Etiqueta: Yangel Herrera

  • Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    Brasil 1 Venezuela 1: un punto para alimentar la incredulidad

    1.- El paso del tiempo, la vida, no es más que la acumulación de recuerdos y vivencias. A ellos recurrimos cada vez que se presenta un escenario similar a lo que compone nuestro bagaje emocional. Por ello es tan común que, minuto tras minuto, nos transformemos en seres más selectivos, menos tolerantes y hasta incrédulos. En los tiempos que vivimos, aquellos en los que importa más estar que ser, todo esto que aquí se narra constituye una enorme tentación para aparentar sabiduría y, al mismo tiempo, presentarnos ante el mundo como poseedores de un equilibrio emocional que en realidad no es tal. Por ello, ante cualquier evento que desafíe nuestra manera de entender algún proceso, nos rebelamos, levantamos la voz y asumimos el papel de aguafiestas, todo con tal de mantener una estúpida prudencia que evita cualquier acercamiento emocional con el fenómeno que recién terminó.

    2.- Jugar al fútbol es comprometerse. Con los compañeros, con el objetivo en común, con el contexto y con todo aquello que demande la reorganización natural de un enfrentamiento directo. Comprometerse, como bien escribió el periodista español Kike Marín, genera renuncias. ¿A qué renuncia un futbolista? Al más fuerte de los instintos del individuo: su individualidad. Esta abdicación es la más contundente prueba de que el ser humano es un ser social, habilitado para aceptar y ejecutar todo aquello que le posibilite la vida en sociedad. Pertenecer a un equipo, versión mínima del aspecto comunitario y cooperativista de nuestra especie, requiere, según la estrategia y los aconteceres del partido, que cada futbolista deje de lado esos impulsos en favor de un brillo superior al particular.

    3.- El ser humano futbolista no es un robot cuyo único fin es el cumplimiento de órdenes. Su razón de ser es jugar una actividad que es colectiva. Por ello, mucho de lo que se ve en el campo es el producto de la aceptación de un objetivo común que lo concilia con sus compañeros y del desprendimiento necesario para colaborar y asistir a quien viste la misma camiseta. 

    4.- Un ejemplo de esto fueron los apoyos que recibieron Alexander González y Christian Makoun ante Brasil. En ambos casos, los laterales venezolanos, gracias a la identificación de las virtudes de Brasil cuando éste atacaba, encontraron las ayudas suficientes para desarticular esos avances. Esos refuerzos, además de cumplir con ese objetivo inicial, tienen otro efecto: hacer que la labor del compañero sea algo colectivo y no individual, lo que ayuda a que ese socio cumpla con su tarea, es decir, que tenga brillo propio. Los apoyos son un acto de colaboración que jamás deben pasar desapercibidos; estos se pueden entrenar mil veces, pero si no se sienten naturales, será imposible ejecutarlos tal cual se vio en Cuiabá.

    5.- Fernando Batista y su cuerpo técnico reconocieron que esta versión de Brasil recuesta sus avances por las bandas, descuidando así la incidencia de sus centrocampistas. Una vez que recupera el balón, la construcción de juego va dirigida hacia esa zona del campo, promoviendo esa pequeña sociedad integrada por Neymar Jr., y Vinicius Jr.. No obstante, cuando éstos no pudieron avanzar, la fluidez dejó de ser la misma; el juego interior de Brasil no posee futbolistas especializados para mantener una rápida circulación de la pelota o para enviar un pase que rompa las líneas defensivas. Desde hace unos años, la selección amazónica ha olvidado aquello de que para ser fuertes en los costados es necesario un juego potente en el centro, y viceversa. Venezuela lo identificó y supo restarle peligro a las intenciones del local.

    6.- El equipo criollo pudo llevar a cabo una de los principios de su entrenador: ser un bloque corto, que no superase los cuarenta metros. Además de defenderse sin dejar espacios al rival, cuando recuperaba el balón, la Vinotinto aguantó la tiranía de la inmediatez: no se excedió en los pases largos sino que avanzó manteniendo esas distancias de relación. En esto fueron determinantes Tomás Rincón y Yangel Herrera, quienes sostuvieron la estructura, incluso turnándose para presionar o incomodar a aquel que intentara conducir por el centro del campo, haciendo aún más necesaria la búsqueda brasileña del juego por las bandas.

    7.- El empate ante Brasil deja un punto en el casillero. Sin embargo, su impacto anímico y futbolístico no se puede medir. El simple hecho de que la selección venezolana haya podido competir, sin limitar las capacidades de sus futbolistas, constituye una victoria sobre todos aquellos que proponen el temor, disfrazado de realismo, como vía única hacia la consecución de las metas. Batista eligió una estrategia cuyos pilares fueron las capacidades de sus jugadores. No fue contra natura, ya que su plan no limitaba las cualidades de los jugadores elegidos. Por el contrario, lo hecho por los futbolistas invita a pensar que los acompañó en eso que se llama la optimización del jugador. Consecuencia de esto es que los valores más resaltables del duelo ante los brasileños fueron la solidaridad, el cooperativismo y, sobre todo, la fortaleza anímica necesaria para no desistir tras el gol de los locales.

