Etiqueta: Juego

  • Telegrama 1: El hombre masa

    Telegrama 1: El hombre masa

    No debe olvidarse que fue la prensa y algún otro tonto quienes instauraron la costumbre de llamar filósofo a entrenadores que piensan el juego. Pensar como un atentado en contra de la comodidad.

    Consumado el hecho, la masa aplaude y repite aquello que sus líderes vomitan.

    El hombre masa, descrito a la perfección por José Ingenieros en “El hombre mediocre”, no desea pensar; la reflexión atenta contra su condición de rebaño; integrante de la manada, éste necesita que lo conduzcan. No importa si es hacia el precipicio o hasta su propia extinción. Sigue al líder y se enorgullece de acompañar a sus colegas suicidas.

    Pertenecer le hace feliz. Ser del montón le llena, le hace pleno; ha logrado su objetivo de fundirse dentro en una multitud que apenas aspira a eso. Su mayor aspiración es estar antes que ser y la consigue.

    Ese es el gran mérito de los pastores de la medianía y de lo obsceno: identificar las necesidades de las hordas y conducirles, cual Flautista de Hamelin, fuera de la civilización hasta llegar a los estados más primarios y reaccionarios de la existencia humana.

    La masa niega su propia individualidad y con ello reduce el valor de su existencia. Es la masa que vive el fútbol, la que va sin mascarilla en tiempos de Covid-19, esa que en las redes sociales hace pública su imbecilidad. La misma que se rebela ante el acto de pensar porque aquello le hace dudar y ella, compuesta por borregos orgullosos, solamente desea ser llevada hasta el final de sus días.

    Hombre-masa. Hombre-espectáculo. Todo es muy moderno

  • Dembélé, Kirsten o la búsqueda de un imposible

    Dembélé, Kirsten o la búsqueda de un imposible

    “Somos los indeseables, / liderados por los incalificados, / haciendo lo innecesario, / para los ingratos”.

    La juventud es una etapa tan maravillosa como ingenua. En ella, los sueños se mezclan con la realidad hasta confundirnos; no son pocas las mañanas en las que ambas crean una amalgama tan perfecta que nadie -perdone mi dosis de realismo- puede descifrar qué es probable y qué es imposible.

    Mi imposible era Kirsten Dunst. La actriz de “Elizabethtown” entre otros títulos tenía todo aquello que yo anhelaba en una compañera sentimental. Claro, eran sus roles y no su verdadero ser lo que me enamoraba. Nunca la conocí y mi amor se limitaba a sus papeles, que eran actuación y circunstancia, lo que no es poca cosa: los seres humanos caemos presos de esos momentos, de esos accidentes y creemos que desde ellos podemos construir realidades y hasta una vida. Aún así, a Kirsten la creí posible.

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    Aquello era tan optimista y posible como son los sueños de la gent blaugrana con Ousmane Dembélé. Al francés se le valora más por lo que puede ser que por lo que ha demostrado querer ser. Sus cualidades habitan los campos de la posibilidad y no en aquellos de lo factible, de lo real. Su vida con la camiseta blaugrana es todavía un claro ejemplo de lo que supone una utopía, tal cual mi relación con la rubia Kirsten.

    En los procesos de aprendizaje es irremediable contar con la voluntad de quienes los protagonizan. Tanto maestro como alumno deben entregarse a ese camino del que se parte desde un punto conocido, conocido como la ignorancia, sabiendo que la meta es incierta. Por lo menos así es en el fútbol, actividad social y cooperativista como ninguna.

    Dembélé aún no recorre esa vía. No tengo claro si es una consecuencia de su personalidad o que tampoco tiene los guías adecuados. Bien podría tratarse de todo esto y mucho más. Su caso es otro ejemplo de lo necesario que es ver las cosas por lo que realmente son y no por lo que queremos que sean. Digo, para evitar estrellarnos-

    ¿Cuál es la relación de Ousmane con la pelota, los espacios y sus compañeros? ¿Qué tan efectiva es su intra-comunicación o su inter-comunicación? ¿Qué le pide quien lo dirige? ¿Es el mismo chico que llegó hace dos años?

