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  • La Vinotinto de los 45 minutos

    La Vinotinto de los 45 minutos

    La selección se acostumbró a jugar por lapsos de tiempo. Ante Perú fueron los primeros cuarenta y cinco, mientras que, ante Chile, en Santiago, fue en la segunda etapa que se observó la mejor versión del equipo criollo. Si ante los incas el aviso fue claro, contra un equipo que sabe competir en el más alto nivel como la selección austral, esa situación se hace notable y pesada. El 3-1 no hace justicia al mal partido criollo.

    Los partidos de fútbol duran noventa minutos. Eso de hablar de competitividad por etapas es un ventajismo insoportable e insostenible. Puede que ante Perú algunos hayan creído que con eso alcanzaba, pero Chile, esa selección que es ejemplo de respeto a un proceso futbolístico, no perdona tantas ventajas. Lo hizo en el marcador, pero futbolísticamente dejó en evidencia las diferencias entre una y otra selección.

    Sería preocupante quedarse con el gol de Tomás Rincón que no subió al marcador, el posible penal no sancionado a Rómulo Otero, o si se prefiere, con la creciente sociedad entre Otero y Jhon Murillo. Defender la competitividad criolla a partir de esos episodios puede ser hasta peligroso porque obviaría que el local tuvo hasta cinco ocasiones claras de aumentar la ventaja hasta que Salomón Rondón convirtió el gol del descuento. Guste o no, la figura venezolana fue Wuilker Faríñez, una clara muestra de que, por un lado, el joven arquero no tiene problemas en defender el arco de la selección mayor, y por otro, que Venezuela hizo aguas.

    Habrá quienes apoyados en el rendimiento del guardameta exigirán una mayor presencia de juveniles en las próximas alineaciones. Ante semejante muestra de oportunismo es pertinente recordar que la inserción de jóvenes valores, por sí sola, no solucionará nada. La calidad de los entrenamientos, una idea clara, el respeto por la exigencia de la competencia y el sacrificio de los futbolistas son los componentes obligados de todo proceso que pretenda crecer y evolucionar. No hay atajos ni tiempos fuera: o se asume con esa energía o seguiremos a la deriva.

    Chile atacó sin piedad el costado derecho de la defensa criolla. La voluntad de Alexander González no fue suficiente para el dos contra uno que promovieron Jean Beausejour y Alexis Sánchez en contra del lateral. Llama poderosamente la atención que no se tomara en cuenta que esa conducta es costumbre en la selección roja, o peor aún, que no se asumieran rápidos correctivos ante semejante acoso. Desde los tiempos de Marcelo Bielsa, con el propio Beausejour y Mark González, Chile ha tenido en su ataque por la banda izquierda su principal arma. Pasan los años y esto se ha potenciado con el crecimiento de Sánchez y la aparición del propio Eduardo Vargas. Ante eso, no fue sino hasta el minuto 60 que la Vinotinto promovió un retoque. Culpar a González de errores colectivos sería, como no, oportunista.

    En cuanto a Chile y su identidad debe hacerse un aparte. El ejemplo chileno nos desnuda hasta en la selección de los entrenadores. ¿Qué tienen en común Richard Páez, César Farías, Noel Sanvicente y Rafael Dudamel? La sucesión de seleccionadores en nuestro país es emocional, no hay un guión porque no se comprende la importancia de una hoja de ruta. Así nos pasamos de un juego posicional a uno puramente reactivo y dependiente de la pelota parada, para luego sumergirnos en uno en el que prevalecen las rápidas transiciones. Todo esto sin anestesia, porque el plan es no tener plan.

    Vuelvo con Chile. Los australes, luego de la renuncia de Bielsa, apostaron por Claudio Borghi, un entrenador con modos e ideas casi opuestas a las del “Loco”. Cuando casi perdían toda oportunidad de ir al mundial Brasil 2014 recurrieron a Jorge Sampaoli, un continuador del “bielsismo”, quien, tras lograr la clasificación a la cita brasileña, comprendió que había que darle una vuelta de tuerca al equipo: los cambios no fueron de módulos tácticos ni de discurso, episodios que tanto entretienen a los especialistas criollos. El hoy entrenador del Sevilla agregó claves del ataque posicional de la mano de un experto (Juan Manuel Lillo) para enriquecer a su equipo. Insisto en mi pregunta, ¿esas discusiones se promueven en nuestro fútbol? Repasemos el campeonato local para darnos cuenta que la gran mayoría de los entrenadores están más preocupados por las excusas que por su propio crecimiento.

    Esto que menciono no es poca cosa. El joven grupo que integra al equipo nacional todavía está en búsqueda de una personalidad propia. En el primer tiempo contra Perú, y en la segunda etapa ante, Chile quedó demostrado que, por cualidades propias de sus intérpretes, esta selección puede crecer bajo la idea de protagonizar los partidos, a través de un fútbol de sociedades, más pensado y menos reaccionario. Pero, cuando la responsabilidad se hizo pesada, se retornó a viejos vicios como el pelotazo sin sentido, distanciando aún más a los futbolistas patrios.

    Detengámonos por un instante en el gol criollo y preguntémonos si la reacción criolla es consecuencia exclusiva de la voluntad propia. Es innegable una recuperación anímica que los llevó a anotar el tanto de Rondón y seguir adelante, pero su origen es tan propio como ajeno; el equipo de Juan Antonio Pizzi sobró el partido y alimentó a la Vinotinto. Hay mérito de los de Dudamel, pero sólo cuando el rival aflojó fue que nos atrevimos a intentar algo distinto. La sensación que deja esta doble fecha es que Venezuela sufrió por no creer en sí misma. La selección cuenta con jugadores capaces de competir y disputar los partidos, por lo que vale preguntarse si la inconsistencia no pasa por un tema emocional o psicológico más que futbolístico.

    ¿Por qué Rincón no consigue mostrar su mejor versión con la selección? ¿No merece José Manuel Velázquez una oportunidad? ¿Volverá Roberto Rosales? ¿Por qué no apostar por Mikel Villanueva como lateral? ¿Faltó algún volante ofensivo en el banco de suplentes? ¿Está Víctor García listo para asumir el puesto de lateral derecho? Con Otero y Murillo cada vez más asentados, ¿cuál es el rol de Alejandro Guerra? ¿Qué hacer con un Peñaranda talentoso pero sin actualidad en su club? De aquí a agosto hay tiempo suficiente para ir respondiendo estas interrogantes, muchas de las cuales encontrarán solución con la llegada de las vacaciones y el mercado de fichajes.

    Permítame una última reflexión: En el deporte criollo creemos que la solución a nuestros males es apostar a cambios de entrenadores mientras celebramos logros individuales como la llegada de Rincón a la élite. Los procesos formativos tienen una vida muy corta, y en la gran mayoría de los casos están protagonizados por entrenadores que apuestan a ganar notoriedad con triunfos y no a través de su capacidad formativa la formación. Es natural: la educación no paga tanto como dirigir en primera división. ¿Existe en Venezuela algún director de metodología? Daniel De Oliveira casi asume ese cargo en Caracas FC, pero la confusión que reina en esa institución es profunda y no vale la pena explicarla en estas líneas.

    Sin el apoyo de una metodología clara, los futbolistas venezolanos son triunfadores individuales. Cada uno de sus logros son “a pesar de” y no “gracias a”. ¿Dónde estudian los entrenadores venezolanos? ¿Cuanto duran esos cursos? ¿Quienes los imparten? ¿Todos los “carnetizados” hicieron el curso? Perdone que me afinque, pero estos problemas van más allá del seleccionador de turno. Son la consecuencia natural de un mal hacer que ya es costumbre. Hasta tanto no se ataquen estos problemas de fondo, la selección, la dirija Dudamel, Bielsa o José Mourinho, seguirá siendo un barco de difícil conducción.

    Hasta agosto no habrá actividad. Hay tiempo para digerir la derrota y el empate de esta doble fecha. Es cierto que no hay mucho tiempo de ensayo para promover correctivos, pero si algo hay que aprender de Chile es que, con el mismo inconveniente, han construido y mejorado una idea de juego. Sin tiempo, pero con mucha voluntad.

    Columna publicada en El Estímulo, el 28/03/2017

  • ¿Hacia dónde apunta Dudamel?

    ¿Hacia dónde apunta Dudamel?

    En la rueda de prensa posterior al empate con Perú, Rafael Dudamel reinstaló un debate inexistente, en el que sólo los mal llamados expertos se benefician: jugar bien o jugar bonito. Esa, pésele a quien le pese, no es la cuestión, que debe ocuparnos, si es que, claro está, nos interesa el juego como tal.

    La frase que más me llamó la atención de la aparición del entrenador fue la siguiente:

    No se dejen (los medios) contaminar con los que hoy, estando afuera, exigen un fútbol vistoso o ganar por goleada. No, no, no. Tenemos una realidad desde la tabla de posiciones, desde la infraestructura como fútbol, como fútbol venezolano. ¿Que hacemos nosotros? Trabajar para mejorar. Trabajar para cambiarle la historia a nuestro fútbol. Y desde ahí es sumar talentos que hoy tengan la experiencia, la condición y la capacidad para formar parte de una selección, para jugar en este tipo de competencias“.

