Lo más jodido de hacerse viejo es llenarse de recuerdos. Los recuerdos son imágenes de algo que fue y que nunca más será.
El futuro es incierto, inexistente, mientras que el presente es tan actual que lo vivimos sin tener consciencia de cuánto de ello se convertirá en recuerdos, y cuánto desecharemos. En la inmediatez del momento, la actualidad es maravillosa, agobiante y conmovedora, sencillamente por la dinámica histérica de nuestra existencia.
Con Andrés Iniesta aprendí a ver el fútbol de otra manera. No fue con Pep Guardiola, a quien tuve de ídolo. Tampoco a través de Michel Platini o de Marco van Basten. Iniesta me obligó a entender que para jugar había que darle continuidad a una dinámica colectiva, y que aquello requería diferentes respuestas, dada la imposibilidad de encontrarnos con dos situaciones totalmente idénticas.
Lo que el eterno número 8 del FC Barcelona construyó fue magnífico y contracultura. Al lado de Xavi, su socio de siempre, destruyó todos los renacidos mitos de la mal llamada modernidad, aquellos según los cuales los futbolistas de poca estatura, o de físico aparentemente débil, no podían competir al más alto nivel. Patrañas, mentiras y mucha ignorancia militante.
Iniesta compitió y vaya si lo hizo. Perdone si esto le parece exagerado, pero no encuentro, en los últimos veinte años, a dos mediocampistas tan influyentes como Andrés y Xavi. Los habrá con más pases gol y con mayores registros anotadores; pero sobre ninguno se construyó un equipo de leyenda como con ellos.
El FC Barcelona de Xavi e Iniesta, de Messi y Busquets, de Puyol y de Alves, de Valdés y de Piqué compitió no con sus rivales actuales sino con “La Máquina” de River Plate, con los “Magiares Mágicos” húngaros, con Brasil de 1970, con el Ajax de finales de 1960, y, si me permite una licencia, con el AC Milan de Arrigo Sacchi. Compitió desde los conceptos que estos grandes equipos construyeron y vaya si los mejoró. Y, aunque a ese equipo lo hayan integrado maravillosos jugadores, incluido Lionel Messi, ninguno, salvo Andrés, englobaba en su ser todas las virtudes de aquel conjunto.
Claro está que un equipo es mucho más que la suma de sus partes, por lo que intentar entender a Iniesta fuera de su “contexto” sería un ejercicio inútil, sin sentido. Aquel “Pep Team” fue de todos, hasta de los que menos jugaron. Sin embargo, Iniesta fue la elegancia y el pragmatismo hecho jugador. Ahora que tanto se habla de jugar simple o de ser práctico, lo mejor sería que se intentara jugar de manera sencilla, como lo hizo Andrés. No hubo nadie más efectivo que Iniesta, siempre que entendamos a esa virtud como la capacidad de conseguir el resultado buscado. El 8 siempre intentó que su equipo jugara mejor y, salvo alguna tarde que nadie recuerda, lo consiguió.
El pase, el control, el giro, el recorte, el freno, el cambio de ritmo y el supremo dominio de los espacios. Eso ha sido el de Fuentealbilla. Su silencio fue la pausa necesaria para tomar un último suspiro, comprender que se ha perdido una gran parte de nuestro ser, y creer, porque nada más se puede hacer que soñar con un futuro que valdrá la pena. Su futbol fue así, un intento de progreso sostenido siempre por un primer paso que ya era pasado.
Todos jugamos al fútbol, y en mi caso, fui extremo. Tenía gol y era bastante rápido. El fútbol era, en mi día a día, una gigantesca posibilidad de ocupar, por medio de la carrera, los espacios que dejaba la defensa rival. Entendía que corriendo llegaría rápidamente al arco. Gol, saque desde el medio y otra vez a correr (no hace falta aclarar que nunca tuve las condiciones para ser más de lo que fui), así comprendía este juego, hasta que el juego me acompañó.
Aun así, nunca dejé de pensar en el fútbol. Todos los que alguna vez jugamos al fútbol seguimos soñando con fútbol, con aquel gol imposible, o con el pase que debimos dar. Y pensamos en fútbol porque creemos que haberlo jugado nos hace conocedores del juego. Por ello le agradezco a Andrés Iniesta que, mientras yo imaginaba piques eléctricos y un fútbol casi individual, él abrió mis ojos para recordarme que este juego tiene una velocidad propia, un espíritu colectivo y colectivista, y que sin los compañeros moriremos en la más triste soledad. Eso fue Iniesta, un continuador y un multiplicador de probabilidades. Siempre en equipo; siempre para el equipo
Iniesta se retira del FC Barcelona y se irá quién sabe a dónde. Su fútbol forma parte de mis recuerdos, de las imágenes que espero nunca me abandonen. Es una de las tantas memorias que ayuda a seguir caminando hacia adelante al tiempo que voy aceptando que me estoy haciendo viejo…
La goleada ante España despertó todos los temores: a falta de 80 días para el mundial, la selección albiceleste parece tener muchas más dudas que certezas. Sin embargo, hay algo que debe tenerse en cuenta antes de comenzar cualquier intento de vislumbrar lo que será el futuro, aceptando además que todo tiempo por venir es incierto y poco tendrá que ver con las aspiraciones, sentencias y afirmaciones de aquellos que dicen conocer y saberlo todo de un juego tan imprevisto como el fútbol.
La manera, o mejor dicho, el estado de forma futbolístico cómo un equipo llegue al mundial no es vinculante a lo que será su participación en la competencia; es durante el propio torneo, dentro de su propia dinámica, que una selección encontrará las oportunidades para desarrollarse y encontrar su identidad competitiva.
No es un proceso lineal; en la historia hay ejemplos como el de España en 2010 (llegaba como favorita, cayó en el primer partido y se ajustó a partir de esa derrota), el de Argentina en 2002 (favorita como nunca antes y fue eliminada en primera rueda), Brasil en 2002 (llegó tras clasificarse en la última jornada, con alguna deserción previa al viaje al torneo y con la presión de no haber convocado a Romario) y el mismo Brasil, pero en 1994 (llegó con Raí como titular y capitán, hasta que el torneo le exigió a Carlos Parreira, entrenador del equipo, sustituirlo por Mazinho a partir de los octavos de final).
Como estos hay mil ejemplos más. Es por ello que a los equipos de fútbol hay que comprenderlos como sistemas vivos, abiertos, en continuo proceso de cambio. Si existe una actividad en la que se puede comprender la fuerza del “Efecto Mariposa” es justamente en el fútbol. Pequeños cambios en las condiciones iniciales, a veces hasta imperceptibles para el ojo humano, conducen a grandes modificaciones. Y quizá eso sea a lo que apuesta Jorge Sampaoli, seleccionador argentino.
“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”
La frase se le ha atribuido equivocadamente a Albert Einstein, pero se desconoce, a ciencia cierta, quien la pronunció. Sin embargo, esto no ha impedido que forme parte de cualquier discusión, futbolera o no, en la que se pretende acusar a alguien de no promover las modificaciones que se creen necesarias.
Al casildense se le ha acusado de querer propiciar una revolución futbolística en poco tiempo y con los mismos intérpretes que ya eran protagonistas del equipo argentino. Ese señalamiento se apoya en la linealidad, esa característica con la que nos han educado desde nuestro nacimiento y que nos lleva a creer que existe una relación infalible, esa de causa-efecto, según la cual, los mismos causantes (el producto de las relaciones entre los protagonistas, bien sean rivales o compañeros) propiciaran siempre un mismo resultado.
De ser así, y retorno al fútbol para que la explicación sea más sencilla de comprender, el FC Barcelona que condujo Pep Guardiola, para muchos el mejor equipo de toda la historia, no hubiese perdido un solo partido. Esta es la magia del fútbol: todo es posible.
Pero en el fútbol, un juego en el que dos colectivos humanos se enfrentan por el control del balón, y en ello cada futbolista es influenciado y ente capaz de influenciar a sus compañeros y a sus rivales, de la misma manera que es influenciado por esos mismos actores, no hay verdades ni nada que se le parezca. No en vano para hablar del juego lo hacemos basados en lo que acaba de pasar y no en lo que sucederá.
Perdone que insista, pero si hay alguna característica que defina a este juego es la incertidumbre que nace precisamente de todo lo que anteriormente señalé.
A poco más de dos meses del inicio del campeonato mundial da la sensación de que lo que el entrenador argentino debe promover es la adaptabilidad de sus futbolistas a las distintas emergencias que nazcan durante cada partido del torneo. Esto es, siempre según lo practicado, identificar cuándo, cómo, por qué y para qué llevar a cabo conductas colectivas durante un partido.
Esto no es sencillo. Sampaoli no goza de tiempo para ensayar, lo que sugiere elegir muy bien los pocos conceptos que desea para encontrar la identidad e intentar ponerlos en práctica cuando comience la concentración previa al torneo ruso. No se trata de cambiar nombres por nombres, que eso lo podemos hacer usted y yo, sino de discutir la validez de ideas y planes.
“Antes del mundial le dije al grupo una frase que puede ser histórica. Les dije: ‘He visto ocho mundiales, y al mundial van equipos desbaratados, sin preparación y sin estructura. Si nosotros construimos una breve estructura táctica y nos preparamos bien, no físicamente corriendo sino físicamente en dinámica de juego, con la pelota, entonces nosotros podremos hacer cosas buenas’… Yo hoy puedo decirle al mundo que el equipo que vaya bien preparado, con un gran comportamiento táctico y con un equilibrio en sus jugadores, puede dar la sorpresa que sea”.
La fórmula de Pinto no es más que la suya, y por ello no vale la pena ahondar en la profundidad de sus trabajos. Sí hay en ella una clave que puede ayudar a Sampaoli de cara al torneo ruso, y es aquella que tiene que ver con la construcción de una breve estructura táctica.
