habilidad de Hernández se le sumaba la capacidad táctica de Peña, que reconocía los movimientos del lateral y jugaba en función de ellos: se acercaba o se alejaba según beneficiara el recorrido de su compañero. Debo insistir en el viejo concepto que sugiere que, ante la ausencia de extremos, son los laterales quienes con sus proyecciones deben hacer profundo y amplio al equipo, lo que se traduce en la utilización total del campo de juego.

    Hay que hablar también de la falta de gol el seleccionado criollo. Desde el partido ante Bolivia el conjunto nacional ha generado un buen número de ocasiones peligrosas, las suficientes como para pensar que la victoria era más que posible. Pero se falló, no hubo eso que llaman contundencia, virtud que algunos equivocadamente creen que se puede entrenar. Y es que por más que los futbolistas pasen largas sesiones rematando el arco, desde distintas posiciones y con diferentes grados de dificultad, los partidos requieren respuestas que no son idénticas a las practicadas, por el simple hecho de que el partido es como un examen final, y el rival ofrece respuestas imposibles de programar. Claro que hay que entrenar, siempre con la intención de que esa sesión preparatoria tenga el mayor parecido posible a un partido de fútbol, pero aceptando que los partidos tienen situaciones condicionantes muy distintas a lo que ensaya.

    El gol es hijo del juego y de los estados anímicos; en el caso venezolano fue apenas ante Bolivia que empezó a verse la mejor versión criolla, y en cuanto al estado anímico, queda claro que este no pasa por su mejor momento. Por ello es tan importante lo que mencionaba el seleccionador Hernández en cuanto al formato del torneo y como este puede ayudar al crecimiento de una selección.

    Parece que no hay solución al caso de Yeferson Soteldo. Ante Bolivia fue el revulsivo porque encontró muchos compañeros cercanos. Pero ante Argentina volvió ver el Soteldo pegado a la banda izquierda, solitario, sin ayudas, casi dependiente de algún milagro propio que lo ayudara a sortear los hasta tres marcadores que lo acechaban. Da la sensación de que falta algo en este equipo, porque si al 10 lo marcan tres futbolistas, esto significa que en otro sector del campo se produce una superioridad numérica venezolana que no fue aprovechada. Soteldo, salvo cuando se tiró hacia el centro, no tuvo en el lateral Edwin Quero una vía de oxígeno. No fue sino hasta el minuto 67 que Quero recorrió su banda hacia el área rival.

    Es evidente que a la selección criolla le cuesta mucho la construcción de juego. Cada una de las situaciones de gol que produjo en los cuatro partidos tuvo su origen en jugadas a balón parado o ataques sustentados en rápidas transiciones. Pero cuando el rival defendía acerca de su propia área, a los venezolanos se le hizo casi imposible crear peligro. Esto no va a cambiar en la segunda etapa el torneo porque son comportamientos propios de una idea de juego desarrollada en más de treinta módulos de entrenamiento, pero, aun así, no deja de sorprender que durante todo ese tiempo no se desarrollaran variantes al plan de la selección. No hay respuestas ante defensas organizadas.

    Es igual de sorprendente que, jugando contra diez, a Wuilker Fariñez se le exija, sin tener rivales cerca que lo presionen, que lanzar un pelotazo antes que promover secuencias que muevan y desordenen al contrario. No está en el ADN de esta selección otra cosa que el juego de transiciones.

    Al principio hablaba de las situaciones límites y cómo estas comprometen la respuesta de quienes las viven. Me da la impresión de que la selección nacional sub-20 no sintió el partido como tal, sino como un episodio más de un tránsito que, según los cálculos, no terminaba hoy. Es cierto que el primer objetivo (clasificar al Hexagonal final) se consiguió, pero no puede decirse que los criollos arrollaron a sus rivales. Insisto, se avanza de fase, pero el balance de un gol en cuatro partidos, así como la ausencia de alternativas al juego largo son alarmantes. Puede que todo mejore, como también es posible que esta sea la manera a través de la cual se intente la consecución del siguiente objetivo: la clasificación al mundial. Pero que no se olvide que el gol es hijo del juego, y por ahora, de juego, esta selección, ha mostrado muy poco.

    Fotografía: Clarín.com y Agencia EFE

  • Convencerse de jugar

    Convencerse de jugar

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    La selección venezolana Sub-20 enfrenta su mayor reto hasta ahora: vencer a su similar de Argentina para clasificar al Hexagonal final. El duelo no es sencillo; a pesar del desastre que es hoy el fútbol argentino, sus jugadores están acostumbrados a competir desde edades muy tempranas, por lo que aun cuando el contexto conspire en su contra, son futbolistas que no dejan de combatir. Es un tema formativo que por estos lados no se entiende.

    Decía que el desafío es inmenso, pero no por ello imposible. Hay dos factores que deberían ayudar a los nuestros en esta misión: 1) el muy buen segundo tiempo ante Bolivia, en el que quedó demostrado que esta Vinotinto puede alternar con éxito los pases largos con las entregas cortas, siempre apoyándose en los constantes movimientos de sus jugadores; y 2) el regreso de Yangel Herrera y el orgullo herido de Yeferson Soteldo, que ya probó ser un elemento de mucha influencia. Pero un equipo es mucho más que la simple suma de sus partes, por lo que Rafael Dudamel y su cuerpo técnico deben elegir muy bien quienes entran hoy como titulares y para qué entran.

    En cuanto a la amenaza que representa esta Argentina y su ir de menos a más, no hay duda que quienes han competido encuentran en la calidad de sus rivales una motivación inmensa. El deportista está consciente de la trascendencia que puede adquirir un victoria ante uno de los etiquetados como favoritos.

    ¿Cual es la vía? No hay una sola, pero sin duda alguna esa alternancia entre el juego asociativo y la búsqueda en largo de los delanteros es quizá el paso más importante porque permite no ser previsible. Venezuela ha demostrado durante el torneo posibilidades de llevarlo a cabo, por lo que Dudamel no estaría pidiéndole a sus dirigidos algo que no se ha entrenado. ¿El estado del terreno afecta? Sí, pero no vale sumar obstáculos, hay que superarlos, y este equipo demostró ante Bolivia que sabe hacerlo. Es cuestión de creer, de convencerse de jugar.

    Fotografía cortesía http://www.cooperativa.cl/ y Agencia EFE