    Sepa disculpar el lector que no me emocionen las migajas que regala, espaciadamente, el extremo francés. Me seduce más intentar comprender qué pasa en el campo antes que hundirme en el campo de sueños que algunos promueven. Tengo la impresión de que navegar en las aguas de lo posible es como hacerse el harakiri sin otro motivo que pasarla bien(¿?). Deben ser cosas de la edad: hoy prefiero estar en paz antes que tener razón. He dejado en paz a Kirsten, y tengo la misma intención para con el lector, al que ya bastante le engañan desde otras tribunas.

    “Es probable que un hombre siga profundamente apegado a sí mismo, aun cuando ya esté separado de la vida”.

     

  • Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 2

    Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 2

    636741995348989411En este segundo episodio, comparto una opinión sobre el juego de Arthur Melo y su convivencia futbolística en el FC Barcelona.

    Fotografía Agencia EFE

  • Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 1

    Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 1

    Primer episodio de Fútbol con Ignacio Benedetti, temporada 2018-2019.

    La pelota, qué hacer con ella, la disposición del balón y otras cosas más

  • ¿Defender o atacar? ¡Jugar!

    ¿Defender o atacar? ¡Jugar!

    Durante muchos años, diría décadas, se nos ha hecho creer que en el fútbol existen dos conductas: atacar y defender. El discurso casi oficial es el de que son dos manifestaciones totalmente aisladas, sin nada que las una más que los jugadores, cuando en realidad no son dos sino un solo comportamiento, uno que se conoce como jugar y que no puede ser disociado en partes.

    Claro que existen otros deportes colectivos en los que, por su naturaleza, o por las distintas interrupciones que permite el reglamento, sí que podemos divisar una separación que permite hablar de ataque y defensa como dos facetas. Pero no en el fútbol.

    Me explico: en el fútbol americano (NFL), las normas establecen que cada equipo tendrá en fase de ataque hasta cuatro oportunidades para superar una distancia de diez yardas. A su vez, el equipo que defiende podrá, una vez que el ovoide se ponga en movimiento, interrumpir ese avance, hacer retroceder al rival y hasta quitarle la posesión del ovoide, caso en el cual podrá, incluso, anotar. Pero si los cuatro intentos antes mencionados pasan sin que el atacante avance el mínimo de diez yardas, el equipo que estaba a la ofensiva pasará a la defensiva, lo que supondrá un cambio total de jugadores; no olvidemos que en ese juego hay equipos ofensivos, equipos defensivos y equipos especiales. Lo mismo sucede con el equipo que defendía y que ahora hará de atacante.

    Además, el fútbol americano posee pausas entre cada jugada, tiempos fuera y alguna que otra interrupción que hacen más lento su desarrollo. Lo mismo sucede con el baloncesto, deporte mucho más dinámico que el fútbol, pero que goza de substituciones indefinidas, tiempos muertos y hasta tiempos de televisión.

    En cambio, en el fútbol se puede decir que los veintidós futbolistas que están en el campo atacan y defienden en cada acción, por lo que de nada sirve, si realmente se pretende entender el espíritu de este deporte, hacer una separación entre ataque y defensa.

    Podría decirse que parte de la confusión -llamémosla así para no alimentar la presunción de mala intención sobre aquellos que promueven un fútbol dividido en fases- nace de otro gran error: pensar al futbolista en puestos antes que en roles.

    Si al futbolista le asignamos un puesto, por ejemplo, el de lateral derecho, cada vez que éste se atreva a salir de esa demarcación para proyectarse por su banda, o para hacer de volante interior, estaremos ante un alejamiento peligroso de su zona. Pero si al futbolista se le asignan roles, tendrá la libertad de pensar y ejecutar siempre según lo que la jugada exige. La posición somete y tiraniza; el rol es libertad a partir del conocimiento y la interpretación.

    Volvamos al tema en cuestión.

    La primera reacción cuando vemos a un equipo avanzar en el campo hacia el arco contrario es pensar que está “atacando”. Si pensamos en el concepto de atacar como la intención de conquistar territorio rival, la visión no es del todo incorrecta, pero, y aquí es donde le planteo al lector que acompañe esta reflexión, si entendemos que con cada avance, ese equipo dispone del balón y se aleja de su propia portería, nos daremos cuenta de que, atacando también está defendiendo.