Rasgos de la conducción Sampaoli
A dónde quiera que ha ido, el seleccionador argentino ha promovido que su idea es la de protagonizar los partidos. Sin embargo, hay ocasiones en las que el discurso y los hechos no van de la mano, bien sea porque el rival condiciona y obliga a una reorganización momentánea o porque cada partido supone una constante renovación de ideas e intenciones.
Cada cuerpo técnico estudia al oponente con la intención de encontrar cómo contrarrestarlo y atacarlo, y Sampaoli y su equipo de trabajo no son distintos. Prueba de ello es que su Chile, ese que salió campeón de una Copa América por primera vez en su historia, jugó la final de una manera totalmente opuesta a lo que venía haciendo. En aquella ocasión, fue más lo que se hizo por desactivar a Lionel Messi que por atacar a Argentina.
No es casual que, cuestionado por las posibles similitudes entre ambos, Marcelo Bielsa, uno de los referentes de Sampaoli, haya dicho que el actual seleccionador argentino era mejor que él “porque es más flexible”. La verdadera intención de la frase de Bielsa da para otro artículo que quien sabe si valga la pena.
Es probable que Sampaoli, aún cuando desee comandar esa revolución futbolística que tanto lo motiva, deba volver a ese episodio y preguntarse, casi en un modo Jorge Luis Pinto, qué estructuras tácticas quiere y puede desarrollar. Y aquí está la verdadera razón de este escrito.
Con la llegada de Sampaoli a la conducción de la selección albiceleste mucho se habló de un cambio radical, tanto de futbolistas como de estilo. Sin embargo, esto no ha sido posible. En el tema de jugadores no deseo entrar porque es arena de chismes, pero en la del estilo vale la pena rescatar dos rasgos y un par de interrogantes.
1.- Relación con el Balón
Llama poderosamente la atención que en estos tiempos se hable más de la recuperación del balón que de qué hacer cuando se dispone de él. ¿Para qué quiero recuperar la pelota si luego no sé qué hacer con ella? Esto es algo en lo que esta versión argentina ha fallado.
Sampaoli debe definir cómo quiere que sea la relación de su selección con el balón. Este aspecto es fundamental, tanto que determinará hasta qué futbolistas serán titulares y cuales serán descartados.
Si el entrenador, que ya avisó no tener los laterales deseados, se inclina por un centro del campo protagonizado por Javier Mascherano y Lucas Biglia, la construcción pausada de juego, con la intención de que el avance hacia campo contrario sea casi como una conducta coral, no es más que una utopía.
Ambos futbolistas no se caracterizan por hacer de la recuperación de la pelota una conducta total. Me explico: al igual que Juan Manuel Lillo, creo que quitarle la pelota al rival necesita de que, una vez recuperado el balón, este sea entregado, en situación ventajosa, a un compañero. De lo contrario no se puede hablar de quite sino de interrupción.
No quiere decir esto que estos futbolistas sean mejores o peores que sus competidores sino que poseen distintas virtudes. Tampoco son jugadores que juegan a lo mismo sino que hablan una misma lengua, de la misma manera que Xavi e Iniesta poseían un lenguaje en común.
Esa dupla seguramente será mucho más productiva si el equipo juega un estilo propenso a las transiciones, algo así como su versión del pasado mundial.
Si por el contrario, Sampaoli decide que su selección construya juego a partir de un estilo más asociativo, siendo un bloque corto que no se separe, la dupla Banega-Paredes parece ser la más adecuada para ese estilo, dado que ambos son futbolistas más acostumbrados a una relación constante y fluida con el balón.
Llegados a este punto le pido disculpas al lector por no haber aclarado con anterioridad un ítem muy importante: en estas líneas no encontrará referencias a los términos ataque y defensa. Sin proponer que este concepto sea una verdad absoluta, quien escribe entiende al fútbol como una totalidad, un continuum inseparable, por lo que todo en el juego se reduce a jugar.
Pasemos a otro aspecto, este innegociable en el ideario de Sampaoli: la presión tras pérdida del balón.
2.- Pressing o presión tras pérdida
Se hace referencia a esta herramienta como si esta definiese un estilo. Un estilo de juego puede ser protagonista o reaccionario, el resto de definiciones no son tales, son las herramientas utilizadas para llevar a cabo ese plan. Y la presión es eso, un instrumento.
Sin embargo, como cualquier mecanismo, y a pesar de no explicar una idea, el pressing o presión debe ser ejecutado de manera colectiva; cualquier despiste de un futbolista traerá como consecuencia inmediata la aparición de espacios que pueden ser aprovechados por el contrincante. Si por ejemplo, solamente los delanteros atacan el avance del rival, de ninguna manera se puede hablar de presión; un escenario semejante es afín a la confusión, al desorden.
En estos tiempos se habla demasiado de esta herramienta, como si recuperar el balón fuese más importante que conducirlo. Recuperarlo es una conducta posterior a la pérdida de la titularidad del mismo, pero ya le decía que estos son tiempos confusos en los que cualquier frase nos hace parecer expertos en ciencias ocultas, y el público, atorado y apurado, compra estos pescados podridos.
Para recuperar la titularidad del balón hay que tener en cuenta, nuevamente, la definición de Lillo, porque en ella se encierra que recuperar no es una tarea exclusivamente física sino de ubicación: si los futbolistas están bien posicionados esta recuperación será eso y no la interrupción del avance rival. Pero, y perdone que machaque, hay que primero desarrollar la relación con la pelota para luego desarrollar las conductas sin ella.
Messi: su rol y sus sociedades
El Messi del FC Barcelona obliga a pensar que más que un definidor, Lionel es un promotor del juego. Desde hace unos años, el 10 ha desarrollado una dualidad futbolística maravillosa, la misma que lo acerca al legado de Johan Cruyff como nunca nadie lo hizo: es iniciador y finalizador.
Más allá de su innumerable arsenal de virtudes, esto que describo ha sido posible porque las relaciones con sus compañeros así lo han permitido y promovido. Desde los tiempos de Xavi e Iniesta, Messi fue poniendo en práctica los valores del juego posicional, aprendidos desde su llegada a La Masía, y que hoy le permiten ser el futbolista más determinante de la actualidad. Aunque las promociones digan lo contrario, muy pocas veces el juego de su equipo fue suyo y de nadie más. Basta observar la relación que existe entre Busquets, Iniesta y él para comprender que un futbolista, por más genial que sea, necesita siempre de sus compañeros.
La vida en sociedad es eso, la aceptación del vecino como parte fundamental, como apoyo, como un ser vivo con el que se comparten metas y objetivos. En el fútbol, esa relación no puede ser lineal, es decir, no siempre un volante derecho debe alejarse cuando Messi tenga la pelota; habrán ocasiones en las que valdrá el toco y me voy, otras en las que será el toco y me quedo, y otras en las que la participación será exclusivamente posicional o testimonial. Lo que sí debe quedar claro es que aquella postal de la Copa América de Chile, en la que Messi no tiene un socio cercano, es lo que debe evitar el seleccionador.
El discurso de los distintos entrenadores de la selección argentina ha puesto la lupa en dónde debe recibir la pelota Messi, cuando en realidad, lo más importante es quienes y cómo deben acompañarlo. El gol de Maradona a los ingleses no hubiese sido posible sin el acompañamiento de sus compañeros, algunos cercanos y otros lejanos, que impidieron un escenario como el de la fotografía que anteriormente menciono. Distintas alturas y distintas distancias, eso debe preocuparle al seleccionador.
Además, al futbolista, sea Messi o Ignacio Benedetti, no hay que limitarle a una zona, a una posición, sino que hay que permitirle desarrollar diferentes roles, para que así, siempre según las emergencias que nacen del juego mismo, sea un factor continuador y mejorador del colectivo. La posición pone frenos, mientras que los roles son camaleónicos, necesitan la adaptabilidad propia del intérprete.
Cuando Messi es el factor diferencial en su club lo hace sin la atadura de la posición. Muchas veces la dinámica del partido le invita a asociarse con Busquets en el inicio del avance; con Iniesta en la continuidad o la regeneración del mismo, y así con el resto de sus compañeros. Pero no se trata de una cualidad excluyente; el futbolista, cuando es invitado a jugar y protagonizar roles tendrá esa libertad, de lo contrario, cuando se le asigna la defensa de una posición, tendrá fronteras y alcabalas que respetar. No es anarquía sino un caos ordenado.
Eso, sorpresivamente, ha costado entenderse en Argentina. Digo que llama la atención porque existen pocos países en el mundo con la cultura futbolística de los argentinos. En la órbita de su selección, Messi ha sido siempre encasillado, y por ende, limitado a la estéril discusión de si hay que dejarle ser el finalizador, que si la pelota debe llegarle a tres cuartos de cancha, o si debe ser el conductor. No se habla del juego sino de fronteras.
El portero
Puede que para Sampaoli esta sea la cuestión que mayores dudas le genera. Porque en un buen día, no hay mayores diferencias entre lo que hacen Sergio Romero y Wilfredo Caballero bajo los tres palos. Lo que los diferencia es un recurso que sigue siendo subvalorado por aquellos que etiquetan y premian sin mayor soporte que el valor comercial: el juego en su totalidad.
Si bien es cierto que en 1992 la International Board prohibía que el portero tocara deliberadamente con las manos un balón que un compañero le hubiera lanzado hacia atrás con los pies, los porteros de los grandes equipos de la historia supieron, por necesidad y adaptación, sacar provecho de su juego con los pies para promover o darle continuidad a la construcción del juego de sus equipos.
Gyula Grosics, portero del “Equipo Dorado” húngaro, y hasta ochenta y seis veces internacional con su selección, explicó hace tiempo atrás que, debido al juego de aquel equipo, muchas veces debió actuar como líbero para adelantarse a los atacantes rivales. Algunas veces ganó y otras perdió, pero ello no le impidió desarrollar el juego de pies que todavía es visto casi como una herramienta accesoria.
