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  • Naufragio catarí: Día 4

    Naufragio catarí: Día 4

    ¿Se puede ganar aún cayendo en el marcador? Rotundamente sí. Alemania y su Deutscher Fußball-Bund (Federación Alemana de Fútbol) mostraron el camino a seguir: cuándo más imbatible se siente el poder es cuándo más débil es. El aprendiz a truhán que conduce a la FIFA, el siempre mal asesorado Gianni Infantino, demostró su infinita estulticia al prohibir el brazalete arcoíris, ese que no promueve invasiones, guerras, dictaduras o represión, todas actividades de las que la dirigencia del fútbol sí se ha beneficiado desde tiempos inmemorables. Bastó con taparse la boca antes del inicio del partido ante Japón para que el mundo entero recordara qué clase de personajes rigen al organismo. No se olvide que esa institución tiene su sede en Suiza  gracias a una serie de beneficios legales y fiscales que hicieron posible toda la corrupción en el fútbol. La castigada y la que barrieron bajo la alfombra. Recordemos también que quienes fueron a juicio no estaban  acusados ni perseguidos por la organización del fútbol. Y tampoco dejemos de lado que aquellos no fueron los únicos tramposos sino los tontos útiles cuyo encarcelamiento ayudaba en el control de daños. Alemania se tapó la boca para recordarnos que un mundial es la fiesta de los futbolistas y los hinchas, no el guateque de unos granujas que solamente tocan una pelota para promocionarse a ellos mismos. Si algo positivo dejan los bandazos del limitado heredero de Havelange y Blatter es que cualquier intención a recibir un Premio Nobel de la Paz ha quedado sepultada.

    España es pasión por el fútbol. También muchas otras cosas más. No obstante, esa efusividad fue el caldo de cultivo perfecto para que una banda de oportunistas creara la industria de hablar del fútbol y no de fútbol, como bien dice mi amigo Kike Marín. De esa manera, el público está informado de cada uno de los defectos de Luis Enrique así como del rechazo que genera en los mal llamados expertos mediáticos. Lastimosamente no del origen de sus decisiones futbolísticas. Opinar de fútbol requiere el pequeño ejercicio de aceptarse ignorante, de que no sabemos ni sabremos todo. Para hablar de fútbol hay que callar, observar, pensar y volver a dudar. Esta fórmula no es atractiva a los ojos de los envalentonados correveidile del poder, quienes recientemente se han visto amenazados por la aparición de las nuevas plataformas comunicacionales. Que el seleccionador se valga de esas herramientas también les molesta. Prueba de ello es que muchos que, como las vacas de Lezama a las que hizo referencia Javier Clemente, llevan décadas alrededor de este deporte y aún no saben explicar qué es un falso nueve, materia en la que sí se sumergió Luis Enrique hace unos días. Aún así, la posibilidad de acusarlo por la baja de José Luis Gayá fue más fascinante. Mentiras, sensaciones y fake news, ese es el mundo de los chantas. Le acusaron de anti madridista, de enchufar a su yerno… Pocos se dedicaron a hablar del juego y de lo que pretendía el seleccionador. Ante Costa Rica dieron otra clase de desprecio por el fútbol cuando la única justificación que encontraron para la titularidad de Rodri como defensor central fue su altura. No su juego, ni su capacidad de asociarse con sus compañeros, ni la conexión con Busquets para construir una salida limpia ante un rival sin mayores pretensiones atacantes, o mucho menos que en el Manchester City también ha cumplido con ese rol. Ah, es que al City tampoco se le ve, por razones obvias, o mejor dicho, por el odio de toda la vida. Tenemos un gran problema sin solución aparente: antes, el bar se nutría de lo que leía o escuchaba; hoy, por el contrario, el bar manda. Esto se fue al carajo en el momento en que se le dio mayor relevancia al ser seguido que a ser respetado. Tiempos en los que los patos disparan a la escopeta.

    ¿Qué es el gol? Es una consecuencia de una serie de acciones. Está la agilidad del rematador, la carambola, la eficacia y la suerte, pero sobre todas las cosas, está el juego. En el baloncesto está más que aceptada esta fórmula, no obstante, en el fútbol seguimos empeñados en asociar la anotación de un gol a la última secuencia de la película. Y esta es la razón por la que se vende que el gol es cosa de un futbolista. Sería estúpido renegar de las condiciones de los atacantes y otros futbolistas cuya relación con el gol es especial, pero también lo sería desconocer que el fútbol es un juego colectivo, una sucesión de hechos complejos, Paco Seirul.lo dixit, interconectados que terminan en la anotación de un tanto. El triunfo de España ante Costa Rica demostró que mientras mejor se juegue más cerca se está de vencer al oponente. Y jugar bien, como se dijo en alguna de estas cartas, responde a la correcta interpretación de cada circunstancia del juego, no a las estadísticas que tanto manosean los comerciantes de pescado podrido.

    “Uno se hace mayor cuando las cosas que no sabe son más que las que sabe, y que a veces la felicidad, o la supervivencia, consiste en un pacto tácito acerca de la conveniencia de la mentira, entendiendo mentira como la verdad que no interesa a nadie porque seríamos peores con ella». Manuel Jabois. Miss Marte

     

  • Ezequiel Fernández Moores

    Ezequiel Fernández Moores

    Nuevo episodio de «Mí fútbol, con mis amigos». En esta ocasión, converso con Ezequiel Fernández Moores, periodista argentino.

    Comenzó en el periodismo deportivo en 1978 como redactor de la agencia Noticias Argentinas. De 1982 a 1989 fue Jefe de Deportes de la Agencia DyN y de 1989 hasta hoy es Editor en la agencia italiana ANSA. Escribió en Página 12, Mística, El Periodista, TXT, trespuntos y colaboró con diarios como The New York Times y La Vanguardia, de España, entre otras publicaciones. Trabajó en radio y TV. Es autor del libro Díganme Ringo (biografía de Ringo Bonavena)

    El fútbol; la FIFA y su gobernanza; Marcelo Bielsa; el poder, y por supuesto, el periodismo. Todo esto en un nuevo episodio de «Mí fútbol, con mis amigos».

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  • Detalles de Rusia 2018

    Detalles de Rusia 2018

    Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.

    Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.

    Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.

    Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.

    1.- Transiciones:

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    El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.

    César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.

    La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.

    Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.

    Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.

    Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.

    En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.

    Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.

    Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).

    Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.

    Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.

    2.- El pase

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     La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.

    El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.

    El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.

    Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.

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    Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.

    Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.

    Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.

    No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.

    Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.

    3.- Acciones a balón parado

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    Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.

    Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.

    Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.

    No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.

    Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.

    Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.

    4.- Juego con los pies de los porteros

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    Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.

    Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.

    El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.

    Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:

     

    Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.

    En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.

    Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quienes correspondan

  • El talento y el reduccionismo

    El talento y el reduccionismo

    Le pido al lector que haga un poco de memoria y recuerde cada selección que a continuación le presento. Entre paréntesis está la edición mundialista a la que pretendo remitirle: Brasil (1982); Colombia (1994); España (1998); Argentina (2002); Francia (2002); Serbia y Montenegro (2006); Francia (2010); Italia (2010); España (2014); Croacia (2014); Italia (2014); Portugal (2014).

    Una vez hecho el repaso, le pregunto, ¿acaso esas selecciones no poseían futbolistas talentosos? Entonces, si aquellos equipos poseían futbolistas talentosos, de los mejores de su tiempo, ¿cómo se explica que no triunfaran?

    Podría hacer una larga y pesada enumeración de los factores que influyen en el rendimiento de un colectivo. Además de incompleta, esa lista tampoco gozaría de total credibilidad, debido a que cada episodio es único e irrepetible; sus componentes, así como el grado de influencia que ejercen en cada muestra, nunca podrán reproducirse o copiarse sin que sean modificados.

    Pero el punto a discutir es el talento.

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    Talento tiene que ver con las posibilidades innatas, naturales, de conseguir algo. Se nace con determinado(s) talento(s) y es el poseedor de esa(s) virtud(es) quien decide si cultivarlo o dejarlo morir. No existe mérito alguno en la sola posesión de cualidades.

    Todo lo contrario sucede con quienes toman la decisión de multiplicar aquello que la naturaleza, la genética o el azar les dio. Pero quien no tiene en su ser esas facultades jamás podrá obtenerlas. Se mejora lo que se posee, pero el talento es intransferible.

    Corren versiones, en medio de la insoportable idiotez que obliga a elegir entre Cristiano Ronaldo o Lionel Messi, de que el portugués es trabajo y el argentino talento. Nada más alejado de la realidad; cada uno ha explorado y explotado virtudes propias, no potencialidades compradas o traspasadas.

    Así mismo, el talento se ha convertido en una respuesta rápida, casi automática, para justificar o hacer que explicamos lo que desconocemos. Estos expertos en lo divino, al verse imposibilitados de justificar lo que no comprenden, como la eliminación de la selección alemana en el mundial ruso, recurren, con una sospechosa agilidad, a la ausencia de talento de su entrenador o de alguno de sus futbolistas.

    El mismo argumento se emplea para definir las carencias de todos los demás eliminados.

    Por alguna razón que desconozco, y que probablemente tenga que ver más con la educación que hemos recibido y que nos ha llevado a ser grandes reduccionistas, el aficionado explica el deporte, el éxito y/o la derrota, como la consecuencia natural y lógica de la acumulación de talento o la falta del mismo, dejando de lado la influencia de factores tan determinantes como el estudio, el entrenamiento, la preparación, la suerte, el error propio y del contrario, el contexto, etc. Reducimos una actividad colectiva a lo mínimo, es decir, a cuotas de talento que por cierto, nadie puede medir.

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    Julio Velasco, entrenador argentino de vóley, exponía su propia versión sobre la inclinación a justificar y explicar los triunfos a partir de esas cuotas de talento:

    Ese mundial (NR: de vóley de 1982) dejó cosas muy positivas, pero dejó alguna negativa… La negativa es que se empezó a usar una palabra, demasiado para mi gusto, en la Argentina, que es la palabra talento. Una de las conclusiones fue que parecía que ese equipo había nacido del descubrimiento casi azaroso de seis, siete u ocho talentos que nadie sabía de dónde habían salido, y que con el genio de un entrenador extranjero habían logrado una medalla de bronce por primera vez… En realidad, ese equipo estuvo por dos años (los jugadores) a disposición exclusiva de la selección nacional. ¿Con qué dinero? Con el dinero de los padres de los jugadores, porque no les pagaban nada. No les pagaban ni el viaje en micro (bus). ¡Cero! Los padres pagaban”.

    El crecimiento exponencial de tribunas y el aprovechamiento de estas por pseudo especialistas no ha hecho más que desvirtuar la figura del observador hasta convertirlo en analista. Hoy nadie habla del juego, mucho menos de la complejidad del mismo. Complejidad hoy es asumida como un sinónimo de dificultad, de la misma manera que talento es el causante del éxito.

    Es muy jodido hacer comprender que no existe, en los procesos de los sistemas dinámicos abiertos, esa causa=efecto con la que hemos crecido. Sin embargo, la pelea hay que seguir dándola, así sea desde esta insignificante trinchera.

    Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quién corresponda

  • Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

    Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

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    La goleada ante España despertó todos los temores: a falta de 80 días para el mundial, la selección albiceleste parece tener muchas más dudas que certezas. Sin embargo, hay algo que debe tenerse en cuenta antes de comenzar cualquier intento de vislumbrar lo que será el futuro, aceptando además que todo tiempo por venir es incierto y poco tendrá que ver con las aspiraciones, sentencias y afirmaciones de aquellos que dicen conocer y saberlo todo de un juego tan imprevisto como el fútbol.

    La manera, o mejor dicho, el estado de forma futbolístico cómo un equipo llegue al mundial no es vinculante a lo que será su participación en la competencia; es durante el propio torneo, dentro de su propia dinámica, que una selección encontrará las oportunidades para desarrollarse y encontrar su identidad competitiva.

    No es un proceso lineal; en la historia hay ejemplos como el de España en 2010 (llegaba como favorita, cayó en el primer partido y se ajustó a partir de esa derrota), el de Argentina en 2002 (favorita como nunca antes y fue eliminada en primera rueda), Brasil en 2002 (llegó tras clasificarse en la última jornada, con alguna deserción previa al viaje al torneo y con la presión de no haber convocado a Romario) y el mismo Brasil, pero en 1994 (llegó con Raí como titular y capitán, hasta que el torneo le exigió a Carlos Parreira, entrenador del equipo, sustituirlo por Mazinho a partir de los octavos de final).

    Como estos hay mil ejemplos más. Es por ello que a los equipos de fútbol hay que comprenderlos como sistemas vivos, abiertos, en continuo proceso de cambio. Si existe una actividad en la que se puede comprender la fuerza del “Efecto Mariposa” es justamente en el fútbol. Pequeños cambios en las condiciones iniciales, a veces hasta imperceptibles para el ojo humano, conducen a grandes modificaciones. Y quizá eso sea a lo que apuesta Jorge Sampaoli, seleccionador argentino.