     

    El objetivo de un seleccionador es simple pero complejo: lograr que su equipo sea competitivo. No existe la dicotomía de jugar bien o jugar bonito, porque lo estético es una cuestión subjetiva, es decir, pertenece a cada quien, nace en el espíritu de cada individuo. Jugar bien, como muchas veces se ha expuesto, no tiene que ver con porcentajes de posesión de la pelota o la zona en la que se inicie la construcción del juego; jugar bien al fútbol es utilizar correctamente los recursos disponibles y potenciarlos, disimular las carencias propias y saber adaptarse a cada una de las situaciones del juego.

    No debe nunca olvidarse que este es un deporte de oposición directa. Esa frase por simple que parezca, es la puerta de entrada a la complejidad del fútbol, entendiendo que complejidad no se asocia con dificultad; esa definición hace referencia a las innumerables relaciones y consecuencias de las mismas dentro de un sistema. El fútbol es una actividad compleja porque todo lo que se entrene y planifique se verá directamente influenciado por el contrincante, por sus planes y por sus reacciones. Ninguna hoja de ruta se cumple a la perfección porque es imposible prever las respuestas del otro conjunto.

    Permítame hacer un aparte. Un equipo de fútbol es un sistema, y el francés Edgar Morín nos recuerda que “un sistema está representado por una serie de elementos que interactúan entre sí”. A pesar de todo lo ensayado, cuando rueda el balón, son muchas las interacciones que se dan “porque sí”, opuesto a lo planificado con anterioridad. Por ello, hay que tener en cuenta la capacidad de adaptación que tanto machaco desde esta tribuna.

    Teniendo en cuenta todo esto, se puede concluir que los grandes equipos son aquellos que saben adaptarse a cada una de las situaciones del partido. Por ejemplo: si el rival, contrario a lo que se esperaba, cambia el foco de su ataque e inclina el mismo hacia su banda izquierda, nuestro equipo (no sólo los defensores) deben responder a esa modificación. El ajuste de uno de los volantes, que acudirá en auxilio al lateral de esa banda, traerá como consecuencia que los otros futbolistas se reacomoden para repeler y construir a partir de ese aparentemente insignificante movimiento. Eso que puede parecer un aspecto menor es el deber ser de un equipo. Jugar y adaptarse.

    Construir esto que menciono no es sencillo, y tampoco existe un manual de instrucciones. De hecho, una de las enseñanzas que deja el pensamiento complejo es que no hay recetas. Las selecciones, como recordó Dudamel en esa misma rueda de prensa, no tienen tiempo para entrenar, pero su labor, la de los seleccionadores, es desarrollar entrenamientos que ayuden a disimular la ausencia de minutos y promuevan la evolución necesaria en ese cuerpo llamado equipo.

    En la pasada Eurocopa de Naciones se obervaron selecciones que jugaron muy bien al fútbol. Si bien es cierto la campeona Portugal fue una de ellas, no puede obviarse que Francia, Alemania, Italia, Gales e Islandia también dejaron su huella, mostrando una identidad fuerte, al mismo tiempo que una adaptabilidad a distintos escenarios. Se puede lograr que las selecciones construyan modelos propios, pero para ello se necesitan muchos más aliados que el propio tiempo, como la creencia en lo que se ensaya o una fluida comunicación entre staff técnico y futbolistas, sólo por nombrar algunas. Fernando Santos, entrenador del equipo lusitano, recordó recientemente que “nadie puede vencer si no juega bien“.

    La doctora española Rosa Coba explica, en el número 28 de la revista digital The Tactical Room, que “el deportista, como debe ser un buen resiliente, está entrenado para levantarse y seguir”. Resiliencia, como ya expliqué en esta misma trinchera, es la capacidad que tienen los seres humanos para superar circunstancias traumáticas. Llevado al fútbol, a la Vinotinto le falta todavía fortalecer esa capacidad. Prueba de ello es que, ante Perú, con casi 45 minutos por jugar, no se supo reaccionar al primer gol inca. La ventaja en el marcador seguía siendo para los criollos, pero el momento emocional había pasado a manos de los dirigidos por Ricardo Gareca. ¿Cómo desarrollar “anticuerpos” a esos escenarios? Compitiendo. No existe otro escenario que forme como la competencia.

    Situaciones como esa son las que deben ocupar al staff de Dudamel. Quizá sea eso a lo que se refiere el entrenador cuando señala a la experiencia como valor clave en el crecimiento de este equipo. La mirada del entrenador debe estar puesta en cómo hacer que sus jugadores se crean capaces de luchar, y ello, aunque nos fastidie, significa que, en escenarios adversos, no hay que dejarse morir; enfrentarlos y adaptarse forma parte de eso que vagamente definimos como competir. Si lo consigue, Dudamel habrá triunfado, independientemente de los gustos y los resultados.

    Columna publicada en El Estímulo, el 27/03/2017

  • Venezuela 2 Perú 2: sigue faltando fútbol

    Venezuela 2 Perú 2: sigue faltando fútbol

    Al igual que hace un año, Venezuela y Perú empataron a dos goles. Sin embargo, las sensaciones no son ni remotamente parecidas: en Lima se lamentó la igualdad, mientras que en Maturín más de uno respiró hondo cuando el juez principal decretó el final del duelo.

    Los partidos duran 90 minutos, y aunque ello sea una obviedad, vale la pena recordarlo, más cuando todavía hay quienes se empeñan en explicar un mal resultado desde el cansancio. Si el rival desactiva el plan, como fue el caso de hoy en Maturín, las correciones no pasan por correr más sino por jugar mejor, lo que significa adaptarse a distintos escenarios.

    La apuesta inicial de Rafael Dudamel invitaba a pensar en una selección con voluntad ofensiva, capacitada para aprovechar cada espacio que generara o dejara el rival. La presencia de John Murillo agregaba la variante siempre necesaria del juego por los costados, elemento sumamente importante para liberar a un atacante como Salomón Rondón, y evitar que la acumulación de defensores peruanos limitara el éxito del ataqué criollo.

    Definir si un jugador es mejor que otro termina siendo un ejercicio insoportable e inútil. Es casi imposible determinar el peso y la verdadera influencia de cada futbolista, ya que normalmente nos enfocamos en el juego con pelota y olvidamos el juego sin ella. Sin embargo, no es atrevido pensar que Rómulo Otero es uno de los jugadores más inteligentes del país. En los primeros minutos, condicionados por la lluvia y un drenaje que no funcionó en su totalidad, Otero fue el único futbolista que comprendió que jugar a las carreras aumentaba los riesgos. El volante criollo aceleraba o frenaba según lo exigiera la jugada, una característica que no es cualquier cosa y que a muchos les cuesta la mitad de sus carreras desarrollar.

    Además, Otero comprende casi a la perfección cuando puede jugar o cuando es mejor provocar al rival, por ello insisto que el 10 Vinotinto, salvo lesiones o inactividad, debe estar siempre en el once titular. El primer tanto criollo, al minuto 23, nació de la viveza del ex Caracas FC, cuando, tras una corrida por la banda izquierda, y encontrándose sin opciones reales de pase, no cayó en la tentación de tirar un centro a la nada, sino que aguantó y ganó una infracción que luego derivó en el gol de Mikel Villanueva.

    Era un partido diferente para Salomón Rondón. En medio de un presente confuso con su club, el delantero criollo buscaba reencontrarse con el gol frente a su gente, pero, contrario a su voluntad, parece condenado a pelear con los centrales y salir de su zona de influencia para “mejorar” a sus compañeros. Es mucho lo que hace el atacante con poco, muy poco, porque salvo su conexión con Josef Martínez o con Otero, el resto de sus compañeros aún no encuentra cómo aprovechar las virtudes del de Catia.

    Otra de las circunstancias llamativas fue la posición de Alejandro Guerra. “Lobo” no es un volante mixto, pero sabe jugar rápido, a un toque, lo que sostenía la apuesta de Dudamel de colocarlo como volante de primera línea. Con Guerra como compañero de Rincón se impulsaba la idea de un juego de sociedades, a través de la pelota, algo que este grupo ha demostrado saber hacer. El fútbol sencillo, que no simple, de Lobo le facilitaba a Venezuela una salida más clara desde zona defensiva.

    Vale la pena en este momento revisar una reflexión del alemán Friedrich Nietzsche, y es que en sus pensamientos se puede encontrar una de las tantas razones que condujeron a la caída del juego vinotinto, explicación por supuesto alejada del estado físico, sospechoso habitual y padre de la pereza intelectual. En “El Crepúsculo de los Ídolos”, el filósofo razona:

    “El «mundo interior» está lleno de imágenes ilusorias y fuegos fatuos: la voluntad es uno de ellos. La voluntad ya no mueve nada, y en consecuencia tampoco explica ya nada; meramente acompaña procesos, y también puede faltar”.

