Richard Páez en «Mí fútbol, con mis amigos».
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Lo que no dicen los esquemas
¿Qué nos asombra más, la aparente novedad de algunas conductas o la individualidad del ser humano en la reproducción y puesta en escena de las mismas? Lo que no dicen los esquemas es que cada conducta, dentro de un terreno de juego, tiene mucho de individual y el ser humano es un ente único e irrepetible.
Me explico: sobre el “Equipo de Oro” húngaro se ha escrito mucho. Quienes deseen entrar en las páginas de los libros encontrarán que aquella selección mostró unos postulados futbolísticos muy definidos sin que su juego fuese un producto acabado, rígido o inalterable. Juan Manuel Lillo sostiene que «al fútbol se juega desde el puesto y no en el puesto«, confirmando que las posiciones más que describir limitan
Alex Couto, en su libro “Los estrategas que han cambido la historia”, relata la goleada húngara a Turquía, un gol por siete, en la semifinal de los Juegos Olímpicos de Helsinski 1952. En su narración se lee:
“Completaron la goleada Palotás, Bozsik y el defensa lateral izquierdo Lantos, quien en una de sus habituales subidas supo culminar la acción y elevar al macador una aportación que por costumbre se convertiría en habitual”. (Fúbol total. Los estrategas que han cambido la historia. Pág. 79).
Es harto difícil afirmar que la conducta del lateral húngaro constituyese una novedad. No obstante, siendo el fútbol un juego cuyo reglamento establece que vencerá aquel que marque un tanto más, es probable que Lantos no haya sido el primero en ejecutar ese tipo de acciones. Aún así, la evolución de los esquemas posicionales, así como la importancia que le han dado desde algunas tribunas, sugiere que lateral húngaro efectivamente fue uno de los intérpretes de ese rol que marcaron el camino, gracias a sus cualidades innatas y, como no, al atrevimiento y la visión de Gustav Sebes, el director de aquella incomparable orquesta.
El paso del tiempo ha confirmado la influencia de los laterales en la construcción de juego. Brasil, por ejemplo, ha sido el país que más ha sacado provecho de ellos en los últimos años. Ahí están Carlos Alberto, Nelsinho, Roberto Carlos, Branco, Jorginho, Cafú y Dani Alves, sólo para nombrar a los más reconocidos, como prueba irrefutable de ello. No es casual que el país amazónico haya sido uno de las escuelas futbolísticas más “tocadas” por el legado de los entrenadores húngaros que llegaron al continente americano a finales de la primera mitad de siglo XX.
Ahora bien, aunque los jugadores mencionados anteriormente hayan sido fieles representantes y continuadores de una idea, esto no significa que su jugar fuese idéntico. No se olvide nunca: cada uno es siempre según sus características, sus relaciones y sus oposiciones.
Para adentrarse en las profundidades del fútbol hay que rendirse ante una de las más potentes evidencias que éste nos enseña: los roles son unos en la pizarra mientras que el individuo, en el campo, es mucho más que eso. Aceptar que el futbolista es un ser humano que cumple con el oficio de futbolista es el primer paso hacia la comprensión de este juego de juegos (Paco Seirul•lo dixit).
Cafú y Dani Alves interpretaron los requerimientos de ese rol, siempre en consonancia con los compañeros, los rivales y las circunstancias. Este ejemplo no hace más que confirmar que detrás de cada referencia al esquema posicional inicial no hay más que pereza o temor. Sí, miedo a reconocer que este es un juego humano, demasiado humano, en el que son pocas las verdades absolutas.
¿1-4-3-3? Mejor hablemos de futbolistas, que como afirma Lillo, “para saber de fútbol primero hay que saber de futbolistas”.
Fotografía encontrada en internet. Crédito a quién corresponda
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El poder, la masa y el odio
El poder requiere del entretenimiento como herramienta para narcotizar a la masa. Lo que en Roma fue el círculo romano hoy es el fútbol. Nada ha cambiado.