    8.- Tras la victoria argentina en el Mundial de Catar 2022, el escritor y pensador argentino Alejandro Dolina, hizo una hermosa reflexión sobre el fútbol y su capacidad para regalar algo de felicidad. Parte de aquella consideración decía lo siguiente:

    El amigo (Samuel) Coleridge decía que: «Para disfrutar el fenómeno artístico había que tener fe poética y suspender la incredulidad». Entonces, cuando vos ibas al teatro no decías: ‘No, no, en realidad este señor no se ha muerto, porque es un actor, no es el Rey de Dinamarca… es un actor y en realidad está vivo, y cuando termine la obra, van a ir todos a la esquina a comer pizza’. Entonces, tienes que suspender la incredulidad, tienes que creértelo, aunque sea por un ratito.

    Cuando vas al cine, sabes que son fotografías, que en realidad ni siquiera de mueven, que la retina, etc. etc. Coleridge decía: «hay que suspender la incredulidad, cuando uno va al cine, cuando uno lee poesía» y yo agrego, cuando uno va a ver un partido de fútbol.

    Hay que suspender la incredulidad y entonces entregarse a la fe poética, que consiste en creer que un gol de Messi, nos va a mejorar la vida, y en la medida que lo creamos, un poco la va a mejorar».

    Ante Brasil, y con toda la razón del mundo, el fútbol de la selección venezolana, el gol de Eduard Bello y las muestras de vocación competitiva de todo el equipo nos permitieron suspender esa incredulidad y celebrar, sí, por qué no, celebrar que ese punto es mucho más que lo reflejado en la tabla de posiciones.

  • Rafael Dudamel le pasó la pelota a la dirigencia venezolana

    Rafael Dudamel le pasó la pelota a la dirigencia venezolana

     

    Antes de hablar de fútbol debo advertirle al amable lector que lo haré solamente porque el triunfo de Venezuela ante Argentina lo merece. Mi relación con Rafael Dudamel ha sido la que la diplomacia sugiere, tanto de su parte como de la mía. No le conozco lo suficiente como para emitir un juicio sobre sus ideas políticas, sin embargo, lo reconozco como hábil declarante, probablemente el mejor cualificado en el fútbol venezolano.

    Por ello, siento que su declaración, y la puesta de su cargo a la orden de la Federación Venezolana de Fútbol , son parte de una maniobra ajedrecista: tras un gran triunfo, de inmensas connotaciones internacionales, le ha pasado la pelota a sus jefes y será la FVF quién sufra las consecuencias de la continuidad o de la interrupción del vínculo contractual con el seleccionador. Dudamel conoce el tablero y las fichas como nadie.

    Quisiera hacer una última consideración. El único sponsor fuerte en moneda extranjera que tiene la selección venezolana es la compañía estatal Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA). En un estado democrático, esa empresa se regiría por normas ajenas a la política partidista. Ese no es el caso de Venezuela, en el que la compañía petrolera ha sido la caja chica de un régimen que no se cansa de reprimir y destruir los derechos básicos del ciudadano. Por ello, la publicación de la visita del embajador en España, Antonio Ecarri, nombrado por Juan Guaidó, seguramente despertó la furia de quienes se creen dueños de las riquezas y los recursos naturales de la nación.

    Ojalá que algún día se conozcan todos los detalles que se suscitaron tras la visita del embajador Ecarri, pero me temo que esto no será así. El venezolano, lastimosamente, seguirá siendo guiado por la histeria y la ignorancia militante de quienes nunca están pero siempre opinan, o peor aún, de aquellos que algún whisky compra su silencio; los deudores de favores que salen de fiesta con el poder para lograr su subsistencia en un medio que se nutre de la mediocridad de estos personajes.

    Una vez aclarado esto, deseo hablar de fútbol.

    La victoria venezolana ante Argentina, más allá de los goles que fueron o que pudieron ser, deja la sensación de que estamos ante un equipo que tiene clara cuál es su identidad, es decir, quién es. Este es un logro que no debe pasar debajo de la mesa: si al individuo se le va la vida entera intentando averiguar quién es, por qué está en este mundo y para qué, imagine el lector lo difícil que es que un colectivo, que pocas veces se reúne, acepte y desarrolle esa identidad. Es por ello que la victoria de ayer debe analizarse más allá del score, que es siempre una circunstancia, y poner la lupa en el desarrollo de una idea futbolística.

    El juego obliga a generar sociedades, entendimientos y complicidades entre quienes lo protagonizan. Tomás Rincón, Yangel Herrera y Junior Moreno, los tres volantes centrales que ha utilizado como titulares Dudamel en los más recientes episodios de la selección, han demostrado sentirse tan cómodos con las responsabilidades y en su intra-relación, que transmiten esa seguridad al resto de sus compañeros.

    El fútbol requiere de movimientos, posicionamientos y de una reorganización posicional constante, cosa que demostró aceptar e interpretar este equipo ante Argentina. Para muestra un botón: dependiendo de la ubicación, Rincón o Herrera adelantaban su posición cuando el equipo perdía a disposición del balón, con la intención de recuperarla. Uno de ellos se sumaba al esfuerzo de los atacantes, sabiendo de antemano que el juego interior de su rival era, cuando menos, deficiente. Esto que le narro fue ejecutado con total efectividad: no puede hablarse exclusivamente de una mecanización sino de entendimiento entre quienes mencionaba anteriormente para actuar según requiriese la situación. No hay mecanización porque son seres humanos, entonces debemos utilizar términos como complicidad, entendimiento o solidaridad.