    “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

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    La frase se le ha atribuido equivocadamente a Albert Einstein, pero se desconoce, a ciencia cierta, quien la pronunció. Sin embargo, esto no ha impedido que forme parte de cualquier discusión, futbolera o no, en la que se pretende acusar a alguien de no promover las modificaciones que se creen necesarias.

    Al casildense se le ha acusado de querer propiciar una revolución futbolística en poco tiempo y con los mismos intérpretes que ya eran protagonistas del equipo argentino. Ese señalamiento se apoya en la linealidad, esa característica con la que nos han educado desde nuestro nacimiento y que nos lleva a creer que existe una relación infalible, esa de causa-efecto, según la cual, los mismos causantes (el producto de las relaciones entre los protagonistas, bien sean rivales o compañeros) propiciaran siempre un mismo resultado.

    De ser así, y retorno al fútbol para que la explicación sea más sencilla de comprender, el FC Barcelona que condujo Pep Guardiola, para muchos el mejor equipo de toda la historia, no hubiese perdido un solo partido. Esta es la magia del fútbol: todo es posible.

    Pero en el fútbol, un juego en el que dos colectivos humanos se enfrentan por el control del balón, y en ello cada futbolista es influenciado y ente capaz de influenciar a sus compañeros y a sus rivales, de la misma manera que es influenciado por esos mismos actores, no hay verdades ni nada que se le parezca. No en vano para hablar del juego lo hacemos basados en lo que acaba de pasar y no en lo que sucederá.

    Perdone que insista, pero si hay alguna característica que defina a este juego es la incertidumbre que nace precisamente de todo lo que anteriormente señalé.

    A poco más de dos meses del inicio del campeonato mundial da la sensación de que lo que el entrenador argentino debe promover es la adaptabilidad de sus futbolistas a las distintas emergencias que nazcan durante cada partido del torneo. Esto es, siempre según lo practicado, identificar cuándo, cómo, por qué y para qué llevar a cabo conductas colectivas durante un partido.

    Esto no es sencillo. Sampaoli no goza de tiempo para ensayar, lo que sugiere elegir muy bien los pocos conceptos que desea para encontrar la identidad e intentar ponerlos en práctica cuando comience la concentración previa al torneo ruso. No se trata de cambiar nombres por nombres, que eso lo podemos hacer usted y yo, sino de discutir la validez de ideas y planes.

    En una charla para la edición 13 de la revista Club Perarnau, Jorge Luis Pinto me explicó cómo planificó la llegada de su Costa Rica al mundial de Brasil:

    Antes del mundial le dije al grupo una frase que puede ser histórica. Les dije: ‘He visto ocho mundiales, y al mundial van equipos desbaratados, sin preparación y sin estructura. Si nosotros construimos una breve estructura táctica y nos preparamos bien, no físicamente corriendo sino físicamente en dinámica de juego, con la pelota, entonces nosotros podremos hacer cosas buenas’… Yo hoy puedo decirle al mundo que el equipo que vaya bien preparado, con un gran comportamiento táctico y con un equilibrio en sus jugadores, puede dar la sorpresa que sea”.

    La fórmula de Pinto no es más que la suya, y por ello no vale la pena ahondar en la profundidad de sus trabajos. Sí hay en ella una clave que puede ayudar a Sampaoli de cara al torneo ruso, y es aquella que tiene que ver con la construcción de una breve estructura táctica.

    Rasgos de la conducción Sampaoli

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    A dónde quiera que ha ido, el seleccionador argentino ha promovido que su idea es la de protagonizar los partidos. Sin embargo, hay ocasiones en las que el discurso y los hechos no van de la mano, bien sea porque el rival condiciona y obliga a una reorganización momentánea o porque cada partido supone una constante renovación de ideas e intenciones.

    Cada cuerpo técnico estudia al oponente con la intención de encontrar cómo contrarrestarlo y atacarlo, y Sampaoli y su equipo de trabajo no son distintos. Prueba de ello es que su Chile, ese que salió campeón de una Copa América por primera vez en su historia, jugó la final de una manera totalmente opuesta a lo que venía haciendo. En aquella ocasión, fue más lo que se hizo por desactivar a Lionel Messi que por atacar a Argentina.

    No es casual que, cuestionado por las posibles similitudes entre ambos, Marcelo Bielsa, uno de los referentes de Sampaoli, haya dicho que el actual seleccionador argentino era mejor que él “porque es más flexible”. La verdadera intención de la frase de Bielsa da para otro artículo que quien sabe si valga la pena.

    Es probable que Sampaoli, aún cuando desee comandar esa revolución futbolística que tanto lo motiva, deba volver a ese episodio y preguntarse, casi en un modo Jorge Luis Pinto, qué estructuras tácticas quiere y puede desarrollar. Y aquí está la verdadera razón de este escrito.

    Con la llegada de Sampaoli a la conducción de la selección albiceleste mucho se habló de un cambio radical, tanto de futbolistas como de estilo. Sin embargo, esto no ha sido posible. En el tema de jugadores no deseo entrar porque es arena de chismes, pero en la del estilo vale la pena rescatar dos rasgos y un par de interrogantes.

    1.- Relación con el Balón

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    Llama poderosamente la atención que en estos tiempos se hable más de la recuperación del balón que de qué hacer cuando se dispone de él. ¿Para qué quiero recuperar la pelota si luego no sé qué hacer con ella? Esto es algo en lo que esta versión argentina ha fallado.

    Sampaoli debe definir cómo quiere que sea la relación de su selección con el balón. Este aspecto es fundamental, tanto que determinará hasta qué futbolistas serán titulares y cuales serán descartados.

    Si el entrenador, que ya avisó no tener los laterales deseados, se inclina por un centro del campo protagonizado por Javier Mascherano y Lucas Biglia, la construcción pausada de juego, con la intención de que el avance hacia campo contrario sea casi como una conducta coral, no es más que una utopía.

    Ambos futbolistas no se caracterizan por hacer de la recuperación de la pelota una conducta total. Me explico: al igual que Juan Manuel Lillo, creo que quitarle la pelota al rival necesita de que, una vez recuperado el balón, este sea entregado, en situación ventajosa, a un compañero. De lo contrario no se puede hablar de quite sino de interrupción.

    No quiere decir esto que estos futbolistas sean mejores o peores que sus competidores sino que poseen distintas virtudes. Tampoco son jugadores que juegan a lo mismo sino que hablan una misma lengua, de la misma manera que Xavi e Iniesta poseían un lenguaje en común.

    Esa dupla seguramente será mucho más productiva si el equipo juega un estilo propenso a las transiciones, algo así como su versión del pasado mundial.

