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  • Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 3: La construcción de una selección

    Fútbol con Ignacio Benedetti, capítulo 3: La construcción de una selección

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    En esta nueva video columna, opino sobre la construcción de una selección, poniendo la atención en el caso de Venezuela. En tiempos en los que se habla de rotaciones o de onces fijos, creo que es importante tener en cuenta otra mirada.

    Fotografías Agencia EFE.

    Videos cortesía Directv Sports y diario El País

     

  • La Vinotinto de los 45 minutos

    La Vinotinto de los 45 minutos

    La selección se acostumbró a jugar por lapsos de tiempo. Ante Perú fueron los primeros cuarenta y cinco, mientras que, ante Chile, en Santiago, fue en la segunda etapa que se observó la mejor versión del equipo criollo. Si ante los incas el aviso fue claro, contra un equipo que sabe competir en el más alto nivel como la selección austral, esa situación se hace notable y pesada. El 3-1 no hace justicia al mal partido criollo.

    Los partidos de fútbol duran noventa minutos. Eso de hablar de competitividad por etapas es un ventajismo insoportable e insostenible. Puede que ante Perú algunos hayan creído que con eso alcanzaba, pero Chile, esa selección que es ejemplo de respeto a un proceso futbolístico, no perdona tantas ventajas. Lo hizo en el marcador, pero futbolísticamente dejó en evidencia las diferencias entre una y otra selección.

    Sería preocupante quedarse con el gol de Tomás Rincón que no subió al marcador, el posible penal no sancionado a Rómulo Otero, o si se prefiere, con la creciente sociedad entre Otero y Jhon Murillo. Defender la competitividad criolla a partir de esos episodios puede ser hasta peligroso porque obviaría que el local tuvo hasta cinco ocasiones claras de aumentar la ventaja hasta que Salomón Rondón convirtió el gol del descuento. Guste o no, la figura venezolana fue Wuilker Faríñez, una clara muestra de que, por un lado, el joven arquero no tiene problemas en defender el arco de la selección mayor, y por otro, que Venezuela hizo aguas.

    Habrá quienes apoyados en el rendimiento del guardameta exigirán una mayor presencia de juveniles en las próximas alineaciones. Ante semejante muestra de oportunismo es pertinente recordar que la inserción de jóvenes valores, por sí sola, no solucionará nada. La calidad de los entrenamientos, una idea clara, el respeto por la exigencia de la competencia y el sacrificio de los futbolistas son los componentes obligados de todo proceso que pretenda crecer y evolucionar. No hay atajos ni tiempos fuera: o se asume con esa energía o seguiremos a la deriva.

    Chile atacó sin piedad el costado derecho de la defensa criolla. La voluntad de Alexander González no fue suficiente para el dos contra uno que promovieron Jean Beausejour y Alexis Sánchez en contra del lateral. Llama poderosamente la atención que no se tomara en cuenta que esa conducta es costumbre en la selección roja, o peor aún, que no se asumieran rápidos correctivos ante semejante acoso. Desde los tiempos de Marcelo Bielsa, con el propio Beausejour y Mark González, Chile ha tenido en su ataque por la banda izquierda su principal arma. Pasan los años y esto se ha potenciado con el crecimiento de Sánchez y la aparición del propio Eduardo Vargas. Ante eso, no fue sino hasta el minuto 60 que la Vinotinto promovió un retoque. Culpar a González de errores colectivos sería, como no, oportunista.

    En cuanto a Chile y su identidad debe hacerse un aparte. El ejemplo chileno nos desnuda hasta en la selección de los entrenadores. ¿Qué tienen en común Richard Páez, César Farías, Noel Sanvicente y Rafael Dudamel? La sucesión de seleccionadores en nuestro país es emocional, no hay un guión porque no se comprende la importancia de una hoja de ruta. Así nos pasamos de un juego posicional a uno puramente reactivo y dependiente de la pelota parada, para luego sumergirnos en uno en el que prevalecen las rápidas transiciones. Todo esto sin anestesia, porque el plan es no tener plan.