    A partir de esos conceptos que mencionaba podremos entender el valor de las actuaciones individuales en pro del colectivo. Los nombres los puede colocar el lector; prefiero recordar lo que para quien escribe estas líneas significa jugar bien al fútbol: estimular las capacidades de cada individuo para que estas, en una relación constante con sus compañeros y con su rival, ayuden a construir una cultura colectiva de juego. Relaciones, ahí está la clave de este juego.

    Por eso le pregunté a Dudamel en la rueda de prensa tras el partido con qué estaba más satisfecho,  si con el resultado o con la puesta en escena de lo que parece ser una identidad propia de juego. Lo que vino a continuación excedió al análisis deportivo. Su selección parece estar en el camino correcto tras este partido amistoso entre Argentina, pero el lector no debe olvidar que esto es fútbol, lo que significa que el cambio es la única constante, más aún en el ámbito de selecciones, en el que apenas si hay tiempo de crear la cultura táctica y emocional de grupo. Cómo llegará futbolisticamente este grupo a sus próximos compromisos es una interrogante natural del fútbol y de la vida. Ningún equipo puede saberlo, mucho menos una selección.

  • Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Vinotinto mundialista, ¡objetivo cumplido!

    Rafael Dudamel consiguió con esta selección un hito en la historia futbolística de Venezuela: cumplir exitosamente con sus ciclos en las selecciones nacionales sub-17 y sub-20. La historia dirá que su paso por las categorías juveniles criollas fue un acierto pocas veces visto en un país en el que los procesos no son apoyados, respetados ni comprendidos. Con sus más y sus menos, el ex arquero derrumbó mitos. Su llegada a la conducción de la sub-20 es una historia que algún día contaré.

    Esta selección pudo haber tenido un final más plácido, pero, tal cual se divisó en la primera fase, es desde el suspenso que se puede entender el paso criollo por este torneo. Puede que sea una característica propia de nuestra sociedad -vaya si hace falta un sociólogo para que aclare esto- pero son pocos, muy pocos, los éxitos colectivos en nuestra historia que hayan sido contundentes, sin ligar ni rezar.

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    Ante Argentina, con pocas posibilidades de comprometer el triunfo, el equipo criollo estuvo muy cerca de rozar la tragedia. El rival, sin mucho fútbol ni una actuación memorable, se las arregló para que nuevamente Wuilker Faríñez fuese la figura criolla. No había necesidad de entregarse a la ansiedad argentina, pero insisto, a nuestros equipos les cuesta definir las tareas en tiempo y forma. Los goles albicelestes y las apariciones del arquero del Caracas FC así lo demuestran, así como dos jugadas dudosas en el área criolla que el árbitro principal no señaló como pena máxima, lo que debería calmar por un momento a los fundamentalistas de las teorías conspirativas.

    Pero más que el partido, que no fue un trámite ni dejó indiferente a nadie, lo importante es resaltar la clasificación venezolana a su segundo mundial de la categoría, tercero para el fútbol masculino. Esta versión comandada por Dudamel tuvo tres futbolistas sobre los que supo sostenerse cuando el colectivo no apareció: Faríñez, Yangel Herrera y Yeferson Soteldo.

    El portero fue quizá el jugador más importante, o quien más influencia tuvo en los resultados. Venezuela no tuvo durante todo el torneo el funcionamiento defensivo que algunos señalan, entendido esto como una serie de conductas llamadas a evitar las llegadas de los rivales al arco de Faríñez. Durante el torneo, los rivales dispararon, dentro de los tres palos, hasta treinta y un veces, pero sólo en siete ocasiones lograron vencer la resistencia del guardameta, lo que trajo como consecuencia que los criollos abandonen suelo ecuatoriano con la valla menos vencida. La lección que debe repetirse mil y una vez es que el correcto arte de defender es mucho más que una fría estadística.

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    Herrera fue sin lugar a dudas, hasta el partido final, el sostén táctico de la selección. Según su ubicación en el campo, la Vinotinto fue un equipo claramente parado al contragolpe o un bloque corto. Tuvo apariciones importantísimas, como ante Perú, demostrando el carácter suficiente para no dejarse ir por el penal fallado. Su crecimiento no admite dudas, a pesar de que debe corregir aspectos como el correcto manejo de las emociones, pero para eso es joven y tiene muchos minutos competitivos que le ayudarán a ajustar esos pequeños detalles. Da la impresión de que, salvo alguna desgracia o distracción, Herrera está preparado para asumir riesgos superiores, como pelear el puesto de acompañante de Tomás Rincón en la selección mayor.