    Pero hay más. Si los ataques de ese equipo se organizan de tal manera de que participen la mayoría de sus integrantes, con la intención de empujar al rival hasta su propio arco, es, salvo excepción que confirme la regla, una manera de promover la organización defensiva en caso de que pierda la titularidad del balón. Intentaré ser muy claro: si cuando nos quitan la pelota, estamos todos cerca del rival y de nosotros mismos, ese contrario, ahora con la titularidad del balón, encontrará menos oportunidades de pase, y eso, cortar las vías de comunicación es una maravillosa forma de defender. Pero ello dependerá de cómo se ataque.

    Ahora bien, si un equipo es atacado por el contrario y pretende robarle el balón, el éxito de la recuperación de la pelota dependerá de las distancias de relación entre cada uno de sus integrantes. Si se dedica simplemente a rechazar con pelotazos, el rival rápidamente recuperará el balón y la iniciativa, pero si en cambio, al recuperar la titularidad del balón, el equipo se adapta inmediatamente a la situación, podrá salir, en corto o en largo, de una manera más efectiva.

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    César Luis Menotti repite permanentemente que en el fútbol hay cuatro acciones del juego: defender, recuperar la pelota, gestar jugadas y definir, y no miente. Lo que quizá nos falta a todos es intentar explicarle al público que estas acciones no pueden darse de manera separada o individual.

    En conclusión, ni atacar ni defender ganan mundiales u otros torneos. Para salir victorioso es necesario jugar mejor que el adversario, y, como esto es fútbol y no baloncesto o fútbol americano, para lograrlo hay que rendirse a la evidencia de que jugar es una sola conducta y no la suma de facetas.

    Imágenes encontradas en internet. Créditos a quiénes corresponda

     

  • A propósito del Mundial Rusia 2018

    En mi canal de Youtube estaré subiendo algunas reflexiones sobre el juego y algunos de sus condicionantes. Le advierto al lector que no aspiro a nada más que compartir estas opiniones, y que la militancia en aparentes verdades absolutas constituye lo más alejado del espíritu de este intento.

    En esta ocasión dejo dos videos, uno sobre la construcción de un equipo antes de un torneo como el mundial, y el segundo, sobre la adaptabilidad como valor fundamental.

    1.- Video sobre la construcción:

     

    2. Video sobre la adaptabilidad:

  • Pensar en código fútbol

    Pensar en código fútbol

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    Vivimos con miedo. Aunque a través de las distintas versiones del “Contrato Social” se ha establecido una relación de protección del Estado para con sus habitantes, el ser humano sigue teniendo muchos temores, algunos de ellos relacionados con aquello que poseen. Sea mucho o poco lo que es propio, el hombre teme que le arrebaten aquello que es suyo. El fútbol, una actividad humana que describe casi a la perfección la vida en sociedad, no podía alejarse de esa manera de sentir, ya que el juego es obra de los mismos seres que perciben que sus bienes nunca están del todo a salvo, que viven en estado de alarma.

    Es importante recordar brevemente la historia de las formaciones que han dominado este juego para comprender que no exagero. Es necesario también acordarse que un elemento fundamental en la constitución del juego, tal como lo conocemos, fue la redacción de la regla del fuera de juego.

    Aquella norma, aprobada en primera instancia en 1863 (la primera, la “antigua”, determinaba que “un jugador en fuera del juego si se situaba por delante del balón, esto es entre el balón y la portería contraria”) tuvo su primer gran cambio en 1866, cuando se definió que “un jugador estaba en fuera de juego si se encontraba más cerca de la línea opuesta que el balón y el antepenúltimo adversario”. Esta versión de la regla es conocida como la regla clásica.

    A partir de esta disposición reglamentaria, los equipos debían tener en consideración un nuevo aspecto del juego: evitar posicionalmente que el rival encontrara variantes para llegar al arco. Si antiguamente el juego era el de las conducciones individuales, con la versión clásica de esta ley y la aparición del juego de pases (el Scottish Passing Game), el fútbol cambió para convertirse en un maravilloso juego estratégico.

    Debo aclarar que si bien es cierto que el aspecto defensivo siempre estuvo presente, la aparición de esta norma lo llevó a eso que se conoce como el plano estratégico; el camino al gol encontraba más obstáculos que debían ser resueltos por algo más que una conducción individual del balón. Ya no se trataba únicamente de llevar el balón hasta la portería contraria sino que también había que ocuparse de evitar que el rival llegara hasta la nuestra.

    Al principio, tras la aprobación de esta normativa, las formaciones iniciales seguían mostrando un claro espíritu ofensivo. Las primeras que se utilizaron fueron el 1-1-1-8 y posteriormente, como consecuencia de la aparición del pase, se instauró el 1-1-2-7.