El poder lo tiene todo. Quienes creen que la fuerza de este reside en el dinero no hacen más que pegarse tiros en los pies. El poder determina roles, oficios y relaciones; todo aquello que en apariencia funciona, lo que en muchos casos no hace más que separarnos, es lo que sostiene al poder.
Aquellos grupos resultantes de estas divisiones tienen como muy propio la aspiración a imponerse a quienes ahora son sus rivales, sus enemigos. Mientras unos y otros combaten por un par de centímetros más, el poder se sostiene y crece. Los griegos inventaron la fórmula de “divide y reinarás”(διαίρει καὶ βασίλευε); nosotros, los habitantes actuales de esta tierra, apenas si nos enteramos de la vigencia de aquel mandato.
El poder, ya se ha dicho, requiere del entretenimiento para que la masa desatienda sus necesidades básicas. Gracias a los efectos del entretenimiento, y vaya si el fútbol encarna todo lo que este es, el hombre-masa aparca su inconformidad para con la autoridad y la redirige hacia quienes ahora le representan. Futbolistas, entrenadores y dirigentes, esos son los nuevos blancos de la furia colectiva. El poder nunca estuvo tan cómodo en su sitio.
Este viejo esquema libera a quienes han fracasado sostenidamente en sus intentos de conducir al rebaño hacia mejores estadios. Los protagonistas del fútbol hacen de escudo protector, de cortina que sostiene su anonimato; las frustraciones y el odio apuntan al perdedor de turno gracias a que lo episódico se fue imponiendo, hasta encontrar en el fútbol su refugio.
El poder conoce las miserias y las aspiraciones del hombre-masa. Por ello ideó hombres funcionales a su causa. Uno de ellos es el “Capitán Disfraz”, el reflejo de los ídolos que requiere la masa actual: el hombre-espectáculo.
Este Frankenstein futbolístico es el oponente perfecto para enfrentar a los Pep Guardiola de turno. Mientras el entrenador catalán representa al deportista que cultiva su cuerpo y su espíritu, el “Capitán Disfraz” es el futbolista que cumple con las exigencias impuestas por el poder para sostener al fútbol-espectáculo en su rol de consolador social. Hablo del hombre-deportista convertido en hombre-espectáculo que renuncia a su condición de ciudadano y que no se interesa en nada que no sea su beneficio personal. Es el perfecto idiota aristotélico: el supremo egoísta, aquel que no estaba interesado más que en su asunto.
Aquello que representa el “Capitán Disfraz”, es decir, la perversión definitiva del hombre que vive en sociedad, se aplaude hasta la veneración porque no pone en riesgo al statu quo. No supone un riesgo ni un ataque al poder: es él quien atrae y convoca a la masa hacia los espacios que el poder sugiere.
Retorno a Guardiola como representante de todo lo opuesto al “Capitán Disfraz”. Su condición de hombre-futbolista no impidió que cultivase su espíritu. Lo hizo según sus necesidades y acorde a sus emociones. A su manera y no según los intereses de quienes mueven los hilos. En el siglo de la información no le debaten sino que le condenan, probablemente porque acusar es una conducta natural de la masa y pensar es un hecho contracultural. Caminar por veredas opuestas no debería ser causa de odio, sin embargo, en los tiempos de la política del espectáculo, basta y sobra.
Kike Marín siempre regresa a unas sabias palabras de Juan Manuel Lillo: «No voy a opinar sobre las opiniones. Eso es lo bonito del fútbol, opinar”. Lillo, otro expulsado por la masa reaccionaria, desnuda con su reflexión las formas cómo el poder, a través del entretenimiento, se hace fuerte y conduce a esa masa a seguir siendo masa: opinar sobre opiniones es un hecho reaccionario, tanto como el espíritu del fútbol actual. Opinar sobre opiniones no requiere más que la exhibición de nuestro costado más primario, ese que nos lleva a defender cómo sea la pequeña parcela que ocupamos.
