Argentina sufre y pasa. Juega finales desde la segunda jornada por errores propios. Aún así, su entrenador, Lionel Scaloni ha mostrado la calma suficiente para navegar el mar de emociones e intervenir en su equipo de la manera que es posible en este tipo de torneos: meter mano en el equipo. Los equipos campeones del mundo son ejemplo de que no existe un once fijo. Para ahondar, hoy dejo video:
-. ¿Hacia dónde marcha la selección argentina en este mundial? Si se camina más allá de la muralla emocional que rodea al equipo de Lionel Scaloni, se observa a un equipo que se debate entre los pilares que la llevaron a este torneo y algunas lagunas que deberían alarmar a los animadores patrioteros. Han sufrido durante 180 minutos porque les ha costado ejecutar con consistencia la globalidad del juego. ¿A qué me refiero con esto? Este deporte es un juego de espacios y para encontrarlos hay que considerar la totalidad del campo. Estos espacios útiles aparecerán a través de la dinámica de los futbolistas, el ritmo con que se mueva la pelota y el posicionamiento de los futbolistas. Sin estos tres elementos es posible que el juego se concentre en una zona del terreno y se desaprovechen las otras. Hace unos días, el entrenador hispano-venezolano Adolfo Rodríguez, que hace vida en el fútbol noruego, me recordaba el principio de jugar a diferentes alturas para atacar los espacios que libera el rival, algo que apenas ha sabido explorar Argentina en dos partidos. Un ejemplo de la correcta aplicación de esa fórmula se dio en el gol de Lionel Messi, cuando la selección albiceleste mezcló distintas velocidades y alturas, condujo para atraer rivales y el 10, uno de los más eficaces sabuesos de espacios que se haya visto, hizo lo que mejor sabe hacer: explotar hasta la más mínima debilidad del rival. Sin embargo, hay otra pieza en el rompecabezas que Argentina no está encontrando, y esta es la estabilidad emocional. Jugar bien al fútbol requiere cierta cuota de paciencia para no caer en las arenas movedizas de la ansiedad. Esa serenidad tiene diferentes raíces. Un puede ser eso que llaman experiencia, que no es otra cosa que estar habituado a competir en episodios de máxima exigencia. No obstante, hay quien dice que la experiencia es un peine que te dan cuando ya no hay más pelo que peinar. Otra es la confianza y el reconocimiento de unos patrones reconocibles. Esos rasgos del equipo no mienten y si se atiende a los reportes técnicos que emite FIFA tras cada partido se advierte a un equipo que, una vez progresa en el campo, estrecha el campo, concentrando su radio de acción a zonas centrales mientras limita su juego por las bandas. Lo hizo ante Arabia Saudí y lo repitió frente al seleccionado mexicano. Al mismo tiempo, a Scaloni no se le puede acusar de inmovilismo. En ese primer partido, Messi pasó la pelota con mayor frecuencia a Nicolás Otamendi y a Leandro Paredes, mientras que en el segundo, Alexis MacAllister y Rodrigo De Paul fueron sus conexiones habituales. El seleccionador y su staff actuaron, y el futbolista más influyente tuvo mejores apoyos. Les queda por delante administrar la ansiedad y mejorar la ocupación del campo, tareas complicadas en cualquier contexto, más aún en medio de competición que no regala oportunidades.
-. Hay algo de justicia poética en que el primer gol de Canadá en los mundiales lo haya convertido Alphonso Davies y no me refiero a su historia de supervivencia, que de por sí es tan fabulosa como su juego. A Davies le etiquetan como prototipo del futbolista moderno, teniendo como sustento para esa sentencia su biotipo, cuando en realidad, y si nos atenemos exclusivamente al juego, el zurdo del Bayern Munich es un futbolista de toda la vida, de aquellos que saben jugar. Una de las tantas confusiones que hacen vida en este deporte es la limitación que acompaña al hombre-jugador cuando se le describe desde la posición que ocupa y no del rol que desempeña. Juan Manuel Lillo le recuerda a todo aquel que le pregunte que “el fútbol se juega desde la posición y no en ella”. Nada de eso atiende a la modernidad que venden los propagandistas de la nada. Conrad Lodziak escribió, en su libro de 1966 “Understanding soccer tactics”, una descripción sobre el estilo de impulsar el balón y desmarcarse que así lo confirma: “Más que ningún otro estilo de juego éste encarece el movimiento de los jugadores sin posesión del balón y junto con el pase de pared, un rasgo típico dentro de esta modalidad de juego, han representado una contribución al progreso del fútbol. No hay nada fundamentalmente erróneo en el ‘impulsar el balón y desmarcarse’, sino por el contrario muchos motivos para recomendarlo”. Ya lo advirtió Dante Panzeri uando escribió que “No hay nada nuevo, sólo lo antiguo lo parece”.
“El anonimato en el mundo de los hombres es mejor que la fama en los cielos, porque, ¿qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? Todo ilusión.” Jack Kerouac, On the road.
