Etiqueta: Vinotinto

  • La Vinotinto según Johan Cruyff

    -. “¿Qué es bien y qué es mal?”, se preguntaba Johan Cruyff ante la atenta mirada de Xavi Hernández, para luego responderse “es distancia”.

    La Vinotinto sub-23 ha mejorado notablemente durante la celebración del Preolímpico. Uno de los pilares sobre los que se sostiene ese progreso está en la distancia. Basta con observar los primeros partidos y compararlos con los dos más recientes, ante Brasil y Argentina, para identificar que el equipo ha reducido el espacio entre las diferentes líneas hasta convertirse en un conjunto que viaja unido. Más cerca equivale a una mejor comunicación.

    El concepto de “distancias de relación” está referido, cómo no, a lo geográfico. No en vano, cuando hacemos referencia a él inmediatamente pensamos en la longitud y la separación que existen entre los futbolistas de un equipo. No obstante, esta noción trae consigo una mayor profundidad.

    Estar cerca de un compañero no garantiza absolutamente nada si no existen otros factores que alimenten esa relación espacial, tales como la confianza en el (los) socios, la socio-afectividad (relaciones entre los protagonistas en función de un objetivo común), la comprensión del juego y la identificación de semejanzas entre quienes están próximos al futbolista, entre muchas otras.

    Reconocer y adaptar esas distancias permite mejores sociedades entre los jugadores, así como la identificación de qué pueden o qué deben hacer en cada circunstancia de partido.

    La Vinotinto se mantiene en la disputa por uno de los cupos a los Juegos Olímpicos de París 2024 en parte a esa progresión que aquí se narra. Vale la pena resaltar el oficio del entrenador, Ricardo Valiño y su staff técnico, para promover esta evolución en medio de la tensión de un episodio competitivo de tal envergadura. Seguramente hay un sinfín de elementos que conspiran a favor del avance futbolístico de la selección, pero la reducción de las distancias de relación, sin que esto suponga una rendición del espacio, es un hecho que debe valorarse en su justa medida.

    -. Algunos recordarán el film “Un domingo cualquiera” (Any given sunday) de Oliver Stone. En él, Al Pacino (Tony D’Amato) interpreta, de manera magistral a un entrenador de fútbol americano que intenta navegar la tormenta de la inestabilidad deportiva junto a su equipo. De los muchos diálogos que valen la pena escuchar en bucle, está la famosa charla previa a un partido definitorio que a continuación se reproduce:

    “No sé qué decir, en realidad. Quedan tres minutos para la mayor batalla de nuestras vidas profesionales, y todo se reduce a curarnos como equipo o a desmoronamos, jugada a jugada, pulgada a pulgada hasta el final. Ahora estamos en el infierno, caballeros, créanme; o nos quedamos aquí dejándonos que nos aplasten o luchamos por regresar a la luz para salir del infierno, pulgada a pulgada. Yo no puedo hacerlo por ustedes, soy muy viejo.

    Miro alrededor y veo esas jóvenes caras y pienso que he cometido todos los errores que un hombre de mediana edad puede cometer, he despilfarrado todo mi dinero, ¿pueden creerlo?, he sacado de mi vida a todo aquel que me ha amado y últimamente ni siquiera soporto ver la cara que veo en el espejo.

    Cuando te haces mayor en la vida, hay cosas que se van, eso es parte de la vida, pero solo los comprendes cuando empiezas a perderlas, y descubres que la vida es cuestión de pulgadas. Así es el futbol, porque en cada juego, la vida o el futbol, el margen de error es muy pequeño, medio segundo más rápido o más lento y no llegas a pasarla (la pelota), medio segundo más rápido o más lento, y no llegas a atraparla.

    Las pulgadas que necesitamos están a nuestro alrededor, están en cada momento del juego, en cada minuto, en cada segundo. En este equipo luchamos por ese terreno, clavamos las uñas por esa pulgada, en este equipo dejamos el pellejo por cada uno de los demás, por esa pulgada que se gana, porque cuando sumamos una tras otra, eso es lo que va a marcar la p… diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir.

    En cada lucha, aquel que va a muerte es el que gana ese terreno, y sé que si queda vida en mí, es porque quiero luchar y morir por esa pulgada, porque vivir consiste en eso, las seis pulgadas frente a sus caras. Yo no puedo convencerlos de que lo hagan, tienen que mirar al que tienen a su lado y creo que van a ver a un compañero dispuesto a ganar con ustedes, que se sacrificará por este equipo, porque sabe que cuando llegue la ocasión, ustedes harán lo mismo por él. Eso es un equipo, caballeros, o nos curamos como equipo o morimos como individuos. Ese es el futbol, muchachos, eso es todo lo que es. ¿Qué van a hacer?”.

    En el fútbol, mi estimado lector, lo que está bien o lo que está mal es distancia…

  • Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    1.- El paso del tiempo, la vida, no es más que la acumulación de recuerdos y vivencias. A ellos recurrimos cada vez que se presenta un escenario similar a lo que compone nuestro bagaje emocional. Por ello es tan común que, minuto tras minuto, nos transformemos en seres más selectivos, menos tolerantes y hasta incrédulos. En los tiempos que vivimos, aquellos en los que importa más estar que ser, todo esto que aquí se narra constituye una enorme tentación para aparentar sabiduría y, al mismo tiempo, presentarnos ante el mundo como poseedores de un equilibrio emocional que en realidad no es tal. Por ello, ante cualquier evento que desafíe nuestra manera de entender algún proceso, nos rebelamos, levantamos la voz y asumimos el papel de aguafiestas, todo con tal de mantener una estúpida prudencia que evita cualquier acercamiento emocional con el fenómeno que recién terminó.

    2.- Jugar al fútbol es comprometerse. Con los compañeros, con el objetivo en común, con el contexto y con todo aquello que demande la reorganización natural de un enfrentamiento directo. Comprometerse, como bien escribió el periodista español Kike Marín, genera renuncias. ¿A qué renuncia un futbolista? Al más fuerte de los instintos del individuo: su individualidad. Esta abdicación es la más contundente prueba de que el ser humano es un ser social, habilitado para aceptar y ejecutar todo aquello que le posibilite la vida en sociedad. Pertenecer a un equipo, versión mínima del aspecto comunitario y cooperativista de nuestra especie, requiere, según la estrategia y los aconteceres del partido, que cada futbolista deje de lado esos impulsos en favor de un brillo superior al particular.