La grandiosidad del ser humano reside en su capacidad para escuchar, aprehender y debatir planteamientos e ideas. Esto, por supuesto, de la mano de emociones y sensaciones que condicionan tanto como lo anterior, una circunstancia que le hace convivir con el error como ninguna otra especie. Opinar sobre opiniones invalida el proceso antes descrito y lleva a la masa a creer que la feroz defensa de algo que cree correcto se sostiene en la violencia de la misma.
El poder, promotor del fútbol-espectáculo como herramienta narcotizante, nunca antes estuvo tan cómodo en la lucha por sostener su condición. El rechazo de la masa hacia lo distinto, que sigue vigente y se sostiene gracias a la ausencia de mentes claras que inciten algo distinto a la simple pertenencia, cuenta hoy con altavoces más fuertes y más potentes, capaces de contagiar a esa masa de plagas que no acaban con la vida pero sí con el espíritu humano.
Bienvenidos al fútbol-espectáculo. Prepárese para odiar.
P.D: Ahora que se descalifica a Messi como capitán y se le oponen las actuaciones del Capitán Disfraz se hace necesario recordar que este último tiene más expulsiones que el mismísimo demonio y que acumula ya dos ausencias por sanción en la eliminación de su club en la UEFA Champions League. Cosas de la memoria…
Fotografía encontrada en internet y etiquetada para su reutilización
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Madrugar. De José Peseiro y el poder
Luego de perder un partido y no encontrarle una explicación racional a muchas cosas, un grupo de amigos nos vimos las caras y nos conjuramos en mandar todo al carajo. No obstante, el menos reflexivo de aquel grupo pronunció unas palabras que hasta el día de hoy me acompañan: nunca hay que tomar decisiones trascendentales en la madrugada.
Aquella frase hizo que interrumpiésemos el plan inicial. Valió la pena porque lo que vivimos posteriormente fue inolvidable. Sin embargo, mientras creíamos que podíamos continuar con lo soñado, perdimos de vista que a nosotros ya nos habían madrugado.
La madrugada es aquel período que sucede a la noche y antecede a la mañana. Sirve de refugio para ladrones y mal vivientes, como también para las más intensas pasiones. Por eso, salvo que uno sea un malhechor o esté sumergido en determinados placeres de esta vida, mejor dejar la madrugada para el descanso y la paz.
Madrugar es anticiparse; a alguien lo madrugan cuando se le gana el tiempo. Quienes pretendan madrugar a sus oponentes necesitan cumplir con varios requisitos. Algunos de ellos variarán según la circunstancia mientras que otros son imprescindibles. Podría decirse que estos últimos forman parte del manual de la anticipación y entre ellos está el conocimiento del campo de batalla: sólo quien domina los espacios podrá triunfar. Y los espacios contienen personas, seres humanos, por ende, esto se trata de geografía y de antropología.
La más que probable asunción de José Peseiro como seleccionador nacional descubre un panorama que algunos han ignorado: nadie se sostiene en el ejercicio del poder por mera casualidad. Lamento informarle al lector desprevenido que, aunque exista el azar y este influya a niveles insospechados en todas las áreas de nuestra existencia, también es imprescindible conducir a la fortuna para que esta nos favorezca.
Hay en la Federación Venezolana de Fútbol algo mucho más sustancial que una guerra de poderes, que puede que exista y sea a cuchillo, pero esta no explica casi nada. En la FVF conviven personas que conocen el terreno a la perfección; funcionarios que son expertos en contemplar e identificar conductas, lo que les ayuda no a sobrevivir sino a mantener el poder. No es necesario apuntar nombres: si usted ha llegado hasta acá es porque conoce un poco de la realidad del fútbol venezolano. Son gente del fútbol venezolano, que no se desviven por el balompié extranjero sino que han construido lo que hoy es el fútbol venezolano. Esto que para muchos es un desastre es para otros su obra de vida.
