Etiqueta: Fútbol

  • Las relaciones en el fútbol

    Las relaciones en el fútbol

    «Al verlo todo de manera aislada, inconexa, cobran sentido los expertos, ya que surgen demandas que deben ser cubiertas, que otorgan competencias dentro del ámbito profesional a preparadores físicos, psicólogos, fisiólogos, nutricionistas, etc., los cuales, en muchos casos, construyeron sus teorías en contextos ajenos al fútbol. Una vez alineados como miembros del cuerpo técnico, aceptamos que el jugador está configurado por estructuras que no interactúan entre si, aprobamos la comprensión del mismo a través de desintegrar sus propiedades.» Óscar Cano Moreno

    Hace unos años publiqué una imagen que intentaba describir los comportamientos de un equipo de fútbol desde las relaciones que en este existen. No tuve mejor idea que hacerlo inspirado en una telaraña. Aquel gráfico era parecido al que se ve a continuación:

    Las líneas que unen a los futbolistas intentaban recrear el proceso de «intracomunicación», que según Paco Seirul.lo, atienden a la comunicación interna de un sistema. Vale recordar que un equipo de fútbol es precisamente eso, un sistema complejo, dinámico y abierto.

    No obstante, con el paso de los años y multitud de conversaciones que sostuve con aquellos a los que he puesto como mis maestros, me di cuenta que la imagen no sólo estaba incompleta; esta no representa en realidad al juego.

    ¿Cuáles son las razones para asegurar esto?

    El siguiente gráfico entrega la primera pista:

    Sin oponentes no hay fútbol. Este es un juego de «oposición directa», en el que ambos equipos se enfrentan para convertir un gol más que el otro. Así lo establece el reglamento, en su norma 10: «El equipo que haya marcado el mayor número de goles durante un partido será el ganador. Si ambos equipos marcaron el mismo número de goles o no marcaron ningún gol, el partido terminará en empate.»

    No obstante, la siguiente imagen sirve para ir comprendiendo un poco más:

    El oponente también protagonizará su proceso de intracomunicación durante la duración del partido. Es decir, sus jugadores van a estar relacionándose y comunicándose entre ellos. Ahora bien, ¿por qué sucede esto? Vayamos a la siguiente imagen:

    Tres de esos maestros a los que me refería anteriormente, Martí Perarnau, Joan Vilà y el propio Seirul.lo, me ayudaron a comprender que, en palabras de Vilà, «la referencia es el balón, no son las porterías; no es el espacio sino que es un elemento móvil (balón) y no el elemento fijo. Y las líneas de pase no son líneas de pase, son caminos de comunicación

    Las porterías están fijas, no se moverán durante un partido sino que ocupan un espacio definido por el reglamento. La primera impresión es que la direccionalidad del juego va de un arco al otro. Sin embargo, las leyes del fútbol permiten sacar provecho de las dimensiones del campo, incluso, tal como ha descrito Juan Manuel Lillo, otro enorme guía en mi camino, hasta darse cuenta de que el campo es más amplio a lo ancho que a lo largo, como consecuencia de la regla del fuera de juego.

    La pelota se mueve, es el centro energético de esta actividad. Por ende, el gráfico final debe ayudar a sumergirse en la complejidad del juego y a entender por que, entre otras cosas, un equipo de fútbol es un sistema complejo, dinámico y abierto:

    Al observar la imagen se puede concluir que el fútbol, partiendo de que el elemento con el que se juega es móvil, requiere, además de la intracomunicación, de la intercomunicación, que es la manera de comunicarse con el oponente. Ambos conjuntos están relacionándose permanentemente y viven en una constante reorganización, sin mayores limitaciones que los principios de juego que cada equipo haya desarrollado.

    Me refiero a principios y no a esquemas de juego, porque, aunque se pretendan equiparar desde ciertas tribunas, son dos conceptos totalmente diferentes.