    Si por el contrario, Sampaoli decide que su selección construya juego a partir de un estilo más asociativo, siendo un bloque corto que no se separe, la dupla Banega-Paredes parece ser la más adecuada para ese estilo, dado que ambos son futbolistas más acostumbrados a una relación constante y fluida con el balón.

    Llegados a este punto le pido disculpas al lector por no haber aclarado con anterioridad un ítem muy importante: en estas líneas no encontrará referencias a los términos ataque y defensa. Sin proponer que este concepto sea una verdad absoluta, quien escribe entiende al fútbol como una totalidad, un continuum inseparable, por lo que todo en el juego se reduce a jugar.

    Pasemos a otro aspecto, este innegociable en el ideario de Sampaoli: la presión tras pérdida del balón.

    2.- Pressing o presión tras pérdida

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    Se hace referencia a esta herramienta como si esta definiese un estilo. Un estilo de juego puede ser protagonista o reaccionario, el resto de definiciones no son tales, son las herramientas utilizadas para llevar a cabo ese plan. Y la presión es eso, un instrumento.

    Sin embargo, como cualquier mecanismo, y a pesar de no explicar una idea, el pressing o presión debe ser ejecutado de manera colectiva; cualquier despiste de un futbolista traerá como consecuencia inmediata la aparición de espacios que pueden ser aprovechados por el contrincante. Si por ejemplo, solamente los delanteros atacan el avance del rival, de ninguna manera se puede hablar de presión; un escenario semejante es afín a la confusión, al desorden.

    En estos tiempos se habla demasiado de esta herramienta, como si recuperar el balón fuese más importante que conducirlo. Recuperarlo es una conducta posterior a la pérdida de la titularidad del mismo, pero ya le decía que estos son tiempos confusos en los que cualquier frase nos hace parecer expertos en ciencias ocultas, y el público, atorado y apurado, compra estos pescados podridos.

    Para recuperar la titularidad del balón hay que tener en cuenta, nuevamente, la definición de Lillo, porque en ella se encierra que recuperar no es una tarea exclusivamente física sino de ubicación: si los futbolistas están bien posicionados esta recuperación será eso y no la interrupción del avance rival. Pero, y perdone que machaque, hay que primero desarrollar la relación con la pelota para luego desarrollar las conductas sin ella.

    Messi: su rol y sus sociedades

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    El Messi del FC Barcelona obliga a pensar que más que un definidor, Lionel es un promotor del juego. Desde hace unos años, el 10 ha desarrollado una dualidad futbolística maravillosa, la misma que lo acerca al legado de Johan Cruyff como nunca nadie lo hizo: es iniciador y finalizador.

    Más allá de su innumerable arsenal de virtudes, esto que describo ha sido posible porque las relaciones con sus compañeros así lo han permitido y promovido. Desde los tiempos de Xavi e Iniesta, Messi fue poniendo en práctica los valores del juego posicional, aprendidos desde su llegada a La Masía, y que hoy le permiten ser el futbolista más determinante de la actualidad. Aunque las promociones digan lo contrario, muy pocas veces el juego de su equipo fue suyo y de nadie más. Basta observar la relación que existe entre Busquets, Iniesta y él para comprender que un futbolista, por más genial que sea, necesita siempre de sus compañeros.

    La vida en sociedad es eso, la aceptación del vecino como parte fundamental, como apoyo, como un ser vivo con el que se comparten metas y objetivos. En el fútbol, esa relación no puede ser lineal, es decir, no siempre un volante derecho debe alejarse cuando Messi tenga la pelota; habrán ocasiones en las que valdrá el toco y me voy, otras en las que será el toco y me quedo, y otras en las que la participación será exclusivamente posicional o testimonial. Lo que sí debe quedar claro es que aquella postal de la Copa América de Chile, en la que Messi no tiene un socio cercano, es lo que debe evitar el seleccionador.

    El discurso de los distintos entrenadores de la selección argentina ha puesto la lupa en dónde debe recibir la pelota Messi, cuando en realidad, lo más importante es quienes y cómo deben acompañarlo. El gol de Maradona a los ingleses no hubiese sido posible sin el acompañamiento de sus compañeros, algunos cercanos y otros lejanos, que impidieron un escenario como el de la fotografía que anteriormente menciono. Distintas alturas y distintas distancias, eso debe preocuparle al seleccionador.

    Además, al futbolista, sea Messi o Ignacio Benedetti, no hay que limitarle a una zona, a una posición, sino que hay que permitirle desarrollar diferentes roles, para que así, siempre según las emergencias que nacen del juego mismo, sea un factor continuador y mejorador del colectivo. La posición pone frenos, mientras que los roles son camaleónicos, necesitan la adaptabilidad propia del intérprete.

    Cuando Messi es el factor diferencial en su club lo hace sin la atadura de la posición. Muchas veces la dinámica del partido le invita a asociarse con Busquets en el inicio del avance; con Iniesta en la continuidad o la regeneración del mismo, y así con el resto de sus compañeros. Pero no se trata de una cualidad excluyente; el futbolista, cuando es invitado a jugar y protagonizar roles tendrá esa libertad, de lo contrario, cuando se le asigna la defensa de una posición, tendrá fronteras y alcabalas que respetar. No es anarquía sino un caos ordenado.

    Eso, sorpresivamente, ha costado entenderse en Argentina. Digo que llama la atención porque existen pocos países en el mundo con la cultura futbolística de los argentinos. En la órbita de su selección, Messi ha sido siempre encasillado, y por ende, limitado a la estéril discusión de si hay que dejarle ser el finalizador, que si la pelota debe llegarle a tres cuartos de cancha, o si debe ser el conductor. No se habla del juego sino de fronteras.

    El portero

    2651775w1033 Puede que para Sampaoli esta sea la cuestión que mayores dudas le genera. Porque en un buen día, no hay mayores diferencias entre lo que hacen Sergio Romero y Wilfredo Caballero bajo los tres palos. Lo que los diferencia es un recurso que sigue siendo subvalorado por aquellos que etiquetan y premian sin mayor soporte que el valor comercial: el juego en su totalidad.

    Si bien es cierto que en 1992 la International Board prohibía que el portero tocara deliberadamente con las manos un balón que un compañero le hubiera lanzado hacia atrás con los pies, los porteros de los grandes equipos de la historia supieron, por necesidad y adaptación, sacar provecho de su juego con los pies para promover o darle continuidad a la construcción del juego de sus equipos.