    Muchas veces, por no decir que siempre, en un partido de fútbol pasa lo que tiene que pasar y no lo que otros deseamos rabiosamente que suceda…

    Esta selección está lejos de consolidar un once tipo, y poco puede hacer Dudamel si sus futbolistas no tienen continuidad. El costado izquierdo de la defensa fue el punto más débil del combinado criollo. Villanueva y Rolf Feltscher fueron atacados constantemente y se notó la inactividad del primero (17 minutos con Málaga desde el 21 de enero) y las dificultades del segundo para jugar en una ubicación que no siente suya. Sumado a esto, Tomás Rincón tuvo una actuación gris, por lo que Perú aprovechó y ganó los mano a mano por ese costado sin mayor dificultad. Ahí nació el primer gol peruano, que tuvo como cómplice la falta de atención criolla al reincorporarse al partido tras el descanso.

    La rápida reacción peruana derrumba el eterno e inexacto argumento que culpa al estado físico de los bajones criollos. Perú despertó y presionó alto a Venezuela, una selección que elige tener centrales fuera de forma (Wilker Ángel tiene apenas dos partidos en los últimos tres meses) y poco dados a la salida limpia del balón. Los visitantes también taparon las líneas de pase, lo que trajo como consecuencia inmediata que Rómulo Otero perdiera protagonismo.

    Debo insistir en esto porque no puede ser la preparación física el argumento estrella que justifique una caída futbolística tan pronunciada cuando apenas comenzaba la segunda etapa. Esto es fútbol, un deporte de oposición directa, en el que gana el que mejor se adapta a las distintas situaciones del juego. La reacción del visitante no consiguió respuesta en Venezuela, y la lesión de Martínez sumó en esa coyuntura a favor del control peruano. Pero además, va siendo hora de que se entienda que no existe la preparación física en el fútbol sino la preparación futbolística.

    Tampoco ayudó el análisis del seleccionador nacional. Su equipo dominaba el partido, creando temor gracias a las sociedades protagonizadas por Martínez, Rondón, Otero y Murillo. Por ello cuesta comprender que, ganando dos a uno, y faltando treinta minutos, Dudamel prefiriese reforzar el centro del campo con la entrada de Yangel Herrera, un futbolista complementario a Rincón, pero totalmente contrario a la propuesta que le había permitido dominar el partido.

    Cada cambio contiene un mensaje, y en este caso, la selección interpretó que había que ser más cuidadoso, que había que tomar mayores recaudos. Perú creció y Venezuela retrocedió. La intervención de los entrenadores es decisiva porque hasta un simple mensaje condiciona la subsiguiente actuación de sus dirigidos.

    Permítame seguir molestado a quienes viven de alcahuetear al poder, y es que no se entiende como, sin importar las aparentes diferencias conceptuales de los seleccionadores, a Venezuela le cuesta entender y potenciar la manera como en algunos casos se pone en ventaja. No sé si es un tema de cautela, pero pareciera que estamos tan necesitados de un éxito que no se repara en el camino recorrido sino en una meta a la que todavía no se llega. Al no respetar las estrategias iniciales se genera confusión; si atacando se fue superior, entonces, ¿por qué y para qué retroceder de manera voluntaria? En el fútbol, el riesgo no es atacar, lo peligroso es ceder el protagonismo

    Sí debe rescatarse que Dudamel haya apostado a otra manera de jugar. El protagonismo inicial fue coherente con su discurso. El resultado no debe minar esa intención, porque esto no es más que una parte pequeña en la construcción de eso que llaman identidad. Si la selección quiere ser reconocible y tener un juego en el que su plan tenga distintas variables, debe seguir ensayando y así promover distintas respuestas que nazcan de la riqueza de sus futbolistas y no de los temores al resultado. Una vez decidido que el resto de las eliminatorias sudamericanas serán banco de prueba, el camino a seguir queda claro.

    Debe insistirse en los ensayos, y más aun en la construcción de un equipo que nos haga olvidar que hoy, a diferencia de lo acontecido en Lima hace un año, hubo que respirar hondo y conformarse con un empate que bien pudo ser derrota.

    Columna publicada en El Estímulo, el 23/03/2017

  • Richard Páez: el nombre del cambio (II Parte)

    Richard Páez: el nombre del cambio (II Parte)

    Su llegada a la selección significó un vuelco en la historia de la selección venezolana. De la mano de un juego irreverente, como a él le gusta señalar, aparecieron los resultados y la etiqueta de cenicienta del fútbol sudamericano quedó en el olvido. Se empeñó en que su selección jugara a lo que el futbolista venezolano siempre ha sido capaz, y por ello enamoró al público, que con cada partido sentía que se podía competir con cada rival que se enfrentase.

    Su salida fue a finales de 2007. Siete años y dos experiencias en el extranjero después (Alianza Lima en Perú y Millonarios en Colombia), su nombre volvió a ser considerado para dirigir a la Vinotinto. En diciembre se daba como un hecho su vuelta, pero algunos roces con la Federación Venezolana de Fútbol han hecho que ya no sea candidato. De hecho, hay quien asegura que su futuro inmediato está nuevamente en Colombia.

    Es Richard Páez (Mérida, 1953), el hombre que cambió la historia de la Vinotinto y que hoy, con menos cabello y más canas, sigue con la misma voluntad de entrenar, enseñar y charlar.

    Pregunta.-  Ya en dos ocasiones de la charla usted ha mencionado la palabra cambio, haciendo referencia al camino recorrido y a las enseñanzas que han dejado las experiencias anteriores. Usted señala a la etapa en la que condujo a Estudiantes de Mérida a cuartos de final de la Copa Libertadores (NR: 1999, vencen a Cerro porteño en Mérida por 3-0 y luego caen derrotados en Paraguay por 4-0, quedando eliminados), pero el Richard Páez que empieza a ser conocido por el mundo del fútbol es aquel que conduce a la selección hasta lugares que eran impensados. ¿Comprende e identifica esas variantes que ha sumado desde aquella etapa hasta el día de hoy?

    Respuesta.- Claro que hay evolución, hay crecimiento. Creo que hay más sabiduría, un término que hay que saber entender, porque viene del verbo saber. No se trata de entender sino de saber, y cuando uno tiene esa cercanía al conocimiento entonces puede compartirlo con su entorno, con lo que nos rodea. Y esa es la idea. Nosotros estamos intentando atraer a nuestro cuerpo técnico gente que tenga esa necesidad de crecimiento, de no creerse dueños de la verdad, sino que todavía estamos en búsqueda de una verdad. Nosotros hemos crecido, antes éramos más egoístas en la forma de pensar el fútbol, o egocéntricos, teníamos una tarea casi de cuidar un tesoro, que la gente no lo conociera mucho para así poder sorprender al rival. Pero hoy, cuando nos catalogan como defensores de un estilo previsible, confieso que eso me llena, porque siento que estamos logrando nuestra meta, estamos consiguiendo una identidad. Le mostramos al mundo lo que queremos y ellos lo identifican en la cancha: ese juego, ese estilo de cuidar la posesión del balón, con juego asociado, con muchas rotaciones. Yo digo que el sistema defensivo tiene que ser automatizado, convertido en costumbre, en hábito, pero nuestro ataque debe nacer del caos. Nosotros intentamos generar caos. Lo hablo siempre con mis jugadores y el cuerpo técnico: tenemos que buscar maneras de organizar el caos para así transformarlo en caos para el rival y no para nosotros. Eso sí, cuando perdemos el balón debe existir una reacción inmediata para conseguir de nuevo la regularidad, el orden y los hábitos.

    P.- Hay quienes asumen que esa previsibilidad no es una virtud, sino que ayuda a contrarrestar justamente las virtudes de un equipo. Personalmente creo que más allá del trabajo de la semana, el futbolista es quien al fin y al cabo toma las decisiones y es imposible saber cómo va a reaccionar y cuándo lo hará. Creo que no hay mayor ejemplo de ello que Garrincha. Todos sabían qué iba a hacer el desaparecido jugador brasileño, pero muy pocos pudieron detenerlo. Más recientemente podemos encontrar al Barcelona de Guardiola. ¿Por qué hay quien cree que el apego a una filosofía de juego es previsibilidad, y por ende, algo negativo?

    R.- El problema es que el hábito se vuelve costumbre. Cuando tu vas a DisneyWorld o visitas un museo por primera vez, te llenas los ojos, te enamoras, te sorprendes. Pero cuando esa visita se hace una costumbre o convives en ese espacio diariamente, ya toda esa maravilla deja de ser una novedad y es parte de tu entorno, pierde la magia. La mayoría de los seres humanos piensa y actúa de esa manera, es decir, se adapta y se integra en una especie de statu quo, acomodándose a ese entorno, pero hay otros que sí observan otras cosas. Por eso es que hay quienes parecen adelantados a su tiempo. Hoy vemos al Bayern de Múnich que conecta parte de la intención del Barça de Guardiola, pero con otros movimientos y otras variantes que nos llevan a afirmar que este no es el mismo Guardiola ni es el mismo Bayern, ¡y apenas han pasado seis meses! Por ello es que estoy totalmente seguro de que la innovación siempre va a estar ahí, pero dependiendo de los futbolistas, porque siempre estaremos subordinados a las características de esos jugadores. Cada futbolista es un mundo distinto a los otros futbolistas, por eso es que reafirmo esa dependencia que tenemos con los futbolistas y de ellos nace esa imprevisibilidad que algunos aún no comprenden.