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    Soteldo, por su parte, tuvo un campeonato sencillamente maravilloso. Hasta en los episodios en los que tuvo que resolver por sí sólo se mostró superior a todos sus rivales. Quizá bajo otra idea de juego pueda brillar más, pero su personalidad es otra fantástica noticia. Basta observar sus reacciones en el partido más complicado, ante Argentina en el Hexagonal, para concluir que, aun en la más amarga soledad, supo aguantar la pelota. Que muchas veces perdiese cuando le hacían 2×1 no es consecuencia de excesos sino de ese aislamiento que muchas veces sufrió. Pocos futbolistas en nuestro país han quemado las etapas competitivas con tanto éxito como el 10.

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    Por último, hay que volver a Dudamel. El seleccionador supo agregar pequeñas variantes a su equipo durante el torneo, evitando que este fuese previsible y, al mismo tiempo, promoviendo más y mejores respuestas. Esta influencia puede observarse en el comportamiento de los laterales: en los primeros partidos se proyectaban con cierta timidez, pero con el paso de los duelos, estos adelantaron su posición en el campo. También construyó un nuevo contexto para que Soteldo fuese más influyente en la zona de definición, adelantando su posición hasta llevarlo a jugar de delantero. Es una pena que no haya podido celebrar en el campo con sus muchachos, pero su rueda de prensa, tras el bochornoso episodio arbitral del Brasil-Venezuela, debe ser comprendida como un acto de motivación impresionante. Tras una derrota dolorosa, el entrenador defendió a los suyos ante todos los poderes, dejándoles la mesa servida para que fueran ellos, y solamente ellos, los encargados de responder a las agresiones con juego y goles.

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    Mucho podemos discutir sobre si se podía jugar mejor, es decir, que desde la conducción técnica se diseñaran estrategias que ayudaran a potenciar aún más las virtudes de sus jugadores -no debe olvidarse que hacer esos exámenes es la razón de ser del analista- pero el resultado final determina que este equipo, jugando a su manera, logró apenas la segunda clasificación de una selección sub-20 al mundial Corea 2017, lo que los posiciona, sin lugar a dudas, en la historia del deporte venezolano. Y eso, más allá de cualquier reflexión, debe celebrarse.

    ¡Enhorabuena!

    Créditos fotografías: Prensa Vinotinto, EFE y AFP 

  • El riesgo es no arriesgarse

    El riesgo es no arriesgarse

    Hay dos maneras de jugar al fútbol: bien y mal. Claro está que, salvo contadas excepciones, nadie, voluntariamente, planifica jugar mal a este juego, entonces, lo realmente interesante es identificar las formas como cada equipo procura llegar a eso que llamamos jugar bien.

    Escuelas hay miles, y no está mal identificarse con alguna, siempre y cuando esto no limite el aprecio por otras propuestas, por más antagónicas que estas parezcan. Pero lo que no admite mucha discusión es la filosofía de cada entrenador, es decir, su pensamiento y su preferencia por que su equipo protagonice los partidos o, por el contrario, que sea un conjunto reactivo.

    No hay fórmulas mágicas ni recetas infalibles. Se compite y se gana de todas las maneras posibles, aunque quien escribe siente que es a través del protagonismo de los partidos como más se acerca un equipo a la victoria. Marcelo Bielsa supo explicarlo alguna vez:

    “Soy de la idea de que en el fútbol uno no debe ceder la iniciativa ni el dominio del juego. Intentar asumir el control del juego es la mejor garantía para imponerse. Hay que crear una filosofía de espíritu, de conjunto, que apunte al embellecimiento del juego y no a la especulación”.

    Vale recordar que estas no son más que ideas, y como tales, discutibles y cambiantes. Por ello es tan importante hablar del juego: para evaluar posiciones y nutrirse de opiniones contrarias.

    Ante Brasil, la selección venezolana tuvo su inicio más potente. En menos de 20 minutos protagonizó hasta tres situaciones frente al arco rival. Nada de esto fue casual; el equipo de Rafael Dudamel se empeñó en activar rápidamente a Yefferson Soteldo, a quien le esperaba un maravilloso duelo ante Dodó, lateral derecho de la canarinha. La aparición del “10” dio continuidad a la idea de buscar al compañero mejor ubicado y no únicamente al más alejado, demoliendo versiones de que este equipo sólo sabe jugar al pase largo.

    «Si no viví más fue porque no me dio tiempo», reza el epitafio del Marqués de Sade. Conscientes de ser más que lo mostrado en los duelos anteriores, al equipo criollo le faltaba tiempo para convencerse de sus propias capacidades, y fue ante Ecuador, con cuatro goles incluidos, que apareció la mejor versión de la Vinotinto. Teniendo ese partido como punto de partida, los criollos intentaron profundizar esas conductas para enfrentarse a Brasil.

    El primer tiempo fue un intercambio muy dinámico de ataques, sin que esto trajera como consecuencia un exceso de trabajo para Wuilker Faríñez. El guardameta no sufrió como en otros partidos en los que se erigió en la muralla vinotinto. En ese intercambio de ataques no se vieron cómodos Luis Ruiz y Yangel Herrera, quienes fueron superados por la rapidez con la que los volantes rivales entregaban la pelota a sus compañeros ubicados en las bandas. Pero cuando Venezuela se hizo de la pelota, Herrera y Ruiz fueron fundamentales para que las apariciones de Soteldo fuesen más que intentos individuales.