Sampaoli cree y siente que su portero debe darle continuidad al juego de su equipo, ayudando a crear superioridades detrás de la línea de presión del rival. Eso no se hace con el típico pelotazo que caracteriza el juego de los porteros. Es por ello que no parece descabellado, a pesar de la goleada sufrida ante España, que el seleccionador argentino esté meditando seriamente que su golero en el debut mundialista sea Caballero. No tiene la claridad de Ederson, Manuel Neuer o Marc André Ter Stegen, pero sin duda le ofrece a su equipo una prestación superior que la de su competidor.
Una vez llegados a este final vale la pena aclarar que lo expuesto acá es una visión, no la verdad. Probablemente el seleccionador tenga muchos más elementos para considerar y para decidir, sin embargo vale la pena volver al inicio de este trabajo para recordar que este es un juego incierto y que la linealidad existe únicamente en las húmedas fantasías de quienes desean aparecer como expertos en la nada.
La goleada ante España es un aviso, pero nada más.
Fotografías: Antonio Díaz Madrid y Fernando Massobrio (Diario La Nación)
El proceso que vive Jorge Sampaoli al mando de la selección argentina ha sido muy rico para aquellos que observamos los toros desde la barrera. El casildense protagoniza un recorrido que todavía no tiene fin, en el que él mismo, al lado de su selección, buscan una identidad desde la cual construir eso que se conoce como equipo.
En una comparecencia pública de marzo de este año, Sampaoli expuso un concepto propio sobre la utilidad de los sistemas en el fútbol:
Más allá de juzgar la concepción del entrenador, creo que lo más interesante es reconocer que, por primera vez desde que sumó a Juan Manuel Lillo a su grupo de colaboradores en Chile, con vistas a la Copa América de aquel país, Sampaoli renegó públicamente del juego posicional, mejor entendido como juego de ubicación.
Con Lillo como asesor más cualificado (maestro entre maestros), Chile ganó su primer gran trofeo internacional, y Sampaoli sumó reconocimientos como uno de los abanderados de ese estilo.
Pero tanto en su Sevilla como en los pocos partidos que ha tenido al mando de la selección albiceleste, el nativo de Casilda ya había dado muestras de su alejamiento, retornando a sus orígenes, entendido esto como una reconocida predilección por un estilo en el que predominan las transiciones. Pero nunca antes hizo pública esta ruptura con las ideas que una vez promulgó. No quiere decir esto que el entrenador haya dejado de lado su intención de protagonizar los partidos; lo que varía en la hoja de ruta que va diseñando es la relación de su equipo con el balón.
Uno de los condicionantes que influyó en esto que describo fue la (inexplicable) separación de Lillo y su reunión con Sebastián Beccacece, antiguo hombre de confianza del casildense, quien es un reconocido seguidor del estilo de juego que propone Marcelo Bielsa.
Sampaoli, siempre según sus declaraciones, rompe con la totalidad del juego y habla de ataque y defensa. Da la impresión de que los entiende como entes disociados, haciendo énfasis en diferenciar el trabajo defensivo del ofensivo. Puede que este cambio de discurso sea producto de la incertidumbre del momento, o puede que jamás se haya sentido realmente convencido de las virtudes del pensamiento complejo, aunque no hay que descartar que en la búsqueda de una identidad para su equipo, Sampaoli retorne a territorios conocidos que hacen las veces de zona de confort..
Me explico: todo lo expresado es contrario a la concepción del fútbol que tienen Lillo, Pep Guardiola o Marcelo Bielsa. Trataré de explicarlo:
Para comenzar, es pertinente volver a una maravillosa exposición hecha por Thierry Henry, en un canal de televisión británico, sobre cómo jugaba el Barcelona bajo la conducción de Pep Guardiola. No es descabellado asumir, tras escuchar al futbolista francés, que el seleccionador argentino ha firmado la separación, aunque sea de manera momentánea, con las ideas de Lillo y el mismo Guardiola:
Incluso, vale la pena escuchar a Lillo, defensor a ultranza de la complejidad y del holismo, en declaraciones previas a un partido:
En su exposición, Lillo reafirma una de sus máximas: en todos los procesos convivimos con la incertidumbre, pero aún así no hay que desestimar el valor del entrenamiento, de la práctica. Al fin y al cabo, es en ese escenario en el que los futbolistas cultivan sus relaciones, sus comunicaciones y sus interacciones.
Volvamos a las declaraciones de Sampaoli. En aquellos días brillantes al mando de la Universidad de Chile, al igual que en sus primeras apariciones con la selección de aquel país, el argentino fue definido por su cercanía hacia las ideas de Marcelo Bielsa. Pero la declaración de marzo es diametralmente opuesta a uno de los principios de Bielsa:
“Yo soy un obsesivo del ataque. Yo miro videos para atacar, no para defender. ¿Saben cuál es mi trabajo defensivo? `Corremos todos´. El trabajo de recuperación tiene 5 o 6 pautas y chau, se llega al límite. El fútbol ofensivo es infinito, interminable. Por eso es más fácil defender que crear. Correr es una decisión de la voluntad, crear necesita del indispensable requisito del talento”.
Todo lo expuesto me hace pensar en que Sampaoli está viviendo un proceso caracterizado por la incertidumbre. Sin laterales de largo recorrido, (“Si Argentina tuviera a Dani Alves y a Marcelo seguro jugaríamos con dos laterales.”) y por ahora con la búsqueda del protagonismo como única certeza, es imposible definir hoy con qué plan afronta el casildense su segundo campeonato mundial, éste con la etiqueta de favorito y al mando del equipo de su país.
Lo expuesto en estas líneas no tiene como propósito cuestionar al argentino, sino recordar que también los entrenadores viven procesos de introspección. Al fin y al cabo, hasta aquellos a quienes señalamos como dueños de verdades y conocimiento indiscutibles, cambian y se renuevan con cada segundo. Deben ser flexibles, deben adaptarse, y quien sabe, si tal como Sampaoli, deban adoptar un perfil camaleónico con tal de ayudar a su equipo a competir de la mejor manera posible. Pero con ideas firmes, porque sin ellas jugar al fútbol es lo mismo que jugarle unas fichas al azar. Con dos partidos preparatorios en el horizonte, el proceso que protagoniza Sampaoli promete seguir siendo muy interesante para los observadores desinteresados.
Fotografías encontradas en la web. Créditos a quienes corresponda.
El fútbol es un juego sumamente generoso. Además de las inmensas probabilidades que ofrece –no confundir con posibilidades porque en la vida todo es posible pero no probable- también permite que se discuta hasta lo más elemental. No en vano se ha puesto en duda la importancia de poseer el balón. Científicos de lo absurdo dicen, y se creen semejante bobada, que lo importante no es tener la pelota sino ganar. ¡Han descubierto el agua tibia!
Militantes de la obviedad, estos pseudo analistas se apoyan en que la posesión del balón por sí sola no significa nada. No advierten que ningún equipo del mundo tiene como estrategia, mucho menos como objetivo, eso que ellos condenan. La titularidad de la pelota no es más que una herramienta, un apoyo en la búsqueda de la victoria. Harta seguir recordando esto, pero la estupidez, al igual que el viento, no pierde su fuerza con el paso de los años.
Los equipos de fútbol entrenan y practican con el objetivo de, una vez en fase de titularidad del balón, hacer todo lo posible por marcar un gol. Los hay aquellos que prefieren que su relación con la pelota sea menos duradera, evitando la promoción de otros métodos de construcción de juego distinto a las rápidas transiciones. Pero al fin y al cabo, si no disponen de la pelota, ¿cómo carajo pueden anotar un gol? Lo que cambia, en estos equipos con respecto a otros, es su relación con la pelota.
Si mi equipo tiene el balón, el rival no la tiene. Esto, que debería pertenecer a la más pura lógica del juego, se discute hasta con pasión. Una de las razones para ello es que, desde mediados de la década de los 90, las transmisiones televisivas han impuesto aquello de los porcentajes de posesión. Y los estudiosos de la nada, afiliados a la imbecilidad, siendo que ella los ayuda a pertenecer, dejaron, si es que alguna vez lo hicieron, de ver el juego para ver la pantalla; se decantaron por la opinión de otros eruditos de la falsedad porque, insisto, asumieron que repetir bobadas aumentaba sus probabilidades de pertenecer. Repetir antes que pensar, esa fue su estrategia. No pusieron la lupa en qué hace cada equipo cuando se encuentra en fase de posesión sino que repitieron, cual loros entrenados, que tenerla era insuficiente.
Hago énfasis en la expresión “tener el balón” porque es otro de los grandes pescados podridos que esta gente vende y que debe ser desmontado. Nadie tiene el balón, salvo el portero cuando lo toma con las manos o aquel futbolista que está por ejecutar un saque de banda. Esto no les interesa, porque ellos, con tal de simular sabiduría y convencer a sus jefes y empleadores de ella, repiten y repiten lo que otros, tiempo atrás, también expusieron equivocadamente.
En una entrevista que acaba de hacerse pública, el periodista Juan Pablo Varsky, sabedor de estas miserias que aquejan al juego, quiso aprovechar la fuerza del altavoz que le proporciona el canal para el que labora (Directv Sports), para intentar que fuese Pep Guardiola el que le pusiera, de una buena vez por todas, fin a semejante debate.
Esto fue lo que le dijo el entrenador catalán ante el cuestionamiento hecho por el gran periodista argentino sobre la razón por la cual nos pasamos la pelota en el fútbol:
“Nos pasamos la pelota porque los chicos, cuando decidieron jugar al fútbol, decidieron jugar con la pelota… Un equipo que genera que todos participen de esa cosa por la cual se hicieron futbolistas, que es el balón, es la cosa que une más a un equipo, dentro y fuera del campo. Tácticamente, en cada pase tiene que haber una intención. El tiki taka… Yo amo que nos pasemos el balón pero ese término fue peyorativo, pasarse el balón por pasárselo. Yo digo: pasarse el balón con una intención, para mover una estructura defensiva y atacarlos dónde nos conviene. Es decir, el balón se mueve para tú hacer mover a esa estructura y decir ‘yo te muevo aquí para atacarte en otro sitio. Eso pasa en el baloncesto, en el balonmano, ¡en todos los deportes de grupo! Se mueve el balón para mover al otro. Cuando el balón está parado, el mimetismo de control defensivo es muy fácil; cuando el balón está en continuo movimiento el mimetismo defensivo del oponente no sabe dónde está, y en ese momento, en esa estructura que se mueve, que en función de si salen los de afuera o los de adentro, ahí es cuando uno puede atacar. Por eso se tiene que entrenar más y más, y siempre y siempre con el balón, porque es lo que da eso al juego”.
