Etiqueta: FC Barcelona

  • Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 2

    Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 2

    636741995348989411En este segundo episodio, comparto una opinión sobre el juego de Arthur Melo y su convivencia futbolística en el FC Barcelona.

    Fotografía Agencia EFE

  • Los socios que necesitan Messi y el Barça

    Los socios que necesitan Messi y el Barça

    Yo lo había pedido al Checho Batista cuando él llegó a Napoli. Pero el brasileño (NR: Alemao) después me demostró todo lo que valía. Un jugadorazo”. Diego Armando Maradona, “Yo soy el Diego”.

    En el fútbol no existen los salvadores. Puede que, ante determinadas situaciones, aparezca algún futbolista que resuelva, siempre según lo que nos enseña la última imagen, un atasco. Pero esta es una mirada equivocada, oportunista, parte de un reduccionismo malintencionado. Los grandes futbolistas de la historia fueron parte de grandes conjuntos; fue la interrelación con sus compañeros, en esa dinámica que conocemos como “equipo”, lo que los hizo mejores. Al grupo y a sus futbolistas de forma individual.

    El fútbol, como lo definió el profesor Francisco Seirul·lo, es el juego de juegos, entre otras cosas porque necesita de la adaptación constante del futbolista a las necesidades del colectivo al que pertenece, así como a las emergencias que surgen de la interacción con el rival y sus intenciones.

    No voy aburrirle con un pesado repaso sobre grandes e inolvidables selecciones, tales como la Hungría de los años 50, el Brasil de finales de la década del 50 hasta 1970, la Holanda y la Alemania de los años 70, o cualquier otra manifestación futbolística ajena a la memoria del lector. La única referencia que voy hacer, por un tema de proximidad, es sobre el Barcelona de Pep Guardiola.

    En aquel equipo se hizo estrella Lionel Messi. A partir de un funcionamiento y una identidad colectiva, que nunca fue la misma sino que se mantuvo en constante evolución, el argentino mostró al mundo cualidades muy particulares, unas que lo convirtieron un protagonista constante en las discusiones futboleras.

    Sin embargo, Guardiola no le transfirió a Messi capacidades que este no tuviera. Pero lo ayudó. Mejor dicho, lo acompañó a encontrar un contexto ideal para que esas cualidades brillaran aún más. Siempre en favor del equipo y cualquier lucimiento personal sería consecuencia de un trabajo colectivo, a diferencia de lo que se sugiere constantemente desde los medios, que no es otra cosa que una calle de una sola vía: la construcción individual del juego para que el colectivo saque provecho.

    Desde el momento en que la dirección deportiva del Fútbol Club Barcelona creyó que su modelo era Messi, equivocó el rumbo y personalizó una forma de jugar. Hizo lo mismo que la selección argentina desde los tiempos del Diego Maradona seleccionador. Esto no es un cuestionamiento a las capacidades del 10 blaugrana, sino un recordatorio vital de que en este juego, ni el propio Maradona tenía poderes para salvar a todo un equipo

    Tras ganar la UEFA Champions League (2010-2011) por segunda ocasión en tres años, Guardiola sugirió que a Messi había que mantenerlo contento, y que ello pasaba por rodearlo de futbolistas que lo ayudaron a retarse constantemente compitiendo:

    El técnico catalán no planteó en ningún momento que la felicidad estaba en complacer caprichos o en personalizar el modelo; la clave era encontrar futbolistas que mantuvieran al equipo como un colectivo competitivo, con personalidad propia, y que no se entregara al brillo de su máxima figura.

    Al igual que todo lo que huele a Guardiola en el Barça, el aviso fue despreciado. El proyecto, o el modelo si se prefiere decir de esa manera, pasó a ser Messi y se edificó una especie de adoración a su aporte, a la contribución individual de un deportista en un juego colectivo. La contradicción se explica por sí sola.

    Los proyectos en el fútbol deben originarse en ela aceptación de que este es un juego colectivo y no una simple suma de individualidades. Por ello, es probable que para el crecimiento de un proyecto sea mucho más importante la aportación de un futbolista menos mediático que la de uno de esos que se promocionan como “top”.

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    La superficial suma de virtudes que hacen los especialistas no tiene en cuenta valores del juego, tales como las interacciones, interrelaciones, la convivencia, el entendimiento y todo aquello que explica el Profesor Seirul·lo Vargas en cuanto a la estructura socio-afectiva.

    En aquel equipo dorado de Guardiola confluyeron muchos futbolistas educados en el idioma Barça. Es importante recordar que ninguno de ellos tuvo un camino tranquilo hacia el primer equipo, y que todos, de una u otra forma, tuvieron rivales en la institución catalana, en el público, y por supuesto, en el entorno. Si lo desea, el lector puede hacer una rápida consulta sobre cuánto les costó a Víctor Valdés, Carles Puyol, Gerard Piqué, Xavi y/o Iniesta encontrar la confianza para asentarse en su club. Sólo Pedro Rodríguez y Sergio Busquets, casualmente promovidos por el hoy entrenador del Manchester City, tuvieron una inserción mucho más natural.

    Este relato no tiene otra intención que reflexionar sobre la aparición de los nuevos “barçaparlantes”: Carles Aleñá, Riqui Puig, Juan Miranda, Palencia, Oriol Busquets, Abel Ruiz, etc. No hay en el mercado internacional jugadores que interpreten mejor ese “Lenguaje Barça” que ellos.

    Acompañados por los Mascherano, Abidal o Keita de turno, el club blaugrana está ante una oportunidad magnífica: volver a ser lo que antes fue, desterrando el frívolo postulado de que aquel equipo que enamoró a un alto porcentaje del mundo futbolístico fue consecuencia de una generación dorada.

    Frenar, mirarse a sí mismo, revisar los por qué de la “muerte futbolística” de Hungría u Holanda, y volver a las fuentes. Estos son algunos de los pasos que debe dar el FC Barcelona si realmente desea sostener su personalidad. No es tan complicado, aunque luego del cruel adiós a Joan Vilà esto suene más a utopía que a una realidad posible.

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda.

  • Gracias, Iniesta

    Gracias, Iniesta

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    Lo más jodido de hacerse viejo es llenarse de recuerdos. Los recuerdos son imágenes de algo que fue y que nunca más será.

    El futuro es incierto, inexistente, mientras que el presente es tan actual que lo vivimos sin tener consciencia de cuánto de ello se convertirá en recuerdos, y cuánto desecharemos. En la inmediatez del momento, la actualidad es maravillosa, agobiante y conmovedora, sencillamente por la dinámica histérica de nuestra existencia.

    Con Andrés Iniesta aprendí a ver el fútbol de otra manera. No fue con Pep Guardiola, a quien tuve de ídolo. Tampoco a través de Michel Platini o de Marco van Basten. Iniesta me obligó a entender que para jugar había que darle continuidad a una dinámica colectiva, y que aquello requería diferentes respuestas, dada la imposibilidad de encontrarnos con dos situaciones totalmente idénticas.

    Lo que el eterno número 8 del FC Barcelona construyó fue magnífico y contracultura. Al lado de Xavi, su socio de siempre, destruyó todos los renacidos mitos de la mal llamada modernidad, aquellos según los cuales los futbolistas de poca estatura, o de físico aparentemente débil, no podían competir al más alto nivel. Patrañas, mentiras y mucha ignorancia militante.

    Iniesta compitió y vaya si lo hizo. Perdone si esto le parece exagerado, pero no encuentro, en los últimos veinte años, a dos mediocampistas tan influyentes como Andrés y Xavi. Los habrá con más pases gol y con mayores registros anotadores; pero sobre ninguno se construyó un equipo de leyenda como con ellos.

    El FC Barcelona de Xavi e Iniesta, de Messi y Busquets, de Puyol y de Alves, de Valdés y de Piqué compitió no con sus rivales actuales sino con “La Máquina” de River Plate, con los “Magiares Mágicos” húngaros, con Brasil de 1970, con el Ajax de finales de 1960, y, si me permite una licencia, con el AC Milan de Arrigo Sacchi. Compitió desde los conceptos que estos grandes equipos construyeron y vaya si los mejoró. Y, aunque a ese equipo lo hayan integrado maravillosos jugadores, incluido Lionel Messi, ninguno, salvo Andrés, englobaba en su ser todas las virtudes de aquel conjunto.

    Claro está que un equipo es mucho más que la suma de sus partes, por lo que intentar entender a Iniesta fuera de su “contexto” sería un ejercicio inútil, sin sentido. Aquel “Pep Team” fue de todos, hasta de los que menos jugaron. Sin embargo, Iniesta fue la elegancia y el pragmatismo hecho jugador. Ahora que tanto se habla de jugar simple o de ser práctico, lo mejor sería que se intentara jugar de manera sencilla, como lo hizo Andrés. No hubo nadie más efectivo que Iniesta, siempre que entendamos a esa virtud como la capacidad de conseguir el resultado buscado. El 8 siempre intentó que su equipo jugara mejor y, salvo alguna tarde que nadie recuerda, lo consiguió.

    El pase, el control, el giro, el recorte, el freno, el cambio de ritmo y el supremo dominio de los espacios. Eso ha sido el de Fuentealbilla. Su silencio fue la pausa necesaria para tomar un último suspiro, comprender que se ha perdido una gran parte de nuestro ser, y creer, porque nada más se puede hacer que soñar con un futuro que valdrá la pena. Su futbol fue así, un intento de progreso sostenido siempre por un primer paso que ya era pasado.