    P.- Aquella selección que usted dirigió contaba con dos volantes centrales de características distintas: Leopoldo Jiménez, más de marca y quite, y Luis Vera, casi como una especie de organizador. En cambio, su equipo actual –Mineros de Guayana– cuenta con dos volantes más cercanos al juego que a la destrucción, es decir, se acercan más al perfil de Vera que al de Jiménez. En esa elección ya se puede notar algo de esa evolución que venimos conversando además de aquello de que el sistema son los futbolistas. A pesar de ello, son muchos los entrenadores que hablan de esquemas o numeraciones antes de observar a sus dirigidos. ¿Está muy marcado en nuestro ADN aquello de que se juega a lo que el entrenador quiere y no a lo que los futbolistas pueden?

    R.- Los líderes, en la mayoría de los casos, han intentado siempre que el manejo grupal sea en un esquema piramidal, es decir, desde arriba hacia las masas, teniendo a su liderazgo como punto de inicio. Esos son los líderes regulares, ordinarios, que no trascienden. Solamente lo logran aquellos que van entendiendo que el liderazgo es puro feedback. Los líderes deben estar siempre en la operatividad y son ellos quienes deben tener una libertad de autonomía porque son los que evolucionan. Por ejemplo: estoy seguro de que hay muchas indicaciones que dan los entrenadores que simplemente son jugadas o reacciones que le han visto a un jugador rebelde o inculto tácticamente hablando. Ese futbolista hace un movimiento que no estaba predeterminado o diseñado y termina dando resultado. El técnico debe darse cuenta de esa creatividad que emana de su jugador y promover espacios para que ello se mantenga, a pesar del riesgo que puede significar.

    Cuando hemos colocado dos volantes ocho que tienen como premisa tener el balón, lo hemos hecho porque nos gusta y me gusta más eso a que simplemente recuperen la pelota. Juntar a un volante netamente recuperador con uno de más juego era algo que uno pensaba en otros contextos, pero hoy en Mineros tuvimos la posibilidad de juntar a estos dos ocho porque ello nos iba a transportar a otro nivel futbolístico, ya que como equipo empezamos a asumir otros riesgos y a mí me encantan los futbolistas que arriesgan, claro, con la idea de saber como defenderse ante lo que podemos llamar el riesgo negativo. Entonces, como hemos ido logrando ese tipo de juego con dos volantes mixtos haciendo de volantes centrales, es obligatorio aportar otros detalles porque de lo contrario nos quedamos con el riesgo de que en cualquier momento – cosa que ya nos ha sucedido – perdemos el balón y si uno de esos volantes no queda bien ubicado entonces el rival nos llega muy rápidamente a la línea defensiva. Por ello hacemos hincapié en que cuando llevamos volumen, la primera tarea que tenemos cuando perdemos la pelota es que la recuperación sea inmediata, ya que no podemos permitir que el rival tenga libre tránsito o rápidas transiciones defensa-ataque porque nos pueden hacer mucho daño. Ahí se va condicionando una mezcla, una sumatoria que se traduce en ese proyecto de juego que queremos: una línea defensiva que presione el bloque y una línea ofensiva que comprima para que de esa manera consigamos una oportunidad notable para poder recuperar el balón cerca del lugar en el que se produjo la pérdida.

    P.- Eso que usted explica podría ser descrito como contracultural en el fútbol venezolano, porque la costumbre indica que todos o casi todos los equipos defienden corriendo hacia atrás, en dirección hacia su propia área. De hecho, en este momento solo puedo señalar al Zamora y a su Mineros como los únicos conjuntos que intentan presionar de manera inmediata al rival una vez se produce la pérdida de la pelota. Más allá de la buena intención, esa propuesta debe ser muy difícil de implementar, ya que el futbolista venezolano, desde sus inicios, se le enseña a defender muy cerca de su propia área, y para que se entienda mejor, la más reciente expresión de la selección nacional tenía ese comportamiento. ¿Cuesta mucho venderle al futbolista la idea de defender atacando?

    R.- ¡Por supuesto! Y cuando está más avanzado el proceso de competitividad de esos jugadores, más difícil es aún inculcar la idea, a pesar de que ellos, los llamados veteranos, son los que entienden con mayor claridad que ese modelo es una posibilidad real para que su edad futbolística dure más. Aquellos que logran entender ese concepto se dan cuenta de que corren menos, se sacrifican menos. Entienden que hay un desgaste por la intensidad que es corto, explosivo y efectivo y que les genera mejores efectos en la parte física que aquel jugador que debe realizar un mayor recorrido para defender o recuperar cerca de su área. Son detalles que el futbolista va entendiendo pero no es fácil; todavía el jugador, y mucho más los volantes ofensivos, que están mal educados y siente que solo juegan con la pelota, pero ese es el gran reto, motivar a ese futbolista para que se integre a esta idea. Afortunadamente contamos en Mineros de Guayana con jugadores que han entendido claramente el mensaje y que lo han llevado a cabo de manera sorprendente, por el poco tiempo en que llevamos acá y, sobre todo, que han creído en esta forma de jugar porque les ha dado resultados. Se les nota y se sienten más alegres, algo que también buscamos, que el futbolista disfrute de este juego y de la tenencia de la pelota, porque con esa sensación de satisfacción el jugador encuentra mayores posibilidades de crecimiento. Pero son detalles; tú bien dices que en nuestro fútbol es complicado poner en práctica esto, pero la misma motivación que producen los resultados los estimula a ellos a cambiar.

    P.- Me da la impresión de que nosotros, la prensa, somos muy superficiales. Digo esto porque en muchas ocasiones nos quedamos solo con el gol o con la atajada del arquero. Hace tiempo vengo reflexionando que desde la prensa hemos hecho un gran daño cuando se habla de 4-4-3, 4-4-2, 3-5-2 pero olvidamos que, salvo al inicio del partido, esos módulos varían permanentemente porque este es un juego dinámico en el que nadie se queda parado. Hablamos también de equilibrio y ese término no tiene que ver con movimiento sino con todo lo contrario, y nos referimos a la alegría cuando el resultado es abultado. Hacemos mención a kilómetros recorridos y nos quedamos con estadísticas que explican poco y nada lo que realmente pasó en el campo de juego.

    R.- Hay dos palabras que tú mencionas que son fundamentales: alegría y resultado. Parece una lucha eterna, como aquella entre el bien y el mal. ¿Se gana como sea o se gana disfrutando del juego? No podemos olvidar que esto es, al fin y al cabo, un juego. Puede ser un deporte serio rodeado de mucho mercantilismo y mucho dinero, pero no deja de ser un juego, no pierde su esencia. Por eso yo me dedico a tratar de descubrir la esencia del futbolista, su ingenio, lo invito a que me supere, que mejore mis expectativas sobre su rendimiento. Muchas veces le pido a mis jugadores que hagan algo distinto, diferente, que me sorprendan. No pueden dejar al entrenador observando lo mismo de siempre. Que se rete y que me rete a mi como director técnico para que encuentre la motivación de superarse a sí mismo. Eso que mencionas del periodismo no es un comportamiento exclusivo del periodismo deportivo venezolano, es un fenómeno global en el que solo se observa el resultado y se intenta analizar un resultado. Tanto es así que uno escucha comentarios en los medios en los que la valoración de un equipo puede variar dependiendo del resultado, ¡y esto pasa en cuestión de minutos! Esto pasa porque no entienden el caos, que esto es dinámica, movimiento, que esto es sinónimo de átomos. Átomos en movimiento, circulación, fluidez, armonía, disonancia; conseguir un espacio donde antes no lo había, crear un espacio en donde no parece posible; el hombre libre no es lo mismo que estar libre, aparecer no significa estar, en fin, toda una serie de métodos y conceptos que indiscutiblemente no todo el mundo logra comprender porque no hay interés en ello, y yo creo que hay que orientar a la gente para que comprenda todo esto que estamos conversando porque ese es el camino que nos espera.

    Si Venezuela quiere llegar a un mundial o trascender en torneos internacionales, no podemos jugar como lo hacemos en nuestro torneo. No se puede competir con apenas cincuentaicinco minutos de tiempo útil de juego. Con ese nivel no lograremos competir. Siempre le digo a mis jugadores que para trascender hay que hacer algo diferente a lo que se hace en estos tiempos, porque lo hecho hasta ahora no ha servido.

