Etiqueta: Jose Peseiro

  • Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Los equipos de fútbol son grupos integrados por seres humanos que ejercen de futbolistas. Esto supone que las emociones jueguen un papel determinante en cada duelo. Sin embargo, el fútbol es más que pundonor, orgullo y cojones.

    Estos valores, aunque desde las cabinas y los estudios de grabación nos quieran hacer creer lo contrario, no son mesurables ni están sujetos al país de origen. El amor propio, el pundonor o el sentido de pertenencia son de cada quien y cada uno los expresa y vive a su manera. Es una soberana estupidez pretender transferir nuestra manera de sentir hacia los otros; la individualidad de cada ser, aquello que nos distingue de nuestros pares y nos hace únicos e irrepetibles, es total, no selectiva.

    La cultura bélica y su lenguaje, transferidos al fútbol por aquello de que éste es “la guerra por otros medios”, instaló estos conceptos propios del combate para argumentar un triunfo o justificar la derrota. Se comunica que hay episodios más dignos que otros, una descripción que discrimina y sugiere que otras presentaciones u otros equipos no lo fueron, es decir, que carecieron de nobleza o decencia. Esta es una demostración más de cómo el lenguaje condiciona todo, incluso nuestra manera de relacionarnos con un hecho deportivo.

    El público no es el causante de esta perversión. Basta ya de hacerles responsables del Frankenstein mediático que nosotros hemos creado. Somos los únicos culpables de que no se hable de fútbol y por el contrario, se rescaten estos valores que no describen en su totalidad el desarrollo de un partido o el andar de un equipo en determinada competencia.

    Este hablar para ganar adeptos, tan de moda en los tiempos que corren, tiene consecuencias aún más graves que el simple hecho de alimentar el fervor y la euforia: reduce el juego de fútbol al plano emocional, lo que destruye el proceso de comprensión de la actividad y lo transforma en un hecho banal.

    Pongamos el ejemplo de la selección venezolana de fútbol. La participación en la Copa América de Brasil del combinado vinotinto fue analizada con pinzas, siempre partiendo de la base de que los futbolistas estaban demostrando un enorme compromiso con su selección. Esto que se dijo en la mayoría de foros no era una exageración –nadie debe olvidar cómo llegaron los futbolistas venezolanos al torneo continental- pero su exagerada promoción, interesada por parte de algunos notorios y oscuros personajes, evitó que se revisaran aspectos de mayor preponderancia futbolística, tales como la evolución del rol de los laterales-carrileros en los cuatro partidos o las deficiencias del plan para ocupar espacios y recuperar el balón, sólo por mencionar apenas un par de ellos.

    Esto que aquí se narra no es un comportamiento exclusivo del fútbol venezolano. Basta con repasar espacios radiales y televisivos, así como extensos escritos referidos a la actuación de Argentina, Colombia, España o Italia en sus respectivas competiciones para darse cuenta de que el análisis ya no supone un acto de admiración, sino que se circunscribe a la búsqueda de la aceptación popular.

    Trasladémonos a la actuación de la selección española de fútbol durante la Eurocopa de Naciones y pongamos la lupa en los dos primeros partidos del equipo comandado por Luis Enrique, saldados con dos empates.

    La identidad de ese equipo se sostuvo en principios futbolísticos idénticos a aquellos que le llevaron hasta las semifinales del torneo. Sin embargo, la falta de eficacia para anotar goles en esos duelos iniciales desató una tormenta según la cual, los malos resultados eran consecuencia de la improvisación, la ausencia de ciertos futbolistas y hasta la ignorancia del seleccionador. Claro que, una vez superada la primera fase, estos mismos altavoces se felicitaron porque ahora la selección sí enganchaba a la gente.

    Cuando se intenta analizar un equipo de fútbol dentro de un ecosistema de competición, es necesario partir de determinados principios: la relación con la pelota, cómo se reorganiza para defender y recuperar esa pelota, la generación y ocupación de espacios, la reorganización ante las determinadas emergencias que nacen del duelo y la capacidad de adaptación, porque, no se olvide, el fútbol es un juego de oposición-cooperación, en el que todo lo “planificado” se enfrentará a la realidad natural de este deporte: el equipo rival, el entorno y, cómo si fuera poco, una pelota que no para de moverse.

