Etiqueta: Eliminatorias sudamericanas

  • Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    1.- El paso del tiempo, la vida, no es más que la acumulación de recuerdos y vivencias. A ellos recurrimos cada vez que se presenta un escenario similar a lo que compone nuestro bagaje emocional. Por ello es tan común que, minuto tras minuto, nos transformemos en seres más selectivos, menos tolerantes y hasta incrédulos. En los tiempos que vivimos, aquellos en los que importa más estar que ser, todo esto que aquí se narra constituye una enorme tentación para aparentar sabiduría y, al mismo tiempo, presentarnos ante el mundo como poseedores de un equilibrio emocional que en realidad no es tal. Por ello, ante cualquier evento que desafíe nuestra manera de entender algún proceso, nos rebelamos, levantamos la voz y asumimos el papel de aguafiestas, todo con tal de mantener una estúpida prudencia que evita cualquier acercamiento emocional con el fenómeno que recién terminó.

    2.- Jugar al fútbol es comprometerse. Con los compañeros, con el objetivo en común, con el contexto y con todo aquello que demande la reorganización natural de un enfrentamiento directo. Comprometerse, como bien escribió el periodista español Kike Marín, genera renuncias. ¿A qué renuncia un futbolista? Al más fuerte de los instintos del individuo: su individualidad. Esta abdicación es la más contundente prueba de que el ser humano es un ser social, habilitado para aceptar y ejecutar todo aquello que le posibilite la vida en sociedad. Pertenecer a un equipo, versión mínima del aspecto comunitario y cooperativista de nuestra especie, requiere, según la estrategia y los aconteceres del partido, que cada futbolista deje de lado esos impulsos en favor de un brillo superior al particular.

    3.- El ser humano futbolista no es un robot cuyo único fin es el cumplimiento de órdenes. Su razón de ser es jugar una actividad que es colectiva. Por ello, mucho de lo que se ve en el campo es el producto de la aceptación de un objetivo común que lo concilia con sus compañeros y del desprendimiento necesario para colaborar y asistir a quien viste la misma camiseta. 

    4.- Un ejemplo de esto fueron los apoyos que recibieron Alexander González y Christian Makoun ante Brasil. En ambos casos, los laterales venezolanos, gracias a la identificación de las virtudes de Brasil cuando éste atacaba, encontraron las ayudas suficientes para desarticular esos avances. Esos refuerzos, además de cumplir con ese objetivo inicial, tienen otro efecto: hacer que la labor del compañero sea algo colectivo y no individual, lo que ayuda a que ese socio cumpla con su tarea, es decir, que tenga brillo propio. Los apoyos son un acto de colaboración que jamás deben pasar desapercibidos; estos se pueden entrenar mil veces, pero si no se sienten naturales, será imposible ejecutarlos tal cual se vio en Cuiabá.

    5.- Fernando Batista y su cuerpo técnico reconocieron que esta versión de Brasil recuesta sus avances por las bandas, descuidando así la incidencia de sus centrocampistas. Una vez que recupera el balón, la construcción de juego va dirigida hacia esa zona del campo, promoviendo esa pequeña sociedad integrada por Neymar Jr., y Vinicius Jr.. No obstante, cuando éstos no pudieron avanzar, la fluidez dejó de ser la misma; el juego interior de Brasil no posee futbolistas especializados para mantener una rápida circulación de la pelota o para enviar un pase que rompa las líneas defensivas. Desde hace unos años, la selección amazónica ha olvidado aquello de que para ser fuertes en los costados es necesario un juego potente en el centro, y viceversa. Venezuela lo identificó y supo restarle peligro a las intenciones del local.

    6.- El equipo criollo pudo llevar a cabo una de los principios de su entrenador: ser un bloque corto, que no superase los cuarenta metros. Además de defenderse sin dejar espacios al rival, cuando recuperaba el balón, la Vinotinto aguantó la tiranía de la inmediatez: no se excedió en los pases largos sino que avanzó manteniendo esas distancias de relación. En esto fueron determinantes Tomás Rincón y Yangel Herrera, quienes sostuvieron la estructura, incluso turnándose para presionar o incomodar a aquel que intentara conducir por el centro del campo, haciendo aún más necesaria la búsqueda brasileña del juego por las bandas.

    7.- El empate ante Brasil deja un punto en el casillero. Sin embargo, su impacto anímico y futbolístico no se puede medir. El simple hecho de que la selección venezolana haya podido competir, sin limitar las capacidades de sus futbolistas, constituye una victoria sobre todos aquellos que proponen el temor, disfrazado de realismo, como vía única hacia la consecución de las metas. Batista eligió una estrategia cuyos pilares fueron las capacidades de sus jugadores. No fue contra natura, ya que su plan no limitaba las cualidades de los jugadores elegidos. Por el contrario, lo hecho por los futbolistas invita a pensar que los acompañó en eso que se llama la optimización del jugador. Consecuencia de esto es que los valores más resaltables del duelo ante los brasileños fueron la solidaridad, el cooperativismo y, sobre todo, la fortaleza anímica necesaria para no desistir tras el gol de los locales.

    8.- Tras la victoria argentina en el Mundial de Catar 2022, el escritor y pensador argentino Alejandro Dolina, hizo una hermosa reflexión sobre el fútbol y su capacidad para regalar algo de felicidad. Parte de aquella consideración decía lo siguiente:

    El amigo (Samuel) Coleridge decía que: «Para disfrutar el fenómeno artístico había que tener fe poética y suspender la incredulidad». Entonces, cuando vos ibas al teatro no decías: ‘No, no, en realidad este señor no se ha muerto, porque es un actor, no es el Rey de Dinamarca… es un actor y en realidad está vivo, y cuando termine la obra, van a ir todos a la esquina a comer pizza’. Entonces, tienes que suspender la incredulidad, tienes que creértelo, aunque sea por un ratito.

    Cuando vas al cine, sabes que son fotografías, que en realidad ni siquiera de mueven, que la retina, etc. etc. Coleridge decía: «hay que suspender la incredulidad, cuando uno va al cine, cuando uno lee poesía» y yo agrego, cuando uno va a ver un partido de fútbol.

    Hay que suspender la incredulidad y entonces entregarse a la fe poética, que consiste en creer que un gol de Messi, nos va a mejorar la vida, y en la medida que lo creamos, un poco la va a mejorar».

    Ante Brasil, y con toda la razón del mundo, el fútbol de la selección venezolana, el gol de Eduard Bello y las muestras de vocación competitiva de todo el equipo nos permitieron suspender esa incredulidad y celebrar, sí, por qué no, celebrar que ese punto es mucho más que lo reflejado en la tabla de posiciones.

