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  • Balón para jugar, comunicar y vencer

    Balón para jugar, comunicar y vencer

    El fútbol es un juego sumamente generoso. Además de las inmensas probabilidades que ofrece –no confundir con posibilidades porque en la vida todo es posible pero no probable- también permite que se discuta hasta lo más elemental. No en vano se ha puesto en duda la importancia de poseer el balón. Científicos de lo absurdo dicen, y se creen semejante bobada, que lo importante no es tener la pelota sino ganar. ¡Han descubierto el agua tibia!

    Militantes de la obviedad, estos pseudo analistas se apoyan en que la posesión del balón por sí sola no significa nada. No advierten que ningún equipo del mundo tiene como estrategia, mucho menos como objetivo, eso que ellos condenan. La titularidad de la pelota no es más que una herramienta, un apoyo en la búsqueda de la victoria. Harta seguir recordando esto, pero la estupidez, al igual que el viento, no pierde su fuerza con el paso de los años.

    Los equipos de fútbol entrenan y practican con el objetivo de, una vez  en fase de titularidad del balón, hacer todo lo posible por marcar un gol. Los hay aquellos que prefieren que su relación con la pelota sea menos duradera, evitando la promoción de otros métodos de construcción de juego distinto a las rápidas transiciones. Pero al fin y al cabo, si no disponen de la pelota, ¿cómo carajo pueden anotar un gol? Lo que cambia, en estos equipos con respecto a otros, es su relación con la pelota.

    Si mi equipo tiene el balón, el rival no la tiene. Esto, que debería pertenecer a la más pura lógica del juego, se discute hasta con pasión. Una de las razones para ello es que, desde mediados de la década de los 90, las transmisiones televisivas han impuesto aquello de los porcentajes de posesión. Y los estudiosos de la nada, afiliados a la imbecilidad, siendo que ella los ayuda a pertenecer, dejaron, si es que alguna vez lo hicieron, de ver el juego para ver la pantalla; se decantaron por la opinión de otros eruditos de la falsedad porque, insisto, asumieron que repetir bobadas aumentaba sus probabilidades de pertenecer. Repetir antes que pensar, esa fue su estrategia. No pusieron la lupa en qué hace cada equipo cuando se encuentra en fase de posesión sino que repitieron, cual loros entrenados, que tenerla era insuficiente.

    Hago énfasis en la expresión “tener el balón” porque es otro de los grandes pescados podridos que esta gente vende y que debe ser desmontado. Nadie tiene el balón, salvo el portero cuando lo toma con las manos o aquel futbolista que está por ejecutar un saque de banda. Esto no les interesa, porque ellos, con tal de simular sabiduría y convencer a sus jefes y empleadores de ella, repiten y repiten lo que otros, tiempo atrás, también expusieron equivocadamente.

    En una entrevista que acaba de hacerse pública, el periodista Juan Pablo Varsky, sabedor de estas miserias que aquejan al juego, quiso aprovechar la fuerza del altavoz que le proporciona el canal para el que labora (Directv Sports), para intentar que fuese Pep Guardiola el que le pusiera, de una buena vez por todas, fin a semejante debate.

    Esto fue lo que le dijo el entrenador catalán ante el cuestionamiento hecho por el gran periodista argentino sobre la razón por la cual nos pasamos la pelota en el fútbol:

    Nos pasamos la pelota porque los chicos, cuando decidieron jugar al fútbol, decidieron jugar con la pelota… Un equipo que genera que todos participen de esa cosa por la cual se hicieron futbolistas, que es el balón, es la cosa que une más a un equipo, dentro y fuera del campo. Tácticamente, en cada pase tiene que haber una intención. El tiki taka… Yo amo que nos pasemos el balón pero ese término fue peyorativo, pasarse el balón por pasárselo. Yo digo: pasarse el balón con una intención, para mover una estructura defensiva y atacarlos dónde nos conviene. Es decir, el balón se mueve para tú hacer mover a esa estructura y decir ‘yo te muevo aquí para atacarte en otro sitio. Eso pasa en el baloncesto, en el balonmano, ¡en todos los deportes de grupo! Se mueve el balón para mover al otro. Cuando el balón está parado, el mimetismo de control defensivo es muy fácil; cuando el balón está en continuo movimiento el mimetismo defensivo del oponente no sabe dónde está, y en ese momento, en esa estructura que se mueve, que en función de si salen los de afuera o los de adentro, ahí es cuando uno puede atacar. Por eso se tiene que entrenar más y más, y siempre y siempre con el balón, porque es lo que da eso al juego”.