El fútbol es un juego de espacios. El equipo que ataca desea ampliarlos mientras que el que se defiende busca reducirlos. Aquí entra la regla que da el carácter estratégico a este juego: el fuera de juego. Como cualquier otra herramienta, su empleo acarrea riesgos, ya que con una mínima distracción el equipo atacante quedaría mano a mano contra el arquero. Para superar esta trampa hay muchas maneras, entre las que destacan los pases cruzados a la espalda de los defensores o la construcción del juego interno para luego intentar un pase entre líneas a un futbolista que salga desde posiciones centrales, es decir, de un futbolista que se dirija hacia la zona liberada. Por ende, volvemos a la relación del equipo con la pelota, o más claro, a cómo se reorganiza cuando dispone de ella y a la forma en que lo hace cuando desea recuperarla. El reto de enfrentarse a un equipo que achica el espacio hacia adelante es la reorganización inmediata para adaptarse y superar dicho dispositivo. Este es un proceso que cada equipo aprende y desarrolla con el paso del tiempo, y que se sostiene en los principios propios de su manera de jugar. Posar la mirada en estas circunstancias tiene un enemigo furibundo: la histérica actualidad. Los tiempos de sobredosis de información conspiran en contra de la reflexión que merece cada conducta. Esta es la razón por la que quien gana es venerado hasta el cansancio y quien pierde es apedreado como el peor de los criminales. No hay término medio ya que no hay tiempo para la racionalidad. Pese a esto, es urgente recordar que quienes viven del análisis, o los que se postulan como tales, tienen la obligación de comportarse como médicos forenses y escudriñar en todos los rincones del cadáver que deja un partido, para intentar, solamente pretender, acercarse al conocimiento. De nada vale vociferar que Argentina fue incapaz de superar la estrategia saudí si no explicamos cómo puede batirse ese comportamiento colectivo. Tampoco tiene mayor sentido apelar a la mala suerte. Este es un deporte de oposición directa, en el que se juega contra y con un oponente, por lo que el elemento accidental es uno más de los que participan. Somos, por así decirlo, arqueólogos rumiando en las ruinas de algo que ya es pasado; cazadores de pistas que aclaren por qué pasó lo que pasó, sin el sosiego de aquel explorador para llegar a la luz.
¿Cuál es la responsabilidad del periodismo de fútbol? Lo elemental sería informarse, informar y atenerse exclusivamente a todo aquello que se englobe dentro de lo real. Sin embargo, estos tiempos de consumo perturbado han desterrado las normas fundamentales del oficio para convertirlo en algo desechable, en eso que bien podríamos definir como periodismo de sensaciones. Así es que unos sienten que Benzema o Lukaku se estaban cuidando para llegar al mundial, en perjuicio de los clubes que les pagan el sueldo. La realidad, esa estupidez que tanto incomoda a los aspirantes a notorios, se encargó deponer en su lugar a los promotores de las sensaciones y los pareceres. En un mundo medianamente decente, estos mercaderes de la mierda no tendrían otro espacio distinto al del callejón trasero de un bar. En el nuestro, son requeridos, escuchados y seguidos. Hace tiempo hicieron las paces con aquella vieja noción de darle a la gente lo que esta pide. Hubo un tiempo en que educar a la audiencia era el mayor privilegio para un comunicador. Hoy, pues ya sabemos de qué va esto: todo vale a cambio de aquellos quince minutos de fama que predijo Warhol.
Entrenar para competir o entrenar para ser mejor. La duda me la transmite un amigo cuya sensibilidad le ha convertido en un fabuloso entrenador cuya obsesión es mejorar a sus futbolistas profesionales. Lo hace partiendo del concepto de que entrena seres humanos que hacen de futbolistas. El formato actual imposibilita que los staff técnicos dispongan de la cantidad de horas-entrenamientos suficientes para que sus intervenciones superen al más inmediato episodio competitivo. Pasa en clubes y, por supuesto, en las selecciones nacionales. FIFA y su comité de expertos, entre los que alguna vez Marco van Basten coló la idea de borrar de un plumazo la ley del fuera de juego, no parecen muy ocupados en buscar soluciones al aspecto básico de cualquier disciplina: el aprendizaje. Competir es la realidad del futbolista profesional, sin embargo, es tal la hipertrofia de la industria de partidos y competiciones que el tiempo para la educación es cada vez menor. El mundo de los negocios que tanto denuncia Menotti es quien dicta las reglas; Wenger y su equipo de expertos deberían encontrar algo en sus sesudos análisis que les lleve a cuestionar la manera como conduce este juego la mano que les da de comer. Ser hombre de fútbol es mucho más que vivir del juego.
“Para poder pensar debes arriesgarte a ser ofensivo”. Jordan Peterson
Quienes ocupamos algún espacio en los distintos medios de difusión tenemos una responsabilidad al comunicar fútbol: hacerlo a partir del conocimiento de aquello que compone y emerge en cada situación del juego. Es un compromiso con la audiencia pero también con la actividad en la que ejercemos la profesión.
El público reclama que quienes estamos en esa posición sepamos de qué hablamos. Cada razonamiento que expulsamos al mundo debe estar fundamentado en algo más que nuestra propia experiencia o nuestro título de comunicador.
El fútbol, como cualquier otra rama, posee una dinámica propia que obliga a todos aquellos que hacemos vida en él a mantenerle el paso, a actualizarnos, a desafiar los conceptos que creíamos sólidos como una roca. En el fútbol, la verdad de hoy probablemente sea la mentira de mañana.
Hay muchos ejemplos sobre lo que estas líneas narran pero para no aburrir, he elegido centrarme en eso que son las superioridades.
Una superioridad es la “preeminencia, excelencia o ventaja de alguien o algo respecto de otra persona o cosa”. En el fútbol, según los estudios de Francisco Seirul.lo, Joan Vilà y otros especialistas, éstas son cuatro: la numérica, la posicional, la cualitativa y la socio-afectiva.
La superioridad numérica se logra cuando, en determinada zona del campo, un equipo ubica una mayor cantidad de futbolistas que su oponente. Esta es la que se identifica con mayor facilidad y, lamentablemente, aquella que concentra más atención en los medios de comunicación. Este tipo de superioridad tiene su importancia pero, como se puede comprender tras conocer las otras superioridades, no es tan determinante cómo se pretende hacer creer.