    Por principios de juego, el profesor Vítor Frade explica: “Los principios de juego permiten al entrenador crear (mejor intentar crear) determinadas regularidades comportamentales de los jugadores, organizando sus relaciones e interacciones. De esta forma, privilegia un “orden” en e conjunto, tornándolo deterministico, o sea cambia a previsibilidad incalculable de los acontecimientos en una imprevisibilidad potencial.” Por su parte, los esquemas posicionales son referencias geográficas; constituyen un punto de partida y, en muchos casos, una referencia para determinada reorganización temporal.

    En aquel artículo escrito hace diez años mencionaba las redes que componen a un equipo de fútbol. Sin embargo, con el paso del tiempo, las charlas, la observación y la lectura, me he convencido de que el fútbol posee una complejidad aún más rica de lo que imaginaba. Así lo demuestran las redes de relaciones y de comunicaciones que se crean una vez se mueve la pelota y ambos equipos intentan hacer realidad aquello para lo que se entrenó.

     

    Fotografía del encabezado encontrada en internet. Créditos a quién corresponda

  • Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Los equipos de fútbol son grupos integrados por seres humanos que ejercen de futbolistas. Esto supone que las emociones jueguen un papel determinante en cada duelo. Sin embargo, el fútbol es más que pundonor, orgullo y cojones.

    Estos valores, aunque desde las cabinas y los estudios de grabación nos quieran hacer creer lo contrario, no son mesurables ni están sujetos al país de origen. El amor propio, el pundonor o el sentido de pertenencia son de cada quien y cada uno los expresa y vive a su manera. Es una soberana estupidez pretender transferir nuestra manera de sentir hacia los otros; la individualidad de cada ser, aquello que nos distingue de nuestros pares y nos hace únicos e irrepetibles, es total, no selectiva.

    La cultura bélica y su lenguaje, transferidos al fútbol por aquello de que éste es “la guerra por otros medios”, instaló estos conceptos propios del combate para argumentar un triunfo o justificar la derrota. Se comunica que hay episodios más dignos que otros, una descripción que discrimina y sugiere que otras presentaciones u otros equipos no lo fueron, es decir, que carecieron de nobleza o decencia. Esta es una demostración más de cómo el lenguaje condiciona todo, incluso nuestra manera de relacionarnos con un hecho deportivo.

    El público no es el causante de esta perversión. Basta ya de hacerles responsables del Frankenstein mediático que nosotros hemos creado. Somos los únicos culpables de que no se hable de fútbol y por el contrario, se rescaten estos valores que no describen en su totalidad el desarrollo de un partido o el andar de un equipo en determinada competencia.

    Este hablar para ganar adeptos, tan de moda en los tiempos que corren, tiene consecuencias aún más graves que el simple hecho de alimentar el fervor y la euforia: reduce el juego de fútbol al plano emocional, lo que destruye el proceso de comprensión de la actividad y lo transforma en un hecho banal.

    Pongamos el ejemplo de la selección venezolana de fútbol. La participación en la Copa América de Brasil del combinado vinotinto fue analizada con pinzas, siempre partiendo de la base de que los futbolistas estaban demostrando un enorme compromiso con su selección. Esto que se dijo en la mayoría de foros no era una exageración –nadie debe olvidar cómo llegaron los futbolistas venezolanos al torneo continental- pero su exagerada promoción, interesada por parte de algunos notorios y oscuros personajes, evitó que se revisaran aspectos de mayor preponderancia futbolística, tales como la evolución del rol de los laterales-carrileros en los cuatro partidos o las deficiencias del plan para ocupar espacios y recuperar el balón, sólo por mencionar apenas un par de ellos.

    Esto que aquí se narra no es un comportamiento exclusivo del fútbol venezolano. Basta con repasar espacios radiales y televisivos, así como extensos escritos referidos a la actuación de Argentina, Colombia, España o Italia en sus respectivas competiciones para darse cuenta de que el análisis ya no supone un acto de admiración, sino que se circunscribe a la búsqueda de la aceptación popular.

    Trasladémonos a la actuación de la selección española de fútbol durante la Eurocopa de Naciones y pongamos la lupa en los dos primeros partidos del equipo comandado por Luis Enrique, saldados con dos empates.