  • Vinotinto ante Paraguay: la fuerza del compromiso

    Vinotinto ante Paraguay: la fuerza del compromiso

    -. Las eliminatorias sudamericanas son crueles. No deseo entrar en el debate de si son o no las más difíciles del mundo porque tengo amigos que han disputado las clasificatorias africanas y las historias que me han contado todavía me persiguen. No obstante, recordemos algo: la selección Vinotinto disputará seis partidos en tres meses y después tendrá una prolongada pausa hasta el mes de Marzo de 2024, fecha de ventana para partidos internacionales según el calendario FIFA.

    -. Asimilado esto, deseo centrarme en esos seis cotejos que se juegan este año. Para cada doble jornada, los seleccionadores tendrán a su disposición entre siete y nueve días para practicar y entrenar con sus dirigidos de cara a dos compromisos oficiales. En el caso que nos ocupa, Fernando Batista, a diferencia de sus colegas europeos, recibe a los futbolistas convocados luego de que estos realicen largos y tediosos viajes. Esta circunstancia resta horas de ensayo. Lo mismo sufren sus pares de América del Sur. ¿Cuánto puede el entrenador modificar en un lapso de tiempo que no le ofrece margen para el ensayo?

    -. Esta es la razón por la que el fútbol que observamos no es idéntico al que aspiramos. Juan Pablo Varsky contó, hace años, una anécdota con Marcelo Bielsa en Venezuela. En esa ocasión, y mientras Varsky esperaba abordar el avión que lo llevaría de vuelta a su país, Bielsa se le acercó y, palabras más, palabras menos, le dijo que era evidente que el periodista sabía de fútbol, sin embargo, debía concentrarse más en lo que el partido comunicaba que en aquello que él deseaba ver. Desde mi perspectiva, y teniendo a la complejidad como punto de sostén, agregaría que hay muchas circunstancias que desconocemos que influencian lo que luego observaremos en el campo de juego.

    -. La Vinotinto venció a Paraguay y con ello encontró mucho más que tres puntos. El equipo y la Federación Venezolana de Fútbol necesitaban un triunfo. Los futbolistas, entre otras cosas, porque deseaban sacarse de encima toda la bronca acumulada; el ente federativo porque hay un trabajo invisible, destinado a atacar falencias en procesos de formación, que requiere de una institución fuerte, en paz, para sostenerlo y alimentarlo.

    -. El duelo contra Paraguay dejó mucho. Sin embargo, no seré yo quien aburra al lector exponiendo todas aquellas que mi limitada capacidad atesoró. Aún así, compartiré algunas que me parecen primordiales.

    -. Alexander González es un futbolista muy válido cuando puede jugar de él. En Colombia, tuvo que concentrarse en el duelo que protagonizó contra Luis Díaz, lo que impidió salir del estado de concentración y pasar a la atención. Por el contrario, ante Paraguay mostró lo que realmente puede ofrecer en el rol de lateral derecho. Recorrió su banda, formó sociedades con los futbolistas que se acercaban a su zona de influencia y no perdió de vista sus responsabilidades en fase de recuperación de pelota. Quedó claro, tanto en su caso como en otros, que saber de fútbol es reconocer las capacidades del jugador puestas en el contexto de un juego colectivo de oposición-cooperación como el fútbol.

    -. Una vez recuperado el balón, queda pendiente hacerse fuerte en el juego interior, por el centro del campo. La Vinotinto apostó en estos partidos por una estrategia en la que prevalecían los desbordes por las bandas, pero si algo nos enseña el fútbol es que, para lograr superioridades por fuera, hay que crearlas primero por dentro. Los volantes centrales tuvieron pocos apoyos para construir esa fortaleza, lo que alimentaba la impresión de que la estrategia inicial no contaba con los pilares suficientes para ser tan potente como se imaginó. La amplitud y la profundidad se sostienen en el centro del campo.

    -. Le pregunté a Batista sobre las distancias entre jugadores cercanos cuando el equipo recuperaba el balón y, también, acerca de los largos recorridos de algunos futbolistas tras retomar la disposición de la pelota. Su respuesta fue esclarecedora: hay una intención de ser un bloque corto, de cuarenta metros, pero el partido muchas veces cambia esa voluntad inicial. Esta afirmación reafirma lo expuesto anteriormente: no hay mucho espacio y tiempo para ensayar distintas maneras de reorganizarse, por lo que estos episodios solamente se corregirán con el paso de los partidos.

    -. Salomón Rondón y Tomás Rincón no ceden ante la histeria colectiva. Ambos son víctimas del paso del tiempo, ese enemigo despiadado e invencible que nos jode a todos y nos acerca a nuestra única verdad: recuerda que morirás. Este tipo de futbolistas son indispensables en un proceso que la Vinotinto pretende escribir en la historia de nuestro fútbol. Marcelo Salas en Chile o Álex Guinaga constituyen dos ejemplos que debemos revisar antes de sumarnos a la masa que exige renuncias, despidos y demás atrocidades sin mayor sustento que la pasión.

    -. Queda mucho por destacar. El compromiso de Soteldo; la versatilidad de Herrera; la valentía de Miguel Navarro; la sobriedad de los defensores centrales, etc. De todo ello se ha hablado y se seguirá conversando, pero el lector debe recordar que los futbolistas que integran la selección han vuelto a sus equipos, a su vida regular y que en un mes, serán llamados nuevamente para repetir el cruel ciclo que describí al inicio. Téngase en cuenta para que en los momentos oscuros, mantengamos la discusión en los márgenes que ofrece el juego antes de caer en la tiranía de la histeria y las soluciones mágicas.

     

    Imagen encontrada en internet. Créditos a quién corresponda

  • Pequeñas sociedades nutren el optimismo Vinotinto

    Pequeñas sociedades nutren el optimismo Vinotinto

    “Las pequeñas sociedades crean grandes equipos”. César Luis Menotti

    No podemos cuantificar las emociones, por ello es imposible determinar cuánto influyó en la victoria de la selección venezolana aquel adagio que sugiere que el futbolista desarrolla un grado superior de motivación con la llegada de un nuevo entrenador. Por otro lado, se pueden enumerar una serie de conductas que llevaron al equipo a mostrar una mejor versión en comparación con partidos anteriores. Hay muchas más, pero estas son apenas unas que consideré relevantes.

    1. El juego de los laterales. A diferencia de lo observado en el pasado reciente, el rol de Hernández y González varió y los llevó a ser futbolistas proactivos y con sentido. Sus proyecciones fueron avances con la intención de construir sociedades con los atacantes que ocupaban las bandas, tanto para el juego corto como para el desborde. Recorrieron la banda o realizaron diagonales hacia el centro siempre según lo que las sociedades que armaron requerían. Además de la instrucciones iniciales del entrenador, esto prueba que son futbolistas que tienen capacidad para interpretar el juego. Carlos Peucelle dió la receta hace décadas: «El juego por las puntas no tiene manera de ser anulado cuando se le hace con punteros veloces, apoyados por interiores de rápida salida de pelota”.

