Etiqueta: Correspondencia de un naufrago

  • Correspondencia: Recuerdos del fracaso

    Correspondencia: Recuerdos del fracaso

    Fue mi mayor fracaso. Del que no me repongo ni me repondré jamás. Creí tenerlo todo y el tiempo me enseñó que no tuve nada. Porque el tiempo, mejor dicho, el paso del mismo, es un verdadero hijo de puta. Te seduce, te embriaga, hasta hacerte olvidar su fuerza, esa que determina la mortalidad de todo aquello que existe. Después de aquel mayo de 2014 sé y acepto que fracasé.

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    Sobre el final, todo había cambiado. Los enemigos y traidores brillaban por su ausencia. Parecía que teníamos barra libre. Éramos, lo que ya es una gran victoria. Y en ese poder ser, sin planificarlo, torcimos el rumbo, dimos una vuelta más a la gastada y oxidada tuerca. Introducimos la voluntad de educar. Tocamos la periodización táctica, el juego de posición, las estructuras que componen al ser humano deportista y hasta pinceladas del pensamiento complejo. No lo escondo, sentí que podíamos hacer una diferencia. Sin embargo, todo muere, todo desaparece.

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    Hace unas horas, un impertinente comentario me hizo recordar aquella época. Gabriel García Márquez dijo aquello de que «la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.«. La referencia bien podría hacerme creer que aquello no ha desaparecido, que vive en el recuerdo de algunos pocos. Sin embargo, en esa trampa no vuelvo a caer. Es el mayor fracaso de mi vida porque, once años después, nada de lo que se expuso en aquellos programas quedó. Este fútbol se comporta como el perro que persigue su propia cola: da vueltas sobre sí mismo, sin avanzar ni atrapar su rabo. Los vicios, los errores, las carencias y las miserias están ahí. Maquilladas y tapadas, pero vivas al fin.

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    Ese naufragio es mi vida. Lo tengo presente cada día. me acompañará hasta mi muerte. Recordarlo me fortalece, me motiva y sostiene esta inmunda e insignifcante trinchera que habito orgullosamente. Desde ella alzo mi voz. Alimenta la resistencia y evita que sea el próximo rehén de la cultura del entretenimiento.

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    Aquel 26 de mayo terminó un sueño. Explotó en mil pedazos. Once años después sigo recogiendo los pedacitos de aquel estallido. Lo hago para recomponer el rompecabezas, para intentar aprender las lecciones. Pero también, para no olvidar jamás que el tiempo es un verdadero hijo de puta

  • Segunda correspondencia de un náufrago

    Segunda correspondencia de un náufrago

    El tipo dice una cosa y hace lo contrario. El discurso, cuidado y planificado para seducir mentes histéricas, se cae a pedazos cuando hasta el más tonto de la clase se anima a cuestionarlo. No hay nada que lo sostenga. Los ideales, mejor dicho, sus ideales, son tan frágiles como una hoja en un temporal.

    Todo vale, todo suma. Una mentira tras otra, una raya más para un tigre.

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    Al artista lo conocemos por medio de sus obras. En este caso, el protagonista, más que artista, es lo que en Argentina se conoce como chanta. El diccionario de americanismos, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, define al chanta como aquella “persona que destaca sus propias virtudes o presume de algo que no posee o posee en bajo grado..

    Hay otras acepciones.“Chanta viene de Chantapufi que es la castellanización de una palabra del dialecto genovés: ciantapuffi, clava clavos. Y un clava clavos puede dar para varias interpretaciones, entre ellas un inútil que cobra por algo que no tiene sentido.” Así lo define Nicolás Lucca en su artículo titulado La Chantocracia.

    El chanta supone tontos a todos aquellos que le escuchan. Se ha acostumbrado a lidiar con necios, memos y mentecatos que le ríen las gracias. Nada es más económico en la industria del entretenimiento que un sí, y el chanta ha aprendido que son muchos los militantes del elogio barato y la adhesión sin crítica.

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    También argentino fue José Ingenieros. Su libro, El Hombre Mediocre, fue anterior a La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset. También más punzante: “El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando con sus palabras”.

    Puede que el chanta y el hombre mediocre se parezcan. No obstante, el primero es más peligroso que el segundo. “(El hombre mediocre) Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales.

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    Pensándolo bien, tengo la impresión de que el chanta que protagoniza estas líneas ha sabido rodearse de hombres mediocres, hambrientos de protagonismo y notoriedad. Analizando aún más, ¿cómo negar el triunfo de este chanta? Al fin y al cabo, ocupa hoy un espacio que no se ajusta a sus (in)capacidades mientras es venerado por los más extravagantes mediocres de la corte.

    Salud, maestro, usted ha triunfado. Sin embargo, cuando se mire en el espejo en búsqueda de nuevas formas para engañar a la masa, le recomiendo tener en consideración a Miguel de Unamuno y sepa que usted «vencerá, pero jamás convencerá…»

  • Un naufragio que vuelve a ser palabra

    Un naufragio que vuelve a ser palabra

    No busquen en el poder las razones del desaguisado. Tampoco en la no-respuesta de aquellos que, en medio de la vorágine propia de la supervivencia, apenas tienen tiempo para atiborrarse con las migajas que se reparten cual espejitos en tiempos de la Conquista y la Colonia.

    Existe un grupo que hace de nexo entre esos polos aparentemente opuestos. Un colectivo organizado, mal intencionado y servil. Una banda que actúa como las viejas familias del Nueva York de la posguerra. Esas que, gracias a la magia del cine, idolatramos y hasta idealizamos.

    Ese colectivo es bastante más que la simple agrupación de personas con un objetivo en común. Son una orden, un culto, un rebaño. No permiten la disidencia: siguen al pie de la letra las órdenes del líder sin tan solo cuestionar hacia dónde los está guiando este burdo gurú.

    Tampoco reparan en que el líder ya se ha cargado a varios de sus antiguos colaboradores.

    El iluminado los convoca cada semana para que lo escuchen gritar a los cuatro vientos cuánto ama lo que hace y cuánto le deben por ejercer su oficio. Predica un amor que no acepta debate, aunque éste no sea otra cosa que la celebración de la mediocridad. La masa, temerosa y cautivada, sabe que debe aplaudir y callar; están en juego las cuatro monedas que algún día llegarán.

    Son tiempos violentos que suponen el triunfo del hombre mediocre descrito por José Ingenieros. Caminan sordos y ciegos hacia el precipicio. Juntos, tomados de la mano, darán el paso final, sin chistar, convencidos de que es mejor morir como borregos que luchar por una pizca de dignidad.

    Esta es la más vieja historia de la humanidad. La de los cuerdos que acusan de locos a todo aquel que reniegue la sumisión. Unos adoran a la divinidad, otros, más terrenales, hincan su rodilla ante el rey de la banalidad y la vulgaridad.

    Continuarán los gritos y la ordinariez. También lo hará este hermoso y silencioso naufragio que hoy, por cosas de la hora y la bronca, ha vuelto a ser palabra escrita.