    Vuelvo con Chile. Los australes, luego de la renuncia de Bielsa, apostaron por Claudio Borghi, un entrenador con modos e ideas casi opuestas a las del “Loco”. Cuando casi perdían toda oportunidad de ir al mundial Brasil 2014 recurrieron a Jorge Sampaoli, un continuador del “bielsismo”, quien, tras lograr la clasificación a la cita brasileña, comprendió que había que darle una vuelta de tuerca al equipo: los cambios no fueron de módulos tácticos ni de discurso, episodios que tanto entretienen a los especialistas criollos. El hoy entrenador del Sevilla agregó claves del ataque posicional de la mano de un experto (Juan Manuel Lillo) para enriquecer a su equipo. Insisto en mi pregunta, ¿esas discusiones se promueven en nuestro fútbol? Repasemos el campeonato local para darnos cuenta que la gran mayoría de los entrenadores están más preocupados por las excusas que por su propio crecimiento.

    Esto que menciono no es poca cosa. El joven grupo que integra al equipo nacional todavía está en búsqueda de una personalidad propia. En el primer tiempo contra Perú, y en la segunda etapa ante, Chile quedó demostrado que, por cualidades propias de sus intérpretes, esta selección puede crecer bajo la idea de protagonizar los partidos, a través de un fútbol de sociedades, más pensado y menos reaccionario. Pero, cuando la responsabilidad se hizo pesada, se retornó a viejos vicios como el pelotazo sin sentido, distanciando aún más a los futbolistas patrios.

    Detengámonos por un instante en el gol criollo y preguntémonos si la reacción criolla es consecuencia exclusiva de la voluntad propia. Es innegable una recuperación anímica que los llevó a anotar el tanto de Rondón y seguir adelante, pero su origen es tan propio como ajeno; el equipo de Juan Antonio Pizzi sobró el partido y alimentó a la Vinotinto. Hay mérito de los de Dudamel, pero sólo cuando el rival aflojó fue que nos atrevimos a intentar algo distinto. La sensación que deja esta doble fecha es que Venezuela sufrió por no creer en sí misma. La selección cuenta con jugadores capaces de competir y disputar los partidos, por lo que vale preguntarse si la inconsistencia no pasa por un tema emocional o psicológico más que futbolístico.

    ¿Por qué Rincón no consigue mostrar su mejor versión con la selección? ¿No merece José Manuel Velázquez una oportunidad? ¿Volverá Roberto Rosales? ¿Por qué no apostar por Mikel Villanueva como lateral? ¿Faltó algún volante ofensivo en el banco de suplentes? ¿Está Víctor García listo para asumir el puesto de lateral derecho? Con Otero y Murillo cada vez más asentados, ¿cuál es el rol de Alejandro Guerra? ¿Qué hacer con un Peñaranda talentoso pero sin actualidad en su club? De aquí a agosto hay tiempo suficiente para ir respondiendo estas interrogantes, muchas de las cuales encontrarán solución con la llegada de las vacaciones y el mercado de fichajes.

    Permítame una última reflexión: En el deporte criollo creemos que la solución a nuestros males es apostar a cambios de entrenadores mientras celebramos logros individuales como la llegada de Rincón a la élite. Los procesos formativos tienen una vida muy corta, y en la gran mayoría de los casos están protagonizados por entrenadores que apuestan a ganar notoriedad con triunfos y no a través de su capacidad formativa la formación. Es natural: la educación no paga tanto como dirigir en primera división. ¿Existe en Venezuela algún director de metodología? Daniel De Oliveira casi asume ese cargo en Caracas FC, pero la confusión que reina en esa institución es profunda y no vale la pena explicarla en estas líneas.