La superioridad posicional se refiere, como su nombre lo dice, al posicionamiento óptimo de los futbolistas. Este es óptimo cuando se adapta a la circunstancia del juego en función de las necesidades del equipo. Por ejemplo: el juego de un “falso 9” genera esta superioridad siempre y cuando sus movimientos permitan modificar el accionar de los defensores centrales rivales hasta sumirlos en la duda. Otro caso se observa en el dominio del centro del campo que logra un equipo que juega con tres volantes frente a otro que lo hace con cuatro o cinco mediocampistas. Podría pensarse que aquel que acumula más jugadores en esa zona dominará ese espacio (superioridad numérica), sin embargo, el posicionamiento inmejorable de aquellos que aparentan estar en inferioridad cuantitativa les permite estar en ventaja frente a sus oponentes. Esta superioridad se obtiene por medio de la comprensión, que no lectura, de cada circunstancia que el juego demanda.
La superioridad cualitativa es aquella que está relacionada con las aptitudes individuales de cada jugador. Por ejemplo: Lionel Messi se enfrenta a un determinado defensor y en ese duelo se identifica que el jugador argentino tiene mayores probabilidades de triunfar dadas sus condiciones propias e inherentes a su ser.
Por último, la superioridad socio-afectiva es aquella que responde a la afinidad, a la complicidad, a la relación existente entre determinados futbolistas, lo que les permite conectar de una manera más fuerte debido a esos lazos emocionales que les unen. Pequeñas sociedades (Menotti dixit) como Messi-Jordi Alba, Maradona-Caniggia, Pelé-Coutinho o Di Stéfano-Puskás, son ejemplo de lo que genera esta superioridad socio-afectiva.
Ahora bien, el estudio de este detalle del juego llamado superioridades -apenas una de las tantas circunstancias que se dan en este maravilloso deporte- trae consigo el mayor reto que tenemos aquellos que comunicamos fútbol: explicarlo de forma sencilla para no abrumar al espectador. La labor que tenemos es titánica ya que, al igual que los entrenadores frente a sus futbolistas, debemos guiar a quienes nos escuchan hacia la comprensión de estos conceptos.
El público, cada vez más exigente, requiere una explicación y una contextualización de aquello que sucede en un campo, más allá de valores como la gallardía o el pundonor. A esa gente nos debemos. También al fútbol, sobre todo si deseamos que el “juego de juegos” (Seirul.lo dixit) siga siendo eso, un juego, y no pase a engrosar las listas de fenómenos populares que perdieron su atractivo gracias a la hipertrofia a la que le someten quienes únicamente lo utilizan para sumar ceros en su cuenta bancaria.
Si repetimos hasta el cansancio aquello de que el fútbol ha cambiado, ¿por qué no cambiar nuestra forma de comunicar fútbol?
Fotografías encontradas en internet. Créditos a quiénes correspondan
Lio Messi se va del Barcelona. Para analizar la historia reciente del club converso con Frederic Porta, periodista, escritor e historiador catalán.
Su testimonio ofrece un panorama muy completo sobre la realidad del Barcelona en Catalunya y en el mundo. Para comprender el adiós de Messi primero hay que conocer la historia reciente del club. Quiénes lo conducen, cómo y por qué llegaron al poder, y cuáles pueden ser sus intenciones.
De todo esto y más conversé con Porta, que da nombres propios como Joan Laporta, Sandro Rossell, Josep María Bartomeu y, por supuesto, José Luis Nuñez.
Frederic Porta es autor de varios libros, entre ellos hay dos fundamentales para conocer la historia del club: «Barça inédito» y «Barça insólito«, ambos escritos junto a Manuel Tomás. Su trabajo es fundamental para conocer los pasillos de una institución única y singular, similar a ninguna.
El adiós de Messi se presenta como lo más oscuro de la historia del club, sin embargo, Porta mantiene un ápice de optimismo y en esta charla explica sus razones para no ser fatalista.
Lio Messi se va del Barcelona. Su decisión sacudió a todos…
Una vez finalizada la etapa de grupos del Mundial Rusia 2018, es momento de hacer algunas consideraciones sobre lo visto hasta ahora. Las observaciones que el lector encontrará a continuación no son más que una serie de aspectos, no todos, que vale la pena rescatar para hacer ese viejo y descuidado oficio que es estudiarse a sí mismo.
Desde varias tribunas he expuesto una visión: el fútbol no se estudia a sí mismo. He explicado la razón de esa creencia, y con gusto he observado que algunos han tomado el argumento, aunque no expliquen ni un 1% de su significado. No seré yo quien señale el camino o el remedio a tomar por quienes hacen vida del juego y en el juego, sin embargo, mantendré que para medianamente comprender en dónde estamos –perdone que insista, pero no existe forma real de saber hacia dónde iremos- es imprescindible conocer de dónde venimos.
Por ello, la única intención de estas líneas es agregar un granito de arena a esa intención de revisar el juego, para no caer en el eterno retorno que muchos, entre ellos Friedrich Nietzsche, explicaron.
Insisto, son apenas unas observaciones de lo que he visto, no verdades absolutas ni excluyentes.
1.- Transiciones:
El mundo del fútbol adoptó este término y lo convirtió en parte de su lenguaje. Se ejecutan en distintas zonas del campo y tienen tantas formas de construirse como jugadores que las protagonizan.
César Menotti ha declarado siempre que “el fútbol no es tan complejo, tiene cuatro acciones: defender, recuperar la pelota, gestar y definir”.
La definición de transición que creo mejor se adapta al fútbol es la siguiente: “Estado intermedio entre uno más antiguo y otro a que se llega en un cambio”. Para llevarlo al fútbol, las transiciones se observan en esos momentos entre la recuperación del balón y el inicio de una ofensiva, o entre la pérdida del balón y la reorganización colectiva para intentar recuperar la pelota.
Debo aclarar que nunca he estado a favor del término, sin embargo, comprendo que se ajusta perfectamente al fútbol, por lo que dejaré de lado mi malcriadez conceptual.