    Con el paso de los minutos Venezuela se fue diluyendo. A pesar de generar sociedades futbolísticas que promovían una construcción consciente de juego, el equipo criollo se apresuraba en los pases, permitiendo una rápida recuperación brasileña, y con ello aparecieron algunos temores. A partir de esas inseguridades, la selección dejó de ser un bloque compacto: la distancia entre los delanteros y el resto del equipo volvió a ampliarse, y los avances nacionales dejaron de lado cualquier idea colectiva para convertirse en arranques individuales de sus aguerridos atacantes. Se perdió fuerza y presencia en el área de Lucas.

    En el segundo tiempo Venezuela ajustó y retomó comportamientos habituales: sus futbolistas retrocedieron metros con la intención de protegerse, mientras que los ataques pasaron a ser cosa de tres: Soteldo, Chacón y Peña. Cerrar espacios al contrario trajo como consecuencia que la búsqueda de los mismos en campo amazónico fuese casi un acto desesperado. Cualquier avance brasileño encontraba a 7 jugadores de campo en la mitad venezolana.

    Esa vuelta a la zona de confort no limitó al peligroso ataque rival. Y es que si hay un equipo que está acostumbrado a construir fútbol en espacios reducidos es Brasil. Se puede argumentar que la ocasión más clara de la Vinotinto fue en el segundo tiempo, por medio de un disparo de Herrera, pero aquello no pasó de ser más que una oportunidad aislada, ya que el volante y capitán pocas veces pisó, durante el segundo tiempo, territorio enemigo. 

    Confunde tanto pedido de orden al equipo, sobre todo porque en las ocasiones en que este se sacudió los temores y la búsqueda de ese supuesto equilibrio, supo hacerle daño a Brasil. Cuando Venezuela se olvidó del excesivo respeto y retomó el plan de la primera etapa reapareció Soteldo en toda su dimensión. Esto coincidió con la entrada de Heber García, un futbolista más cercano a la esencia del 10, capacitado para asociarse mejor y sacarlo de la soledad en la que se encontró durante buena parte de la segunda etapa.

    El fútbol es arte del imprevisto. El periodista Dante Panzeri se dejó la vida defendiendo ese concepto, el cual es respaldado por grandes entrenadores. Muchos de ellos aseguran que en los entrenamientos se ensayan todos los escenarios posibles de un partido con la intención de reducir la influencia del azar. Pero el fútbol es de los futbolistas, porque son ellos los que actúan en el campo, y porque más allá de lo entrenado y las instrucciones repasadas y comprendidas, la interacción de estos con sus compañeros y con los rivales es imposible de prever. Nadie podía imaginar que el partido se perdería a partir de un error de Yangel Herrera, pero esto es fútbol, y estos son los riesgos que se corren cuando se cede la iniciativa al rival de la manera que lo hizo Venezuela. 

    A la pelota perdida por el capitán criollo hay que sumarle su reclamo al árbitro -para hacer este pedido los futbolistas se distancian de la continuidad de la maniobra- y el fantástico disparo de Felipe Vizeu. Fútbol, espontaneidad pura y dura. Pero debe quedar claro que, aún cuando los partidos se deciden por pequeños detalles, el de hoy no se perdió exclusivamente por el gran disparo del delantero amazónico. Basta revisar cuántas ocasiones de gol tuvo la delantera criolla, o cuántas veces se incomodó al guardameta de la canarinha para concluir que es poco lo que se hizo por protagonizar el partido de hoy, especialmente el segundo tiempo.

    Toda la confusión final jode mucho más que el resultado. A pesar de la derrota, Venezuela mantiene una posición positiva en la tabla, con cuatro puntos y dos partidos por jugar. Pero las expulsiones condicionan lo que está por venir, tanto por las bajas como por el estado anímico de los muchachos tras este episodio. Es mucho el trabajo que tiene por delante el coach Jeremías Álvarez para evitar que lo construido se tambalee por un episodio como el de hoy. El fútbol es un estado de ánimo, dijo alguna vez el mismo Panzeri, y Venezuela debe pasar rápidamente la página, porque la meta sigue estando en sus manos.

    Fotografía cortesía de la Confederação Brasileira de Futebol (CBF)

  • Herrera y Soteldo hacen que todo sea posible

    Herrera y Soteldo hacen que todo sea posible

    Venezuela comenzó el segundo partido del Hexagonal final del Sudamericano Sub-20 con una deuda importante en su juego. Así lo dejó entrever Rafael Dudamel al periodista Humberto Turinese cuando explicó que el episodio colombiano, en el que se le entregó el control de la pelota y el terreno al rival, no debía repetirse. El seleccionador, aunque algunos no lo quieran entender, dio en la clave de lo que este juego representa: la posibilidad de evolucionar.

    Dudamel y su grupo de trabajo están conscientes de que esta selección puede jugar mejor. Esto no significa utilizar veinte pases para construir juego o inclinarse por una fórmula más directa. Jugar bien, como acto voluntario y dependiente de una puesta en escena propia, tiene que ver con identificar las capacidades innatas del equipo y promover que estas se potencien. Suena sencillo, pero no lo es, más en tiempos en los que se confunde la efectividad en acciones a balón parado con eso que es interpretar correctamente este deporte.