    3.- El ser humano futbolista no es un robot cuyo único fin es el cumplimiento de órdenes. Su razón de ser es jugar una actividad que es colectiva. Por ello, mucho de lo que se ve en el campo es el producto de la aceptación de un objetivo común que lo concilia con sus compañeros y del desprendimiento necesario para colaborar y asistir a quien viste la misma camiseta. 

    4.- Un ejemplo de esto fueron los apoyos que recibieron Alexander González y Christian Makoun ante Brasil. En ambos casos, los laterales venezolanos, gracias a la identificación de las virtudes de Brasil cuando éste atacaba, encontraron las ayudas suficientes para desarticular esos avances. Esos refuerzos, además de cumplir con ese objetivo inicial, tienen otro efecto: hacer que la labor del compañero sea algo colectivo y no individual, lo que ayuda a que ese socio cumpla con su tarea, es decir, que tenga brillo propio. Los apoyos son un acto de colaboración que jamás deben pasar desapercibidos; estos se pueden entrenar mil veces, pero si no se sienten naturales, será imposible ejecutarlos tal cual se vio en Cuiabá.

    5.- Fernando Batista y su cuerpo técnico reconocieron que esta versión de Brasil recuesta sus avances por las bandas, descuidando así la incidencia de sus centrocampistas. Una vez que recupera el balón, la construcción de juego va dirigida hacia esa zona del campo, promoviendo esa pequeña sociedad integrada por Neymar Jr., y Vinicius Jr.. No obstante, cuando éstos no pudieron avanzar, la fluidez dejó de ser la misma; el juego interior de Brasil no posee futbolistas especializados para mantener una rápida circulación de la pelota o para enviar un pase que rompa las líneas defensivas. Desde hace unos años, la selección amazónica ha olvidado aquello de que para ser fuertes en los costados es necesario un juego potente en el centro, y viceversa. Venezuela lo identificó y supo restarle peligro a las intenciones del local.

    6.- El equipo criollo pudo llevar a cabo una de los principios de su entrenador: ser un bloque corto, que no superase los cuarenta metros. Además de defenderse sin dejar espacios al rival, cuando recuperaba el balón, la Vinotinto aguantó la tiranía de la inmediatez: no se excedió en los pases largos sino que avanzó manteniendo esas distancias de relación. En esto fueron determinantes Tomás Rincón y Yangel Herrera, quienes sostuvieron la estructura, incluso turnándose para presionar o incomodar a aquel que intentara conducir por el centro del campo, haciendo aún más necesaria la búsqueda brasileña del juego por las bandas.

    7.- El empate ante Brasil deja un punto en el casillero. Sin embargo, su impacto anímico y futbolístico no se puede medir. El simple hecho de que la selección venezolana haya podido competir, sin limitar las capacidades de sus futbolistas, constituye una victoria sobre todos aquellos que proponen el temor, disfrazado de realismo, como vía única hacia la consecución de las metas. Batista eligió una estrategia cuyos pilares fueron las capacidades de sus jugadores. No fue contra natura, ya que su plan no limitaba las cualidades de los jugadores elegidos. Por el contrario, lo hecho por los futbolistas invita a pensar que los acompañó en eso que se llama la optimización del jugador. Consecuencia de esto es que los valores más resaltables del duelo ante los brasileños fueron la solidaridad, el cooperativismo y, sobre todo, la fortaleza anímica necesaria para no desistir tras el gol de los locales.

    8.- Tras la victoria argentina en el Mundial de Catar 2022, el escritor y pensador argentino Alejandro Dolina, hizo una hermosa reflexión sobre el fútbol y su capacidad para regalar algo de felicidad. Parte de aquella consideración decía lo siguiente:

    El amigo (Samuel) Coleridge decía que: «Para disfrutar el fenómeno artístico había que tener fe poética y suspender la incredulidad». Entonces, cuando vos ibas al teatro no decías: ‘No, no, en realidad este señor no se ha muerto, porque es un actor, no es el Rey de Dinamarca… es un actor y en realidad está vivo, y cuando termine la obra, van a ir todos a la esquina a comer pizza’. Entonces, tienes que suspender la incredulidad, tienes que creértelo, aunque sea por un ratito.

    Cuando vas al cine, sabes que son fotografías, que en realidad ni siquiera de mueven, que la retina, etc. etc. Coleridge decía: «hay que suspender la incredulidad, cuando uno va al cine, cuando uno lee poesía» y yo agrego, cuando uno va a ver un partido de fútbol.

    Hay que suspender la incredulidad y entonces entregarse a la fe poética, que consiste en creer que un gol de Messi, nos va a mejorar la vida, y en la medida que lo creamos, un poco la va a mejorar».

    Ante Brasil, y con toda la razón del mundo, el fútbol de la selección venezolana, el gol de Eduard Bello y las muestras de vocación competitiva de todo el equipo nos permitieron suspender esa incredulidad y celebrar, sí, por qué no, celebrar que ese punto es mucho más que lo reflejado en la tabla de posiciones.

  • Vinotinto ante Paraguay: la fuerza del compromiso

    Vinotinto ante Paraguay: la fuerza del compromiso

    -. Las eliminatorias sudamericanas son crueles. No deseo entrar en el debate de si son o no las más difíciles del mundo porque tengo amigos que han disputado las clasificatorias africanas y las historias que me han contado todavía me persiguen. No obstante, recordemos algo: la selección Vinotinto disputará seis partidos en tres meses y después tendrá una prolongada pausa hasta el mes de Marzo de 2024, fecha de ventana para partidos internacionales según el calendario FIFA.

    -. Asimilado esto, deseo centrarme en esos seis cotejos que se juegan este año. Para cada doble jornada, los seleccionadores tendrán a su disposición entre siete y nueve días para practicar y entrenar con sus dirigidos de cara a dos compromisos oficiales. En el caso que nos ocupa, Fernando Batista, a diferencia de sus colegas europeos, recibe a los futbolistas convocados luego de que estos realicen largos y tediosos viajes. Esta circunstancia resta horas de ensayo. Lo mismo sufren sus pares de América del Sur. ¿Cuánto puede el entrenador modificar en un lapso de tiempo que no le ofrece margen para el ensayo?

    -. Esta es la razón por la que el fútbol que observamos no es idéntico al que aspiramos. Juan Pablo Varsky contó, hace años, una anécdota con Marcelo Bielsa en Venezuela. En esa ocasión, y mientras Varsky esperaba abordar el avión que lo llevaría de vuelta a su país, Bielsa se le acercó y, palabras más, palabras menos, le dijo que era evidente que el periodista sabía de fútbol, sin embargo, debía concentrarse más en lo que el partido comunicaba que en aquello que él deseaba ver. Desde mi perspectiva, y teniendo a la complejidad como punto de sostén, agregaría que hay muchas circunstancias que desconocemos que influencian lo que luego observaremos en el campo de juego.