Una vez repasado el concepto de transición, es necesario explicarle al lector que esta acción, tal como se expuso anteriormente, no tiene un manual de reglas sino más bien goza de una infinidad de formas de llevarse a cabo.
Hay equipos, como aquel viejo Inter de Milán, comandado por José Mourinho, que las ejecutaban desde una zona cercana a su área y con máximo tres futbolistas atacando al contrario, y otros como el FC Barcelona de Pep Guardiola, que las iniciaba, gracias a la presión tras pérdida que hacía sobre el rival, a escasos metros del área contraria y con muchos futbolistas protagonizándola. Esos son los dos extremos geográficos inicio de las transiciones. Cada colectivo dará su propio sello a esta herramienta, convirtiéndola así en una versión original e irrepetible.
En este mundial, la sensación que tengo, una vez finalizada la etapa de grupos, es que los equipos han apostado a construir sus avances de manera muy rápida, partiendo de la zona en la que más cómo se sienten defendiendo e involucrando hasta cinco jugadores en el avance hacia campo rival.
Lo he observado en selecciones como Brasil, Francia, Bélgica, Croacia, Portugal, Rusia, México e Inglaterra. Estos equipos han construido estructuras en las que, cuando recuperan la pelota, salen rápidamente, y en manada, hacia la portería contraria. No atacan con dos sino con hasta cinco futbolistas. Sus problemas, salvo en el caso de Croacia, han llegado cuando el adversario los espera muy atrás y deben profundizar en sus ataques organizados o posicionales.
Por otro lado, hay equipos que han elegido caminos en apariencia distintos, como España (cuando promueve esta herramienta la ejecuta con dos jugadores, probablemente uno de los demonios que acarrea jugar con un delantero como Diego Costa); Argentina (sus transiciones son con pocos jugadores, siendo Messi, Di María y el delantero de turno los protagonistas habituales, pero además convirtiéndose, cuando las ejecuta, en un bloque partido en dos); Uruguay (que juega a esto sin mayor problema pero con dos protagonistas claros, Suárez y Cavani, y algún volante que se sume por sorpresa); y Colombia (que al igual que Argentina, corre el riesgo de que cada pelota de gol que nace de Quintero requiera más del acompañamiento de Cuadrado para sostener al equipo que de cualquier otra intervención).
Visto esto, queda la impresión de que a todos, incluso a España, se les ha hecho insoportable cada etapa del juego en la que han debido atacar defensas organizadas. Habría que agregar a esta sensación infernal a la selección alemana, que tampoco pudo resolver con claridad sus ataques posicionales, pero tampoco logró hacerlo por medio de transiciones.
Lo rico de observar estas transiciones es identificar los patrones, es decir, observar desde dónde se originan y cómo se efectúan, más que el resultado, porque sabemos que este es tan caprichoso como un niño malhumorado.
2.- El pase
La relación entre los jugadores se construye con el pase. Es la herramienta que los comunica y que ayuda a observar cual es la reacción ante las distintas emergencias que nacen del juego. Es por ello que el pase no termina cuando la recibe un compañero. Esta definición debe revisarse para profundizar un tanto en las entrañas del juego.
El pase supone el nacimiento o la continuación de algo, no puede ser el final ni la muerte. Y el pase es eso, muerte o condena, cuando la entrega al compañero es para que el pasador se quite de encima presión, responsabilidades o rivales, transfiriendo esas dificultades a un compañero. Un pase es realmente efectivo sólo y cuando deja al receptor en situación de ventaja, no cuando le sirve al emisor para evadir responsabilidades.
El pase es un acto de solidaridad. Le entrego la pelota a un compañero porque él, y no yo, está mejor ubicado para que aumenten las probabilidades de éxito del equipo. Me quito la capa de súper héroe para soportar y empujar a favor del interés colectivo. Se asemeja al contrato social porque, al sacrificar alguna conducta individualista, potenciamos el crecimiento de todos como unidad.
Pero equivocadamente se habla de la relación que promueve al pase como una de amistad, y ello es falso.
Gracias a las reflexiones del Profesor Paco Seirul.lo, se comprende que nos pasamos el balón para construir vínculos que nos ayuden a conseguir el objetivo. Pueden ser pases cortos o largos, pero son pases al fin. Pasarse el balón muchas veces significa la transferencia de aspiraciones, que van creciendo a medida que el equipo avanza en el terreno de juego: aspiramos a convertir un gol, y mientras más cerca estamos del arco, más poderosa es la lupa con que se nos observa. Existe sí eso de la transferencia de responsabilidades, que es muy distinto a la transferencia de los miedos.
Es por ello que se puede concluir que la construcción del lenguaje común, a través de pasarnos el balón, se hace en base a intereses comunes, y para que tenga éxito no puede construirse en torno a amistades.
Ahora bien, en tiempos en los que sorpresivamente se sigue mencionando a los porcentajes de posesión como algo a tener en cuenta, hay que recordarle al público que nadie, léase bien, nadie juega al “juego de posesión” porque eso no existe. Existe sí el “Juego de Posición”, rebautizado como “Juego de Ubicación” por Juan Manuel Lillo y cuya explicación se encuentra en el fantástico libro “Pep Guardiola. La Metamorfosis”, de Martí Perarnau.
No existe el “juego de posesión” porque la posesión de la pelota no es un estilo ni una metodología. Es una herramienta, una de las tantas de las que dispone cada equipo con la intención de alcanzar un objetivo. Nada más que eso.
Cuando un equipo dispone del balón –otra de las razones por las que no existe el juego de posesión es porque nadie posee el balón; se dispone de él- se pasa el mismo para superar al rival. El “Juego de Ubicación” expone razones por las cuales esos pases deben tener una intención y un fin, con unos movimientos y una paciencia china. Pasarse el balón por pasárselo, sin mayor plan, es la puerta de entrada a la catástrofe futbolística.