    La identidad de ese equipo se sostuvo en principios futbolísticos idénticos a aquellos que le llevaron hasta las semifinales del torneo. Sin embargo, la falta de eficacia para anotar goles en esos duelos iniciales desató una tormenta según la cual, los malos resultados eran consecuencia de la improvisación, la ausencia de ciertos futbolistas y hasta la ignorancia del seleccionador. Claro que, una vez superada la primera fase, estos mismos altavoces se felicitaron porque ahora la selección sí enganchaba a la gente.

    Cuando se intenta analizar un equipo de fútbol dentro de un ecosistema de competición, es necesario partir de determinados principios: la relación con la pelota, cómo se reorganiza para defender y recuperar esa pelota, la generación y ocupación de espacios, la reorganización ante las determinadas emergencias que nacen del duelo y la capacidad de adaptación, porque, no se olvide, el fútbol es un juego de oposición-cooperación, en el que todo lo “planificado” se enfrentará a la realidad natural de este deporte: el equipo rival, el entorno y, cómo si fuera poco, una pelota que no para de moverse.

    La conclusión es que el análisis del fútbol representa una tarea mucho más rica y compleja que la simple mención a rasgos bélicos, al patriotismo o a ciertas emociones que todos, léase bien, todos tenemos en nuestro ser.

    ¿Cómo hemos llegado a este punto en el que quienes se presentan como analistas no hacen más que alimentar las manifestaciones más viscerales y que menor relación tienen con su oficio de conocedores?

    En buena medida esto se ha magnificado gracias a la dinámica dominante en las redes sociales. Es tal la velocidad con la que se consumen contenidos que en ellas, si lo que se pretende es sumar adeptos y seguidores, hay que aprender ser parte del sistema, es decir, unirse a la comercialización de la banalidad y la explotación de los sentimientos más primarios del ser humano.

    Debo insistir en que el público no es el responsable. El hincha ve un partido de fútbol con la motivación de ver ganar a su equipo; el analista, por otra parte, tiene la obligación de observar, pensar y explicar lo que sucede sin temor a la crítica, por más feroz que esta sea. El análisis no obliga, como se dice, a separarse de las emociones y ser “objetivo”: el ser humano es ante todo sujeto, las emociones son parte de su estructura.

    La revisión sí exige poner en práctica un carácter didáctico que despierte la curiosidad en aquellos que escuchan o leen; la euforia del triunfo o la frustración de la derrota es un hecho circunstancial que, una vez superadas, deben acompañarse por manifestaciones que ayuden a la comprensión del fenómeno o del hecho en sí.

    Cuando alguien cae enfermo seguramente recibirá de su círculo más cercano una serie de mensajes de apoyo y motivación que alimentarán su esperanza de superar ese trance. No obstante, cuando va al médico lo hace con el anhelo de conocer qué le llevó a contraer esa dolencia y qué tratamiento debe seguir para curarse. Eso que conocemos como diagnóstico no es otra cosa que la tarea y la responsabilidad de quienes analizan el fútbol.

    La gallardía, el pundonor y los cojones no son suficientes porque el fútbol, ese juego que decimos adorar, posee comportamientos que hacen real aquella aseveración de Dante Panzeri según la cual, “el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista”.

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda

  • Comunicar fútbol

    Comunicar fútbol

    Quienes ocupamos algún espacio en los distintos medios de difusión tenemos una responsabilidad al comunicar fútbol: hacerlo a partir del conocimiento de aquello que compone y emerge en cada situación del juego. Es un compromiso con la audiencia pero también con la actividad en la que ejercemos la profesión.

    El público reclama que quienes estamos en esa posición sepamos de qué hablamos. Cada razonamiento que expulsamos al mundo debe estar fundamentado en algo más que nuestra propia experiencia o nuestro título de comunicador.

    El fútbol, como cualquier otra rama, posee una dinámica propia que obliga a todos aquellos que hacemos vida en él a mantenerle el paso, a actualizarnos, a desafiar los conceptos que creíamos sólidos como una roca. En el fútbol, la verdad de hoy probablemente sea la mentira de mañana.

    Hay muchos ejemplos sobre lo que estas líneas narran pero para no aburrir, he elegido centrarme en eso que son las superioridades.