    -. La Vinotinto venció a Paraguay y con ello encontró mucho más que tres puntos. El equipo y la Federación Venezolana de Fútbol necesitaban un triunfo. Los futbolistas, entre otras cosas, porque deseaban sacarse de encima toda la bronca acumulada; el ente federativo porque hay un trabajo invisible, destinado a atacar falencias en procesos de formación, que requiere de una institución fuerte, en paz, para sostenerlo y alimentarlo.

    -. El duelo contra Paraguay dejó mucho. Sin embargo, no seré yo quien aburra al lector exponiendo todas aquellas que mi limitada capacidad atesoró. Aún así, compartiré algunas que me parecen primordiales.

    -. Alexander González es un futbolista muy válido cuando puede jugar de él. En Colombia, tuvo que concentrarse en el duelo que protagonizó contra Luis Díaz, lo que impidió salir del estado de concentración y pasar a la atención. Por el contrario, ante Paraguay mostró lo que realmente puede ofrecer en el rol de lateral derecho. Recorrió su banda, formó sociedades con los futbolistas que se acercaban a su zona de influencia y no perdió de vista sus responsabilidades en fase de recuperación de pelota. Quedó claro, tanto en su caso como en otros, que saber de fútbol es reconocer las capacidades del jugador puestas en el contexto de un juego colectivo de oposición-cooperación como el fútbol.

    -. Una vez recuperado el balón, queda pendiente hacerse fuerte en el juego interior, por el centro del campo. La Vinotinto apostó en estos partidos por una estrategia en la que prevalecían los desbordes por las bandas, pero si algo nos enseña el fútbol es que, para lograr superioridades por fuera, hay que crearlas primero por dentro. Los volantes centrales tuvieron pocos apoyos para construir esa fortaleza, lo que alimentaba la impresión de que la estrategia inicial no contaba con los pilares suficientes para ser tan potente como se imaginó. La amplitud y la profundidad se sostienen en el centro del campo.

    -. Le pregunté a Batista sobre las distancias entre jugadores cercanos cuando el equipo recuperaba el balón y, también, acerca de los largos recorridos de algunos futbolistas tras retomar la disposición de la pelota. Su respuesta fue esclarecedora: hay una intención de ser un bloque corto, de cuarenta metros, pero el partido muchas veces cambia esa voluntad inicial. Esta afirmación reafirma lo expuesto anteriormente: no hay mucho espacio y tiempo para ensayar distintas maneras de reorganizarse, por lo que estos episodios solamente se corregirán con el paso de los partidos.

    -. Salomón Rondón y Tomás Rincón no ceden ante la histeria colectiva. Ambos son víctimas del paso del tiempo, ese enemigo despiadado e invencible que nos jode a todos y nos acerca a nuestra única verdad: recuerda que morirás. Este tipo de futbolistas son indispensables en un proceso que la Vinotinto pretende escribir en la historia de nuestro fútbol. Marcelo Salas en Chile o Álex Guinaga constituyen dos ejemplos que debemos revisar antes de sumarnos a la masa que exige renuncias, despidos y demás atrocidades sin mayor sustento que la pasión.

    -. Queda mucho por destacar. El compromiso de Soteldo; la versatilidad de Herrera; la valentía de Miguel Navarro; la sobriedad de los defensores centrales, etc. De todo ello se ha hablado y se seguirá conversando, pero el lector debe recordar que los futbolistas que integran la selección han vuelto a sus equipos, a su vida regular y que en un mes, serán llamados nuevamente para repetir el cruel ciclo que describí al inicio. Téngase en cuenta para que en los momentos oscuros, mantengamos la discusión en los márgenes que ofrece el juego antes de caer en la tiranía de la histeria y las soluciones mágicas.

     

    Imagen encontrada en internet. Créditos a quién corresponda

  • Salomón Rondón en tiempos de caníbales

    Salomón Rondón en tiempos de caníbales

    “Aquella noche en que cenaron en Nueva York, Garry Kaspárov miró a Guardiola y le dijo:

    -Cuando gané mi segundo campeonato del mundo en 1986 ya tuve muy claro quién me derrotaría.’

    -¿Ah, sí? ¿Quién? – le preguntó el entrenador.

    -El tiempo, Pep, el tiempo…”. Martí Perarnau – Herr Pep

     

    La vida es cruel. Apenas nos ofrece una verdad indiscutible: vamos a morir. Todo lo demás será producto de la incertidumbre, de lo eventual, de lo aleatorio.

    La tan aterradora finitud de nuestra existencia también es borrosa. Tal y cómo todos los finales que experimentamos en nuestro recorrido vital, estos llegan a su manera y a su tiempo, sin que nada podamos hacer. El horror del adiós no está enraizado tanto en la conclusión de algo sino en el desconocimiento de aquello que vendrá. Estamos educados sobre certezas y lo que ignoramos nos debilita, nos devuelve a los estados más primitivos de nuestro ser, aquellos en los que sobrevivir era lo único.

    El fútbol, como no podía ser de otra manera, es cruel, despiadado e implacable. Una vez que se constituyó como un hecho competitivo, aceptó las reglas básicas de la vida. Cada uno de nosotros está en capacidad de jugar cualquier pachanga entre amigos, sin embargo, solamente unos pocos pueden hacerlo al más alto nivel. Pero ese alto rendimiento, como ya se escribió, es una brutal trituradora, sin memoria ni sentimientos hacia aquellos que lo han honrado en un campo de juego; no perdona el declive y los expone.

    Debo hacer un inciso. Lo hago con la intención de respetar el idioma. El futbolista profesional no pasa nunca por una etapa de decrepitud. Ese concepto debe ser asociado a la salud y no exclusivamente a la pérdida de determinadas facultades. Por ello, cuando un jugador profesional pierde aptitudes es más acertado utilizar el término declive, de esta manera honraremos su realidad.

    José Salomón Rondón está atravesando esa etapa. Es el inevitable destino de todos los futbolistas. Esta fase de la vida, como se dijo anteriormente, llega a su manera y a su tiempo; nadie está preparado realmente para afrontarla, sólo queda vivirla y aceptarla.

    En el caso del delantero venezolano, bien valdría la pena pensar antes que reaccionar. Lo que aparenta ser el final de su período profesional en el fútbol se da, nada más y nada menos que en el Club Atlético River Plate. Con luces y sombras, pero formando parte de uno de las instituciones más reconocidas a nivel mundial. Cómo bien dice un admirado cantautor, “esto no es sopa”.