    Sin el apoyo de una metodología clara, los futbolistas venezolanos son triunfadores individuales. Cada uno de sus logros son “a pesar de” y no “gracias a”. ¿Dónde estudian los entrenadores venezolanos? ¿Cuanto duran esos cursos? ¿Quienes los imparten? ¿Todos los “carnetizados” hicieron el curso? Perdone que me afinque, pero estos problemas van más allá del seleccionador de turno. Son la consecuencia natural de un mal hacer que ya es costumbre. Hasta tanto no se ataquen estos problemas de fondo, la selección, la dirija Dudamel, Bielsa o José Mourinho, seguirá siendo un barco de difícil conducción.

    Hasta agosto no habrá actividad. Hay tiempo para digerir la derrota y el empate de esta doble fecha. Es cierto que no hay mucho tiempo de ensayo para promover correctivos, pero si algo hay que aprender de Chile es que, con el mismo inconveniente, han construido y mejorado una idea de juego. Sin tiempo, pero con mucha voluntad.

    Columna publicada en El Estímulo, el 28/03/2017

  • Ahora sí se piensa en Catar 2022

    Ahora sí se piensa en Catar 2022

    La selección nacional vuelve al ruedo de las Eliminatorias Sudamericanas para enfrentarse a Perú y Chile. En esta ocasión, el combinado nacional no contará con tres futbolistas que venían siendo protagonistas del ciclo de Rafael Dudamel: Oswaldo Vizcarrondo, Roberto Rosales y Daniel Hernández. Aun cuando la medida es la misma, cada caso es distinto y merece una mirada individual.

    Dudamel asumió la conducción de la Vinotinto el 1 de abril de 2016, tras la renuncia de Noel Sanvicente. El ex arquero, lejos de iniciar una inmediata renovación del plantel criollo, prefirió mantener la misma base que sus antecesores en el cargo, quizá con la intención de familiarizarse con el grupo y conocer de primera mano las razones por las que el equipo no lograba reeditar viejos rendimientos. Los resultados en la Copa América parecían darle empuje a esa continuidad, aunque el análisis de cada presentación venezolana dejaba la duda sobre si la supuesta mejoría era producto de un renacer o de la larga convivencia antes del torneo continental, un contexto irrepetible en las eliminatorias.

    Las siguientes presentaciones confirmaron lo que se temía: la muy buena participación en suelo norteamericano fue un episodio puntual. Por las clasificatorias, el apabullante triunfo ante Bolivia o el empate frente a Argentina no disimularon las duras derrotas ante Colombia, Uruguay y Brasil, por lo que, ahora sí, Dudamel parece convencido en darle oportunidades a futbolistas que probablemente serán protagonistas en la próxima eliminatoria.

    Aunque en el fútbol pocas cosas son absolutas, la aparición de nuevos valores supone el adiós a viejas glorias, y en este caso los primeros en ceder su espacio han sido Vizcarrondo, Rosales y Hernández. Hago énfasis en que nada es terminante porque cualquiera de ellos puede reaparecer en futuros llamados, pero hoy parecen ser la cara visible del cambio que tanto se postergó.

    La ausencia de Oswaldo Vizcarrondo es quizá la más llamativa, no tanto por su actualidad sino por un inexplicable rechazo de parte del público. A punto de cumplir 33 años, y a pesar de haber sido protagonista indiscutible de los más importantes lances de la selección en los últimos tiempos, da la impresión de que sus mejores días han quedado atrás, lo que futbolísticamente sostendría la decisión del cuerpo técnico. Sin embargo, al caraqueño se le condenan los errores como si de un traidor a la patria se tratara, cuando, hasta en los momentos más duros, ha sido quizá uno de los pocos en dar la cara y asumir culpas. El público no perdona sus equivocaciones, a diferencia de algún mercenario que sólo vino cuando se le cumplieron sus exigencias económicas. Una vez más queda demostrado que el fútbol nos retrata como sociedad: lejos de valorar el esfuerzo y la honestidad de algunos, nos regalamos ante el oportunista de turno. Somos un ecosistema futbolístico tan pobre que copiamos con felicidad los malos ejemplos que llegan desde el sur del continente y la madre patria. A pesar de las sugerencias de los optimistas, vivimos igual que en tiempos del Imperio Romano: queremos sangre y sangre tendremos.