    La conclusión es que el análisis del fútbol representa una tarea mucho más rica y compleja que la simple mención a rasgos bélicos, al patriotismo o a ciertas emociones que todos, léase bien, todos tenemos en nuestro ser.

    ¿Cómo hemos llegado a este punto en el que quienes se presentan como analistas no hacen más que alimentar las manifestaciones más viscerales y que menor relación tienen con su oficio de conocedores?

    En buena medida esto se ha magnificado gracias a la dinámica dominante en las redes sociales. Es tal la velocidad con la que se consumen contenidos que en ellas, si lo que se pretende es sumar adeptos y seguidores, hay que aprender ser parte del sistema, es decir, unirse a la comercialización de la banalidad y la explotación de los sentimientos más primarios del ser humano.

    Debo insistir en que el público no es el responsable. El hincha ve un partido de fútbol con la motivación de ver ganar a su equipo; el analista, por otra parte, tiene la obligación de observar, pensar y explicar lo que sucede sin temor a la crítica, por más feroz que esta sea. El análisis no obliga, como se dice, a separarse de las emociones y ser “objetivo”: el ser humano es ante todo sujeto, las emociones son parte de su estructura.

    La revisión sí exige poner en práctica un carácter didáctico que despierte la curiosidad en aquellos que escuchan o leen; la euforia del triunfo o la frustración de la derrota es un hecho circunstancial que, una vez superadas, deben acompañarse por manifestaciones que ayuden a la comprensión del fenómeno o del hecho en sí.

    Cuando alguien cae enfermo seguramente recibirá de su círculo más cercano una serie de mensajes de apoyo y motivación que alimentarán su esperanza de superar ese trance. No obstante, cuando va al médico lo hace con el anhelo de conocer qué le llevó a contraer esa dolencia y qué tratamiento debe seguir para curarse. Eso que conocemos como diagnóstico no es otra cosa que la tarea y la responsabilidad de quienes analizan el fútbol.

    La gallardía, el pundonor y los cojones no son suficientes porque el fútbol, ese juego que decimos adorar, posee comportamientos que hacen real aquella aseveración de Dante Panzeri según la cual, “el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista”.

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda

  • José Peseiro, entre defensas y defender

    José Peseiro, entre defensas y defender

    La selección venezolana ha recibido nueve goles en cinco partidos de la Eliminatoria Sudamericana al Mundial de Catar. El reparto de culpas apunta casi exclusivamente a los cuatro futbolistas que integraron la zaga, cuando en realidad, defender es una conducta que supone la implicación de todo el equipo.

    La confusión nace y se sostiene en la ausencia de reflexiones que se basen en la naturaleza de este juego. Se le ha hecho creer al público que defensa y defensor son sinónimos, cuando en realidad son definiciones similares pero diferentes.

    “El juego parece girar en torno al encuentro deportivo; al choque entre el portador del balón y el defensor que le disputa la pelota. El partido parece una constante reiteración de ese choque. A ningún aficionado se le escapa este hecho y de ahí que la técnica prepare al atacante para proteger la pelota y al defensor para que pueda quitársela. Pero, por una extraña miopía, sólo habíamos advertido la necesidad que tenía el futbolista de vencer ese encuentro. Enseñábamos al jugador a conducir la pelota y a regatear a su contrario; pero no le enseñábamos a evitar ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

     

    Defender, es decir, el plan diseñado para la custodia de aquello que se quiere proteger, es una conducta colectiva en la que se involucran todos los futbolistas de un equipo. Cada uno de ellos cumple una función que va más allá del instinto cooperativista natural del ser humano cuando observa a un compañero en situaciones de riesgo.

    La defensa, que es un tema estratégico, puede ejecutarse por medio de un sinfín de herramientas y en cualquier zona del terreno. No era más defensivo el Inter de José Mourinho que el Barça de Pep Guardiola -así lo demuestran las estadísticas-, sencillamente cada uno interpretó ese plan de protección a partir de los futbolistas con los que contaban.

    Defender supone la aceptación de la cultura colectiva de este deporte de equipo, por ende, abarca mucho más que la simple oposición al futbolista que conduce la pelota. Confrontar a quien dispone del balón es, en buena medida, una consecuencia de ese acto reflejo, que es natural en todo aquel que juega al fútbol y se encuentra cercano a esa circunstancia de partido. Esa confrontación a modo de duelo individual convierte al futbolista en defensor y al que lleva la pelota en atacante.