    Por ello el partido ante los locales podía convertirse en un antes y un después en el camino para retomar los valores que pondera el cuerpo técnico criollo. Era sumamente necesario revisar, reflexionar e insistir en el convencimiento de sus jugadores. Y esto nada más y nada menos que contra Ecuador.

    Ecuador mantiene rasgos similares en todas sus selecciones. Uno de ellos es el juego por las bandas, que algunos equivocadamente creen que nace del físico de sus futbolistas. Los ecuatorianos, más allá del origen de quienes integren su equipo nacional, tienen aprendida la lección de que el campo puede y debe ser aprovechado en su totalidad. Con futbolistas situados en las bandas, sus rivales difícilmente podrán encerrarse en espacios reducidos.

    Abrir la cancha es algo que han sostenido en el tiempo, sin importar la capacidad goleadora de sus delanteros. Porque Ecuador insiste en educar a sus jugadores y por ello no todos los desbordes terminan en centros aéreos, sino que en sí mismos son continuidad: no nacen de la improvisación y deben darle continuidad a la maniobra. Así intentó crearle peligro a Venezuela, pero tras algunos ajustes, el equipo de Dudamel supo desactivar esa opción.

    El futbolista más desequilibrante de Venezuela es Yeferson Soteldo, pero llama la atención como la selección pasa hasta 25 minutos sin involucrarlo en la construcción de juego. Los equipos no son uno y diez más, pero es incomprensible que Venezuela no aproveche al jugador que mejor encara los duelos de 1×1, lo que nos lleva a reflexionar nuevamente sobre la idea de esta selección. Si un equipo cuenta con un futbolista atrevido, con un cambio de ritmo endemoniado, es importante generar contextos para buscarlo en situaciones favorables, algo que por ahora no consigue este equipo cuando cruza el centro del campo. Ha sucedido con Soteldo, pero también Ronaldo Peña, Sergio Córdova y los otros delanteros han sufrido esa dificultad para construir juego.

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    El gol de Yangel Herrera no puede opacar que la maniobra nació de un acto de rebeldía de Soteldo. El volante cambió de banda, se proyectó por la derecha, y antes de lanzar un centro a la nada, retuvo la pelota hasta encontrar un compañero. Insisto, si a esto juega el 10, ¿por qué aislarlo tanto de la construcción del juego?

    Aun así, la selección jugó los primeros cuarenta y cinco minutos más tranquilos de todo el torneo, a tal punto que no necesitó de grandes intervenciones de Wuilker Faríñez. Por primera vez dejó la sensación de controlar un partido, razón por la cual debo machacar en cuanto a la influencia del cuerpo técnico. Este es un torneo sin mayor tiempo para entrenar, por lo que cada corrección apunta más al convencimiento que al trabajo de cancha. La primera parte de hoy reivindica el trabajo del cuerpo técnico.

    A Peña se le resiste el gol, pero el fútbol es mucho más que eso. El penal que ganó y que luego convirtió Soteldo debe reforzarlo, levantarle el ánimo. No es sencillo para un delantero superar la sequía, pero siempre que su trabajo ayude al equipo no debe frustrarse sino disfrutar ese éxito colectivo.

    Contrario a lo que la neblina de Quito invitaba a pensar, Venezuela fue claridad y simpleza. Redujo espacios entre sus líneas, disminuyó el uso de pelotazos y buscó más a Soteldo y a Ronaldo Chacón. Apareció Córdova y con él sus desbordes que daban amplitud al equipo. ¿Fue un desempeño perfecto? No, nada en el fútbol se acerca a ese estadio, pero el equipo creció y se sacó de encima muchas dudas que la acechaban, incluso quedó de lado el suspenso que caracterizó su paso por la primera rueda del torneo.

    Hace un par de días escribía que Soteldo necesita a sus compañeros tanto como ellos a él. Un simple cambio de posición dejó en evidencia que, si el equipo lo busca y lo apoya, el 10 le devolverá al colectivo muchas opciones para hacer daño. El segundo tiempo superó a lo enseñado en la primera etapa porque hubo goles, y porque el ex Zamora dejó una enorme demostración de cuán importante es la sociedad entre el talento individual y el colectivo.

    Los cuatro goles llenarán las páginas de los diarios y los resúmenes de los noticiarios, pero hay que aprovechar que el próximo partido es el domingo y revisar el partido contra Colombia y contraponerlo con este, porque, como le decía anteriormente, hay un gran manejo del cuerpo técnico en la identificación de los errores y la corrección. Aun falta fomentar una mejor construcción de juego, pero la evolución entre un partido y otro no se explica por los goles: estos son consecuencia directa del juego, ese que hoy brilló tal cual muchos esperaban. Fue tal la demostración de hoy que Faríñez, figura indiscutible de la primera fase, tuvo 76 minutos de tranquilidad, hasta que luego el juez del partido sentenció dos penales, de difícil apreciación, y que maquillaron el resultado a un 4-2 que no explica la superioridad venezolana.

    Cuatro puntos en dos partidos. Todavía falta enfrentarse a Brasil, Uruguay y Argentina, pero si lo mostrado hoy es parte de una dinámica ascendente y no obra de la casualidad, la Vinotinto estará celebrando en pocos días la obtención del boleto al Mundial.