    2. En esas sociedades, Machís y Soteldo fueron relevantes. Lejos de aquellos futbolistas aislados en los costados, sin compañía, en este partido se movieron sin mayores impedimentos. Ocuparon las bandas, intercambiaron perfiles y también sacaron provecho de los carriles interiores. La presencia de Otero por el centro fue, además, una señal clara de que contarían con otro socio, capaz de acercarse y unirse a la sociedad lateral-atacante que antes mencionaba.

    3. Otero interpretó a la perfección su rol. Además de pases filtrados que buscaban a compañeros más avanzados, se involucró en la salida del equipo y se asoció correctamente con Rondón para evitar estorbarse que cuando este retrasara su posición. Hay un detalle: a diferencia de etapas anteriores, se sintió importante y acompañado; no debió recorrer largas distancias para acercarse al área rival y tuvo futbolistas que, alejados de temores pasados, avanzaban hacia campo contrario con una estrategia, lo que ayudó a que las distancias de relación no fuesen tan amplias como en tiempos de José Peseiro.

    4. Rincón fue uno de los grandes beneficiados de la tarde. La estrategia de Pekerman, así como la compañía de Martínez, le evitaron largas carreras a alta intensidad que le desgastaran o que incluso le llevaran a llegar tarde a alguna disputa. Con esa tranquilidad supo ejecutar cambios de frente e incluso acercarse al área.

    5. Martínez aún debe corregir detalles fundamentales de la posición. Hay pases que debe evitar o situaciones en las que no debe apresurarse. No obstante, su capacidad para abarcar muchos metros es fundamental para que Rincón saque lo mejor de su juego.

    6. Los defensores centrales fueron los de menor rendimiento. Ferraresi y Chancellor mostraron algunas dudas tanto en la interrupción del juego como en la construcción del mismo. En el gol visitante, Ferraresi, muy avanzado, tarda en recuperar su posición ideal mientras que Chancellor no reacciona ante la invasión del atacante boliviano al borde del área chica. La caída futbolística boliviana ayudó a que no pasaran mayores problemas en el segundo tiempo.

    7. Pekerman hizo más que promover el orden. No subestimemos su labor. En este primer partido, la selección criolla mostró una cara proactiva producto de la estrategia y no solo de la voluntad. La alineación de Soteldo, Otero y Machís fue una declaración de intenciones, pero las sociedades construidas con los laterales y con Rondón demostraron que su discurso va de la mano con los hechos. Esto no constituye algo diferente al primer paso de un proceso que será largo e incierto. Aún así, es rescatable que el victimismo y los complejos vayan cediendo su puesto en favor de la construcción de un estilo que se asemeje a las capacidades de los futbolistas y no a los temores o las limitaciones de quien los conduzca. El reto inmediato del seleccionador sigue siendo el mismo: ayudar a que el equipo nacional siga construyendo esas pequeñas sociedades a las que Menotti siempre hace referencia.

    Fotografía cortesía de As.com

  • El reto de Leonardo González

    El reto de Leonardo González

    Dos entrenamientos. Máximo tres. Ese es el gran obstáculo que enfrenta el seleccionador venezolano en su rol de “interino”. Nadie, por lo menos en el fútbol, está capacitado para hacer magia en tan poco tiempo. El reto de Leonardo González es enorme: producir pequeñas modificaciones sin contar con los ensayos suficientes para convencer a sus futbolistas de la idoneidad de sus planteamientos.

    Es un hecho que en el fútbol se confunden las aspiraciones con las probabilidades. Tanto González como sus futbolistas desean e intentarán ganar los tres partidos que tienen por delante. Son profesionales de esta actividad, pero sobre todo, son atletas acostumbrados a competir. Ganarán o perderán, pero por su condición de deportista harán lo que esté a su alcance para conseguir sus objetivos.

    Todo eso se circunscribe al terreno de la ilusión, que también hace las veces de combustible emocional para esa masa que agrupa hinchas, seguidores, simpatizantes y curiosos en un solo colectivo que aspira a ver a los suyos vencer. No obstante, a ese conglomerado de seres vivos hay que explicarles que todo lo que se habla cuando se habla de fútbol requiere trabajo, convencimiento, empatía, ensayo y, como si fuera poco, desarrollar relaciones entre entrenador y futbolistas. Roma no se construyó en un día, pero tampoco un equipo de fútbol se edifica en tres.

    Todo lo que la selección venezolana consiga en los próximos duelos ante Argentina, Perú y Paraguay estará emparentado, más que nada, a dos hechos que tampoco son moco de pavo: la capacidad de convencer que demuestre el seleccionador y la confianza en él que tengan los futbolistas.

    Presión alta, media o baja; repliegues; pequeñas sociedades; acciones a balón parado; transiciones, etc. Todo eso que compone el vocabulario de analistas, periodistas y público no puede construirse en diez días. No en vano, el período de readaptación a la competencia, eso que conocemos como “pretemporadas”, requiere de tiempo para el ensayo de postulados de juego que no se aprenden ni se aprehenden en cuestión de minutos. Ni qué decir de la continuidad de conductas que resulten beneficiosas para el equipo. En el fútbol, como en cualquier otro orden de la vida, es el tiempo, o la falta del mismo, el mayor enemigo al que se enfrenta cualquier ser vivo.

    En tres entrenamientos –si se piensa exclusivamente en el partido contra Argentina- no existe posibilidad alguna de desarrollar y ensayar una estrategia de comportamientos que abarquen los dos momentos que componen un partido de fútbol: disponer del balón y no disponer del mismo. Por ello he querido resaltar que todo aquello que enseñe esta versión “interina” de la selección venezolana –me refiero al juego y no al resultado- será consecuencia de la más trascendental de las herramientas con las que cuenta un entrenador: la capacidad de convencer a sus futbolistas. Es imposible que González o quién fuese el entrenador mantenga algo de lo hecho por José Peseiro por la sencilla razón de que ni él es Peseiro ni tampoco formó parte de su staff técnico.

    El reto de Leonardo González es convencer a los jugadores de algo en lo que él debe estar totalmente convencido, así como elegir a los que él vea convencidos de su plan, incluso por encima nombres. Gane o pierda, conseguir tal objetivo le valdrá la admiración de la gente de fútbol, es decir, de su gente. Todo lo demás será, como ya lo adivina el lector, material para redes sociales, acusadores, alcahuetes y demás productores de esa materia que recorre ciertas cañerías.

  • José Peseiro, entre defensas y defender

    José Peseiro, entre defensas y defender

    La selección venezolana ha recibido nueve goles en cinco partidos de la Eliminatoria Sudamericana al Mundial de Catar. El reparto de culpas apunta casi exclusivamente a los cuatro futbolistas que integraron la zaga, cuando en realidad, defender es una conducta que supone la implicación de todo el equipo.