    Esa trituradora es hoy alimentada por un combustible en la que habitan, la mencionada histeria de la competitividad, como también las miserias de aquellos que no pudimos ser lo que Rondón sí logró. Esto no constituye por sí misma una novedad, sin embargo, la llegada de las redes sociales ha magnificado el despreciable oficio de renegar de todo, convirtiendo en aceptable cualquier expresión de odio. Lo está sufriendo Rondón, al igual que muchos de sus colegas en diferentes latitudes.

    No lo conozco a Salomón. Fuera de alguna entrevista y de cortas charlas en mi paso por la selección, no he tenido mayor contacto con él. Aún así, intento ver los juegos de River, con la única intención de observarlo una vez más. Claro que estallo en bronca cuando no convierte, de la misma manera que le sucede a todo aquel que ha celebrado gracias a sus goles o a sus actuaciones.

    En mi caso, ese maremágnum de emociones no está emparentado en que, como yo, Rondón es venezolano; todo aquello que admiro de él brota en que Salomón pudo ser y es todo aquello que yo no. Por ello, cuando la inconsciencia se apodera de mí, no recurro a estadísticas ni fríos números. Simplemente maldigo al paso del tiempo. Me recuerda que todos y cada uno de nosotros estamos muriendo. Algunos de manera más rápida y dura, y otros con la complicidad que a veces regala la naturaleza. Pero a todos, ese hijo de puta que es el tiempo, nos pone y pondrá en nuestro lugar.

    Quizá, antes que llegue mi tiempo, logremos convertirnos en una sociedad más respetuosa y sosegada, con el tiempo necesario para dejar de lado los gritos para abrirle paso a la contemplación. Lo dudo, porque no soy un optimista consagrado y la naturaleza humana me asusta cada vez más. Pero, como citaba Eduardo Galeano, esto que son las utopías sirven para seguir caminando…

    Fotografía encontrada en internet. Créditos a quién corresponda.

  • Pequeñas sociedades nutren el optimismo Vinotinto

    Pequeñas sociedades nutren el optimismo Vinotinto

    “Las pequeñas sociedades crean grandes equipos”. César Luis Menotti

    No podemos cuantificar las emociones, por ello es imposible determinar cuánto influyó en la victoria de la selección venezolana aquel adagio que sugiere que el futbolista desarrolla un grado superior de motivación con la llegada de un nuevo entrenador. Por otro lado, se pueden enumerar una serie de conductas que llevaron al equipo a mostrar una mejor versión en comparación con partidos anteriores. Hay muchas más, pero estas son apenas unas que consideré relevantes.

    1. El juego de los laterales. A diferencia de lo observado en el pasado reciente, el rol de Hernández y González varió y los llevó a ser futbolistas proactivos y con sentido. Sus proyecciones fueron avances con la intención de construir sociedades con los atacantes que ocupaban las bandas, tanto para el juego corto como para el desborde. Recorrieron la banda o realizaron diagonales hacia el centro siempre según lo que las sociedades que armaron requerían. Además de la instrucciones iniciales del entrenador, esto prueba que son futbolistas que tienen capacidad para interpretar el juego. Carlos Peucelle dió la receta hace décadas: «El juego por las puntas no tiene manera de ser anulado cuando se le hace con punteros veloces, apoyados por interiores de rápida salida de pelota”.

    2. En esas sociedades, Machís y Soteldo fueron relevantes. Lejos de aquellos futbolistas aislados en los costados, sin compañía, en este partido se movieron sin mayores impedimentos. Ocuparon las bandas, intercambiaron perfiles y también sacaron provecho de los carriles interiores. La presencia de Otero por el centro fue, además, una señal clara de que contarían con otro socio, capaz de acercarse y unirse a la sociedad lateral-atacante que antes mencionaba.

    3. Otero interpretó a la perfección su rol. Además de pases filtrados que buscaban a compañeros más avanzados, se involucró en la salida del equipo y se asoció correctamente con Rondón para evitar estorbarse que cuando este retrasara su posición. Hay un detalle: a diferencia de etapas anteriores, se sintió importante y acompañado; no debió recorrer largas distancias para acercarse al área rival y tuvo futbolistas que, alejados de temores pasados, avanzaban hacia campo contrario con una estrategia, lo que ayudó a que las distancias de relación no fuesen tan amplias como en tiempos de José Peseiro.

    4. Rincón fue uno de los grandes beneficiados de la tarde. La estrategia de Pekerman, así como la compañía de Martínez, le evitaron largas carreras a alta intensidad que le desgastaran o que incluso le llevaran a llegar tarde a alguna disputa. Con esa tranquilidad supo ejecutar cambios de frente e incluso acercarse al área.

    5. Martínez aún debe corregir detalles fundamentales de la posición. Hay pases que debe evitar o situaciones en las que no debe apresurarse. No obstante, su capacidad para abarcar muchos metros es fundamental para que Rincón saque lo mejor de su juego.

    6. Los defensores centrales fueron los de menor rendimiento. Ferraresi y Chancellor mostraron algunas dudas tanto en la interrupción del juego como en la construcción del mismo. En el gol visitante, Ferraresi, muy avanzado, tarda en recuperar su posición ideal mientras que Chancellor no reacciona ante la invasión del atacante boliviano al borde del área chica. La caída futbolística boliviana ayudó a que no pasaran mayores problemas en el segundo tiempo.

    7. Pekerman hizo más que promover el orden. No subestimemos su labor. En este primer partido, la selección criolla mostró una cara proactiva producto de la estrategia y no solo de la voluntad. La alineación de Soteldo, Otero y Machís fue una declaración de intenciones, pero las sociedades construidas con los laterales y con Rondón demostraron que su discurso va de la mano con los hechos. Esto no constituye algo diferente al primer paso de un proceso que será largo e incierto. Aún así, es rescatable que el victimismo y los complejos vayan cediendo su puesto en favor de la construcción de un estilo que se asemeje a las capacidades de los futbolistas y no a los temores o las limitaciones de quien los conduzca. El reto inmediato del seleccionador sigue siendo el mismo: ayudar a que el equipo nacional siga construyendo esas pequeñas sociedades a las que Menotti siempre hace referencia.

    Fotografía cortesía de As.com

  • El reto de Leonardo González

    El reto de Leonardo González

    Dos entrenamientos. Máximo tres. Ese es el gran obstáculo que enfrenta el seleccionador venezolano en su rol de “interino”. Nadie, por lo menos en el fútbol, está capacitado para hacer magia en tan poco tiempo. El reto de Leonardo González es enorme: producir pequeñas modificaciones sin contar con los ensayos suficientes para convencer a sus futbolistas de la idoneidad de sus planteamientos.

