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  • Sampaoli y Argentina, una unión que se nutre del caos

    Sampaoli y Argentina, una unión que se nutre del caos

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    Cada vez se dispone de más información, pero de menos asesoramiento sobre lo que es útil. Sin poder discernir, disponer cada vez de más información no hace sino confundir”. Joseph O’Connor e Ian McDermott

    A raíz de la publicación de las listas de futbolistas que acudirán al mundial de Rusia 2018, los seleccionadores nacionales han sido objeto de cuestionamientos, la gran mayoría de ellos sustentados en estadísticas, cifras, y, cuando no, suposiciones alejadas de la realidad de los procesos.

    La selección que he tomado en cuenta para esta entrega es Argentina, la Argentina de Jorge Sampaoli. La razón por la cual seleccioné al conjunto sudamericano es porque no creo que exista, en estos momentos, un equipo con mayores cuotas de angustia, y tal cual nos ha educado el cine y el teatro, no hay nada más atractivo que todo aquello que tiene su origen en el drama o en el caos.

    Antes de continuar es pertinente recordar que un sistema es un grupo de elementos que se relacionan entre sí. Cada una de esas piezas posee características propias, y cuando se integran a la dinámica de ese sistema, agregan a su naturaleza otras características que emergen precisamente de la interacción de todos los componentes.

    Pongamos como ejemplo un auto. Cada uno de sus componentes tiene un sentido siempre que estén interconectadas. Un motor, sin combustible, sin aceite, aislado del radiador o del sistema de aceleración, no es más que un motor, y su utilidad es menor, por no decir nula. En cambio, como parte de ese sistema que conocemos como automóvil, el motor cumple una función indiscutiblemente trascendental.

    Es por ello que se afirma con contundencia que un sistema es más que la suma de sus partes. Un equipo de fútbol es, como queda claro, un sistema, que además es dinámico y abierto; es un ente susceptible a la influencia de miles de factores externos e incontrolables. Le pido al lector que recuerde esta máxima, con la intención de comprender que la incertidumbre es parte de los procesos.

    Sin embargo, y a pesar de que el pensamiento sistémico y las teorías de la complejidad hace tiempo que intentan derribar las resistencias del pensamiento convencional, ese de la relación causa y efecto, la enorme mayoría de analistas insiste en pensar al fútbol a partir de las estadísticas y los números, despreciando factores tan básicos y a la vez tan importantes como las relaciones, las interrelaciones, las interdependencias y las interacciones.

    El éxito o el fracaso no pueden ser anticipados. Un torneo como el mundial de fútbol ofrece espacio y tiempo para que cada integrante de un sistema absorba todo lo que el sistema tiene para darle, y, cómo no, agregue lo que es a esa comunión de características que es un sistema.

    Sampaoli y sus circunstancias

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    La nominación de los veintitrés futbolistas argentinos convocados para el mundial ruso zanjó gran parte de la discusión. Es por ello que lo que debe concentrar la atención es qué intentará hacer Argentina con esos elementos que compondrán el sistema.

    Hace poco más de un año, cuando estaba al mando del Sevilla, Sampaoli expuso que prefería jugar con un solo volante central, ya que ello ayudaría a tener una mayor presencia cerca del área rival:

    No es un detalle menor que en aquella etapa, el hoy seleccionador albiceleste contaba con la asesoría de Juan Manuel Lillo. El entrenador español muchas veces ha dicho aquello de “dime con qué mediocentro juegas y te diré qué equipo eres”, una máxima que parece determinar a qué intentará jugar la selección argentina.

    Por ello es que, contrario a la afirmación totalitaria de que los equipos se arman desde atrás hacia delante, lo primero que vale la pena revisar es cuáles futbolistas capaces de jugar en esa zona del campo ha convocado Argentina.

    La primera opción, salvo que su estado físico lo impida, es para Lucas Biglia. El del AC Milan no es precisamente un jugador que se destaque en la distribución del balón. Aunque cuente con la compañía de Ever Banega o de Giovani Lo Celso, Biglia, en la gran mayoría de los casos, intentará ordenar al equipo geográficamente dependiendo de donde se mueva el rival. Esto, que parece una obviedad, no lo sería si el equipo argentino contara con un futbolista más dado a la construcción del juego a través del balón. Fernando Gago se adapta a ese perfil, pero su convocatoria no era posible, dada la larga inactividad que vivió en el último tiempo.