    En cuanto a Roberto Rosales la situación es diametralmente opuesta. Su actualidad en el Málaga y sus 28 años hacen suponer que los rumores que se escuchan desde la Copa América Centenario son ciertos: Dudamel prefiere a Alexander González. Un entrenador está para tomar decisiones, y en el caso del seleccionador criollo, elegir a González por encima de Rosales no es más que una de ellas. Ahora bien, que ni siquiera se haya convocado al lateral derecho del Málaga despierta algunas incógnitas, pero Dudamel decidirá si vale la pena o no aclarar esta situación. En los últimos años, Rosales ha dejado de ser, por lo menos en la selección venezolana, aquel lateral incisivo y de desbordes oportunos para convertirse en un futbolista más cercano al equilibrio que algunos promueven. González, por su parte, obedeciendo a su formación de volante ofensivo, ofrece esa voluntad creativa a costa de algunas lagunas defensivas, riesgo que Dudamel está dispuesto a correr. La salida de Rosales debe servir para motivar también a Víctor García, quien a sus 22 años debe probar si quiere competir por el puesto.

    Por último, está la no convocatoria de Dani Hernández. Pareciera que Dudamel quedó sumamente convencido con la actuación de Wuilker Faríñez en el Sudamericano Sub-20, por lo que la ausencia del arquero del Tenerife promovería una sana competencia entre los dos mejores valores que tiene el arco venezolano en estos momentos: Faríñez y José Contreras. Esta puede ser la decisión que defina con mayor claridad la hoja de ruta para el resto de las eliminatorias mundialistas. No es descabellado pensar que el seleccionador nacional, de ahora en adelante, aprovechará el resto de los compromisos para ir construyendo un equipo que llegue el proceso eliminatorio de Catar 2022 con el mayor recorrido posible. Dejo esto como una posibilidad porque, como afirmaba anteriormente, en el fútbol, al igual que en el mundo de la política, siempre se puede volver atrás.

    El resto de la lista es cónsona con este mensaje. Apellidos como Ponce, Machís, Murillo, Soteldo, Romero, Zambrano, Herrera y el propio Graterol están ante una fantástica oportunidad de ganarse su continuidad en la élite del fútbol criollo. Dependerá de cada uno de ellos hacerse imprescindible o dejarse ganar terreno por otros que, como Jefferson Savarino, tocan la puerta con la fuerza de quien desea derribarla. En medio de este panorama queda claro que por fin comenzó el camino hacia Catar.

    Las convocatorias son eso, intenciones y mensajes. Para hablar de fútbol y posibles modificaciones al estilo que trata imponer Rafael Dudamel y su staff hay que esperar.

    Columna publicada el 16/03/2017 en El Estímulo.

    Fotografía cortesía de Telemundo Deportes.

  • Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Rafael Dudamel consiguió con esta selección un hito en la historia futbolística de Venezuela: cumplir exitosamente con sus ciclos en las selecciones nacionales sub-17 y sub-20. La historia dirá que su paso por las categorías juveniles criollas fue un acierto pocas veces visto en un país en el que los procesos no son apoyados, respetados ni comprendidos. Con sus más y sus menos, el ex arquero derrumbó mitos. Su llegada a la conducción de la sub-20 es una historia que algún día contaré.

    Esta selección pudo haber tenido un final más plácido, pero, tal cual se divisó en la primera fase, es desde el suspenso que se puede entender el paso criollo por este torneo. Puede que sea una característica propia de nuestra sociedad -vaya si hace falta un sociólogo para que aclare esto- pero son pocos, muy pocos, los éxitos colectivos en nuestra historia que hayan sido contundentes, sin ligar ni rezar.