Recuerdo que tras visitar la residencia presidencial argentina y cantar para Carlos Menem, a Charly García, autor de un sinfín de melodías que ya son universales, le cuestionaron sobre las razones que motivaron su visita al mandatario, a lo cual respondió, con su acostumbrada genialidad, que le interesaba conocer al poder desde dentro.
Quienes de alguna u otra forma han interactuado con quienes dominan realmente al fútbol venezolano pueden dar fe de lo que aquí se escribe. No podrán decir lo mismo quienes se inmovilizan ante el brillo que emana de la autoridad. Tampoco los necios que producto de un ataque de soberbia se creen capaces de manipular a la experiencia y al conocimiento. Estos papanatas, animados por el terrible afán de hacerse notar, cumplen a la perfección con el rol que el poder les ha asignado: ser altavoces de la confusión que el poder instaló hace más de cuarenta años y que solamente le beneficia a él.
Ni que hablar de los recién llegados mercaderes que aspiran a aprovecharse de la sonrisa cómplice y circunstancial de quién tiene todo y lo maneja todo. Sepan de una buena vez que el poder es poder porque otros no tienen cómo llegar a serlo. Solamente los idiotas niegan una realidad tan potente. Además, el poder sabe cómo garantizarse su subsistencia mientras que los aspirantes y sus alcahuetes apenas si pueden ponerse de acuerdo en su reconocimiento existencial.
Kaiser Soze, el mítico personaje interpretado por Kevin Spacey en el inolvidable film, dijo aquello que “el mayor truco del diablo fue hacerle creer a la humanidad que él no existía”.
Todo sigue igual en el fútbol venezolano. Y no hay hasta ahora señal alguna para creer que el poder se debilita. Porque para atacar al poder hay que saber algo más que de números. Es necesario saber de personas, conocer sus vidas y sus debilidades, y en eso nadie le gana al poder.
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Vodevil vinotinto
No hay proyecto, porque el plan es un nombre. El que sea. Primero fue José Pekerman, en el intermedio sonó César Farías y ahora es Jorge Sampaoli. La idea es que no hay idea.
En los tiempos de lo posible y el rendimiento inmediato, el fútbol no se queda por fuera de esta desenfrenada carrera hacia el abismo que desde hace tiempo protagoniza nuestra especie. El idiota afirma que ganar es lo único que vale, o en este caso, llegar a un mundial. Lo dice sin entender nada de la vida y de sus procesos; lo grita como si la única razón para alimentarnos fuera saciar el hambre.
Por ello quienes conducen al fútbol lanzan apellidos con la facilidad de quien pide números en una venta de lotería: alguno, alguna vez, saldrá; lo importante es mantener entretenida a la masa. Reconocen la medianía y la vulgaridad de sus interlocutores, así como lo fácil que es satisfacer las necesidades de aquellos mezquinos con tribuna.
Cuando eso suceda, cuando por fin alguien, algún día diga que sí, los títeres mirarán aliviados a sus titiriteros, con una media sonrisa y un sabor agridulce en sus bocas: tras mil intentos dieron con su anhelada primicia pero, aunque la masa apenas tenga tiempo y fuerzas para recordar los ridículos recientes, las marionetas saben que han quedado, otra vez, con el culo al aire.
Los grandes populistas reconocen en la desesperanza colectiva el combustible que nutre su existencia. Identifican, en cuestión de segundos, todo aquello que añora ese colectivo que les mira y les sigue para así servirse de ello; la masa, desesperada y sin aliento, necesita una limosna que ayude a olvidar su desgracia. Unas monedas que hagan de sedante, y que en el caso del fútbol, como ha afirmado Juan Manuel Lillo, sea un consolador social.
La masa, urgida de algo que atenúe su angustia, no está interesada -ni puede interesarse- en el bosque: le vale con el árbol para intentar la difícil misión de sobrevivir a tantas injusticias. Tampoco a los voceros, necesitados como están de la consideración de los poderosos y de rascar una pizca de notoriedad. Esas profundidades sobre las que se sustenta cualquier proceso de cambio son cosa para “filósofos”, el novedoso insulto(¿?) de la barbarie hacia aquellos que piensan.