    Así se entiende por qué todos los futbolistas son defensores y atacantes, sin distinción de su rol originario.

    Lo expuesto en estas líneas es de fácil comprensión. No obstante, quienes ocupan un puesto en los medios de comunicación prefieren obviar esta teoría para sostener que las conductas defensivas de un equipo quedan reducidas prácticamente a duelos individuales. Es por ello que algunos hasta se atreven a hablar de un “pressing individual”, irrespetado de esta manera el concepto grupal de esa conducta.

    La actualidad de la selección venezolana de fútbol es al menos digna de analizar. Su entrenador, el portugués José Peseiro, ha expuesto en innumerable cantidad de apariciones mediáticas, que la falta de entrenamientos y partidos preparatorios le impide construir un equipo con mayor vocación ofensiva y, por ello, ha preferido construir su equipo pensando primero en la organización defensiva del mismo. No obstante, el rendimiento de su selección confirma que, hasta el momento, no ha logrado ese primer objetivo.

    «La actividad deportiva se centra en el manejo y la disputa del balón. La actividad estratégica se realiza sin balón y va dirigida a colocarse en el puesto. El puesto de los atacantes es el sitio que les permite evitar el encuentro con los defensas. El de los defensas es el que les asegura ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

    ¿Cómo se reorganiza defensivamente la selección venezolana tras perder el balón? ¿Hacia dónde pretende conducir al equipo rival para acelerar la recuperación de la pelota? ¿Cómo se reorganiza en los momentos en que el oponente mantiene su avance hacia el marco criollo? Estas son apenas tres de las muchas preguntas que todavía no encuentran respuesta en la dinámica vinotinto.

    Responsabilizar a un entrenador de los errores individuales o de ejecución de alguno de sus futbolistas es un acto de desconocimiento de la dinámica humana de este deporte. Lo que sí cae dentro de su zona de influencia es el diseño de ese plan para defender, algo que hasta el momento es al menos indescifrable, salvo que se crea que la acumulación de futbolistas en determinada zona constituye por sí misma un plan, teoría que queda sin validez cuando se comprende lo expuesto en las citas textuales que acompañan a estas líneas.

    Nuestra obligación, como comunicadores, es invitar al público a conocer la actividad estratégica que describió Olivós en su tratado. La de Peseiro es acompañar a sus futbolistas en el descubrimiento del cómo, el cuándo y el para qué. Es por ello que considero que a la selección le llega la Copa América en el momento adecuado, ese que puede marcar un antes y un después. En ella, Peseiro dispondrá de al menos tres partidos y un puñado más de entrenamientos para ensayar y desarrollar ese plan defensivo que, según sus palabras, servirá para dar nuevos pasos hacia el desarrollo de la identidad de su selección.

     

     

  • Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    No encuentro otra actividad en la que los roles de los protagonistas se alteren tan violentamente como en el fútbol. Se pasa del Olimpo al infierno en cuestión de minutos, o si se quiere, entre un partido y otro. Vivimos en la tiranía de la hipérbole, lo que supone que todo es maravilloso o repugnante. No hay términos medios ni tampoco tiempo para la contemplación, tan necesaria para examinar los procesos.

    Ocho meses y dos partidos fueron suficientes para que José Peseiro dejara de ser el seleccionador ideal y convertirse en un perfecto incapaz. Su condición de entrenador europeo excitó a muchos, de la misma manera que su breve paso por el Real Madrid en la función de asistente técnico de Carlos Queiroz. Hay algo en la autoestima del venezolano que le invita a creer que ciertas particularidades son determinantes cuando en realidad no son más que actos del azar. Se dogmatiza, ingenuamente, que el lugar de nacimiento concede algunas virtudes. Esto, por supuesto, es la banalidad en su máxima expresión.

    La designación del técnico portugués fue celebrada, de entrada, por su origen. Luego se fue ganando el apoyo de parte de la masa gracias a su disposición a conversar con los medios. En esas apariciones habló de lo terrenal y de lo divino. Cómo se dice en criollo, cayó bien. No se le cuestionó acerca de temas relevantes, como por ejemplo el empeño en hablar de esquemas tácticos por encima de futbolistas o su fijación por la presión alta, la bendita presión alta que los medios han encumbrado hasta el nivel de herramienta sine qua non.