    Es un hecho que en el fútbol se confunden las aspiraciones con las probabilidades. Tanto González como sus futbolistas desean e intentarán ganar los tres partidos que tienen por delante. Son profesionales de esta actividad, pero sobre todo, son atletas acostumbrados a competir. Ganarán o perderán, pero por su condición de deportista harán lo que esté a su alcance para conseguir sus objetivos.

    Todo eso se circunscribe al terreno de la ilusión, que también hace las veces de combustible emocional para esa masa que agrupa hinchas, seguidores, simpatizantes y curiosos en un solo colectivo que aspira a ver a los suyos vencer. No obstante, a ese conglomerado de seres vivos hay que explicarles que todo lo que se habla cuando se habla de fútbol requiere trabajo, convencimiento, empatía, ensayo y, como si fuera poco, desarrollar relaciones entre entrenador y futbolistas. Roma no se construyó en un día, pero tampoco un equipo de fútbol se edifica en tres.

    Todo lo que la selección venezolana consiga en los próximos duelos ante Argentina, Perú y Paraguay estará emparentado, más que nada, a dos hechos que tampoco son moco de pavo: la capacidad de convencer que demuestre el seleccionador y la confianza en él que tengan los futbolistas.

    Presión alta, media o baja; repliegues; pequeñas sociedades; acciones a balón parado; transiciones, etc. Todo eso que compone el vocabulario de analistas, periodistas y público no puede construirse en diez días. No en vano, el período de readaptación a la competencia, eso que conocemos como “pretemporadas”, requiere de tiempo para el ensayo de postulados de juego que no se aprenden ni se aprehenden en cuestión de minutos. Ni qué decir de la continuidad de conductas que resulten beneficiosas para el equipo. En el fútbol, como en cualquier otro orden de la vida, es el tiempo, o la falta del mismo, el mayor enemigo al que se enfrenta cualquier ser vivo.

    En tres entrenamientos –si se piensa exclusivamente en el partido contra Argentina- no existe posibilidad alguna de desarrollar y ensayar una estrategia de comportamientos que abarquen los dos momentos que componen un partido de fútbol: disponer del balón y no disponer del mismo. Por ello he querido resaltar que todo aquello que enseñe esta versión “interina” de la selección venezolana –me refiero al juego y no al resultado- será consecuencia de la más trascendental de las herramientas con las que cuenta un entrenador: la capacidad de convencer a sus futbolistas. Es imposible que González o quién fuese el entrenador mantenga algo de lo hecho por José Peseiro por la sencilla razón de que ni él es Peseiro ni tampoco formó parte de su staff técnico.

    El reto de Leonardo González es convencer a los jugadores de algo en lo que él debe estar totalmente convencido, así como elegir a los que él vea convencidos de su plan, incluso por encima nombres. Gane o pierda, conseguir tal objetivo le valdrá la admiración de la gente de fútbol, es decir, de su gente. Todo lo demás será, como ya lo adivina el lector, material para redes sociales, acusadores, alcahuetes y demás productores de esa materia que recorre ciertas cañerías.

  • Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Fútbol: más que gallardía, orgullo y cojones

    Los equipos de fútbol son grupos integrados por seres humanos que ejercen de futbolistas. Esto supone que las emociones jueguen un papel determinante en cada duelo. Sin embargo, el fútbol es más que pundonor, orgullo y cojones.

    Estos valores, aunque desde las cabinas y los estudios de grabación nos quieran hacer creer lo contrario, no son mesurables ni están sujetos al país de origen. El amor propio, el pundonor o el sentido de pertenencia son de cada quien y cada uno los expresa y vive a su manera. Es una soberana estupidez pretender transferir nuestra manera de sentir hacia los otros; la individualidad de cada ser, aquello que nos distingue de nuestros pares y nos hace únicos e irrepetibles, es total, no selectiva.

    La cultura bélica y su lenguaje, transferidos al fútbol por aquello de que éste es “la guerra por otros medios”, instaló estos conceptos propios del combate para argumentar un triunfo o justificar la derrota. Se comunica que hay episodios más dignos que otros, una descripción que discrimina y sugiere que otras presentaciones u otros equipos no lo fueron, es decir, que carecieron de nobleza o decencia. Esta es una demostración más de cómo el lenguaje condiciona todo, incluso nuestra manera de relacionarnos con un hecho deportivo.

    El público no es el causante de esta perversión. Basta ya de hacerles responsables del Frankenstein mediático que nosotros hemos creado. Somos los únicos culpables de que no se hable de fútbol y por el contrario, se rescaten estos valores que no describen en su totalidad el desarrollo de un partido o el andar de un equipo en determinada competencia.

    Este hablar para ganar adeptos, tan de moda en los tiempos que corren, tiene consecuencias aún más graves que el simple hecho de alimentar el fervor y la euforia: reduce el juego de fútbol al plano emocional, lo que destruye el proceso de comprensión de la actividad y lo transforma en un hecho banal.

    Pongamos el ejemplo de la selección venezolana de fútbol. La participación en la Copa América de Brasil del combinado vinotinto fue analizada con pinzas, siempre partiendo de la base de que los futbolistas estaban demostrando un enorme compromiso con su selección. Esto que se dijo en la mayoría de foros no era una exageración –nadie debe olvidar cómo llegaron los futbolistas venezolanos al torneo continental- pero su exagerada promoción, interesada por parte de algunos notorios y oscuros personajes, evitó que se revisaran aspectos de mayor preponderancia futbolística, tales como la evolución del rol de los laterales-carrileros en los cuatro partidos o las deficiencias del plan para ocupar espacios y recuperar el balón, sólo por mencionar apenas un par de ellos.

    Esto que aquí se narra no es un comportamiento exclusivo del fútbol venezolano. Basta con repasar espacios radiales y televisivos, así como extensos escritos referidos a la actuación de Argentina, Colombia, España o Italia en sus respectivas competiciones para darse cuenta de que el análisis ya no supone un acto de admiración, sino que se circunscribe a la búsqueda de la aceptación popular.

    Trasladémonos a la actuación de la selección española de fútbol durante la Eurocopa de Naciones y pongamos la lupa en los dos primeros partidos del equipo comandado por Luis Enrique, saldados con dos empates.