    Gyula Grosics, portero del “Equipo Dorado” húngaro, y hasta ochenta y seis veces internacional con su selección, explicó hace tiempo atrás que, debido al juego de aquel equipo, muchas veces debió actuar como líbero para adelantarse a los atacantes rivales. Algunas veces ganó y otras perdió, pero ello no le impidió desarrollar el juego de pies que todavía es visto casi como una herramienta accesoria.

    Sampaoli cree y siente que su portero debe darle continuidad al juego de su equipo, ayudando a crear superioridades detrás de la línea de presión del rival. Eso no se hace con el típico pelotazo que caracteriza el juego de los porteros. Es por ello que no parece descabellado, a pesar de la goleada sufrida ante España, que el seleccionador argentino esté meditando seriamente que su golero en el debut mundialista sea Caballero. No tiene la claridad de Ederson, Manuel Neuer o Marc André Ter Stegen, pero sin duda le ofrece a su equipo una prestación superior que la de su competidor.

    Una vez llegados a este final vale la pena aclarar que lo expuesto acá es una visión, no la verdad. Probablemente el seleccionador tenga muchos más elementos para considerar y para decidir, sin embargo vale la pena volver al inicio de este trabajo para recordar que este es un juego incierto y que la linealidad existe únicamente en las húmedas fantasías de quienes desean aparecer como expertos en la nada.

    La goleada ante España es un aviso, pero nada más.

    Fotografías: Antonio Díaz Madrid y Fernando Massobrio (Diario La Nación)

  • Messi es una parte del plan, no el plan

    Messi es una parte del plan, no el plan

    “La táctica de un solo hombre jamás ha ganado un partido, y a menos que los otros miembros del equipo jueguen en unión con él, el partido estará perdido”. Herbert Chapman

    Todos vimos la foto. Jugaban Argentina y Chile la final de la Copa América Centenario, y como cada cosa en estos tiempos de redes sociales, la imagen de un Messi intentando zafarse de hasta cinco futbolistas chilenos que lo acosaban directamente, y cuatro más que permanecían atentos, cual baterías antimisiles, a los movimientos del argentino, se hizo mundialmente conocida y comentada.

    Se dice que una imagen vale más que mil palabras. No sé si esto sea así, pero vale recordar aquella postal:

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    Es tan impactante esta fotografía que muchos, influenciados por la potencia de la misma, olvidamos que en ella se puede resumir todo lo que está mal en el fútbol. Me explico: entrenadores, padres, agentes y periodistas hemos contribuido sin rubor a popularizar la gran jugada individual como el elemento diferencial en el juego, bien sea la posibilidad de regatear a varios rivales o la carrera de largo recorrido. Esa ovación a una situación del juego, elevándola hasta el Olimpo, ha traído como consecuencia que los futbolistas, desde muy temprana edad, asuman como propio que hacer jugadas es lo mismo que jugar al fútbol. Y esto no es así.

    La imagen a la que hago referencia sirve de ejemplo para comprender la inestabilidad que caracteriza el paso de Lionel Messi por su selección. Salvo por la conducción de Alejandro Sabella, el 10 ha sido ese último recurso al que se aferran los condenados a muerte. Cuando sus compañeros, en medio de un duelo que no saben ni pueden resolver, se la entregan a Messi están haciendo lo mismo que los que esperan en la fila de los acusados: encomendarse a la divinidad.

    Pero la divinidad, entendida como la esencia propia de los Dioses, no ha sido probada como algo real. Las religiones requieren de un acto de fe para seducir; el fútbol requiere planes, ideas, flexibilidad, reacción, adaptación, talento y trabajo. También de otras muchas otras cosas más, entre ellas el bendito azar.

    De hecho, quienes sostienen que lo más cercano a Dios en el fútbol fue Diego Armando Maradona olvidan, por conveniencia o mala memoria, que hasta el propio «Pelusa» perdió más de lo que ganó. Esta afirmación se sostiene en las estadísticas de su carrera como futbolista, y debería recordarle a los expertos que nadie, por sí solo, vence en un deporte colectivo. Michael Jordan, el atleta más dominante que jamás haya visto, en deportes colectivos claro está, necesitó de la planificación de Phil Jackson, la complicidad de Scottie Pippen y de un colectivo brillante. Realimentación, así lo bautizaron las españolas Natalia Balagué y Carlota Torrents.

    Pero a Messi se le exige mucho más. Inexplicablemente, al jugador del FC Barcelona le reclaman que cuando sus diez compañeros lo requieran, sea el plan, el todo, y eso, mi estimado lector es imposible. Pero, además, le piden que conduzca a la normalidad a un seleccionado que hace mucho tiempo tiene en el caos su manera de vida.

    La paz nunca ha sido una excepción

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    La selección argentina se encuentra en estos momentos en el quinto lugar de las eliminatorias Conmebol al mundial de Rusia 2018. A falta de dos partidos, su ubicación la tiene en puestos de repesca, pero es tan comprometida su situación que, de ceder puntos en esta doble jornada, Chile y Perú podrían dejarla sin mundial. Este panorama no es novedoso, pero dada la potencia de los altavoces actuales (redes sociales, programas de radio y TV, blogs, etc.,) pareciera que nunca antes se enfrentaron los argentinos a una realidad tan dura.

    El equipo del 86, campeón del mundo, no tuvo un tránsito tranquilo por la Clasificación Conmebol. A las constantes críticas para con el juego de aquella elección -no se olvide que desde el gobierno de Raúl Alfonsín se intentó destituir al entrenador Carlos Salvador Bilardo- se sumaba que hubo que esperar hasta la última jornada de la liguilla para obtener el boleto al mundial de México. De hecho, a falta de nueve minutos para terminar aquel duelo frente a Perú, los argentinos estaban fuera del torneo, hasta que apareció Ricardo Gareca. El «Tigre» marcó el gol del empate y con ello selló la clasificación.

    Aquel conjunto de Bilardo tuvo a Maradona como emblema. La primera gran decisión del seleccionador fue hacer a Diego capitán, lo que suponía el relevo de Daniel Passarella, el líder del equipo campeón de 1978. Aun con Maradona como figura imprescindible, la albiceleste sufrió para lograr el boleto mundialista.

    Como consecuencia de ganar el torneo mexicano, Argentina no disputó la clasificación a Italia 90, por lo que su retorno al ruedo continental se produjo en la clasificación para USA 94. Tras la derrota ante Alemania, Maradona renunció al combinado nacional, y los años siguientes lo encontraron luchando contra sanciones por dopaje y un bajo nivel competitivo, tanto en el Sevilla como en Newell’s Old Boys.