    Esto tiene una consecuencia añadida, y es que los defensores centrales, ante el pressing rival, encontrarán muy pocas opciones para salir jugando en corto, algo que puede facilitar la actuación de los contrarios. No debe olvidarse que este es un juego de variantes, por lo tanto hay que recordar aquella instrucción de Dante Panzeri: «Ni todas cortas, ni todas largas. Todas cortas es fulbito. Todas largas es rugby«.

    Biglia no tiene incorporado en su juego esa pausa necesaria para que el equipo sea un bloque más corto, y tampoco con los socios que sientan propia esa forma de jugar. Esto, que aparenta ser una desventaja, es un valor para esta selección, y ya veremos por qué.

    Sin laterales, pesarán más las transiciones que el juego posicional

     En noviembre de 2017, Sampaoli expuso un concepto que le ocupa desde que asumió la conducción del equipo argentino:

    «Si Argentina tuviera a Dani Alves y a Marcelo seguro jugaríamos con dos laterales. Estamos buscando una alternativa que nos haga un equipo no predecible. Me preocupa mucho la forma y el estilo con que Argentina encare esta Copa del Mundo. Con un protagonismo desmedido y una búsqueda del arco rival todo el tiempo«.

    Recordar aquella declaración ayuda a comprender por dónde puede pasar la idea de juego argentina.

    Ante la ausencia de laterales de largo recorrido como los mencionados, el seleccionador intentó reconvertir a futbolistas, incluso modificando sus alineaciones para jugar hasta con tres defensores centrales. Marcos Acuña y Eduardo Salvio fueron quizá los mayores exponentes de esa adaptación que pretendía Sampaoli, ya que por su condición de volantes externos el seleccionador pretendió ubicarlos como “carrileros», pero este experimento no dejó buenas conclusiones. La convocatoria de Cristian Ansaldi, casi a última hora, es una señal de esa insatisfacción del DT, lo que probablemente le lleve a proponer un equipo más cauteloso, con menor participación de los laterales en la construcción de juego.

    Esta posibilidad parece englobarse dentro de un pensamiento coherente: el fútbol es un matrimonio entre las cualidades de los futbolistas y las ideas del entrenador. Sin laterales de largo recorrido ni volantes centrales expertos en la circulación del balón, las intenciones de acercarse al juego de posición (o de ubicación) parecen haber sido veladas y enterradas.

    Con pelota y sin pelota

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    Le propongo al lector que piense en el juego de una manera diferente a como lo ha hecho siempre. En vez de pensar en defensa y ataque, imagine el accionar de un equipo en función de cómo se comporta cuando dispone de la pelota y cómo cuando pretende recuperarla.

    Partiendo de esa premisa, y de que este trabajo no es más que un ensayo, una serie de especulaciones, puede pensarse que la Argentina de Jorge Sampaoli encontrará mayores cuotas de éxito a partir de los espacios que deje el rival que los que ella misma se genere.

    En cada partido de fútbol hay momentos para el contragolpe, para el contraataque y para el ataque posicional. Las probabilidades de éxito aumentarán cuando un equipo sepa promover y aprovechar esas situaciones que más le beneficien.

    Debo aclarar que entiendo al contragolpe y al contraataque como dos conductas diferentes. El primero lo asemejo al intercambio de golpe por golpe, algo parecido al concepto de ida y vuelta que muchos utilizan para describir la Premiere League inglesa. El contraataque, más que el golpe por golpe, me parece similar a la vieja estrategia de aguantar hasta que se pueda lanzar un ataque: cede el protagonismo al rival y cree posible aprovechar las pocas oportunidades que ofrecerá el partido para hacer daño.

    La primera impresión tras revisar la lista de Sampaoli es que, tras los ensayos previos, el casildense dejó de lado la idea de que su equipo dispute los partidos cerca del área rival, y que trasladará esa zona de acción al centro del campo. Por ello el término “disputar” podría ser clave para comprender dónde están las fortalezas de su equipo.

    Sus mayores virtudes no están en el juego asociado sino en las rápidas transiciones. Di María, Messi, Agüero y Pavón, los posibles titulares en el debut ante Islandia, son especialistas en aprovechar esos espacios que deje el contrario. Es muy distinto el control a la disputa, y esta versión argentina me parece que dependerá mucho de lo que le “gane” al contrario.

    Aún así, no se extrañe el lector cuando en la mayoría de los partidos Argentina se vea obligada a construir un juego de pases, un juego asociativo, dado que los rivales, conscientes de esto que aquí señalo, seguramente optarán por cederle la iniciativa del partido. Basta revisar el encuentro ante Venezuela, en Buenos Aires, por las eliminatorias, o repasar el pasado mundial, para tener una idea de cuánto le cuesta a esta selección construir avances en juego posicional.