La exposición de Guardiola es sencilla, que no simple, porque explica la razón por la cual se intenta disponer de la pelota y evitar que el rival la tenga.
Aún así, hay quienes, aupados por la necesidad de sentirse y presentarse diferentes, siguen gritando a lo loco que lo importante es ganar y no tener la pelota. ¿Cómo gana un equipo que no disponga del balón? No me refiero a porcentajes sino a disponer de ella.
Guardiola y Mourinho sí que son parecidos. Mientras los medios de comunicación han construido una rivalidad que no es tan profunda, únicamente sostenida en maneras de ser o “porcentajes de posesión”, el público, víctima y victimario, ha olvidado que ambos entrenadores buscan lo mismo que cualquier otro deportista: vencer. A ellos, que hacen vida en el fútbol, los diferencia su concepto sobre construcción del juego, es decir, cómo interpretan que sus equipos se acercarán más a esa victoria. Y eso es lo que debe discutirse, no el resultado, porque el resultado ya está, ya es, no se puede modificar.
Me explico: la relación con el balón determinará el comportamiento de cada equipo. Pongamos el ejemplo de la recuperación de la pelota. Para muchos, un gran recuperador es aquel que hace lo posible por quitar el balón al rival, mientras que para otros, los que entienden al juego como un continuum y no lo disgregan ni separan en jugadas, comprenden que una recuperación no es tal si quien retoma la titularidad del balón hace un mal pase; retomar la conducción exige que se de un buen pase, uno que deje en situación de ventaja al compañero. Si por el contrario, una vez recuperada la conducción de la pelota se elige hacer un envío largo para que un compañero dispute pelota y espacio con un rival en igualdad de condiciones, eso más que recuperar es rifar, y en una rifa, es decir, en igualdad de condiciones, la lucha, la batalla, es para cualquiera.
Basta con observar los comportamientos de Ederson, portero del Manchester City, para comprender que, al poseer una noción profunda del juego, su labor, además de detener los disparos del rival, es la de un continuador del juego: alguien, que al igual que sus compañeros, entiende al pase como una forma de comunicación, de relación. Es un continuador, y al mismo tiempo, un generador de situaciones favorables. Cada pase suyo tiene una intención, por ello, salvo en casos de extrema emergencia, el brasileño no despeja la pelota, no la rechaza, sino que a través de ella conecta con sus compañeros y les ayuda a encontrar situaciones de superioridad.
Ganar o perder no depende de porcentajes de posesión sino de qué hacer cuando se dispone del balón. Todos ansían la victoria, algunos prefieren reducir los márgenes de influencia del azar –jamás será posible expulsarlo del todo- mientras que otros se decantan por jugarle unas fichas al talento individual y a la eventualidad. Pero sin el balón no hay viaje hacia la portería contraria, mucho menos probabilidad de anotar un gol.
Todo es tan lógico que los mercachifles han conseguido que nos olvidemos que al fútbol se juega con una pelota y que a esta, para ganar, hay que meterla en la portería contraria.
Fotografías cortesía diario Marca y http://www.weloba.com/
En 1955, Willy Meisl, periodista austríaco, hermano del legendario Hugo, uno de los entrenadores que mayores aportes han ofrecido a este juego, puso de manifiesto, en su libro Soccer Revolution, lo que consideraba el mayor enemigo del fútbol británico:
“Todo el énfasis se hace en la defensa: ¡la seguridad primero!
“Se dice que fue Herbert Chapman quien dijo que ‘si evitamos que nuestros oponentes marquen aseguraremos un punto. Si conseguimos anotar un gol, tendremos los dos puntos’. Esta fórmula, sin importar si realmente fue Chapman quien la pronunció, contiene el espíritu y la esencia táctica del ‘nuevo’ juego de fútbol, el de la era posterior a 1926 (N.R: año en que se produjo el cambio en la regla del fuera de juego, según la cual un jugador se encuentra en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario, lo que quiere decir que el jugador se encuentra más adelantado que todos los jugadores oponentes menos uno. En relación a la regla clásica, se cambió la palabra antepenúltimo por la palabra penúltimo).
“Rápidamente generó la mentalidad de ‘seguridad primero’ tan trágicamente característica de la Gran Bretaña del período entre guerras”.
Meisl no fue el único. Otro periodista, Conrad Lodziak, también advirtió que el camino que el fútbol transitaba era uno en el que el temor se imponía a la creatividad.
Según Lodziak, que en 1966 publicó un libro llamado “Understanding Soccer Tactics”, el fútbol ya había sido conquistado por el conservadurismo anunciado por Meisl:
“Un hecho interesante que se desprende del examen de la tendencia en las formaciones de equipo es que todos los cambios se han realizado en un solo sentido: del ataque a la defensa. Primitivamente, los equipos tenían nueve delanteros y un defensa; gradualmente el número de atacantes todo el tiempo fue reduciéndose y el número de defensores todo el tiempo incrementándose. Esto refleja un cambio de mentalidad en el fútbol. El objetivo ahora es ceder menos goles que el adversario; antes era apuntarse más tantos que el oponente”.
Pep Guardiola, como ha dicho José Mourinho, ha comprado defensores a precio de atacantes. Pero lo que el entrenador portugués pensó como un ataque a su colega catalán terminó convirtiéndose en una maravillosa definición de las intenciones del City de Pep.
Para Guardiola, hijo ideológico de Cruyff y Lillo, el fútbol es un juego global en el que es imposible disociar ataque y defensa. Es por ello que el preparador citizen habla siempre de la construcción de juego: en cada momento del partido sus equipos quieren la pelota, no para pasársela sin mayor plan, sino para ir debilitando al adversario hasta anotarle un gol.
La posesión de la pelota, o como bien aclara Lillo, la disposición del balón – tenerla solamente la tienen los porteros cuando la toman con la mano- no es el fin sino una herramienta. Con la pelota se construye todo tipo de avance, por lo que los futbolistas de los equipos de Guardiola no deben ni pueden distraerse en ningún momento sino moverse, ofrecerse, teniendo al arco contrario como punto de llegada.
Tanto en España como en Alemania, Pep no encontró mayor oposición conceptual a sus ideas. Al Barcelona llegó como el hijo de Cruyff, mientras que en el Bayern, aún cuando sus ideas no gozaron de la admiración que sí tuvieron en la ciudad condal, sus maneras habían influenciado profundamente a la selección teutona, por lo que el público, aunque atontado por la mentira mediática del “tiki taka”, estaba abierto a aceptar la transformación que propuso el catalán. Aquellos que no lo hicieron, una vez pasados un par de años de la partida del conductor español, se han visto más convencidos que los defensores originales de Pep.
Pero Inglaterra es un reto enorme. Y no me refiero a la posibilidad de ganar campeonatos, que es, aunque algunos lo olviden, el motor principal de su profesión.
El mayor desafío de Pep, le guste o no, es recordarle a los padres y creadores de este maravilloso juego cómo fue que éste se hizo popular y amado. Con esto no me refiero a cantidad de toques antes de llegar al área rival sino a la necesidad de comprender que esta actividad tiene un objetivo: entretener al público.
Meisl, además de escribir ese maravilloso libro al que hacía referencia, también participó de la publicación del texto de Lodziak. En el prólogo de ese manual, Meisl avisaba, nuevamente, que: “el fútbol inglés padece todavía las consecuencias de décadas de jugar ‘ateniéndose a las instrucciones’, lo cual es la muerte del individualismo, la espontaneidad y el placer del fútbol creador”.
Ederson, John Stones, Kyle Walker, Benjamin Mendy, Ilkay Gundogan, Leroy Sané, Bernardo Silva, Gabriel Jesús, Danilo. Ellos han llegado bajo el mandato del entrenador catalán para unirse a Nicolás Otamendi, David Silva, Fernandinho, Sergio Agüero, Kevin de Bruyne, Vincent Kompany, Yaya Touré, Raheem Sterling y hasta Fabian Delph con dos objetivos; ganar, por supuesto, pero ganar respetando aquellas directrices que caracterizaron al fútbol británico antes que este sucumbiera al temor, las estadísticas, y como no, al negocio por el negocio mismo.
Todo esto al igual que en Múnich: sin Xavi, Iniesta, Busquets ni Messi. Porque claro que el fútbol es de los futbolistas, pero también, diría mi amigo Martí, es de los entrenadores.
La soberbia los lleva a decir idioteces sin parar. En un programa de fútbol de TV, en Argentina, se gritan bobadas como si tuviesen licencia para mentir. Con una histeria sin parangón, se discute al posible cuerpo técnico de Jorge Sampaoli en la selección argentina. Las barbaridades son preocupantes:
Juan Manuel Lillo es un fracasado que descendió a Dorados en el fútbol mexicano. La historia verdadera: «Lillo heredó un equipo que había sumado cuatro puntos en las seis primeras jornadas. Lillo mejoró los registros del Dorados, consiguiendo que su equipo culminara en el octavo puesto al final del torneo, pero por cuestión del porcentual que marca los descensos y que se arrastra de temporadas anteriores el equipo culichi acabó descendiendo a la Primera «A» en la última jornada del Clausura 2006″. Luego de los señalamientos hechos en ese programa, entre los cuales el veterano acusador calificó a Jorge Sampaoli de «vendedor de humo«, Sebastián Abreu llamó a otro de los panelistas. «El Loco» quiso defender a Lillo y decirle al periodista en cuestión que los métodos del español son top. El silencio fue abrumador.