Como no se ve más allá del pan para hoy, el hambre de mañana se afianza hasta convertirse en una realidad ineludible. Prueba de ello es que el baile de apellidos mantiene su estridencia inicial y las justificaciones que lo mantienen son tan inverosímiles como quienes las promueven. No hay pudor en comerciar con las necesidades emocionales de esa masa olvidada por la divinidad que tanto adoran. El mediocre vodevil que ahora protagonizan no es distinto a los anteriores salvo en que los herederos del recluso aspiran a un reconocimiento que les hace más vulnerables.
El objetivo es Catar 2022. Llegar a un mundial, creen, servirá para disimular todo aquello de lo que son responsables. No hay ni hubo enemigo externo. Como tampoco planificación alguna. Los títeres y sus titiriteros son eso que Hannah Arendt definió como “La Banalidad del mal”: funcionarios que, concentrados en sobrevivir acorde a las reglas del sistema, se muestran incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.
Que no, que esto no va de Sampaoli, Pekerman, Bielsa o Farías. Tampoco de clasificar a un mundial. Lo que dejó aquel sub-20 de 2017 ha debido servir para separar casualidad de causalidad. No fue así y por ello, este cronista se mantiene en la insoportable tarea de enemistarse con todo y con todos, ya sea por hacer un poco de ruido o por defender el juego que le da de comer a estos aprendices de mercachifles.
Don Rafael (¿?) hace tiempo que no está. Su ausencia y el presente invitan a recordar a Seneca: “Echarás de menos los males a los que hoy buscas remedio”.
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Laterales, ubicación y posición
Una de las primeras instrucciones que se dan en el fútbol formativo es que los jugadores deben “cerrar” cuando se está jugando por el costado opuesto al que ocupan. Es por ello que normalmente se puede observar que, tanto laterales como extremos, centralizan su posición cuando el balón recorre espacios contrarios a su ubicación. Sin embargo, este tipo de instrucción se fue convirtiendo en una verdad absoluta, eso que llaman un «automatismo», y que apenas sirve para alejar al jugador de la comprensión del juego: cuándo y por qué deben realizarse determinadas conductas.
La ubicación del futbolista en el campo de juego obedece, idealmente, a una serie de factores. Se pueden contar entre ellas a la intención de su equipo, a la incidencia que tiene la interacción del oponente, a la distancia entre él y la pelota y, como si fuera poco, a la dinámica misma de un juego que es incontrolable en su totalidad. Es por ello que la ubicación, un concepto definido como “lugar en el que está ubicado algo” es circunstancial; el fútbol, estimado lector es circunstancia.
Este concepto ha ayudado además para que Juan Manuel Lillo diese una vuelta de tuerca a la idea que se conoce como “Juego de Posición”. Lillo, en el libro “Pep Guardiola, la metamorfosis” de Martí Perarnau, aclara que ubicación es un término que engloba a otros dos, fundamentales para entender el “JdP”, como son posición y situación. El lector puede reconocer inmediatamente la mención a la palabra situación y no debe sorprenderle, ya que estamos hablando de fútbol: tanto la pelota como los futbolistas están siempre en movimiento, creando y generando nuevas realidades. Nada es igual y nada será lo mismo.
Sirva esta introducción para hablar de los laterales del Atlético de Madrid. Tras observar al equipo de Diego Simeone se puede exponer que las conductas y respuestas de Kieran Trippier son totalmente opuestas a las de Renan Lodi. Con esto, debo aclarar, no me refiero a sus perfiles ni a las formas que tienen de finalizar sus avances. La vista la he puesto en su ubicación en el campo de juego, especialmente en la fase en la que el equipo colchonero dispone del balón.