    Entonces, no sería una locura pensar que, en fase de disposición del balón, Argentina prefiera una salida en velocidad, y esta, si se origina en el centro del campo, o en tres cuartos de cancha propios, le ofrecerá a sus atacantes, dadas sus cualidades, mayores probabilidades de éxito.

    Esta manera de jugar le permite a Sampaoli la posibilidad de que su equipo logre constituirse en un bloque corto, sin mayor espacio entre sus líneas. En principio no habitará la zona que inicialmente ideó para su selección (tres cuartos de cancha, en territorio rival) pero ayudará a que las carencias de Biglia, Banega, Lo Celso y Javier Mascherano (anunciado en la lista como mediocampista) sean contrarrestadas por las ayudas de los compañeros.

    Este dispositivo ayudará a limitar los espacios de acción a los contrarios y promoverá las respuestas que mejor interpretan los Di María, Pavón, Messi, Agüero y compañía. No es casual la ausencia de un experto en goles al primer toque (Mauro Icardi) ni de Batistuta 2.0 (Lautaro Martínez).

    Otro elemento a considerar es el llamado de Franco Armani.

    El portero de River Plate no parece ser un convidado de piedra sino alguien que peleará por la titularidad del arco albiceleste.

    Además de ser un portero intimidante, conocedor de su área y con una actualidad inigualable, el ex Atlético Nacional de Colombia posee un juego de pies envidiable. Esto  no se circunscribe exclusivamente a los pases en corto; Armani, si la circunstancia así lo requiere, puede promover con pases largos, al vacío, la aparición de sus atacantes en zonas olvidadas por el contrario.

    En pocas palabras, Armani entiende perfectamente lo que el juego le exige y puede hacer, sin mayor problema, lo que Jasper Cillesen en la final de Copa del Rey ante el Sevilla:

    Ausencias sistémicas

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    El deporte sólo puede estudiarse, salvo mejor opinión, con fundamento en una ciencia social y humana, donde el ser humano es un complejo organizacional abierto, en permanente simbiosis con el medio, en un ininterrumpido flujo dinámico”. Manuel Sergio

    El pensamiento tradicional invita a pensar que quienes ofrecen un determinado rendimiento en cierto contexto reproducirán ese rendimiento en otros entornos. Por ello, muchos interpretan al fútbol a partir de la acumulación de estadísticas, obviando de manera intencionada el componente humano, es decir, todo lo que emerge de las relaciones, las interacciones, las sinergias, etc.

    Aunque parezca una obviedad, el fútbol es un juego interpretado por seres humanos, en oposición directa con otros seres humanos por el control del balón. El carácter humano y su verdad antagonista hacen que su desarrollo sea incertidumbre pura y dura. Quienes mejor se adapten a las dinámicas colectivas y del juego son los que mayores aportes darán a los colectivos que integran.

    La ausencia de Mauro Icardi, líder goleador de la Serie A, igualado con Ciro Immobile con 29 tantos, puede tener muchas explicaciones, y, sin embargo, las razones para su convocatoria, o por lo menos las que muchos han hecho públicas, se reducían casi siempre a la cantidad de goles marcados con su club en el difícil fútbol italiano.

    No será en este escrito en dónde usted encuentre críticas al juego del delantero del Inter de Milán. La propuesta de estas líneas es sugerirle al lector que el fútbol es mucho más que números; recordar que los contextos y las relaciones influyen, por lo que un magnífico futbolista puede no serlo en un entorno diferente. Basta recordar las diferencias futbolísticas entre el Messi que juega en el FC Barcelona y el que “sufre” con Argentina para comprender esto.

    La labor de los seleccionadores, dado el poco tiempo que tienen para experimentar y ensayar, se sustenta en ser muy afilados a la hora de seleccionar con quienes ir a una competencia. Alguna vez, en un diálogo íntimo, César Luis Menotti defendió a un colega suyo, a quien algún soberbio quiso menospreciar tildándolo de ser “solamente” un buen alineador. Menotti, respetuoso y conocedor como pocos del oficio, le respondió a su interlocutor, preguntándole si saber elegir le parecía tan simple.

    Hay en el fútbol más caosalidad (de caos) que causalidad (de causa). ¿Cómo puede haber exactitud en el fútbol? Por eso, en é, los grandes jugadores son aquellos que reinventaron el fútbol y no los que se limitaron a responderle”. Manuel Sergio.