    Todos jugamos al fútbol, y en mi caso, fui extremo. Tenía gol y era bastante rápido. El fútbol era, en mi día a día, una gigantesca posibilidad de ocupar, por medio de la carrera, los espacios que dejaba la defensa rival. Entendía que corriendo llegaría rápidamente al arco. Gol, saque desde el medio y otra vez a correr (no hace falta aclarar que nunca tuve las condiciones para ser más de lo que fui), así comprendía este juego, hasta que el juego me acompañó.

    Aun así, nunca dejé de pensar en el fútbol. Todos los que alguna vez jugamos al fútbol seguimos soñando con fútbol, con aquel gol imposible, o con el pase que debimos dar. Y pensamos en fútbol porque creemos que haberlo jugado nos hace conocedores del juego. Por ello le agradezco a Andrés Iniesta que, mientras yo imaginaba piques eléctricos y un fútbol casi individual, él abrió mis ojos para recordarme que este juego tiene una velocidad propia, un espíritu colectivo y colectivista, y que sin los compañeros moriremos en la más triste soledad. Eso fue Iniesta, un continuador y un multiplicador de probabilidades. Siempre en equipo; siempre para el equipo

    Iniesta se retira del FC Barcelona y se irá quién sabe a dónde. Su fútbol forma parte de mis recuerdos, de las imágenes que espero nunca me abandonen. Es una de las tantas memorias que ayuda a seguir caminando hacia adelante al tiempo que voy aceptando que me estoy haciendo viejo…

     

    Fotografías cortesía de Getty Images y AFP

  • Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

    Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

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    La goleada ante España despertó todos los temores: a falta de 80 días para el mundial, la selección albiceleste parece tener muchas más dudas que certezas. Sin embargo, hay algo que debe tenerse en cuenta antes de comenzar cualquier intento de vislumbrar lo que será el futuro, aceptando además que todo tiempo por venir es incierto y poco tendrá que ver con las aspiraciones, sentencias y afirmaciones de aquellos que dicen conocer y saberlo todo de un juego tan imprevisto como el fútbol.

    La manera, o mejor dicho, el estado de forma futbolístico cómo un equipo llegue al mundial no es vinculante a lo que será su participación en la competencia; es durante el propio torneo, dentro de su propia dinámica, que una selección encontrará las oportunidades para desarrollarse y encontrar su identidad competitiva.

    No es un proceso lineal; en la historia hay ejemplos como el de España en 2010 (llegaba como favorita, cayó en el primer partido y se ajustó a partir de esa derrota), el de Argentina en 2002 (favorita como nunca antes y fue eliminada en primera rueda), Brasil en 2002 (llegó tras clasificarse en la última jornada, con alguna deserción previa al viaje al torneo y con la presión de no haber convocado a Romario) y el mismo Brasil, pero en 1994 (llegó con Raí como titular y capitán, hasta que el torneo le exigió a Carlos Parreira, entrenador del equipo, sustituirlo por Mazinho a partir de los octavos de final).

    Como estos hay mil ejemplos más. Es por ello que a los equipos de fútbol hay que comprenderlos como sistemas vivos, abiertos, en continuo proceso de cambio. Si existe una actividad en la que se puede comprender la fuerza del “Efecto Mariposa” es justamente en el fútbol. Pequeños cambios en las condiciones iniciales, a veces hasta imperceptibles para el ojo humano, conducen a grandes modificaciones. Y quizá eso sea a lo que apuesta Jorge Sampaoli, seleccionador argentino.

    “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

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    La frase se le ha atribuido equivocadamente a Albert Einstein, pero se desconoce, a ciencia cierta, quien la pronunció. Sin embargo, esto no ha impedido que forme parte de cualquier discusión, futbolera o no, en la que se pretende acusar a alguien de no promover las modificaciones que se creen necesarias.

    Al casildense se le ha acusado de querer propiciar una revolución futbolística en poco tiempo y con los mismos intérpretes que ya eran protagonistas del equipo argentino. Ese señalamiento se apoya en la linealidad, esa característica con la que nos han educado desde nuestro nacimiento y que nos lleva a creer que existe una relación infalible, esa de causa-efecto, según la cual, los mismos causantes (el producto de las relaciones entre los protagonistas, bien sean rivales o compañeros) propiciaran siempre un mismo resultado.

    De ser así, y retorno al fútbol para que la explicación sea más sencilla de comprender, el FC Barcelona que condujo Pep Guardiola, para muchos el mejor equipo de toda la historia, no hubiese perdido un solo partido. Esta es la magia del fútbol: todo es posible.

    Pero en el fútbol, un juego en el que dos colectivos humanos se enfrentan por el control del balón, y en ello cada futbolista es influenciado y ente capaz de influenciar a sus compañeros y a sus rivales, de la misma manera que es influenciado por esos mismos actores, no hay verdades ni nada que se le parezca. No en vano para hablar del juego lo hacemos basados en lo que acaba de pasar y no en lo que sucederá.

    Perdone que insista, pero si hay alguna característica que defina a este juego es la incertidumbre que nace precisamente de todo lo que anteriormente señalé.

    A poco más de dos meses del inicio del campeonato mundial da la sensación de que lo que el entrenador argentino debe promover es la adaptabilidad de sus futbolistas a las distintas emergencias que nazcan durante cada partido del torneo. Esto es, siempre según lo practicado, identificar cuándo, cómo, por qué y para qué llevar a cabo conductas colectivas durante un partido.

    Esto no es sencillo. Sampaoli no goza de tiempo para ensayar, lo que sugiere elegir muy bien los pocos conceptos que desea para encontrar la identidad e intentar ponerlos en práctica cuando comience la concentración previa al torneo ruso. No se trata de cambiar nombres por nombres, que eso lo podemos hacer usted y yo, sino de discutir la validez de ideas y planes.

    En una charla para la edición 13 de la revista Club Perarnau, Jorge Luis Pinto me explicó cómo planificó la llegada de su Costa Rica al mundial de Brasil:

    Antes del mundial le dije al grupo una frase que puede ser histórica. Les dije: ‘He visto ocho mundiales, y al mundial van equipos desbaratados, sin preparación y sin estructura. Si nosotros construimos una breve estructura táctica y nos preparamos bien, no físicamente corriendo sino físicamente en dinámica de juego, con la pelota, entonces nosotros podremos hacer cosas buenas’… Yo hoy puedo decirle al mundo que el equipo que vaya bien preparado, con un gran comportamiento táctico y con un equilibrio en sus jugadores, puede dar la sorpresa que sea”.

    La fórmula de Pinto no es más que la suya, y por ello no vale la pena ahondar en la profundidad de sus trabajos. Sí hay en ella una clave que puede ayudar a Sampaoli de cara al torneo ruso, y es aquella que tiene que ver con la construcción de una breve estructura táctica.

    Rasgos de la conducción Sampaoli

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    A dónde quiera que ha ido, el seleccionador argentino ha promovido que su idea es la de protagonizar los partidos. Sin embargo, hay ocasiones en las que el discurso y los hechos no van de la mano, bien sea porque el rival condiciona y obliga a una reorganización momentánea o porque cada partido supone una constante renovación de ideas e intenciones.

    Cada cuerpo técnico estudia al oponente con la intención de encontrar cómo contrarrestarlo y atacarlo, y Sampaoli y su equipo de trabajo no son distintos. Prueba de ello es que su Chile, ese que salió campeón de una Copa América por primera vez en su historia, jugó la final de una manera totalmente opuesta a lo que venía haciendo. En aquella ocasión, fue más lo que se hizo por desactivar a Lionel Messi que por atacar a Argentina.

    No es casual que, cuestionado por las posibles similitudes entre ambos, Marcelo Bielsa, uno de los referentes de Sampaoli, haya dicho que el actual seleccionador argentino era mejor que él “porque es más flexible”. La verdadera intención de la frase de Bielsa da para otro artículo que quien sabe si valga la pena.

    Es probable que Sampaoli, aún cuando desee comandar esa revolución futbolística que tanto lo motiva, deba volver a ese episodio y preguntarse, casi en un modo Jorge Luis Pinto, qué estructuras tácticas quiere y puede desarrollar. Y aquí está la verdadera razón de este escrito.

    Con la llegada de Sampaoli a la conducción de la selección albiceleste mucho se habló de un cambio radical, tanto de futbolistas como de estilo. Sin embargo, esto no ha sido posible. En el tema de jugadores no deseo entrar porque es arena de chismes, pero en la del estilo vale la pena rescatar dos rasgos y un par de interrogantes.

    1.- Relación con el Balón

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    Llama poderosamente la atención que en estos tiempos se hable más de la recuperación del balón que de qué hacer cuando se dispone de él. ¿Para qué quiero recuperar la pelota si luego no sé qué hacer con ella? Esto es algo en lo que esta versión argentina ha fallado.

    Sampaoli debe definir cómo quiere que sea la relación de su selección con el balón. Este aspecto es fundamental, tanto que determinará hasta qué futbolistas serán titulares y cuales serán descartados.

    Si el entrenador, que ya avisó no tener los laterales deseados, se inclina por un centro del campo protagonizado por Javier Mascherano y Lucas Biglia, la construcción pausada de juego, con la intención de que el avance hacia campo contrario sea casi como una conducta coral, no es más que una utopía.

    Ambos futbolistas no se caracterizan por hacer de la recuperación de la pelota una conducta total. Me explico: al igual que Juan Manuel Lillo, creo que quitarle la pelota al rival necesita de que, una vez recuperado el balón, este sea entregado, en situación ventajosa, a un compañero. De lo contrario no se puede hablar de quite sino de interrupción.

    No quiere decir esto que estos futbolistas sean mejores o peores que sus competidores sino que poseen distintas virtudes. Tampoco son jugadores que juegan a lo mismo sino que hablan una misma lengua, de la misma manera que Xavi e Iniesta poseían un lenguaje en común.