    El fútbol, así lo creo, no es un proceso lineal en el que se triunfa en base a esas disposiciones geográficas iniciales, así como tampoco a través del uso testarudo de herramientas; este es un juego en el que lo más importante es qué se hace cuando se dispone de la pelota y cómo se actúa cuando no se posee. Esta es una actividad en la que esas numeraciones nos distraen de lo que realmente merece atención: cómo se reorganiza un equipo en medio del caos que es un partido de fútbol.

    Bajo esa forma de observar el fútbol es claro que tanto Peseiro como sus futbolistas tuvieron dos malas presentaciones. Salvo por los minutos finales ante Paraguay, Venezuela fue un colectivo que jamás encontró respuestas colectivas; prevaleció el detalle individual por sobre la cultura de equipo. Esto, aunque sea antagónico con la frustración popular, era presumible.

    La dura realidad

    Las selecciones no son un equipo. No pueden serlo. Reunirse una semana cada cierto tiempo ralentiza la construcción colectiva de una identidad. Además, los futbolistas que la componen varían y llegan con el condicionante de ser parte de otra cultura futbolística, y de otro contexto, y al sumarse a la dinámica de los equipos nacionales, se ven obligados a reaprender viejas conductas y sumar otras que se ajusten al episodio competitivo que están por protagonizar. Esto es lo que encierra el manoseado y despreciado concepto de proceso.

    Inmersos en una pandemia, sin partidos amistosos y con menos de diez entrenamientos, era muy difícil, por no decir imposible, que la selección venezolana, bajo la batuta de un nuevo y desconocido entrenador, lograse ser algo opuesto a un colectivo confundido. Los goles que no subieron al marcador frente a Paraguay no deberían modificar esa frustrante realidad. Los resultados no se discuten; lo que es materia de debate es el funcionamiento colectivo.

    Aún bajo ese desalentador panorama que se narra en las líneas anteriores, a José Peseiro se le publicitó como una especie de redentor futbolístico, casi como el mesías capaz de desterrar todas nuestras frustraciones. Inclusive se magnificaron hechos naturales de la convivencia de un grupo. Aquello no entra dentro de sus responsabilidades; es en la factura de los alcahuetes de siempre donde deben contabilizarse estos despropósitos. Sus decisiones durante los partidos ante colombianos y paraguayos le devolvieron su condición de simple ser humano. Pasó del Olimpo al infierno en cuestión de minutos.

    Las dos primeras presentaciones de la selección venezolana fueron un enorme balde de agua fría sobre aquellos que alimentan la euforia con la que los hinchas esperaban las intervenciones del portugués. Los mismos que hoy venden la opción de despedir al seleccionador. Como buenos discípulos del Realismo Mágico, se proponen soluciones que únicamente encuentran inspiración en esa necesidad ancestral de hacer parecer lo irreal como natural. Esto es fútbol y en él se ha hecho costumbre discutir cualidades que no son tales o limitar el análisis a lo que se quiere ver y no a lo que realmente sucede.

    El futuro

    Peseiro tomó decisiones equivocadas. Desde el plan de cada duelo hasta los cambios que realizó durante los mismos. Las derrotas son indiscutibles y su responsabilidad en ellas es evidente. Sin embargo, promover su separación del cargo como solución a esto que aquí se describe es, al menos, un atentado en contra de los procesos que muchos dicen defender. ¿Realmente alguien se va a comer el caramelo de que un nuevo entrenador dispondrá de los entrenamientos y partidos amistosos que el calendario y la pandemia le han negado al portugués?

    Peseiro todavía tiene tiempo de maniobra, de hacer que esta sea su selección. Debe identificar cómo lograrlo y tomar decisiones, por más incómodas que estas sean. Su condición de agente externo a los vicios del fútbol venezolano le da la libertad suficiente de actuar sin estar atado a intereses ajenos a su oficio ni a nuestra insoportable condición de aspirantes a la intervención divina. De no hacerlo, será él, no los altaneros mediáticos, quien le ponga fecha de vencimiento a su estadía en el cargo.

  • Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Madrugar. De José Peseiro y el poder

    Luego de perder un partido y no encontrarle una explicación racional a muchas cosas, un grupo de amigos nos vimos las caras y nos conjuramos en mandar todo al carajo. No obstante, el menos reflexivo de aquel grupo pronunció unas palabras que hasta el día de hoy me acompañan: nunca hay que tomar decisiones trascendentales en la madrugada.

    Aquella frase hizo que interrumpiésemos el plan inicial. Valió la pena porque lo que vivimos posteriormente fue inolvidable. Sin embargo, mientras creíamos que podíamos continuar con lo soñado, perdimos de vista que a nosotros ya nos habían madrugado.

    La madrugada es aquel período que sucede a la noche y antecede a la mañana. Sirve de refugio para ladrones y mal vivientes, como también para las más intensas pasiones. Por eso, salvo que uno sea un malhechor o esté sumergido en determinados placeres de esta vida, mejor dejar la madrugada para el descanso y la paz.

    Madrugar es anticiparse; a alguien lo madrugan cuando se le gana el tiempo. Quienes pretendan madrugar a sus oponentes necesitan cumplir con varios requisitos. Algunos de ellos variarán según la circunstancia mientras que otros son imprescindibles. Podría decirse que estos últimos forman parte del manual de la anticipación y entre ellos está el conocimiento del campo de batalla: sólo quien domina los espacios podrá triunfar. Y los espacios contienen personas, seres humanos, por ende, esto se trata de geografía y de antropología.

    La más que probable asunción de José Peseiro como seleccionador nacional descubre un panorama que algunos han ignorado: nadie se sostiene en el ejercicio del poder por mera casualidad. Lamento informarle al lector desprevenido que, aunque exista el azar y este influya a niveles insospechados en todas las áreas de nuestra existencia, también es imprescindible conducir a la fortuna para que esta nos favorezca.

    Hay en la Federación Venezolana de Fútbol algo mucho más sustancial que una guerra de poderes, que puede que exista y sea a cuchillo, pero esta no explica casi nada. En la FVF conviven personas que conocen el terreno a la perfección; funcionarios que son expertos en contemplar e identificar conductas, lo que les ayuda no a sobrevivir sino a mantener el poder. No es necesario apuntar nombres: si usted ha llegado hasta acá es porque conoce un poco de la realidad del fútbol venezolano. Son gente del fútbol venezolano, que no se desviven por el balompié extranjero sino que han construido lo que hoy es el fútbol venezolano. Esto que para muchos es un desastre es para otros su obra de vida.

    Recuerdo que tras visitar la residencia presidencial argentina y cantar para Carlos Menem, a Charly García, autor de un sinfín de melodías que ya son universales, le cuestionaron sobre las razones que motivaron su visita al mandatario, a lo cual respondió, con su acostumbrada genialidad, que le interesaba conocer al poder desde dentro.

    Quienes de alguna u otra forma han interactuado con quienes dominan realmente al fútbol venezolano pueden dar fe de lo que aquí se escribe. No podrán decir lo mismo quienes se inmovilizan ante el brillo que emana de la autoridad. Tampoco los necios que producto de un ataque de soberbia se creen capaces de manipular a la experiencia y al conocimiento. Estos papanatas, animados por el terrible afán de hacerse notar, cumplen a la perfección con el rol que el poder les ha asignado: ser altavoces de la confusión que el poder instaló hace más de cuarenta años y que solamente le beneficia a él.

    Ni que hablar de los recién llegados mercaderes que aspiran a aprovecharse de la sonrisa cómplice y circunstancial de quién tiene todo y lo maneja todo. Sepan de una buena vez que el poder es poder porque otros no tienen cómo llegar a serlo. Solamente los idiotas niegan una realidad tan potente. Además, el poder sabe cómo garantizarse su subsistencia mientras que los aspirantes y sus alcahuetes apenas si pueden ponerse de acuerdo en su reconocimiento existencial.

    Kaiser Soze, el mítico personaje interpretado por Kevin Spacey en el inolvidable film, dijo aquello que “el mayor truco del diablo fue hacerle creer a la humanidad que él no existía”.

    Todo sigue igual en el fútbol venezolano. Y no hay hasta ahora señal alguna para creer que el poder se debilita. Porque para atacar al poder hay que saber algo más que de números. Es necesario saber de personas, conocer sus vidas y sus debilidades, y en eso nadie le gana al poder.