    El tiempo dirá si Sampaoli se equivocó en la elección de futbolistas, pero aún así, no debe olvidarse que a un entrenador, a un conductor de grupos, se le paga para tomar decisiones.

    Tras la primera de las más importantes que determinarán su paso por el equipo argentino, el seleccionador parece haber dado un giro importante en post de darle un poco de estabilidad al movedizo y angustioso proceso argentino. Sampaoli ha apostado por un núcleo duro que ya conoce este tipo de torneos, y que siente la necesidad muy propia de finalizar su ciclo con una victoria de esas que no se olvidan.

    Por ahora da la impresión de que para ello se ha promovido la vuelta a la esencia que caracterizó a la versión que condujo Alejandro Sabella en el pasado mundial: un equipo corto, de potentes descargas eléctricas y con Messi como símbolo. La dinámica de estos torneos, así como lo incierto que es este juego, invita a pensar que de tanto caos puede nacer algo importante.

    Es fútbol, y cualquier cosa puede pasar

    Fotografías cortesía de Diario Uno, Líbero, Goal.com, Futbolred, Sport24

  • Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

    Argentina: qué queda tras el terremoto madrileño

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    La goleada ante España despertó todos los temores: a falta de 80 días para el mundial, la selección albiceleste parece tener muchas más dudas que certezas. Sin embargo, hay algo que debe tenerse en cuenta antes de comenzar cualquier intento de vislumbrar lo que será el futuro, aceptando además que todo tiempo por venir es incierto y poco tendrá que ver con las aspiraciones, sentencias y afirmaciones de aquellos que dicen conocer y saberlo todo de un juego tan imprevisto como el fútbol.

    La manera, o mejor dicho, el estado de forma futbolístico cómo un equipo llegue al mundial no es vinculante a lo que será su participación en la competencia; es durante el propio torneo, dentro de su propia dinámica, que una selección encontrará las oportunidades para desarrollarse y encontrar su identidad competitiva.

    No es un proceso lineal; en la historia hay ejemplos como el de España en 2010 (llegaba como favorita, cayó en el primer partido y se ajustó a partir de esa derrota), el de Argentina en 2002 (favorita como nunca antes y fue eliminada en primera rueda), Brasil en 2002 (llegó tras clasificarse en la última jornada, con alguna deserción previa al viaje al torneo y con la presión de no haber convocado a Romario) y el mismo Brasil, pero en 1994 (llegó con Raí como titular y capitán, hasta que el torneo le exigió a Carlos Parreira, entrenador del equipo, sustituirlo por Mazinho a partir de los octavos de final).

    Como estos hay mil ejemplos más. Es por ello que a los equipos de fútbol hay que comprenderlos como sistemas vivos, abiertos, en continuo proceso de cambio. Si existe una actividad en la que se puede comprender la fuerza del “Efecto Mariposa” es justamente en el fútbol. Pequeños cambios en las condiciones iniciales, a veces hasta imperceptibles para el ojo humano, conducen a grandes modificaciones. Y quizá eso sea a lo que apuesta Jorge Sampaoli, seleccionador argentino.

    “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

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    La frase se le ha atribuido equivocadamente a Albert Einstein, pero se desconoce, a ciencia cierta, quien la pronunció. Sin embargo, esto no ha impedido que forme parte de cualquier discusión, futbolera o no, en la que se pretende acusar a alguien de no promover las modificaciones que se creen necesarias.

    Al casildense se le ha acusado de querer propiciar una revolución futbolística en poco tiempo y con los mismos intérpretes que ya eran protagonistas del equipo argentino. Ese señalamiento se apoya en la linealidad, esa característica con la que nos han educado desde nuestro nacimiento y que nos lleva a creer que existe una relación infalible, esa de causa-efecto, según la cual, los mismos causantes (el producto de las relaciones entre los protagonistas, bien sean rivales o compañeros) propiciaran siempre un mismo resultado.

    De ser así, y retorno al fútbol para que la explicación sea más sencilla de comprender, el FC Barcelona que condujo Pep Guardiola, para muchos el mejor equipo de toda la historia, no hubiese perdido un solo partido. Esta es la magia del fútbol: todo es posible.

    Pero en el fútbol, un juego en el que dos colectivos humanos se enfrentan por el control del balón, y en ello cada futbolista es influenciado y ente capaz de influenciar a sus compañeros y a sus rivales, de la misma manera que es influenciado por esos mismos actores, no hay verdades ni nada que se le parezca. No en vano para hablar del juego lo hacemos basados en lo que acaba de pasar y no en lo que sucederá.