    Esa dupla seguramente será mucho más productiva si el equipo juega un estilo propenso a las transiciones, algo así como su versión del pasado mundial.

    Si por el contrario, Sampaoli decide que su selección construya juego a partir de un estilo más asociativo, siendo un bloque corto que no se separe, la dupla Banega-Paredes parece ser la más adecuada para ese estilo, dado que ambos son futbolistas más acostumbrados a una relación constante y fluida con el balón.

    Llegados a este punto le pido disculpas al lector por no haber aclarado con anterioridad un ítem muy importante: en estas líneas no encontrará referencias a los términos ataque y defensa. Sin proponer que este concepto sea una verdad absoluta, quien escribe entiende al fútbol como una totalidad, un continuum inseparable, por lo que todo en el juego se reduce a jugar.

    Pasemos a otro aspecto, este innegociable en el ideario de Sampaoli: la presión tras pérdida del balón.

    2.- Pressing o presión tras pérdida

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    Se hace referencia a esta herramienta como si esta definiese un estilo. Un estilo de juego puede ser protagonista o reaccionario, el resto de definiciones no son tales, son las herramientas utilizadas para llevar a cabo ese plan. Y la presión es eso, un instrumento.

    Sin embargo, como cualquier mecanismo, y a pesar de no explicar una idea, el pressing o presión debe ser ejecutado de manera colectiva; cualquier despiste de un futbolista traerá como consecuencia inmediata la aparición de espacios que pueden ser aprovechados por el contrincante. Si por ejemplo, solamente los delanteros atacan el avance del rival, de ninguna manera se puede hablar de presión; un escenario semejante es afín a la confusión, al desorden.

    En estos tiempos se habla demasiado de esta herramienta, como si recuperar el balón fuese más importante que conducirlo. Recuperarlo es una conducta posterior a la pérdida de la titularidad del mismo, pero ya le decía que estos son tiempos confusos en los que cualquier frase nos hace parecer expertos en ciencias ocultas, y el público, atorado y apurado, compra estos pescados podridos.

    Para recuperar la titularidad del balón hay que tener en cuenta, nuevamente, la definición de Lillo, porque en ella se encierra que recuperar no es una tarea exclusivamente física sino de ubicación: si los futbolistas están bien posicionados esta recuperación será eso y no la interrupción del avance rival. Pero, y perdone que machaque, hay que primero desarrollar la relación con la pelota para luego desarrollar las conductas sin ella.

    Messi: su rol y sus sociedades

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    El Messi del FC Barcelona obliga a pensar que más que un definidor, Lionel es un promotor del juego. Desde hace unos años, el 10 ha desarrollado una dualidad futbolística maravillosa, la misma que lo acerca al legado de Johan Cruyff como nunca nadie lo hizo: es iniciador y finalizador.

    Más allá de su innumerable arsenal de virtudes, esto que describo ha sido posible porque las relaciones con sus compañeros así lo han permitido y promovido. Desde los tiempos de Xavi e Iniesta, Messi fue poniendo en práctica los valores del juego posicional, aprendidos desde su llegada a La Masía, y que hoy le permiten ser el futbolista más determinante de la actualidad. Aunque las promociones digan lo contrario, muy pocas veces el juego de su equipo fue suyo y de nadie más. Basta observar la relación que existe entre Busquets, Iniesta y él para comprender que un futbolista, por más genial que sea, necesita siempre de sus compañeros.

    La vida en sociedad es eso, la aceptación del vecino como parte fundamental, como apoyo, como un ser vivo con el que se comparten metas y objetivos. En el fútbol, esa relación no puede ser lineal, es decir, no siempre un volante derecho debe alejarse cuando Messi tenga la pelota; habrán ocasiones en las que valdrá el toco y me voy, otras en las que será el toco y me quedo, y otras en las que la participación será exclusivamente posicional o testimonial. Lo que sí debe quedar claro es que aquella postal de la Copa América de Chile, en la que Messi no tiene un socio cercano, es lo que debe evitar el seleccionador.

    El discurso de los distintos entrenadores de la selección argentina ha puesto la lupa en dónde debe recibir la pelota Messi, cuando en realidad, lo más importante es quienes y cómo deben acompañarlo. El gol de Maradona a los ingleses no hubiese sido posible sin el acompañamiento de sus compañeros, algunos cercanos y otros lejanos, que impidieron un escenario como el de la fotografía que anteriormente menciono. Distintas alturas y distintas distancias, eso debe preocuparle al seleccionador.

    Además, al futbolista, sea Messi o Ignacio Benedetti, no hay que limitarle a una zona, a una posición, sino que hay que permitirle desarrollar diferentes roles, para que así, siempre según las emergencias que nacen del juego mismo, sea un factor continuador y mejorador del colectivo. La posición pone frenos, mientras que los roles son camaleónicos, necesitan la adaptabilidad propia del intérprete.

    Cuando Messi es el factor diferencial en su club lo hace sin la atadura de la posición. Muchas veces la dinámica del partido le invita a asociarse con Busquets en el inicio del avance; con Iniesta en la continuidad o la regeneración del mismo, y así con el resto de sus compañeros. Pero no se trata de una cualidad excluyente; el futbolista, cuando es invitado a jugar y protagonizar roles tendrá esa libertad, de lo contrario, cuando se le asigna la defensa de una posición, tendrá fronteras y alcabalas que respetar. No es anarquía sino un caos ordenado.

    Eso, sorpresivamente, ha costado entenderse en Argentina. Digo que llama la atención porque existen pocos países en el mundo con la cultura futbolística de los argentinos. En la órbita de su selección, Messi ha sido siempre encasillado, y por ende, limitado a la estéril discusión de si hay que dejarle ser el finalizador, que si la pelota debe llegarle a tres cuartos de cancha, o si debe ser el conductor. No se habla del juego sino de fronteras.

    El portero

    2651775w1033 Puede que para Sampaoli esta sea la cuestión que mayores dudas le genera. Porque en un buen día, no hay mayores diferencias entre lo que hacen Sergio Romero y Wilfredo Caballero bajo los tres palos. Lo que los diferencia es un recurso que sigue siendo subvalorado por aquellos que etiquetan y premian sin mayor soporte que el valor comercial: el juego en su totalidad.

    Si bien es cierto que en 1992 la International Board prohibía que el portero tocara deliberadamente con las manos un balón que un compañero le hubiera lanzado hacia atrás con los pies, los porteros de los grandes equipos de la historia supieron, por necesidad y adaptación, sacar provecho de su juego con los pies para promover o darle continuidad a la construcción del juego de sus equipos.

    Gyula Grosics, portero del “Equipo Dorado” húngaro, y hasta ochenta y seis veces internacional con su selección, explicó hace tiempo atrás que, debido al juego de aquel equipo, muchas veces debió actuar como líbero para adelantarse a los atacantes rivales. Algunas veces ganó y otras perdió, pero ello no le impidió desarrollar el juego de pies que todavía es visto casi como una herramienta accesoria.

    Sampaoli cree y siente que su portero debe darle continuidad al juego de su equipo, ayudando a crear superioridades detrás de la línea de presión del rival. Eso no se hace con el típico pelotazo que caracteriza el juego de los porteros. Es por ello que no parece descabellado, a pesar de la goleada sufrida ante España, que el seleccionador argentino esté meditando seriamente que su golero en el debut mundialista sea Caballero. No tiene la claridad de Ederson, Manuel Neuer o Marc André Ter Stegen, pero sin duda le ofrece a su equipo una prestación superior que la de su competidor.

    Una vez llegados a este final vale la pena aclarar que lo expuesto acá es una visión, no la verdad. Probablemente el seleccionador tenga muchos más elementos para considerar y para decidir, sin embargo vale la pena volver al inicio de este trabajo para recordar que este es un juego incierto y que la linealidad existe únicamente en las húmedas fantasías de quienes desean aparecer como expertos en la nada.

    La goleada ante España es un aviso, pero nada más.

    Fotografías: Antonio Díaz Madrid y Fernando Massobrio (Diario La Nación)

  • Valverde y su FC Barcelona: un par de apuntes para seguirle la pista

    Valverde y su FC Barcelona: un par de apuntes para seguirle la pista

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    Finalizada la primera vuelta de La Liga, hay dos consideraciones sobre el Barcelona de Ernesto Valverde. Seguramente existen miles de matices más que deban ser examinados, pero en esta ocasión me ocuparé de dos que realmente me han llamado la atención.

    1.- El club catalán ha hecho del 1-4-3-3 una de sus señas de identidad. Con Valverde, el equipo ha adoptado otra disposición inicial, variando entre el 1-4-4-2 y el 1-4-4-1-1, dependiendo de dónde se mueva a Lionel Messi. Fueron tres los eventos claves que conspiraron para que el entrenador se inclinara a favor de esta modificación: la partida de Neymar Jr., las derrotas ante el Real Madrid por la Supercopa española y la lesión de Ousmane Dembélé.

    El conductor se apoyó en la coyuntura para promover un cambio con respecto a la versión más reciente del equipo blaugrana: volver, de una manera nada ortodoxa, al “mediocampismo”. Hago énfasis a la heterodoxia de la zona de volantes porque, a diferencia de otros modelos, este Barcelona emplea a una mayoría de mediocampistas que son ajenos al idioma blaugrana. Rakitic, Paulinho, André Gomes y ahora Coutinho, son futbolistas formados lejos del estilo Barça, y que sin distingo de sus capacidades comparten parcela con Busquets e Iniesta, los verdaderos guardianes del estilo. Sergi Roberto, otro hijo del estilo, apenas ha sumado minutos en el centro del campo: su aportación parte, mayoritariamente, desde la posición de lateral derecho.