El lateral británico no muestra, hasta los momentos, un patrón fijo. En sus proyecciones alterna cerrar su posición con mantenerla. Esta última variante ayuda a su equipo a “descomprimir” la reorganización defensiva del oponente, ya que, cuando menos, obliga a uno de los futbolistas contrarios a dividir su atención entre dos objetivos: la ubicación de la pelota y la de Trippier.
Por su parte, Lodi cierra hacia el centro constantemente, creyendo que de esa manera se acerca a “la jugada”, descuidando la posibilidad de que ese movimiento de aproximación a un compañero atrae a un oponente a la zona en dónde está el balón. Al mismo tiempo, esta acción del brasileño, una que se puede observar en jugadores cono Isco Alarcón, reduce el campo de juego para los suyos y para el rival.
No me atrevería a afirmar si estas conductas tan opuestas son parte de una estrategia o responden primordialmente a las características y el sentir de cada jugador. Sin embargo, no me parece una osadía sugerir que, ya que al Atleti le cuesta tanto construir situaciones reales de gol -con ello me refiero a aquellas en las que la defensa o el portero rival sean realmente exigidos-, quizá deba observar con mayor ahínco el juego de sus laterales para encontrar una posible solución a su juego.
Cuando Trippier elige no cerrar sino sostener su posición le da su equipo dos probables ventajas: a) la disyuntiva entre quedarse o cerrar haría de su marcador un futbolista que, ante la vacilación, llegaría tarde a cualquier situación; y b) la ubicación del británico sugiere una ampliación del espacio de ataque. No se olvide que, tal como sostiene constantemente Marcelo Bielsa, a los equipos de fútbol les es ideal atacar en espacios amplios y defender en espacios reducidos.
Hace unos días publiqué un episodio de mi podcast (https://open.spotify.com/episode/5fpz3mlo8iYMdU1pSEy56D?si=2FDUd5lhSH2tXvfSMe9XPQ) en el que planteaba que el juego de los laterales era una de las tantas variables que ayudan al intento de comprender la identidad de un equipo. Sirva este post para alargar la discusión y agregar lo que en estas líneas expreso, agregando además otro ítem: si el fútbol es circunstancia, ¿por qué nos empeñamos en hacer del futbolista una especie de ejecutor de ordenes?
Seguimos..
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Marcelo Bielsa, pasado y futuro en el presente
Los seres humanos tenemos una extraña relación con el tiempo. Hay quienes opinan que el pasado nos condena mientras que otros, los más optimistas, sienten que nuestra vida es la constante búsqueda de un futuro. No seré yo quien defina esa conexión, sin embargo, tras leer diferentes corrientes de pensamiento, cada día me convenzo más de que el pasado corre hacia el futuro y éste hacia el pasado, como dos trenes dispuestos a chocar. De esa colisión nace aquello que tenemos como el tiempo presente.
Marcelo Bielsa ha dedicado buena parte de su vida al fútbol. Es un juego que le emociona y le motiva. Aquellos que hayan seguido con atención su carrera encontrarán que sus reflexiones, más allá del acierto o no de las mismas, invitan a pensar en fútbol. Ese, en mi opinión, es su mayor logro.
A Bielsa le han interesado, desde tempranas etapas de su recorrido, todas las facetas del juego. Una de ellas, los saques de meta, no podía quedar fuera de su observación. Es una acción de la que poco se habla y que la gran mayoría tiene asumida como un hecho automatizado: el portero debe sacar en largo. Sin embargo, como algunas herramientas lo demuestran, desde el saque de meta se sustenta parte de la construcción del juego.
Le pido al lector que, antes de continuar, observe el siguiente video, correspondiente al primer gol del partido entre el Stoke City y el Leeds de Bielsa, por la quinta jornada de la EFL Championship:
Aunque el pase de Pablo Hernández a Stuart Dallas es de por sí una preciosidad, sugiero que veamos el bosque y no nos quedemos con el árbol: todo nace de un saque de meta del arquero, que lanza en largo, como la gran mayoría, creyendo que esa conducta le releva de otras responsabilidades futbolísticas.