    Antes de continuar permítame aclarar algo: las formaciones iniciales determinan parte de una intención, pero no la definen en su totalidad. Son, como llegó a decir Ricardo La Volpe, “la fotografía desde el helicóptero”. No explican, por ejemplo, si el lateral derecho es uno que se proyecta y se asocia bien en ataque, o si por el contrario, es de vocación defensiva y no se siente seguro al cruzar el centro del campo. Por ello hay que insistir en que las formaciones iniciales carecen de lo que mejor explica a este juego: la dinámica. Aún así hay que tenerlas en cuenta para comprender la intencionalidad del equipo.

    Continuemos entonces con la exposición.

    Tras esas primeras formaciones son muchas las que han ido apareciendo en este deporte. Con la “Pirámide” (1-2-3-5) se reforzó la zona defensiva y el centro del campo; con la WM (hija de una nueva modificación en la ley del fuera de juego, ahora conocida como la Regla Actual”, según la cual “un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario”) se intentaba aprovechar mejor la amplitud del campo.

    Tras ellas, han sido muchas las que han aparecido. Nació el “Cerrojo Suizo” en los años 30 del siglo XX; el 1-4-2-4 y el 1-4-3-3; se hizo fuerte el Catenaccio; se populariza el 1-4-4-2 y su variación en rombo 1-4-3-1-2; Holanda maravilló al mundo con su versión de “El Giro” de Willy Meisl, cuya versión neerlandesa es conocida como “Fútbol Total”; aparecieron el 1-3-5-2 y el 1-5-3-2, y así estamos todavía en estos momentos, tratando de encontrar que formación inicial es la adecuada para cada equipo.

    Lo que este breve repaso ayuda a comprender (son muchos los trabajos que profundizan sobre estas variaciones, uno de ellos es http://www.efdeportes.com/efd53/futbol.htm) es que, además de intentar aprovechar más y mejor los espacios que se producen gracias a la dinámica del juego, también se fue haciendo palpable que al juego lo conquistaron, poco a poco, nuestros miedos, ya que, con el paso de los años, se sumaban futbolistas a la defensa o a la zona de volantes.

    El reglamento determina que para ganar hay que convertir un gol más que el adversario, pero ese mismo código dice, sin decirlo, que un equipo que no recibe goles no podrá ser derrotado. Por ende, al comienzo de los partidos, cada equipo tiene “garantizado” al menos un empate.

    Herbert Chapman, ideólogo de la WM, dijo alguna vez que “Si logramos evitar que el rival nos marque tendremos un punto asegurado. Si además conseguimos anotar un gol, tendremos los dos puntos”. En los tiempos de Chapman y su Arsenal, las victorias valían dos puntos.

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    Esa igualdad, que otorga un punto a ambos contendores, alimenta la sensación de no perder y la voluntad de jugar a no perder. Un punto siempre es mejor que ninguno, por lo que muchos equipos entienden que, aunque no hayan conseguido el triunfo, no tienen nada de que lamentarse porque no se perdió nada. Comenzaron con un punto y se van del encuentro con ese mismo punto.

    Y es aquí dónde se sustenta aquello de que las formaciones son apenas un primer paso, pero jamás podrán, por sí solas, explicar las intenciones de un equipo.

    Más allá de esas alineaciones, entendidas casi como numeraciones telefónicas, al fútbol hay que pensarlo más por la ocupación posicional de los equipos que por esas recetas numéricas. Y es gracias a este enunciado que podremos divisar con mayor claridad el temor al que hacía referencia al inicio de estas líneas.

    Cada vez más cerca de casa

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    Quizá el momento colectivo más interesante en el fútbol sea, a mi entender, observar hacia dónde corre un equipo cuando pierde la pelota. Los hay aquellos que van hacia atrás, dejando la iniciativa al rival mientras ellos se reorganizan pensando en su arco, y los hay los que corren hacia delante, porque las distancias son más cortas, y porque comprenden la función defensiva como “atacar el ataque del oponente”, que es reorganizarse con el arco rival como meta.

    En esto no hay buenos ni malos sino ideas diferentes. Lo que determinará la validez de cada propuesta es su comunión con los futbolistas que la interpretarán.