    Una superioridad es la “preeminencia, excelencia o ventaja de alguien o algo respecto de otra persona o cosa”. En el fútbol, según los estudios de Francisco Seirul.lo, Joan Vilà y otros especialistas, éstas son cuatro: la numérica, la posicional, la cualitativa y la socio-afectiva.

    La superioridad numérica se logra cuando, en determinada zona del campo, un equipo ubica una mayor cantidad de futbolistas que su oponente. Esta es la que se identifica con mayor facilidad y, lamentablemente, aquella que concentra más atención en los medios de comunicación. Este tipo de superioridad tiene su importancia pero, como se puede comprender tras conocer las otras superioridades, no es tan determinante cómo se pretende hacer creer.

    La superioridad posicional se refiere, como su nombre lo dice, al posicionamiento óptimo de los futbolistas. Este es óptimo cuando se adapta a la circunstancia del juego en función de las necesidades del equipo. Por ejemplo: el juego de un “falso 9” genera esta superioridad siempre y cuando sus movimientos permitan modificar el accionar de los defensores centrales rivales hasta sumirlos en la duda. Otro caso se observa en el dominio del centro del campo que logra un equipo que juega con tres volantes frente a otro que lo hace con cuatro o cinco mediocampistas. Podría pensarse que aquel que acumula más jugadores en esa zona dominará ese espacio (superioridad numérica), sin embargo, el posicionamiento inmejorable de aquellos que aparentan estar en inferioridad cuantitativa les permite estar en ventaja frente a sus oponentes. Esta superioridad se obtiene por medio de la comprensión, que no lectura, de cada circunstancia que el juego demanda.

    La superioridad cualitativa es aquella que está relacionada con las aptitudes individuales de cada jugador. Por ejemplo: Lionel Messi se enfrenta a un determinado defensor y en ese duelo se identifica que el jugador argentino tiene mayores probabilidades de triunfar dadas sus condiciones propias e inherentes a su ser.

    Por último, la superioridad socio-afectiva es aquella que responde a la afinidad, a la complicidad, a la relación existente entre determinados futbolistas, lo que les permite conectar de una manera más fuerte debido a esos lazos emocionales que les unen. Pequeñas sociedades (Menotti dixit) como Messi-Jordi Alba, Maradona-Caniggia, Pelé-Coutinho o Di Stéfano-Puskás, son ejemplo de lo que genera esta superioridad socio-afectiva.

    Ahora bien, el estudio de este detalle del juego llamado superioridades -apenas una de las tantas circunstancias que se dan en este maravilloso deporte- trae consigo el mayor reto que tenemos aquellos que comunicamos fútbol: explicarlo de forma sencilla para no abrumar al espectador. La labor que tenemos es titánica ya que, al igual que los entrenadores frente a sus futbolistas, debemos guiar a quienes nos escuchan hacia la comprensión de estos conceptos.

    El público, cada vez más exigente, requiere una explicación y una contextualización de aquello que sucede en un campo, más allá de valores como la gallardía o el pundonor. A esa gente nos debemos. También al fútbol, sobre todo si deseamos que el “juego de juegos” (Seirul.lo dixit) siga siendo eso, un juego, y no pase a engrosar las listas de fenómenos populares que perdieron su atractivo gracias a la hipertrofia a la que le someten quienes únicamente lo utilizan para sumar ceros en su cuenta bancaria.

    Si repetimos hasta el cansancio aquello de que el fútbol ha cambiado, ¿por qué no cambiar nuestra forma de comunicar fútbol?

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quiénes correspondan

     

     

  • Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol

    Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol

    La Copa América, como cualquier torneo de naciones, es el escenario perfecto para ventilar nuestras mayores emociones. Por ello es que se ha naturalizado que el análisis dé paso a cualquier manifestación puramente emocional. Para esta larga exposición he elegido un episodio en concreto y lo he titulado «Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol».

    A raíz de los dichos de un colombiano, en la cadena internacional ESPN, referidos al juego de Bernaldo Manzano y a la incapacidad de la selección de Colombia de vencer a su similar de Venezuela, creo pertinente hacer dos consideraciones netamente futbolísticas:

    La primera está referida a la velocidad. La velocidad en el fútbol no se mide de la misma manera que en algunas ramas del atletismo, es decir, no se explica si un futbolista es veloz por los segundos que tarda en recorrer la distancia entre el punto A y el punto B.