    ¿Cuál ha sido el efecto inmediato de esta modificación? El Barcelona recuperó aquello de ser un bloque corto. Salvo por determinadas acciones de contragolpe, el equipo viaja junto hacia posiciones de ataque, una dinámica que le ha permitido recuperar la presión tras pérdida como una herramienta recurrente.

    Al estar tan juntos, el rival no encuentra líneas de pase ni compañeros desmarcados, por lo que la recuperación de la conducción de la pelota, en el caso blaugrana, es más probable que en tiempos del tridente. No hay tantas carreras como en la temporada anterior, y se siente una mayor influencia de los centrocampistas. Por ello se ha recuperado a la mejor versión de Iniesta, ya que, entre otras cosas, no se le exige que realice desplazamientos exagerados.

    Es un caso interesante el de Sergi Roberto. Hasta los momentos, Valverde lo ha utilizado como un lateral de largo recorrido, tarea que el de Reus ha cumplido a cabalidad, pero no sería de extrañar que, en partidos en los que Dembélé ocupe la banda derecha, cercano a Messi, Roberto cierre su posición, muy al estilo de lo que Johan Cruyff hacía con los laterales en el “Dream Team”, o el propio Pep Guardiola en el Bayern Múnich con Phillip Lahm y David Alaba. Si el entrenador utilizase ese recurso, el centro del campo blaugrana sumaría un barçaparlante más, el último que ha conseguido consolidarse en el primer equipo.

    2.- A los dos dispositivos iniciales elegidos por Valverde hay que agregarle dos fenómenos que han explotado bajo esta manera de jugar.

    El rol de Messi ha cambiado. Sigue siendo tan influyente como siempre, sólo que ahora está más y mejor conectado.

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    El argentino, gracias a que el equipo juega más junto, tiene más compañeros y mayores opciones de pase. Acercarse a Iniesta y a Busquets es mucho más sencillo.

    Además, su presencia ayuda a acumular rivales en una zona y liberar otras. Esta es una de las principales razones que explican el renacimiento o mejoramiento de la conexión suya con Jordi Alba. Atraer para liberar; ese principio está más vigente que nunca en la llave Messi-Alba.

    Si los movimientos de Messi llevan a que en ningún momento se pueda determinar con firmeza la figura que adopta el equipo, hay otro futbolista que en su propio caos hace aún más impredecible el andar del colectivo. Me refiero a Paulinho.

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    Sin ínfulas de originalidad, para referirme al volante brasileño he utilizado el apodo de “Cazador de Espacios”. Con ello intento describir lo que su juego aporta al conjunto blaugrana. Alejado de la ortodoxia del lenguaje Barça, Paulinho es un llegador nato, a quien en muchas ocasiones la pelota le estorba porque conducirla o disponer de ella le obliga a frenar, a bajar el tempo, y en esas arenas no se encuentra cómodo.

    De alguna manera, Paulinho ni es volante ni es delantero, pero cumple con ambos roles. Hay ocasiones en las que lo pienso como un enlace, pero no en el sentido rígido del término futbolístico, sino en su posicionamiento: siempre está entre volantes y delanteros, casi como una alcabala; se mueve bien con ellos, para ellos y por ellos.

    Paulinho no es un futbolista dúctil ni es claro en la construcción de juego. Lo suyo es identificar un espacio y ocuparlo. Con o sin balón. Por ello hace ruido en la elaboración de juego pero es imprescindible, es casi imposible de marcar en la zona de definición. Nunca está, llega. ¿Cuántas veces fue el delantero más adelantado de su equipo en el clásico ante el Real Madrid? No es Keita, y tampoco Cesc, pero llega mucho al área rival. Es vital seguirlo durante los partidos para que se entienda que los puestos y las funciones no deben estar nunca por encima de las exigencias del partido

    Messi es el caos pensado, mientras que Paulinho es el caos natural, sin mayor explicación.

    Para finalizar quiero hacer una referencia a la conducción de Ernesto Valverde. El extremeño reconoció, desde su primer día al mando del equipo blaugrana, que no era él y el grupo, sino que todos formaban un todo. Ha sabido ser uno más en un colectivo que debía cerrar puertas y ventanas, sanarse y luego reabrir nuevamente sus compuertas para crecer y evolucionar. Su liderazgo calmado hace recordar al bueno de Frank Rijkaard, y su discreción, siempre a favor del colectivo, ha hecho que pocos se pregunten si su equipo es lo que él soñó o si el entrenador, gracias a su sabiduría y su sensatez, hace lo mejor que puede con lo que tiene.

    Fotografías cortesía Agencia EFE

  • El formidable viaje de Guardiola

    El formidable viaje de Guardiola

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    En 1955, Willy Meisl, periodista austríaco, hermano del legendario Hugo, uno de los entrenadores que mayores aportes han ofrecido a este juego, puso de manifiesto, en su libro Soccer Revolution, lo que consideraba el mayor enemigo del fútbol británico:

    Todo el énfasis se hace en la defensa: ¡la seguridad primero!

    “Se dice que fue Herbert Chapman quien dijo que ‘si evitamos que nuestros oponentes marquen aseguraremos un punto. Si conseguimos anotar un gol, tendremos los dos puntos’. Esta fórmula, sin importar si realmente fue Chapman quien la pronunció, contiene el espíritu y la esencia táctica del ‘nuevo’ juego de fútbol, el de la era posterior a 1926 (N.R: año en que se produjo el cambio en la regla del fuera de juego, según la cual un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario, lo que quiere decir que el jugador se encuentra más adelantado que todos los jugadores oponentes menos uno. En relación a la regla clásica, se cambió la palabra antepenúltimo por la palabra penúltimo).

    “Rápidamente generó la mentalidad de ‘seguridad primero’ tan trágicamente característica de la Gran Bretaña del período entre guerras”.

    Meisl no fue el único. Otro periodista, Conrad Lodziak, también advirtió que el camino que el fútbol transitaba era uno en el que el temor se imponía a la creatividad.

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    Según Lodziak, que en 1966 publicó un libro llamado “Understanding Soccer Tactics”, el fútbol ya había sido conquistado por el conservadurismo anunciado por Meisl:

    Un hecho interesante que se desprende del examen de la tendencia en las formaciones de equipo es que todos los cambios se han realizado en un solo sentido: del ataque a la defensa. Primitivamente, los equipos tenían nueve delanteros y un defensa; gradualmente el número de atacantes todo el tiempo fue reduciéndose y el número de defensores todo el tiempo incrementándose. Esto refleja un cambio de mentalidad en el fútbol. El objetivo ahora es ceder menos goles que el adversario; antes era apuntarse más tantos que el oponente”.

    Pep Guardiola, como ha dicho José Mourinho, ha comprado defensores a precio de atacantes. Pero lo que el entrenador portugués pensó como un ataque a su colega catalán terminó convirtiéndose en una maravillosa definición de las intenciones del City de Pep.

    Para Guardiola, hijo ideológico de Cruyff y Lillo, el fútbol es un juego global en el que es imposible disociar ataque y defensa. Es por ello que el preparador citizen habla siempre de la construcción de juego: en cada momento del partido sus equipos quieren la pelota, no para pasársela sin mayor plan, sino para ir debilitando al adversario hasta anotarle un gol.

    La posesión de la pelota, o como bien aclara Lillo, la disposición del balón – tenerla solamente la tienen los porteros cuando la toman con la mano- no es el fin sino una herramienta. Con la pelota se construye todo tipo de avance, por lo que los futbolistas de los equipos de Guardiola no deben ni pueden distraerse en ningún momento sino moverse, ofrecerse, teniendo al arco contrario como punto de llegada.

    Tanto en España como en Alemania, Pep no encontró mayor oposición conceptual a sus ideas. Al Barcelona llegó como el hijo de Cruyff, mientras que en el Bayern, aún cuando sus ideas no gozaron de la admiración que sí tuvieron en la ciudad condal, sus maneras habían influenciado profundamente a la selección teutona, por lo que el público, aunque atontado por la mentira mediática del “tiki taka”, estaba abierto a aceptar la transformación que propuso el catalán. Aquellos que no lo hicieron, una vez pasados un par de años de la partida del conductor español, se han visto más convencidos que los defensores originales de Pep.

    Pero Inglaterra es un reto enorme. Y no me refiero a la posibilidad de ganar campeonatos, que es, aunque algunos lo olviden, el motor principal de su profesión.

    El mayor desafío de Pep, le guste o no, es recordarle a los padres y creadores de este maravilloso juego cómo fue que éste se hizo popular y amado. Con esto no me refiero a cantidad de toques antes de llegar al área rival sino a la necesidad de comprender que esta actividad tiene un objetivo: entretener al público.

    Meisl, además de escribir ese maravilloso libro al que hacía referencia, también participó de la publicación del texto de Lodziak. En el prólogo de ese manual, Meisl avisaba, nuevamente, que: “el fútbol inglés padece todavía las consecuencias de décadas de jugar ‘ateniéndose a las instrucciones’, lo cual es la muerte del individualismo, la espontaneidad y el placer del fútbol creador”.

    Ederson, John Stones, Kyle Walker, Benjamin Mendy, Ilkay Gundogan, Leroy Sané, Bernardo Silva, Gabriel Jesús, Danilo. Ellos han llegado bajo el mandato del entrenador catalán para unirse a Nicolás Otamendi, David Silva, Fernandinho, Sergio Agüero, Kevin de Bruyne, Vincent Kompany, Yaya Touré, Raheem Sterling y hasta Fabian Delph con dos objetivos; ganar, por supuesto, pero ganar respetando aquellas directrices que caracterizaron al fútbol británico antes que este sucumbiera al temor, las estadísticas, y como no, al negocio por el negocio mismo.

