Etiqueta: Scaloni

  • Naufragio catarí: Día 11

    Naufragio catarí: Día 11

    Argentina sufre y pasa. Juega finales desde la segunda jornada por errores propios. Aún así, su entrenador, Lionel Scaloni ha mostrado la calma suficiente para navegar el mar de emociones e intervenir en su equipo de la manera que es posible en este tipo de torneos: meter mano en el equipo. Los equipos campeones del mundo son ejemplo de que no existe un once fijo. Para ahondar, hoy dejo video:

    «La realidad de los fantasmas reside en su inexistencia».

  • Naufragio catarí: Día 8

    Naufragio catarí: Día 8

    -. ¿Hacia dónde marcha la selección argentina en este mundial? Si se camina más allá de la muralla emocional que rodea al equipo de Lionel Scaloni, se observa a un equipo que se debate entre los pilares que la llevaron a este torneo y algunas lagunas que deberían alarmar a los animadores patrioteros. Han sufrido durante 180 minutos porque les ha costado ejecutar con consistencia la globalidad del juego. ¿A qué me refiero con esto? Este deporte es un juego de espacios y para encontrarlos hay que considerar la totalidad del campo. Estos espacios útiles aparecerán a través de la dinámica de los futbolistas, el ritmo con que se mueva la pelota y el posicionamiento de los futbolistas. Sin estos tres elementos es posible que el juego se concentre en una zona del terreno y se desaprovechen las otras. Hace unos días, el entrenador hispano-venezolano Adolfo Rodríguez, que hace vida en el fútbol noruego, me recordaba el principio de jugar a diferentes alturas para atacar los espacios que libera el rival, algo que apenas ha sabido explorar Argentina en dos partidos. Un ejemplo de la correcta aplicación de esa fórmula se dio en el gol de Lionel Messi, cuando la selección albiceleste mezcló distintas velocidades y alturas, condujo para atraer rivales y el 10, uno de los más eficaces sabuesos de espacios que se haya visto, hizo lo que mejor sabe hacer: explotar hasta la más mínima debilidad del rival. Sin embargo, hay otra pieza en el rompecabezas que Argentina no está encontrando, y esta es la estabilidad emocional. Jugar bien al fútbol requiere cierta cuota de paciencia para no caer en las arenas movedizas de la ansiedad. Esa serenidad tiene diferentes raíces. Un puede ser eso que llaman experiencia, que no es otra cosa que estar habituado a competir en episodios de máxima exigencia. No obstante, hay quien dice que la experiencia es un peine que te dan cuando ya no hay más pelo que peinar. Otra es la confianza y el reconocimiento de unos patrones reconocibles. Esos rasgos del equipo no mienten y si se atiende a los reportes técnicos que emite FIFA tras cada partido se advierte a un equipo que, una vez progresa en el campo, estrecha el campo, concentrando su radio de acción a zonas centrales mientras limita su juego por las bandas. Lo hizo ante Arabia Saudí y lo repitió frente al seleccionado mexicano. Al mismo tiempo, a Scaloni no se le puede acusar de inmovilismo. En ese primer partido, Messi pasó la pelota con mayor frecuencia a Nicolás Otamendi y a Leandro Paredes, mientras que en el segundo, Alexis MacAllister y Rodrigo De Paul fueron sus conexiones habituales. El seleccionador y su staff actuaron, y el futbolista más influyente tuvo mejores apoyos. Les queda por delante administrar la ansiedad y mejorar la ocupación del campo, tareas complicadas en cualquier contexto, más aún en medio de competición que no regala oportunidades.

    -. Hay algo de justicia poética en que el primer gol de Canadá en los mundiales lo haya convertido Alphonso Davies y no me refiero a su historia de supervivencia, que de por sí es tan fabulosa como su juego. A Davies le etiquetan como prototipo del futbolista moderno, teniendo como sustento para esa sentencia su biotipo, cuando en realidad, y si nos atenemos exclusivamente al juego, el zurdo del Bayern Munich es un futbolista de toda la vida, de aquellos que saben jugar. Una de las tantas confusiones que hacen vida en este deporte es la limitación que acompaña al hombre-jugador cuando se le describe desde la posición que ocupa y no del rol que desempeña. Juan Manuel Lillo le recuerda a todo aquel que le pregunte que “el fútbol se juega desde la posición y no en ella”. Nada de eso atiende a la modernidad que venden los propagandistas de la nada. Conrad Lodziak escribió, en su libro de 1966 “Understanding soccer tactics”, una descripción sobre el estilo de impulsar el balón y desmarcarse que así lo confirma: “Más que ningún otro estilo de juego éste encarece el movimiento de los jugadores sin posesión del balón y junto con el pase de pared, un rasgo típico dentro de esta modalidad de juego, han representado una contribución al progreso del fútbol. No hay nada fundamentalmente erróneo en el ‘impulsar el balón y desmarcarse’, sino por el contrario muchos motivos para recomendarlo”. Ya lo advirtió Dante Panzeri uando escribió que “No hay nada nuevo, sólo lo antiguo lo parece”.