Marcelo Scoponi, antiguo arquero de Newell’s Old Boys, contó una anécdota fabulosa que luego reprodujo Federico Lareo en su blog Frases Bielsistas y que, en honor al periodista argentino, reproduzco en su totalidad.
“En un partido él (Scoponi) tiraba, en todos los saques de meta, la pelota directamente a la tribuna a la altura de media cancha, provocando el abucheo general del público. Bielsa le había dado la orden, explícitamente, de tirarlos todos afuera, pues decía que del saque lateral del rival recuperaría la pelota más rápido”.
Aquella acción, que muchos podrían emparentar con la picardía, fue el resultado de esas consideraciones tan propias de Bielsa. Es indiscutible que la ejecución de un saque de banda deja con un hombre menos a quien lo realiza, lo que de una u otra manera limita su avance hacia campo contrario. Sin embargo, el mundo del fútbol, entregado a lo que Byung-Chul Han ha denominado como «el infierno de lo igual», desecha constantemente a quienes lo piensan, porque pensar es el acto más contestatario de todos y el fútbol, hoy negocio más que juego, requiere de operadores pusilánimes y conformistas antes que guerrilleros de la evolución.
Quisiera volver a aquello que narraba en el inicio de esta exposición y que se centra en nuestra relación con el tiempo. A Bielsa, como a cada uno de nosotros, le persigue su pasado y su futuro. Corren hacia él hasta enfrentarse. Combaten hasta la muerte y allí nace el presente. La honestidad intelectual del entrenador del Leeds permite que tras ese choque no se divisen grandes contradicciones sino la continuidad y la validez de sus procesos reflexivos. Y es esto lo que confirma la magnitud del estudio de nuestro pasado: si el futuro es incertidumbre pura y dura, el ayer, ese tiempo que recuerda lo que alguna vez fuimos, ofrecerá pistas sobre si realmente somos o simplemente estuvimos.
“La verdadera identidad de las personas son los recuerdos”.
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Salomón Rondón versus la masa
José Salomón Rondón se va al fútbol chino. Se trata de un futbolista que dio sus primeros pasos profesionales en el Aragua, que llegó a Las Palmas y que luego jugó en un Málaga plagado de estrellas, teniendo como competidor a un tal Ruud van Nistelrooy. Es el mismo delantero que posteriormente se fue a Rusia, jugó en dos clubes grandes de aquel país y en una liga insoportable, para después irse a Inglaterra para enfrentar, casi siempre en soledad, a bravos y crueles defensores centrales que no se lo comieron. En definitiva, Rondón es un futbolista que peleó todo y ganó mucho más de lo que perdió.
Sin embargo, para el seguidor venezolano todo esto que narro es insuficiente. Sorprende e impresiona la facilidad con que desde un teclado cuestionan y juzgan las decisiones de un tipo que, insisto, venció adversidades que nadie imagina. No obstante, es aún más alarmante que estos señalamientos tengan en supuestos “expertos” los primeros promotores de tan dañino ejercicio.
Este carnaval es similar a aquel que se celebra tras cada actuación de la selección venezolana de fútbol. Soy el primero que deseo una Vinotinto protagonista, con una mejor relación con la pelota y un funcionamiento colectivo más cercano a las capacidades de sus futbolistas. Le recuerdo al lector que trabajé en un cuerpo técnico que intentó todo aquello y falló, mejor dicho, fallamos en esa búsqueda.Pero mis deseos no pueden tapar el bosque ni nublar la visión de la realidad; se ha confundido el análisis con la expresión de anhelos propios y, peor aún, se habla desde el desconocimiento, teniendo a las vísceras como única razón de tantas condenas.
El periodista Juan Pablo Varsky recuerda constantemente un encuentro con Marcelo Bielsa, por aquel entonces era seleccionador argentino, tras una victoria albiceleste precisamente frente a la Vinotinto. Bielsa, con la parquedad que le caracteriza, se acercó al periodista para decirle algo así como que no vale comentar el partido que uno sueña ver sino que debe analizarse el partido que en realidad se está jugando. Una impagable enseñanza, no ya para el bueno de Juan Pablo, sino para todos nosotros.