    Con cada nueva modificación, la tendencia fue acercarse cada vez más al arco propio, alejándose, como consecuencia de esta corriente, de la portería rival. El sentimiento preventivo no es cosa de estos años y son muchos los textos que hacen referencia a equipos que primero se amontonaban en los límites de su propia área, sin embargo, lo que puede asociarse a las últimas décadas es el aumento de esa tendencia.

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    Las razones son muchas, pero la que más fuerza parece tener es aquella cultura del “safety first” (primero la seguridad) que denunció Willy Meisl en su libro Soccer Revolution: “Los británicos se empeñaron en eso de ‘la seguridad primero’, en prevenir que el oponente convirtiera goles. Los europeos continentales, por su parte, intentan anotar goles”. El manual de Meisl fue publicado en 1955, y desde entonces, la corriente británica que señalaba parece haber triunfado sobre el estilo continental.

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    En febrero de este año tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con los profesores Francisco Seirul·lo Vargas y Joan Vilà Bosch. A raíz de una afirmación de Meisl –según él, las palabras de Chapman citadas anteriormente “contenían el espíritu y la esencia del ‘nuevo fútbol’, el posterior a 1926, y que rápidamente creó la mentalidad de ‘seguridad primero’ tan trágicamente típica de la Gran Bretaña de las entre guerras”-, quería conocer qué pensaban ellos sobre esa mentalidad conservadora, y la respuesta fue precisamente que esto no es una conducta extraña a la vida del ser humano en sociedad.

    De hecho, el profesor Seirul·lo llegó a sugerirme que visualizara a los castillos medievales, con sus fortalezas, muros y lagos como dispositivos defensivos, cómo ejemplo para comprender que desde tiempos ancestrales, el hombre se ha concentrado en cuidar lo propio primero, y luego intentar el asalto a las fortalezas rivales.

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    No hay recetas infalibles

    Existe una corriente de pensamiento (sin mayor sustento que las propias sensaciones de sus promotores) que sugiere que defender mejor es hacerlo cerca del propio portero. Esa premisa es la que ha dominado a este deporte en los últimos tiempos, no en vano la gran mayoría de los equipos, cuando pierden la titularidad del balón, lo primero que hacen es correr hacia atrás, en vías hacia su propia portería.

    Esto que aquí señalo es definido como la prevención de riesgos, pero se olvida que en ese retroceso, en esa transición ataque-defensa, se le entrega mucho tiempo y mucho campo al rival para que este gestione la construcción de su avance. Claro que, en muchos casos, ese rival prefiere lanzar rápidamente a sus atacantes, desaprovechando el obsequio espacio-temporal que antes mencionaba.

    En los últimos años son muchos los equipos que cuando recuperan el balón prefieren eso que llaman “ataque directo”, que no es más que intentar la rápida resolución de una situación ofensiva. Esto trae como consecuencia que se “ataque” el área rival con tres o cuatro futbolistas, nada más. Solamente los equipos que construyen sus avances con algo más de paciencia pueden sumar más futbolistas a esa maniobra.

    Ahora bien, como sugiere el título de este pequeño e inexacto ensayo, al fútbol hay que pensarlo. Antes, durante y después de jugarlo. De lo contrario, este maravilloso juego seguirá anclado en conceptos que ya han debido superarse, como aquello de creer que ataque y defensa son actividades disociadas, o que existen recetas exactas para ganar un partido. Y la realidad nos dice que el fútbol no se piensa.

    Es por todo esto que creo que al fútbol se le ha entendido, mayoritariamente, como a un juego reaccionario, lleno de temores, en el que aquel que espera para luego reaccionar es tildado de inteligente. Se ha confundido el concepto de riesgo, y todos hemos contribuido a ello. Podría incluso afirmarse que en el fútbol no se piensa en defender mejor; el objetivo de estos retrocesos despavoridos es crear la falsa sensación de que mientras más cerca estemos de nuestro arco más difícil será para el rival marcar un gol.

    Le pregunto al lector si no sería más adecuado evitar que el rival llegue a esa zona. Y es que si, contrario a ese repliegue urgente y desesperado, el equipo que defiende lo hace conquistando las zonas de construcción de juego rival (defensa-medio campo), es muy posible que desmantele ese ataque y recupere con mayor facilidad la titularidad del balón.