    Todo esto al igual que en Múnich: sin Xavi, Iniesta, Busquets ni Messi. Porque claro que el fútbol es de los futbolistas, pero también, diría mi amigo Martí, es de los entrenadores.

    Fotografía cortesía de: http://www.mancity.com

  • Un año sin Johan

    Un año sin Johan

    El adiós de Cruyff me pilló en medio de la preparación de un partido por las Eliminatorias Sudamericanas. Recuerdo haberme despertado e ir al gimnasio del hotel en el que nos hospedábamos en Lima, con la intención de trotar un rato, ya se sabe, para drenar un poco la presión y la ansiedad.

    A pesar que mi cargo era el de Jefe de Prensa de la Selección Venezolana de Fútbol, la intensidad con la que asumo cada tarea hacía que soñara con miles de variantes para el juego ante los peruanos, por lo que la zozobra era insoportable: no podía desconectar. Por ello trotaba. 40 minutos. 50 minutos. Por lo menos sentía que algo dejaba en esa cinta y me ilusionaba con la posibilidad de dormir mejor.

    Vaya si la vida es una constante ironía. Aquella mañana, a eso de las 6:45, cuando apenas empezaba a rondar una pobre velocidad de nueve kilómetros por hora, supe del fallecimiento de Johan. Trotando. Corriendo. Lo contrario a como el «Holandés Volador» comprendía el juego al que tanto le dio. Insisto, la vida no es más que un compendio de incoherencias.

    Terminé como pude la rutina. No recuerdo tan siquiera haber completado el tiempo que había marcado en la máquina. Subí a bañarme y escribir un par de líneas para el Magazine de Martí Perarnau. Cuatro párrafos. Desechables y olvidables, pero necesarios. Sepa usted, mi estimado visitante, que la verdadera razón por la que uno escribe es el egoísmo, drenar emociones, sin importar mucho el destino de esas letras. Por ello es tan gratificante cuando alguien disfruta con mis contradicciones. Correr y escribir, así más o menos puedo equilibrar mi velocidad con la dinámica del mundo.

    Luego vino el almuerzo y el partido. Recuerdo que durante todo ese tiempo pensaba que, más que una victoria en Lima, me emocionaría aún más que la selección tuviese algún rasgo del cruyffismo. Cualquiera. Quería terminar el partido con la panza llena de fútbol.

    Aquella noche no pudimos vencer a Perú, y, aunque nadie lo confirme, entendí que nos íbamos de la selección. No recuerdo si jugamos bien; las emociones me pudieron y nos tocó vivir un incidente que no me corresponde narrar. Al día siguiente, el staff técnico estaba tranquilo, aliviado, como si el episodio de la noche anterior hubiese servido para confirmar mil cosas que espero mueran conmigo. Pero cuando probé bocado (no acostumbro a comer mucho los días que exigen mi total dedicación), dije en voz alta, como si me estuviese cayendo la locha, «¡puta madre, se murió Johan!»

    Y es que Cruyff siempre fue Johan para aquellos que lo admiramos. Su obra fue de tal magnitud que superó los límites naranja y los blaugrana; el mejor Real Madrid que vi, aquel que llamaron La Quinta del Buitre, tenía mucho de su ideario; la mejor España,  la mejor Alemania, la mejor Holanda, la mejor Argentina, el mejor Milan y, como no, el mejor Barcelona, fueron, todos, de una u otra manera, hijos de su pensamiento.

    A quienes llegaron hasta aquí debo pedirles disculpas por mezclar las emociones «cruyffistas» con aquella aventura peruana. Le aclaro que no es ventajismo; desde aquella mañana, en cada partido que veo, me pregunto ¿qué pensaría Johan? Lamento profundamente no haberlo conocido, era mucho lo que deseaba escucharlo, leerlo y verlo. Hay tanto sinvergüenza en el fútbol que se me complica entender como uno de los buenos, quizá el más, se fue tan rápido, dejándonos a merced de los idiotas que predican que hay que ganar como sea, como si la sola voluntad fuese suficiente.

    De nuevo pido sepan disculpar mi confusión. La idea de estas líneas era promover algunas reflexiones de su libro 14. La Autobiografía. Pero me duele la ausencia de Johan, casi como la de un familiar, o mejor dicho, la de un amigo, al que siempre se podía acudir para encontrar un buen consejo.

    En fin…

    «Para mí todo empezaba en la calle. La zona en la que yo vivía era conocida como la «aldea de cemento», un experimento de casas baratas realizado tras la Primera Guerra Mundial. Era una zona obrera y los niños pasábamos tanto tiempo fuera de casa como nos era posible; desde que puedo recordar jugábamos al fútbol donde podíamos. Ahí fue cuando empecé a pensar en cómo convertir las desventajas en ventajas. Descubrí que el bordillo puede no ser un obstáculo, sino que podía convertirlo en un compañero de equipo para el uno-dos. De modo que gracias al bordillo pude trabajar mi técnica. Cuando el balón rebota sobre superficies diferentes con ángulos extraños, tienes que reajustarte al instante. A lo largo de mi carrera la gente se ha sorprendido a menudo de verme chutar o pasar desde un ángulo inesperado, pero eso se debe a cómo me crie. Lo mismo ocurre con el equilibrio. Cuando te caes sobre cemento, duele y, por supuesto, no quieres que te pase. Así que juegas al fútbol procurando no caerte. Fue jugar así, intentando reaccionar ante la situación en todo momento, lo que desarrolló mis habilidades como futbolista. Por eso soy muy partidario de que los jóvenes jueguen al fútbol sin tacos».

    «Lo que aprendí es que el fútbol es un proceso que consiste en cometer errores, analizarlos para aprender la lección y no frustrarse».

    «El buen jugador es el que toca el balón una vez y sabe a dónde correr; en esto es en lo que se basa el fútbol holandés».

    «Yo digo: no corráis mucho. El fútbol se juega con el cerebro. Hay que estar en el lugar preciso en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde».

    «La defensa se basa en darle la menor cantidad de tiempo al contrario, o que cuando tienes la posesión del balón debes asegurarte de que dispones de la mayor cantidad posible de espacio mientras que cuando lo pierdes hay que minimizar el espacio que tiene el oponente».

    «Continuamente, diez jugadores deben anticipar lo que va a hacer el que lleva la pelota».

    «Aparte de la calidad de los jugadores, el Fútbol Total es, sobre todo, cuestión de distancia y posicionamiento. Esa es la base de todo el pensamiento táctico. Si aciertas con la distancia y la posición, todo encaja. También requiere mucha disciplina. Nadie puede ir por su cuenta. Eso no funciona. Si alguien empieza a presionar a un contrario, el equipo entero tiene que unírsele».

    «El Fútbol Total, en cualquier caso, es cuestión de distancias en el terreno y entre las líneas. Si juegas así, incluso el portero tiene que entenderse como una línea. Como el portero no puede coger el balón con las manos si se lo pasan, él también tiene que ser capaz de jugarlo. Tiene que asegurarse de que los defensas reciben el balón en el momento exacto. A menudo tiene que quedarse en el borde del área de penalti, para convertirse en una opción para sus compañeros de más adelante. En nuestro estilo de juego en el Mundial de Alemania, no había sitio para un portero que no saliera nunca de debajo de los palos».

    «Mucha gente piensa que la defensa consiste en despejar el balón. Pero el arte de la defensa también consiste en saber cuándo le tienes que dar al portero la oportunidad de detener un balón».

    «El acertijo de si el jugador A encaja bien con el jugador B siempre me ha parecido fenomenalmente interesante».

    «Y, como ya he dicho, me gustaba hacerlos cuestionar el pensamiento tradicional diciéndoles que el delantero era el primer defensa, haciendo que el portero comprendiese que él es el primer atacante y explicando a los defensas que ellos determinaban la longitud del campo. Con la idea central de que las distancias entre las líneas nunca pueden ser superiores a los diez o quince metros. Además, todos tenían que interiorizar que, cuando se tiene la posesión del balón, hay que crear espacio, y que sin él hay que reducirlo. Eso lo consigues siguiendo de cerca visualmente a todos los demás. En cuanto uno echa a correr, el otro le sigue».

    «Tomemos la combinación de Ronald Koeman, a quien fiché en 1989, y Pep Guardiola, a quien ascendí al primer equipo en 1990, como dúo de defensa central en el Barcelona. Ninguno de los dos era rápido, y tampoco eran defensas. Pero nosotros siempre jugábamos en campo del oponente. Calculé las probabilidades basándome en los tres pases que podía realizar el equipo contrario. En primer lugar, un pase en profundidad que supera nuestra última línea. Si el portero era bueno y estaba situado lejos de la portería, siempre podría hacerse con la pelota. A continuación, un pase cruzado. Para eso tenía defensas rápidos que estaban entrenados como extremos. Siempre llegaban a tiempo de interceptar el balón. Y la última opción era un pase corto por el centro. Guardiola y Koeman eran tan fuertes en el plano posicional que siempre los interceptaban, a pesar de que, claramente, no eran los defensas centrales ideales. Seguramente era ese el motivo por el que funcionaba. Porque el portero estaba en la posición correcta y los defensas hacían lo que había que hacer».

    «De modo que trabajábamos constantemente con los defensas para encontrar esas soluciones. Como presionar al contrario no mediante sprints de treinta metros, sino a base de moverse unos pocos metros en el momento justo».