    Entrevista publicada el 29/03/2014 en la web de Martí Perarnau

    Fotografía cortesía de Fútbol Visión

  • Richard Páez: el nombre del cambio (Parte I)

    Richard Páez: el nombre del cambio (Parte I)

    Es un domingo de marzo. Son las diez de la mañana. Venezuela vive tiempos confusos de protestas estudiantiles, discursos intolerantes, barricadas, muertes e incertidumbre. Hace un par de semanas, el gremio que agrupa a los futbolistas de Primera División le pidió a la Federación Venezolana de Fútbol –por estos derroteros no hay liga– suspender o reprogramar la séptima jornada debido a las dificultades para transitar libremente por el territorio nacional. La súplica no fue escuchada y se jugó ese fin de semana con mayoría de juveniles. Aquello se sumó a un annus horribilis para el ente federativo, a pesar de que apenas transitamos el tercer mes de este 2014.

    El panorama nacional descrito no le ha servido a la federación para tapar su incapacidad para definir al sucesor de César Farías en el cargo de seleccionador nacional. Cuando todo parecía indicar que la elección se centraría en los dos entrenadores de mayor capacidad del país –Richard Páez y Noel Sanvicente–, el Gobierno nacional ha dicho presente para dinamitar, con su saco lleno de dólares, cualquier pronóstico. Esta razón, la económica, parece acercar a entrenadores más caros, pero de dudoso presente. Uno de los contactados fue Diego Maradona.

    A Páez se le conoce como El Doctor porque además de su dilatada trayectoria como futbolista y entrenador hay que sumarle su otra profesión: médico traumatólogo. Oriundo de Mérida, en la región andina de Venezuela, su carácter es calmado, reflexivo, gustoso por las charlas de café. Pero esa tranquilidad desaparece con el inicio de un partido solo para reaparecer en el silencio del domingo a la noche, cuando las luces y las cámaras se apagan y es tiempo de volver a la familia.

    Richard Páez no es un tipo cualquiera en la historia del fútbol venezolano. Su nombre estará siempre ligado a cada versión que quiera contarse acerca de la transformación de la Vinotinto. Fue él, junto a un grupo de jugadores que se negaron a morir en el intento, quien dio fuerza a eso que hoy muchos siguen denominando como el fenómeno Vinotinto; aquel que supo, en un país dividido por cuestiones políticas, potenciar un sentido de pertenencia que parecía extraviado. Esto es un hecho incontestable que ni siquiera los interesados comentaristas de cierta cadena internacional de deportes podrán negar. Para muchos, su aporte comenzó en el año 2001, cuando tomó las riendas de la selección nacional sustituyendo en el cargo al argentino José Omar Pastoriza (+). Pero lo cierto es que desde su etapa de futbolista se negaba a ser parte del conformismo que caracterizaba al balompié de esta nación. Su Estudiantes de Mérida le abrió los ojos a muchos allá por el año 1999 y le sirvió para que le ofrecieran el cargo de seleccionador juvenil.

    Hoy, cuando el país sigue bajo los embates que también caracterizaron a los tiempos de su gestión, es bueno charlar con el primer entrenador venezolano que trabajó en el extranjero (Alianza Lima en Perú y Millonarios en Colombia), ya no para conocer sus ganas de volver a la Vinotinto, sino para que en un momento de tantas emociones alguien pise la pelota, nos hable de fútbol y de cómo se vive este juego.

    Antes de dar paso a la primera parte de esta charla, debo explicar que durante su gestión como seleccionador siempre pude conversar de fútbol con Páez. Esto no quiere tapar algunas tensiones entre él y la prensa, pero a diferencia de su sucesor, César Farías, esos choques no se resolvieron nunca de manera violenta y siempre hubo espacio para el juego.

    Pregunta.- Su familia es netamente futbolera. En un país que tiene al béisbol como deporte más mediático, ¿dónde nace esa pasión por el fútbol?

    Respuesta.- Fue de una manera atípica, como suceden muchas cosas en Venezuela. Mi padre era maracucho (ndr: de Maracaibo, capital del estado Zulia, región beisbolera por excelencia) de pocas raíces futbolísticas. Además de haber sido médico psiquiatra, practicaba béisbol y baloncesto. Tan psiquiatra fue que tuvo doce hijos varones y tuvo toda la capacidad para inculcarnos siempre la importancia de la práctica deportiva. Luego entra la formación escolar. Mis hermanos y yo fuimos educados en un colegio jesuita en Maracaibo en el que los sacerdotes no nos permitían jugar béisbol, sino que nos obligaban a practicar fútbol. Cuando nos regresamos a Mérida encontramos el ambiente propicio para desenvainar toda esa pasión futbolística que vivimos, en un ambiente muy de fútbol y donde desarrollamos prácticamente nuestra vida. Y al tener doce hijos varones en la casa, se entiende claramente que éramos un equipo de fútbol, y lo hacíamos como una competencia para enfrentarnos a otras familias. De la familia Páez salieron tres jugadores profesionales, dos de ellos de selección nacional, y muchos sobrinos que mantienen ese sueño.

    P.- Además de futbolistas, los doce hermanos fueron a la universidad. ¿Aquello fue una exigencia familiar o influyó el entorno de Mérida?

    R.- Mérida es una ciudad estudiantil en la que se dice que la ciudad vive dentro de una universidad (ndr: la Universidad de Los Andes), y ese ambiente de estudio, de la naturaleza, del frío, de la conciencia y el espíritu del andino que es recto, conservador y respetuoso de las tradiciones configuró un entorno propicio para además de seguir con nuestra pasión futbolera, desarrollar como principio de formación buscar una mejor educación desde el punto de vista académico. Los doce hermanos somos universitarios y los doce pudimos desarrollar nuestras inquietudes académicas.

    P.- A pesar de la superprofesionalización del fútbol, queda siempre la idea de que el futbolista dispone de mucho tiempo libre. Usted cuando era futbolista activo tuvo la dedicación y el tiempo para estudiar medicina. ¿Es cierta esa sensación o el jugador moderno dispone de menos tiempo libre por la forma de entrenar?

    R.- Todo ha cambiado mucho. El estilo de entrenamiento típico de mi época (década de los 70) era muy planificado, pero a la vez muy sectorizado. Era una planificación irreversible, por ejemplo: los lunes se descansaba o se hacía regenerativo; el martes se trabajaba la parte física; el miércoles se hacía una activación con trabajos técnico-tácticos; el jueves se hacía fútbol; el viernes se trabajaba la velocidad, el cambio de ritmo, disparos al arco; y el sábado se hacían nuevamente trabajos regenerativos pensando ya en el partido del domingo. A medida que fueron llegando técnicos extranjeros a Venezuela, todo fue cambiando. Conocimos los entrenamientos a doble turno, se empezaron a hacer pretemporadas aunque en ambientes que no eran los adecuados, como la playa, la montaña o dedicándose exclusivamente a los trabajos físicos, suponiendo equivocadamente que con esos quince días se llenaba el tanque para todo un semestre. Pero a pesar de los errores, eran los primeros pasos de una necesaria evolución que nos inculcaron los buenos entrenadores –aunque hubo otros de muy bajo nivel y otros que se han mantenido con esas metodologías–, técnicos que nos llenaban de algunos conocimientos e inquietudes que nos sirvieron para seguir evolucionando. Aparecieron los entrenamientos intervalados, los intermitentes hasta llegar ahora a este proceso metodológico de la integralidad, ese entrenamiento integrado en el que ya no se disocia al entrenamiento en fases distintas. De seguir así llegaremos a un perfeccionamiento como el entrenamiento situacional-específico, es decir, por posición. Pero el fútbol venezolano, casi a la buena de Dios, ya que no ha habido un proceso organizado, pero contando con la inquietud de los entrenadores que se han formado y han salido a conocer otras experiencias, se ha dado cuenta del posicionamiento que tiene este deporte en el mundo y cuales son los caminos para mantener la evolución.

    P.- Usted menciona la incompatibilidad de ambientes como la playa o la montaña con el entrenamiento de fútbol. La lógica nos hace pensar que si quiero aprender de cocina debo practicar cocinando. Pero en el fútbol esto se presta a discusión, y me atrevo a decir que son muchos los entrenadores que no solo prefieren disociar el entrenamiento en fases distintas sino que además realizan la preparación en esos lugares que nada tienen que ver con una cancha de fútbol. Entrenadores ganadores, de clubes famosos y de selecciones que aún se niegan a comprender esto. ¿Cómo hacer para que se entienda la conveniencia de entrenar en el campo y con la pelota?

    R.- El fútbol es igual que la vida, todo es cuestión de decisiones, de tomas de decisiones. A veces a uno lo convencen, pero a otros se les impone un criterio. Yo creo que tiene mayor mérito aquel que por convencimiento propio o por convencimiento académico logra esas transformaciones y cambios en las metodologías. A mi me pasó. Yo era un entrenador que creía mucho en ese entrenamiento analítico, diseñado por líneas, tratando de hacer las cosas de una manera programada, planificada, que hacía que los resultados se consiguieran a muy largo plazo. Pero entendí que la metodología de entrenamiento debía ser una metodología más integrada, mas cercana a los escenarios de partido con un feedback del fútbol hacia el entrenamiento y del entrenamiento hacia el fútbol. Esa retroalimentación en la que se resume la tarea del entrenador ayuda a comprender que de esa manera se acerca uno más a esas posibilidades que tienen los conjuntos de parecerse más al ideal de un equipo de fútbol y alejarse de eso que yo llamo la unión de factores o de sorpresas.