    En aquel entonces, el seleccionado ya era dirigido por Alfio Basile. Su versión albiceleste arrasó en las dos Copa América que enfrentó su ciclo, pero en las eliminatorias, tras la inolvidable goleada de Colombia 0-5 en el Estadio Monumental, Basile, perseguido por las críticas y los fantasmas, se reunió con Maradona y le pidió que volviese a la selección. Maradona aceptó, y con él en el campo, Argentina superó a Australia y obtuvo su boleto a la cita norteamericana.

    Vale acotar que en esa serie de repechaje frente al conjunto oceánico no se vio al gran Maradona. Algo normal si se tiene en cuenta que en los últimos años había jugado poco y nada. Existe la leyenda, contada por reconocidos periodistas argentinos, de que Julio Humberto Grondona, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, y mano derecha de Joao Avelange y posteriormente de Joseph Blatter, logró que en ambos duelos no se llevara a cabo el control antidopaje. Esta versión fue alimentada por el propio Maradona, en diálogo con el diario Clarín, en 2011:

    «Grondona fue cómplice de un antidoping que nunca se hizo en el partido Argentina-Australia por el desempate del Mundial de Estados Unidos 1994 porque si se hacía Argentina no llegaba a la Copa del Mundo. Esa es una de las tantas perlitas que tengo para contar«.

    Tras disputar el mundial del 94, Maradona se alejó definitivamente de su selección, lo que abrió la puerta a un nuevo ciclo, conducido por Daniel Passarella.

    El camino hacia Francia 98 fue mucho más cómodo. En aquella eliminatoria, Conmebol estrenó un novedoso formato de «todos contra todos» que se mantiene hasta la actualidad. Con Passarella al mando, Argentina comandó la clasificación, espantando los fantasmas recientes.

    Tras el mundial galo, Marcelo Bielsa se hizo con la conducción del equipo nacional. El rosarino comandó una eliminatoria brillante, en la que su equipo sólo perdió un partido (contra Brasil de visitante), clasificándose al mundial Corea-Japón de 2002 con una facilidad impresionante. El fracaso del equipo en la competición asiática ayudó a que muchos olvidaran el rendimiento de ese equipo, pero la historia enseña que ninguna versión albiceleste apabulló a sus rivales como aquella de Bielsa.

    El camino a Alemania 2006 comenzó con el propio Marcelo, hasta que luego de la Copa América de Perú 2004 (segundo detrás de Brasil) y los Juegos Olímpicos de Atenas (medalla de oro inédita para la Argentina), Bielsa se quedó sin fuerzas para mantenerse en el puesto.

    Lo sucedió José Pekerman y la albiceleste mantuvo su regularidad, clasificándose segunda, empatada en puntos con Brasil, a la cita teutona. Fue con Pekerman que Messi debutó en las eliminatorias, en 2005, frente a Paraguay. Todavía era un chico tímido, por lo que su explosión en la selección debería esperar un par de años.

    Tanto Bielsa como Pekerman abandonaron la selección por los mismos motivos. Desgastados y cansados de tratar con Grondona y las exigencias de sus «socios», ambos entrenadores prefirieron el descanso. Grondona, ante la posibilidad de quedar expuesto como el gángster que era, recurrió a uno de los suyos: Alfio Basile.

    Ganador de todo con Boca Juniors, a Basile lo sedujo la posibilidad de revancha que no tuvo tras USA 94. Pero este ciclo del veterano entrenador ni siquiera llegó al final de las eliminatorias.

    A pesar de ser el único seleccionador que logró juntar «en sana convivencia» a Messi con Juan Román Riquelme, y de realizar una Copa América notable, Basile no logró terminar su etapa. En medio de sospechas de traición de parte de Maradona y de algunos jugadores, «Coco» dejó la selección, dejando la puerta abierta para que Diego cumpliera su mayor sueño: dirigir a la albiceleste. Con Basile también se fue Riquelme.

    Como se podía suponer, el paso de Diegote por la selección fue tan caótico como ha sido su vida. Argentina clasificó cuarta, pero no fue sino hasta el último partido que consiguió el objetivo.

    Las siguientes eliminatorias tendrían a Alejandro Sabella como conductor de la albiceleste. Antes hubo una olvidable Copa América con Sergio Batista, en la que, en casa, Argentina no pasó de los cuartos de final.

    El inicio de esta etapa estuvo llena de dudas. Una derrota ante Venezuela, en Puerto La Cruz, parecía condenar al seleccionador, pero en la quinta fecha, tras ir perdiendo 1-0 con Colombia, el equipo dio vuelta al partido en la calurosa Barranquilla, y a partir de allí no bajó la guardia. Nuevamente, como con Bielsa y Passarella, la selección sureña era «el equipo de», por decir de una manera que ya volvía a ser un equipo y no un conglomerado de individualidades. El segundo puesto en el Mundial fue la prueba del gran trabajo del seleccionador.

    Sabella también prefirió alejarse, y con ello llegó Gerardo Martino, quien comenzó las eliminatorias, pero tras quedar segundo en la Copa América de Chile 2015 y la Copa América Centenario 2016, abandonó el cargo en medio de un desorden institucional nunca antes visto. En la clasificación su equipo nunca fue el que dibujaba en sus intenciones y sus discursos.

    Su adiós supuso la contratación de Edgardo Bauza, quien apenas tuvo un puñado de encuentros y luego, tras ser destituido, llegó Jorge Sampaoli, quien hasta los momentos no ha cambiado la dinámica errática de su selección.

    Este repaso histórico ayuda a comprender que las exigencias a Messi, mientras se le compara con Maradona, son, cuando menos, exageradas. A la Argentina, salvo en los casos de Bielsa, Passarella y Sabella, siempre le ha costado clasificarse. Esto puede que obedezca a factores ajenos a la calidad de sus jugadores, pero esa es harina de otro costal.

    La clasificación al mundial es, por lo menos en el caso de Conmebol, una travesía casi insoportable. Los futbolistas que juegan en Europa deben embarcarse en vuelos trasatlánticos, modificar sus horarios de descanso y reencontrarse con viejas costumbres futbolísticas para intentar competir.

    El valor de las sociedades

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    El poco tiempo de trabajo es un monstruo real y bravo. Los seleccionadores nacionales disponen de escasas horas con sus jugadores, y sólo cuando obtienen el boleto al mundial es que pueden entrenar, claro está, tras la agotadora temporada de estos con sus clubes.

    Este es el principal escollo en el camino para hacer de una selección un equipo de autor. No en vano son muy pocos los que lo han logrado y sostenido. A los ejemplos de Bielsa, Passarella y Sabella podría agregarse la Brasil de Dunga en 2010, el Chile de Bielsa y el de Sampaoli, así como el Brasil de Tité. El resto de los seleccionados dependen casi exclusivamente de la tranquilidad emocional de sus dirigidos más que de la voluntad de los mismos.