3.- Acciones a balón parado
Dante Panzeri habló de chantocracia para referirse a un sistema pervertido y sin remedio, conducido por aquellos que, o bien lo instalaron o bien son los grandes benefactores de la podredumbre intelectual y espiritual. El fútbol sabe mucho de esto, porque desde hace décadas es la chantocracia por excelencia.
Una de las situaciones de juego que mejor expone esto es el tema de las acciones a balón parado. Es mucho lo que se puede practicar esta herramienta, sin embargo, a pesar de que sean mil o cien mil centros en cada entrenamiento, ese ensayo carece de un elemento vital: la presencia del rival.
Se pueden practicar desmarques, señas, movimientos, colaboraciones, etc. Pero una vez comenzado el partido, la influencia del contrincante es tan fuerte como en cualquier otro aspecto del fútbol.
No quiero decir con esto que no deban entrenarse, pero es necesario que los chantas, que se rinden desde una caseta de transmisión a la efectividad de estas acciones, recuerden que el rival juega, salta, empuja, choca, y que la participación del adversario no se puede practicar. Ni hablar de las sensaciones del pateador, que por muy bueno que sea, se enfrenta a un contexto muy distinto que al de los entrenamientos.
Por otro lado, hay que reconocer que la cantidad de goles conseguidos como consecuencia de estas acciones es muy alto. Pero es bueno recordar lo expuesto anteriormente, que concierne a la intervención del contrario como parte fundamental de lo que sucede en un espacio muy reducido el terreno de juego.
Panzeri escribió alguna vez: “Versión frecuente del neo-fútbol: jugar no sabemos; busquemos un tiro libre. Hagamos del fútbol un partido de golf. Apuntemos a embocar”. Y no se equivocó, porque algunos, como no intentan profundizar en sus ideas, creen que lanzando pelotazos al área encontrarán lo que por inventiva propia les ha sido esquivo.
4.- Juego con los pies de los porteros
Tras el costoso error de Wilfredo Caballero, recobró vida un debate que jamás debió existir, pero como el fútbol no se estudia a sí mismo, cobra vida y llena titulares de prensa, espacios en radio y TV, y, como no podía ser de otra manera, alimenta a los chantas de twitter, aquellos que roban frases o que repiten bobadas.
Desde hace dieciséis años, FIFA y la International Board decidieron que los porteros están obligados a desarrollar una mayor interpretación del juego, debido a que salvo en casos muy puntuales, no pueden tomar con sus manos la pelota tras una cesión de un compañero. Entonces, el juego con los pies del arquero es tan importante como el del lateral o el mediocentro. ¿Por qué? Porque al igual que sus compañeros, el portero está obligado a interpretar cada acción antes de tomar una decisión.
El caso de Caballero es paradigmático. Su equivocación en el primer gol de Croacia sirvió para crucificar el juego de pies del arquero, cuando lo que debía analizarse era si el argentino interpretó correctamente qué hacer según lo que estaba sucediendo. Su apresuramiento en solucionar una acción de juego fue el responsable del error, no la intención de jugar en corto.
Y este es otro ítem a revisar: saber jugar con los pies, al igual que en el caso de sus compañeros, no es sinónimo de jugar siempre en corto. Se ha confundido al espectador porque quienes tienen la obligación de explicar no se han dado a la tarea de estudiar. Si se revisa el primer gol del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey 2018, que nace de un pase largo del arquero Jasper Cillessen, podremos educar correctamente a la audiencia:
Ese pase largo del holandés nace precisamente de su buena interpretación del juego. Saca en largo, busca al lejano, porque eso es lo que beneficiaría a su equipo.
En el fútbol no son todas largas ni todas cortas. Jugar bien a este juego es interpretar correctamente las emergencias que nacen del mismo y actuar en consecuencia. A veces buscando al lejano, a veces al cercano; a veces promoviendo transiciones largas y otras más cortas. Pero jugar bien al fútbol es, ante todo, un acto de solidaridad, el respeto por un contrato social.
Fotografías encontradas en Internet. Crédito a quienes correspondan
“La táctica de un solo hombre jamás ha ganado un partido, y a menos que los otros miembros del equipo jueguen en unión con él, el partido estará perdido”. Herbert Chapman
Todos vimos la foto. Jugaban Argentina y Chile la final de la Copa América Centenario, y como cada cosa en estos tiempos de redes sociales, la imagen de un Messi intentando zafarse de hasta cinco futbolistas chilenos que lo acosaban directamente, y cuatro más que permanecían atentos, cual baterías antimisiles, a los movimientos del argentino, se hizo mundialmente conocida y comentada.
Se dice que una imagen vale más que mil palabras. No sé si esto sea así, pero vale recordar aquella postal:
Es tan impactante esta fotografía que muchos, influenciados por la potencia de la misma, olvidamos que en ella se puede resumir todo lo que está mal en el fútbol. Me explico: entrenadores, padres, agentes y periodistas hemos contribuido sin rubor a popularizar la gran jugada individual como el elemento diferencial en el juego, bien sea la posibilidad de regatear a varios rivales o la carrera de largo recorrido. Esa ovación a una situación del juego, elevándola hasta el Olimpo, ha traído como consecuencia que los futbolistas, desde muy temprana edad, asuman como propio que hacer jugadas es lo mismo que jugar al fútbol. Y esto no es así.
La imagen a la que hago referencia sirve de ejemplo para comprender la inestabilidad que caracteriza el paso de Lionel Messi por su selección. Salvo por la conducción de Alejandro Sabella, el 10 ha sido ese último recurso al que se aferran los condenados a muerte. Cuando sus compañeros, en medio de un duelo que no saben ni pueden resolver, se la entregan a Messi están haciendo lo mismo que los que esperan en la fila de los acusados: encomendarse a la divinidad.