    P.- En esta aventura con Mineros de Guayana –ganaron el Torneo Apertura y ahora luchan por ser campeones absolutos– lo acompaña Amleto Bonaccorso como su asistente técnico. ¿Qué importancia tiene este puesto para Richard Páez?

    R.-  La idea que he mantenido es de contar siempre con un asistente técnico. Debe ser mi mano derecha, mi confidente, es mi mecanismo para asegurarme mantener discusiones de lectura para ambos, pero fundamentalmente para lo que queremos ver el día domingo. Hay que recordar que cuatro ojos ven más y mejor que dos. Pero no se trata únicamente de los ojos, sino de la mente, ya que lo que fundamentalmente busco es cómo es la percepción visual y pedagógica que se tiene de lo que sucede en el campo de juego. Mucha gente se va a lo específico, a lo grueso, al gol, a la jugada que todo el mundo observa, pero pocos retrotraen la jugada a su lugar de inicio para comprender el nacimiento de ese gol o de esa maniobra. Para todos esos detalles se hace necesario contar con ese asistente técnico, como un acompañante, como un orientador que ayude a comunicar lo que se quiere en la cancha. En estos momentos estoy reflexionando acerca de la viabilidad de contar con un técnico de principios defensivos y uno de principios ofensivos; que sean dos entrenadores jóvenes que estén en la cancha llevando operativamente el mensaje que el entrenador principal quiere plasmar, y es que uno no puede estar con la misma dinámica que cuando tenía treinta y cinco o cuarenta años y entraba a la cancha con toda mi vitalidad para participar del entrenamiento. Ahora creo que hay que contar con esa dosificación y uno ser el estratega, el que visualice teóricamente lo que después ellos lleven al terreno.

    P.- Eso es muy de los deportes norteamericanos, al estilo de la NBA y la NFL.

    R.- Yo lo saco del béisbol, que es el deporte que indiscutiblemente está en nuestra conciencia. En ese deporte hay un técnico encargado de trabajar las distintas fases, por ejemplo, el trabajo con los lanzadores abridores, los relevistas, el infield, la ofensiva, etc. En el fútbol eso sucede con el preparador de arqueros, que para mí es la función que nos enseñó la apertura fundamental de lo que hoy está sucediendo en el fútbol de forma conjunta. Fueron los arqueros los primeros que se adelantaron cuando hicieron trabajos específicos y situacionales para arqueros, en los que se intenta reproducir lo que a ellos les sucede en la cancha. Como no se trabaja fútbol todos los días para ponerlos a prueba, se hace ese trabajo específico. Ellos marcaron un camino, y te puedes dar cuenta que los primeros que mejoraron su potencia, su explosividad y su coordinación fueron los arqueros justamente por esos trabajos específicos que menciono. Llegará un momento en que se aplicarán específicamente trabajos para volantes de primera línea, para laterales, etc. Esa especificidad condicionará a los futuros cuerpos técnicos, que en el futuro deberán ser mucho más profesionales y más preparados.

    P.- Esto que usted plantea, ¿puede asumirse como una corriente emparentada o cercana a la periodización táctica?

    R.- Ese es uno de los temas que lo motiva a uno. Esa lucha de qué es más importante: lo físico, lo psicológico, lo estratégico, la parte cognitiva que tiene que ver con la lectura del juego, o simplemente todo es un todo. Esa es nuestra idea hoy en día cuando uno acepta ser un entrenador distinto a cuando conducía a Estudiantes de Mérida (ndr: año 1998, equipo con el que llegó a cuartos de final de la Copa Librtadores), porque hoy siento que se puede ver todo desde una visión panorámica buscando qué es lo más importante o qué es lo que provoca una cadena de consecuencias y sucesos para lograr lo que todos queremos, que no es más que la victoria. Es esa periodización, es tratar de elaborar un encadenamiento de todas las cosas y propiciando una relación entre el descanso activo no solamente en la parte física sino también en lo anímico: pero nosotros, este cuerpo técnico, pretendemos ir mucho más allá, ya no nos quedamos únicamente con la parte psicológica, y es que hemos aprendido en Colombia la parte espiritual, es decir, llegarle al espíritu del futbolista, encontrarle el espíritu del juego que tiene el jugador. Eso es mucho más intenso que la parte psicológica o la parte emocional. Entonces son un sinfín de detalles que se van sumando a esta especie de red intrincada en la que todo se conecta y con ella buscamos que el futbolista llegue con su máximo potencial, con ese espíritu ganador que deseamos ver en nuestros jugadores.

    Entrevista publicada el 17/03/2014 en la web de Martí Perarnau

    Imagen cortesía del diario Panorama

  • Ahora sí se piensa en Catar 2022

    Ahora sí se piensa en Catar 2022

    La selección nacional vuelve al ruedo de las Eliminatorias Sudamericanas para enfrentarse a Perú y Chile. En esta ocasión, el combinado nacional no contará con tres futbolistas que venían siendo protagonistas del ciclo de Rafael Dudamel: Oswaldo Vizcarrondo, Roberto Rosales y Daniel Hernández. Aun cuando la medida es la misma, cada caso es distinto y merece una mirada individual.

    Dudamel asumió la conducción de la Vinotinto el 1 de abril de 2016, tras la renuncia de Noel Sanvicente. El ex arquero, lejos de iniciar una inmediata renovación del plantel criollo, prefirió mantener la misma base que sus antecesores en el cargo, quizá con la intención de familiarizarse con el grupo y conocer de primera mano las razones por las que el equipo no lograba reeditar viejos rendimientos. Los resultados en la Copa América parecían darle empuje a esa continuidad, aunque el análisis de cada presentación venezolana dejaba la duda sobre si la supuesta mejoría era producto de un renacer o de la larga convivencia antes del torneo continental, un contexto irrepetible en las eliminatorias.

    Las siguientes presentaciones confirmaron lo que se temía: la muy buena participación en suelo norteamericano fue un episodio puntual. Por las clasificatorias, el apabullante triunfo ante Bolivia o el empate frente a Argentina no disimularon las duras derrotas ante Colombia, Uruguay y Brasil, por lo que, ahora sí, Dudamel parece convencido en darle oportunidades a futbolistas que probablemente serán protagonistas en la próxima eliminatoria.

    Aunque en el fútbol pocas cosas son absolutas, la aparición de nuevos valores supone el adiós a viejas glorias, y en este caso los primeros en ceder su espacio han sido Vizcarrondo, Rosales y Hernández. Hago énfasis en que nada es terminante porque cualquiera de ellos puede reaparecer en futuros llamados, pero hoy parecen ser la cara visible del cambio que tanto se postergó.

    La ausencia de Oswaldo Vizcarrondo es quizá la más llamativa, no tanto por su actualidad sino por un inexplicable rechazo de parte del público. A punto de cumplir 33 años, y a pesar de haber sido protagonista indiscutible de los más importantes lances de la selección en los últimos tiempos, da la impresión de que sus mejores días han quedado atrás, lo que futbolísticamente sostendría la decisión del cuerpo técnico. Sin embargo, al caraqueño se le condenan los errores como si de un traidor a la patria se tratara, cuando, hasta en los momentos más duros, ha sido quizá uno de los pocos en dar la cara y asumir culpas. El público no perdona sus equivocaciones, a diferencia de algún mercenario que sólo vino cuando se le cumplieron sus exigencias económicas. Una vez más queda demostrado que el fútbol nos retrata como sociedad: lejos de valorar el esfuerzo y la honestidad de algunos, nos regalamos ante el oportunista de turno. Somos un ecosistema futbolístico tan pobre que copiamos con felicidad los malos ejemplos que llegan desde el sur del continente y la madre patria. A pesar de las sugerencias de los optimistas, vivimos igual que en tiempos del Imperio Romano: queremos sangre y sangre tendremos.

    En cuanto a Roberto Rosales la situación es diametralmente opuesta. Su actualidad en el Málaga y sus 28 años hacen suponer que los rumores que se escuchan desde la Copa América Centenario son ciertos: Dudamel prefiere a Alexander González. Un entrenador está para tomar decisiones, y en el caso del seleccionador criollo, elegir a González por encima de Rosales no es más que una de ellas. Ahora bien, que ni siquiera se haya convocado al lateral derecho del Málaga despierta algunas incógnitas, pero Dudamel decidirá si vale la pena o no aclarar esta situación. En los últimos años, Rosales ha dejado de ser, por lo menos en la selección venezolana, aquel lateral incisivo y de desbordes oportunos para convertirse en un futbolista más cercano al equilibrio que algunos promueven. González, por su parte, obedeciendo a su formación de volante ofensivo, ofrece esa voluntad creativa a costa de algunas lagunas defensivas, riesgo que Dudamel está dispuesto a correr. La salida de Rosales debe servir para motivar también a Víctor García, quien a sus 22 años debe probar si quiere competir por el puesto.