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    Ante Argentina, con pocas posibilidades de comprometer el triunfo, el equipo criollo estuvo muy cerca de rozar la tragedia. El rival, sin mucho fútbol ni una actuación memorable, se las arregló para que nuevamente Wuilker Faríñez fuese la figura criolla. No había necesidad de entregarse a la ansiedad argentina, pero insisto, a nuestros equipos les cuesta definir las tareas en tiempo y forma. Los goles albicelestes y las apariciones del arquero del Caracas FC así lo demuestran, así como dos jugadas dudosas en el área criolla que el árbitro principal no señaló como pena máxima, lo que debería calmar por un momento a los fundamentalistas de las teorías conspirativas.

    Pero más que el partido, que no fue un trámite ni dejó indiferente a nadie, lo importante es resaltar la clasificación venezolana a su segundo mundial de la categoría, tercero para el fútbol masculino. Esta versión comandada por Dudamel tuvo tres futbolistas sobre los que supo sostenerse cuando el colectivo no apareció: Faríñez, Yangel Herrera y Yeferson Soteldo.

    El portero fue quizá el jugador más importante, o quien más influencia tuvo en los resultados. Venezuela no tuvo durante todo el torneo el funcionamiento defensivo que algunos señalan, entendido esto como una serie de conductas llamadas a evitar las llegadas de los rivales al arco de Faríñez. Durante el torneo, los rivales dispararon, dentro de los tres palos, hasta treinta y un veces, pero sólo en siete ocasiones lograron vencer la resistencia del guardameta, lo que trajo como consecuencia que los criollos abandonen suelo ecuatoriano con la valla menos vencida. La lección que debe repetirse mil y una vez es que el correcto arte de defender es mucho más que una fría estadística.

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    Herrera fue sin lugar a dudas, hasta el partido final, el sostén táctico de la selección. Según su ubicación en el campo, la Vinotinto fue un equipo claramente parado al contragolpe o un bloque corto. Tuvo apariciones importantísimas, como ante Perú, demostrando el carácter suficiente para no dejarse ir por el penal fallado. Su crecimiento no admite dudas, a pesar de que debe corregir aspectos como el correcto manejo de las emociones, pero para eso es joven y tiene muchos minutos competitivos que le ayudarán a ajustar esos pequeños detalles. Da la impresión de que, salvo alguna desgracia o distracción, Herrera está preparado para asumir riesgos superiores, como pelear el puesto de acompañante de Tomás Rincón en la selección mayor.

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    Soteldo, por su parte, tuvo un campeonato sencillamente maravilloso. Hasta en los episodios en los que tuvo que resolver por sí sólo se mostró superior a todos sus rivales. Quizá bajo otra idea de juego pueda brillar más, pero su personalidad es otra fantástica noticia. Basta observar sus reacciones en el partido más complicado, ante Argentina en el Hexagonal, para concluir que, aun en la más amarga soledad, supo aguantar la pelota. Que muchas veces perdiese cuando le hacían 2×1 no es consecuencia de excesos sino de ese aislamiento que muchas veces sufrió. Pocos futbolistas en nuestro país han quemado las etapas competitivas con tanto éxito como el 10.

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    Por último, hay que volver a Dudamel. El seleccionador supo agregar pequeñas variantes a su equipo durante el torneo, evitando que este fuese previsible y, al mismo tiempo, promoviendo más y mejores respuestas. Esta influencia puede observarse en el comportamiento de los laterales: en los primeros partidos se proyectaban con cierta timidez, pero con el paso de los duelos, estos adelantaron su posición en el campo. También construyó un nuevo contexto para que Soteldo fuese más influyente en la zona de definición, adelantando su posición hasta llevarlo a jugar de delantero. Es una pena que no haya podido celebrar en el campo con sus muchachos, pero su rueda de prensa, tras el bochornoso episodio arbitral del Brasil-Venezuela, debe ser comprendida como un acto de motivación impresionante. Tras una derrota dolorosa, el entrenador defendió a los suyos ante todos los poderes, dejándoles la mesa servida para que fueran ellos, y solamente ellos, los encargados de responder a las agresiones con juego y goles.