En algún momento de la historia reciente se decía que para hablar de fútbol era necesario observar muchos partidos de fútbol. Una idiotez sin mayor sustento. Esto no ha cambiado. Lo que sí ha ido modificándose hasta hacerse insoportable es la cantidad de duelos que se retransmiten por tv, algo que es consecuencia del triunfo del negocio por encima del juego.
Hoy se habla con ligereza de ver fútbol, como si aquello fuese una virtud, y se suman los partidos observados como si de la acumulación de monedas se tratase. Pobre sociedad que, lejos de alimentar el análisis y la reflexión, satura al ser humano y llena sus días con basura perfumada para el consumo, fomentando una hiper-conectividad que es enemiga a muerte de cualquier proceso reflexivo.
José Ortega y Gasset intentó advertir sobre esta realidad. En su libro «La Rebelión de las Masas» dejó patente sus temores:
“En la vida intelectual, que por sí misma esencia requiere y supone la calificación, se advierte el progresivo triunfo de los pseudo intelectuales incualificados, incalificables y descalificados por su propia contextura”.
El filósofo español no castigaba a la masas por tener una opinión sin fundamento, al fin y al cabo, el ciudadano común opina sde esa manera desde tiempos inmemorables. Sus palabras apuntaban, y aun lo hacen, a aquellos que, en su función de generadores de opinión, se valen de los altavoces que disponen, no ya para educar al público sino para engañarle, con el único objetivo de hacerse potables y queridos por esa masa.
Anteriormente, esto que describo sólo iba de ventas y elogios, de mantener puestos de poder; hoy se han sumado los likes y una alcahuetería a niveles nunca antes vistos.Vivimos en los tiempos de estar antes que ser.
Quiero retornar al caso Rondón. ¿Cuántos de estos opinadores conocen la totalidad de situaciones que llevaron al futbolista a elegir este nuevo destino? ¿Acaso estas sugerencias no hacen más que subestimar al jugador/humano? Cabría además preguntar a todos los expertos, esos que hoy multiplican su indignación pública con el solo objetivo de ser aceptados por la masa, quién carajo les dio la potestad de cuestionar decisiones cuyas causas desconocen.Esto no es periodismo deportivo sino telebasura y comida rápida.
La superficialidad reinante se desnuda en el caso Rondón. Deja a la vista de los interesados todas sus cicatrices, sus arrugas y hasta sus entrañas. Como sus militantes no pueden ni saben rebelarse ante las incoherencias de siempre -se repiten burradas como que “Rondón juega bien de espalda”, cuando en realidad lo que hace maravillosamente es ganar la posición y perfilarse para sacar provecho de esa ubicación- han adoptado las formas del periodismo de farándula, de chismes, de mierda. La masa, hambrienta y feroz, aplaude que sus expertos, esos que ella misma ha impulsado, repitan lo que ella siente propio. El analista ya no cuestiona ni educa, hoy apenas si es una puta dispuesta a todo con tal de seguir gozando de la aceptación popular.
Desconozco el nivel de la liga de fútbol profesional china. No poseo información sobre las causas que llevaron a Rondón a decidirse por esa oferta. Tampoco sé, a ciencia cierta, cuánto influirá esta nueva situación en su rendimiento con la selección venezolana de fútbol. Lo que si estoy en capacidad de asegurar es que, a pesar de haber hecho una carrera admirable, ganándole espacio a competidores como Van Nistelrooy y duelos a feroces defensores, Rondón no ganará nunca el partido contra la masa ni contra los traficantes que la necesitan para así justificar su existencia.
P.S: A propósito de los “pseudo intelectuales incualificados, incalificables y descalificados por su propia contextura” que mencionaba Ortega y Gasset, algún día se hablará sobre ciertos estafadores. Ya habrá tiempo para ello…