    Por último, está la no convocatoria de Dani Hernández. Pareciera que Dudamel quedó sumamente convencido con la actuación de Wuilker Faríñez en el Sudamericano Sub-20, por lo que la ausencia del arquero del Tenerife promovería una sana competencia entre los dos mejores valores que tiene el arco venezolano en estos momentos: Faríñez y José Contreras. Esta puede ser la decisión que defina con mayor claridad la hoja de ruta para el resto de las eliminatorias mundialistas. No es descabellado pensar que el seleccionador nacional, de ahora en adelante, aprovechará el resto de los compromisos para ir construyendo un equipo que llegue el proceso eliminatorio de Catar 2022 con el mayor recorrido posible. Dejo esto como una posibilidad porque, como afirmaba anteriormente, en el fútbol, al igual que en el mundo de la política, siempre se puede volver atrás.

    El resto de la lista es cónsona con este mensaje. Apellidos como Ponce, Machís, Murillo, Soteldo, Romero, Zambrano, Herrera y el propio Graterol están ante una fantástica oportunidad de ganarse su continuidad en la élite del fútbol criollo. Dependerá de cada uno de ellos hacerse imprescindible o dejarse ganar terreno por otros que, como Jefferson Savarino, tocan la puerta con la fuerza de quien desea derribarla. En medio de este panorama queda claro que por fin comenzó el camino hacia Catar.

    Las convocatorias son eso, intenciones y mensajes. Para hablar de fútbol y posibles modificaciones al estilo que trata imponer Rafael Dudamel y su staff hay que esperar.

    Columna publicada el 16/03/2017 en El Estímulo.

    Fotografía cortesía de Telemundo Deportes.

  • Tomás Rincón pelea su lugar en la Juventus

    Tomás Rincón pelea su lugar en la Juventus

    El miércoles 8 de febrero, Tomás Rincón jugó su primer partido como titular en la Juventus por la Serie A. Su equipo se enfrentaba al Crotone, un rival que no lo iba atacar y que le reduciría el campo casi hasta la mitad, lo que obligaba a los de Massimiliano Allegri a ser pacientes y promover una circulación rápida de la pelota.

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    Luis Enrique, entrenador del FC Barcelona, explica a la perfección la estrategia:

    Por ende, las obligaciones del criollo no pasaban exclusivamente por la recuperación de la pelota y la cesión de la misma al compañero más cercano; Rincón debía sostener tácticamente al equipo, sirviendo incluso como una especie de mariscal de campo que determinaría donde debía instalarse la Juventus para superar una defensor organizada como la del Crotone.

    Esto que aquí se señala pareciera una obviedad, sin embargo, no puede soslayarse que en el fútbol todavía es mayoritaria en la corriente de pensamiento que sostiene que ataque y defensa son conductas aisladas, cuando la realidad del juego y el ser humano nos confirma que son vasos comunicantes. 

    Revisemos las estadísticas del partido para comprender cómo y dónde se movían los rivales de Rincón:

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    Crotone apenas tuvo un 24% de posesión, lo que confirma la intención local de replegarse, defender muy cerca de su arco y salir al contragolpe, algo que como se demuestra en las estadísticas, intentó en 13 ocasiones, a pesar de que sólo logró dar tres pases de finalización, es decir, tres habilitaciones cercanas a la meta de Gianluigi Buffon. Las estadísticas no explican el juego pero sí ayudan a identificar tendencias y conductas.

    En la siguiente imagen se puede observar con claridad dónde defendía el rival de Rincón, y porque el venezolano fue una pieza fundamental en el avance de su equipo:

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    Teniendo en cuenta que Crotone jugaba de esa manera, el tachirense era, junto a los defensores, el primer pase, pero al mismo tiempo, el «continuista» del juego juventino: recuperaba, pasaba y presionaba, para nuevamente repetir el ciclo. Pero todo esto lo hacía con una misión: prolongar el ataque de los suyos. Ahí está una de las grandes diferencias entre esta versión de Tomás y la que normalmente observamos en la selección nacional: con la Juve, Rincón forma parte de una idea de protagonismo, mientras que en la Vinotinto es parte de un sistema reaccionario, poco protagonista.

    En los seis vídeos que se muestran a continuación queda demostrado que Rincón no llego a la Juventus para ser lo que muchos denominan como un destructor de juego; el venezolano conquistó a la élite jugando fútbol. Y es que como puede observarse, el tachirense, en cada una de sus participaciones, sumaba a la construcción de juego del equipo de Turín, desechando y dejando en ridículo aquellos que creen que los futbolistas son unidimensionales. 

    Por último quiero dejar una reflexión: quienes creen que este cambio de contexto no afectará su rendimiento en la selección no terminan de comprender tan siquiera el concepto básico del pensamiento complejo. Cuando pasamos de un contexto, que nos es natural gracias a la cotidianidad, a otro en el que apenas conviviremos por horas, lo normal es buscar sostenes y apoyos a partir de elementos que nos hacen sentir seguros. Para Rincón, la realidad que vive en la Juventus, es, ahora, esa cotidianidad en la que desarrollará nuevas respuestas y nuevos apoyos. Quieran o no, Tomás Rincón es ya un futbolista distinto.

    Imágenes cortesía de Meridiano.com, FourFourTwo, Instatscout y Soccerway

  • Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Rafael Dudamel consiguió con esta selección un hito en la historia futbolística de Venezuela: cumplir exitosamente con sus ciclos en las selecciones nacionales sub-17 y sub-20. La historia dirá que su paso por las categorías juveniles criollas fue un acierto pocas veces visto en un país en el que los procesos no son apoyados, respetados ni comprendidos. Con sus más y sus menos, el ex arquero derrumbó mitos. Su llegada a la conducción de la sub-20 es una historia que algún día contaré.

    Esta selección pudo haber tenido un final más plácido, pero, tal cual se divisó en la primera fase, es desde el suspenso que se puede entender el paso criollo por este torneo. Puede que sea una característica propia de nuestra sociedad -vaya si hace falta un sociólogo para que aclare esto- pero son pocos, muy pocos, los éxitos colectivos en nuestra historia que hayan sido contundentes, sin ligar ni rezar.

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    Ante Argentina, con pocas posibilidades de comprometer el triunfo, el equipo criollo estuvo muy cerca de rozar la tragedia. El rival, sin mucho fútbol ni una actuación memorable, se las arregló para que nuevamente Wuilker Faríñez fuese la figura criolla. No había necesidad de entregarse a la ansiedad argentina, pero insisto, a nuestros equipos les cuesta definir las tareas en tiempo y forma. Los goles albicelestes y las apariciones del arquero del Caracas FC así lo demuestran, así como dos jugadas dudosas en el área criolla que el árbitro principal no señaló como pena máxima, lo que debería calmar por un momento a los fundamentalistas de las teorías conspirativas.

    Pero más que el partido, que no fue un trámite ni dejó indiferente a nadie, lo importante es resaltar la clasificación venezolana a su segundo mundial de la categoría, tercero para el fútbol masculino. Esta versión comandada por Dudamel tuvo tres futbolistas sobre los que supo sostenerse cuando el colectivo no apareció: Faríñez, Yangel Herrera y Yeferson Soteldo.

    El portero fue quizá el jugador más importante, o quien más influencia tuvo en los resultados. Venezuela no tuvo durante todo el torneo el funcionamiento defensivo que algunos señalan, entendido esto como una serie de conductas llamadas a evitar las llegadas de los rivales al arco de Faríñez. Durante el torneo, los rivales dispararon, dentro de los tres palos, hasta treinta y un veces, pero sólo en siete ocasiones lograron vencer la resistencia del guardameta, lo que trajo como consecuencia que los criollos abandonen suelo ecuatoriano con la valla menos vencida. La lección que debe repetirse mil y una vez es que el correcto arte de defender es mucho más que una fría estadística.

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    Herrera fue sin lugar a dudas, hasta el partido final, el sostén táctico de la selección. Según su ubicación en el campo, la Vinotinto fue un equipo claramente parado al contragolpe o un bloque corto. Tuvo apariciones importantísimas, como ante Perú, demostrando el carácter suficiente para no dejarse ir por el penal fallado. Su crecimiento no admite dudas, a pesar de que debe corregir aspectos como el correcto manejo de las emociones, pero para eso es joven y tiene muchos minutos competitivos que le ayudarán a ajustar esos pequeños detalles. Da la impresión de que, salvo alguna desgracia o distracción, Herrera está preparado para asumir riesgos superiores, como pelear el puesto de acompañante de Tomás Rincón en la selección mayor.