Pero la divinidad, entendida como la esencia propia de los Dioses, no ha sido probada como algo real. Las religiones requieren de un acto de fe para seducir; el fútbol requiere planes, ideas, flexibilidad, reacción, adaptación, talento y trabajo. También de otras muchas otras cosas más, entre ellas el bendito azar.
De hecho, quienes sostienen que lo más cercano a Dios en el fútbol fue Diego Armando Maradona olvidan, por conveniencia o mala memoria, que hasta el propio «Pelusa» perdió más de lo que ganó. Esta afirmación se sostiene en las estadísticas de su carrera como futbolista, y debería recordarle a los expertos que nadie, por sí solo, vence en un deporte colectivo. Michael Jordan, el atleta más dominante que jamás haya visto, en deportes colectivos claro está, necesitó de la planificación de Phil Jackson, la complicidad de Scottie Pippen y de un colectivo brillante. Realimentación, así lo bautizaron las españolas Natalia Balagué y Carlota Torrents.
Pero a Messi se le exige mucho más. Inexplicablemente, al jugador del FC Barcelona le reclaman que cuando sus diez compañeros lo requieran, sea el plan, el todo, y eso, mi estimado lector es imposible. Pero, además, le piden que conduzca a la normalidad a un seleccionado que hace mucho tiempo tiene en el caos su manera de vida.
La paz nunca ha sido una excepción
La selección argentina se encuentra en estos momentos en el quinto lugar de las eliminatorias Conmebol al mundial de Rusia 2018. A falta de dos partidos, su ubicación la tiene en puestos de repesca, pero es tan comprometida su situación que, de ceder puntos en esta doble jornada, Chile y Perú podrían dejarla sin mundial. Este panorama no es novedoso, pero dada la potencia de los altavoces actuales (redes sociales, programas de radio y TV, blogs, etc.,) pareciera que nunca antes se enfrentaron los argentinos a una realidad tan dura.
El equipo del 86, campeón del mundo, no tuvo un tránsito tranquilo por la Clasificación Conmebol. A las constantes críticas para con el juego de aquella elección -no se olvide que desde el gobierno de Raúl Alfonsín se intentó destituir al entrenador Carlos Salvador Bilardo- se sumaba que hubo que esperar hasta la última jornada de la liguilla para obtener el boleto al mundial de México. De hecho, a falta de nueve minutos para terminar aquel duelo frente a Perú, los argentinos estaban fuera del torneo, hasta que apareció Ricardo Gareca. El «Tigre» marcó el gol del empate y con ello selló la clasificación.
Aquel conjunto de Bilardo tuvo a Maradona como emblema. La primera gran decisión del seleccionador fue hacer a Diego capitán, lo que suponía el relevo de Daniel Passarella, el líder del equipo campeón de 1978. Aun con Maradona como figura imprescindible, la albiceleste sufrió para lograr el boleto mundialista.
Como consecuencia de ganar el torneo mexicano, Argentina no disputó la clasificación a Italia 90, por lo que su retorno al ruedo continental se produjo en la clasificación para USA 94. Tras la derrota ante Alemania, Maradona renunció al combinado nacional, y los años siguientes lo encontraron luchando contra sanciones por dopaje y un bajo nivel competitivo, tanto en el Sevilla como en Newell’s Old Boys.
En aquel entonces, el seleccionado ya era dirigido por Alfio Basile. Su versión albiceleste arrasó en las dos Copa América que enfrentó su ciclo, pero en las eliminatorias, tras la inolvidable goleada de Colombia 0-5 en el Estadio Monumental, Basile, perseguido por las críticas y los fantasmas, se reunió con Maradona y le pidió que volviese a la selección. Maradona aceptó, y con él en el campo, Argentina superó a Australia y obtuvo su boleto a la cita norteamericana.
Vale acotar que en esa serie de repechaje frente al conjunto oceánico no se vio al gran Maradona. Algo normal si se tiene en cuenta que en los últimos años había jugado poco y nada. Existe la leyenda, contada por reconocidos periodistas argentinos, de que Julio Humberto Grondona, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, y mano derecha de Joao Avelange y posteriormente de Joseph Blatter, logró que en ambos duelos no se llevara a cabo el control antidopaje. Esta versión fue alimentada por el propio Maradona, en diálogo con el diario Clarín, en 2011:
Tras disputar el mundial del 94, Maradona se alejó definitivamente de su selección, lo que abrió la puerta a un nuevo ciclo, conducido por Daniel Passarella.
El camino hacia Francia 98 fue mucho más cómodo. En aquella eliminatoria, Conmebol estrenó un novedoso formato de «todos contra todos» que se mantiene hasta la actualidad. Con Passarella al mando, Argentina comandó la clasificación, espantando los fantasmas recientes.
Tras el mundial galo, Marcelo Bielsa se hizo con la conducción del equipo nacional. El rosarino comandó una eliminatoria brillante, en la que su equipo sólo perdió un partido (contra Brasil de visitante), clasificándose al mundial Corea-Japón de 2002 con una facilidad impresionante. El fracaso del equipo en la competición asiática ayudó a que muchos olvidaran el rendimiento de ese equipo, pero la historia enseña que ninguna versión albiceleste apabulló a sus rivales como aquella de Bielsa.
El camino a Alemania 2006 comenzó con el propio Marcelo, hasta que luego de la Copa América de Perú 2004 (segundo detrás de Brasil) y los Juegos Olímpicos de Atenas (medalla de oro inédita para la Argentina), Bielsa se quedó sin fuerzas para mantenerse en el puesto.
Lo sucedió José Pekerman y la albiceleste mantuvo su regularidad, clasificándose segunda, empatada en puntos con Brasil, a la cita teutona. Fue con Pekerman que Messi debutó en las eliminatorias, en 2005, frente a Paraguay. Todavía era un chico tímido, por lo que su explosión en la selección debería esperar un par de años.