    «Se necesitaron más de diez mil horas de entrenamiento para alcanzar el nivel del Dream Team , nombre que recibía a menudo la plantilla de esa época».

    «El dominio del terreno de juego se estaba convirtiendo en un problema cada vez mayor cuando, en realidad, es muy sencillo: cuando tienes la posesión del balón, agrandas el campo; cuando lo pierdes, lo vuelves a hacer pequeño».

    «Todo el mundo sabe que me gusta el fútbol cuando se juega al ataque, pero para poder atacar antes tienes que defender presionando, y para poder hacer eso debes saber presionar el balón. Con el fin de hacerlo lo más fácil posible para todos los jugadores, hay que crear tantas líneas como sea posible. De modo que quien lleva el balón siempre tenga alguien delante y alguien al lado. El espacio entre quien lleva la pelota y esos otros compañeros no debería ser nunca superior a diez metros. Cuando hay mucho espacio, aumenta el riesgo».

    «A mí me gusta usar cinco líneas sin contar el portero: los cuatro defensas, un centrocampista central atrasado, dos centrocampistas extremos a ambos lados de este presionando hacia delante, un delantero jugando en profundidad o adelantado y dos delanteros en los extremos. En un despliegue de ataque, el terreno de juego va desde la mitad inferior del círculo central hasta el área de penalti del contrario. Esto crea un campo de 45 metros de longitud y 60 metros de anchura. Con un espacio de unos nueve metros entre líneas».

  • Ausente D10s, Luis Enrique bien vale una misa

    Ausente D10s, Luis Enrique bien vale una misa

    El Barcelona batió 6-1 al PSG y coronó una remontada histórica que lo sostiene como el equipo dominador de los últimos años. El gol de Edison Cavani casi destruye loas intenciones catalanas, pero si algo quedó claro en el Camp Nou de Barcelona es que nunca hay que dar por muertos a los grandes campeones. Paliza y lágrimas para los de Emery.

    ¿Cuántas veces se ha escrito que el fútbol es lo que es y no lo que queremos que sea? La sencillez de la frase no es contraria a la naturaleza de este juego, actividad compleja como pocas. Y es que el fútbol tiene su propia lógica; sin importar episodios pasados, cada puesta en escena es una versión única e irrepetible. No juega la historia, aunque para muchos sea esta la que explique algunos de los fenómenos que ofrece este deporte.

    Se dijo hasta el cansancio que en el recorrido del Barcelona no hay grandes remontadas, y que esa es una cualidad que define al Real Madrid y no a los catalanes, estos últimos embajadores de un juego más sutil, mejor elaborado y menos propenso a los arrebatos emocionales. No eran injustos los pronosticadores en cuanto a las referencias históricas; quizá el lance más fresco es aquel de los cuartos de final ante el Chelsea, en la temporada 1999-2000, cuando tras caer tres goles por uno en la ida, en Londres, los blaugranas superaron al equipo blue cinco por uno en el Camp Nou, certificando su pase a la semifinal continental. Son más recientes los intentos infructuosos ante el propio Chelsea (2011-2012) o frente al Bayern Múnich (2012-2013). En ambos casos, a pesar de la diferencia de rendimiento, los culé quedaron eliminados de la Liga de Campeones.

    Hay muchas otras muestras más que condenaban anticipadamente las intenciones del equipo dirigido por Luis Enrique, pero como le decía anteriormente, la historia no juega ni hace goles.

    Los primeros minutos fueron todo menos lo esperado. Es casi imposible adivinar a qué salió a jugar el Paris Saint Germain. En esos primeros compaces, los franceses se entregaron a las intenciones de los catalanes, quienes pudieron avanzar en el campo sin mayor oposición. Gerard Piqué, Samuel Umtiti y Javier Mascherano, los tres defensores centrales elegidos por el entrenador blaugrana, se anclaron hasta cinco metros más adelante del medio del campo, haciendo del Barça un bloque corto y compacto, perfecto para atacar el ataque del PSG.

    Debo insistir en que, aunque la intención del local fue esa, los de Unai Emery, quien sabe si por instrucciones o por voluntad propia, se agruparon a escasos metros de su portería. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, por lo que crucificar al entrenador español es desconocer las dinámicas grupales, o como bien lo recuerda Alejandro Abilleira, creer que «los jugadores resuelven en acuerdo con lo impuesto«. Más adelante, el mismo autor cita a Crozier y a Friedberg para recordar que se sobrevalora «demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones«. ¡Pum! Golpe bajo para los defensores de los automatismos…

    La defensa por acumulación en espacios reducidos que puso en práctica el equipo francés no limito al Barcelona, aunque el gol de Luis Suárez fue todo menos estético, ítem que abordaré más adelante. Ese tanto, tan hijo del juego del Barça como de los temores parisinos no modificó el guion, y no fue sino hasta el minuto diez que los visitantes se animaron a cruzar la mitrad del campo. Sin embargo, y a pesar de esa tímida reacción, los blaugranas dominaban el partido, aprovechando la superioridad que generaban Rafinha y Neymar en sus respectivas bandas. Ambos ensancharon el campo, y si el Barça no tuvo mayores ocasiones de gol fue porque su juego interno, ese en el que debían mandar Lionel Messi y Andrés Iniesta, no estuvo fino como en otras ocasiones.

    La enorme respuesta del Barcelona se debe en gran parte a la intervención de su entrenador. Luis Enrique, subestimado por muchos y señalado como apenas un gestor del tridente, volvió al “Cruyffismo” más ortodoxo, con la intención de sacudir a los suyos tras la pesadilla vivida en el Parque de los Príncipes, y vaya si lo consiguió. Su dispositivo 1-3-4-3 agitó y espantó fantasmas, y hasta se atrevió a variar dentro del mismo módulo: en algunas ocasiones lo puso en práctica con Jordi Alba y en otras, como ante el PSG, lo hizo sin laterales, dejando el recorrido por las bandas a Neymar y a Rafinha.

    Cambiar no es sencillo. El último entrenador que intentó por necesidad pasar del 1-4-3-3 al 1-3-4-3 en Can Barça fue Frank Rijkaard, en la temporada 2006-2007. En aquella ocasión, el míster holandés comandó la victoria ante el Zaragoza, para avanzar a la semifinal de la Copa del Rey, aunque los suyos se quedaron cortos en la Liga de Campeones frente al Liverpool. Bajo las órdenes de Pep Guardiola, este equipo hizo bueno el módulo “Cruyffista” pero por creencia propia y no por necesidad de un resultado.

    Es por ello que vale rescatar la capacidad de Luis Enrique y su staff. Nada de lo puesto en escena hoy en el Camp Nou hubiese sido posible sin las correctas sesiones de entrenamiento, tanto en pretemporada como en los días posteriores al duelo en París. Se va un enorme entrenador, a la espera de saber si su próximo destino lo tiene de camiseta roja o si debe buscarse la vida en otras latitudes.

    Para intentar un ascenso tan complicado como el que coronaron los blaugranas hace falta algo más que capacidades futbolísticas. Por ello, cuando hacía referencia al primer gol del Barça, señalaba que, a pesar de haber sido el principal defensor de un juego que conquistó al mundo por resultados y estética, el primer tanto culé no fue el típico avance blaugranas. Puede que ahora, cuando ya pasaron los más emocionantes noventa minutos que recuerde, ese gol, nacido del caos y el espíritu indomable del uruguayo Suárez, haya sido el prólogo de un partido inolvidable. Que Iniesta construyera el segundo gol, mezclando su categoría con esa voluntad de no dar una sola pelota por perdida, fue la continuación perfecta al argumento que trato de hacer bueno.

    No puede obviarse que Cavani marcó un gol que aniquilaba la esperanza de muchos, y que estuvo a centímetros y segundos de acabar con todo, pero este PSG, en su versión más pobre que muchos recuerdan, no podía triunfar con tantos temores; jugar así por voluntad propia merece un castigo, y el fútbol, ente al que muchas veces le adjudicamos conductas de entes vivos, hoy no permitió semejante afronta en contra de su propio espíritu.

    El tanto francés obligaba a los blaugranas a convertir tres goles más, y, de la mano de un Neymar pletórico, convertido en el jugador decisivo que muchos prefieren no ver, consiguieron el ascenso a la más alta montaña. El brasileño lleva más de dos meses en un estado de forma insoportable para sus rivales, pero la banalidad, reacia a reconocer su evolución, se enfocaba en la falta de gol del 11 para desacreditar su juego. Hoy se llevaron un golpe de aquellos que hacen época.

    Hay un dato que no es menor: esta hazaña fue posible aun cuando Messi no brilló. Marcó de penal, pero el argentino tuvo una de esas noches grises, melancólicas, en las que la mitad de sus intenciones fueron a parar en las botas rivales. Con el tiempo, este episodio histórico cobrará su verdadera dimensión cuando se revise que el 10 no fue determinante como muchos esperaban.

    Pero permítame volver al trabajo de Luis Enrique, de Juan Carlos Unzué, Robert Moreno, Rafel Pol, Joaquín Valdés, Joan Barbarà, José Ramón de la Fuente y los demás integrantes de este cuerpo técnico. Este staff llegó a un equipo que quizá no estaba en la mierda (Piqué dixit) pero sí venía de dos años muy duros. El panorama actual los tiene peleando los tres torneos, como en cada año de su estancia en Can Barça, pero más allá de cuánto ganen o cuánto pierdan, estos nombres, junto a otros compañeros, dieron una vuelta de tuerca impensable; su capacidad y el hambre un grupo de futbolistas insaciables consiguieron lo que antes, e incluso durante el partido parecía imposible: derrotar a todos los fantasmas. Una remontada como la de hoy no se sostiene en cuatro gritos sino en un trabajo confiable.