    “El anonimato en el mundo de los hombres es mejor que la fama en los cielos, porque, ¿qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? Todo ilusión.” Jack Kerouac, On the road.

  • Naufragio catarí: Día: 3

    Naufragio catarí: Día: 3

    El fútbol es un juego de espacios. El equipo que ataca desea ampliarlos mientras que el que se defiende busca reducirlos. Aquí entra la regla que da el carácter estratégico a este juego: el fuera de juego. Como cualquier otra herramienta, su empleo acarrea riesgos, ya que con una mínima distracción el equipo atacante quedaría mano a mano contra el arquero. Para superar esta trampa hay muchas maneras, entre las que destacan los pases cruzados a la espalda de los defensores o la construcción del juego interno para luego intentar un pase entre líneas a un futbolista que salga desde posiciones centrales, es decir, de un futbolista que se dirija hacia la zona liberada. Por ende, volvemos a la relación del equipo con la pelota, o más claro, a cómo se reorganiza cuando dispone de ella y a la forma en que lo hace cuando desea recuperarla. El reto de enfrentarse a un equipo que achica el espacio hacia adelante es la reorganización inmediata para adaptarse y superar dicho dispositivo. Este es un proceso que cada equipo aprende y desarrolla con el paso del tiempo, y que se sostiene en los principios propios de su manera de jugar. Posar la mirada en estas circunstancias tiene un enemigo furibundo: la histérica actualidad. Los tiempos de sobredosis de información conspiran en contra de la reflexión que merece cada conducta. Esta es la razón por la que quien gana es venerado hasta el cansancio y quien pierde es apedreado como el peor de los criminales. No hay término medio ya que no hay tiempo para la racionalidad. Pese a esto, es urgente recordar que quienes viven del análisis, o los que se postulan como tales, tienen la obligación de comportarse como médicos forenses y escudriñar en todos los rincones del cadáver que deja un partido, para intentar, solamente pretender, acercarse al conocimiento. De nada vale vociferar que Argentina fue incapaz de superar la estrategia saudí si no explicamos cómo puede batirse ese comportamiento colectivo. Tampoco tiene mayor sentido apelar a la mala suerte. Este es un deporte de oposición directa, en el que se juega contra y con un oponente, por lo que el elemento accidental es uno más de los que participan. Somos, por así decirlo, arqueólogos rumiando en las ruinas de algo que ya es pasado; cazadores de pistas que aclaren por qué pasó lo que pasó, sin el sosiego de aquel explorador para llegar a la luz.

    ¿Cuál es la responsabilidad del periodismo de fútbol? Lo elemental sería informarse, informar y atenerse exclusivamente a todo aquello que se englobe dentro de lo real. Sin embargo, estos tiempos de consumo perturbado han desterrado las normas fundamentales del oficio para convertirlo en algo desechable, en eso que bien podríamos definir como periodismo de sensaciones. Así es que unos sienten que Benzema o Lukaku se estaban cuidando para llegar al mundial, en perjuicio de los clubes que les pagan el sueldo. La realidad, esa estupidez que tanto incomoda a los aspirantes a notorios, se encargó deponer en su lugar a los promotores de las sensaciones y los pareceres. En un mundo medianamente decente, estos mercaderes de la mierda no tendrían otro espacio distinto al del callejón trasero de un bar. En el nuestro, son requeridos, escuchados y seguidos. Hace tiempo hicieron las paces con aquella vieja noción de darle a la gente lo que esta pide. Hubo un tiempo en que educar a la audiencia era el mayor privilegio para un comunicador. Hoy, pues ya sabemos de qué va esto: todo vale a cambio de aquellos quince minutos de fama que predijo Warhol.

    Entrenar para competir o entrenar para ser mejor. La duda me la transmite un amigo cuya sensibilidad le ha convertido en un fabuloso entrenador cuya obsesión es mejorar a sus futbolistas profesionales. Lo hace partiendo del concepto de que entrena seres humanos que hacen de futbolistas. El formato actual imposibilita que los staff técnicos dispongan de la cantidad de horas-entrenamientos suficientes para que sus intervenciones superen al más inmediato episodio competitivo. Pasa en clubes y, por supuesto, en las selecciones nacionales. FIFA y su comité de expertos, entre los que alguna vez Marco van Basten coló la idea de borrar de un plumazo la ley del fuera de juego, no parecen muy ocupados en buscar soluciones al aspecto básico de cualquier disciplina: el aprendizaje. Competir es la realidad del futbolista profesional, sin embargo, es tal la hipertrofia de la industria de partidos y competiciones que el tiempo para la educación es cada vez menor. El mundo de los negocios que tanto denuncia Menotti es quien dicta las reglas; Wenger y su equipo de expertos deberían encontrar algo en sus sesudos análisis que les lleve a cuestionar la manera como conduce este juego la mano que les da de comer. Ser hombre de fútbol es mucho más que vivir del juego.

    “Para poder pensar debes arriesgarte a ser ofensivo”. Jordan Peterson