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    Soteldo, por su parte, tuvo un campeonato sencillamente maravilloso. Hasta en los episodios en los que tuvo que resolver por sí sólo se mostró superior a todos sus rivales. Quizá bajo otra idea de juego pueda brillar más, pero su personalidad es otra fantástica noticia. Basta observar sus reacciones en el partido más complicado, ante Argentina en el Hexagonal, para concluir que, aun en la más amarga soledad, supo aguantar la pelota. Que muchas veces perdiese cuando le hacían 2×1 no es consecuencia de excesos sino de ese aislamiento que muchas veces sufrió. Pocos futbolistas en nuestro país han quemado las etapas competitivas con tanto éxito como el 10.

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    Por último, hay que volver a Dudamel. El seleccionador supo agregar pequeñas variantes a su equipo durante el torneo, evitando que este fuese previsible y, al mismo tiempo, promoviendo más y mejores respuestas. Esta influencia puede observarse en el comportamiento de los laterales: en los primeros partidos se proyectaban con cierta timidez, pero con el paso de los duelos, estos adelantaron su posición en el campo. También construyó un nuevo contexto para que Soteldo fuese más influyente en la zona de definición, adelantando su posición hasta llevarlo a jugar de delantero. Es una pena que no haya podido celebrar en el campo con sus muchachos, pero su rueda de prensa, tras el bochornoso episodio arbitral del Brasil-Venezuela, debe ser comprendida como un acto de motivación impresionante. Tras una derrota dolorosa, el entrenador defendió a los suyos ante todos los poderes, dejándoles la mesa servida para que fueran ellos, y solamente ellos, los encargados de responder a las agresiones con juego y goles.

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    Mucho podemos discutir sobre si se podía jugar mejor, es decir, que desde la conducción técnica se diseñaran estrategias que ayudaran a potenciar aún más las virtudes de sus jugadores -no debe olvidarse que hacer esos exámenes es la razón de ser del analista- pero el resultado final determina que este equipo, jugando a su manera, logró apenas la segunda clasificación de una selección sub-20 al mundial Corea 2017, lo que los posiciona, sin lugar a dudas, en la historia del deporte venezolano. Y eso, más allá de cualquier reflexión, debe celebrarse.

    ¡Enhorabuena!

    Créditos fotografías: Prensa Vinotinto, EFE y AFP 

  • Soteldo dinamita cualquier guión

    Soteldo dinamita cualquier guión

    El talento no lo es todo pero cómo ayuda. En el fútbol, esas cuotas de ingenio deben estar siempre al servicio del colectivo, de lo contrario solamente serán intentos sin mayores posibilidades de éxito. Por ello, cuando se habla, en el caso de la selección nacional Sub-20, de la influencia de Yeferson Soteldo, hay que tener en cuenta cómo se asocia con sus compañeros y el nivel de entendimiento de estos con él, y del 10 con ellos. Al habilidoso, al jugador distinto, hay que buscarlo siempre, y cuando se desconecta de la dinámica grupal, activarlo, hacerlo sentir parte de la dinámica del equipo.

    No hablemos de posesión ni de porcentajes. En los primeros minutos fue notorio como Venezuela aguardaba los movimientos de Uruguay. No presionaba, sino que esperaba que se equivocara el futbolista que trasladaba la pelota, y la única reacción se producía en el momento en que los charrúas se acercaran al área. En esos minutos se llevó al extremo aquello de entregarle protagonismo al rival para aprovechar sus equivocaciones. Llama la atención que a esto juegue una selección que intenta colarse en la élite, pero el resultado tapará, como siempre, esto que aquí se señala.

    Seguramente que para explicar las virtudes de este equipo, Soteldo es el punto de partida de  todas las crónicas y los análisis. En este partido fue notable su ubicación en el centro -un acierto estratégico de Rafael Dudamel- con la intención de cambiar un poco el funcionamiento del equipo, ya que el volante 10, en esa ubicación, estaría mucho más cerca de los mediocampistas de salida (Lucena y Ruiz). Aún así, costó que el pequeño futbolista entrara en acción, no por falta de implicación, sino por esa peligrosa tendencia de preferir los pases largos al juego asociado.

    Ahora bien, cuando la selección Vinotinto se animó a promover un fútbol más cooperativo, que tan bien se le da, fue relevante el cambio de actitud o de planificación en cuanto a los laterales criollos. La presencia de José Hernández fue notable, no ya por su desempeño defensivo, si no por su voluntad de sumarse al ataque, convirtiéndose en una herramienta que ensanchaba el campo de juego. Por la otra banda, Ronald Hernández sostuvo su crecimiento, asociándose a Sergio Córdova para apoyar los avances por la banda derecha.

    En el minuto 25, el derecho Hernández dio una cátedra de cómo debe involucrarse en lateral en el avance de su equipo. El marcador de punta se asoció con Córdova, quien siguió su carrera por la banda, mientras que Hernández modificaba constantemente su carrera, a la espera de identificar la ubicación que favoreciera el avance del atacante criollo. La proyección de los laterales en ataque no es un capricho como muchos quieren hacer creer; por su ubicación, el recorrido natural de estos jugadores ensancha el campo e impide que el rival defienda por la simple acumulación de futbolistas. La ausencia de extremos ha hecho necesario este rol de los marcadores de punta.

    Y fue justamente a partir de los desbordes de los laterales que Venezuela encontró la vía para hacerle daño a Uruguay: el costado derecho. Córdova y Soteldo se alternaron en la invasión a esa zona, creando un caos maravilloso que no supo resolver la defensa uruguaya, y que por poco, tras remates de Peña y del propio Córdova, le daba el primer tanto a la selección criolla.

    Pero en la segunda etapa se volvió a la monotonía, desafiada únicamente por la dinámica de Soteldo, quien siempre supo identificar los espacios que dejaba libre la zaga charrúa.

    Esta selección es un equipo que juega a una misma velocidad, por ello, cuando aparece el 10, se revuelve todo. El equipo tiene como muy propio aquello de mantener el cero en su propio arco por encima de todas las cosas, y si biene s cierto que bajo esa premisa ha llegado hasta estas instancias, es el suspenso el término que mejor define su paso por el Sudamericano de Ecuador. Así fue la etapa de grupos y así se ha conducido en esta fase final.

    El fútbol es inexplicable porque no tiene verdades absolutas. Una prueba de ello es el origen del primer gol criollo: una pelota dividida que gana un futbolista venezolano y que encuentra a Uruguay a contrapié, intentando salir de su área. Los militantes del lugar común definen a cualquier selección charrúa como equipos ordenados, que jamás dan por perdida una pelota, pero mire usted por dónde se rompió el partido. Por ello, y mucho más, este es un juego maravilloso que sobrevive a la mediocridad de quienes intentan hundirlo en sus propias miserias.

    ¿Cómo explican la influencia de Yeferson Soteldo los acumuladores de estadísticas? El ahora jugador del Huachipato chileno es un futbolista cuyo rango de influencia supera cualquier suma de números fríos. Lo mismo puede decirse de Córdova o el sacrificado Ronaldo Peña. Y es que este es un juego de interacciones, de realimentación, de sinergias, que jamás podrá ser explicado en su totalidad por la frialdad científica. Venezuela tiene muchos puntos por mejorar en la construcción de juego, pero en los momentos importantes, casi como si fuese parte de un guión que se cumple de pe a pa, el equipo sacó los mejores registros de su juego, y ello fue suficiente para golear a Ecuador, a Uruguay y reservar pasaje para el próximo mundial Corea 2017, un hecho que, no debe olvidarse, se conseguiría por segunda ocasión en toda nuestra historia.

    Insisto, esto es fútbol y nadie sabe realmente de qué va, menos aún cuando la pelota la conduce el eléctrico jugador que porta la camiseta 10.

    Fotografía cortesía AFP

  • Unas líneas antes del Ecuador-Venezuela

    Unas líneas antes del Ecuador-Venezuela

    Rafael Dudamel le declaró al periodista Humberto Turinese que, ante Ecuador, en el segundo partido del Hexagonal del Sudamericano Sub-20, la selección no puede repetir algunas conductas que fueron protagonistas en el duelo ante Colombia. El seleccionador hizo mención al manejo de la pelota y cómo el equipo criollo debe corregir ese aspecto.

    El fútbol es un juego de oposición directa en el que la influencia del contrario es tremendamente determinante. Pero si a ese rival se le jugó de igual a igual, no hay mayores justificativos a la conducta mostrada por la Vinotinto en el segundo tiempo, cuando se le cedió terreno y balón a Colombia.

    Este par de imágenes enseñan lo que Dudamel espera que no se repita:

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    En ellas se ve a la totalidad del equipo encerrado en su propio campo cuando apenas comenzaba la segunda parte. Esa conducta es natural de los equipos que se encuentran en inferioridad numérica, pero ese no fue el caso criollo. Se jugó con fuego y el seleccionador lo sabe, por ello el llamado de atención a que sus dirigidos no vuelvan a caer en esa trampa.

    No es un llamado a dos o tres volantes; la advertencia debe ser comprendida por todos los jugadores, porque la dinámica del equipo dependerá de todos los que salgan al campo.

    El rival juega e incide, no es necesario darle más de lo que ya con su estrategia intenta obtener.

    Imagen cortesía de http://visionnoventa.com/

    Captura de la transmisión de lateletuya.com