    Luis Enrique se perdió aquella inolvidable noche ante el Chelsea en el año 2000. Sus por entonces compañeros lograron, en plena Semana Santa, un resultado que nadie pensaba posible. Hoy “Lucho” sí fue protagonista, y los suyos le respondieron a los inconformes que cuestionaban la grandeza de este equipo, sólo porque no tenía en su historial de la última década un episodio emocional como el de hoy.

    Bofetada a los críticos y a seguir adelante, como siempre ha hecho el fantástico entrenador que hoy volvió a celebrar a costa de la tristeza de París y de Qatar.

    Columna publicada el 08/03/2017 en El Estímulo.

    Fotografía cortesía de Agencia EFE

  • Lecciones de fútbol, cortesía del PSG

    Lecciones de fútbol, cortesía del PSG

    El fútbol se ha convertido en la principal vitrina de nuestras miserias. Gracias a él no se sostienen las mentiras ni las poses; sesudos analistas que se desviven por mostrarse en la piel de la racionalidad quedan desnudos. El fútbol no perdona.

    La increíble e inexplicable derrota del PSG ante el Barcelona es quizá una de las muestras más claras de lo que expreso. El sincericidio cometido por estos mentirosos y oportunistas de turno podría servirle al público para identificar a estos malos actores. Pero las preferencias del «respetable» hace tiempo que dejaron se ser ejemplares.

    Tras el episodio vivido en el Camp Nou, lo más sencillo era señalar a Unai Emery como el único responsable de semejante catástrofe, al fin y al cabo, nos han educado a que rápidamente debe identificarse un culpable. De nada sirve recordar que ese equipo, el francés, ya supo perder partidos de vuelta, tras obtener importantes ventajas, ante el mismo Barcelona o el Chelsea, episodio este último en el que alguno de sus jugadores celebró anticipadamente la clasificación a la otra ronda, al igual que en esta ocasión frente a los catalanes.

    Antes de continuar debo aclarar que mi intención no es establecer una defensa al conductor del equipo parisino, sino demostrar que en este mundillo del fútbol todo vale y todo sirve siempre que se acomode a las necesidades de los expertos.

    Éstos analistas no solamente colocaban al español como uno los grandes entrenadores del mundo tras los resultados conseguidos al mando del Sevilla, sino que además aseguraban que sus métodos superaban largamente a los entrenadores que había tenido el equipo parisino anteriormente. En ninguno de esos postulados, los expertos invocaban sus estudios sobre los métodos del entrenador ni mucho menos profundas conversaciones con el protagonista; amparados por los resultados, los llamados analistas hacían bueno o malo el proceder de cualquier entrenador. Ignoraban además que los verdaderos protagonistas de esta actividad son los jugadores, y, como bien avisó Juan Manuel Lillo, para saber de fútbol hay que saber de futbolistas. Nadie tiene una varita mágica que pueda transformar en héroes a simples mortales.

    Voy a contar una anécdota, lejana el caso que nos refiere, pero que vivida en primera persona ayuda a comprender el origen de todas las mentiras y todos los juicios.

    Antes de un partido trascendental, un entrenador se acercó a dos de sus jugadores más inteligentes, aquellos que tenían un mejor manejo de la pelota y de las emociones, con la intención de recordarles cómo los iba a presionar el rival para quitarles la pelota. Esta instrucción era simplemente un recordatorio, ya que esa escena había sido practicada antes del duelo. A los 30 segundos del partido se produjo lo anticipado y uno de los futbolistas no reaccionó adecuadamente, lo que derivó en un gol del rival. Treinta segundos fueron suficientes para que un entrenador fuera crucificado por los llamados expertos, los mismos que hoy liberan de responsabilidad a otros entrenadores que son más de su gusto. En esa mala costumbre de buscar un responsable lo más sencillo era señalar al entrenador, porque además, esta conducta no implica una investigación, sino que es aceptada por la sociedad futbolera como única y válida respuesta a cualquier crisis.

    El futbolista que hago mención tampoco fue el único responsable de esa derrota. El fútbol es una actividad compleja, en la que no solamente intervienen un sinfín de elementos y factores, sino que, además, es dinámica, está en permanente movimiento; las sinergias producto de esa dinámica terminan siendo más influyentes aún que cualquier esquema, instrucción, o módulo táctico.

    Futbolistas y sistemas

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    Como explicaron Michel Crozier y Ernhard Friedberg (El actor y el sistema, 1990), “sobrevaloramos demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones”.

    Convenientemente se olvida que un equipo de fútbol está compuesto por seres humanos, y que por más que cualquier dictadorzuelo de cuarta lo crea posible, los humanos sienten y reaccionan, jamás podrán comportarse como frías máquinas. Lo planificado siempre se enfrentará a lo que vaya surgiendo dentro de ese duelo conocido como partido de fútbol. Pasa lo mismo con nuestra existencia, pero el miedo a la incertidumbre impide que nos demos cuenta.

    Según Natàlia Balagué y Carlotta Torrents (Complejidad y Deporte, 2011), la complejidad se sostiene, entre otros principios generales, en el Principio de la Interdependencia:

    El funcionamiento de cada elemento depende del de los demás y cualquier modificación afecta a todo el conjunto. Los elementos no están aislados, siempre se relacionan con el nivel que les precede, con el que les sigue y con su entorno global… Por ejemplo, de la misma manera que una táctica deportiva surge por la interacción del juego desarrollado por los miembros de un equipo, dicha táctica se impone a su vez sobre los jugadores constriñendo su comportamiento individual”.

    Son muchos, quizá demasiados, los llamados especialistas que hacen mención a la complejidad para explicar fenómenos futbolísticos, pero una vez confrontados con la inmediatez que exigen y promueven las redes sociales, reaccionan como cualquier tertuliano de bar, que, dicho sea de paso, se comportan como aquellos que se autodenominan especialistas. Hablan de táctica y de estrategia, como si el jugador no fuese en sí mismo un productor de respuestas a las emergencias del juego.

    Insisto, no intento desligar a Emery de su responsabilidad. Vale revisar este video que subí a Twitter para entender que el entrenador español equivocó la estrategia:

    Fútbol de seres humanos

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    Siempre hay jugador y persona, y la persona va por delante. El fútbol es más sentimiento, complicidad, que pizarra o estrategia”. Pep Guardiola

    El gol de Sergi Roberto acabó con las aspiraciones del PSG. Neymar Jr., figura indiscutible del triunfo catalán, aseguró que antes de cobrar las faltas sugirió a su compañero a que fuera al área porque iba a convertir un tanto. Esta instrucción no convierte al brasileño en un visionario; sirve exclusivamente para que de una vez por todas se acepte que dentro del campo pasan cosas que quienes, desde afuera, entrenadores incluidos, no entenderemos. Sergi confió en el 11 y desafió las instrucciones de su entrenador, quien le pedía que se quedara en una posición más retrasada, preparando la pérdida del balón.

    Es por ello que debemos rendirnos ante una evidencia que contradice a las verdades absolutas que se promueven desde la TV, la radio y los espacios escritos: el jugador es el único intérprete del juego, porque el juego es dinámico y sólo quien lo protagoniza puede definirlo y actuar según las emergencias que nazcan durante los compases del juego mismo.

    Rosa Coba y Francisco Cervera, en su magnífico libro titulado “Fútbol: el jugador es lo importante”, plantean lo siguiente:

    Vigilamos movimientos, no personas que se mueven; formulamos repliegues, acosos, pérdidas de balón sin observar la voluntad de hacerlos. Y como nada es más práctico que una consistente teoría, ésta tiene visos de aunar bastante fuerza”.

    ¿Cuántas teorías, títulos, afirmaciones y supuestas certezas que aparecen en los medios se apoyan exclusivamente en la necesidad de algunos pocos de hacerse visibles a partir de hacer buena cualquier hipótesis, por más inverosímil que esta sea?

    Estando en Múnich pude comprobar que la relación de Pep Guardiola con sus futbolistas no era tirante ni se parecía a lo que los medios alemanes describían. Pero de nada valía todo lo que observé en los entrenamientos del equipo bávaro: a mi retorno a mí realidad, todo auello fue puesto en duda porque contrariaba lo que los expertos balbuceaban. Las mentiras tapan hechos reales: de haber sido real aquel cúmulo de afirmaciones que describían a una plantilla totalmente desligada de su entrenador, hubiese sido imposible que estos mismos futbolistas compitieran como lo hicieron.

    El fútbol da para todo

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    Unai Emery equivocó el análisis previo del partido, así como su planteamiento inicial. Aunque la ventaja de cuatro goles parecía casi irreversible, en frente estaba una de las delanteras más potentes del momento, el mismo equipo que ha dominado la última década del fútbol europeo. Por ello sorprendió a propios y extraños que la estrategia inicial partiera de semejante desprecio por la naturaleza propia del PSG, la misma que los llevó a dominar al mismo equipo catalán, apenas tres semanas atrás.

    Ahora bien, ¿acaso no se juegan varios partidos dentro de los partidos?

    Dentro de los noventa minutos que dura un duelo de fútbol son muchas las modificaciones que se suceden. Algunas de ellas producto de la reflexión del cuerpo técnico y otras, la gran mayoría, hijas de las sinergias que se producen entre todos los protagonistas. El avance de Sergi Roberto a posiciones de gol, aconsejado por su compañero, confirma lo expuesto. No fue un acto de rechazo a las instrucciones del entrenador sino una respuesta a una emergencia inmediata del juego.