    Fotos cortesía BBC Mundo

  • Mucho suspenso y poco juego

    Mucho suspenso y poco juego

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    El aprendizaje es un proceso continuo, que no se detiene aun cuando creemos que hemos superado etapas. Cada situación vivida es una experiencia que almacenamos y que, en algún momento dado, cuando la situación así lo requiera, nos servirá de apoyo, sin importar que la búsqueda de esa referencia sea consciente o inconsciente.

    En ese complejo proceso que antes mencionaba existe un contribuyente especial: las situaciones límite. El ser humano, ante un panorama que se presenta decisivo, se enfrentará a la urgencia de tomar decisiones trascendentales, cuyas consecuencias no son sólo inmediatas. Me explico: para enfrentarse Argentina en la búsqueda de un resultado que asegurara la consecución del primer objetivo, la selección sub-20 adoptó una estrategia que idealmente lo acercaría a esa meta; hubo una respuesta, que más allá del éxito de la misma, se constituyó en parte importante del crecimiento y la formación de los futbolistas que la pusieron en práctica. Esto define el verdadero valor de la competencia en la formación del deportista.

    Puede sonar a lugar común, pero ante la dificultad que significa quedar alejado de la meta o el objetivo, el ser humano normalmente saca lo que se conoce como el instinto de supervivencia. Una muestra de ello es la alineación titular con la que salió Venezuela para enfrentarse Argentina, buscando repetir lo mejor que ha producido el equipo como tal.

    La alineación fue una declaración de intenciones. Más allá de los gustos y todo lo que se pueda discutir en cuanto a las alternativas, Rafael Dudamel se decidió por los mediocampistas que más han rendido en este torneo: Ronaldo Lucena, Luis Ruiz y Yangel Herrera, tres volantes con notorias capacidades para conectar a todo el equipo. Los jugadores antes mencionados son especialistas en promover sociedades, por lo que juntarlos desde el inicio suponía una apuesta por el control del partido y una construcción de juego acorde a lo que el equipo mostró ante Bolivia.

    El retorno de Yeferson Soteldo a la titularidad vino acompañado de una modificación táctica. Ronaldo Peña, quien había hecho de delantero más adelantado durante todo el torneo se ubicó como mediapunta por el costado derecho, cediendo el puesto de punta de lanza a Antonio Romero, un futbolista más veloz y mejor capacitado para explotar los espacios que dejaba la defensa rival. El cambio alejó a Peña del área pero lo acercó a sus compañeros; se hizo parte del circuito de construcción de fútbol y sumó en situaciones defensivas.

    La entrada de Nahuel Ferraresi permitió que la selección contara con un central capacitado para salir jugando. Es muy importante hacer referencia a que esa cualidad no es excluyente; los grandes defensores centrales son aquellos que identifican correctamente cuando es necesario salir en corto, cuando se debe jugar largo, cuando hay apoyarse en el portero o cuando hay que reventar la pelota. Es imposible aislar o fraccionar el juego en etapas o secciones: un defensor hace más que defender y un delantero no se dedica exclusivamente a atacar; cada futbolista tiene la capacidad para jugar, esto es decir, para adaptarse y actuar según lo que requiera el momento.

    El entrenador José Hernández, quien estuvo en la transmisión de TLT, habló sobre un concepto que vale la pena rescatar. El seleccionador nacional sub-17 explicó que este es un equipo, el Vinotinto, que se puede ver beneficiado por la dinámica propia del torneo, e ir de menos a más. La impresión de Hernández se basa seguramente en que la acumulación de minutos competitivos favorece al desarrollo de los modelos de juego. Son pocos los seleccionados que logran sostener altas cuotas de rendimiento en torneos como este. Esa es la apreciación de uno de los entrenadores que mejor conoce los procesos de enseñanza en nuestro país.

    La conexión entre Peña y Ronald Hernández probó ser muy positiva, invitando a reflexionar el por qué no se explotó más. A la habilidad de Hernández se le sumaba la capacidad táctica de Peña, que reconocía los movimientos del lateral y jugaba en función de ellos: se acercaba o se alejaba según beneficiara el recorrido de su compañero. Debo insistir en el viejo concepto que sugiere que, ante la ausencia de extremos, son los laterales quienes con sus proyecciones deben hacer profundo y amplio al equipo, lo que se traduce en la utilización total del campo de juego.

    Hay que hablar también de la falta de gol el seleccionado criollo. Desde el partido ante Bolivia el conjunto nacional ha generado un buen número de ocasiones peligrosas, las suficientes como para pensar que la victoria era más que posible. Pero se falló, no hubo eso que llaman contundencia, virtud que algunos equivocadamente creen que se puede entrenar. Y es que por más que los futbolistas pasen largas sesiones rematando el arco, desde distintas posiciones y con diferentes grados de dificultad, los partidos requieren respuestas que no son idénticas a las practicadas, por el simple hecho de que el partido es como un examen final, y el rival ofrece respuestas imposibles de programar. Claro que hay que entrenar, siempre con la intención de que esa sesión preparatoria tenga el mayor parecido posible a un partido de fútbol, pero aceptando que los partidos tienen situaciones condicionantes muy distintas a lo que ensaya.