Lillo es militante de la periodización táctica y el juego de POSESIÓN. Aclaratoria: La metodología no es de «posesión» sino de «posición», una sutil diferencia lingüística pero enorme en cuanto a lo futbolístico. No recuerdo a Juanma como gran defensor de la metodología del profesor Vítor Frade- tampoco es contrario, simplemente no la aplica como tal- sino del juego posicional, al que él mismo, en el libro «Pep Guardiola. La Metamorfosis» de Martí Perarnau, rebautiza como juego de «UBICACIÓN«.
Lillo fracasó en Millonarios de Colombia. La historia verdadera: «En su primer torneo en Colombia, su equipo Millonarios consiguió 33 puntos en 18 partidos disputados (10 victorias, 3 empates y 5 derrotas). Millonarios culmina en el segundo lugar del torneo y clasifica al play-off final. En dicho certamen, cae por penales ante Junior en semifinales tras igualar 0 a 0 en el desarrollo del partido y pierde la chances de jugar en el partido final. En el segundo semestre de 2014 el club entró en una debacle deportiva luego que los fichajes del club no cumplieran las expectativas, esto hizo que Millonarios quedara último en el grupo C de la Copa Colombia,28 además, Millonarios perdió los últimos cuatro partidos de liga, siendo goleado 5-0 por Nacional en Medellín29 y luego de perder el Clásico Capitalino, contra Santa Fe, 1 – 0.30 Asimismo el equipo fue eliminado en la primera ronda de la Copa Suramericana luego de caer 1-2 con César Vallejo en Bogotá, y de empatar a 2 goles en Perú.31 Esto hizo que la situación de Lillo se complicara, hasta que el 2 de septiembre de 2014 las directivas del club informaron a la opinión pública que se había determinado remover del cargo a Lillo«. En resumen, Lillo tuvo un muy buen primer torneo y otro muy malo. Ni fracaso ni gloria, sencillamente la normalidad en la vida de un entrenador.
Lillo aprendió muy mal de Guardiola. Contemos la verdad: Pep Guardiola tiene en Lillo una de sus referencias de cabecera. Lo consulta permanentemente y esto lo afirma el propio Guardiola, quien dijo una vez: «Lillo es el mejor entrenador que he tenido«. Pero además, Jorge Sampaoli, además de llevar a Lillo como su mano derecha al Sevilla, lo convenció de acompañarlo en la selección de Chile para diseñar un plan que los ayudara a ganar la Copa América de Chile. El plan era agregar matices del juego posicional a un equipo que siempre fue muy violento en sus transiciones. Esto se pudo observar, entre varios ejemplos, en el rol de Isla, lateral derecho, quien hizo muchas veces de «Pedro» en aquella selección que ganó la Copa por penales, ensanchando el campo con sus desbordes, manteniendo la posición, casi de extremo, aun en momentos en los que el juego se inclinaba por el otro costado.
Estos son ejemplos de barbaridades que escuché hoy en un programa de TV en el que, como si fuera poco, el mismo señor grita que el fútbol es «dinámica de lo impensado», haciendo del título del maravilloso libro de Panzeri una ordinaria muletilla, porque los gritos y obscenidades que vomita no le permiten tan solo explicar la intención de aquel maravilloso periodista y analista, que no era otra que recordar que las cualidades de cada quien son intransferibles, y que el fútbol es pillería, viveza, engaño, pero también mucho de estrategia.
Pasa en Argentina. Pasa en España, y cómo no, pasa en Venezuela. La mentira y la banalidad se instalaron en el fútbol hace muchos años, pero ahora, gracias a la barbarie de las redes sociales, conquistaron todos los territorios. Hasta saludamos el éxito de algún ladrón de siete suelas.
No hago sino recordar a un querido amigo cuando me dijo que la guerra estaba perdida, pero por si acaso, aquí dejo algunas reflexiones de Juan Manuel Lillo, un entrenador magnífico y un soberbio pensador.
“La posesión del balón es un objetivo parcial del juego.”
“Cuando se piensa en el resultado se tiene temor al juego.”
“Lo que debe temer cualquier entrenador es que el equipo rival se ponga a jugar, y no temer que se ponga a correr.”
“No te puedes tapar un ojo y jugar a solo una cosa; ¡defender!O¡atacar!”
“Hay algunos equipos tan defensivos que no saben de que color es la línea de medio campo.”
“En el fútbol existen dos miedos, a ganar y a perder.”
“Estar atento a la intención del jugador adversario poseedor del balón es la mejor manifestación del talento defensivo.”
“Cuando no se tiene la posesión del balón hay que defender, no contener.”
“La táctica nace de los problemas que plantea el juego por un lado, y de las soluciones que encuentra el jugador para esos citados problemas, y todo esto trasladado a la colectividad. La génesis es el juego y el jugador”.
“La fuente principal para conocer el juego es conocer al jugador. Porque saber de fútbol es saber de jugadores”.
“La táctica es la forma en la que se juega, el porqué se juega, cuando se juega, cómo se juega y dónde se juega”.
“Mi gran misión como entrenador es crear cultura táctica. Enseñar al jugador a interpretar las situaciones, y eso parte de dar mucha información, es decir darle una razón para hacer las cosas. Al final elige el jugador”.
“El punto de partida no es el cambio, sino la contratación. No se contratan ideas, sino al último ganador, un buen currículo para tranquilizar a los medios y al público. Si los presidentes contratan una idea, la aguantarían como propia y habría contratos largos. Aquí el crédito de un entrenador es el siguiente domingo, y eres tan bueno como tu último resultado”.
“Los equipos no solo deben de ser felices atacando, también lo deben de ser defendiendo.”
«No voy a opinar sobre las opiniones. Eso es lo bonito del fútbol, opinar»
«Cuando más te aproximas a la portería, más te alejas del gol».
«Que Cristiano Ronaldo sea el símbolo para la sociedad actual significa que hay algo que no funciona».
«Ahora es mucho más importante en el fútbol lo que pasa de lunes a viernes. Lo que ocurre el domingo importa cada vez menos».
«El fútbol se ha convertido en un consolador social».
«Messi representa el paradigma sistémico y contextual. Todos estamos en el contexto y el contexto está en nosotros. Leo Messi es la prueba más evidente».
«Iniesta representa el todo y Messi la parte. Messi necesita más a Andrés que Andrés a Messi».
«Tu rival también es parte de ti».
«No es lo mismo la posibilidad que la probabilidad. A mí me gustan los equipos que buscan la probabilidad».
«No soy de los que cree que el liderazgo ha de ejercerse desde el banquillo. El entrenador ha de ser como Dios, en todas partes y en ninguna visible».
«Pep y yo intentamos lo mismo: conseguir superioridades a partir de la posición. ¿De qué sirve jugar entre líneas si no es para eliminar a rivales?».
«El fútbol no es ofensivo ni defensivo. El reglamento solo dice que hay que marcar más goles para ganar. Y nosotros hemos decidido no llevarle la contraria. Por eso partimos del balón, porque sin él no se puede hacer goles».
«El entrenador debe saber tratar al grupo como personas de lunes a sábado y el domingo hacerlo como jugadores».
«Creo que el entrenador tiene que pelear por ser, no por estar. Y creo que yo en día, con tal de estar, el entrenador deja de ser».
«No hay que atender a los dibujitos. Para mí en el 4-1-4-1 hay tres delanteros. Y es que en cuanto se mueve el balón, el dibujito se fue al carajo».
«Cada día me lo pregunto más… dime con qué mediocentro andas y te diré qué equipo eres».
«Las ideas siempre tienen validez en cualquier ámbito de la vida. Incluso no tener ideas es una idea en sí misma».
«No arriesgar es lo más arriesgado, así que, para evitar riesgos, arriesgaré».
Para que un equipo sea competitivo es clave la conformación del staff técnico que dirigirá a los futbolistas. Contrario a los que se supone, el entrenador no es un tirano que dicta ordenes, sino parte de un cuerpo colegiado que intentará encontrar el mejor rendimiento de ese colectivo humano que comandan.
La realidad nos demuestra que un entrenador será tan bueno como aquellos que lo rodeen. No es casual que los conductores más admirados a nivel mundial, aquellos que son tomados en cuenta, más que por sus triunfos por sus reflexiones y capacidad de innovación, se codeen con auxiliares o ayudantes que los desafían permanentemente. De nada vale hacerse acompañar por alcahuetes que digan sí a todo; una idea, así como su evolución, nace del intercambio de visiones.
El multimillonario norteamericano Warren Buffet así lo cree. Una de sus reflexiones más conocidas es aquella que reza:
“Contrata a los mejores y déjalos hacer lo que saben. Si no, contrata a los más baratos y que hagan lo que tú digas”.
Analicemos rápidamente quienes acompañan a Josep Guardiola y a José Mourinho, por citar a los entrenadores que más pasiones levantan en la actualidad.
Con el catalán trabajan Domènec Torrent (Primer Asistente), Carles Planchart (Asistente y Analista de Rendimiento) y Lorenzo Buenaventura (Preparador Físico). Los tres han estado a su lado desde tiempos en que Pep dirigía al Barcelona B. Este grupo, que puede catalogarse como el núcleo duro del “Guardiolismo”, se completa con Manel Estiarte, posiblemente el waterpolista más importante de la historia, quien se encarga de ser una especie de confidente del entrenador y, al mismo tiempo, sirve de apoyo para los futbolistas. En Barcelona tuvo otros colaboradores que luego se mantuvieron en el organigrama blaugrana, mientras que Múnich también contó con la colaboración de técnicos bávaros. En Manchester se ha sumado a Mikel Arteta (recientemente retirado del fútbol) y a Rodolfo Borrell, quien estuvo en el Liverpool de Rafael Benítez.
En el equipo de Mourinho destacan dos nombres por encima de los demás integrantes: Rui Faría (Preparador Físico) y Silvino Louro (Entrenador de Arqueros), ambos de largo recorrido con “Mou” desde hace mucho tiempo. El caso de Faría es muy interesante, ya que según el propio DT, su mano derecha sería, en caso de separarse del staff que conduce José, un maravilloso primer entrenador.