    Todo lo que aquí planteo no es original ni revolucionario. Tampoco contiene este escrito verdades absolutas. La única intención es hacer de su título, Pensar el fútbol, una realidad. Hay que dejar de lado la venda que nos pone el resultado de turno y profundizar en las razones del juego, para así promover una verdadera evolución de este hermoso juego.

    Manuel Sérgio, en su libro Filosofía del Fútbol, escribió lo siguiente:

    ¿Qué es el juego? Una actividad que da placer. ¿Quién juega? El hombre. ¿Por qué? Porque tiene necesidad de placer (…). Pero hagamos una ultima pregunta: ¿Para qué juega el hombre? La respuesta sólo puede ser ésta: para vencer. En una palabra, el hombre juega por el placer que el juego le da, pero el placer implica una finalidad, sin la cual deja de serlo. Esa finalidad es la ‘victoria’”.

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    Lo que nos atañe a todos los que hacemos vida en este juego es descifrar el cómo se puede obtener esa victoria que tanto promovemos, así como hacer del fútbol un juego que no se repita, que no convierta en un hecho indiscutible aquel eterno retorno de Nietzsche.

    Fotografías encontradas en Internet. Créditos a quienes corresponda

  • En defensa del Deporte

    En defensa del Deporte

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    Vivimos tiempos en los que la adoración por lo superficial es la regla. Las grandes masas han sido instruidas y convencidas para idolatrar a quienes consiguen objetivos, imposibles para esos colectivos, sin reparar en las cualidades o valores que realmente definen la actividad deportiva.

    La prensa, alejada de su función educativa, se ha erigido en la principal promotora de la exposición de fortunas, bienes y vicios. Ser nuevo rico ya no es un peso si quien interpreta ese triste papel rompe marcas deportivas. Nos hemos rendido al como sea, de allí que el retorno a la decencia parezca una utopía.

    Marcelo Bielsa, el 30 de mayo de 2013, daba un ejemplo perfecto de la perversión a la cual hago referencia:

    Cuando yo era chico, y vivía en un barrio, la gran novedad o logro era tener un auto, y cuanto más lujoso era el auto más reconocimiento para la familia que lo había obtenido. Pero había una distinción para nosotros, el reconocimiento a la familia era en función de qué había hecho para conseguir ese auto. Había familias que trabajan padres e hijos y se compraban un Seat. Y había familias que se ganaban la lotería y se compraban un Mercedes Benz. Y nosotros valorábamos al que trabajaba mucho y se había comprado el Seat. Le doy ese ejemplo porque a partir de ahí aprendí que no se evalúa lo conseguido sino lo merecido. Primero hay que ver si el medio está de acuerdo con que se evalúe lo merecido y no lo conseguido, la respuesta es no”.

    Somos rehenes. Por varias razones, entre las que están nuestro conformismo y nuestra pereza, la banalidad ha ganado todos los enfrentamientos en contra de la decencia. Ese ejército compuesto por borregos y negociantes sometió con éxito los verdaderos valores hasta sepultarlos; nos han hecho creer que lo único que es susceptible de admiración es el éxito final.

    La llegada de un nuevo año supone una nueva oportunidad para corregir y enderezar el rumbo, pero para ello hay que dejar de lado el ego y el miedo y hacer que pasen cosas. Quienes hacemos vida dentro del deporte tenemos la obligación de aprovechar esta pausa y cuestionarnos, examinarnos, vernos al espejo. La vida ofrece el chande de preguntarnos si cuidamos de la actividad, el deporte, o cuidamos de nosotros mismos.

    La cuestión que planteo no es romántica ni lírica. Si al deporte se le deja solo y desamparado ante los fusiles de la superficialidad, con la excusa de que, cobijados por el silencio y la complicidad, el periodismo garantizará su supervivencia, más temprano que tarde, el deporte mismo, probablemente derrotado y sin fuerzas, empujará a estos mercaderes hacia el vacío, y allí se quedarán, pagando en soledad su traición a la actividad que alguna vez dijeron querer.