    César Luis Menotti incluso afirmó, en defensa de la capacidad resolutiva del futbolista, que cuando un entrenador aísla al jugador de la dinámica del juego para darle alguna instrucción, no hace sino hacer énfasis en algo que ya pasó mientras ese futbolista de aleja de lo que está pasando.

    Tras el gol de Luis Suárez, el PSG reaccionó e identificó que el juego del Barcelona no los había empujado a esa inexplicable defensa por acumulación: ellos mismos liberaron al club catalán hasta el punto de permitir que sus defensores centrales jugaran casi en tres cuartos de cancha. Pero, así como no parece haber existido una notable intervención de Emery para cambiar lo propuesto, tampoco pudo identificarse en los futbolistas del club francés un acto de rebeldía, algo que hiciera pensar que podían recordar la victoria en el Parque de los Príncipes, no ya como un resultado, sino como un mapa, una hoja de ruta que les señalara cómo jugar ante el Barça.

    Olvidamos que en un equipo no existe la autonomía de sus integrantes. Todos y cada uno de los organismos que lo componen conviven en una relación de dependencia que promueve sinergias y respuestas casi inimaginables. Acusar a Emery de miedoso, señalar a Thiago Silva como un “contaminador” o a Di María de provocador es, cuando menos, limitar el análisis para favorecer una certidumbre que no es tal, pero que seguramente nos hace sentir bien. El reduccionismo hace bien para el ego pero disminuye nuestras capacidades cognitivas.

    Permítame que insista: el fútbol es incertidumbre, pura y dura. Con ello quiero decir que cada episodio, cada partido, debe revisarse como una muestra total y global, no por espacios ni recortes. Pero, además, hay que hacerlo con el convencimiento de que aun cuando creamos acercarnos a la conclusión, son demasiados los factores que no vemos, no comprendemos o ni tan siquiera sabemos que existen. El fútbol es de los seres humanos, y como tal, aceptémoslo, es, al fin y al cabo, dinámica de lo impensado

    “¿Quién puede indicar previamente, con exactitud, el producto de una cantidad innumerable de interacciones, si estas están en continuo dinamismo?”. Óscar Cano Moreno

    Fotografías encontradas en distintas webs, cortesía de la Agencia EFE

  • Tras Luis Enrique, ¿qué y quién?

    Tras Luis Enrique, ¿qué y quién?

    Con la confirmación del adiós de su entrenador, el FC Barcelona suma un nuevo problema a su accidentada actualidad, y es que más allá de pelear por la Liga, disputar la final de la Copa del Rey y soñar con una remontada ante el PSG, la institución catalana vive un caos en el que solamente Joan Gaspart se sentiría identificado.

    El anuncio del míster blaugrana sorprendió a pocos –otra cosa es que se hagan pasar por sorprendidos, pero eso, como diría Carlos Salvador Bilardo, no es más que poner cara de circunstancia y hacerse el sueco. Quienes seguíamos las ruedas de prensa del entrenador podíamos coincidir en que a «Lucho» se le notaba cansado, extenuado, fundido. La prensa, con su ego multiplicado a niveles indescriptibles, ha vendido el pescado podrido que ellos agotaron al entrenador. Se equivocan. A Luis Enrique Martínez lo venció el tiempo y su propia intensidad. Vivir el oficio con tanta dedicación acaba con cualquiera, sin importar que se haya ganado tanto. Pregúntenle a Pep…

    Pero más que ahondar en las razones del entrenador, pongamos la mira en el futuro inmediato de la institución que preside(?) Josep María Bartomeu.

    Lionel Messi termina su contrato en julio de 2018, y por los momentos no hay confirmación oficial de que se avance en esa renovación. Andoni Zubizarreta hizo famoso aquello de que las negociaciones no se retransmiten, pero siendo Messi el activo más importante del primer equipo, el silencio de la directiva es cuando menos sospechoso. No sería de extrañar que tras el adiós del entrenador apresuren los tiempos y se firme, en cosa de un mes, la extensión del vínculo contractual con el 10.

    Debo aclarar lo siguiente: la continuidad del argentino no está sujeta exclusivamente a valores económicos. Cuando Pep Guardiola, tras la obtención de la cuarta Liga de Campeones en la historia del club, aconsejó a la directiva que rodeara a Messi con los actores capaces de garantizar la estabilidad y mejoría del equipo, no lo hizo en vano. Al segundo capitán blaugrana se le conoce como un animal competitivo, y más que dinero, le atrae la posibilidad de seguir peleando por todos los títulos. Quiere y merece un sueldo acorde a su estatus, pero también desea que no se repitan episodios como que la plantilla no posea un lateral derecho ni un recambio para Sergio Busquets.

    Hay que considerar otro ítem de suma importancia: la edad de la columna vertebral. Andrés Iniesta está por cumplir 33 años; Gerard Piqué acaba de llegar a los 30, meta a la que arribará Messi en un par de meses. Este mismo año, Busquets cumplirá 29 y Jordi Alba 28. No es una plantilla joven, y el rejuvenecimiento iniciado en el verano de 2016 con la llegada de Samuel Umtiti, Lucas Digne, Denis Suárez y André Gomes no ha cuajado como se planificó. De ellos, el central y Suárez son los que más rendimiento han ofrecido.

    El adiós de Luis Enrique obliga a que, además de la necesaria negociación por renovar a su mejor futbolista, el club catalán deba encontrar un entrenador que promueva una nueva vuelta de tuerca al estilo, ese que se vio condicionado con la conformación del tridente Messi-Suárez-Neymar, y que, gracias a las gestiones de esta directiva, no se ha sostenido en las categorías inferiores.

    Son muchos los candidatos y pocos los conocedores que pueden guiar a Bartomeu en la elección de la mejor opción. Probablemente, el entrenador que más cumple con los requisitos para ocupar ese banquillo sea Jorge Sampaoli. Su devoción por el juego posicional, así como la calidad de su staff técnico, comandado por Juan Manuel Lillo, invitan a creer en un acercamiento con el argentino, pero, contrario a la lógica, da la impresión de que esos contactos serían únicamente un saludo a la bandera: ese cuerpo técnico huele a “Guardiolismo” y eso, a Bartomeu, a su directiva y a quienes lo sostienen les produce indignación. La llegada de Sampaoli sería obra de una grandeza pocas veces vista en los más de cien años de la institución.

    Es por ello que el mejor ubicado es Ernesto Valverde, actual entrenador del Athletic Club de Bilbao. Su carácter y su aparente conocimiento de la institución juegan a su favor. Valverde también es un enorme entrenador, el mismo que impidió al Barça de Luis Enrique ganar los seis torneos en un año calendario (2015) luego de batir a los catalanes en la Supercopa de España.

    Ahora bien, sea Sampaoli, Valverde o cualquiera de los casi cien candidatos que promocionarán los medios, el que asuma el puesto de entrenador de la primera plantilla estará obligado a producir nuevas respuestas tácticas, con tal de impulsar así la competitividad de un grupo que ha ganado todo y que, aparentemente, no se cansa de seguir intentándolo. Y llegados a este punto es cuando la directiva catalana debe pensar muy bien qué Barcelona quieren para el futuro inmediato.

    Los blaugranas, tras la llegada de Joan Laporta a la presidencia en 2003, experimentaron un retorno a las fuentes. El juego posicional que instauró Johan Cruyff encontró su éxtasis de la mano de Frank Rijkaard y Guardiola. Pero del mismo poco queda, y abajo, en las categorías formativas, por ahora no hay mucho que resaltar más que el empeño del grupo de Sandro Rosell por destruir todo lo que oliera a Cruyff y a Pep. Sin la colaboración de La Masía, el Barcelona se convierte en un equipo común, uno con los recursos económicos suficientes para comprar y comprar futbolistas, sin mayor plan que no tener plan.

    Pero si por alguna de esas razones que la razón no entiende Bartomeu y sus colaboradores decidieran retornar a la identidad futbolística del club, la contratación del entrenador sumaría un nuevo requisito: debe ser alguien que conozca el juego posicional y, al mismo tiempo, promueva a los jóvenes valores de la institución. Ese panorama no parece ser más que un anhelo de los guardianes de la esencia blaugrana, aquellos señalados como “viudas de Cruyff” por el poder de siempre.

    La búsqueda de un preparador es una labor harto complicada, más aún en una institución como la catalana. Un veterano periodista, cuestionado sobre las diferencias entre el Real Madrid y el Barcelona, inmortalizó aquello de que el Madrid es un equipo de jugadores y el Barça de entrenadores. En el caso blaugrana, cualquier espectador podría pensar que lo primero que se tendría en cuenta en el casting para encontrar el nuevo inquilino del banquillo es su metodología de trabajo, pero mire usted si la realidad supera a la ficción: el equipo filial dejó de lado esa máxima, hace un tiempo atrás, para servir de escaparate a los negocios de ciertos entendidos que siempre han sabido vivir de la institución.

    Desde ayer, el Barcelona se está jugando el partido más importante de los últimos años: seguir siendo el equipo referencia en cuanto a juego, o ser el club de Bartomeu, Rosell, Núñez y los demás integrantes del reducido pero poderoso grupo que sienten al Barça como algo más que un club, su club.

    Lo inmediato es renovar a Messi, pero, al mismo tiempo, la masa social que todavía siente como propio el club catalán debe impulsar a que su directiva, comandada Por Josep María Bartomeu defina qué tipo de club será el Barcelona de los próximos años. El primer paso será la elección del sucesor de Luis Enrique. El resto de las pistas parecen claras, pero siempre hay que dejar espacio para un golpe inesperado de timón.

    Columna publicada el El Estímulo, el 02/03/2017

    Fotografía cortesía de optasports.com