    Esa escasez de horas entrenamiento conspira en contra de la construcción de sociedades. Es por ello que mucho se habla de que a Messi hay que rodearlo de jugadores que lo comprendan, lo potencien y se dejen potenciar por el 10. A falta de tiempo se busca forzar la creación de estas interrelaciones con quienes aparentan estar en su nivel. Esa conclusión se sustenta en que los supuestos mejores hacen vida en Europa, un concepto de tiempos anteriores a la «Ley Bosman«, pero que, como consecuencia de ese caso, ya no debería influir tanto. Ah, pero el hombre es un animal de costumbres, y ya se sabe que estas son casi imposibles de desterrar.

    Para muchos, Maradona nunca necesitó de la creación de sociedades o del producto de las interrelaciones; para muchos, Maradona jugaba con cualquiera y lo hacía campeón. Semejante argumento constituye una aberración en todo el sentido de la palabra. ¡Es un desprecio por el espíritu del fútbol!

    En la selección, Diego tuvo grandes compañeros y socios, y en el Nápoli, club al que llevó a lugares desconocidos, también.No puede olvidarse que las grandes gestas del equipo del sur estuvieron protagonizadas por Maradona, Careca, Alemao, Ciro Ferrara, Salvatore Bagni y Bruno Giordano.

    El propio Diego resalta sus calidades en el libro «Yo soy el Diego de la gente», en el que incluso admite que mientras él pedía la contratación de Sergio Batista, el club apostó por el brasileño Alemao, y vaya si les salió bien la puesta, ya que con él ganaron un Scudetto (1989-1990) y su hasta ahora su único trofeo continental (Copa de la UEFA 1988-1989).

    Volviendo a las sociedades, hay que aclarar que estas, si bien nacen de la agrupación de individuos, no son consecuencia exclusiva de la voluntad de quienes pretenden integrarla. Por lo menos en el fútbol no es así. No es lo mismo promover la complicidad entre Messi e Iniesta que entre Messi y Banega. Los resultados serán distintos; mejores o peores, pero diferentes.

    Por esto que describo con la simpleza de quien no es experto en nada es que jamás se verá al Messi de Barcelona en Argentina. Pero es que de la misma manera nunca se vio al Maradona del Napoli vestido de albiceleste. Puede que la influencia en el juego haya sido similar -me encantaría que los contables de todo explicaran cómo hacen para cuantificar lo incuantificable- pero nunca fueron similares. El juego no se explica a través de números o estadísticas.

    Y aquí volvemos a un punto tocado anteriormente: Messi será tan bueno como aquellos que lo acompañen. Esta es una regla de este juego; el fútbol es una actividad colectiva, y cada muestra que observemos no es más que la consecuencia de una serie de movimientos grupales. El gol de Maradona a los ingleses, el de la jugada inolvidable, no es más que el ejemplo perfecto: Diego se va deshaciendo de rivales mientras que sus compañeros ayudan a abrirle espacios. Fútbol=equipo.

    Pero, ¿qué es un equipo? Un equipo es un sistema, y como recuerda Carlota Torrents, citando a Aracil, en su tesis doctoral, un sistema «puede definirse como una entidad compleja formada por partes en interacción mutua, cuya identidad resulta de una adecuada armonía entre sus constituyentes, y dotada de una sustantividad propia que trasciende a la de esas partes«.

    ¿Recuerdan aquello de que un equipo es más que la suma de sus partes?

    Ese enunciado debería llamar la atención de quienes prefieren ignorar lo que con estas líneas he tratado de exponer: Lionel Messi no es el plan. Ningún jugador por sí solo puede serlo. Ninguno en la historia lo ha sido.

    Cuando Carlos Peucelle le sugirió a Adolfo Pedernera retrasar su posición en el campo nació «La Máquina de River». Pero semejante equipo no fue Don Adolfo solo; ese movimiento potenció a Muñoz, Moreno, Loustau, Labruna y hasta al propio Pedernera. Porque todo lo que haga uno condicionará a los otros, de la misma manera que el grupo influenciará en el individuo, llevándolo a producir respuestas que sin ese colectivo no conseguiría.

    Esto es fútbol, un deporte de equipo en el que tener al mejor jugador del mundo no garantiza nada. Y aquí es cuando puede medirse el verdadero valor de un entrenador: identificar las fortalezas de su equipo y conseguir que este se haga aun más potente allí donde ya saca ventajas. A Sampaoli debe exigírsele eso, que su equipo juegue como tal, y que no se entregue a la genialidad de Messi como respuesta a lo inesperado.

    Si no me cree, recuerde esta explicación de Thierry Henry sobre lo que es la construcción y respeto de una idea de juego, incluso cuando en el equipo se cuenta con el mejor jugador del mundo:

    Fotografías cortesía de Agencia AFP, Diario Mundo Deportivo

     

  • Robert Hernández: un extremo como los de toda la vida

    Robert Hernández: un extremo como los de toda la vida

    El regreso de Noel Sanvicente al equipo capitalino es sin duda la noticia que define el inicio del Torneo Apertura para “Los rojos del Ávila”. Pero para que su vuelta sea exitosa, muchos futbolistas deben mostrar su mejor cara, entre ellos el extremo oriental.

    El fútbol es un juego en el que se enfrentan veintidós futbolistas, en las inmediaciones de un campo que debe medir entre 100 y 110 metros de largo por 45 y 90 de ancho, aunque estas medidas varían en partidos internacionales. Las disposiciones han sido las mismas desde 1863, siendo estas las que menos revisiones han tenido por parte de la International Football Association Board, organismo que define y revisa las reglas de este juego. Para que se entienda: el espacio en el que se juega ha sido el mismo desde que el fútbol es fútbol.

    Si se tiene en cuenta que los avances científicos han ayudado a que los futbolistas recorran esas distancias en menor tiempo, cualquiera que decida pensar un poco en el desarrollo de este deporte podría preguntarse por qué se ha prescindido de los extremos, siendo estos especialistas en ensanchar y agrandar el terreno.

    Estas líneas no pretenden convertirse en una revisión histórica sobre la desaparición de este tipo de jugador, sino hacer énfasis en un futbolista que, si logra reencontrarse con la regularidad, puede convertirse en protagonista de la campaña del Caracas y, quien sabe, hasta ganarse un llamado a cualquier módulo de la selección nacional.