Tanto Bielsa como Pekerman abandonaron la selección por los mismos motivos. Desgastados y cansados de tratar con Grondona y las exigencias de sus «socios», ambos entrenadores prefirieron el descanso. Grondona, ante la posibilidad de quedar expuesto como el gángster que era, recurrió a uno de los suyos: Alfio Basile.
Ganador de todo con Boca Juniors, a Basile lo sedujo la posibilidad de revancha que no tuvo tras USA 94. Pero este ciclo del veterano entrenador ni siquiera llegó al final de las eliminatorias.
A pesar de ser el único seleccionador que logró juntar «en sana convivencia» a Messi con Juan Román Riquelme, y de realizar una Copa América notable, Basile no logró terminar su etapa. En medio de sospechas de traición de parte de Maradona y de algunos jugadores, «Coco» dejó la selección, dejando la puerta abierta para que Diego cumpliera su mayor sueño: dirigir a la albiceleste. Con Basile también se fue Riquelme.
Como se podía suponer, el paso de Diegote por la selección fue tan caótico como ha sido su vida. Argentina clasificó cuarta, pero no fue sino hasta el último partido que consiguió el objetivo.
Las siguientes eliminatorias tendrían a Alejandro Sabella como conductor de la albiceleste. Antes hubo una olvidable Copa América con Sergio Batista, en la que, en casa, Argentina no pasó de los cuartos de final.
El inicio de esta etapa estuvo llena de dudas. Una derrota ante Venezuela, en Puerto La Cruz, parecía condenar al seleccionador, pero en la quinta fecha, tras ir perdiendo 1-0 con Colombia, el equipo dio vuelta al partido en la calurosa Barranquilla, y a partir de allí no bajó la guardia. Nuevamente, como con Bielsa y Passarella, la selección sureña era «el equipo de», por decir de una manera que ya volvía a ser un equipo y no un conglomerado de individualidades. El segundo puesto en el Mundial fue la prueba del gran trabajo del seleccionador.
Sabella también prefirió alejarse, y con ello llegó Gerardo Martino, quien comenzó las eliminatorias, pero tras quedar segundo en la Copa América de Chile 2015 y la Copa América Centenario 2016, abandonó el cargo en medio de un desorden institucional nunca antes visto. En la clasificación su equipo nunca fue el que dibujaba en sus intenciones y sus discursos.
Su adiós supuso la contratación de Edgardo Bauza, quien apenas tuvo un puñado de encuentros y luego, tras ser destituido, llegó Jorge Sampaoli, quien hasta los momentos no ha cambiado la dinámica errática de su selección.
Este repaso histórico ayuda a comprender que las exigencias a Messi, mientras se le compara con Maradona, son, cuando menos, exageradas. A la Argentina, salvo en los casos de Bielsa, Passarella y Sabella, siempre le ha costado clasificarse. Esto puede que obedezca a factores ajenos a la calidad de sus jugadores, pero esa es harina de otro costal.
La clasificación al mundial es, por lo menos en el caso de Conmebol, una travesía casi insoportable. Los futbolistas que juegan en Europa deben embarcarse en vuelos trasatlánticos, modificar sus horarios de descanso y reencontrarse con viejas costumbres futbolísticas para intentar competir.
El valor de las sociedades
El poco tiempo de trabajo es un monstruo real y bravo. Los seleccionadores nacionales disponen de escasas horas con sus jugadores, y sólo cuando obtienen el boleto al mundial es que pueden entrenar, claro está, tras la agotadora temporada de estos con sus clubes.
Este es el principal escollo en el camino para hacer de una selección un equipo de autor. No en vano son muy pocos los que lo han logrado y sostenido. A los ejemplos de Bielsa, Passarella y Sabella podría agregarse la Brasil de Dunga en 2010, el Chile de Bielsa y el de Sampaoli, así como el Brasil de Tité. El resto de los seleccionados dependen casi exclusivamente de la tranquilidad emocional de sus dirigidos más que de la voluntad de los mismos.
Esa escasez de horas entrenamiento conspira en contra de la construcción de sociedades. Es por ello que mucho se habla de que a Messi hay que rodearlo de jugadores que lo comprendan, lo potencien y se dejen potenciar por el 10. A falta de tiempo se busca forzar la creación de estas interrelaciones con quienes aparentan estar en su nivel. Esa conclusión se sustenta en que los supuestos mejores hacen vida en Europa, un concepto de tiempos anteriores a la «Ley Bosman«, pero que, como consecuencia de ese caso, ya no debería influir tanto. Ah, pero el hombre es un animal de costumbres, y ya se sabe que estas son casi imposibles de desterrar.
Para muchos, Maradona nunca necesitó de la creación de sociedades o del producto de las interrelaciones; para muchos, Maradona jugaba con cualquiera y lo hacía campeón. Semejante argumento constituye una aberración en todo el sentido de la palabra. ¡Es un desprecio por el espíritu del fútbol!
En la selección, Diego tuvo grandes compañeros y socios, y en el Nápoli, club al que llevó a lugares desconocidos, también.No puede olvidarse que las grandes gestas del equipo del sur estuvieron protagonizadas por Maradona, Careca, Alemao, Ciro Ferrara, Salvatore Bagni y Bruno Giordano.
El propio Diego resalta sus calidades en el libro «Yo soy el Diego de la gente», en el que incluso admite que mientras él pedía la contratación de Sergio Batista, el club apostó por el brasileño Alemao, y vaya si les salió bien la puesta, ya que con él ganaron un Scudetto (1989-1990) y su hasta ahora su único trofeo continental (Copa de la UEFA 1988-1989).