    Perdone que insista, pero si hay alguna característica que defina a este juego es la incertidumbre que nace precisamente de todo lo que anteriormente señalé.

    A poco más de dos meses del inicio del campeonato mundial da la sensación de que lo que el entrenador argentino debe promover es la adaptabilidad de sus futbolistas a las distintas emergencias que nazcan durante cada partido del torneo. Esto es, siempre según lo practicado, identificar cuándo, cómo, por qué y para qué llevar a cabo conductas colectivas durante un partido.

    Esto no es sencillo. Sampaoli no goza de tiempo para ensayar, lo que sugiere elegir muy bien los pocos conceptos que desea para encontrar la identidad e intentar ponerlos en práctica cuando comience la concentración previa al torneo ruso. No se trata de cambiar nombres por nombres, que eso lo podemos hacer usted y yo, sino de discutir la validez de ideas y planes.

    En una charla para la edición 13 de la revista Club Perarnau, Jorge Luis Pinto me explicó cómo planificó la llegada de su Costa Rica al mundial de Brasil:

    Antes del mundial le dije al grupo una frase que puede ser histórica. Les dije: ‘He visto ocho mundiales, y al mundial van equipos desbaratados, sin preparación y sin estructura. Si nosotros construimos una breve estructura táctica y nos preparamos bien, no físicamente corriendo sino físicamente en dinámica de juego, con la pelota, entonces nosotros podremos hacer cosas buenas’… Yo hoy puedo decirle al mundo que el equipo que vaya bien preparado, con un gran comportamiento táctico y con un equilibrio en sus jugadores, puede dar la sorpresa que sea”.

    La fórmula de Pinto no es más que la suya, y por ello no vale la pena ahondar en la profundidad de sus trabajos. Sí hay en ella una clave que puede ayudar a Sampaoli de cara al torneo ruso, y es aquella que tiene que ver con la construcción de una breve estructura táctica.

    Rasgos de la conducción Sampaoli

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    A dónde quiera que ha ido, el seleccionador argentino ha promovido que su idea es la de protagonizar los partidos. Sin embargo, hay ocasiones en las que el discurso y los hechos no van de la mano, bien sea porque el rival condiciona y obliga a una reorganización momentánea o porque cada partido supone una constante renovación de ideas e intenciones.

    Cada cuerpo técnico estudia al oponente con la intención de encontrar cómo contrarrestarlo y atacarlo, y Sampaoli y su equipo de trabajo no son distintos. Prueba de ello es que su Chile, ese que salió campeón de una Copa América por primera vez en su historia, jugó la final de una manera totalmente opuesta a lo que venía haciendo. En aquella ocasión, fue más lo que se hizo por desactivar a Lionel Messi que por atacar a Argentina.

    No es casual que, cuestionado por las posibles similitudes entre ambos, Marcelo Bielsa, uno de los referentes de Sampaoli, haya dicho que el actual seleccionador argentino era mejor que él “porque es más flexible”. La verdadera intención de la frase de Bielsa da para otro artículo que quien sabe si valga la pena.

    Es probable que Sampaoli, aún cuando desee comandar esa revolución futbolística que tanto lo motiva, deba volver a ese episodio y preguntarse, casi en un modo Jorge Luis Pinto, qué estructuras tácticas quiere y puede desarrollar. Y aquí está la verdadera razón de este escrito.

    Con la llegada de Sampaoli a la conducción de la selección albiceleste mucho se habló de un cambio radical, tanto de futbolistas como de estilo. Sin embargo, esto no ha sido posible. En el tema de jugadores no deseo entrar porque es arena de chismes, pero en la del estilo vale la pena rescatar dos rasgos y un par de interrogantes.

    1.- Relación con el Balón

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    Llama poderosamente la atención que en estos tiempos se hable más de la recuperación del balón que de qué hacer cuando se dispone de él. ¿Para qué quiero recuperar la pelota si luego no sé qué hacer con ella? Esto es algo en lo que esta versión argentina ha fallado.

    Sampaoli debe definir cómo quiere que sea la relación de su selección con el balón. Este aspecto es fundamental, tanto que determinará hasta qué futbolistas serán titulares y cuales serán descartados.

    Si el entrenador, que ya avisó no tener los laterales deseados, se inclina por un centro del campo protagonizado por Javier Mascherano y Lucas Biglia, la construcción pausada de juego, con la intención de que el avance hacia campo contrario sea casi como una conducta coral, no es más que una utopía.