    El fútbol es un juego de alta intensidad, esto significa que requiere altos niveles de concentración y atención. La primera referida a las circunstancias que están inmediatamente a su alcance; la segunda a todo aquello que acontece durante el partido.

    Además, el fútbol es un deporte de cooperación-oposición (Seiru.lo dixit): el futbolista está siempre condicionado por sus compañeros y por el oponente. No se juega individualmente sino en función de los acontecimientos del propio juego, que varían y jamás se repiten.

    Cada futbolista es parte de una red de relaciones, una especie de telaraña en la que sus roles no se ejecutan exclusivamente desde la variable velocidad sino a partir de lo que esa red demanda. No es lo mismo recorrer diez metros en soledad que hacerlo en función del juego, evitando al oponente y atendiendo a esa intracomunicación con los suyos. Además, no se olvide, que cada movimiento está sujeto también a la ubicación de la pelota, que es el objeto móvil de este deporte.

    La conclusión entonces es que en el fútbol, la velocidad es la capacidad de reacción-ejecución relacionada con las emergencias, aquello que nace del juego: la cooperación y la oposición en circunstancias particulares. Es un juego netamente cognitivo que se ejecuta con el cuerpo.

    Desconozco el tiempo que le lleva a Manzano recorrer cincuenta metros en carrera. Sí sé que en el fútbol, rara vez un futbolista hace esos recorridos, con o sin pelota, sin oposición, una particularidad que por sí misma hace que los recorridos sean distintos al atletismo. En Colombia hubo grandes jugadores, ente ellos el “Pibe” Valderrama, qué hicieron de lo que la lógica dominante llama “lentitud” su gran fortaleza.

    La segunda consideración se refiere a la efectividad. La efectividad no es una variable que se relacione exclusivamente con la anotación de goles. Colombia ante Venezuela creó ocasiones claras de gol y las ejecutó de gran manera. Lo que impidió que alguna de ellas se convirtiera en gol fue la fabulosa actuación de Wuilker Faríñez.

    El portero venezolano evitó esos goles, por ello, el problema del equipo de Reinaldo Rueda no estuvo en la efectividad sino en l actuación del oponente.

    Incluso, si se revisa detenidamente el partido, se puede observar que el equipo colombiano no se desanimó ante la imposibilidad de anotar sino que insistió y mantuvo sus comportamientos. Esto último es una muestra importante de competitividad, ya que son incontables los equipos que ante esa circunstancia pierden parte de esa ambición. Colombia la sostuvo pero Faríñez evitó que entrara una sola pelota.

    La efectividad es un valor que, como todos, se intenta optimizar en los entrenamientos. Esto se hace mediante ejercicios que simulan el ecosistema de un partido -es imposible reproducirlo en su totalidad porque ni dos episodios son idénticos ni las responsabilidades son iguales-. Esta es una de las tantas razones por las que los más renombrados entrenadores hacen grandes esfuerzos para que sus equipos “finalicen las jugadas”. Generar un alto volumen de llegadas al área rival y finalizar las mismas es lo que aumenta la probabilidad de anotar un gol.

    ¿Por qué la efectividad no responde exclusivamente a lo entrenado? Porque, entre otras tantas razones, el partido posee condicionantes que no están en el entrenamiento: presión por obtener un triunfo, la oposición del oponente, las emociones derivadas del error, etc.

    Por este y otros motivos más, la comprensión más avanzada del fútbol ha abrazado las teorías de la complejidad. Son muchos los factores que afectan a la voluntad del jugador que juega en equipo. Estos varían siempre e influyen de distintas maneras; son incontrolables y hasta imprevisibles.

    El entrenamiento más avanzado de este deporte ha adoptado el concepto de la optimización. Optimizar es “conseguir que algo llegue a la situación óptima o dé los mejores resultados posibles”. Se optimiza al jugador en función de sus capacidades para que llegue a su mejor versión. ¿Definieron mal los futbolistas colombianos sus llegadas al arco de Faríñez? No. El portero venezolano fue figura porque evitó que esas ocasiones claras se convirtieran en goles. El arquero es un jugador de fútbol cuyo rol principal es ese.