    La confusión nace y se sostiene en la ausencia de reflexiones que se basen en la naturaleza de este juego. Se le ha hecho creer al público que defensa y defensor son sinónimos, cuando en realidad son definiciones similares pero diferentes.

    “El juego parece girar en torno al encuentro deportivo; al choque entre el portador del balón y el defensor que le disputa la pelota. El partido parece una constante reiteración de ese choque. A ningún aficionado se le escapa este hecho y de ahí que la técnica prepare al atacante para proteger la pelota y al defensor para que pueda quitársela. Pero, por una extraña miopía, sólo habíamos advertido la necesidad que tenía el futbolista de vencer ese encuentro. Enseñábamos al jugador a conducir la pelota y a regatear a su contrario; pero no le enseñábamos a evitar ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

     

    Defender, es decir, el plan diseñado para la custodia de aquello que se quiere proteger, es una conducta colectiva en la que se involucran todos los futbolistas de un equipo. Cada uno de ellos cumple una función que va más allá del instinto cooperativista natural del ser humano cuando observa a un compañero en situaciones de riesgo.

    La defensa, que es un tema estratégico, puede ejecutarse por medio de un sinfín de herramientas y en cualquier zona del terreno. No era más defensivo el Inter de José Mourinho que el Barça de Pep Guardiola -así lo demuestran las estadísticas-, sencillamente cada uno interpretó ese plan de protección a partir de los futbolistas con los que contaban.

    Defender supone la aceptación de la cultura colectiva de este deporte de equipo, por ende, abarca mucho más que la simple oposición al futbolista que conduce la pelota. Confrontar a quien dispone del balón es, en buena medida, una consecuencia de ese acto reflejo, que es natural en todo aquel que juega al fútbol y se encuentra cercano a esa circunstancia de partido. Esa confrontación a modo de duelo individual convierte al futbolista en defensor y al que lleva la pelota en atacante.

    Así se entiende por qué todos los futbolistas son defensores y atacantes, sin distinción de su rol originario.

    Lo expuesto en estas líneas es de fácil comprensión. No obstante, quienes ocupan un puesto en los medios de comunicación prefieren obviar esta teoría para sostener que las conductas defensivas de un equipo quedan reducidas prácticamente a duelos individuales. Es por ello que algunos hasta se atreven a hablar de un “pressing individual”, irrespetado de esta manera el concepto grupal de esa conducta.

    La actualidad de la selección venezolana de fútbol es al menos digna de analizar. Su entrenador, el portugués José Peseiro, ha expuesto en innumerable cantidad de apariciones mediáticas, que la falta de entrenamientos y partidos preparatorios le impide construir un equipo con mayor vocación ofensiva y, por ello, ha preferido construir su equipo pensando primero en la organización defensiva del mismo. No obstante, el rendimiento de su selección confirma que, hasta el momento, no ha logrado ese primer objetivo.

    «La actividad deportiva se centra en el manejo y la disputa del balón. La actividad estratégica se realiza sin balón y va dirigida a colocarse en el puesto. El puesto de los atacantes es el sitio que les permite evitar el encuentro con los defensas. El de los defensas es el que les asegura ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

    ¿Cómo se reorganiza defensivamente la selección venezolana tras perder el balón? ¿Hacia dónde pretende conducir al equipo rival para acelerar la recuperación de la pelota? ¿Cómo se reorganiza en los momentos en que el oponente mantiene su avance hacia el marco criollo? Estas son apenas tres de las muchas preguntas que todavía no encuentran respuesta en la dinámica vinotinto.

    Responsabilizar a un entrenador de los errores individuales o de ejecución de alguno de sus futbolistas es un acto de desconocimiento de la dinámica humana de este deporte. Lo que sí cae dentro de su zona de influencia es el diseño de ese plan para defender, algo que hasta el momento es al menos indescifrable, salvo que se crea que la acumulación de futbolistas en determinada zona constituye por sí misma un plan, teoría que queda sin validez cuando se comprende lo expuesto en las citas textuales que acompañan a estas líneas.

    Nuestra obligación, como comunicadores, es invitar al público a conocer la actividad estratégica que describió Olivós en su tratado. La de Peseiro es acompañar a sus futbolistas en el descubrimiento del cómo, el cuándo y el para qué. Es por ello que considero que a la selección le llega la Copa América en el momento adecuado, ese que puede marcar un antes y un después. En ella, Peseiro dispondrá de al menos tres partidos y un puñado más de entrenamientos para ensayar y desarrollar ese plan defensivo que, según sus palabras, servirá para dar nuevos pasos hacia el desarrollo de la identidad de su selección.

     

     

  • Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    No encuentro otra actividad en la que los roles de los protagonistas se alteren tan violentamente como en el fútbol. Se pasa del Olimpo al infierno en cuestión de minutos, o si se quiere, entre un partido y otro. Vivimos en la tiranía de la hipérbole, lo que supone que todo es maravilloso o repugnante. No hay términos medios ni tampoco tiempo para la contemplación, tan necesaria para examinar los procesos.

    Ocho meses y dos partidos fueron suficientes para que José Peseiro dejara de ser el seleccionador ideal y convertirse en un perfecto incapaz. Su condición de entrenador europeo excitó a muchos, de la misma manera que su breve paso por el Real Madrid en la función de asistente técnico de Carlos Queiroz. Hay algo en la autoestima del venezolano que le invita a creer que ciertas particularidades son determinantes cuando en realidad no son más que actos del azar. Se dogmatiza, ingenuamente, que el lugar de nacimiento concede algunas virtudes. Esto, por supuesto, es la banalidad en su máxima expresión.

    La designación del técnico portugués fue celebrada, de entrada, por su origen. Luego se fue ganando el apoyo de parte de la masa gracias a su disposición a conversar con los medios. En esas apariciones habló de lo terrenal y de lo divino. Cómo se dice en criollo, cayó bien. No se le cuestionó acerca de temas relevantes, como por ejemplo el empeño en hablar de esquemas tácticos por encima de futbolistas o su fijación por la presión alta, la bendita presión alta que los medios han encumbrado hasta el nivel de herramienta sine qua non.

    El fútbol, así lo creo, no es un proceso lineal en el que se triunfa en base a esas disposiciones geográficas iniciales, así como tampoco a través del uso testarudo de herramientas; este es un juego en el que lo más importante es qué se hace cuando se dispone de la pelota y cómo se actúa cuando no se posee. Esta es una actividad en la que esas numeraciones nos distraen de lo que realmente merece atención: cómo se reorganiza un equipo en medio del caos que es un partido de fútbol.