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    Mucho podemos discutir sobre si se podía jugar mejor, es decir, que desde la conducción técnica se diseñaran estrategias que ayudaran a potenciar aún más las virtudes de sus jugadores -no debe olvidarse que hacer esos exámenes es la razón de ser del analista- pero el resultado final determina que este equipo, jugando a su manera, logró apenas la segunda clasificación de una selección sub-20 al mundial Corea 2017, lo que los posiciona, sin lugar a dudas, en la historia del deporte venezolano. Y eso, más allá de cualquier reflexión, debe celebrarse.

    ¡Enhorabuena!

    Créditos fotografías: Prensa Vinotinto, EFE y AFP 

  • Empate por parálisis

    Empate por parálisis

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    En psicología existe un fenómeno llamado “miedo al éxito”, el cual se define como “una condición caracterizada porque el individuo, ante la posibilidad de alcanzar el éxito en un área determinada, realiza esfuerzos, conscientemente o no, por arruinar dicha posibilidad”.

    Es imposible determinar si la selección Vinotinto sub-20 padeció esa condición en el debut del Hexagonal final del Sudamericano, pero queda la impresión de que le grupo sufrió una especie de parálisis en el momento que debía dar un paso al frente. No supo o no pudo replicar lo hecho en la primera etapa y Colombia, aun con diez futbolistas tras la expulsión de Carlos Cuesta, terminó más cerca del triunfo.

    El partido mostró a una Venezuela más calmada, con un traslado de pelota mucho más pensado y menos reaccionario. Esto trajo como consecuencia que el ritmo fuese más pausado, evitando que los futbolistas estuviesen en un insoportable ida y vuelta cual pelota de en partido de tenis. Ronaldo Lucena y Yangel Herrera jugaron más cerca de los centrales cuando estos tenían posesión de la pelota en la salida, permitiendo que el equipo manejara mejor la construcción. Gracias a que la misma era en corto, el equipo fue, por muchos momentos del primer tiempo, un bloque más compacto de lo habitual, mejorando así la elaboración y aumentando las posibilidades de recuperación del balón cuando este se perdía por alguna imprecisión.

    Aun así faltó velocidad en la circulación de pelota. Esto no quiere decir que los pases han debido ser más violentos sino que los futbolistas, al momento de recibir la pelota, perdían un segundo perfilándose, por lo que terminaban jugando a dos o hasta tres toques. Colombia nos hizo recordar que muchas veces, para poder avanzar, es mucho mejor dar un paso hacia atrás que forzar una entrega hacia adelante.

    Y es que la selección cafetera mostró un oficio que debe servir de inspiración. Fue un equipo que no rifaba la pelota y en la gran mayoría de sus avances aplicó la vieja fórmula de comenzar por el centro, avanzar por las bandas hasta regresar al centro para definir. Muchas veces se subestima la importancia del juego por los costados, pero es gracias a este que se puede aprovechar la totalidad del campo, evitando además que el contrario acumule defensores en pequeños espacios de terreno. Decía un entrenador que para ser fuertes en el juego central había que promover el juego por fuera.

    No se ha hecho justicia con el rol de Wuilker Faríñez. El arquero criollo es mucho más que sus atajadas, y es que su capacidad de anticipación lo convierte en un arquero atrevido y protagonista. No se queda bajo los tres palos y por ello puede achicar o atacar cualquier avance del rival sin que ello suponga un largo recorrido. Además, cada vez que ha tenido que desviar un remate lo ha hecho hacia los costados, cumpliendo con las obligaciones referentes a su puesto.

    El golazo de Yeferson Soteldo es un acto de justicia para el futbolista portugueseño. No puede olvidarse que su fútbol se ha visto afectado por la ausencia de un lateral que haga las veces de cómplice, lo que ha dejado al volante 10 en una soledad casi insoportable. Sólo cuando se ha trasladado hacia el centro del campo es que ha encontrado socios que le permiten desarrollar lo mejor de sus características. Por ello su golazo es justicia, justicia poética.