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    La exposición de Guardiola es sencilla, que no simple, porque explica la razón por la cual se intenta disponer de la pelota y evitar que el rival la tenga.

    Aún así, hay quienes, aupados por la necesidad de sentirse y presentarse diferentes, siguen gritando a lo loco que lo importante es ganar y no tener la pelota. ¿Cómo gana un equipo que no disponga del balón? No me refiero a porcentajes sino a disponer de ella.

    Guardiola y Mourinho sí que son parecidos. Mientras los medios de comunicación han construido una rivalidad que no es tan profunda, únicamente sostenida en maneras de ser o “porcentajes de posesión”, el público, víctima y victimario, ha olvidado que ambos entrenadores buscan lo mismo que cualquier otro deportista: vencer. A ellos, que hacen vida en el fútbol, los diferencia su concepto sobre construcción del juego, es decir, cómo interpretan que sus equipos se acercarán más a esa victoria. Y eso es lo que debe discutirse, no el resultado, porque el resultado ya está, ya es, no se puede modificar.

    Me explico: la relación con el balón determinará el comportamiento de cada equipo. Pongamos el ejemplo de la recuperación de la pelota. Para muchos, un gran recuperador es aquel que hace lo posible por quitar el balón al rival, mientras que para otros, los que entienden al juego como un continuum y no lo disgregan ni separan en jugadas, comprenden que una recuperación no es tal si quien retoma la titularidad del balón hace un mal pase; retomar la conducción exige que se de un buen pase, uno que deje en situación de ventaja al compañero. Si por el contrario, una vez recuperada la conducción de la pelota se elige hacer un envío largo para que un compañero dispute pelota y espacio con un rival en igualdad de condiciones, eso más que recuperar es rifar, y en una rifa, es decir, en igualdad de condiciones, la lucha, la batalla, es para cualquiera.

    Basta con observar los comportamientos de Ederson, portero del Manchester City, para comprender que, al poseer una noción profunda del juego, su labor, además de detener los disparos del rival, es la de un continuador del juego: alguien, que al igual que sus compañeros, entiende al pase como una forma de comunicación, de relación. Es un continuador, y al mismo tiempo, un generador de situaciones favorables. Cada pase suyo tiene una intención, por ello, salvo en casos de extrema emergencia, el brasileño no despeja la pelota, no la rechaza, sino que a través de ella conecta con sus compañeros y les ayuda a encontrar situaciones de superioridad.

    Ganar o perder no depende de porcentajes de posesión sino de qué hacer cuando se dispone del balón. Todos ansían la victoria, algunos prefieren reducir los márgenes de influencia del azar –jamás será posible expulsarlo del todo- mientras que otros se decantan por jugarle unas fichas al talento individual y a la eventualidad. Pero sin el balón no hay viaje hacia la portería contraria, mucho menos probabilidad de anotar un gol.

    Todo es tan lógico que los mercachifles han conseguido que nos olvidemos que al fútbol se juega con una pelota y que a esta, para ganar, hay que meterla en la portería contraria.

    Fotografías cortesía diario Marca y http://www.weloba.com/

  • Ametrallar a la razón con fútbol

    Ametrallar a la razón con fútbol

    Vivimos en la época de los excesos, y el fútbol, actividad humana por excelencia, no puede escapar a la realidad. Ya nada de lo que pasa en un campo es simplemente bueno; todo es magnífico, todo es superlativo, siempre y cuando no se detenga la rueda que da de comer a los positivistas del deporte.

    Es tal la abundancia que nos hemos convertido en nuevos ricos del fútbol: consumimos, etiquetamos y desechamos; no nos damos tiempo para degustar, saborear y diferenciar cada opción, y como consecuencia, más que en defensores del juego, nos hemos convertido en promotores de la uniformidad, entendida esta como el gran enemigo de la identidad, entendida esta como el conjunto de características que definen a un ser y lo hacen diferente del resto de sus pares.