    La identidad de ese equipo se sostuvo en principios futbolísticos idénticos a aquellos que le llevaron hasta las semifinales del torneo. Sin embargo, la falta de eficacia para anotar goles en esos duelos iniciales desató una tormenta según la cual, los malos resultados eran consecuencia de la improvisación, la ausencia de ciertos futbolistas y hasta la ignorancia del seleccionador. Claro que, una vez superada la primera fase, estos mismos altavoces se felicitaron porque ahora la selección sí enganchaba a la gente.

    Cuando se intenta analizar un equipo de fútbol dentro de un ecosistema de competición, es necesario partir de determinados principios: la relación con la pelota, cómo se reorganiza para defender y recuperar esa pelota, la generación y ocupación de espacios, la reorganización ante las determinadas emergencias que nacen del duelo y la capacidad de adaptación, porque, no se olvide, el fútbol es un juego de oposición-cooperación, en el que todo lo “planificado” se enfrentará a la realidad natural de este deporte: el equipo rival, el entorno y, cómo si fuera poco, una pelota que no para de moverse.

    La conclusión es que el análisis del fútbol representa una tarea mucho más rica y compleja que la simple mención a rasgos bélicos, al patriotismo o a ciertas emociones que todos, léase bien, todos tenemos en nuestro ser.

    ¿Cómo hemos llegado a este punto en el que quienes se presentan como analistas no hacen más que alimentar las manifestaciones más viscerales y que menor relación tienen con su oficio de conocedores?

    En buena medida esto se ha magnificado gracias a la dinámica dominante en las redes sociales. Es tal la velocidad con la que se consumen contenidos que en ellas, si lo que se pretende es sumar adeptos y seguidores, hay que aprender ser parte del sistema, es decir, unirse a la comercialización de la banalidad y la explotación de los sentimientos más primarios del ser humano.

    Debo insistir en que el público no es el responsable. El hincha ve un partido de fútbol con la motivación de ver ganar a su equipo; el analista, por otra parte, tiene la obligación de observar, pensar y explicar lo que sucede sin temor a la crítica, por más feroz que esta sea. El análisis no obliga, como se dice, a separarse de las emociones y ser “objetivo”: el ser humano es ante todo sujeto, las emociones son parte de su estructura.

    La revisión sí exige poner en práctica un carácter didáctico que despierte la curiosidad en aquellos que escuchan o leen; la euforia del triunfo o la frustración de la derrota es un hecho circunstancial que, una vez superadas, deben acompañarse por manifestaciones que ayuden a la comprensión del fenómeno o del hecho en sí.

    Cuando alguien cae enfermo seguramente recibirá de su círculo más cercano una serie de mensajes de apoyo y motivación que alimentarán su esperanza de superar ese trance. No obstante, cuando va al médico lo hace con el anhelo de conocer qué le llevó a contraer esa dolencia y qué tratamiento debe seguir para curarse. Eso que conocemos como diagnóstico no es otra cosa que la tarea y la responsabilidad de quienes analizan el fútbol.

    La gallardía, el pundonor y los cojones no son suficientes porque el fútbol, ese juego que decimos adorar, posee comportamientos que hacen real aquella aseveración de Dante Panzeri según la cual, “el fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección humana de la vida cooperativista”.

     

    Fotografías encontradas en internet. Créditos a quienes corresponda

  • Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol

    Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol

    La Copa América, como cualquier torneo de naciones, es el escenario perfecto para ventilar nuestras mayores emociones. Por ello es que se ha naturalizado que el análisis dé paso a cualquier manifestación puramente emocional. Para esta larga exposición he elegido un episodio en concreto y lo he titulado «Colombia-Venezuela: otra visión sobre velocidad y efectividad en el fútbol».

    A raíz de los dichos de un colombiano, en la cadena internacional ESPN, referidos al juego de Bernaldo Manzano y a la incapacidad de la selección de Colombia de vencer a su similar de Venezuela, creo pertinente hacer dos consideraciones netamente futbolísticas:

    La primera está referida a la velocidad. La velocidad en el fútbol no se mide de la misma manera que en algunas ramas del atletismo, es decir, no se explica si un futbolista es veloz por los segundos que tarda en recorrer la distancia entre el punto A y el punto B.

    El fútbol es un juego de alta intensidad, esto significa que requiere altos niveles de concentración y atención. La primera referida a las circunstancias que están inmediatamente a su alcance; la segunda a todo aquello que acontece durante el partido.

    Además, el fútbol es un deporte de cooperación-oposición (Seiru.lo dixit): el futbolista está siempre condicionado por sus compañeros y por el oponente. No se juega individualmente sino en función de los acontecimientos del propio juego, que varían y jamás se repiten.

    Cada futbolista es parte de una red de relaciones, una especie de telaraña en la que sus roles no se ejecutan exclusivamente desde la variable velocidad sino a partir de lo que esa red demanda. No es lo mismo recorrer diez metros en soledad que hacerlo en función del juego, evitando al oponente y atendiendo a esa intracomunicación con los suyos. Además, no se olvide, que cada movimiento está sujeto también a la ubicación de la pelota, que es el objeto móvil de este deporte.

    La conclusión entonces es que en el fútbol, la velocidad es la capacidad de reacción-ejecución relacionada con las emergencias, aquello que nace del juego: la cooperación y la oposición en circunstancias particulares. Es un juego netamente cognitivo que se ejecuta con el cuerpo.

    Desconozco el tiempo que le lleva a Manzano recorrer cincuenta metros en carrera. Sí sé que en el fútbol, rara vez un futbolista hace esos recorridos, con o sin pelota, sin oposición, una particularidad que por sí misma hace que los recorridos sean distintos al atletismo. En Colombia hubo grandes jugadores, ente ellos el “Pibe” Valderrama, qué hicieron de lo que la lógica dominante llama “lentitud” su gran fortaleza.

    La segunda consideración se refiere a la efectividad. La efectividad no es una variable que se relacione exclusivamente con la anotación de goles. Colombia ante Venezuela creó ocasiones claras de gol y las ejecutó de gran manera. Lo que impidió que alguna de ellas se convirtiera en gol fue la fabulosa actuación de Wuilker Faríñez.

    El portero venezolano evitó esos goles, por ello, el problema del equipo de Reinaldo Rueda no estuvo en la efectividad sino en l actuación del oponente.

    Incluso, si se revisa detenidamente el partido, se puede observar que el equipo colombiano no se desanimó ante la imposibilidad de anotar sino que insistió y mantuvo sus comportamientos. Esto último es una muestra importante de competitividad, ya que son incontables los equipos que ante esa circunstancia pierden parte de esa ambición. Colombia la sostuvo pero Faríñez evitó que entrara una sola pelota.