    Bajo esa forma de observar el fútbol es claro que tanto Peseiro como sus futbolistas tuvieron dos malas presentaciones. Salvo por los minutos finales ante Paraguay, Venezuela fue un colectivo que jamás encontró respuestas colectivas; prevaleció el detalle individual por sobre la cultura de equipo. Esto, aunque sea antagónico con la frustración popular, era presumible.

    La dura realidad

    Las selecciones no son un equipo. No pueden serlo. Reunirse una semana cada cierto tiempo ralentiza la construcción colectiva de una identidad. Además, los futbolistas que la componen varían y llegan con el condicionante de ser parte de otra cultura futbolística, y de otro contexto, y al sumarse a la dinámica de los equipos nacionales, se ven obligados a reaprender viejas conductas y sumar otras que se ajusten al episodio competitivo que están por protagonizar. Esto es lo que encierra el manoseado y despreciado concepto de proceso.

    Inmersos en una pandemia, sin partidos amistosos y con menos de diez entrenamientos, era muy difícil, por no decir imposible, que la selección venezolana, bajo la batuta de un nuevo y desconocido entrenador, lograse ser algo opuesto a un colectivo confundido. Los goles que no subieron al marcador frente a Paraguay no deberían modificar esa frustrante realidad. Los resultados no se discuten; lo que es materia de debate es el funcionamiento colectivo.

    Aún bajo ese desalentador panorama que se narra en las líneas anteriores, a José Peseiro se le publicitó como una especie de redentor futbolístico, casi como el mesías capaz de desterrar todas nuestras frustraciones. Inclusive se magnificaron hechos naturales de la convivencia de un grupo. Aquello no entra dentro de sus responsabilidades; es en la factura de los alcahuetes de siempre donde deben contabilizarse estos despropósitos. Sus decisiones durante los partidos ante colombianos y paraguayos le devolvieron su condición de simple ser humano. Pasó del Olimpo al infierno en cuestión de minutos.

    Las dos primeras presentaciones de la selección venezolana fueron un enorme balde de agua fría sobre aquellos que alimentan la euforia con la que los hinchas esperaban las intervenciones del portugués. Los mismos que hoy venden la opción de despedir al seleccionador. Como buenos discípulos del Realismo Mágico, se proponen soluciones que únicamente encuentran inspiración en esa necesidad ancestral de hacer parecer lo irreal como natural. Esto es fútbol y en él se ha hecho costumbre discutir cualidades que no son tales o limitar el análisis a lo que se quiere ver y no a lo que realmente sucede.

    El futuro

    Peseiro tomó decisiones equivocadas. Desde el plan de cada duelo hasta los cambios que realizó durante los mismos. Las derrotas son indiscutibles y su responsabilidad en ellas es evidente. Sin embargo, promover su separación del cargo como solución a esto que aquí se describe es, al menos, un atentado en contra de los procesos que muchos dicen defender. ¿Realmente alguien se va a comer el caramelo de que un nuevo entrenador dispondrá de los entrenamientos y partidos amistosos que el calendario y la pandemia le han negado al portugués?

    Peseiro todavía tiene tiempo de maniobra, de hacer que esta sea su selección. Debe identificar cómo lograrlo y tomar decisiones, por más incómodas que estas sean. Su condición de agente externo a los vicios del fútbol venezolano le da la libertad suficiente de actuar sin estar atado a intereses ajenos a su oficio ni a nuestra insoportable condición de aspirantes a la intervención divina. De no hacerlo, será él, no los altaneros mediáticos, quien le ponga fecha de vencimiento a su estadía en el cargo.

  • Argentina vive confundida

    Argentina vive confundida

    Estamos acostumbrados a hablar de fútbol a partir de los rendimientos individuales, dejando de lado, entre otras cosas, los contextos y las relaciones. Además, hay una discusión que no se da porque la inmediatez y los gritos hacen imposible: la diferencia entre posición y rol. Este debate ayudaría a comprender las razones por las que la selección de Argentina vive confundida.

    El primer error está en la revisión que se hace de la convocatoria. Insisto, se examinan nombres y el rendimiento de cada uno en su equipo. Esos futbolistas, seres humanos que hacen de jugadores de fútbol, viven, entrenan, conviven y se relacionan con otros compañeros, en un entorno particular y bajo propuestas muy diferentes. Para no quedarme con el ejemplo fácil voy a afincarme en la figura de Nicolás Tagliafico.

    El jugador del Ajax parte de esa posición. El diccionario de la lengua española define posición como «Postura, actitud o modo en que alguien o algo está puesto«. Tagliafico comienza el juego desde ese puesto, sin embargo, cuando juega en el equipo neerlandés, esa zona es una referencia que no lo ata: es un punto de inicio para que desarrolle su manera de ser. Se proyecta por el carril y se combina con mediocampistas y atacantes porque el estilo de juego y sus compañeros intentan potenciarse y no limitarse entre sí.

    Su rol en el Ajax no está definido por su puesto como marcador lateral. Juega desde ahí. Esto es posible gracias a que tanto él como sus compañeros poseen un entendimiento global de lo que es el juego de equipo. No obstante, cuando llega a la selección argentina se le exige todo lo contrario: que juegue en su posición y no desde la misma.

    Nadie en su sano juicio puede discutir la convocatoria de Tagliafico ni tampoco su titularidad.; lo que debe analizarse es qué instrucciones recibe, qué obligaciones se le transfieren, para que su aporte se vea tan disminuido.

    Rodrigo De Paul

    Su actualidad sugiere que llamarlo a la selección argentina sea casi una obligación. Sin embargo, la idea del seleccionador le coloca en un puesto que no es el suyo por naturaleza y con un rol en el que poco destacará. Además, anclarlo a esa zona del campo trae como consecuencia la disminución de la influencia de otro futbolista como Leandro Paredes, obligando a ambos a ser algo no son. ¿Se da cuenta el lector como esto va más allá de sumar fichas en un campo de juego y que el fútbol es una red de interrelaciones?

    Jugar con dos volantes centrales requiere que ambos conozcan ese oficio, algo que rápidamente se puede identificar al verlos actuar en el campo. Si estos juegan en línea significa dos cosas: no están cómodos con la disposición en el campo, y mas que una alcabala para detener avances rivales, esta confusión es una invitación a que el oponente explore más variantes en su construcción de su juego.

    Retorno a Tagliafico. Es un lateral de clara vocación asociativa en diferentes zonas del campo. Lejos del concepto popular, las proyecciones de un lateral no son carreras a lo loco por la banda sino avances condicionados por los movimientos de los compañeros. Es muy importante reconocer que todo movimiento que se produzca en el campo de juego es producto de la dinámica colectiva. Este concepto ayuda también a darle claridad a ciertas conductas de Lionel Messi en su selección. Por ello, la diferencia entre rol y posición es tan importante definir.