    La identidad nos convierte en criaturas únicas, y, aunque existan elementos que nos acerquen a la creencia de la igualdad, no existe ser vivo que sea exacto a otros. Gracias a estos rasgos particulares e irrepetibles, cualquier acción, cosa o persona debe ser entendida a partir de esa singularidad que menciono, así como las interacciones entre el contexto y esa, según la cual, “la desaparición y sustitución de una idea, que a su vez será negada en su momento por otra que la sustituirá”, hace creer que se piensa en el juego y su evolución, cuando realmente no es así. De este modo nos encontramos con que, impulsados por la insoportable oferta diaria de partidos de fútbol, no se razona; se lanzan frases vacías que se ajustarán a lo que creemos y no a lo que realmente es El filósofo coreano, en su obra «La Sociedad del cansancio«, ofrece una visión sobre esto que intento explicar La violencia de la positividad, que resulta de ‘la superproducción’, ‘el superrendimiento’ o ‘la supercomunicación’, ya no es viral… El agotamiento la fatiga y la asfixia ante la sobre abundancia tampoco son reacciones inmunológicas. Todos ellos consisten en manifestaciones de una violencia neuronal, que no es viral, puesto que no se deriva de ninguna negatividad inmunológica.

    Aclaremos rápidamente: al ser un tema neuronal y no inmunológico, esto que aquí señalo tiene que ver directamente con procesos cognitivos, es decir con el pensamiento, la reflexión y la toma de decisiones.

    Más adelante, el coreano agrega que “la violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata». Entendamos que la positividad es un estado de la mente que promueve la observación de todos los acontecimientos de manera agradable, evitando cualquier conflicto entre lo que conviene y lo que es desechable.

    A partir de la enorme oferta de partidos de fútbol, el tiempo para pensar y analizar es cada vez menor. La inmediatez de nuestra era ha hecho cierta aquella falacia de que “más es mejor”, por lo que ya no vale una mirada profunda sobre un acontecimiento en particular, sino que hay que estar informado y mostrarse conocedor de todas y cada una de las situaciones, o en este caso partidos, no sea que se nos juzgue de incompetentes.

    Allí hace su entrada el positivismo que mencionaba con anterioridad. Empujados por los noticiarios deportivos -que promocionan “bloopers” como actos relevantes para divertir a la audiencia- la crítica ha sucumbido ante la instrucción de que todo tiene que ser bueno, todo tiene que ser positivo. Si un partido carece de emociones, entonces hay que reseñar el buen comportamiento de la gente; si ninguno de los equipos ataca, hay que publicitar supuestos dispositivos defensivos. El fin no es otro que hacerle creer a la gente, esa que no tiene tiempo para pensar y reflexionar porque vive agobiada por la incesante realidad de su existencia, que todo es maravilloso, y que el fútbol, aun cuando se juegue muy mal, es una especie de vía de escape en su asfixiante cotidianidad.

    En el camino, el fútbol dejó de ser excepcional para convertirse en rutina, un hábito, igual que pagar los impuestos o ir al supermercado.

    Sumergidos en este panorama que describo es mucho más sencillo discriminar, y es que lejos de comprender y promover visiones e ideas diferentes, se estimula la lucha entre lo bueno y lo malo, sin matices ni términos medios. Las redes sociales se han convertido en una trinchera perfecta para defender o atacar según la conveniencia: nos ofende quien no es positivo y nos agrada quién está de nuestro lado

    El fútbol, como actividad protagonizada y consumida por seres humanos, no puede escapar de esa realidad, es por ello que cualquier análisis o reflexión que no vaya de la mano del positivismo que antes señalaba, rápidamente será catalogada de traidora, una amenaza a nuestro hermoso mundo positivista. No hay nada más humano que enfrentar buenos y malos, pero el fútbol, digno heredero del circo romano, ha encontrado en estas redes sociales el espacio perfecto para seguir contando historias entre antagonistas.

    Permítame volver a referirme a los excesos para explicarme. Son tantos los partidos y tanta la necesidad de hacerse pasar por conocedores -los tiempos en los que «más» supera a «mejor»- que obviamos que esta permanente dinámica de observar y opinar sin tiempo para pensar y hasta aburrirse, ayuda a, como explica Byung-Chul Han en su “Sociedad del cansancio”, producir seres depresivos, agotados y fracasados, que se pelean por estar, por hacerse notar, y no por ser. De allí que sea más importante la cantidad que la calidad de lo observado y lo opinado.