    Ojalá se comprenda que cuando el portero es la figura del partido es porque éste evitó que opciones claras de gol subieran al marcador.

    Por último, deseo agregar otra consideración: los grandes equipos se componen de futbolistas que optimizan sus capacidades en función de los requerimientos de su equipo en episodios de oposición-cooperación. No son grandes equipos por los nombres ni por los clubes de procedencia de sus futbolistas. Se superan los episodios competitivos de manera satisfactoria cuando el futbolista, en función a su pertenencia a un equipo, logra su mejor versión. Por ello, nunca nadie “debe pasarle por encima” a otro. El objetivo real de un equipo es encontrar su mejor versión y sacar provecho de ella.

    Aquellos que comunicamos fútbol estamos obligados a ser menos reaccionarios y más didácticos. Este es el “juego de juegos”(Seirulo dixit): se juega con los pies, ante un rival y con una pelota que no para de moverse.

    Imágenes encontradas en internet. Créditos a quién(es) corresponda

  • Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    No encuentro otra actividad en la que los roles de los protagonistas se alteren tan violentamente como en el fútbol. Se pasa del Olimpo al infierno en cuestión de minutos, o si se quiere, entre un partido y otro. Vivimos en la tiranía de la hipérbole, lo que supone que todo es maravilloso o repugnante. No hay términos medios ni tampoco tiempo para la contemplación, tan necesaria para examinar los procesos.

    Ocho meses y dos partidos fueron suficientes para que José Peseiro dejara de ser el seleccionador ideal y convertirse en un perfecto incapaz. Su condición de entrenador europeo excitó a muchos, de la misma manera que su breve paso por el Real Madrid en la función de asistente técnico de Carlos Queiroz. Hay algo en la autoestima del venezolano que le invita a creer que ciertas particularidades son determinantes cuando en realidad no son más que actos del azar. Se dogmatiza, ingenuamente, que el lugar de nacimiento concede algunas virtudes. Esto, por supuesto, es la banalidad en su máxima expresión.

    La designación del técnico portugués fue celebrada, de entrada, por su origen. Luego se fue ganando el apoyo de parte de la masa gracias a su disposición a conversar con los medios. En esas apariciones habló de lo terrenal y de lo divino. Cómo se dice en criollo, cayó bien. No se le cuestionó acerca de temas relevantes, como por ejemplo el empeño en hablar de esquemas tácticos por encima de futbolistas o su fijación por la presión alta, la bendita presión alta que los medios han encumbrado hasta el nivel de herramienta sine qua non.

    El fútbol, así lo creo, no es un proceso lineal en el que se triunfa en base a esas disposiciones geográficas iniciales, así como tampoco a través del uso testarudo de herramientas; este es un juego en el que lo más importante es qué se hace cuando se dispone de la pelota y cómo se actúa cuando no se posee. Esta es una actividad en la que esas numeraciones nos distraen de lo que realmente merece atención: cómo se reorganiza un equipo en medio del caos que es un partido de fútbol.

    Bajo esa forma de observar el fútbol es claro que tanto Peseiro como sus futbolistas tuvieron dos malas presentaciones. Salvo por los minutos finales ante Paraguay, Venezuela fue un colectivo que jamás encontró respuestas colectivas; prevaleció el detalle individual por sobre la cultura de equipo. Esto, aunque sea antagónico con la frustración popular, era presumible.

    La dura realidad

    Las selecciones no son un equipo. No pueden serlo. Reunirse una semana cada cierto tiempo ralentiza la construcción colectiva de una identidad. Además, los futbolistas que la componen varían y llegan con el condicionante de ser parte de otra cultura futbolística, y de otro contexto, y al sumarse a la dinámica de los equipos nacionales, se ven obligados a reaprender viejas conductas y sumar otras que se ajusten al episodio competitivo que están por protagonizar. Esto es lo que encierra el manoseado y despreciado concepto de proceso.