    Ambos futbolistas no se caracterizan por hacer de la recuperación de la pelota una conducta total. Me explico: al igual que Juan Manuel Lillo, creo que quitarle la pelota al rival necesita de que, una vez recuperado el balón, este sea entregado, en situación ventajosa, a un compañero. De lo contrario no se puede hablar de quite sino de interrupción.

    No quiere decir esto que estos futbolistas sean mejores o peores que sus competidores sino que poseen distintas virtudes. Tampoco son jugadores que juegan a lo mismo sino que hablan una misma lengua, de la misma manera que Xavi e Iniesta poseían un lenguaje en común.

    Esa dupla seguramente será mucho más productiva si el equipo juega un estilo propenso a las transiciones, algo así como su versión del pasado mundial.

    Si por el contrario, Sampaoli decide que su selección construya juego a partir de un estilo más asociativo, siendo un bloque corto que no se separe, la dupla Banega-Paredes parece ser la más adecuada para ese estilo, dado que ambos son futbolistas más acostumbrados a una relación constante y fluida con el balón.

    Llegados a este punto le pido disculpas al lector por no haber aclarado con anterioridad un ítem muy importante: en estas líneas no encontrará referencias a los términos ataque y defensa. Sin proponer que este concepto sea una verdad absoluta, quien escribe entiende al fútbol como una totalidad, un continuum inseparable, por lo que todo en el juego se reduce a jugar.

    Pasemos a otro aspecto, este innegociable en el ideario de Sampaoli: la presión tras pérdida del balón.

    2.- Pressing o presión tras pérdida

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    Se hace referencia a esta herramienta como si esta definiese un estilo. Un estilo de juego puede ser protagonista o reaccionario, el resto de definiciones no son tales, son las herramientas utilizadas para llevar a cabo ese plan. Y la presión es eso, un instrumento.

    Sin embargo, como cualquier mecanismo, y a pesar de no explicar una idea, el pressing o presión debe ser ejecutado de manera colectiva; cualquier despiste de un futbolista traerá como consecuencia inmediata la aparición de espacios que pueden ser aprovechados por el contrincante. Si por ejemplo, solamente los delanteros atacan el avance del rival, de ninguna manera se puede hablar de presión; un escenario semejante es afín a la confusión, al desorden.

    En estos tiempos se habla demasiado de esta herramienta, como si recuperar el balón fuese más importante que conducirlo. Recuperarlo es una conducta posterior a la pérdida de la titularidad del mismo, pero ya le decía que estos son tiempos confusos en los que cualquier frase nos hace parecer expertos en ciencias ocultas, y el público, atorado y apurado, compra estos pescados podridos.

    Para recuperar la titularidad del balón hay que tener en cuenta, nuevamente, la definición de Lillo, porque en ella se encierra que recuperar no es una tarea exclusivamente física sino de ubicación: si los futbolistas están bien posicionados esta recuperación será eso y no la interrupción del avance rival. Pero, y perdone que machaque, hay que primero desarrollar la relación con la pelota para luego desarrollar las conductas sin ella.

    Messi: su rol y sus sociedades

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    El Messi del FC Barcelona obliga a pensar que más que un definidor, Lionel es un promotor del juego. Desde hace unos años, el 10 ha desarrollado una dualidad futbolística maravillosa, la misma que lo acerca al legado de Johan Cruyff como nunca nadie lo hizo: es iniciador y finalizador.

    Más allá de su innumerable arsenal de virtudes, esto que describo ha sido posible porque las relaciones con sus compañeros así lo han permitido y promovido. Desde los tiempos de Xavi e Iniesta, Messi fue poniendo en práctica los valores del juego posicional, aprendidos desde su llegada a La Masía, y que hoy le permiten ser el futbolista más determinante de la actualidad. Aunque las promociones digan lo contrario, muy pocas veces el juego de su equipo fue suyo y de nadie más. Basta observar la relación que existe entre Busquets, Iniesta y él para comprender que un futbolista, por más genial que sea, necesita siempre de sus compañeros.

    La vida en sociedad es eso, la aceptación del vecino como parte fundamental, como apoyo, como un ser vivo con el que se comparten metas y objetivos. En el fútbol, esa relación no puede ser lineal, es decir, no siempre un volante derecho debe alejarse cuando Messi tenga la pelota; habrán ocasiones en las que valdrá el toco y me voy, otras en las que será el toco y me quedo, y otras en las que la participación será exclusivamente posicional o testimonial. Lo que sí debe quedar claro es que aquella postal de la Copa América de Chile, en la que Messi no tiene un socio cercano, es lo que debe evitar el seleccionador.