Puedo también mencionar el ejemplo del FC Barcelona. La llegada de Luis Enrique vino acompañada de varios profesionales de primerísimo nivel, como Robert Moreno (Asistente), Rafel Pol (Preparador Físico y autor del libro “La Preparación ¿Física? en el fútbol), Joaquín Valdés (Psicólogo) y Juan Carlos Unzué (Primer Asistente), el candidato número uno a sustituir al actual entrenador blaugrana.
Aprovecho la mención al trabajo de Luis Enrique para recomendar el documental “Los hombres de Lucho” en el que puede observarse a éstos y otros integrantes de ese staff.
Analizados brevemente los casos anteriores, cabe preguntarse si, en nuestro fútbol, cuando se contrata a un entrenador, se tiene en cuenta quiénes lo acompañan, qué metodología de entrenamiento emplean o cómo se conducen en cada una de las situaciones de riesgo que vivirá un equipo de fútbol. De nada vale sumar gente que poco o nada hacen por actualizarse y que creen, equivocadamente, que su formación, sostenida exclusivamente en el conocimiento empírico, es suficiente para potenciar los recursos de sus plantillas. Los amigos son los amigos, ya lo sé, pero estos pueden terminar por hundir un aparentemente bien sustentado proyecto.
Esto lo planteo tras un nuevo episodio que confirma al fútbol venezolano como tierra fértil para el disparate. Tras una victoria 2-0 ante Mineros de Guayana, Juan Cruz Real, hasta ese momento entrenador de Estudiantes de Mérida, renunció a su cargo, denunciando una injerencia inaceptable. Su declaración al programa radial “Tiempo de Fútbol” debería hacernos reflexionar sobre lo que aquí planteo y lo que algunos, equivocadamente, creen que es la labor dirigencial.
Y es que lejos de mejorar las estructuras institucionales, la gran mayoría de los directivos del fútbol criollo aspiran, casi exclusivamente, a ganar trofeos, como si estos fuesen la receta que respalde la estabilidad del club. La historia de nuestro fútbol nos recuerda que ni los éxitos ni la penetración social garantizan la existencia de los equipos. Marítimo y el Unión Atlético Maracaibo son sólo dos ejemplos de lo que aquí argumento. Hace falta un trabajo concienzudo, preciso, profundo y reflexivo para reafirmar, día a día, la continuidad de la institución, y este no se cultiva con injerencias sin sentido de quienes invierten el dinero. Si se confía en quienes deben dirigir las distintas áreas de un club, ¿por qué creer que cualquiera, sin la adecuada formación, puede hacerlo mejor?
Luego de un episodio como el que aquí repaso, ¿qué entrenador va a creer posible el desarrollo de un proyecto en esa institución? Alguno asumirá la dirección técnica de Estudiantes, pero el equipo, o mejor dicho, la directiva, ha quedado en fuera de juego: cruzaron una frontera de la que no se vuelve con facilidad. Por ello vale la pena preguntarse si en el fútbol venezolano se contrata a los mejores, a los más económicos o a los más amigos. En la respuesta puede que se encuentre parte del diagnóstico de nuestros males.
El Barcelona batió 6-1 al PSG y coronó una remontada histórica que lo sostiene como el equipo dominador de los últimos años. El gol de Edison Cavani casi destruye loas intenciones catalanas, pero si algo quedó claro en el Camp Nou de Barcelona es que nunca hay que dar por muertos a los grandes campeones. Paliza y lágrimas para los de Emery.
¿Cuántas veces se ha escrito que el fútbol es lo que es y no lo que queremos que sea? La sencillez de la frase no es contraria a la naturaleza de este juego, actividad compleja como pocas. Y es que el fútbol tiene su propia lógica; sin importar episodios pasados, cada puesta en escena es una versión única e irrepetible. No juega la historia, aunque para muchos sea esta la que explique algunos de los fenómenos que ofrece este deporte.
Se dijo hasta el cansancio que en el recorrido del Barcelona no hay grandes remontadas, y que esa es una cualidad que define al Real Madrid y no a los catalanes, estos últimos embajadores de un juego más sutil, mejor elaborado y menos propenso a los arrebatos emocionales. No eran injustos los pronosticadores en cuanto a las referencias históricas; quizá el lance más fresco es aquel de los cuartos de final ante el Chelsea, en la temporada 1999-2000, cuando tras caer tres goles por uno en la ida, en Londres, los blaugranas superaron al equipo blue cinco por uno en el Camp Nou, certificando su pase a la semifinal continental. Son más recientes los intentos infructuosos ante el propio Chelsea (2011-2012) o frente al Bayern Múnich (2012-2013). En ambos casos, a pesar de la diferencia de rendimiento, los culé quedaron eliminados de la Liga de Campeones.
Hay muchas otras muestras más que condenaban anticipadamente las intenciones del equipo dirigido por Luis Enrique, pero como le decía anteriormente, la historia no juega ni hace goles.
Los primeros minutos fueron todo menos lo esperado. Es casi imposible adivinar a qué salió a jugar el Paris Saint Germain. En esos primeros compaces, los franceses se entregaron a las intenciones de los catalanes, quienes pudieron avanzar en el campo sin mayor oposición. Gerard Piqué, Samuel Umtiti y Javier Mascherano, los tres defensores centrales elegidos por el entrenador blaugrana, se anclaron hasta cinco metros más adelante del medio del campo, haciendo del Barça un bloque corto y compacto, perfecto para atacar el ataque del PSG.
Debo insistir en que, aunque la intención del local fue esa, los de Unai Emery, quien sabe si por instrucciones o por voluntad propia, se agruparon a escasos metros de su portería. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, por lo que crucificar al entrenador español es desconocer las dinámicas grupales, o como bien lo recuerda Alejandro Abilleira, creer que «los jugadores resuelven en acuerdo con lo impuesto«. Más adelante, el mismo autor cita a Crozier y a Friedberg para recordar que se sobrevalora «demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones«. ¡Pum! Golpe bajo para los defensores de los automatismos…
La defensa por acumulación en espacios reducidos que puso en práctica el equipo francés no limito al Barcelona, aunque el gol de Luis Suárez fue todo menos estético, ítem que abordaré más adelante. Ese tanto, tan hijo del juego del Barça como de los temores parisinos no modificó el guion, y no fue sino hasta el minuto diez que los visitantes se animaron a cruzar la mitrad del campo. Sin embargo, y a pesar de esa tímida reacción, los blaugranas dominaban el partido, aprovechando la superioridad que generaban Rafinha y Neymar en sus respectivas bandas. Ambos ensancharon el campo, y si el Barça no tuvo mayores ocasiones de gol fue porque su juego interno, ese en el que debían mandar Lionel Messi y Andrés Iniesta, no estuvo fino como en otras ocasiones.
La enorme respuesta del Barcelona se debe en gran parte a la intervención de su entrenador. Luis Enrique, subestimado por muchos y señalado como apenas un gestor del tridente, volvió al “Cruyffismo” más ortodoxo, con la intención de sacudir a los suyos tras la pesadilla vivida en el Parque de los Príncipes, y vaya si lo consiguió. Su dispositivo 1-3-4-3 agitó y espantó fantasmas, y hasta se atrevió a variar dentro del mismo módulo: en algunas ocasiones lo puso en práctica con Jordi Alba y en otras, como ante el PSG, lo hizo sin laterales, dejando el recorrido por las bandas a Neymar y a Rafinha.
Cambiar no es sencillo. El último entrenador que intentó por necesidad pasar del 1-4-3-3 al 1-3-4-3 en Can Barça fue Frank Rijkaard, en la temporada 2006-2007. En aquella ocasión, el míster holandés comandó la victoria ante el Zaragoza, para avanzar a la semifinal de la Copa del Rey, aunque los suyos se quedaron cortos en la Liga de Campeones frente al Liverpool. Bajo las órdenes de Pep Guardiola, este equipo hizo bueno el módulo “Cruyffista” pero por creencia propia y no por necesidad de un resultado.
Es por ello que vale rescatar la capacidad de Luis Enrique y su staff. Nada de lo puesto en escena hoy en el Camp Nou hubiese sido posible sin las correctas sesiones de entrenamiento, tanto en pretemporada como en los días posteriores al duelo en París. Se va un enorme entrenador, a la espera de saber si su próximo destino lo tiene de camiseta roja o si debe buscarse la vida en otras latitudes.
Para intentar un ascenso tan complicado como el que coronaron los blaugranas hace falta algo más que capacidades futbolísticas. Por ello, cuando hacía referencia al primer gol del Barça, señalaba que, a pesar de haber sido el principal defensor de un juego que conquistó al mundo por resultados y estética, el primer tanto culé no fue el típico avance blaugranas. Puede que ahora, cuando ya pasaron los más emocionantes noventa minutos que recuerde, ese gol, nacido del caos y el espíritu indomable del uruguayo Suárez, haya sido el prólogo de un partido inolvidable. Que Iniesta construyera el segundo gol, mezclando su categoría con esa voluntad de no dar una sola pelota por perdida, fue la continuación perfecta al argumento que trato de hacer bueno.
No puede obviarse que Cavani marcó un gol que aniquilaba la esperanza de muchos, y que estuvo a centímetros y segundos de acabar con todo, pero este PSG, en su versión más pobre que muchos recuerdan, no podía triunfar con tantos temores; jugar así por voluntad propia merece un castigo, y el fútbol, ente al que muchas veces le adjudicamos conductas de entes vivos, hoy no permitió semejante afronta en contra de su propio espíritu.
El tanto francés obligaba a los blaugranas a convertir tres goles más, y, de la mano de un Neymar pletórico, convertido en el jugador decisivo que muchos prefieren no ver, consiguieron el ascenso a la más alta montaña. El brasileño lleva más de dos meses en un estado de forma insoportable para sus rivales, pero la banalidad, reacia a reconocer su evolución, se enfocaba en la falta de gol del 11 para desacreditar su juego. Hoy se llevaron un golpe de aquellos que hacen época.