    La efectividad es un valor que, como todos, se intenta optimizar en los entrenamientos. Esto se hace mediante ejercicios que simulan el ecosistema de un partido -es imposible reproducirlo en su totalidad porque ni dos episodios son idénticos ni las responsabilidades son iguales-. Esta es una de las tantas razones por las que los más renombrados entrenadores hacen grandes esfuerzos para que sus equipos “finalicen las jugadas”. Generar un alto volumen de llegadas al área rival y finalizar las mismas es lo que aumenta la probabilidad de anotar un gol.

    ¿Por qué la efectividad no responde exclusivamente a lo entrenado? Porque, entre otras tantas razones, el partido posee condicionantes que no están en el entrenamiento: presión por obtener un triunfo, la oposición del oponente, las emociones derivadas del error, etc.

    Por este y otros motivos más, la comprensión más avanzada del fútbol ha abrazado las teorías de la complejidad. Son muchos los factores que afectan a la voluntad del jugador que juega en equipo. Estos varían siempre e influyen de distintas maneras; son incontrolables y hasta imprevisibles.

    El entrenamiento más avanzado de este deporte ha adoptado el concepto de la optimización. Optimizar es “conseguir que algo llegue a la situación óptima o dé los mejores resultados posibles”. Se optimiza al jugador en función de sus capacidades para que llegue a su mejor versión. ¿Definieron mal los futbolistas colombianos sus llegadas al arco de Faríñez? No. El portero venezolano fue figura porque evitó que esas ocasiones claras se convirtieran en goles. El arquero es un jugador de fútbol cuyo rol principal es ese.

    Ojalá se comprenda que cuando el portero es la figura del partido es porque éste evitó que opciones claras de gol subieran al marcador.

    Por último, deseo agregar otra consideración: los grandes equipos se componen de futbolistas que optimizan sus capacidades en función de los requerimientos de su equipo en episodios de oposición-cooperación. No son grandes equipos por los nombres ni por los clubes de procedencia de sus futbolistas. Se superan los episodios competitivos de manera satisfactoria cuando el futbolista, en función a su pertenencia a un equipo, logra su mejor versión. Por ello, nunca nadie “debe pasarle por encima” a otro. El objetivo real de un equipo es encontrar su mejor versión y sacar provecho de ella.

    Aquellos que comunicamos fútbol estamos obligados a ser menos reaccionarios y más didácticos. Este es el “juego de juegos”(Seirulo dixit): se juega con los pies, ante un rival y con una pelota que no para de moverse.

    Imágenes encontradas en internet. Créditos a quién(es) corresponda

  • José Peseiro, entre defensas y defender

    José Peseiro, entre defensas y defender

    La selección venezolana ha recibido nueve goles en cinco partidos de la Eliminatoria Sudamericana al Mundial de Catar. El reparto de culpas apunta casi exclusivamente a los cuatro futbolistas que integraron la zaga, cuando en realidad, defender es una conducta que supone la implicación de todo el equipo.

    La confusión nace y se sostiene en la ausencia de reflexiones que se basen en la naturaleza de este juego. Se le ha hecho creer al público que defensa y defensor son sinónimos, cuando en realidad son definiciones similares pero diferentes.

    “El juego parece girar en torno al encuentro deportivo; al choque entre el portador del balón y el defensor que le disputa la pelota. El partido parece una constante reiteración de ese choque. A ningún aficionado se le escapa este hecho y de ahí que la técnica prepare al atacante para proteger la pelota y al defensor para que pueda quitársela. Pero, por una extraña miopía, sólo habíamos advertido la necesidad que tenía el futbolista de vencer ese encuentro. Enseñábamos al jugador a conducir la pelota y a regatear a su contrario; pero no le enseñábamos a evitar ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

     

    Defender, es decir, el plan diseñado para la custodia de aquello que se quiere proteger, es una conducta colectiva en la que se involucran todos los futbolistas de un equipo. Cada uno de ellos cumple una función que va más allá del instinto cooperativista natural del ser humano cuando observa a un compañero en situaciones de riesgo.

    La defensa, que es un tema estratégico, puede ejecutarse por medio de un sinfín de herramientas y en cualquier zona del terreno. No era más defensivo el Inter de José Mourinho que el Barça de Pep Guardiola -así lo demuestran las estadísticas-, sencillamente cada uno interpretó ese plan de protección a partir de los futbolistas con los que contaban.

    Defender supone la aceptación de la cultura colectiva de este deporte de equipo, por ende, abarca mucho más que la simple oposición al futbolista que conduce la pelota. Confrontar a quien dispone del balón es, en buena medida, una consecuencia de ese acto reflejo, que es natural en todo aquel que juega al fútbol y se encuentra cercano a esa circunstancia de partido. Esa confrontación a modo de duelo individual convierte al futbolista en defensor y al que lleva la pelota en atacante.

    Así se entiende por qué todos los futbolistas son defensores y atacantes, sin distinción de su rol originario.

    Lo expuesto en estas líneas es de fácil comprensión. No obstante, quienes ocupan un puesto en los medios de comunicación prefieren obviar esta teoría para sostener que las conductas defensivas de un equipo quedan reducidas prácticamente a duelos individuales. Es por ello que algunos hasta se atreven a hablar de un “pressing individual”, irrespetado de esta manera el concepto grupal de esa conducta.

    La actualidad de la selección venezolana de fútbol es al menos digna de analizar. Su entrenador, el portugués José Peseiro, ha expuesto en innumerable cantidad de apariciones mediáticas, que la falta de entrenamientos y partidos preparatorios le impide construir un equipo con mayor vocación ofensiva y, por ello, ha preferido construir su equipo pensando primero en la organización defensiva del mismo. No obstante, el rendimiento de su selección confirma que, hasta el momento, no ha logrado ese primer objetivo.

    «La actividad deportiva se centra en el manejo y la disputa del balón. La actividad estratégica se realiza sin balón y va dirigida a colocarse en el puesto. El puesto de los atacantes es el sitio que les permite evitar el encuentro con los defensas. El de los defensas es el que les asegura ese encuentro». Teoría del fútbol. Ricardo Olivós Arroyo

    ¿Cómo se reorganiza defensivamente la selección venezolana tras perder el balón? ¿Hacia dónde pretende conducir al equipo rival para acelerar la recuperación de la pelota? ¿Cómo se reorganiza en los momentos en que el oponente mantiene su avance hacia el marco criollo? Estas son apenas tres de las muchas preguntas que todavía no encuentran respuesta en la dinámica vinotinto.