    En un post anterior -ofrezco disculpas por la auto referencia- escribí lo siguiente: «Si al futbolista le asignamos un puesto, por ejemplo, el de lateral derecho, cada vez que éste se atreva a salir de esa demarcación para proyectarse por su banda, o para hacer de volante interior, estaremos ante un alejamiento peligroso de su zona. Pero si al futbolista se le asignan roles, tendrá la libertad de pensar y ejecutar siempre según lo que la jugada exige. La posición somete y tiraniza; el rol es libertad a partir del conocimiento y la interpretación«.

    La conclusión es que no basta con convocar a «los mejores» o a los que tengan mayor continuidad. Un equipo de fútbol es mucho más que la elección de once jugadores; las ideas y los planes tienen mucha influencia porque estos pueden estimular condiciones o, como en el caso de Tagliafico en la selección argentina, limitar las condiciones individuales hasta el punto de hacer más difícil la construcción de la identidad colectiva.

    Jugar es relacionarse, cosa que es muy complicada si no se parte de la correcta interpretación del juego y de quienes lo protagonizan.

  • Basta de especular con el futuro

    Basta de especular con el futuro

    El futuro no es ni de cerca lo que deseamos. Si usted así lo prefiere, imagine que ese tiempo por venir tiene personalidad propia, y a ella la acompañan los caprichos y las reacciones sin justificación aparente.

     
    ¿Por qué hablo del futuro? Porque no lo conocemos, mucho menos podemos planificarlo. Hay mucho que hacemos con la intención de reducir el margen del error, que es lo mismo que intentar limitar la influencia del azar. Nada más que eso. Eso mismo hacen los entrenadores. Pero el periodismo no juega; es hora de que asuma su lugar.

     

    A Venezuela, o mejor dicho, a su selección de fútbol, muchos le auguran un futuro promisorio. Apoyados en episodios competitivos recientes, así como en el segundo puesto obtenido en el Mundial sub-20, muchos, casi todos, hacen futurología, olvidando que nada nunca será lo que esperamos. Puede que el porvenir sea mejor o peor, pero será distinto. Ese es el espíritu de este juego, y el de la vida misma.

     
    La labor del analista no es contagiar al respetable ni mostrar sus necesidades -llamémoslas miserias para que se entienda mejor. El análisis, en el fútbol, es el repaso de lo sucedido con la intención de tener una idea de cómo puede ser el futuro. Nunca, al menos en un deporte colectivo y cooperativista como el fútbol, esa revisión tendrá el peso de una fórmula científica. ¡Juegan seres humanos!

     
    Seres humanos. El concepto parece tan básico, y sin embargo lo despreciamos como si no tuviese valor. Seres humanos que cambian, que evolucionan, que relacionan con muchos, que de esas interrelaciones nacerán miles de dudas y de respuestas; seres vivos que sufrirán los altibajos típicos en su vida personal y profesional. En fin, que lo que hoy vemos como una verdad absoluta e invariable mañana puede ser una habitante más en el trasto de las promesas perdidas.

     
    La manera de competir de la Vinotinto, sobre todo en los últimos partidos, alimenta la ilusión. Podría decirse que es un punto de partida. Pero nada más. Esto no es una crítica ni nada que se le parezca, es solamente un aviso para navegantes, el recordatorio de que las aguas calmadas siempre pueden variar su carácter.

     
    Al anterior seleccionador se le cuestionó que pidiera públicamente mayor ambición a sus futbolistas. Ojalá que todos los futbolistas venezolanos alguna vez comprendan la intención que encerraba aquel mensaje: un recordatorio de que nunca se es lo suficientemente bueno.

     

    En aquella ocasión los alcahuetes le hicieron creer a los deportistas que ese discurso era una lanza contra ellos. Hoy, que los vividores son más vividores y menos contra, vale la pena recordar esa sugerencia.

     
    Insisto: nada será lo que creemos. Será lo que deba ser. No es que el destino esté escrito , sino que se construye con el paso de los años, meses, semanas, días, horas y segundos.
    Fotografía encontrada en internet. Cortesía a quien corresponda

  • La Vinotinto de los 45 minutos

    La Vinotinto de los 45 minutos

    La selección se acostumbró a jugar por lapsos de tiempo. Ante Perú fueron los primeros cuarenta y cinco, mientras que, ante Chile, en Santiago, fue en la segunda etapa que se observó la mejor versión del equipo criollo. Si ante los incas el aviso fue claro, contra un equipo que sabe competir en el más alto nivel como la selección austral, esa situación se hace notable y pesada. El 3-1 no hace justicia al mal partido criollo.

    Los partidos de fútbol duran noventa minutos. Eso de hablar de competitividad por etapas es un ventajismo insoportable e insostenible. Puede que ante Perú algunos hayan creído que con eso alcanzaba, pero Chile, esa selección que es ejemplo de respeto a un proceso futbolístico, no perdona tantas ventajas. Lo hizo en el marcador, pero futbolísticamente dejó en evidencia las diferencias entre una y otra selección.

    Sería preocupante quedarse con el gol de Tomás Rincón que no subió al marcador, el posible penal no sancionado a Rómulo Otero, o si se prefiere, con la creciente sociedad entre Otero y Jhon Murillo. Defender la competitividad criolla a partir de esos episodios puede ser hasta peligroso porque obviaría que el local tuvo hasta cinco ocasiones claras de aumentar la ventaja hasta que Salomón Rondón convirtió el gol del descuento. Guste o no, la figura venezolana fue Wuilker Faríñez, una clara muestra de que, por un lado, el joven arquero no tiene problemas en defender el arco de la selección mayor, y por otro, que Venezuela hizo aguas.

    Habrá quienes apoyados en el rendimiento del guardameta exigirán una mayor presencia de juveniles en las próximas alineaciones. Ante semejante muestra de oportunismo es pertinente recordar que la inserción de jóvenes valores, por sí sola, no solucionará nada. La calidad de los entrenamientos, una idea clara, el respeto por la exigencia de la competencia y el sacrificio de los futbolistas son los componentes obligados de todo proceso que pretenda crecer y evolucionar. No hay atajos ni tiempos fuera: o se asume con esa energía o seguiremos a la deriva.

    Chile atacó sin piedad el costado derecho de la defensa criolla. La voluntad de Alexander González no fue suficiente para el dos contra uno que promovieron Jean Beausejour y Alexis Sánchez en contra del lateral. Llama poderosamente la atención que no se tomara en cuenta que esa conducta es costumbre en la selección roja, o peor aún, que no se asumieran rápidos correctivos ante semejante acoso. Desde los tiempos de Marcelo Bielsa, con el propio Beausejour y Mark González, Chile ha tenido en su ataque por la banda izquierda su principal arma. Pasan los años y esto se ha potenciado con el crecimiento de Sánchez y la aparición del propio Eduardo Vargas. Ante eso, no fue sino hasta el minuto 60 que la Vinotinto promovió un retoque. Culpar a González de errores colectivos sería, como no, oportunista.