Volviendo a las sociedades, hay que aclarar que estas, si bien nacen de la agrupación de individuos, no son consecuencia exclusiva de la voluntad de quienes pretenden integrarla. Por lo menos en el fútbol no es así. No es lo mismo promover la complicidad entre Messi e Iniesta que entre Messi y Banega. Los resultados serán distintos; mejores o peores, pero diferentes.
Por esto que describo con la simpleza de quien no es experto en nada es que jamás se verá al Messi de Barcelona en Argentina. Pero es que de la misma manera nunca se vio al Maradona del Napoli vestido de albiceleste. Puede que la influencia en el juego haya sido similar -me encantaría que los contables de todo explicaran cómo hacen para cuantificar lo incuantificable- pero nunca fueron similares. El juego no se explica a través de números o estadísticas.
Y aquí volvemos a un punto tocado anteriormente: Messi será tan bueno como aquellos que lo acompañen. Esta es una regla de este juego; el fútbol es una actividad colectiva, y cada muestra que observemos no es más que la consecuencia de una serie de movimientos grupales. El gol de Maradona a los ingleses, el de la jugada inolvidable, no es más que el ejemplo perfecto: Diego se va deshaciendo de rivales mientras que sus compañeros ayudan a abrirle espacios. Fútbol=equipo.
Pero, ¿qué es un equipo? Un equipo es un sistema, y como recuerda Carlota Torrents, citando a Aracil, en su tesis doctoral, un sistema «puede definirse como una entidad compleja formada por partes en interacción mutua, cuya identidad resulta de una adecuada armonía entre sus constituyentes, y dotada de una sustantividad propia que trasciende a la de esas partes«.
¿Recuerdan aquello de que un equipo es más que la suma de sus partes?
Ese enunciado debería llamar la atención de quienes prefieren ignorar lo que con estas líneas he tratado de exponer: Lionel Messi no es el plan. Ningún jugador por sí solo puede serlo. Ninguno en la historia lo ha sido.
Cuando Carlos Peucelle le sugirió a Adolfo Pedernera retrasar su posición en el campo nació «La Máquina de River». Pero semejante equipo no fue Don Adolfo solo; ese movimiento potenció a Muñoz, Moreno, Loustau, Labruna y hasta al propio Pedernera. Porque todo lo que haga uno condicionará a los otros, de la misma manera que el grupo influenciará en el individuo, llevándolo a producir respuestas que sin ese colectivo no conseguiría.
Esto es fútbol, un deporte de equipo en el que tener al mejor jugador del mundo no garantiza nada. Y aquí es cuando puede medirse el verdadero valor de un entrenador: identificar las fortalezas de su equipo y conseguir que este se haga aun más potente allí donde ya saca ventajas. A Sampaoli debe exigírsele eso, que su equipo juegue como tal, y que no se entregue a la genialidad de Messi como respuesta a lo inesperado.
Si no me cree, recuerde esta explicación de Thierry Henry sobre lo que es la construcción y respeto de una idea de juego, incluso cuando en el equipo se cuenta con el mejor jugador del mundo:
Fotografías cortesía de Agencia AFP, Diario Mundo Deportivo
Pensemos por un momento en la naturaleza del fútbol: dos equipos, compuestos por once jugadores en el campo cada uno, disputándose un único balón con la intención de hacer un gol más que el rival. No nos detengamos en los gustos ni metodologías; dos equipos enfrentados por una sola pelota.
Esa oposición directa, esa disputa entre dos bandos por un mismo objetivo, hace imposible aquello que muchos señalan como estrategia: “dejo jugar para después aprovechar mis oportunidades”. Un equipo que se ubica cerca de su propio arco con la intención de recuperar el balón en esa zona y aprovechar los espacios que quedan a las espaldas de los contrarios no “deja jugar” a su oponente: lo invita a acercarse a la zona que más le conviene. No se trata de gustos sino de explotar capacidades propias.
¿Por qué los equipos que se enfrentan a Juan Arango se cuidan de cometer faltas cerca de su área? Porque aceptan que la presencia del zurdo aumenta las probabilidades de que una jugada a balón parado se convierta en una opción clara de gol. Eso parece estar claro en la mente de quienes dicen analizar el fútbol, pero, sorpresivamente, el concepto no es trasladado a otras facetas del juego, sino que rápidamente es olvidado.
Otra cosa es que existan equipos que no protagonicen entrenamientos de calidad, y ante la superioridad del rival, hagan lo que cualquier organismo vivo haría ante un ataque: replegarse en búsqueda de una huida. Un ratón, enfrentado a la posibilidad de ser agredido, retrocederá y buscará la manera de contrarrestar esa agresión con un furioso arranque en dirección contraria al avance de su agresor.
Son dos cosas muy distintas identificar y aprovechar las distintas situaciones que se producen en un partido a ceder al rival todo el protagonismo. Los primeros son equipos que intentan desarrollar una estrategia; los otros, como explico Juan Manuel Lillo, “no necesitan jugadores, sino un milagro”.
Volviendo al caso de Arango, no hay que olvidar un detalle que habla mucho de lo que realmente pasa en el fútbol: a pesar del reconocimiento de los rivales, el de Maracay siempre dispuso, en los distintos equipos en los que jugó, de muchas ocasiones para hacer daño de tiro libre. Porque aun cuando se planifiquen conductas, este juego es protagonizado por seres humanos, que se mueven y piensan, que reaccionan y se adaptan. Ya lo dijo Carlos Peucelle:
“El fútbol es arte de ejercitación de imprevistos, donde lo planificado muere apenas surge el primer individuo que ensaye un engaño con la pelota o con el cuerpo. Lo imprevisto no admite planificaciones que no sean el imprevisto mismo”.
Mientras más pensemos el juego menos tiempo consumiremos repitiendo frases hechas que nada tienen que ver con el fútbol.
Capturas encontradas en la web. Créditos a quien corresponda