    Pero Soteldo fue más que el gol. La ubicación de Ronaldo Peña en el costado derecho liberó al volante de Huachipato, permitiendo que aumentara su influencia en la generación de juego. Ante Colombia fue la versión más constante del 10 en lo que va de torneo. Rafael Dudamel parece haber encontrado la estrategia ideal para potenciar al futbolista más habilidoso de su plantilla.

    Tras el gol apareció el escenario ideal para esta selección. A pesar de los gustos, hay que aceptar que este es un equipo que se preparó para jugar al fútbol de transiciones, partiendo siempre desde el repliegue defensivo. Con la anotación de Soteldo, la Vinotinto encontró la posibilidad de volver a su zona de confort, y obligó a Colombia a asumir conductas más ofensivas, suponiendo, quien sabe, que con esto aparecerían espacios que podían ser explotados gracias a la velocidad de Antonio Romero, quien a pesar de no entrar en contacto muchas veces con el balón durante la primera etapa, cumplió con el difícil rol de mantener la amplitud del equipo.

    Pero todo ese trabajo desgasta y mucho, porque nada cansa más a un futbolista que correr y correr detrás de la pelota sin llegar a tener contacto con ella, y es que en el segundo tiempo la selección criolla, sorpresivamente, cedió mucho terreno al rival, a quien le costó aprovechar semejante obsequio de los venezolanos. Su entrenador sumó volantes con la intención de multiplicar las situaciones de gol.

    Atento a ello. Dudamel sacó del terreno a Romero y dio entrada a Luis Ruiz. El cambio llevó a Peña a asumir nuevamente el rol de centro delantero y a Soteldo a alejarse de sus compañeros. El problema con esta modificación es que no solucionaba el principal problema vinotinto sino que lo acentuaba; la selección no tenía control del partido y aceptaba el rol de ser un equipo reaccionario. Aquello constituyó un riesgo innecesario, ya que aupó a que Colombia se instalara en territorio criollo. Es inexplicable que desde el minuto 60 la selección se haya tirado tan atrás y le haya regalado tanto protagonismo al rival, más aún cuando no existió una expulsión que invitara a tomar esa decisión.

    Tras la salida de Romero, Peña quien se encargó de luchar cada pelota frente a los centrales rivales. Ha sido característico de este equipo que el delantero sea más luchador que futbolista. Si bien es cierto este es un deporte de oposición directa en el que se pelea por la titularidad del balón, se echa en falta que los atacantes criollos sean más atacantes que luchadores.

    Guste o no, el empate se ajusta al guion del partido. Queda la impresión de que Faríñez no comete infracción y que el penal no fue tal, pero sin duda que el rendimiento cafetero, aun en inferioridad numérica, hacía pensar que la igualdad era posible, una esperanza que se sostenía en el juego neogranadino y la timidez venezolana. Esos son los riesgos de ceder tanto protagonismo y tanto terreno al rival.

    El empate no es negativo, sobre todo porque todavía faltan cuatro partidos y el torneo otorga cuatro cupos al mundial. Pero debe examinarse muy bien el por qué una selección que jugaba de igual a igual decidió irse del partido, asumiendo la postura de víctima, y permitiendo al rival jugar a su voluntad. El futuro es incierto y puede que de esta manera se consiga el objetivo, pero resulta cuando menos llamativo que la estrategia elegida sea aquella que renuncia al protagonismo y se entregue a los arrebatos de la suerte.

    Marcelo Bielsa patentó la idea de «Parálisis por exceso de análisis» para referirse a cuestiones del juego que implicaban profundas reflexiones. Venezuela tiene dos días antes de su próximo duelo, los suficientes para evitar esa situación a la que hizo referencia el entrenador argentino.

    Fotografía cortesía de Caracol.com.co y Agencia EFE