    En cuanto a Chile y su identidad debe hacerse un aparte. El ejemplo chileno nos desnuda hasta en la selección de los entrenadores. ¿Qué tienen en común Richard Páez, César Farías, Noel Sanvicente y Rafael Dudamel? La sucesión de seleccionadores en nuestro país es emocional, no hay un guión porque no se comprende la importancia de una hoja de ruta. Así nos pasamos de un juego posicional a uno puramente reactivo y dependiente de la pelota parada, para luego sumergirnos en uno en el que prevalecen las rápidas transiciones. Todo esto sin anestesia, porque el plan es no tener plan.

    Vuelvo con Chile. Los australes, luego de la renuncia de Bielsa, apostaron por Claudio Borghi, un entrenador con modos e ideas casi opuestas a las del “Loco”. Cuando casi perdían toda oportunidad de ir al mundial Brasil 2014 recurrieron a Jorge Sampaoli, un continuador del “bielsismo”, quien, tras lograr la clasificación a la cita brasileña, comprendió que había que darle una vuelta de tuerca al equipo: los cambios no fueron de módulos tácticos ni de discurso, episodios que tanto entretienen a los especialistas criollos. El hoy entrenador del Sevilla agregó claves del ataque posicional de la mano de un experto (Juan Manuel Lillo) para enriquecer a su equipo. Insisto en mi pregunta, ¿esas discusiones se promueven en nuestro fútbol? Repasemos el campeonato local para darnos cuenta que la gran mayoría de los entrenadores están más preocupados por las excusas que por su propio crecimiento.

    Esto que menciono no es poca cosa. El joven grupo que integra al equipo nacional todavía está en búsqueda de una personalidad propia. En el primer tiempo contra Perú, y en la segunda etapa ante, Chile quedó demostrado que, por cualidades propias de sus intérpretes, esta selección puede crecer bajo la idea de protagonizar los partidos, a través de un fútbol de sociedades, más pensado y menos reaccionario. Pero, cuando la responsabilidad se hizo pesada, se retornó a viejos vicios como el pelotazo sin sentido, distanciando aún más a los futbolistas patrios.

    Detengámonos por un instante en el gol criollo y preguntémonos si la reacción criolla es consecuencia exclusiva de la voluntad propia. Es innegable una recuperación anímica que los llevó a anotar el tanto de Rondón y seguir adelante, pero su origen es tan propio como ajeno; el equipo de Juan Antonio Pizzi sobró el partido y alimentó a la Vinotinto. Hay mérito de los de Dudamel, pero sólo cuando el rival aflojó fue que nos atrevimos a intentar algo distinto. La sensación que deja esta doble fecha es que Venezuela sufrió por no creer en sí misma. La selección cuenta con jugadores capaces de competir y disputar los partidos, por lo que vale preguntarse si la inconsistencia no pasa por un tema emocional o psicológico más que futbolístico.

    ¿Por qué Rincón no consigue mostrar su mejor versión con la selección? ¿No merece José Manuel Velázquez una oportunidad? ¿Volverá Roberto Rosales? ¿Por qué no apostar por Mikel Villanueva como lateral? ¿Faltó algún volante ofensivo en el banco de suplentes? ¿Está Víctor García listo para asumir el puesto de lateral derecho? Con Otero y Murillo cada vez más asentados, ¿cuál es el rol de Alejandro Guerra? ¿Qué hacer con un Peñaranda talentoso pero sin actualidad en su club? De aquí a agosto hay tiempo suficiente para ir respondiendo estas interrogantes, muchas de las cuales encontrarán solución con la llegada de las vacaciones y el mercado de fichajes.

    Permítame una última reflexión: En el deporte criollo creemos que la solución a nuestros males es apostar a cambios de entrenadores mientras celebramos logros individuales como la llegada de Rincón a la élite. Los procesos formativos tienen una vida muy corta, y en la gran mayoría de los casos están protagonizados por entrenadores que apuestan a ganar notoriedad con triunfos y no a través de su capacidad formativa la formación. Es natural: la educación no paga tanto como dirigir en primera división. ¿Existe en Venezuela algún director de metodología? Daniel De Oliveira casi asume ese cargo en Caracas FC, pero la confusión que reina en esa institución es profunda y no vale la pena explicarla en estas líneas.

    Sin el apoyo de una metodología clara, los futbolistas venezolanos son triunfadores individuales. Cada uno de sus logros son “a pesar de” y no “gracias a”. ¿Dónde estudian los entrenadores venezolanos? ¿Cuanto duran esos cursos? ¿Quienes los imparten? ¿Todos los “carnetizados” hicieron el curso? Perdone que me afinque, pero estos problemas van más allá del seleccionador de turno. Son la consecuencia natural de un mal hacer que ya es costumbre. Hasta tanto no se ataquen estos problemas de fondo, la selección, la dirija Dudamel, Bielsa o José Mourinho, seguirá siendo un barco de difícil conducción.

    Hasta agosto no habrá actividad. Hay tiempo para digerir la derrota y el empate de esta doble fecha. Es cierto que no hay mucho tiempo de ensayo para promover correctivos, pero si algo hay que aprender de Chile es que, con el mismo inconveniente, han construido y mejorado una idea de juego. Sin tiempo, pero con mucha voluntad.

    Columna publicada en El Estímulo, el 28/03/2017

  • Venezuela 2 Perú 2: sigue faltando fútbol

    Venezuela 2 Perú 2: sigue faltando fútbol

    Al igual que hace un año, Venezuela y Perú empataron a dos goles. Sin embargo, las sensaciones no son ni remotamente parecidas: en Lima se lamentó la igualdad, mientras que en Maturín más de uno respiró hondo cuando el juez principal decretó el final del duelo.

    Los partidos duran 90 minutos, y aunque ello sea una obviedad, vale la pena recordarlo, más cuando todavía hay quienes se empeñan en explicar un mal resultado desde el cansancio. Si el rival desactiva el plan, como fue el caso de hoy en Maturín, las correciones no pasan por correr más sino por jugar mejor, lo que significa adaptarse a distintos escenarios.

    La apuesta inicial de Rafael Dudamel invitaba a pensar en una selección con voluntad ofensiva, capacitada para aprovechar cada espacio que generara o dejara el rival. La presencia de John Murillo agregaba la variante siempre necesaria del juego por los costados, elemento sumamente importante para liberar a un atacante como Salomón Rondón, y evitar que la acumulación de defensores peruanos limitara el éxito del ataqué criollo.