    Sin tiempo para masticar cada muestra futbolística que observamos, la mente humana, exhausta y desgastada, se apoya en aparentes rasgos similares de cada partido para afirmar, no solamente que todo está bien, sino que existen innumerables rasgos de afinidad entre cada una de estas exhibiciones. Amparados en ello, e influenciados por ese positivismo que ya forma parte de nuestro ser, nos creemos el cuento de que existen estos atributos, y que además, estos son propuestos y transmitidos, sin importar de que esto sea imposible. Insisto, sin tiempo para pensar no hay reflexión.

    Me apoyaré una vez más en Han porque creo que sus palabras ayudan a comprender mejor lo que intento exponer, que no es otra cosa que la saturación y el cansancio destruyen la excepcionalidad de cada partido de fútbol, y nos sumergen en un terreno en el que no vale pensar; se repiten bobadas aparentes hasta convertirlas en directrices de un peligroso pensamiento único, que encuentra su fuerza en la ráfaga de mentiras y partidos que dificultan cualquier intento de rebelión:

    Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenecen la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Éste reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hipertensión. Esta atención dispersa se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite que el aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo».

    Sin tiempo, el fútbol, de la misma manera que el ser humano, recorre caminos marcados por la mediocridad y el conformismo. Así lo dictan la mayoría de sus expresiones, al igual que el desprecio por el análisis a favor de la inmediatez.

    Columna publicada el 28/02/2017 en El Estímulo

    Fotografía cortesía de www.nydailynews.com

  • Medidas contra la clandestinidad

    Cada vez que se discute la televisación del torneo de primera división, la FVF nos recuerda que son los directivos de los clubes los responsables de la clandestinidad de nuestro balompié. Así mismo, Rafael Esquivel y sus pares señalan a éstos cada vez que se habla de la inconveniencia de que sean 18 equipos en la primera división o cuando se requiere cualquier otra aclaratoria. Permítanme entonces hacer una sugerencia a quienes, según el ente federativo, deben tomar decisiones.

    El fútbol es un producto y ustedes seguramente lo entienden como tal. Como buenos comerciantes, deben reconocer que lo que no se muestra no se vende. No hay forma ni manera de que un habitante del desierto del Sahara compre agua si no sabe de su existencia. Créame, por más que su producto sea el mejor o necesario para la supervivencia humana, sólo a través de la exposición que ofrecen los medios de comunicación éste podrá generar el interés de quienes necesiten o deseen ese bien. Con el fútbol pasa lo mismo.

    En nuestro país se juegan 9 partidos de primera división cada fin de semana. Con la excepción de dos de ellos, los encuentros restantes se disputan los domingos, teniendo como hora de inicio el período comprendido entre las 3:30pm y las 6pm. La asistencia, para ser generoso, es muy pobre, tanto así que después de la undécima jornada, según el sitio web www.balonazos.com – cercano a la FVF – aún no se llegaba al millón de espectadores en el Clausura. En el siguiente enlace se puede confirmar la validez de esta información: http://www.balonazos.com/ve/index.php/noticias-portada/10473-puerto-ayacucho-lidero-la-asistencia-su-decima-distincion-de-la-campana

    Una vez demostrado que la presencia del público no genera ganancias considerables, ¿por qué no adoptar un esquema diferente que permita la transmisión de todos los partidos? Se podría, por ejemplo, jugar dos encuentros los viernes en la noche (6pm y 8pm), tres los sábados (4pm, 6pm y 8pm), tres los domingos (3pm, 5pm, 7pm) y uno los lunes (7pm). La distancia entre juego y juego permitiría la transmisión de TODOS los duelos, lo que significaría una mejora en el mercadeo, en el seguimiento a los equipos y los árbitros y, eventualmente, en la exposición de los jugadores, lo que ayudaría en la promoción de éstos y en futuras ventas.

    No es esta una verdad escrita en piedra. Es sólo una de las miles de opciones posibles que pueden adoptarse para que nuestro torneo gane en competitividad y eventualmente también genere beneficios para la gallina de los huevos de oro de la FVF: la Vinotinto.

    Columna publicada en el diario Líder el jueves 24 de Abril de 2.014

    http://www.liderendeportes.com/opinion/columnas/apuntes-del-camino/medidas-contra-la-clandestinidad.aspx