    Inmersos en una pandemia, sin partidos amistosos y con menos de diez entrenamientos, era muy difícil, por no decir imposible, que la selección venezolana, bajo la batuta de un nuevo y desconocido entrenador, lograse ser algo opuesto a un colectivo confundido. Los goles que no subieron al marcador frente a Paraguay no deberían modificar esa frustrante realidad. Los resultados no se discuten; lo que es materia de debate es el funcionamiento colectivo.

    Aún bajo ese desalentador panorama que se narra en las líneas anteriores, a José Peseiro se le publicitó como una especie de redentor futbolístico, casi como el mesías capaz de desterrar todas nuestras frustraciones. Inclusive se magnificaron hechos naturales de la convivencia de un grupo. Aquello no entra dentro de sus responsabilidades; es en la factura de los alcahuetes de siempre donde deben contabilizarse estos despropósitos. Sus decisiones durante los partidos ante colombianos y paraguayos le devolvieron su condición de simple ser humano. Pasó del Olimpo al infierno en cuestión de minutos.

    Las dos primeras presentaciones de la selección venezolana fueron un enorme balde de agua fría sobre aquellos que alimentan la euforia con la que los hinchas esperaban las intervenciones del portugués. Los mismos que hoy venden la opción de despedir al seleccionador. Como buenos discípulos del Realismo Mágico, se proponen soluciones que únicamente encuentran inspiración en esa necesidad ancestral de hacer parecer lo irreal como natural. Esto es fútbol y en él se ha hecho costumbre discutir cualidades que no son tales o limitar el análisis a lo que se quiere ver y no a lo que realmente sucede.

    El futuro

    Peseiro tomó decisiones equivocadas. Desde el plan de cada duelo hasta los cambios que realizó durante los mismos. Las derrotas son indiscutibles y su responsabilidad en ellas es evidente. Sin embargo, promover su separación del cargo como solución a esto que aquí se describe es, al menos, un atentado en contra de los procesos que muchos dicen defender. ¿Realmente alguien se va a comer el caramelo de que un nuevo entrenador dispondrá de los entrenamientos y partidos amistosos que el calendario y la pandemia le han negado al portugués?

    Peseiro todavía tiene tiempo de maniobra, de hacer que esta sea su selección. Debe identificar cómo lograrlo y tomar decisiones, por más incómodas que estas sean. Su condición de agente externo a los vicios del fútbol venezolano le da la libertad suficiente de actuar sin estar atado a intereses ajenos a su oficio ni a nuestra insoportable condición de aspirantes a la intervención divina. De no hacerlo, será él, no los altaneros mediáticos, quien le ponga fecha de vencimiento a su estadía en el cargo.

  • Carles Martínez

    Carles Martínez

    Para terminar la segunda temporada de «Mí fútbol» he invitado a Carles Martínez. El entrenador español ha sido designado seleccionador nacional sub-20 de Kuwait. Anteriormente ha trabajado en el fútbol base del Español y en La Masía del FC Barcelona.

    Martínez da sus impresiones sobre el fútbol actual post confinamiento, la inteligencia de los futbolistas y otros temas. Además de entrenar es un estudioso de este juego y del Juego de Posición. Esto le convierte en un observador calificado y necesario.

    El último capítulo de esta temporada presenta a Carles Martínez Novell.

    Escucha «Carles Martínez» en Spreaker.

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  • Telegrama 3: El Barça y la idea

    Telegrama 3: El Barça y la idea

    El mejor Barça no se construyó en torno a un futbolista. Fue la consecuencia de la ejecución de una idea. Las ideas no son estáticas sino que tienen vida propia. Por ello es clave pensar en la gestión.

    Aquel modelo murió, la idea no. Esta sigue viva y vigente. Se puede volver a ella pero no bajo la conducción de quienes la fusilaron mientras brindaban por el exilio del penúltimo guardián del credo blaugrana.

    El concepto nunca fue la posesión ni jugar para Messi. La primera era una herramienta, fundamental, pero herramienta al fin; Messi era la guinda del pastel, no el alfa y omega del ser azulgrana.