    El gol es hijo del juego y de los estados anímicos; en el caso venezolano fue apenas ante Bolivia que empezó a verse la mejor versión criolla, y en cuanto al estado anímico, queda claro que este no pasa por su mejor momento. Por ello es tan importante lo que mencionaba el seleccionador Hernández en cuanto al formato del torneo y como este puede ayudar al crecimiento de una selección.

    Parece que no hay solución al caso de Yeferson Soteldo. Ante Bolivia fue el revulsivo porque encontró muchos compañeros cercanos. Pero ante Argentina volvió ver el Soteldo pegado a la banda izquierda, solitario, sin ayudas, casi dependiente de algún milagro propio que lo ayudara a sortear los hasta tres marcadores que lo acechaban. Da la sensación de que falta algo en este equipo, porque si al 10 lo marcan tres futbolistas, esto significa que en otro sector del campo se produce una superioridad numérica venezolana que no fue aprovechada. Soteldo, salvo cuando se tiró hacia el centro, no tuvo en el lateral Edwin Quero una vía de oxígeno. No fue sino hasta el minuto 67 que Quero recorrió su banda hacia el área rival.

    Es evidente que a la selección criolla le cuesta mucho la construcción de juego. Cada una de las situaciones de gol que produjo en los cuatro partidos tuvo su origen en jugadas a balón parado o ataques sustentados en rápidas transiciones. Pero cuando el rival defendía acerca de su propia área, a los venezolanos se le hizo casi imposible crear peligro. Esto no va a cambiar en la segunda etapa el torneo porque son comportamientos propios de una idea de juego desarrollada en más de treinta módulos de entrenamiento, pero, aun así, no deja de sorprender que durante todo ese tiempo no se desarrollaran variantes al plan de la selección. No hay respuestas ante defensas organizadas.

    Es igual de sorprendente que, jugando contra diez, a Wuilker Fariñez se le exija, sin tener rivales cerca que lo presionen, que lanzar un pelotazo antes que promover secuencias que muevan y desordenen al contrario. No está en el ADN de esta selección otra cosa que el juego de transiciones.

    Al principio hablaba de las situaciones límites y cómo estas comprometen la respuesta de quienes las viven. Me da la impresión de que la selección nacional sub-20 no sintió el partido como tal, sino como un episodio más de un tránsito que, según los cálculos, no terminaba hoy. Es cierto que el primer objetivo (clasificar al Hexagonal final) se consiguió, pero no puede decirse que los criollos arrollaron a sus rivales. Insisto, se avanza de fase, pero el balance de un gol en cuatro partidos, así como la ausencia de alternativas al juego largo son alarmantes. Puede que todo mejore, como también es posible que esta sea la manera a través de la cual se intente la consecución del siguiente objetivo: la clasificación al mundial. Pero que no se olvide que el gol es hijo del juego, y por ahora, de juego, esta selección, ha mostrado muy poco.

    Fotografía: Clarín.com y Agencia EFE

  • Convencerse de jugar

    Convencerse de jugar

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    La selección venezolana Sub-20 enfrenta su mayor reto hasta ahora: vencer a su similar de Argentina para clasificar al Hexagonal final. El duelo no es sencillo; a pesar del desastre que es hoy el fútbol argentino, sus jugadores están acostumbrados a competir desde edades muy tempranas, por lo que aun cuando el contexto conspire en su contra, son futbolistas que no dejan de combatir. Es un tema formativo que por estos lados no se entiende.

    Decía que el desafío es inmenso, pero no por ello imposible. Hay dos factores que deberían ayudar a los nuestros en esta misión: 1) el muy buen segundo tiempo ante Bolivia, en el que quedó demostrado que esta Vinotinto puede alternar con éxito los pases largos con las entregas cortas, siempre apoyándose en los constantes movimientos de sus jugadores; y 2) el regreso de Yangel Herrera y el orgullo herido de Yeferson Soteldo, que ya probó ser un elemento de mucha influencia. Pero un equipo es mucho más que la simple suma de sus partes, por lo que Rafael Dudamel y su cuerpo técnico deben elegir muy bien quienes entran hoy como titulares y para qué entran.

    En cuanto a la amenaza que representa esta Argentina y su ir de menos a más, no hay duda que quienes han competido encuentran en la calidad de sus rivales una motivación inmensa. El deportista está consciente de la trascendencia que puede adquirir un victoria ante uno de los etiquetados como favoritos.

    ¿Cual es la vía? No hay una sola, pero sin duda alguna esa alternancia entre el juego asociativo y la búsqueda en largo de los delanteros es quizá el paso más importante porque permite no ser previsible. Venezuela ha demostrado durante el torneo posibilidades de llevarlo a cabo, por lo que Dudamel no estaría pidiéndole a sus dirigidos algo que no se ha entrenado. ¿El estado del terreno afecta? Sí, pero no vale sumar obstáculos, hay que superarlos, y este equipo demostró ante Bolivia que sabe hacerlo. Es cuestión de creer, de convencerse de jugar.

    Fotografía cortesía http://www.cooperativa.cl/ y Agencia EFE