    Responsabilizar a un entrenador de los errores individuales o de ejecución de alguno de sus futbolistas es un acto de desconocimiento de la dinámica humana de este deporte. Lo que sí cae dentro de su zona de influencia es el diseño de ese plan para defender, algo que hasta el momento es al menos indescifrable, salvo que se crea que la acumulación de futbolistas en determinada zona constituye por sí misma un plan, teoría que queda sin validez cuando se comprende lo expuesto en las citas textuales que acompañan a estas líneas.

    Nuestra obligación, como comunicadores, es invitar al público a conocer la actividad estratégica que describió Olivós en su tratado. La de Peseiro es acompañar a sus futbolistas en el descubrimiento del cómo, el cuándo y el para qué. Es por ello que considero que a la selección le llega la Copa América en el momento adecuado, ese que puede marcar un antes y un después. En ella, Peseiro dispondrá de al menos tres partidos y un puñado más de entrenamientos para ensayar y desarrollar ese plan defensivo que, según sus palabras, servirá para dar nuevos pasos hacia el desarrollo de la identidad de su selección.

     

     

  • Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    Del Olimpo al infierno en cuestión de minutos

    No encuentro otra actividad en la que los roles de los protagonistas se alteren tan violentamente como en el fútbol. Se pasa del Olimpo al infierno en cuestión de minutos, o si se quiere, entre un partido y otro. Vivimos en la tiranía de la hipérbole, lo que supone que todo es maravilloso o repugnante. No hay términos medios ni tampoco tiempo para la contemplación, tan necesaria para examinar los procesos.

    Ocho meses y dos partidos fueron suficientes para que José Peseiro dejara de ser el seleccionador ideal y convertirse en un perfecto incapaz. Su condición de entrenador europeo excitó a muchos, de la misma manera que su breve paso por el Real Madrid en la función de asistente técnico de Carlos Queiroz. Hay algo en la autoestima del venezolano que le invita a creer que ciertas particularidades son determinantes cuando en realidad no son más que actos del azar. Se dogmatiza, ingenuamente, que el lugar de nacimiento concede algunas virtudes. Esto, por supuesto, es la banalidad en su máxima expresión.

    La designación del técnico portugués fue celebrada, de entrada, por su origen. Luego se fue ganando el apoyo de parte de la masa gracias a su disposición a conversar con los medios. En esas apariciones habló de lo terrenal y de lo divino. Cómo se dice en criollo, cayó bien. No se le cuestionó acerca de temas relevantes, como por ejemplo el empeño en hablar de esquemas tácticos por encima de futbolistas o su fijación por la presión alta, la bendita presión alta que los medios han encumbrado hasta el nivel de herramienta sine qua non.

    El fútbol, así lo creo, no es un proceso lineal en el que se triunfa en base a esas disposiciones geográficas iniciales, así como tampoco a través del uso testarudo de herramientas; este es un juego en el que lo más importante es qué se hace cuando se dispone de la pelota y cómo se actúa cuando no se posee. Esta es una actividad en la que esas numeraciones nos distraen de lo que realmente merece atención: cómo se reorganiza un equipo en medio del caos que es un partido de fútbol.

    Bajo esa forma de observar el fútbol es claro que tanto Peseiro como sus futbolistas tuvieron dos malas presentaciones. Salvo por los minutos finales ante Paraguay, Venezuela fue un colectivo que jamás encontró respuestas colectivas; prevaleció el detalle individual por sobre la cultura de equipo. Esto, aunque sea antagónico con la frustración popular, era presumible.

    La dura realidad

    Las selecciones no son un equipo. No pueden serlo. Reunirse una semana cada cierto tiempo ralentiza la construcción colectiva de una identidad. Además, los futbolistas que la componen varían y llegan con el condicionante de ser parte de otra cultura futbolística, y de otro contexto, y al sumarse a la dinámica de los equipos nacionales, se ven obligados a reaprender viejas conductas y sumar otras que se ajusten al episodio competitivo que están por protagonizar. Esto es lo que encierra el manoseado y despreciado concepto de proceso.

    Inmersos en una pandemia, sin partidos amistosos y con menos de diez entrenamientos, era muy difícil, por no decir imposible, que la selección venezolana, bajo la batuta de un nuevo y desconocido entrenador, lograse ser algo opuesto a un colectivo confundido. Los goles que no subieron al marcador frente a Paraguay no deberían modificar esa frustrante realidad. Los resultados no se discuten; lo que es materia de debate es el funcionamiento colectivo.

    Aún bajo ese desalentador panorama que se narra en las líneas anteriores, a José Peseiro se le publicitó como una especie de redentor futbolístico, casi como el mesías capaz de desterrar todas nuestras frustraciones. Inclusive se magnificaron hechos naturales de la convivencia de un grupo. Aquello no entra dentro de sus responsabilidades; es en la factura de los alcahuetes de siempre donde deben contabilizarse estos despropósitos. Sus decisiones durante los partidos ante colombianos y paraguayos le devolvieron su condición de simple ser humano. Pasó del Olimpo al infierno en cuestión de minutos.

    Las dos primeras presentaciones de la selección venezolana fueron un enorme balde de agua fría sobre aquellos que alimentan la euforia con la que los hinchas esperaban las intervenciones del portugués. Los mismos que hoy venden la opción de despedir al seleccionador. Como buenos discípulos del Realismo Mágico, se proponen soluciones que únicamente encuentran inspiración en esa necesidad ancestral de hacer parecer lo irreal como natural. Esto es fútbol y en él se ha hecho costumbre discutir cualidades que no son tales o limitar el análisis a lo que se quiere ver y no a lo que realmente sucede.

    El futuro

    Peseiro tomó decisiones equivocadas. Desde el plan de cada duelo hasta los cambios que realizó durante los mismos. Las derrotas son indiscutibles y su responsabilidad en ellas es evidente. Sin embargo, promover su separación del cargo como solución a esto que aquí se describe es, al menos, un atentado en contra de los procesos que muchos dicen defender. ¿Realmente alguien se va a comer el caramelo de que un nuevo entrenador dispondrá de los entrenamientos y partidos amistosos que el calendario y la pandemia le han negado al portugués?

    Peseiro todavía tiene tiempo de maniobra, de hacer que esta sea su selección. Debe identificar cómo lograrlo y tomar decisiones, por más incómodas que estas sean. Su condición de agente externo a los vicios del fútbol venezolano le da la libertad suficiente de actuar sin estar atado a intereses ajenos a su oficio ni a nuestra insoportable condición de aspirantes a la intervención divina. De no hacerlo, será él, no los altaneros mediáticos, quien le ponga fecha de vencimiento a su estadía en el cargo.