    El puntero criollo brilló por cuatro temporadas con el Deportivo Anzoátegui, siendo protagonista del histórico segundo semestre de 2012, en el que, bajo el mando de Daniel Farías, los aurirrojos ganaron el Torneo Apertura y la Copa Venezuela. Aquel final de temporada coincidió con su llamado a la selección Sub-20 para participar del Sudamericano que se jugaría en Argentina, en 2013, y en el que Hernández no brilló. Su carrera perdió fuelle en medio de un confuso paso por el fútbol norteamericano (jugó en la United Soccer League), y desde 2016 intenta reencontrarse consigo mismo en el club de la capital.

    Johan Cruyff explicaba en una entrevista con la revista Voetbal International, en 2004, que los extremos son clave en el fútbol:

    En la formación inicial, es mejor utilizar extremos. Si eliges jugar con dos delanteros, entonces yo pondría a dos extremos, pero haría que los delanteros retrasaran sus líneas, para reforzar así el centro del campo. Si haces eso, los centrales contrarios tienen que adelantar sus líneas para marcar a los delanteros… Este sistema de dos extremos te dará muchas más opciones que jugando con dos delanteros. Tus defensas centrales pueden ahora apoyarse el uno al otro, y tus laterales sólo deben meterse un poco en el medio para respaldarles apropiadamente. Así que la verdadera pregunta es, ¿existe la posibilidad de jugar a un fútbol de gran nivel sin extremos«.

    Se entiende que el ex entrenador del FC Barcelona pensaba que los punteros eran los encargados de promover el caos en la defensa rival, y al mismo tiempo, generar espacios para sus atacantes. De esto se beneficiarían tanto el delantero como los posibles «llegadores».

    Otro de los valedores de estos futbolistas es Pep Guardiola. El catalán explica que su gusto por este tipo de jugador nace en las ideas del propio Johan:

    Cruyff impuso una nueva filosofía dentro del Barcelona, un nuevo concepto, en vías de extinción, desde que se murió Garrincha. Johan quería que jugáramos así, por los extremos y con los extremos y aplicó esa teoría por encima de todas las circunstancias”.

    Cómo se puede observar en el siguiente video, Robert Hernández es el prototipo de futbolista al que hacen referencia Cruyff y Guardiola:

    Robert Hernández from Ignacio Benedetti on Vimeo.

    No sería una locura inferir, tras observar los movimientos de Hernández, que el oriental no se dedica exclusivamente a ensanchar y alargar el campo; su capacidad en el uno contra uno le permite situarse en ambas bandas y decidir según las circunstancias y lo que beneficie a su equipo. El fútbol del extremo oriental ayuda a abrir defensas y evitar que estas actúen exclusivamente por acumulación de jugadores cerca de su área. Robert hace posible la explotación total del terreno de juego

    Juan Manuel Lillo, entrenador español, explicó alguna vez que “el reglamento dice que los campos son más anchos que largos, porque hay una regla (el fuera de juego) que dice que el espacio en profundidad se puede regular hasta la mitad del campo”.  Esa reflexión, por sí sola, supondría el mayor espaldarazo para que en las categorías juveniles se promueva el desarrollo de este tipo de futbolistas, pero si hay algo en lo que podemos coincidir es que, lamentablemente, la gran mayoría de los entrenadores, antes que reflexionar, prefieren apegarse a las modas, y por ello, son pocos los equipos que innovan o se muestran abiertos al cambio. Se imponen los planteamientos reactivos antes que los proactivos.

    Es por esto que considero que Sanvicente tiene en sus manos a un jugador que mucho puede contribuir a la resurrección de la institución capitalina. Nadie en el fútbol criollo actual conoce las bondades de jugar con la raya de cal como aliada. Con apenas veintitrés años, Robert Hernández todavía está a tiempo de explotar todo su potencial y cumplir los sueños de cualquier futbolista. De hacerlo lograría algo más que su consagración personal: ayudaría a la reivindicación de aquellos locos olvidados que, influenciados por Garrincha, hicieron de caminar al borde del precipicio todo un arte.

    Columna publicada en El Estímulo el 20/02/2017 http://elestimulo.com/blog/robert-hernandez-un-extremo-como-los-de-toda-la-vida/

    Fotografía cortesía Prensa Caracas FC

  • La impresentable Conmebol y la debilidad criolla

    La impresentable Conmebol y la debilidad criolla

    Rafael Dudamel no insultó. Ni tan siquiera habló de corrupción. Lo suyo fue una protesta avalada por hechos e imágenes. Pero aún así, a los impresentables dirigentes del organismo continental no les gustó que los señalaran por lo que son: un grupo de negociantes que no se interesan por nada más que las cuentas bancarias de la organización.

    No defiendo al seleccionador nacional. Dudamel tiene la edad suficiente para hacerlo por sí mismo. Lo que no comprendo es que desde uno de los organismos más señalados por el FIFAgate pretendan sentar ejemplos con casos inexistentes. Voy a insistir: Dudamel no insultó.

    La rueda de prensa se puede escuchar en su totalidad a continuación:

    Si lo prefiere, puede leerla:

    Debo afincarme en un concepto: el fútbol no es causa patriótica porque en él no se defiende el honor de la nación, mucho menos el de las personas que protagonizan la actividad. Son demasiados los ejemplos de quienes hacen carrera vendiendo medias verdades, como que existen las conspiraciones en contra de nuestro progreso, o que los futbolistas criollos no llegan a la élite por su pasaporte. Pero las injusticias, en el fútbol o en cualquier otro ámbito de la vida, deben ser denunciadas.

    Al mismo tiempo creo que es necesario recordar que si realmente tuviésemos algún peso en CONMEBOL, este tipo de sanciones no se producirían, salvo que el comportamiento del protagonista se aleje de las normas normales de los eventos. Pero insisto: Dudamel no insultó, sólo habló del mal arbitraje y nos recordó al «Gremio de los Intocables».

    Pero eso duele, molesta, de la misma manera que a los dirigentes criollos debe fastidiarle que el seleccionador nacional los haya puesto en la incómoda posición de tener que reclamar algo a sus compinches y compañeros de cenas.

    Este es el fútbol sudamericano. Cambian los apellidos de quienes ocupan el trono en Asunción, pero el desastre sigue siendo el mismo. Juegan campeonatos juveniles en los que a los chicos apenas se les da descanso; se designan árbitros incapaces de comprender su papel pedagógico; las transmisiones de TV son cada vez más pobres; se sanciona a diestra y siniestra a quienes atenten contra la»honorabilidad» de un organismo que no es honorable.

    Toda esta malaria importa poco. En Conmebol son felices porque entra dinero, y porque el bueno de Gianni Infantino, presidente de FIFA, no es más que un patrocinante de estas conductas.