    Definir si un jugador es mejor que otro termina siendo un ejercicio insoportable e inútil. Es casi imposible determinar el peso y la verdadera influencia de cada futbolista, ya que normalmente nos enfocamos en el juego con pelota y olvidamos el juego sin ella. Sin embargo, no es atrevido pensar que Rómulo Otero es uno de los jugadores más inteligentes del país. En los primeros minutos, condicionados por la lluvia y un drenaje que no funcionó en su totalidad, Otero fue el único futbolista que comprendió que jugar a las carreras aumentaba los riesgos. El volante criollo aceleraba o frenaba según lo exigiera la jugada, una característica que no es cualquier cosa y que a muchos les cuesta la mitad de sus carreras desarrollar.

    Además, Otero comprende casi a la perfección cuando puede jugar o cuando es mejor provocar al rival, por ello insisto que el 10 Vinotinto, salvo lesiones o inactividad, debe estar siempre en el once titular. El primer tanto criollo, al minuto 23, nació de la viveza del ex Caracas FC, cuando, tras una corrida por la banda izquierda, y encontrándose sin opciones reales de pase, no cayó en la tentación de tirar un centro a la nada, sino que aguantó y ganó una infracción que luego derivó en el gol de Mikel Villanueva.

    Era un partido diferente para Salomón Rondón. En medio de un presente confuso con su club, el delantero criollo buscaba reencontrarse con el gol frente a su gente, pero, contrario a su voluntad, parece condenado a pelear con los centrales y salir de su zona de influencia para “mejorar” a sus compañeros. Es mucho lo que hace el atacante con poco, muy poco, porque salvo su conexión con Josef Martínez o con Otero, el resto de sus compañeros aún no encuentra cómo aprovechar las virtudes del de Catia.

    Otra de las circunstancias llamativas fue la posición de Alejandro Guerra. “Lobo” no es un volante mixto, pero sabe jugar rápido, a un toque, lo que sostenía la apuesta de Dudamel de colocarlo como volante de primera línea. Con Guerra como compañero de Rincón se impulsaba la idea de un juego de sociedades, a través de la pelota, algo que este grupo ha demostrado saber hacer. El fútbol sencillo, que no simple, de Lobo le facilitaba a Venezuela una salida más clara desde zona defensiva.

    Vale la pena en este momento revisar una reflexión del alemán Friedrich Nietzsche, y es que en sus pensamientos se puede encontrar una de las tantas razones que condujeron a la caída del juego vinotinto, explicación por supuesto alejada del estado físico, sospechoso habitual y padre de la pereza intelectual. En “El Crepúsculo de los Ídolos”, el filósofo razona:

    “El «mundo interior» está lleno de imágenes ilusorias y fuegos fatuos: la voluntad es uno de ellos. La voluntad ya no mueve nada, y en consecuencia tampoco explica ya nada; meramente acompaña procesos, y también puede faltar”.

    Muchas veces, por no decir que siempre, en un partido de fútbol pasa lo que tiene que pasar y no lo que otros deseamos rabiosamente que suceda…

    Esta selección está lejos de consolidar un once tipo, y poco puede hacer Dudamel si sus futbolistas no tienen continuidad. El costado izquierdo de la defensa fue el punto más débil del combinado criollo. Villanueva y Rolf Feltscher fueron atacados constantemente y se notó la inactividad del primero (17 minutos con Málaga desde el 21 de enero) y las dificultades del segundo para jugar en una ubicación que no siente suya. Sumado a esto, Tomás Rincón tuvo una actuación gris, por lo que Perú aprovechó y ganó los mano a mano por ese costado sin mayor dificultad. Ahí nació el primer gol peruano, que tuvo como cómplice la falta de atención criolla al reincorporarse al partido tras el descanso.

    La rápida reacción peruana derrumba el eterno e inexacto argumento que culpa al estado físico de los bajones criollos. Perú despertó y presionó alto a Venezuela, una selección que elige tener centrales fuera de forma (Wilker Ángel tiene apenas dos partidos en los últimos tres meses) y poco dados a la salida limpia del balón. Los visitantes también taparon las líneas de pase, lo que trajo como consecuencia inmediata que Rómulo Otero perdiera protagonismo.

    Debo insistir en esto porque no puede ser la preparación física el argumento estrella que justifique una caída futbolística tan pronunciada cuando apenas comenzaba la segunda etapa. Esto es fútbol, un deporte de oposición directa, en el que gana el que mejor se adapta a las distintas situaciones del juego. La reacción del visitante no consiguió respuesta en Venezuela, y la lesión de Martínez sumó en esa coyuntura a favor del control peruano. Pero además, va siendo hora de que se entienda que no existe la preparación física en el fútbol sino la preparación futbolística.

    Tampoco ayudó el análisis del seleccionador nacional. Su equipo dominaba el partido, creando temor gracias a las sociedades protagonizadas por Martínez, Rondón, Otero y Murillo. Por ello cuesta comprender que, ganando dos a uno, y faltando treinta minutos, Dudamel prefiriese reforzar el centro del campo con la entrada de Yangel Herrera, un futbolista complementario a Rincón, pero totalmente contrario a la propuesta que le había permitido dominar el partido.

    Cada cambio contiene un mensaje, y en este caso, la selección interpretó que había que ser más cuidadoso, que había que tomar mayores recaudos. Perú creció y Venezuela retrocedió. La intervención de los entrenadores es decisiva porque hasta un simple mensaje condiciona la subsiguiente actuación de sus dirigidos.

    Permítame seguir molestado a quienes viven de alcahuetear al poder, y es que no se entiende como, sin importar las aparentes diferencias conceptuales de los seleccionadores, a Venezuela le cuesta entender y potenciar la manera como en algunos casos se pone en ventaja. No sé si es un tema de cautela, pero pareciera que estamos tan necesitados de un éxito que no se repara en el camino recorrido sino en una meta a la que todavía no se llega. Al no respetar las estrategias iniciales se genera confusión; si atacando se fue superior, entonces, ¿por qué y para qué retroceder de manera voluntaria? En el fútbol, el riesgo no es atacar, lo peligroso es ceder el protagonismo

    Sí debe rescatarse que Dudamel haya apostado a otra manera de jugar. El protagonismo inicial fue coherente con su discurso. El resultado no debe minar esa intención, porque esto no es más que una parte pequeña en la construcción de eso que llaman identidad. Si la selección quiere ser reconocible y tener un juego en el que su plan tenga distintas variables, debe seguir ensayando y así promover distintas respuestas que nazcan de la riqueza de sus futbolistas y no de los temores al resultado. Una vez decidido que el resto de las eliminatorias sudamericanas serán banco de prueba, el camino a seguir queda claro.

    Debe insistirse en los ensayos, y más aun en la construcción de un equipo que nos haga olvidar que hoy, a diferencia de lo acontecido en Lima hace un año, hubo que respirar hondo y conformarse con un empate que bien pudo ser derrota.

    Columna publicada en El Estímulo, el 23/03/2017