    El discurso de los distintos entrenadores de la selección argentina ha puesto la lupa en dónde debe recibir la pelota Messi, cuando en realidad, lo más importante es quienes y cómo deben acompañarlo. El gol de Maradona a los ingleses no hubiese sido posible sin el acompañamiento de sus compañeros, algunos cercanos y otros lejanos, que impidieron un escenario como el de la fotografía que anteriormente menciono. Distintas alturas y distintas distancias, eso debe preocuparle al seleccionador.

    Además, al futbolista, sea Messi o Ignacio Benedetti, no hay que limitarle a una zona, a una posición, sino que hay que permitirle desarrollar diferentes roles, para que así, siempre según las emergencias que nacen del juego mismo, sea un factor continuador y mejorador del colectivo. La posición pone frenos, mientras que los roles son camaleónicos, necesitan la adaptabilidad propia del intérprete.

    Cuando Messi es el factor diferencial en su club lo hace sin la atadura de la posición. Muchas veces la dinámica del partido le invita a asociarse con Busquets en el inicio del avance; con Iniesta en la continuidad o la regeneración del mismo, y así con el resto de sus compañeros. Pero no se trata de una cualidad excluyente; el futbolista, cuando es invitado a jugar y protagonizar roles tendrá esa libertad, de lo contrario, cuando se le asigna la defensa de una posición, tendrá fronteras y alcabalas que respetar. No es anarquía sino un caos ordenado.

    Eso, sorpresivamente, ha costado entenderse en Argentina. Digo que llama la atención porque existen pocos países en el mundo con la cultura futbolística de los argentinos. En la órbita de su selección, Messi ha sido siempre encasillado, y por ende, limitado a la estéril discusión de si hay que dejarle ser el finalizador, que si la pelota debe llegarle a tres cuartos de cancha, o si debe ser el conductor. No se habla del juego sino de fronteras.

    El portero

    2651775w1033 Puede que para Sampaoli esta sea la cuestión que mayores dudas le genera. Porque en un buen día, no hay mayores diferencias entre lo que hacen Sergio Romero y Wilfredo Caballero bajo los tres palos. Lo que los diferencia es un recurso que sigue siendo subvalorado por aquellos que etiquetan y premian sin mayor soporte que el valor comercial: el juego en su totalidad.

    Si bien es cierto que en 1992 la International Board prohibía que el portero tocara deliberadamente con las manos un balón que un compañero le hubiera lanzado hacia atrás con los pies, los porteros de los grandes equipos de la historia supieron, por necesidad y adaptación, sacar provecho de su juego con los pies para promover o darle continuidad a la construcción del juego de sus equipos.

    Gyula Grosics, portero del “Equipo Dorado” húngaro, y hasta ochenta y seis veces internacional con su selección, explicó hace tiempo atrás que, debido al juego de aquel equipo, muchas veces debió actuar como líbero para adelantarse a los atacantes rivales. Algunas veces ganó y otras perdió, pero ello no le impidió desarrollar el juego de pies que todavía es visto casi como una herramienta accesoria.

    Sampaoli cree y siente que su portero debe darle continuidad al juego de su equipo, ayudando a crear superioridades detrás de la línea de presión del rival. Eso no se hace con el típico pelotazo que caracteriza el juego de los porteros. Es por ello que no parece descabellado, a pesar de la goleada sufrida ante España, que el seleccionador argentino esté meditando seriamente que su golero en el debut mundialista sea Caballero. No tiene la claridad de Ederson, Manuel Neuer o Marc André Ter Stegen, pero sin duda le ofrece a su equipo una prestación superior que la de su competidor.

    Una vez llegados a este final vale la pena aclarar que lo expuesto acá es una visión, no la verdad. Probablemente el seleccionador tenga muchos más elementos para considerar y para decidir, sin embargo vale la pena volver al inicio de este trabajo para recordar que este es un juego incierto y que la linealidad existe únicamente en las húmedas fantasías de quienes desean aparecer como expertos en la nada.

    La goleada ante España es un aviso, pero nada más.

    Fotografías: Antonio Díaz Madrid y Fernando Massobrio (Diario La Nación)

  • Señales de Sampaoli

    Señales de Sampaoli

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    El amistoso entre Argentina y Rusia tenía como objetivo primordial para el cuerpo técnico de Jorge Sampaoli ir consolidando algunos detalles y promover otros que ayuden a que el suyo sea, con el paso de los pocos minutos que restan antes del mundial de Rusia, un equipo reconocible.