Hay un dato que no es menor: esta hazaña fue posible aun cuando Messi no brilló. Marcó de penal, pero el argentino tuvo una de esas noches grises, melancólicas, en las que la mitad de sus intenciones fueron a parar en las botas rivales. Con el tiempo, este episodio histórico cobrará su verdadera dimensión cuando se revise que el 10 no fue determinante como muchos esperaban.
Pero permítame volver al trabajo de Luis Enrique, de Juan Carlos Unzué, Robert Moreno, Rafel Pol, Joaquín Valdés, Joan Barbarà, José Ramón de la Fuente y los demás integrantes de este cuerpo técnico. Este staff llegó a un equipo que quizá no estaba en la mierda (Piqué dixit) pero sí venía de dos años muy duros. El panorama actual los tiene peleando los tres torneos, como en cada año de su estancia en Can Barça, pero más allá de cuánto ganen o cuánto pierdan, estos nombres, junto a otros compañeros, dieron una vuelta de tuerca impensable; su capacidad y el hambre un grupo de futbolistas insaciables consiguieron lo que antes, e incluso durante el partido parecía imposible: derrotar a todos los fantasmas. Una remontada como la de hoy no se sostiene en cuatro gritos sino en un trabajo confiable.
Luis Enrique se perdió aquella inolvidable noche ante el Chelsea en el año 2000. Sus por entonces compañeros lograron, en plena Semana Santa, un resultado que nadie pensaba posible. Hoy “Lucho” sí fue protagonista, y los suyos le respondieron a los inconformes que cuestionaban la grandeza de este equipo, sólo porque no tenía en su historial de la última década un episodio emocional como el de hoy.
Bofetada a los críticos y a seguir adelante, como siempre ha hecho el fantástico entrenador que hoy volvió a celebrar a costa de la tristeza de París y de Qatar.
El fútbol se ha convertido en la principal vitrina de nuestras miserias. Gracias a él no se sostienen las mentiras ni las poses; sesudos analistas que se desviven por mostrarse en la piel de la racionalidad quedan desnudos. El fútbol no perdona.
La increíble e inexplicable derrota del PSG ante el Barcelona es quizá una de las muestras más claras de lo que expreso. El sincericidio cometido por estos mentirosos y oportunistas de turno podría servirle al público para identificar a estos malos actores. Pero las preferencias del «respetable» hace tiempo que dejaron se ser ejemplares.
Tras el episodio vivido en el Camp Nou, lo más sencillo era señalar a Unai Emery como el único responsable de semejante catástrofe, al fin y al cabo, nos han educado a que rápidamente debe identificarse un culpable. De nada sirve recordar que ese equipo, el francés, ya supo perder partidos de vuelta, tras obtener importantes ventajas, ante el mismo Barcelona o el Chelsea, episodio este último en el que alguno de sus jugadores celebró anticipadamente la clasificación a la otra ronda, al igual que en esta ocasión frente a los catalanes.
Antes de continuar debo aclarar que mi intención no es establecer una defensa al conductor del equipo parisino, sino demostrar que en este mundillo del fútbol todo vale y todo sirve siempre que se acomode a las necesidades de los expertos.
Éstos analistas no solamente colocaban al español como uno los grandes entrenadores del mundo tras los resultados conseguidos al mando del Sevilla, sino que además aseguraban que sus métodos superaban largamente a los entrenadores que había tenido el equipo parisino anteriormente. En ninguno de esos postulados, los expertos invocaban sus estudios sobre los métodos del entrenador ni mucho menos profundas conversaciones con el protagonista; amparados por los resultados, los llamados analistas hacían bueno o malo el proceder de cualquier entrenador. Ignoraban además que los verdaderos protagonistas de esta actividad son los jugadores, y, como bien avisó Juan Manuel Lillo, para saber de fútbol hay que saber de futbolistas. Nadie tiene una varita mágica que pueda transformar en héroes a simples mortales.
Voy a contar una anécdota, lejana el caso que nos refiere, pero que vivida en primera persona ayuda a comprender el origen de todas las mentiras y todos los juicios.
Antes de un partido trascendental, un entrenador se acercó a dos de sus jugadores más inteligentes, aquellos que tenían un mejor manejo de la pelota y de las emociones, con la intención de recordarles cómo los iba a presionar el rival para quitarles la pelota. Esta instrucción era simplemente un recordatorio, ya que esa escena había sido practicada antes del duelo. A los 30 segundos del partido se produjo lo anticipado y uno de los futbolistas no reaccionó adecuadamente, lo que derivó en un gol del rival. Treinta segundos fueron suficientes para que un entrenador fuera crucificado por los llamados expertos, los mismos que hoy liberan de responsabilidad a otros entrenadores que son más de su gusto. En esa mala costumbre de buscar un responsable lo más sencillo era señalar al entrenador, porque además, esta conducta no implica una investigación, sino que es aceptada por la sociedad futbolera como única y válida respuesta a cualquier crisis.
El futbolista que hago mención tampoco fue el único responsable de esa derrota. El fútbol es una actividad compleja, en la que no solamente intervienen un sinfín de elementos y factores, sino que, además, es dinámica, está en permanente movimiento; las sinergias producto de esa dinámica terminan siendo más influyentes aún que cualquier esquema, instrucción, o módulo táctico.
Futbolistas y sistemas
Como explicaron Michel Crozier y Ernhard Friedberg (El actor y el sistema, 1990), “sobrevaloramos demasiado la racionalidad del funcionamiento de las organizaciones”.
Convenientemente se olvida que un equipo de fútbol está compuesto por seres humanos, y que por más que cualquier dictadorzuelo de cuarta lo crea posible, los humanos sienten y reaccionan, jamás podrán comportarse como frías máquinas. Lo planificado siempre se enfrentará a lo que vaya surgiendo dentro de ese duelo conocido como partido de fútbol. Pasa lo mismo con nuestra existencia, pero el miedo a la incertidumbre impide que nos demos cuenta.
Según Natàlia Balagué y Carlotta Torrents (Complejidad y Deporte, 2011), la complejidad se sostiene, entre otros principios generales, en el Principio de la Interdependencia:
“El funcionamiento de cada elemento depende del de los demás y cualquier modificación afecta a todo el conjunto. Los elementos no están aislados, siempre se relacionan con el nivel que les precede, con el que les sigue y con su entorno global… Por ejemplo, de la misma manera que una táctica deportiva surge por la interacción del juego desarrollado por los miembros de un equipo, dicha táctica se impone a su vez sobre los jugadores constriñendo su comportamiento individual”.
Son muchos, quizá demasiados, los llamados especialistas que hacen mención a la complejidad para explicar fenómenos futbolísticos, pero una vez confrontados con la inmediatez que exigen y promueven las redes sociales, reaccionan como cualquier tertuliano de bar, que, dicho sea de paso, se comportan como aquellos que se autodenominan especialistas. Hablan de táctica y de estrategia, como si el jugador no fuese en sí mismo un productor de respuestas a las emergencias del juego.
Insisto, no intento desligar a Emery de su responsabilidad. Vale revisar este video que subí a Twitter para entender que el entrenador español equivocó la estrategia:
Aun cuando lo que más daño le ha hecho al Barcelona este año ha sido la presión alta, esto hizo el PSG ayer: pic.twitter.com/v24rQeUXtd
“Siempre hay jugador y persona, y la persona va por delante. El fútbol es más sentimiento, complicidad, que pizarra o estrategia”. Pep Guardiola
El gol de Sergi Roberto acabó con las aspiraciones del PSG. Neymar Jr., figura indiscutible del triunfo catalán, aseguró que antes de cobrar las faltas sugirió a su compañero a que fuera al área porque iba a convertir un tanto. Esta instrucción no convierte al brasileño en un visionario; sirve exclusivamente para que de una vez por todas se acepte que dentro del campo pasan cosas que quienes, desde afuera, entrenadores incluidos, no entenderemos. Sergi confió en el 11 y desafió las instrucciones de su entrenador, quien le pedía que se quedara en una posición más retrasada, preparando la pérdida del balón.
Es por ello que debemos rendirnos ante una evidencia que contradice a las verdades absolutas que se promueven desde la TV, la radio y los espacios escritos: el jugador es el único intérprete del juego, porque el juego es dinámico y sólo quien lo protagoniza puede definirlo y actuar según las emergencias que nazcan durante los compases del juego mismo.
Rosa Coba y Francisco Cervera, en su magnífico libro titulado “Fútbol: el jugador es lo importante”, plantean lo siguiente:
“Vigilamos movimientos, no personas que se mueven; formulamos repliegues, acosos, pérdidas de balón sin observar la voluntad de hacerlos. Y como nada es más práctico que una consistente teoría, ésta tiene visos de aunar bastante fuerza”.
¿Cuántas teorías, títulos, afirmaciones y supuestas certezas que aparecen en los medios se apoyan exclusivamente en la necesidad de algunos pocos de hacerse visibles a partir de hacer buena cualquier hipótesis, por más inverosímil que esta sea?
Estando en Múnich pude comprobar que la relación de Pep Guardiola con sus futbolistas no era tirante ni se parecía a lo que los medios alemanes describían. Pero de nada valía todo lo que observé en los entrenamientos del equipo bávaro: a mi retorno a mí realidad, todo auello fue puesto en duda porque contrariaba lo que los expertos balbuceaban. Las mentiras tapan hechos reales: de haber sido real aquel cúmulo de afirmaciones que describían a una plantilla totalmente desligada de su entrenador, hubiese sido imposible que estos mismos futbolistas compitieran como lo hicieron.
El fútbol da para todo
Unai Emery equivocó el análisis previo del partido, así como su planteamiento inicial. Aunque la ventaja de cuatro goles parecía casi irreversible, en frente estaba una de las delanteras más potentes del momento, el mismo equipo que ha dominado la última década del fútbol europeo. Por ello sorprendió a propios y extraños que la estrategia inicial partiera de semejante desprecio por la naturaleza propia del PSG, la misma que los llevó a dominar al mismo equipo catalán, apenas tres semanas atrás.