    Las ideas nunca mueren. Aunque se les envíe al más frío de los confinamiento, estas siempre están. Solamente es necesario que algún valiente tenga la humildad suficiente para rescatarlas.

  • Telegrama 2: Simeone, un gran comunicador

    Telegrama 2: Simeone, un gran comunicador

    Nadie, salvo aquellos que esconden objetivos oscuros, compite por otra cosa que no sea la victoria. El debate que se plantea entre la búsqueda del triunfo o el sostenimiento de una idea es tan banal como nuestros tiempos. Por ello ha ganado tanto espacio en los medios y en la masa. Diego Simeone, un gran comunicador, ha sacado provecho de esta particularidad.

    El argentino hace tiempo que reconoció cuál es su audiencia y qué mensaje espera de él. Sabe que al hablar de lucha, garra, intensidad y otros conceptos la seduce hasta convertirla en su ejército. Es probable que esta forma de predicar se vuelva en su contra hasta empequeñecer su obra y sus capacidades.

    El entrenador del Atlético de Madrid «vive» el juego tanto como los entrenadores que transitan diferentes vías filosóficas. Estudia y se prepara como aquellos. Sin embargo, entendió que su mensaje fascina a un público, su público y que éste es un escudo protector de grandes dimensiones.

    Sus frases no están dirigidas hacia quienes se interesan por el juego sino a su tropa, aquella que se comió el pescado podrido de que el fútbol es una guerra en la que triunfa aquel que es más intenso o más valiente.

    Cuando declara que ganar es lo único deja de lado aquello que se conoce como proceso. Lo rico de este juego es que existen un sinfín de fórmulas para aspirar al triunfo, que no hay una verdad excluyente. Por ende, es esencial adentrarse en cada muestra para comprenderla y valorarla en su justa medida. La pluralidad ideológica necesita eso más que al resultado o a la exaltación a la testosterona. Su discurso limita el análisis y convierte al fútbol en una representación bélica.

    Reducir todo a ciertos condicionantes no le hace justicia al gran entrenador que es; cuando llega la derrota, se esfuman las posibilidades de cambiar la prédica: la masa, educada en la cultura de la intensidad, no hará más que castigar a los suyos por falta de esfuerzo, garra, etc.

    Comprendamos que perder, pierden todos. En la competencia la primera regla que existe es reconocerse vulnerable. Sin embargo, hay derrotas que transmiten una sensación de vació y otras que por lo menos dejan al espectador con la panza llena de fútbol.

    Cada quién elige como perder…
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  • Telegrama 1: El hombre masa

    Telegrama 1: El hombre masa

    No debe olvidarse que fue la prensa y algún otro tonto quienes instauraron la costumbre de llamar filósofo a entrenadores que piensan el juego. Pensar como un atentado en contra de la comodidad.

    Consumado el hecho, la masa aplaude y repite aquello que sus líderes vomitan.

    El hombre masa, descrito a la perfección por José Ingenieros en “El hombre mediocre”, no desea pensar; la reflexión atenta contra su condición de rebaño; integrante de la manada, éste necesita que lo conduzcan. No importa si es hacia el precipicio o hasta su propia extinción. Sigue al líder y se enorgullece de acompañar a sus colegas suicidas.

    Pertenecer le hace feliz. Ser del montón le llena, le hace pleno; ha logrado su objetivo de fundirse dentro en una multitud que apenas aspira a eso. Su mayor aspiración es estar antes que ser y la consigue.

    Ese es el gran mérito de los pastores de la medianía y de lo obsceno: identificar las necesidades de las hordas y conducirles, cual Flautista de Hamelin, fuera de la civilización hasta llegar a los estados más primarios y reaccionarios de la existencia humana.

    La masa niega su propia individualidad y con ello reduce el valor de su existencia. Es la masa que vive el fútbol, la que va sin mascarilla en tiempos de Covid-19, esa que en las redes sociales hace pública su imbecilidad. La misma que se rebela ante el acto de pensar porque aquello le hace dudar y ella, compuesta por borregos orgullosos, solamente desea ser llevada hasta el final de sus días.

    Hombre-masa. Hombre-espectáculo. Todo es muy moderno