    Por ejemplo, va quedando claro que la idea de jugar con tres defensores no es un capricho del DT. Sin laterales de largo recorrido, Sampaoli ha elegido ocupar la primera línea con futbolistas que actúan en la demarcación de defensores centrales. Esos tres defensores posibilitan que el equipo juegue con dos volates externos, quienes aportan soluciones muy distintas a los marcadores laterales argentinos de los últimos tiempos.

    Se afianzan los carrileros, aunque cambien los nombres. Ante la ausencia de Acuña, Argentina jugó con Lo Celso y Di María por izquierda, mientras que Salvio y Pérez harían lo propio por la derecha.. La idea era que el equipo fuese ancho y profundo.

    Sampaoli conoce perfectamente este concepto. En su etapa final en Chile, y durante su estadía en Sevilla, tuvo a su lado a Juan Manuel Lillo, quien es, entre muchas cosas, la persona que construyó el marco teórico del juego de ubicación, término que él mismo da a conocer en el libro “Pep Guardiola: La Metamorfósis”, de Martí Perarnau. En el siguiente video se puede escuchar a Lillo hablando de la importancia de ser ancho y profundo, una intención típica de los equipos del tolosarra:

    El retorno de Acuña en próximos partidos le permitirá a Sampaoli contar con un futbolista que se adapta muy bien a los movimientos de Di María, ya que el futbolista del PSG elige, en ocasiones, conducir en diagonal, desde la banda hacia el centro, lo que obliga a Acuña a proyectarse por ese costado y ocupar la raya, con la intención de seguir siendo ancho y profundo, esto para que el rival no concentre tantos futbolistas en el centro, además de convertirse en una opción de pase.

    Es interesante también observar los movimientos de Sergio Agüero. El delantero el Manchester City es un futbolista técnicamente rico, y por ello le es natural asociarse tanto con Messi como con los demás protagonistas del avance argentino. “Kun” es más que goles, y como bien acotaba Jordi Pascual en Twitter, la presencia de Agüero ayuda a que Sampaoli active o ensaye una “variante del 1-3-3-3-1 que empleaba Van Gaal. Aquí es 1-3-3-1-3. con 3 puntas y Leo por detrás”.

     

    No es casual que Sampaoli deje por fuera a Gonzalo Higuaín. Lejos de ser un capricho, el seleccionador está apostando a una idea, y para que esta se ejecute, necesita un mejor entendimiento entre los protagonistas, es decir, que estos hablen una lengua en común que los acerque. Con Higuaín siempre existe la posibilidad/capricho de buscarlo como referencia entre los dos defensores centrales, de tirarle un centro a la olla para que intente resolver, mientras que Agüero, siempre que este lo asuma, por su fútbol puede incluso actuar de mediapunta e incluso hasta de falso nueve. ¿Para qué? Para generar superioridades, distraer, disminuir las distancias de relación, y por supuesto, producir caos.

    Ante Rusia esto fue lo que Sampaoli propuso en el inicio del partido:

    lineup copia

    Además de los (posibles) recorridos, en la siguiente imagen se identifica que alrededor de Messi hay futbolistas capacitados para acercarse o alejarse de él según lo exija el juego.

    lineup

    Con esta propuesta, el seleccionador ha hecho algo que otros no se atrevieron: probar variantes con el objetivo de que no se repitan escenarios en los que Messi tenga que sortear a cuatro, cinco y hasta seis contrarios, mientras sus compañeros observan como quien mira la llegada del mesías.

    ¿La duda existencial de este sistema? El volante central. Por características, Banega debería ser titular, pero son tales sus altibajos que es muy difícil pensarlo como la solución indiscutible a este problema. Por otro lado, ni Biglia ni Kranevitter parecen adaptarse con rapidez a este estilo, situación que seguramente alarma al seleccionador argentino, ya que, como su carrera de entrenador nos recuerda, el volante central es una pieza clave en su planificación.

    En el Chile de Sampaoli jugaba Marcelo Díaz, y en él se sustentaba la idea. Argentina tiene a Messi –que es mucho decir- y a buenos jugadores por los costados que comrpometidos pueden hacer de esta selección un equipo temible. Pero hoy le falta un mediocampista que haga de guardián/ejecutor de la idea, y eso, aunque suene a poco, es casi como quedarse sin agua en el medio del desierto.

    Fotografías tomadas del diario La Nación. Cortesía AFP y Reuters