Ahora bien, ¿acaso no se juegan varios partidos dentro de los partidos?
Dentro de los noventa minutos que dura un duelo de fútbol son muchas las modificaciones que se suceden. Algunas de ellas producto de la reflexión del cuerpo técnico y otras, la gran mayoría, hijas de las sinergias que se producen entre todos los protagonistas. El avance de Sergi Roberto a posiciones de gol, aconsejado por su compañero, confirma lo expuesto. No fue un acto de rechazo a las instrucciones del entrenador sino una respuesta a una emergencia inmediata del juego.
César Luis Menotti incluso afirmó, en defensa de la capacidad resolutiva del futbolista, que cuando un entrenador aísla al jugador de la dinámica del juego para darle alguna instrucción, no hace sino hacer énfasis en algo que ya pasó mientras ese futbolista de aleja de lo que está pasando.
Tras el gol de Luis Suárez, el PSG reaccionó e identificó que el juego del Barcelona no los había empujado a esa inexplicable defensa por acumulación: ellos mismos liberaron al club catalán hasta el punto de permitir que sus defensores centrales jugaran casi en tres cuartos de cancha. Pero, así como no parece haber existido una notable intervención de Emery para cambiar lo propuesto, tampoco pudo identificarse en los futbolistas del club francés un acto de rebeldía, algo que hiciera pensar que podían recordar la victoria en el Parque de los Príncipes, no ya como un resultado, sino como un mapa, una hoja de ruta que les señalara cómo jugar ante el Barça.
Olvidamos que en un equipo no existe la autonomía de sus integrantes. Todos y cada uno de los organismos que lo componen conviven en una relación de dependencia que promueve sinergias y respuestas casi inimaginables. Acusar a Emery de miedoso, señalar a Thiago Silva como un “contaminador” o a Di María de provocador es, cuando menos, limitar el análisis para favorecer una certidumbre que no es tal, pero que seguramente nos hace sentir bien. El reduccionismo hace bien para el ego pero disminuye nuestras capacidades cognitivas.
Permítame que insista: el fútbol es incertidumbre, pura y dura. Con ello quiero decir que cada episodio, cada partido, debe revisarse como una muestra total y global, no por espacios ni recortes. Pero, además, hay que hacerlo con el convencimiento de que aun cuando creamos acercarnos a la conclusión, son demasiados los factores que no vemos, no comprendemos o ni tan siquiera sabemos que existen. El fútbol es de los seres humanos, y como tal, aceptémoslo, es, al fin y al cabo, dinámica de lo impensado
“¿Quién puede indicar previamente, con exactitud, el producto de una cantidad innumerable de interacciones, si estas están en continuo dinamismo?”. Óscar Cano Moreno
Fotografías encontradas en distintas webs, cortesía de la Agencia EFE
Con la confirmación del adiós de su entrenador, el FC Barcelona suma un nuevo problema a su accidentada actualidad, y es que más allá de pelear por la Liga, disputar la final de la Copa del Rey y soñar con una remontada ante el PSG, la institución catalana vive un caos en el que solamente Joan Gaspart se sentiría identificado.
El anuncio del míster blaugrana sorprendió a pocos –otra cosa es que se hagan pasar por sorprendidos, pero eso, como diría Carlos Salvador Bilardo, no es más que poner cara de circunstancia y hacerse el sueco. Quienes seguíamos las ruedas de prensa del entrenador podíamos coincidir en que a «Lucho» se le notaba cansado, extenuado, fundido. La prensa, con su ego multiplicado a niveles indescriptibles, ha vendido el pescado podrido que ellos agotaron al entrenador. Se equivocan. A Luis Enrique Martínez lo venció el tiempo y su propia intensidad. Vivir el oficio con tanta dedicación acaba con cualquiera, sin importar que se haya ganado tanto. Pregúntenle a Pep…
Pero más que ahondar en las razones del entrenador, pongamos la mira en el futuro inmediato de la institución que preside(?) Josep María Bartomeu.
Lionel Messi termina su contrato en julio de 2018, y por los momentos no hay confirmación oficial de que se avance en esa renovación. Andoni Zubizarreta hizo famoso aquello de que las negociaciones no se retransmiten, pero siendo Messi el activo más importante del primer equipo, el silencio de la directiva es cuando menos sospechoso. No sería de extrañar que tras el adiós del entrenador apresuren los tiempos y se firme, en cosa de un mes, la extensión del vínculo contractual con el 10.
Debo aclarar lo siguiente: la continuidad del argentino no está sujeta exclusivamente a valores económicos. Cuando Pep Guardiola, tras la obtención de la cuarta Liga de Campeones en la historia del club, aconsejó a la directiva que rodeara a Messi con los actores capaces de garantizar la estabilidad y mejoría del equipo, no lo hizo en vano. Al segundo capitán blaugrana se le conoce como un animal competitivo, y más que dinero, le atrae la posibilidad de seguir peleando por todos los títulos. Quiere y merece un sueldo acorde a su estatus, pero también desea que no se repitan episodios como que la plantilla no posea un lateral derecho ni un recambio para Sergio Busquets.
Hay que considerar otro ítem de suma importancia: la edad de la columna vertebral. Andrés Iniesta está por cumplir 33 años; Gerard Piqué acaba de llegar a los 30, meta a la que arribará Messi en un par de meses. Este mismo año, Busquets cumplirá 29 y Jordi Alba 28. No es una plantilla joven, y el rejuvenecimiento iniciado en el verano de 2016 con la llegada de Samuel Umtiti, Lucas Digne, Denis Suárez y André Gomes no ha cuajado como se planificó. De ellos, el central y Suárez son los que más rendimiento han ofrecido.
El adiós de Luis Enrique obliga a que, además de la necesaria negociación por renovar a su mejor futbolista, el club catalán deba encontrar un entrenador que promueva una nueva vuelta de tuerca al estilo, ese que se vio condicionado con la conformación del tridente Messi-Suárez-Neymar, y que, gracias a las gestiones de esta directiva, no se ha sostenido en las categorías inferiores.
Son muchos los candidatos y pocos los conocedores que pueden guiar a Bartomeu en la elección de la mejor opción. Probablemente, el entrenador que más cumple con los requisitos para ocupar ese banquillo sea Jorge Sampaoli. Su devoción por el juego posicional, así como la calidad de su staff técnico, comandado por Juan Manuel Lillo, invitan a creer en un acercamiento con el argentino, pero, contrario a la lógica, da la impresión de que esos contactos serían únicamente un saludo a la bandera: ese cuerpo técnico huele a “Guardiolismo” y eso, a Bartomeu, a su directiva y a quienes lo sostienen les produce indignación. La llegada de Sampaoli sería obra de una grandeza pocas veces vista en los más de cien años de la institución.
Es por ello que el mejor ubicado es Ernesto Valverde, actual entrenador del Athletic Club de Bilbao. Su carácter y su aparente conocimiento de la institución juegan a su favor. Valverde también es un enorme entrenador, el mismo que impidió al Barça de Luis Enrique ganar los seis torneos en un año calendario (2015) luego de batir a los catalanes en la Supercopa de España.
Ahora bien, sea Sampaoli, Valverde o cualquiera de los casi cien candidatos que promocionarán los medios, el que asuma el puesto de entrenador de la primera plantilla estará obligado a producir nuevas respuestas tácticas, con tal de impulsar así la competitividad de un grupo que ha ganado todo y que, aparentemente, no se cansa de seguir intentándolo. Y llegados a este punto es cuando la directiva catalana debe pensar muy bien qué Barcelona quieren para el futuro inmediato.
Los blaugranas, tras la llegada de Joan Laporta a la presidencia en 2003, experimentaron un retorno a las fuentes. El juego posicional que instauró Johan Cruyff encontró su éxtasis de la mano de Frank Rijkaard y Guardiola. Pero del mismo poco queda, y abajo, en las categorías formativas, por ahora no hay mucho que resaltar más que el empeño del grupo de Sandro Rosell por destruir todo lo que oliera a Cruyff y a Pep. Sin la colaboración de La Masía, el Barcelona se convierte en un equipo común, uno con los recursos económicos suficientes para comprar y comprar futbolistas, sin mayor plan que no tener plan.
Pero si por alguna de esas razones que la razón no entiende Bartomeu y sus colaboradores decidieran retornar a la identidad futbolística del club, la contratación del entrenador sumaría un nuevo requisito: debe ser alguien que conozca el juego posicional y, al mismo tiempo, promueva a los jóvenes valores de la institución. Ese panorama no parece ser más que un anhelo de los guardianes de la esencia blaugrana, aquellos señalados como “viudas de Cruyff” por el poder de siempre.
La búsqueda de un preparador es una labor harto complicada, más aún en una institución como la catalana. Un veterano periodista, cuestionado sobre las diferencias entre el Real Madrid y el Barcelona, inmortalizó aquello de que el Madrid es un equipo de jugadores y el Barça de entrenadores. En el caso blaugrana, cualquier espectador podría pensar que lo primero que se tendría en cuenta en el casting para encontrar el nuevo inquilino del banquillo es su metodología de trabajo, pero mire usted si la realidad supera a la ficción: el equipo filial dejó de lado esa máxima, hace un tiempo atrás, para servir de escaparate a los negocios de ciertos entendidos que siempre han sabido vivir de la institución.
Desde ayer, el Barcelona se está jugando el partido más importante de los últimos años: seguir siendo el equipo referencia en cuanto a juego, o ser el club de Bartomeu, Rosell, Núñez y los demás integrantes del reducido pero poderoso grupo que sienten al Barça como algo más que un club, su club.
Lo inmediato es renovar a Messi, pero, al mismo tiempo, la masa social que todavía siente como propio el club catalán debe impulsar a que su directiva, comandada Por Josep María Bartomeu defina qué tipo de club será el Barcelona de los próximos años. El primer paso será la elección del sucesor de Luis Enrique. El resto de las pistas parecen claras, pero siempre hay que dejar espacio para un golpe inesperado de timón.