    Quienes utilizan al deporte para delinquir odian estas manifestaciones de disconformidad; estas recuerdan que sus trasgresiones son precisamente un atentado en contra de la actividad que dicen defender. Panzeri lo escribió en 1971:

    El Barón de Coubertin, llamado padre del olimpismo moderno, pronunció señeras palabras que siempre se interpretaron como indicativas de prescindencia del triunfo en los fines del deporte. Dijo aquello de… `lo importante es competir`. Pero hoy, en esta alteración de conceptos y subversión de ideas, nos encontramos con que los periodistas deportivos llegamos a retorcerla para exponerla como razón de poder `seguir compitiendo` con piadoso olvido todos los delitos que agrietaron los cimientos de nuestro deporte, con perdón en masa para todos quienes delinquen en el deporte. Lo que Coubertin pontificó para despreciar la victoria como fin, es utilizado para admitir al indeseable en un pie de igualdad con el decente”.

    La actividad deportiva tiene valores muy claros (respeto, cooperación, relación social, amistad, competitividad, trabajo en equipo, participación de todos, expresión de sentimientos, convivencia, lucha por la igualdad, responsabilidad social, justicia, preocupación por los demás, compañerismo), pero estos están siendo dinamitados por los enemigos que únicamente piensan en cifras y fama. No importa cuánto hayan cambiado los tiempos –la excusa perfecta para los principales vividores que utilizan al deporte para saciar sus urgencias de dinero y notoriedad-, los principios seguirán siendo los mismos.

    Al deporte no se le protege gritando ni besando escudos. Mucho menos formando alianzas con aquellos que necesitan de la exposición mediática para hacer cada vez más notorias sus mentiras y sus engaños. El cuidado de la actividad comienza a través de la protesta, de la derrota del silencio y del correcto empleo de los medios de comunicación, que no fueron inventados para ejercer de agencias publicitarias, menos aun para hacer ejemplar al campeón, callarle sus faltas e inventarle virtudes que no existen.

    En tiempos de internet, páginas web, podcasts, youtube y redes sociales ya no es necesario acceder a las grandes corporaciones. Cada quien desde su trinchera está capacitado para luchar contra tanta trampa. Que luego no se diga que el final nos tomó por sorpresa.

     

  • Sin dinámica no hay juego

    Correr o esperar. Ir o quedarse. Amagar o actuar. ¿Para qué se hace todo esto? Para generar espacios, ocuparlos y aprovecharlos mientras el rival intenta reaccionar. Pero para ello hace falta algo más que la simple titularidad del balón; se necesita dinámica, que, a pesar de lo que muchos venden, no se trata de correr por correr, sino de interpretar correctamente este juego.

    A propósito de la publicación de algunos de los cuadernos privados del filósofo Martin Heidegger, conviene repasar algunos apuntes inspirados justamente en una de las obras del controvertido maestro germano. Me refiero a «El Arte y el espacio», obra publicada en 1.969 y que puede ser aplicada al juego. Quizás, a partir de su estudio, podremos comprender que el pase en el fútbol no es útil si no viene acompañado del movimiento.

    Definamos primero espacio. Según el DRAE es una capacidad de terreno, sitio o lugar. Para Heidegger, más que el espacio, el concepto a tener en cuenta sería «espaciar», lo que no es más que poner espacio entre las cosas, o como él mismo expresó, es la “ocupación de los lugares de los que los Dioses han huido”, lo que en el fútbol podría ser encontrar zonas que no estén ocupadas. ¿Para qué se hace esto? Para que nuestros compañeros puedan recibir el balón y tener ese segundo de más que le permita tomar la mejor decisión. Su libre aparición y su titularidad de la pelota generan en el contrario una serie de movimientos destinados a contrarrestar su aporte, y como consecuencia de esa reacción, aparecen otras áreas libres de ocupación rival.

    Ahora bien, usted recordará la típica frase del entrenador derrotado: “se encerraron atrás y nos cerraron los espacios”. Esa bien puede ser una radiografía de lo sucedido, siempre y cuando esté acompañada de otra afirmación como por ejemplo: “nos faltó dinámica para obligar a que el rival se moviese y por ello no encontramos los espacios”. Muchas veces, los jugadores recurren simplemente a prestarse el balón entre compañeros, olvidando que a ello hay que agregarle mucho movimiento para así tentar al contrario y sacarlo de su zona de confort.

    Recodemos: pasarse la pelota sólo para mantener la posesión, sin imprimirle dinámica a esa titularidad, nos acercará a la pérdida de la misma y a explicaciones tan burdas como que existe una “posesión efectiva”. Mientras algunos se pierden en semejante disparate, bien vale recordar la instrucción de Pep Guardiola, defensor a ultranza del juego de posición y de la cultura del esfuerzo: «no se toca si no sale un rival».